Capítulo 21
Tras dejar los caballos en las cuadras y despedirse de los cuidadores, Ron, Hermione, Katie, Alex y Charlie se encaminaron hacia la casa principal para comer con el resto de la familia, todos excepto Charlie, que quería ir lo antes posible al cuarto que tenía acondicionado en el sótano para revelar sus fotografías y así alejarse de Alex, que lo incomodaba desde su llegada.
—En cuanto las tenga listas os las enseñaré —aseguró el pelirrojo antes de encaminarse hacia el cuarto y despidiéndose de los demás, que se dirigían al comedor.
Cuando entraron en él vieron que la familia de Hermione ya estaba ocupando la mesa de siempre y que estos observaban atentamente a Molly, que abrazada a un chico pelirrojo y con gafas con tanta fuerza que temían que lo fuera a romper, a unos pasos de la mesa que ocupaban. De los cuatro recién llegados, solo Ron reconoció al muchacho y se acercó a paso apresurado hacia donde éste se encontraba con su madre. Hermione, Katie y Alex, por otra parte, fueron a la mesa de su familia, preguntándoles con la mirada qué estaba pasando.
—Oh, querido, todavía no me lo creo. ¡Estoy tan contenta! —estaba diciendo Molly al muchacho desconocido cuando Ron se acercó.
—¡Percy! —dijo Ron a modo de saludo—. Audrey —añadió al percatarse de que la esposa de su hermano estaba detrás de su madre.
—¿Qué tal, Ron? —saludó la joven, muy contenta, mientras los hermanos se saludaban con un abrazo.
—Mamá ya me dijo que habías aprobado todo y que ya eres médico. Enhorabuena —le felicitó Percy, dándole unas palmadas en la espalda a su hermano, al que todavía tenía abrazado, muy orgulloso.
—Gracias, Percy. —Ron se alejó, inspeccionando la expresión de su madre, quien sencillamente estaba radiante—. ¿Qué pasa? —preguntó, suspicaz.
—Bueno, verás… —empezó a decir Percy, pero entonces se percató de los tres jóvenes que se habían acercado a la mesa y que todavía seguían de pie, observándoles—. ¿Quién de ellas es tu novia, Ron? —preguntó sonriendo pícaramente, lo que sorprendió muchísimo al interpelado, pues esa actitud no era normal en su hermano más estricto.
—Hermione —llamó y la castaña se acercó al chico— te presento a mi hermano Percy —dijo—. Ella es Hermione, mi novia —afirmó, sintiendo como su estómago se encogía un poco ante el título. Tras el encuentro con su hermana en el bosque era más consciente que nunca de lo que ocurriría al día siguiente y eso lo intranquilizaba. No sabía cómo podría enfrentar despedirse de la castaña.
—Encantado, Hermione —aseguró Percy, saludándola con un beso en la mejilla—. Ella es mi esposa, Audrey —añadió, señalando a la mujer castaña que se había posicionado a su lado.
—Encantada de conoceros —dijo Hermione tras saludar a la castaña también—. Ron me ha hablado mucho de vosotros —añadió.
—Espero que bien —comentó Audrey.
—De ti por supuesto, Audrey —aseguró Ron, haciendo que todos rieran—. ¡Y ahora decidme que pasa! —insistió, ansioso.
—Sí, verás, tenemos una noticia que daros… Bueno, en realidad todos lo saben ya, incluso la familia de Hermione se ha enterado, pero como tú no estabas, pues… Aunque en realidad tampoco lo sabe Ginny —empezó a parlotear Percy, nervioso.
—Cariño, ve al grano —le instó su esposa.
—Audrey y yo vamos a tener un hijo —soltó por fin, con una gran sonrisa pintada en el rostro. Ron lo miró sorprendido.
—¡Felicidades! —exclamó Hermione, siendo la primera en reaccionar, un poco incómoda. La noticia de la próxima llegada al mundo de un nuevo Weasley le había puesto los pelos de punta.
—¡Es fantástico! —aseguró Ron, abrazando de nuevo a su hermano y besando delicadamente la mejilla de Audrey, como si temiera que se fuera a romper.
—Es maravilloso, ¿verdad? —intervino Jane, quien, junto con el resto de la familia, había recibido la noticia por parte de Molly, cuando fueron presentados a Percy y a Audrey como la familia de la novia de Ron.
Tras los comentarios de felicitación y después de presentar a Katie y Alex, que también felicitaron a la feliz pareja, la familia de Hermione les ofreció a Percy y Audrey que se sentaran con ellos para comer, los cuales aceptaron encantados. Durante la comida la familia procuró conocer un poco más a los Weasley recién llegados, enterándose así de que vivían en Londres, que Percy trabajaba de gestor en una multinacional, donde había conocido a Audrey, y que habían venido para el baile de esa noche.
Ron percibió que Hermione, sentada a su lado, estaba un poco ausente, lo que le preocupó. Sin embargo, no se animó a preguntarle qué le ocurría delante de todos, ya que no quería que éstos se percataran de que algo iba mal. Aún así estrecho una de las manos de la castaña —la que le quedaba más cercana— por debajo de la mesa, para infundirle su apoyo. Hermione, que no había notado que era observada, se giró para mirar al chico, sorprendida. Ron, ante la mirada interrogadora de ella, se limitó a sonreírle y la chica le devolvió el gesto, agradecida.
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Después de la comida cada cual se fue a su cabaña para descasar antes de la gran fiesta de esa noche, que prometía ser entretenida. Hermione seguía pensativa por la noticia que había dado Percy. Además, estaba un poco preocupada pues Astoria no había aparecido en toda la comida, al igual que Draco, cosa que le señaló a Ron. El chico se ofreció a ir con Morgan a inspeccionar el bosque por si los encontraba pero no hizo falta. Astoria estaba sentada en los escalones de la cabaña de la pareja, con la vista perdida, pensativa.
—Creo que será mejor que os deje hablar tranquilas —sugirió Ron. Hermione lo miró, agradecida, mientras el muchacho empezaba a alejarse de la cabaña. Sin embargo, cuando Ron no había llegado a dar ni dos pasos, el pelirrojo se paró y agarró a Hermione por el brazo para acercarla de nuevo a él—. ¿Era por la desaparición de Astoria por lo que estabas tan pensativa durante la comida o hay algo más? —preguntó intranquilo. Hermione lo miró, dudosa. Al final negó con la cabeza.
—No, no era solo por eso —reconoció—. Es que todo lo de tu hermano Percy, que vaya a tener un hijo —se explicó, al ver que Ron la miraba sin entender—, me recordó que quizás… —No hicieron falta más explicaciones.
Ron, enternecido y preocupado, acercó definitivamente Hermione a él y la abrazó por la cintura, intentando transmitirle que no estaba sola. Hermione le devolvió el gesto, rodeándole por los antebrazos —pues Ron era tan alto que no llegaba más arriba— e inspirando profundamente, envolviéndose con su aroma.
—Gracias —dijo Hermione una vez se separaron un poco, aunque sin deshacer el abrazo, mirando a los ojos azules del muchacho.
—No hay nada que agradecer —aseguró Ron, devolviéndole la mirada. Él también se había inquietado un poco ante la noticia que había dado su hermano, pero había decidió disfrutar de la alegría que le suponía esperar un sobrinito o sobrinita. Lo que ocurriera con Hermione era algo que estaba dispuesto a afrontar, pasara lo que pasase.
Todavía mirando a los ojos de la castaña, la indecisión se apoderó del pelirrojo. Sin embargo, tras pensárselo se decidió y se inclinó un poco hacia la chica, ante la atenta mirada de Hermione. Pero en el último momento la resolución de Ron flaqueó y, cambiando de idea, se limitó a besar dulcemente la frente de la chica de manera prologada, haciendo que Hermione cerrara los ojos, disfrutando de la caricia. Si bien no era lo que esperaba, era algo que la reconfortaba casi tanto como lo que deseaba de verdad. Tras unos instantes, Ron se separó, soltando ya la cintura de la chica.
