Diente de León

En el segundo piso de aquella mansión solo había silencio. Los primeros rayos de luz del amanecer intentaban colarse dentro de la habitación principal pero la oscuridad era demasiado persistente; la luz formaba apenas unas líneas que no lograban ni delinear las siluetas en la penumbra.

Oculto tras los doseles color vino, como el telón de un teatro, una figura estaba alerta e inmóvil, como una gárgola vigilando el techado de una catedral. Quizás intentando asustar sus propios demonios al tener una expresión tan aterradora.

Kai permanecía sentado al borde la cama mirando sus guantes blancos teñidos de rojo, tras un largo suspiro los removió con cuidado, apenas halando de la tela para revelar sus manos. Apretó y cerró los puños intentando tener un manejo de sí mismo, sin conseguirlo, su quijada estaba caída y su pulso tembloroso.

Al girar su rostro vio más sangre en las sábanas blancas y el espacio vacío. En algún momento esa cama estuvo llena de luz, tan brillante como oro, pero ahora solo había manchas rojizas.

Palpó la tela con su mano desnuda y suspiró largamente mientras cerraba sus ojos, conteniendo la pesadez de sus emociones.

Se puso de pie con lentitud ahora extendiendo su mano de cuenta nueva hasta el bastón con el grabado de un fénix en el mango, el cual delineó con sus dedos, meditabundo. Avanzó hasta el buró para buscar guantes limpios los cuales colocó con facilidad, mientras lo hacía uno de los sirvientes llamó a la puerta:

-"adelante…"- dijo con desinterés, buscando una nueva chaqueta.

-"ya todo esta arreglado, señor Hiwatari…"- dijo el sirviente con voz temblorosa –"¿hay algo más que desee?"

-"limpia este desorden…"- dijo saliendo de la habitación con paso decidido, sin mirar atrás –"he perdido demasiado tiempo en esto…"

El sirviente bajito asintió dando una reverencia mientras su señor salía del lugar, sus pasos hacían eco en el pasillo de madera alfombrada. Todas las cortinas de la mansión estaban cerradas para su gusto, no le gustaba la claridad excesiva que antes mostraba esa residencia.

Al bajar las escaleras comprobó desde su altura el trabajo realizado por el resto de los sirvientes, que recogían macetas con plantas desde todos los alrededores de la casa, las cuales colocaban sistemáticamente en las afueras de la mansión.

Hiwatari avanzó despacio hasta la entrada, cubriendo sus ojos escarlatas de la inclemente claridad una vez puso pies en el césped. Despacio, como un cuervo sobrevolando, llegó hasta el tumulto de macetas y plantas, el cual daba la apariencia de un pequeño bosque, casi como un juguete.

-"¿esta seguro de que desea quemarlo, señor Hiwatari?"- una de sus sirvientas, Salima, que había venido desde Rusia para servirle le miró con pesadez. Los colores vivos de las flores y plantas eran como un arcoíris.

-"¿ya está listo mi carruaje?"- preguntó el hombre en su lugar, resoplando. La mujer asintió mientras extendía una pequeña vela a su señor.

-"y el duque vendrá mañana, quiere ocupar su nueva residencia pronto, elogió la arquitect…"

-"yo diseñe este lugar, sé que es exquisito y vanguardista"- dijo con desdén, interrumpiendo a la muchacha mientras incendiaba una de las pequeñas hojas. Luego dio pasos hacía atrás despacio, observando el fuego extenderse. Era la única claridad que le gustaba –"es todo"

La muchacha dio una reverencia y enfocó sus ojos verdes en las llamas.

Hiwatari se dio la vuelta para avanzar hasta su carroza, donde los sirvientes colocaban su equipaje con premura. El joven ruso volvió a arreglar sus guantes una vez tomó asiento y giró sus ojos rojos hasta la pila de fuego detrás de la mansión, dando un suspiro largo.

