muchas, muchas gracias a mis lectores...
el disclaimer ya se lo saben...
aquí, veremos a un viejo conocido para Audrey y Severus, uno de esos pequeños obstáculos que se les presentan en el camino y grandes noticias para otros personajes
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21. San Mungo
Al despertar, Severus recordó de inmediato lo que había pasado, se sintió extraño, abrió los ojos y al voltear a su lado, se intrigó al no ver a Audrey. Se sentó en el filo de la cama para vestirse, aquel movimiento lo mareó de pronto, tal vez porque fue muy brusco y repentino, luego se puso de pie y aquel lugar, aunque permanecía igual que como lo recordaba, parecía transmitirle claustrofobia, aturdido por esa serie de sensaciones, bajó por las escaleras, parecían más que la última vez.
En la sala, Morrissey y Monday dormitaban sobre el sofá, era muy temprano aun, el cielo seguía morado al no encontrarse el sol en todo su esplendor.
Algo lo condujo hacía la cocina.
Esa mañana, Sirius Black lucía rejuvenecido, con la edad correspondiente, pero más pulcro, su cabello no estaba enmarañado ni piojoso, más bien, cepillado y reluciente, su barba estaba perfectamente recortada, y vestía traje, lo que lo hacía lucir más galante.
Ese maldito merodeador... abrazaba a Audrey, la besaba, y Severus no podía creerlo, no podía creer que hubiese regresado de la muerte sólo para arrebatarle lo único bueno que le había pasado en la vida.
La pareja que se besaba recargada en la mesa de la cocina volteó a verlo.
-Pobre –dijo Sirius con sonrisa cínica –te volviste a enamorar de un imposible, entiende... no la mereces –rió y Audrey clavaba sus ojos azules en el espectador.
En ese instante, Severus quería morir, no sin antes regresar a Black de donde había venido, de entre los muertos. Volvía a sentir que le arrancaban el corazón, que el mundo se derrumbaba ante sus ojos, un dolor insoportable que lo dejó inmóvil. Y quería gritar, gritar el nombre de ella pero la voz no salía...
-¡Audrey! –finalmente su voz cedió y dijo exaltado.
-¿Qué pasa? Aquí estoy –dijo una voz, era ella.
Entonces él se dio cuenta de lo que estaba pasando, acababa de despertar, a su lado estaba Audrey, no había bajado las escaleras aun, todo había sido una pesadilla.
-Tuve una pesadilla –confesó él.
Ella le sonrió y lo abrazó, él se sintió tan aliviado y contento, pero las palabras de Sirius Black no lo dejaron en paz.
De pronto escucharon como alguien tocaba a la puerta, se miraron intrigados, era temprano¿quién podía ser?, la dueña del apartamento se puso de pie y se envolvió en una bata, dejando a Severus en la cama.
La presencia de Nymphadora Tonks en esa casa comenzaba a ser realmente inoportuna.
-Tonks ¿qué haces aquí? –dijo Audrey sin invitarla a pasar y no muy segura de si quería hacerlo.
-Necesito tu ayuda –dijo la metamorfomaga ingresando al apartamento.
-Está bien, vamos a la sala... –Audrey la invitó para que pudiesen conversar mejor –no –de pronto pareció cambiar de idea –mejor a la cocina.
No comprendiendo muy bien, Tonks siguió a su amiga a la cocina. Se sentaron en la mesa, Audrey preparó un poco de té.
-¿Qué pasa? –preguntó la dueña de la casa, Tonks dibujó una expresión que avecinaba que lo que tenía que decir era serio pero no malo.
-Quiero que me acompañes a San Mungo –sonrió.
De pronto, Severus no escuchó nada, la quietud lo intrigó, se incorporó, se vistió lentamente y decidió averiguar que pasaba, desde la sala pudo escuchar las voces de ambas chicas provenientes de la cocina, sin zapatos era bastante silencioso en su andar.
Iba a entrar de lleno pero pudo reconocer la escandalosa voz de Nymphadora Tonks y se detuvo en seco.
-Me hice una de esas pruebas muggles –decía Tonks –salió positiva, pero quiero asegurarme.