—Nos vemos luego —dijo él.
—Hasta luego —se despidió ella.
Hermione se giró hacia la cabaña, dispuesta a encontrarse con la interrogadora mirada de Astoria o con su sonrisa pícara. No hubo ni una cosa ni otra. Astoria seguía mirando al vacío, sin haberse dado cuenta de la escena que había protagonizado su amiga unos instantes atrás, lo que en cierta medida alegró a Hermione, aunque también le preocupó.
—Astoria —la llamó, logrando que la chica volviera en sí. Hermione le hizo un gesto con la cabeza, indicándole que se pusiera de pie para entrar con ella a la cabaña. Estaba segura de que tendrían muchas cosas de las que hablar.
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Percy, por su parte, se encaminaba a los establos tras dejar a Audrey descansando en el que había sido su cuarto mientras había vivido en La Madriguera. Iba en busca de su hermana, pues esperaba que al no encontrarse en el comedor, atendiendo las comidas como acostumbraba, estuviera allí.
Cuando entró en el establo vio a Ginny salir de uno de los cubículos de la mano de un muchacho moreno al que jamás había visto, lo que le molestó un poco. Sabía que la chica había dejado su relación con Draco, pues su madre se lo había dicho, noticia que le alegró mucho pues él, al igual que el resto de sus hermanos, sabía que Malfoy no era bueno con la pelirroja. Esperaba que estuviera soltera y verla tan apegada a otro chico había encendido todas las alertas del hermano celoso que había en su interior.
—Ginny —saludó, olvidándose de la sonrisa que había llevado consigo desde que se enteró de que iba a ser padre. La chica lo miró sorprendida, pues no esperaba encontrarlo allí y se golpeó mentalmente por haber sido tan poco cuidadosa y haber entrado con Harry a las cuadras para dejar a Vendaval.
—¡Percy! —exclamó cuando reaccionó, saltando sobre su hermano para abrazarlo. Aunque él le devolvió el gesto gustoso, sus ojos seguían fijos en Harry, que había soltado la mano de Ginny en cuanto se percató de la presencia del pelirrojo desconocido, nervioso, y que ahora tenía la vista fija en el suelo, sonrojado. Ya había tenido un encontronazo con un Weasley ese día, de forma indirecta pero había existido, no quería tener más y por el color del pelo de ese hombre, Harry apostaba a que era un familiar de la chica—. ¿Cuándo has llegado? —preguntó Ginny, separándose de su hermano, viendo así de la expresión de éste—. ¿Qué pasa?
—¿No me vas a presentar a tu amigo, Ginevra? —cuestionó de vuelta, sin desviar la vista del moreno.
—Sí, claro —concedió Ginny, resignada, sabiendo cómo eran sus hermanos—. Harry, este es mi hermano Percy. —El moreno casi sonrió con ironía al descubrir que había acertado acerca de la identidad del pelirrojo… casi—. Percy, este es Harry Potter, es el mejor amigo de Hermione, la…
—…novia de Ron, lo sé. La he conocido en la comida. Me ha sorprendido no verte allí —dejó caer, un poco más relajado, ahora que sabía quién era el chico. Podría interrogar a alguno de sus hermanos más tarde al respecto.
—Sí, bueno, es que estábamos cabalgando un poco. Hoy ha habido cabalgata, no sé si te lo habrán dicho —intentó excusarse.
—Sí, me lo dijeron, pero no que hubieras ido tú, Ginny —afirmó, intentando no sonreír. Si bien era cierto que no le gustaba que su hermana andara por ahí con cualquiera, la situación le parecía graciosa. Siempre era a él al que los gemelos o su hermana lo ponían en aprietos, así que tenía el derecho, no, el deber de aprovechar las pocas ocasiones en las que lo podía hacer él.
—Ya, bueno… —ante eso Ginny no sabía que decir, por lo que decidió cambiar de tema—. Me alegra que hayas venido antes del baile porque tenía algo que contarte… ¿Podemos hablar? —preguntó, ansiosa.
—Claro —aseguró Percy, mirándola curioso—. Yo también tengo cosas que contarte.
—De acuerdo. Nos vemos más tarde, Harry —se despidió Ginny, volviéndose al chico, que alzó la vista y le dedicó una tímida sonrisa.
—Sí, hasta luego —se despidió el moreno, yendo hacia la salida del establo.
—Potter —dijo a forma de despedida Percy. Harry, que pasaba a su lado, se limitó a hacer un gesto con la cabeza, todavía nervioso. Esperaron a que el chico hubiera salido antes de hablar de nuevo.
—¿Y qué novedades tienes? —preguntó Ginny, curiosa y un tanto incómoda por la forma en que su hermano había mirado a Harry. Ante la mención de eso, la sonrisa de Percy volvió a su rostro.
—Audrey está embarazada —le informó, lo que provocó que Ginny se volviera loca. Le llenó de abrazos y felicitaciones, pidiéndole una y otra vez que ella fuera la madrina del bebé.
—Tengo que ser yo, ¿quién si no? Audrey puede buscar al padrino. ¿Te imaginas a cualquiera de nuestros hermanos tratando de ser padrinos? ¡Con lo irresponsables que son! —aseguró, intentando persuadir a su hermano, haciéndole reír.
—Ya veremos, tengo que hablarlo con Audrey —dijo, aunque estaba seguro de que su esposa no tendría problemas con nombrar a Ginny madrina del bebé—. ¿Qué me tenías que contar? —preguntó, deseoso de saber lo que su hermana tuviera que decirle.
—Oh, sí, verás… Hace unos días recibí una carta —empezó—. La enviaban de Londres —iba diciendo lo más despacio que podía, muy nerviosa. No le había dicho a nadie de la existencia de esa carta y nadie sabía cuáles eran sus intenciones, a excepción de Percy. Ginny había creído en su momento que él la entendería, como así había sido. Además de que necesitaría su ayuda, si al final conseguía sus propósitos.
—¿Era de la universidad? —preguntó, ansioso. Cuando Ginny le había dicho que deseaba marcharse a Londres para estudiar Administración y Gestión, Percy le había dado todo su apoyo, pues él mismo había dejado su casa para irse a estudiar. Ginny no lo había podido hacer en su momento porque se tuvo que quedar a ayudar a sus padres en La Madriguera. A Percy le alegraba que su hermana por fin hubiera decidido dar el paso y estaba dispuesto a ayudar a sus padres con la organización de la casa rural durante los años en los que Ginny se ausentara por sus estudios, como la pelirroja le había pedido.
—Sí —afirmó, muy nerviosa.
—¿Y que decía? —preguntó desesperado.
—Me han concedido la beca—le informó—. Me voy a Londres.
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Hermione escuchaba lo que su amiga le narraba sentada en la cama de su pequeña cabaña, con el entrecejo fruncido, viendo como Astoria iba de un lado a otro, nerviosa, frustrada… y enfadada.
—…Y entonces, el muy cínico va y me pregunta "¿estás mejor?", y yo, tonta de mí, le respondo que sí, ¡que sí! —decía Astoria, alzando cada vez más la voz—. ¿Te lo puedes creer? —preguntó la rubia parándose delante de Hermione con los brazos cruzados y roja de furia.
En el momento en el que le había dicho que se sentía mejor a Draco había sido cierto. Sin embargo, al montarse en el caballo y encaminarse a los establos, seguida del rubio, Astoria había comprendido que si él le había preguntado eso, después de haberla besado, era porque sólo había querido hacerla callar y que se tranquilizara. ¡Y el muy condenado lo había conseguido!
—Lo siento, Astoria, pero no veo donde está el problema —se extrañó Hermione—. Has besado al chico con el que llevas días soñando, el cual se ha preocupado por ti y te ha dado consuelo cuando tanto lo necesitabas…
—Me ha besado sólo porque le doy lástima… —la interrumpió—. Le da pena que nunca pueda tener a alguien para mí y ha decidido hacer la obra de caridad del año conmigo —sentenció, sintiendo como los ojos se le aguaban. Hermione, al percatarse de ello, no pudo evitar sentir cierta irritación.