Rebuscó en los bolsillos de su chaqueta, encontrando una pequeña flor dorada, la cual arrugó entre sus manos enguantadas mientras descansaba su espalda relajadamente, como alguien que acaba de terminar un largo viaje. Sus labios formaron una línea recta al recordar los eventos de las últimas horas…


Rei había dejado de forcejear debajo de su cuerpo y con ello la habitación fue sumida en un completo silencio salvo por la pesada respiración del ruso quien llevó sus hasta la mejilla de porcelana del oriental, dando un ligero golpecito en esta; "Rei…" susurró despacio inclinando su rostro intentando escuchar la leve respiración. Teniendo un mal recuerdo de un sueño –"Rei"- volvió a pronunciar, pero él no respondía.

Hiwatari se incorporó con pesadez, separándose del cuerpo del chino. Observando la sangre a su alrededor con rostro serio hasta escuchar un golpeteó en la puerta: -"señor Hiwatari, el señor Barthez ha venido a verle…"

-"no me interesa"- dijo indiferente dando pasos hacía atrás hasta finalmente abrir la puerta apenas levemente –"sin embargo, consigue un médico en este pueblo…"

El sirviente hizo una pausa larga con el rostro contrariado, lo que saco de quicio a su señor: -"¿y bien? Hazlo ya…"

-"señor, Rei es el médico del pueblo, tomará un día en traer a otro médico…"

Kai cerró los ojos irritado, dándose cuenta con pesadez que ciertamente la lejanía de ese lugar era idónea para ocultar a Rei pero que ahora le jugaba una mala pasada. El sirviente sin embargo no se retiró.

-"el señor Barthez dice que no se irá hasta tener una charla con usted…"

Kai encogió sus ojos, lleno de ira, hasta chasquear la lengua mientras extendía su brazo para tomar su chaqueta y su bastón. Su docilidad se debía a que la familia Aigle tenía influencia en Francia y, después de todo, el se encontraba en suelo francés. Podían hacer una escena y salirse con la suya.

Barthez permanecía de pie en el vestíbulo con pose estoica, inamovible y Kai tensó sus hombros al recordar la misma postura de su abuelo; Ambos hombres habían crecido juntos, en algún momento Barthez fue tan poderoso como su abuelo. Sin embargo, el medio ruso había elegido una vida de servidumbre a la familia Aigle luego de ayudarlo con deudas. Era patético, y le enervaba la sangre verle; ¿qué pensaría su abuelo de alguien a quien tuvo estima?

Barthez giró su vista sonriendo muy levemente; "el nieto de Voltaire…"

-"Sea breve…"

Barthez carraspeó asintiendo levemente –"puedo imaginar que sabes a lo que he venido"

Kai chasqueó la lengua cruzándose de brazos, quizás por molestia, quizás porque había notado que Barthez miraba fijo sus guantes, los cuales estaban manchados de rojo.

-"toda una flor…"- comenzó Barthez con voz queda pasando sus dedos por su quijada donde la sombra de una barba crecía –"¿no necesitas ayuda?"- su mirada se desvió a las afueras de la mansión, donde los sirvientes comenzaban a apilar macetas.

-"no y de ser así no te la pediría…"

-"debemos trasladar al joven amo al siguiente pueblo para permitir su recuperación, nuestras carrozas están listas, cabalgaremos toda la noche y recibirá atención pronto.

-"se le veía bastante bien, dudo que sea urgente e ignoro porque me dices esto…"

-"porque, si eres nieto de Voltaire y tus manos están rojas; alguien se cruzó en tu camino de muy mala manera…"- dijo con una levísima sonrisa, dejando caer sus hombros –"no es de extrañarse, una fuerza indomable debe ser combatida; es lo que nos hace hombres"

Kai guardo silencio, alzando una ceja.

–"Es decir, al ser de una lejana descendencia japonesa debes conocer bien de la belleza que es capaz de derribar a un hombre con la fuerza de un ejército…"

Hiwatari no se movió, pero sus ojos se abrieron ampliamente; "esa comparación es utilizada con cortesanas de alto rango, no entiendo que tiene que ver…"

-"toda una flor…"- repitió Barthez, bajando ligeramente la vista, casi cómplice; el sabía que Hiwatari comprendía de lo que hablaba.