-Es grandioso, Remus se alegrará mucho –ahora era Audrey quien hablaba.
-Sí, estoy nerviosa pero... –la otra titubeó –no sé que tan probable sea que... herede el pequeño problema de Remus.
Era bastante claro, Severus supo de qué estaban hablando y no sabía si por esa nueva etapa en su vida que daba comienzo o porque después de todo no odiaba a Lupin como llegó a odiar a Potter y Black, sintió tristeza al escuchar el amargo temor de Nymphadora.
Pero se encontraba tan sumido en aquellos pensamientos que cuando menos se dio cuenta, tenía a Nymphadora Tonks de frente, con una expresión de sorpresa absoluta, seguramente se disponía a irse cuando se lo topó fuera de la cocina.
-Snape –fue suficiente para convertirlo todo en algo insoportablemente incómodo.
-Nymphadora –él torció la boca con disgusto, como acostumbraba.
Sin decir más, él ingresó a la cocina mientras las chicas salían.
-¿Pero qué hace él aquí? –dijo Tonks aun sorprendida.
-A penas son las nueve de la mañana y él ya estaba aquí¿en serio quieres que te diga? –dijo Audrey con sarcasmo pero divertida.
Su amiga no podía creerlo y se quedó perpleja, difícilmente sabía que decir, pero al notar a Audrey con aquella sonrisa radiante que la acompañaba esa mañana, no pudo hacer otra cosa que alegrarse por ella, aunque el motivo de esa alegría fuese Snape.
Un poco más tarde, Audrey tenía que ir al Ministerio a trabajar y después acompañar a su amiga a San Mungo, era sábado, así que Severus no tenía trabajo, pero tras desayunar había dicho que iría a Hogwarts a poner en orden algunas cosas antes de Navidad (probablemente cerciorarse que nadie había entrado a su habitación y tener una charla con Dumbledore).
Él, definitivamente, se sentía como un hombre nuevo, como si de pronto la vida tuviera un sentido, pero aun así lo invadían temores que no lo dejaban en paz.
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-Estoy nerviosa –confesó Tonks a su amiga mordiéndose el labio sentada en la sala de espera de San Mungo.
-Todo va a salir bien –Audrey tomó la mano de su amiga y le sonrió –ese niño, como sea, tendrá mucho amor como para sobrellevar algo así –eso sí que reconfortaba a Tonks, agradecía por tener una amiga como Audrey que siempre tenía las palabras adecuadas y no condescendientes para cualquier situación.
-Señora Lupin, es su turno –una enfermera salió y anunció el turno de Tonks, quien se puso de pie de un saltito e ingresó al consultorio del sanador.
Audrey se quedó esperando, en aquella área de maternidad la posibilidad de encontrarse a Daniel era mínima, él se encargaba de curar accidentes causados por artefactos muggles, fue así como se conocieron, en una tienda en Diagon Alley de "curiosidades muggles", ambos compartían esa extraña fascinación por el mundo no mágico, en un principio él parecía un buen hombre, cariñoso, algo serio para el gusto de ella (aunque reflexionando, Severus resultaba ser más serio que cualquiera) y además, era muy guapo. Pero no resultó ser así, no era un buen hombre, era celoso y posesivo, no era cariñoso, sólo empalagoso hasta el hastío, su seriedad se limitaba solamente a no reírse de los malos chistes y torpezas de Audrey, ya que no se tomaba en serio nada, ni a la que alguna vez fue su novia, aunque lo guapo, eso sí, nadie se lo quitaba.
Reflexionando sobre aquello, y sobre lo diferente que era Severus a comparación de ese hombre al que ahora detestaba tanto, Audrey se reía y se preocupaba, cambiando de esos estados de ánimo tan rápidamente que no se percataba. Su padre y hermano, quienes siempre la había sobreprotegido por ser "la pequeña" de la familia llegaron a estimar mucho a Daniel, pues le ofrecía un gran futuro, siendo un sanador, su economía era más que estable, no se imaginaba las reacciones de esos dos al presentarles a Severus, un ex mortífago, mayor que ella, profesor de Pociones (un trabajo nada glamoroso), con aquel carácter tan difícil; suspiró y sonrió, para eso tenía que pasar mucho tiempo, a Daniel lo llevó a Francia hasta que llevaban varios meses de relación, ese no sería un problema por ahora, aunque el problema comenzaba desde tratar de convencer a Severus de ir a Francia.