—¡Astoria ya está bien! —exclamó levantándose de la cama—. Draco no es de la clase de personas que hacen obras de caridad simplemente porque sí. —Astoria la miró con la ceja alzada. Eso era cierto—. Le importas. No sé de qué forma, pero está claro que se preocupa por ti.
—Eso ya lo sé, ¿no te estoy diciendo que le doy lástima? —insistió, frustrada porque Hermione no lo comprendiera.
—¿Por qué te iba a tener lástima? ¿Y por qué dices que nunca vas a poder tener algo como lo que tienen Harry y Ginny? —preguntó, recordando lo que Astoria le había contado rato antes.
—Porque ningún hombre querría estar con una chica como yo —sentenció Astoria, encaminándose hacia la salida de la cabaña, dispuesta a acabar con esa conversación en ese preciso instante. Sin embargo, Hermione se interpuso entre ella y su objetivo.
—De aquí no te vas hasta que me expliques a qué te refieres con una chica como tú —afirmó Hermione con rotundidad. Había respetado durante muchos años que Astoria no fuera totalmente sincera con ella, a fin de cuentas todo el mundo tiene sus secretos. Ella misma no le había contado lo de Kalé, pero fuera lo que fuese lo que ocultaba Astoria, le estaba afectando hasta límites insospechados y ella no estaba dispuesta a permitir que su amiga siguiera sufriendo si podía evitarlo.
—Pues a alguien como yo… Alguien —Astoria empezó a boquear, sin saber muy bien cómo describirse. ¿Había una palabra lo bastante desagradable como para describirse tal y como ella se veía?
—¿Alguien cómo? ¿Amigable? ¿Cariñosa? ¿Generosa? ¿Divertida? ¿Preciosa? —insistía Hermione, frustrada.
—Ese es exactamente el problema, Hermione… ¡No soy preciosa! Soy… ¡repugnante! —soltó, con tal rotundidad que la castaña se quedó petrificada. Al notar aquello, Astoria aprovechó la situación y se escabulló de la cabaña, alejándose sin saber muy bien a dónde dirigirse.
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Ron había ido al AquaBar a visitar a sus hermanos y a hacer tiempo para que Hermione pudiera hablar con Astoria de todo lo que necesitaran. Al llegar a la zona de la piscina saludó a Viktor, que le devolvió el saludo de muy buen humor, lo que sorprendió al pelirrojo, pero al recordar la extraña actitud que había tenido Fleur esa mañana no puedo más que sonreír y negar con la cabeza, divertido ante el comportamiento de sus dos amigos.
Siguió su camino y al llegar a la orilla del estanque que rodeaba el AquaBar se percató de que en la barra de este había una concentración de cabezas pelirrojas que era cuanto menos sospechosa. Descalzándose, se acercó, distinguiendo a sus hermanos Fred, George y Bill, y su padre, Arthur.
—¡Ron! Por fin te encontramos —dijo Arthur, muy contento de ver a su hijo menor con ellos.
—O más bien os encuentro yo a vosotros… ¿Qué os traéis entre manos? —preguntó suspicaz.
—Estamos planeando una broma para Percy, para celebrar que va a ser papá —le explicó Fred con tono bulón.
—El chico está tan ilusionado que queremos que esto lo rememore durante el resto de su vida —continuó George. Ron rio, encantado con la idea.
—Hemos intentado que Charlie viniera también, pero se ha negado a salir de su agujero negro —comentó Bill.
—Ya sabéis como es vuestro hermanos con sus fotos —remarcó el padre de los pelirrojos. Todos asintieron con pesadumbre, como si lamentaran que su hermano pudiera llegar a ser tan serio. Ron, sin embargo, lo entendía. Todavía recordaba cuando Charlie montó en cólera después de que los gemelos abrieran la puerta del cuarto mientras revelaba las fotografías de su viaje a Rumania, haciendo que todas las fotos se velaran.
—¿Y cuando pensáis hacerlo? —preguntó el chico, volviendo a la cuestión principal.
—¡Esta noche! —respondieron sus hermanos. Ron rio sin disimulo alguno, bajo la sorprendida mirada de su hermanos, que no entendían a que se debía. Su padre, sin embargo, sí lo hizo.
—Ya les he dicho que si lo hacen esta noche vuestra madre se enfadará mucho —le explicó Arthur, contento de que uno de sus hijos le fuera a apoyar.
—¿Enfadarse? ¡Los matará! —aseguró Ron, sin parar de reír ante las imágenes que venían a su mente. Ni un amante del cine gore podría soportar ver lo que ocurriría si el baile que Molly Weasley llevaba preparando un año se estropeaba por culpa de una trastada de sus hijos.
—Les he dicho que lo mejor será esperar a que nazca el bebé… O al menos que no lo hagan el día del baile —relató Arthur Weasley, pensando lo mismo que su hijo menor.
—Pero papá… —exclamaron los otros tres jóvenes.
—¡Nada! Hoy no podéis hacerlo y se acabó, ¿entendido? —sentenció—. Como le deis un disgusto a vuestra madre yo mismo me encargaré de vuestro castigo… No me importa la edad que se suponga que tenéis, mentalmente seguís teniendo ocho años…
—Debería darte vergüenza, George —dijo Bill con una media sonrisa.
—Sí, George… ¡Qué eres un hombre casado, tío! —exclamó Fred, fingiendo estar escandalizado, chocando la mano con su hermano mayor, encantado de poder tomarle un poco el pelo a su gemelo.
—Muy graciosos, chicos… —dijo el interpelado, haciéndose el indignado, pero tras unos segundos sonrió pícaramente—. ¿Os tengo que recordar lo que pasó la última vez que papá os castigó? —preguntó. Ante eso tanto Fred como Bill se removieron incómodos. Ron notó como Bill se llevaba una mano a su espalda, recordando el dolor que le había quedado después de tener que cargar con los muebles desde el sótano hasta el ático con la ayuda de Fred. Incluso después de acabar con el traslado, habían tenido agujetas durante dos semanas más. Fred también parecía estar recordando esa mudanza, pues se había quedado más pálido que un fantasma.
—Está bien —sentenció Bill, resignado—. No haremos nada…
—…hoy —finalizó Fred, recuperando el color y sonriendo de forma traviesa.
—Me alegra comprobar que todavía os quedan algunas neuronas —afirmó Ron, muy satisfecho.
—A mí también —añadió Arthur—. Me voy, tengo que ayudar a vuestra madre con los preparativos para el baile. No arméis ningún lío —se despidió, alejándose. Los cuatro jóvenes observaron como el patriarca se alejaba, en silencio.
—Por cierto… ¿Vais a ir al baile? —preguntó Ron, una vez su padre se había perdido de vista.
—¡Por supuesto que sí! —exclamó George.
—Aunque seamos trabajadores de la casa rural somos tan Weasley como tú —señaló Fred, sacándole la lengua de manera infantil.
—Es un baile en honor a la apertura de la casa rural, por supuesto que vamos —afirmó Bill, retundo. Ron vio como Fred le daba un codazo muy mal disimulado a George, quien puso los ojos en blanco antes de hablar de nuevo.
—¿Irán las chicas? —preguntó, resignado, sin molestarse en disimular que no era a él a quien le interesaba la información.
—¿Qué chicas? —se hizo el desentendido Ron, como si no supiera a lo que se refería su hermano.
—Ya sabes… —volvió a hablar George, sonriendo al darse cuenta de que Ron se había percatado de lo que ocurría—. Lavender, Hermione, Katie… —enumeró, remarcando descaradamente el último nombre.
—Sí, Fred, irá Katie —soltó Ron sin dejar de mirar George. Fred se sonrojó y se apresuró a intervenir.
—Él no es Fred, soy yo… —dijo, como tantas otras veces.