Kai bajó la vista durante un momento, sintiendo sus dedos tapear nerviosamente la tela de su chaqueta, meditando lo que decía. Finalmente enfocó su mirada en Barthez; "…supongo que…"


El invierno en Moscú ese año era especialmente frío y los hombres dentro de la mansión se refugiaban con licor y tabacos, conversando alegremente cerca del fuego de la chimenea.

-"China nunca legalizará el opio, no importa cuando los ingleses rueguen por ello"- convino un pelirrojo de ojos azules. Yuriy Ivanov negaba la cabeza de un lado a otro mientras exhalaba humo.

-"no importa el sentimentalismo del imperio chino, Inglaterra tiene mejores barcos, ya han tomado cuatro fortalezas cerca de cantón"- cerca del fuego, dando un largo suspiro, Kai Hiwatari se refugiaba en el calor. Su pelo siempre había sido gris, pero con los años su palidez se había acentuado, mostrando arrugas debajo de sus ojos rojos –"el hombre enfermo de Asia…"- dijo taciturno.

Uno de los presentes se sirvió un trago, sus ojos grises miraron la nieve caer –"no había antes …"- pronuncio despacio, invadido por recuerdos –"¿no tenías antes un socio chino?"

Hiwatari dejó caer sus hombros aún mirando el fuego, inhalando lentamente el tabaco –"cuando necesitaba los permisos para comercializar con China, sí…"

-"¿murió en la guerra?"- preguntó Kuznetsov –"en la primera, la de hace unos años…"

Yuriy sacudió su cabello pelirrojo –"de adicción querrás decir; escuche que los soldados ingleses consiguieron pipas y pipas con opio en las fortalezas que atacaron…afecta a toda la población"

Kai no contestó, simplemente exhaló humo aún mirando las llamas frente a él hasta que un llamado en la puerta le hizo volver la vista; un jovencito de unos trece años estaba de pie en el umbral, con el cabello gris alborotado y los ojos grises fijos en su padre, casi temerosos.

-"padre…he terminado"- dijo con voz queda, simulando ser valiente y luego dando una reverencia al resto de los caballeros en la habitación.

Yuriy sonrió –"Gou, como has crecido…"- miró de reojo al padre –"pronto alguien te sucederá en tus negocios, Kai"

-"hmph…"- Kai estiró su mano para tomar su bastón y se levantó con pesadez ignorando ese comentario –"disculpen un momento…"- dijo acompañando a su hijo fuera de la habitación, camino a su alcoba.

-"¿conociste un oriental?"- preguntó Gou con curiosidad, sus ojos grises clavados en su padre mientras continuaba hablando, casi soñador –"la porcelana que tiene madre proviene de China ¿no es así?"

Hiwatari seguía sin contestar entrando a la habitación del chico y avanzando hasta un escritorio para revisar sus notas con aire desinteresado. Suspiró cerrando los ojos por un momento, a punto de sermonear al muchacho hasta que unas palabras robaron su aliento:

-"quiero ir a China, apuesto a que es hermosa…"

-"es una tierra de drogadictos …"- dijo severo –"no te llevaré a ese lugar, eres demasiado joven"

-"ya tengo trece…¿qué podría ser tan peligroso?"- dijo suspirando cansado mirando por la ventana con el ceño fruncido pero no insistió más –"si lo tuviste, ¿no es así?, un socio oriental…"

Kai hizo una pausa arrugando uno de los papeles –"comienza de nuevo, toda esta propuesta es una tontería"

-"no me contestaste, Padre"- dijo con cautela, mirando de soslayo a su padre –"¿por qué no hablas de China?"

-"ya te lo he dicho, es una tierra de drogadictos y es peligrosa"- dijo simplemente –"y la única razón por la que tu madre conserva esa vajilla es porque pertenecía a tu abuela…"

-"conocí una oriental sabes, no parecía tal cosa…"- murmuró despacio su padre dio un manotazo a la mesa.

-"¿qué has dicho?"

-"una chica, parecía oriental bueno… dijo que su madre lo era, su padre era ruso, un soldado o algo así"- murmuró bajando la vista –"no parecían…"

-"Gou, no me hagas castigarte; te prohíbo que hables con cualquiera de ellos. ¿entiendes?"

-"Sí padre…"- le miró de hito en hito, inseguro de preguntar más –"¿aún iremos a Alemania?"

