CAPÍTULO 21: ON THE EVE OF DEFEAT

(AL BORDE DE LA DERROTA)

El Valle de Godric se dejaba bañar por la tenue luz de la luna. Una figura estaba sentada sobre la balaustrada del tejado de una de las tres hileras de casas que se encontraban en lo alto de una pradera. Se fundía con la oscuridad nocturna. El viento balanceaba sus cabellos largos y azabaches. Observaba el jardín sobre sus pies, donde un niño le daba patadas a un balón de fútbol.

-De alguna manera...

-¿Qué?

-...estoy contenta de que nos impidan actuar...

-¡Cuida tus palabras¡Ya sabes que tenemos que destruirle!

-Lo sé...ya sé que esa es la misión que nos ha traído hasta aquí.

Orión la fulminó con la mirada. Había estado más de dos horas observando la figura de la chica, que a su vez se perdía en la inocencia de aquel niño y cada vez le hervía más la sangre. Su temperamento estaba a flor de piel, sobretodo, desde que Anya parecía haberse integrado tan bien entre esa gente. Sus esfuerzos por mantener intacta la inocencia de la chica se habían visto despedazados en apenas unas semanas. Nada de lo que él había hecho durante toda su vida había servido de algo, porque, ahora que Anya había decidido abrir su corazón y contradecir su propia misión, volvería a sufrir...como aquella vez. Desde el ataque que se cobró la vida de Silah y de su madre, Orión había decidido que haría caso a Gerde, que se convertiría en un témpano de hielo y aprendería a jugar al juego de su enemigo. Y lo hizo. Adivinó sus movimientos y copió su técnica. Se volvió frío, despiadado, calculador...sigiloso, rápido y letal, de tal manera, que años más tarde, cuando se repitió el duelo de espadas entre aquellos dos enemigos, Orión había dejado de ser un niño y logró someter a Haiass...destruyéndola, pero no lo sometió a él. Y Anya había seguido su ejemplo, tal vez, impulsada por su propio dolor. El cambio de ambos había sido paralelo y su unión, por eso, se fortaleció. Orión no iba a permitir que Anya se volviese débil, aunque para ello tuviera que utilizar las mismas formas de entrenamiento que habían utilizado sus maestros con él. Aunque tuviera que hacerle daño...

-Serás tú quien clave el filo de Démeter en su garganta.- afirmó con dureza. Anya entornó los ojos, se levantó de la balaustrada y se dio la vuelta lentamente. La frialdad de las facciones de Orión casi la derrumbó. Se sentía muy pequeña al lado de esa determinación de hierro. ¿Es que el chico había perdido la poca humanidad que quedaba en su interior? Decidió revelarse. Ella era un espíritu libre y nadie podría apagar sus ideales o su luz.

-No lo haré.- no hubo apenas reacción en Orión. El chico ladeó la cabeza hacia un lado y la observó casi con desprecio. Su rostro era inescrutablemente imperturbable. Como una sombra, se deslizó tan rápidamente en el manto de la noche que cuando se detuvo a escasos centímetros de su rostro, Anya se estremeció. Orión sonrió de una manera muy gélida y le cruzó la cara. La chica no gritó. Su rostro se había desplazado y un hilo de sangre le resbalaba por la comisura de los labios. El golpe había sido violento.

-No me hagas recordarte por las malas porqué estamos aquí.

-¡No son las formas, Orión!- gritó Anya. Le había salido una rojez en la mejilla y el contraste con su pálido rostro, desencajaba.- Es un niño...

-Como quieras.- siseó el muchacho peligrosamente. Se retiró un par de pasos, elevó los brazos y de sus manos surgieron dos hebras blanco-azuladas, que se enrollaron en las muñecas de la chica como cadenas. Anya no hizo nada por deshacerse de ellas. Observó el rostro impasible de Orión, sus ojos letales y le vinieron a la memoria las palabras de Harry. "Si Orión te hace daño...".- Estoy deseando que me des un motivo para no hacerlo.- Anya lo perforó con sus profundos ojos centelleando en la oscuridad. Quizás, estaba poniendo en peligro su misión, quizás, las cosas debían ser como las planteaba Orión. Porque eran arcángeles...se dijo, no existían escrúpulos cuando se trataba de hacer un bien mayor. Siempre le habían enseñado que el fin justifica los medios. Sin embargo...su padre no. Él siempre le había dado buenos consejos, siempre trataba de salvar a todos, siempre le enseñaba la importancia de cada vida humana...sus creencias, irremediablemente, se contradecían entre sí. Una parte de ella estaba dispuesta a cobrar venganza y hacer lo que debía hacer. La otra...quería desesperadamente fundirse entre aquellas personas que la habían abrazado con su cariño.

-Vete al infierno.- pronunció con firmeza. Orión no se inmutó. Las palabras y los sentimientos resbalaban por él. Si pudiera llegar a su lado bueno...pero estaba demasiado oculto y ella se sentía culpable, porque por encima de todo, Orión era su protegido, como ella era la suya.