—Lo sé, Fred, lo sé —afirmó Ron, ahora sí, mirando a su hermano, haciendo que tanto George como Bill rieran y que Fred se avergonzara todavía más, poniéndose del color de su cabello rojo fuego.
Después de eso, Ron se despidió de sus hermanos y se alejó de vuelta a la cabaña, esperando que Hermione y Astoria ya hubieran podido hablar todo lo que necesitaran, pues tenía hambre y quería saber si la castaña lo acompañaría a merendar. Se alegró al ver a Astoria alejarse en dirección contraria pues eso quería decir que Hermione no estaría ocupada.
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Al entrar en la cabaña casi se chocó con Hermione, que seguía estática delante de la puerta desde que Astoria hubiera salido por ella unos instantes antes de que Ron entrara.
—¡Hermione! ¿Qué pasa? ¿Qué haces ahí parada? —preguntó el chico, sorprendido del estado en el que se encontraba la castaña—. ¿Te encuentras mal? ¿Estás mareada o algo? —volvió a cuestionar temeroso, poniéndose delante de ella, moviendo una mano delante de sus ojos. Hermione enfocó la mirada en él, sorprendida de verlo donde hasta hacia unos instantes estaba su amiga.
—No… Es sólo que la conversación con Astoria no fue muy bien… —se lamentó la chica.
—¿Qué tal si vamos a tomar un té o una tila y me lo cuentas todo? —le ofreció Ron, preocupado, aunque un poco más relajado ahora que Hermione había vuelto en sí.
—Me vendrá bien una tila, sí —accedió la chica. El pelirrojo le tomó la mano y volvió a salir de la cabaña junto a la chica.
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Caminaron en silencio, aun tomados de la mano. Hermione iba pensando en lo ocurrido con Astoria y Ron le quería dar su tiempo para organizar sus pensamientos antes de que tuviera que contarle nada.
Cuando llegaron al salón se toparon con que Jane, Patrick, Alex y los padres de éste estaban en la mesa que acostumbraban ocupar. Ron le dio un tirón a Hermione, para hacerle entender que podían cambiar de dirección, pero ya era tarde, pues los padres de Alex los habían visto. Hermione suspiró, lamentando no poder hablar con Ron sobre lo ocurrido, pues necesitaba descargar en alguien toda la frustración que sentía. Sin embargo, se obligó a sonreír y a encaminarse hacia la mesa tirando de Ron, que se entristeció al darse cuenta de que no podría hablar con Hermione a solas.
Cuando llegaron a la mesa supieron que Hermione no era la única con problemas. Alex estaba teniendo una discusión con Patrick.
—Eso de querer ayudar a los demás está muy bien como hobbie, pero jamás podrá ser una profesión seria, Alexander. Tienes demasiados pájaros en la cabeza.
—No estoy de acuerdo contigo, tío. En mi último viaje, sin ir más lejos, conocí a muchas personas que dedicaban su vida a ayudar a los demás haciendo una profesión de ello y se les veía muy contentas. Mucho más que cualquier banquera amargada por no poder hacer lo que de verdad quiere —afirmó sonriendo con ironía. Alex, como todos los de la familia, sabía que Hermione no había elegido su profesión, sino que se la habían impuesto. Todos menos el señor Granger, que estaba demasiado ocupado creando una vida perfecta para la hija de su imaginación, como para intentar hacerlo con la hija que de verdad tenía.
—No sé a quién te referirás, Alexander, pero estoy seguro de que a la larga esa chica comprenderá que dedicarse a un oficio serio es lo mejor que le podría haber ocurrido en la vida —aseguró el hombre con convicción.
—No, lo mejor que le podría ocurrir es realizar el viaje a Kenia que siempre ha querido —ante esa mención Hermione alzó la vista. Alex había sido el único que había sabido de la existencia de Kalé hasta la llegada de Ron—. Espero que se anime a acompañarme en el viaje que haré dentro de unos días allí —ofreció disimuladamente, mirando a Hermione de reojo, quien le devolvió la mirada muy pálida.
—Sí esa chica deja sus responsabilidades por un viaje de placer es que en realidad no merece su puesto. Quien le haya confiado la dirección de un banco debe ser un verdadero ingenuo.
—Con todos mis respetos, señor Granger —intervino Ron, haciendo que todos se giraran para mirarlo. Se sorprendieron al comprobar que estaba rojo de ira—, pero quizás no fue ella la que eligió estar en ese cargo, sino que se lo impusieron.
—Exactamente —apoyó Alex—. Ella no tiene la culpa de tener un padre que no sabe ver más allá de sus propias narices. —Ante ese último comentario Patrick lo miró con los ojos entrecerrados, analizándolo.
—¡Bueno, ya está bien! —sentenció Hermione poniéndose de pie violentamente—. Basta —pidió más débilmente, notando como los ojos se le humedecían. Ron vio como la chica se encaminaba hacia la puerta y se dispuso a seguirla. Ahora sí que tenían que hablar.
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Ginny llevaba toda la tarde tratando de hablar con su hermano Charlie, pero no lo había encontrado por ninguna parte. Tras preguntar a un par de empleados supo que éste se había encerrado en la sala que sus padres le habían acondicionado en el sótano para revelar sus fotografías desde que llegara de la cabalgata esa mañana. Se encaminó allí, pasándose antes por la cocina para preparar un bocadillo para el chico, pues debía estar hambriento.
Tras el incidente que ocurriera hacía ya tantos años, en el que los gemelos abrieron la puerta de la sala estropeando todas las fotos, los señores Weasley habían instalado una doble puerta, para evitar que el incidente volviera a ocurrir. Después de traspasar la primera, bajó las escaleras que llevaban al sótano, hasta la segunda puerta, a la que llamó antes de abrir.
—Soy Ginny —anunció.
—Adelante —se escucho la voz amortiguada de su hermano desde el otro lado de la puerta.
Había tomado la costumbre de anunciarse desde que, a los quince años, entrara a la habitación sin avisar y se topara a su hermano revelando unas fotos bastante comprometedoras. Esas fotos, a pesar de que Charlie no saliera en ninguna de ellas, fueron las que delataron la condición sexual de su hermano y la razón de porque Ginny era la única que lo sabía.
Encontró al chico de espaldas a ella, manipulando los productos químicos que tantas veces le había dicho como se llamaban pero que Ginny nunca recordaba. Después de su descubrimiento, esa sala se había convertido en una especie de confesionario para Charlie y Ginny, donde iban siempre que necesitaban hablar. Le gustaría haberle dicho a Charlie de sus intenciones de irse a estudiar pero temía que no lo entendiera pues, aunque él siempre estuviera viajando, no era lo mismo irse una semana o dos que cuatro años.
—¿Qué tal han salido las fotos de la cabalgata? —preguntó la chica para romper el hielo.
—Bien —se limitó a decir el chico. Ginny las observó, percatándose de que en la mayoría de ellas salía un muchacho al que no conocía.
—¿Quién es? —preguntó señalando a una de las fotos en las que salía el joven.
—Alexander Bell —sentenció como una condena, sin darse todavía la vuelta para mirarla.
—Alexa… ¿Pero ese no es el…?
—Sí —le confirmó. Charlie le había contado todo lo ocurrido en el viaje a Ginny, incluyendo lo del chico que había conocido y que le había dicho que se llamaba Alexander Bell.
—Vaya… —se asombró Ginny—. Es guapo —dijo, estudiando al chico—. Aunque supongo que ya lo sabrás… Le has hecho muchas fotos…
—No es por eso por lo que se las he hecho —negó el chico, girándose al fin a mirarla—. Se las he hecho porque lo admiro —le explicó—. Una de las primeras cosas que le ha dicho a Ron es que es gay, ¿te lo imaginas? —dijo impresionado.
—Vaya —dijo Ginny—. ¿Y cómo se lo ha tomado nuestro hermano?
—Bueno… Le ha pillado un poco fuera de juego, pero no creo que se lo haya tomado mal —dijo pensativo. Tras unos segundos negó con la cabeza—. No, no le ha sentado mal —confirmó.