La chica agitaba las piernas sentada en una silla en un gesto infantil y miraba a su alrededor distraída.
-Audrey... –escuchó que alguien la llamaba y concentró su atención hacía ese alguien.
-Daniel –dijo ella sorprendida al darse cuenta quien la llamaba, de inmediato su sorpresa se transformó en disgusto -¿qué haces aquí? –dijo indignada.
-¿No te alegra verme? –dijo él sonriendo –o es que es precisamente que estás aquí para verme –aquel enorme ego nunca lo dejaría, al parecer.
-No pienso si quiera contestar eso –dijo ella enojada y tratando de dar por terminado aquello.
-¿No me extrañas? Yo te extraño a cada momento... –dijo él acercándose a la chica.
-Aléjate –ordenó ella –o... –iba a lanzar una amenaza.
-¿O qué? –él interrumpió –¿vendrá tu noviecito, ese que parece tu papá, a atacarme cuando estoy desprevenido?
Audrey sonrió maliciosa recordando aquella vez que Severus atacó a Daniel y éste salió volando varios metros, además de encontrar gracioso que su ex novio asegurara había sido atacado "cuando estaba desprevenido", un pretexto demasiado viejo.
-Tal vez –dijo, aun divertida, el chico arqueó una ceja indignado de que ella se estuviese burlando de él –Severus es un gran mago, un mago de verdad, deberías temerle en serio... -no intentó que eso fuese una amenaza, sólo se estaba divirtiendo al observar como las orejas de Daniel comenzaban a ponerse rojas de enojo.
-Severus –bufó el otro –un nombre tan feo que le viene bien a un hombre tan feo -¿era la imaginación de Audrey o esa era una respuesta digna de un niño de 8 años?
La chica rió brevemente -¿qué quieres, que todo mundo tenga un nombre tan original... –pausó, convivir con Severus sí que le había hecho aprender el arte del sarcasmo –perfecto para un niño lindo como tú? –giró los ojos, pero se estaba divirtiendo.
Daniel apretó los dientes, se burlaba de sus capacidades mágicas, de su nombre y de su apariencia, que tanto le enorgullecía, pero controló la rabia –tú y yo –dijo abriendo bien los ojos –terminaremos juntos, yo lo sé –Audrey odiaba esa seguridad que rayaba en lo absurdo.
-Como digas –ella se limitó a sonreír y respondió indiferente, lo cual hizo que Daniel se molestara más y se marchara.
Cuando lo vio doblar en la esquina de un pasillo, Audrey se sintió triunfal, ella había tenido la última palabra, en un pasado de verdad le aterraban las amenazas y el acoso de su ex novio, esta vez ya no.
Algunos minutos más tarde Tonks salió del consultorio con semblante serio, hecho que preocupó a su amiga.
-¿Pasa algo? –Audrey se acercó de inmediato y tomó por el hombro a la otra chica.
-La verdad es que... –Tonks agachó la mirada –no... –levantó la mirada y ambas se quedaron calladas –estoy de maravilla –sonrió –voy a ser mamá.
Audrey Svevo correspondió la sonrisa y abrazó a su amiga, los temores quedaban de lado, era un momento para celebrar.
-Debo ser la madrina –dijo Audrey y Tonks asintió al instante, pero después no estuvo tan segura, no veía a Snape como el padrino de su hijo o hija, pero para eso debían pasar demasiadas cosas, como comprobar que tanto durarían eso dos.
Ambas chicas dejaron el hospital mágico, Audrey ayudó a su amiga a ensayar como es que se lo diría su marido Remus, aunque conociendo a la metamorfomaga, a la mera hora iba a hacer totalmente lo contrario. Decidieron que se lo anunciaría muy seriamente, como si se tratara de algo malo, pero Audrey sabía que llegando a su casa, Tonks correría a los brazos de Remus y lo gritaría a los cuatro vientos.