-"no si vuelves a desobedecerme…"

Gou asintió como un pequeño soldado y observó a su padre salir tras la puerta.

Hiwatari avanzó en la oscuridad con la mirada taciturna mientras la nieve caía por los ventanales. Acomodó sus guantes por reflejo al avanzar y regresó al vestíbulo donde se encontraban sus colegas, topándose con su esposa Katrina en uno de los pasillos de la mansión;

-"lady Pliseski se encuentra bien"- dijo, como si el estado de salud de una de las damas de sociedad le interesara a su esposo. Hiwatari no la detuvo y simplemente gruñó por lo bajo –"tuvo la suerte de que había un médico oriental, por la ponencia…"

-"la medicina oriental no es tan buena…"

-"este médico lo es, es increíble…"- dijo tranquilamente –"y es tan hermoso, por un momento creí que se trataba de una mujer con su cabello largo…"- Hiwatari había dejado de prestar atención a la mitad de la conversación hasta que su esposa soltó la frase –"y sus ojos dorados…"

-"¿qué has dicho?"

-"Que los asiáticos tienen una belleza rara…"

-"¿dijiste ojos dorados?"

-"sí, sí, como oro fundido, como mi collar…"- dijo llevando sus dedos distraídamente hasta su cuello –"En la universidad de Moscú hubo una conferencia de medicina, quieren traer algo llamado "vacunas"…"- comenzó a decir, y es que su esposa tenía la tendencia de ser demasiado parlanchina a veces –"uno de los ponentes de Francia era en realidad un oriental"

Kai apenas abrió sus labios, sin poder pronunciar palabra –"Esa conferencia…"- preguntó despacio –"¿Cuándo fue?"

-"hace unos días…"- dijo tranquilamente acomodando los pliegues de su vestido. Hiwatari gruñó mirando por la ventana-"Creí que no te interesaba mucho la medicina, bueno a mi tampoco… pero ya sabes que el pequeño hermano de Ivanka Pliseky, Yuriy, quiere ser doctor y buen…"

-"¿crees que Yuriy conozca a los médicos que asistieron?"- preguntó tocando el vidrio de la ventana y suspirando. Luego volvió a permanecer erguido, eliminando sus ideas descabelladas –"no, olvídalo"

-"no veo por qué no…"- dijo ella simplemente, parpadeando –"pero, ¿por qué quieres conocer médicos? ¿es por tu pierna Kai?"

-"podría decirse que sí…"


La luz de la mañana acarició sus parpados con gentileza, colándose a través de las cortinas, susurrándole que era un nuevo día. Con ello se giró sobre las sábanas, palmeando el espacio vacío a su lado y suspirando al notar que su amante ya se había levantado de la cama.

Arrastró sus pies fuera de la cama mientras entrenzaba su cabello largo y negro. Al pasar por una de las puertas en el pasillo dio dos golpecitos a la madera –"Marion, desayuno"- dijo para alertar a quien dormía dentro. Bajó las escaleras hasta encontrarse con sus criados; Mathilda y Miguel.

-"señor Kon, llego su libro esta mañana…"- dijo cantarina pero se detuvo –"primero su desayuno…"- se dio la vuelta sobre sus talones para servir pan y mantequilla –"¿ha sabido de las noticias? Bueno, no, acaba de despertarse…"

-"¿Qué atacaron fortalezas en Cantón? Sí"- sacudió su cabeza apresurado –"el emperador esta senil y toda mi gente parece haber perdido la cabeza por el opio"

-"pero usted usa opio, señor Kon…"- puntuó Miguel en la esquina de la habitación, pelando patatas.

-"como sedante, no es lo mismo…"- río un poco, girando el rostro para ver entrar a la habitación a una jovencita pelirroja de unos nueve años. Besó su cabeza paternal y le indicó tomará asiento a su lado.

-"Marion, viajaremos a Alemania mañana…"- dijo tranquilamente mientras Mathilda servía una taza de té.

-"no me gustan las salchichas…."- dijo haciendo un puchero –"viajamos a Rusia el mes pasado, ¿por qué tenemos que viajar otra vez?…"

-"¿negocios?"- preguntó Mathilda –" otra ponencia?"