—¿Ves? ¿Si le ha entendido a él por qué no lo haría contigo? ¿Por qué no lo harían los demás?
—No es lo mismo, Ginny… —señaló apesadumbrado.
—Estoy harta de tus excusas. Si la familia de Alexander lo ha entendido, ¿por qué la nuestra no debería de hacerlo contigo?
—Quizás la familiar de Alex sea más liberal…
—¡Oh por favor! He pasado por el salón cuando iba de camino a la cocina para hacerte algo de comer… Deberías de haber oído las burradas que estaba diciendo el padre de Hermione acerca de la gente que ayuda a los demás, que si es una pérdida de tiempo y de dinero y no sé cuantas cosas más… Estaba discutiendo con Alexander de eso. Sí él, que es una bestia para eso, ha entendido que Alex no es… raro por ser gay, ¿cómo no lo haríamos nosotros? —le preguntó. Charlie suspiró, sintiéndose acorralado.
—Tengo miedo —se limitó a decir.
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—¡Hermione! ¡Hermione, espera! —la llamaba Ron, pues la chica había estado por cerrarle la puerta de la cabaña en las narices.
—¿Qué? —preguntó cortante—. ¿No has tenido bastante con el espectáculo en el salón que vienes a por más? —le acusó. Ron la miró sorprendido, sin entender por qué le decía eso.
—¿A qué te refieres? —Hermione bufó.
—Sólo os ha faltado señalarme para dejarle en claro a mi padre que era yo de quien hablabais.
—¡Por favor, Hermione! Nada de lo que le hemos dicho a tu padre es mentira —le recordó Ron—. Tú no quieres ser banquera, nunca lo has querido.
—Es algo que asumí hace mucho tiempo, Ron, gracias. Es mi destino y punto. No necesito que remováis todo con algo que no tiene remedio.
—¡Pero es que sí lo tiene, Hermione! Esta es tu vida, no la de tu padre y eres tú la que tiene que decidir qué hacer con ella —le dijo, como otras tantas veces, intentando controlar su tono de voz—. ¿Tienes que hacerte cargo del banco? De acuerdo, pero hazlo a tu modo, no al de tu padre. ¿Quieres irte a Kenia a conocer a Kalé? ¡Pues hazlo! Eres tú la que tiene el poder de elegir que hacer, no tu padre. Eres mayor de edad, eres responsable de tus decisiones y de tus acciones. Si no tomas la oportunidad que te ofrece Alex de ir con él te arrepentirás el resto de tu vida —sentenció, bajo la mirada airada de Hermione.
—¿Ya has terminado? —preguntó, sarcástica.
—Sí —respondió cortante, frunciendo el ceño.
—Bien —dijo la castaña, dándose media vuelta y encerrándose en el baño. Tenía que prepararse para el baile.
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Salió media hora después, envuelta en tres toallas, para evitar cualquier nueva situación incómoda con el pelirrojo, pero éste no estaba. En cambio había una nota encima de la cama que se apresuró a leer.
"He ido a mi habitación a prepararme para el baile. He supuesto que necesitarías el baño toda la tarde y no quería molestarte más. Me pasaré a recogerte a las ocho para ir juntos si te parece bien. Si no es así mándame un mensaje y lo entenderé. Un beso,
Ron.
P.D: Siento haber sido tan rudo antes."
Hermione se dejó caer boca abajo en la cama, suspirando. Este día estaba resultando ser una auténtica pesadilla. Primero el recuerdo de que quizás estuviera embarazada, después la discusión con Astoria y para rematar, lo ocurrido con su padre, Alex y Ron.
Ron. Lo había pagado todo con él, aunque no tuviera la culpa de nada. El chico simplemente se había limitado a señalarle lo evidente, pero ella no se animaba a reconocerlo. A pesar de que el camino que le habían escogido no era el que más feliz le hacía, era muy fácil seguirlo, mientras que si trataba de cambiarlo podría llevarse más de una decepción. No solo por lo que su padre pudiera pensar, pues ese no era el único camino que podía y deseaba cambiar. También estaba el camino delineado para Ron, ese que había empezado hacía dos semanas y que finalizaba mañana. Si se animara a tomar el camino difícil le diría que no quería que acabara, pero había tantas cosas que podían salir mal, tanto por perder. Pero también había tanto que ganar.
Suspirando, se puso de pie y se dispuso a prepararse para el baile. Sólo tenía dos horas antes de que Ron pasara a recogerla.
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Draco Malfoy llevaba toda la tarde dando vueltas en su coche después de haber dejado atrás a una Astoria ausente y pensativa. Desde que montaran en el caballo, tras el beso, no había intentado hablar con ella de nuevo, pues su mente era un hervidero de ideas y sensaciones que no lograba explicar. Esa confusión era la que le había llevado hasta el aparcamiento y era la que lo había hecho conducir hacía ningún lado toda la tarde.
Besar a Astoria Greengrass había sido un error, una locura. Jamás entendería por qué lo había hecho ni qué había sentido cuando la había besado. Draco Malfoy no era un iluso, sabía perfectamente cuando una mujer le atraía, y esa mujer en especial le atraía más de lo que ninguna lo había hecho que pudiera recordar y no creía que fuera fácil olvidar un sentimiento tan fuerte. Pero eso no era lo perturbador. Al besar a Astoria no había estado implicado solo un gran y descontrolado sentimiento de deseo, no. Había algo más que Draco no se atrevía siquiera a intentar definir.
Se desvió a un lado de la carretera y paró el coche. Suspiró pesadamente y dejó caer la cabeza en el volante con tal potencia que hizo que el claxon sonara, haciendo que el rubio pegara un bote en el asiento, sorprendido. Volvió a suspirar frustrado. Si su padre le viera así de perturbado por un insignificante beso no dudaría en desheredarlo. ¿Qué clase de abogado perdía la compostura por algo así? Desde luego no uno que mereciera trabajar en el bufete de Lucius Malfoy.
—Mierda —se lamentó Draco, golpeando el volante con frustración. Volvió a arrancar el coche, dispuesto a volver a La Madriguera. Había un baile al que acudir.
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Ron entró en la cabaña tras llamar un par de veces sin recibir respuesta. No había recibido ningún mensaje, así que suponía que Hermione estaría esperando a que pasara para recogerla. En la habitación no había nadie, aunque estaba claro que ahí había estado una mujer arreglándose para algo importante pues estaba todo hecho un desastre.
«Bueno, Ginny es más desordenada todavía», pensó, sonriendo de lado.
—¿Hermione? —preguntó en voz alta, parándose delante de la puerta del baño, que estaba cerrada.
—¡Ya salgo! —se oyó la voz de la chica desde el otro lado. Ron le dio la espalda a la puerta, inspeccionando el desastre en el que se había convertido la habitación. Vio que en el suelo, frente al espejo de cuerpo entero que había al lado del armario empotrado, había un secador y un rizador, enfriándose. También vio que en la cama había tres toallas mojadas, lo que le resultó extraño. Sin embargo, el sonido de la puerta del baño al abrirse lo interrumpió en su recorrido. Se giró rápidamente hacia la puerta y su corazón dio un vuelco.
—Estás preciosa —consiguió decir tras unos instantes en los que solo pudo observarla. Hermione se sonrojó levemente, haciendo que estuviera todavía más hermosa de lo que ya estaba a ojos de Ron, que la analizaba con la mirada. Hermione llevaba un vestido de corte princesa, largo, rojo pasión. El escote era en forma de barco y de tirantes. El pelo lo llevaba recogido en un moño italiano que le favorecía mucho, al igual que el color del vestido.
—Gracias —dijo la castaña—. Tú también te ves muy bien, te sienta bien el traje —le alagó. Ron iba totalmente de negro. Los zapatos, el traje, la camisa y la corbata, la cual tenía el único punto de color del conjunto, pues tenía un pequeño dibujo —que a Hermione le pareció una flor— rojo, haciendo juego con el cabello del chico que estaba perfectamente despeinado, lo que hizo sonreír a la muchacha.
—Gracias. La verdad es que las corbatas no me gustan mucho pero las prefiero a las pajaritas —dijo, llevándose una de las manos al cuello de la camisa, incómodo.
—Bueno —comento Hermione, acercándose al pelirrojo—, siempre puedes quitártela —sugirió, llevando sus manos a la corbata, aflojándola un poco. Ron tragó en seco, nervioso ante la cercanía de la castaña.
—Nada me gustaría más —la chica empezó a aflojar la corbata, pero él la frenó—, pero dado que tú pareces una princesa de cuento esta noche, no puedo permitírmelo. No quiero quedar mal a tu lado —le sonrió un poco avergonzado. Hermione le sonrió dulcemente, arreglándole la corbata, aunque sin apretarla tanto como la llevaba antes el chico.
—Estarás perfecto con corbata o sin ella, te lo aseguro —afirmó con rotundidad—. Además estarás entre amigos y familia. Si alguien debe estar preocupada soy yo… ¿No es demasiado? —dijo, refiriéndose a su atuendo.
—¡NO! —exclamó con precipitación el chico, sorprendiendo a ambos—. Quiero decir que… estás perfecta —Hermione suspiró aliviada.
—Bien —dijo contenta. Después de eso adquirió un semblante más serio—. Quería pedirte disculpas por mi comportamiento de antes. He pagado contigo lo ocurrido con Astoria y…
—No te preocupes, yo me he excedido en mis comentarios —aseguró.
—No, sólo has sido sincero, ha sido culpa mía. Me cuesta afrontar todo esto —intentó explicarse. Ron, sabiendo que si seguían así lo más seguro es que volvieran a discutir, decidió cortar por lo sano.
—Digamos que ha sido culpa de los dos, ¿vale? —sugirió, tendiéndole una mano a la chica. Ella rio, aceptando la mano y estrechándola.
—De acuerdo —dijo sonriendo. Ron le ofreció el brazo, el cual la chica aceptó y juntos se encaminaron al baile.
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Para la celebración de la fiesta, los empleados de la casa rural habían movido todas las mesas a los laterales del gran comedor y habían creado una gran pista de baile. En el lateral en el que se encontraba la puerta que daba a la cocina habían colocado una pequeña tarima donde los señores Weasley se subirían para pronunciar unas palabras para dar por finalizado el baile. En otro lateral habían dispuesto una barra donde los invitados pudieran ir a pedir sus bebidas a los camareros encargados de la tarea esa noche. En las mesas habían organizado un catering con canapés, dulces y todo tipo de exquisiteces. También habían dispuesto asientos a lo largo de los laterales, para que pudieran sentarse aquellos que lo desearan.
Al baile no habían sido invitados solo los huéspedes y los miembros de la familia Weasley sino también algunos amigos de la familia y empleados que ya no trabajan allí pero que habían sido grandes participes del éxito de la casa rural y eran amigos de los Weasley.
Ron y Hermione fueron de los últimos en llegar. La música ya estaba sonando, había algunas parejas bailando y otras tantas alrededor de las mesas. Al entrar, Ron buscó una masa de cabezas rojas que, para su sorpresa, se encontraba al lado de otra marea de cabezas castañas que correspondían a las de la familia de Hermione. Ron le señaló el sitio a la chica y se encaminaron hacia allí.
—¡Pensábamos que ya no llegaríais! —comentó Katie, que llevaba un vestido largo, negro y de tirantes y el pelo suelto y liso.
—Sí, mamá estaba por mandar a buscaros. ¡Está histérica! —les informó Fred, al lado de la prima de Hermione. Ron le guiñó un ojo con disimulo, haciendo que el gemelo se sonrojara. Le iba a contestar pero justo en ese momento se acercaron los señores Granger y los señores Weasley.
—Oh, Hermione estás hermosa —se asombró la señora Weasley—. Menos mal que ya habéis aparecido, ¡creíamos que no vendríais! —dijo, horrorizada. Ron no se animó a decir que si no hubieran aparecido tampoco habría pasado nada, porque en realidad si lo habría hecho. Su madre lo habría matado.
—Te sienta muy bien ese moño —dijo Audrey, que llevaba un vestido rosa palo—. Como el que llevaba mi famosa tocaya, ¿no?
—Así es —confirmó Hermione, sonriéndole—. A ti te sienta muy bien ese vestido.
—Tengo que aprovechar mientras pueda presumir de figura —bromeó la mujer, aunque todos los presentes podían asegurar por su tono que perder la línea por el embarazo no le preocupaba en absoluto.
—¿Cuándo daréis el discurso? —preguntó Ginny, que estaba entre Percy y Harry, a sus padres.
—Cuando acabe el baile, como forma de clausura —explicó Molly.
—Sí, así no les arruinamos el baile con esos rollos ahora —bromeó Arthur, riendo, pero dejó de hacerlo ante la mirada acusadora de su mujer.
—En fin, espero que disfrutéis de la fiesta. Nosotros tenemos que atender a los invitados —dijo Molly a modo de despedida. Todos se despidieron de ellos de forma general y vieron como se alejaban de la mano, acercándose a una pareja de ancianos.
—Oh, la tía Muriel —se lamentó George—. Espero que este año no se pase con sus impertinencias.
—Tranquilízate, George —le dijo Angelina dulcemente—. Todos sabemos como es. Sabemos que no es nada personal. —Los familiares de Hermione la miraron sin entender muy bien a qué se refería. Lavender estuvo por preguntar, pero su padre la refrenó con un gesto discreto. Al percatarse de ello Ron decidió intervenir.
—Tía Muriel es muy directa e impertinente. No creo que lo haga con maldad, pero es… implacable —intentó explicar. Todos los familiares de Hermione asintieron, entendiendo a lo que se refería el pelirrojo. Lavender sonrió, satisfecha.
—En fin, se supone que esto es un baile, ¿no? —dijo George, ofreciéndole una mano a Angelina en una clara invitación para ir a la pista. Ella accedió. La mayoría de los que formaban el grupo tomaron ejemplo —a Fred le tuvo que invitar ir a la pista la propia Katie, después de varios intentos frustrados del chico por el nerviosismo, ya que era consciente de que todos sus hermanos los observaban—, quedándose al final reducidos a Ron, Hermione, Ginny, Harry y Alex.
—¿Y Charlie? —preguntó Ron al recordar que en el grupo que antes habían formado ambas familias no estaba su hermano. Alex agradeció interiormente que lo preguntara.
—Está por ahí haciendo algunas fotos —explicó Ginny. Ante eso Alex alzó la vista e inspeccionó la sala, localizándole cerca de la tarima donde los señores Weasley darían más tarde su discurso.
—Sí me disculpáis, voy a la barra a por algo de beber —se despidió Alex.
—Pues nosotros nos vamos a bailar —afirmó Ginny, tirando de la mano de Harry, dirigiéndolo a la pista. Había algo que tenía que contarle.
Ron los vio alejarse con los ojos entrecerrados. Parecía que ya ni siquiera trataban de ocultarse y no sabía si eso debía alegrarle o no. Sin embargo, desvió la atención de vuelta hacia Hermione al notar que la chica suspiraba.
—¿Qué pasa? —preguntó extrañado. Hermione le miró con la preocupación pintada en el rostro.
—Astoria. No ha venido —le explicó—. Quería hablar con ella y disculparme —dijo, bajando la cabeza. Ron agarró la barbilla de la chica dulcemente y la obligó a alzar la cabeza de nuevo, haciendo que lo mirara a los ojos.
—Estará bien —aseguró. Hermione vio en sus ojos tal convicción que no se animó a contradecirlo. Ron se acercó un poco más y la besó dulcemente en los labios. Llevaba deseando hacerlo desde que la había visto salir del baño con ese vestido y ese peinado, más preciosa de lo que jamás se habría imaginado que la podría ver. En momentos como esos se alegraba de tener como excusa un contrato para poder dar rienda suelta a lo que deseaba. Hermione le devolvió el beso, contenta de volver a sentir esos labios que tanto le gustaban, pero consciente de que estaban en público y de que no debía excederse demasiado, aunque deseara profundizar mucho más ese beso.