-"negocios sería la razón que daríamos; las cervezas de Bavaria es el verdadero motivo…"- dijo Rei, encogiéndose de hombros y riendo, arreglando el cabello de la chica a su lado. Marion no dejaba de moverse quejándose –"además quiero visitar una de las clínicas de allá, deja de rezongar…"- dijo apretando su nariz haciendo que la chica se retorciera bajo sus manos

–"siempre estamos viajaaaando papá!"

-"es verdad señor Rei, ¿no se cansa? Es decir…Miguel y yo podemos tener todo en orden en las mansiones, pero…"- prosiguió Mathilda –"de seguro a veces simplemente quiere descansar…"

-"ah, no me ha molestado aprender de todos lados; creo que me acostumbre al estilo de vida de Claude"- río un poco suspirando –"pero regresaremos, me gusta este lugar…"

Dio un sorbo a su taza de té y abrió la puerta de la cocina, revelando un jardín lleno de flores cuyo aroma inundó su nariz al momento, el rocío de la mañana hacía brillar cada una de las flores como joyas. Sonrió apoyándose del marco –"tengo que cuidar de todas mis flores…"

-"si me planto en el jardín, ¿viajaríamos menos?"- preguntó Marión comiendo un pedazo de pan.

-"Como vas a plantarte si te encontramos en el jardín, mi hadita"- del otro extremo de la habitación Claude había entrado al recinto con una sonrisa, quitando su sombrero seguido de Barthez –"¿ni por un vestido viajarías?"

Marión suspiró –"dos vestidos…"

-"un vestido y un croissant…"

-"…..¿dónde está el Croissant?"

Claude extendió un croissant a la chica quien se veía feliz del trato, dándole un mordisco. Rei se enfocó a mirarlo con una levísima sonrisa –"la consientes demasiado…"

Claude besó la frente del oriental –"tú eres muy severo…"

Rei sonrió apoyándose en su pecho para mirar el jardín hasta caer en cuenta–"Lo lamento"- dijo separándose –"podrían vernos…"

Claude le haló, besando su mejilla –"tantos años y sigues con eso; vivimos en una fortaleza con muros altos lejos de fisgones!"- puntuó teatral tomando la mano de Rei –"además, es Francia, no hay un crimen por esto"- y con ello le giró como en un baile, haciendo que el oriental riera.

-"estamos viejos para esto…"- dijo Rei riendo intentando incorporarse, pero fue imposible y Claude dio dos pasos de baile más hasta girarlo en la sala.

Mathilda dio un aplauso ante ese giro –"parecen unos jóvenes enamorados"- dijo sirviendo más café luego de ello.

-"es lo que siempre le digo…"- suspiró Rei con las mejillas coloreadas.

-"Quizás encontré la fuente de la eterna juventud, debe ser por la flor dorada..."- dijo tranquilamente –"el té es una delicia, simplemente, podría tomarlo todos los días"- besó el cuello de Rei con una sonrisa.

-"habla de la flor o del amo Rei?"- preguntó Mathilda con una sonrisa, Claude guiñó el ojo en respuesta.

-"Señor Claude, el carruaje llegará mañana temprano"- Dijo Barthez haciendo una leve reverencia, Claude sonrió asintiendo en respuesta mientras quitaba sus guantes para besar la mano de Rei y tomar el desayuno.

Rei dio otro vistazo al jardín con una sonrisa, un arbusto de flores doradas había crecido al este de la puerta de la cocina, los pétalos daban la impresión de gotas de sol sobre los arbustos. Suspiró cerrando los ojos con una sonrisa mientras inconscientemente llevaba su mano hasta su rostro, donde una cicatriz visible cruzaba su nariz.

-"¿qué sucede?"- preguntó Claude desde la mesa, esperando a que Rei se le uniese.

-"no creí que crecerían tantas…es todo"- dijo mirando el jardín casi taciturno mientras se giraba para tomar asiento

-"con el suelo y el cuidado apropiado, ¿por qué no lo harían?"- preguntó Claude con una sonrisa, cambiando a su tono jovial de siempre –"debes probar esta mantequilla clarificada con especias…"