Se separaron unos instantes después, intercambiando sonrisas.
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Esa noche Viktor ya había terminado su jornada laboral, como todas las demás desde que había empezado a trabajar allí, pues la piscina se cerraba a las siete en punto de la tarde. Eso le permitía asistir al baile pero tras dar un par de vueltas por el salón y saludar a Ron y a Hermione, a los que había encontrado bailando en la pista de baile, había llegado a la conclusión de que lo que buscaba no estaba allí esa noche.
Disimuladamente, se escabulló por la puerta de la cocina, topándose con varios empleados que, a diferencia de él, no libraban y tenían que atender a los invitados.
—¿Has visto a Fleur? —le preguntó a Cho, que estaba poniendo un lavavajillas en ese momento.
—¿Fleur? —dijo pensativa—. Esta noche le tocaba atender la lavandería —le informó.
—Gracias.
Salió por otra puerta y encaminó un pasillo. Incluso allí se escuchaba la música de la fiesta tan claramente como en el propio salón. Esos pasillos y salas era solo recorridos por los empleados, los huéspedes jamás los veían y esa era una de las cosas que más le gustaban a Viktor. Para él era como recorrer un montón de habitaciones secretas en busca de un tesoro. Y él iba en busca del suyo.
Fleur estaba agachada, sacando el contenido de una de las lavadoras que habían terminado su programa mientras tarareaba la canción que sonaba en ese momento. Viktor la miró maravillado, mientras ella colocaba el contenido de la lavadora en el barreño y lo levantaba con un gran esfuerzo. Cuando se giró hacia la puerta y se topó con el búlgaro estuvo a punto de dejarlo caer.
—¡Viktog! —exclamó sorprendida y nerviosa—. ¿Qué haces aquí? ¿No tendgías que estag en el baile?
—No hay nada que me interese en el baile —le explicó, sonriéndole.
—Vaya, pues entonces te cambio el puesto encantada —dijo con ironía, dejando el recipiente encima de una de las secadoras, abriendo la puertecita de esta—. Me encantaguía disfgutag de una noche de baile.
—Bueno… eso podemos solucionarlo —aseguró, acercándose a la francesa, pegándose a su espalda, y tomando la sabana que tenía entre las manos la chica, dejándola otra vez en el barreño.
—¿A qué te guefiegues? —preguntó nerviosa ante la cercanía de Viktor.
—Me refiero a que estamos nosotros dos, juntos —señaló, hablando muy cerca del oído de la francesa, haciendo que ella se estremeciera— y que tenemos música —añadió. Guardó silencio, para demostrar que así era. En ese momento se oían las notas de una balada que estaba empezando.
Fleur se giró y miró fijamente los ojos negros del muchacho que tenía ante ella. Sonrió aceptando la invitación no formulada. Viktor, ante eso, llevó sus manos a la cintura de la chica, dando un par de pasos hacia atrás para alejarse de la secadora, guiando a Fleur para que hiciera lo mismo. La chica, sin apartar los ojos de los del búlgaro, colocó sus manos alrededor del cuello de éste y entonces empezaron a balancearse. No era un baile con grandes florituras, ni siquiera una vuelta de vez en cuando. Solo se mecían, de un pie a otro, disfrutando de la compañía de la persona que hasta hacía dos semanas habían creído odiar y ahora habían empezado a querer. Porque Viktor había aceptado hacía ya muchos días que se había enamorado de ella y Fleur al perderse en la mirada de él durante ese baile no pudo negar que lo que veía en esos ojos era lo mismo que ella empezaba a sentir.
Sin poder ni querer evitarlo, Fleur se puso de puntillas y llevó su boca hacia la de Viktor, cerrando la distancia que había empezado a ser torturadora con un beso pausado, lleno de amor y tranquilidad.
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Mientras la pareja hacía gala de esos nuevos sentimientos que habían nacido, no sabían muy bien decir cuando, un pelirrojo con el corazón destrozado los observaba. Bill Weasley había sido un don Juan sin remedio, había conseguido a toda mujer que deseara, menos una. Y se había enamorado de ella.
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Draco no pensaba acudir al baile, pero había decidido que asistiría y así hablar con Astoria sobre lo que llevaba tantos días rondándole la cabeza. Todavía no sabía cómo definirlo, o más bien no se atrevía, pero tenía la esperanza de que al hablarlo con la rubia las cosas se aclararan.
Tras arreglarse para el baile se presentó en éste pero después de dar varias vueltas por el salón no vio a Astoria. La muchacha no había ido al baile. Suspiró frustrado, pues necesitaba hablar con ella. Vio a lo lejos a Hermione y a Ron, que bailaban muy pegados el uno del otro la balada que acaba de empezar a sonar. Se acercó a ellos, esperanzado de que la castaña supiera donde estaba Astoria.
—Disculpad que os interrumpa —dijo, aunque en realidad no le preocupara mucho la interrupción. La pareja se separó rápidamente, como si los hubieran pillado haciendo algo indebido, lo que hizo que el rubio sonriera rápidamente, aunque volviendo a centrarse en lo que le había llevado allí. Estaba por empezar a hablar cuando fijó la vista en Ron, desconfiado. No iba a permitir que Weasley lo viera así de perturbado por una mujer—. ¿Podrías concederme este baile, Hermione? Necesito contarte una cosa —le explicó bajo la atenta mirada del pelirrojo que había sentido algo parecido a una patada en el estómago ante el ofrecimiento de Draco. La cosa no mejoró con la respuesta de Hermione.
—Claro —dijo la castaña, presta. Si alguien había estado cerca de Astoria esa semana había sido Draco, así que quizás supiera algo de su amiga—. Si no te importa, Ron, por supuesto —añadió rápidamente al percatarse del ceño fruncido del pelirrojo y de lo rojo que se había puesto de un momento a otro.
—No, claro —dijo, aunque sin mucha convicción—. Iré a por algo de beber —informó. Draco asintió a modo de despedida y Hermione lo despidió con una sonrisa.
—Bien, ¿qué pasa? —preguntó Hermione, yendo al grano.
—Sí, bueno, si no te importa prefiero que bailemos para no llamar demasiado la atención —sugirió el rubio, llevando las manos a la cintura de Hermione, aunque sin acercarse como lo habría hecho en otras circunstancias. Hermione llevó sus manos a los hombros del chico, conforme, deseando saber que tenía que contarle—. No sé si Astoria te habrá contado lo que pasó cuando nos fuimos esta mañana de la cabalgata —empezó inseguro.
—Sí, así es —le confirmó— y permíteme decirte que está muy enfadada contigo —le informó. No quería traicionar a su amiga, pero si quería saber qué información tenía Draco, tendría que dar ella un poco también.
—¿Enfadada? ¿Por qué?
—Porque piensa que la besaste por lástima y esa frase de "¿Ya estás mejor?" no ayudó mucho a que cambiara de opinión.
—¿Qué? ¡Pero eso no tiene nada que ver! —se apresuró a asegurar—. ¡La besé porque quise! Quiero hacerlo desde que… —se calló.
—¿Desde qué? —insistió Hermione, deseosa de información que le hiciera comprender un poco más a su amiga.
—Lo siento, Hermione, pero no creo que deba decirte esto.
—Mira, Draco, no sé lo que pasará con Astoria, pero algo grave es porque por ello lleva toda la tarde desaparecida y no ha venido al baile. ¡No te hagas de rogar más y dime qué es! —exigió, acercándose un poco más al rubio sin darse cuenta.
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Toda esa escena pasaba bajo la atenta mirada de Ron, que apretaba tanto la copa que tenía en su mano que cualquiera diría que era un milagro que todavía no se hubiera roto. No le gustaba la cercanía que tenían Draco y Hermione, nunca le había gustado y no estaba dispuesto a permitir que el rubio siguiera rondando a su chica.
Sin embargo, cuando se iba a encaminar hacia la pareja para intervenir, vio como Hermione se despedía airada del rubio y se acercaba a él, y vio también como Draco se alejaba y desaparecía por la puerta del comedor. Cuando Hermione estuvo en su altura, la castaña le arrebató el vaso de las manos y se bebió el contenido de un trago.
—¡No! —le dijo demasiado tarde. Hermione empezó a toser—. Era whisky —le informó, dando unos golpecitos en la espalda de la castaña—. ¿Qué ha pasado?
—Draco no ha querido decirme qué le pasa a Astoria —le informó cuando ya estuvo un poco más recuperada—. Así que no tenía nada más que hablar con él —sentenció, frustrada. Ron la miró con una discreta sonrisa en los labios, satisfecho.
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Ginny y Harry llevaban toda la noche juntos, bailando en el centro de la pista. Aunque en un principio las miradas acusadoras de los hermanos de la pelirroja habían incomodado a Harry, al trascurrir un tiempo se había olvidado de ellos y solo se había preocupado por disfrutar de la compañía que le ofrecía Ginny. La chica por su parte estaba muy nerviosa. Tras pensarlo mucho había decidido decirle a Harry que se iría a estudiar a Londres y temía cómo se lo pudiera tomar él. ¿Y si solo la había querido para una semana de pasión pero ahora que se presentaba la oportunidad de seguir juntos no le interesaba? Porque Ginny quería seguir con Harry. Él siempre había sido cariñoso con ella y apasionado, claro. Se había portado muy bien con ella y no quería perderlo. Había empezado a sentir la necesidad de verlo a diario y no quería alejarse de él.
—Harry —se animó al final a decir, separando su cabeza del pecho del chico, donde había estado desde que empezara la balada—. Tengo una cosa que decirte.
—¿Pasa algo? —preguntó el chico nervioso, mirándola fijamente. Ginny tragó saliva, muy nerviosa, lo que le sorprendió. Ella siempre había sido una chica decidida pero temía la reacción de Harry.
—Sí, verás —suspiró profundamente—. Yo siempre quise estudiar Administración y Gestión y así ayudar a mis padres con el manejo de la casa rural —empezó a explicarse bajo la atenta mirada de Harry. Hacía rato que habían dejado de bailar y las parejas de alrededor les empezaban a mirar, curiosos—. Y esta semana he recibido una carta en la que me confirmaban la ayuda para entrar en una universidad —dijo de carrerilla. Ante la noticia los sentimientos de Harry se encontraron. Por una parte se sentía feliz de que Ginny pudiera hacer eso que siempre había querido, pero por otro…
—Y… —carraspeó— ¿te vas a ir muy lejos a estudiar? —preguntó intentando no parecer tan abatido como se sentía ante la idea, aunque sin mucho éxito.
—Sí, un poco —reconoció Ginny, sin entender a que se refería el moreno. Ante esa afirmación Harry bajó la vista y dejó caer los hombros, derrotado—. Londres no está muy cerca de aquí, ya sabes… Tú mismo hiciste el viaje hasta aquí, ¿no? —Harry alzó la cabeza y miró a Ginny, sorprendido.
—Espera… ¡¿Vas a estudiar en Londres?! —preguntó, sintiendo como la alegría se apoderaba de él.
―S… sí —confirmó, insegura. Harry, que todavía tenía agarrada a Ginny por la cintura, la alzó, haciendo que los pies de la chica se separaran del suelo. Ella rodeó el cuello del moreno, sorprendida y lo miró sin entender, pero antes de que pudiera preguntarle nada fue acallada por un beso que se apresuró a corresponder gustosa, aun con las miradas de todas las parejas cercanas sobre ellos.
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Ya pasaban las doce cuando los señores Weasley se subieron a la tarima, dispuestos a dar por clausurada la fiesta. Algunos invitados ya se habían ido, pero la mayoría seguían allí. Delante de la tarima se colocaron todos los hermanos Weasley y la familia de Hermione, a excepción de Fred, Katie y Bill. Se apagó la música y se hizo el silencio, todos dispuestos a escuchar a los anfitriones de la velada.
—Gracias a todos por haber venido a compartir con nosotros una noche tan especial —empezó a hablar Molly, muy emocionada—. Con este ya son treinta años los que lleva en funcionamiento la casa rural La Madriguera, algo que les debemos a los empleados que han trabajado a lo largo de todos estos años y a los huéspedes que siempre han confiado en nosotros —ante esa mención se produjo un fuerte aplauso de los invitados.
—También queremos agradecerles a nuestros hijos el apoyo que siempre nos han dado con la casa rural. Sin su trabajo no podríamos seguir adelante con este proyecto. Os debemos mucho —añadió Arthur, también muy emocionado, mirando a los hijos que todavía estaban presentes.
—Este ha sido un fantástico año, no solo profesionalmente sino también personalmente. Nuestro hijo George se ha casado con Angelina —señaló Molly, muy contenta—. Nuestro hijo Percy y su mujer Audrey nos han dado hoy mismo la noticia de que van a ser padres —continuó, mientras la emoción crecía en su interior—. Y nuestro hijo Ron se ha graduado en Medicina y ha conseguido a una chica maravillosa, Hermione. Ella y su familia han sido de las mejores sorpresas que ha traído este año —afirmó con convicción, mirando a todos los integrantes de la familia de la interpelada y parándose en ella—. Jamás habría imaginado una mujer mejor para mi hijo menor. Gracias Hermione —sentenció. La castaña la miró sorprendida, sintiendo como todo se desbordaba en su interior. El discurso continuó y la atención de todos se desvió de ella, lo que agradeció. Se giró para mirar a Ron, que la observaba preocupado. Hermione negó con la cabeza repetidas veces y entonces se alejó de la tarima y de los demás invitados, saliendo del salón, mientras oía de fondo como los señores Weasley seguían con su discurso, quienes, al igual que los invitados no se habían dado cuenta de la discreta huida de la chica. Solo se habían percatado de ello Lavender y Ron, que había salido tras ella, alcanzándola en el hall.
—¡Hermione, espera! —le pidió—. ¿Qué pasa? —preguntó, agarrándola del brazo, haciendo que la chica se girara para mirarlo. Entonces fue cuando vio que la castaña estaba llorando. Hermione, al notar el contacto de Ron, se apresuró a soltarse y a alejarse unos pasos de él—. ¿Qué pasa? —volvió a preguntar, aunque sabía la respuesta. Él también lo había sentido. Habían llegado demasiado lejos.
—Esto es demasiado, Ron —dijo Hermione entre lágrimas, como si le hubiera leído la mente—. Jamás pensé que las cosas podrían haber salido tan mal. Hemos jugado con demasiada gente —sentenció.
—Lo sé —confirmó el chico.
—Tu madre prácticamente me ha nombrado como parte de la familia, Ron —se lamentó—. Parte de la familia porque se supone que soy tu novia —señaló.
—Sí, así es —volvió a darle la razón el pelirrojo.
—Pero sabes cuál es el problema, ¿no? —preguntó—. ¡¿Lo sabes?! —insistió perdiendo el control. Ron cerró los ojos, sabiendo que no le iba a gustar lo que iba a escuchar a continuación—. Nosotros no somos ¡nada! —sentenció, girándose y saliendo del edificio, de camino a su cabaña, dejando atrás a un chico con el alma tan destrozada como la suya propia.
Hola, este capítulo fue escrito por Nay.
Ya nos acercamos muuuuuucho al final. Les agradezco los reviews brevemente y la espera. Quería publicar el jueves pero no pudimos revisar el capítulo a tiempo y terminamos publicando el sábado y sin revisarlo en un foro. Ahora que lo corregimos a las corridas lo subo acá, que para editar no es tan simple como allá. Disculpen la tardanza. Esperamos que les guste el capítulo.
¡Gracias!