-Tú misma.- la energía se manifestó en las manos de Orión como un relámpago caído del cielo y se extendió por las cadenas hasta llegar a las muñecas maniatadas de la chica. Anya sintió su cuerpo contraerse en un latigazo de dolor y gritó con todas sus fuerzas. Deseó, por un instante, que Harry la escuchara, que la sintiera, pero conocía de sobra a Orión y sabía que se habría tomado las molestias oportunas para no ser interrumpido. Jadeando, cayó al suelo arrodillada. Orión le dio un respiro.- Es posible, que este dolor físico te recuerde lo mucho que hemos sufrido hasta llegar aquí.- Anya levantó la cabeza. Los mechones de cabello azabache le resbalaban por el rostro irregularmente. A través de ellos, observó al chico. No había ni un atisbo de compasión. Probablemente, porque Gerde tampoco lo había tenido de un niño pequeño cuando le había enseñado. Esos eran los métodos de los altos rangos de los arcángeles. La dureza y la crueldad estaban ligadas al poder. Cuanto más doloroso era el entrenamiento, más poder generaba. Anya sintió nauseas solo de pensarlo. De alguna manera, ese era el lema de Ian, su enemigo..."El dolor es bueno...".

-Estás cayendo en el mismo error...- jadeó- te estás dejando consumir por el ángel negro y eso te destruirá...- Orión volvió a embestir con las cadenas y un nuevo corriente de energía golpeó el cuerpo de Anya, esta vez, mucho más súbitamente que antes. Era doloroso, muy doloroso. Aquel latigazo se colaba por todas las partículas de su ser y tocaba los puntos cardinales de su cuerpo, en un cosquilleo desagradable. Los hacía vibrar y los retorcía, de modo que parecía que una mano invisible le hubiese llegado hasta las entrañas y se las estrujara sin piedad.

-No pienso seguir desperdiciando mi tiempo. Tienes dos opciones. U obedeces mis órdenes...o te mandaré de vuelta a casa...o lo que quede de ella. Con todas sus consecuencias, Anya y sabes a lo que me refiero.- el miedo asoló a la chica. No, no podía volver, no antes de evitar el gran mal que ocurría, como ella había visto. Si se marchaba, no sólo dejaría al mundo a merced de Ian Lewis, sino también de Orión...y él, quizás, era un enemigo mucho más peligroso. Orión movió por tercera vez los brazos y la energía convulsionó el cuerpo de la chica una vez más. El dolor era tan insoportable que gritó con toda su alma y cayó al suelo incapaz de mantenerse arrodillada.- ¿Y bien?- la agonía era tan latente que los ojos de Anya se nublaron de recuerdos de odio, ira y desesperación. Sabía que no era obra de su propio cerebro, sino del manejo de Orión para persuadir a su mente. Pero estaba resultando. Anya, por mucho bien que quedara dentro de sí misma, era un ser humano y le habían hecho muchísimo daño. Así que cerró los ojos, vencida de cansancio e imágenes y lo único que alcanzó a decir fue:

-Sí, Orión...llegado el momento...Démeter será la espada que derrame su sangre...

´´´´´´´´´´´´´

Aquella mañana Christine estaba distraída. Como de costumbre, fregaba al modo muggle los cacharros de la cena, pero aquel era el tercer plato que resbalaba de sus manos y se estrellaba en el suelo. Nerviosa, sudando y con la mano enjabonada, se restregó la frente, lanzando un suspiro al aire. Se secó las manos en el delantal que llevaba puesto y se dejó caer en una de las sillas de la cocina, entrecerrando los ojos. En la nevera, colgados por imanes, había varios papeles de citas. Harry colocaba cosas como "Martes, 8, cine Beyond". Entre ellas, había un calendario con algunas fechas señaladas. Christine lo observó y dejó caer el peso de su cuerpo hacia el respaldo de la silla. Le dolía la espalda y estaba muy cansada.

-¿Una taza de café?- Christine abrió los ojos. Remus había entrado en la cocina, vestido con una bata de dormir y había encendido el fuego, dispuesto a preparar el desayuno.

-No me apetece, gracias.- respondió la mujer secamente. Lupin vio la porcelana del plato esparcida por el suelo y dejando a un lado la cafetera, se acercó a la mujer.

-Chris.- habló seriamente.- Hace días que no pruebas bocado, que no descansas...te vas a poner enferma. ¿Hay algo que te preocupa?- Christine volvió a observar el calendario. A su lado, había una fotografía de Harry con Ginny.

-El tiempo...se nos termina el tiempo...¿qué ocurrirá si no logramos detener a Ian?

-Estamos cerca.- repuso Remus. Era reticente a hablar de ello. Siempre que su mujer sacaba el tema de Harry, solía desviar la conversación a otro campo donde no se sintiera tan incómodo.- Lo atraparemos.

-No sé cuanto más puedo hacer que crezca el poder de Harry, Remus.- confesó Christine. Lupin la encontró mucho más demacrada de lo habitual. Unas grades bolsas le caían de los ojos.- ¿te das cuenta de lo que eso significa? Tengo que volver a hacer de mala y estoy cansada...yo...no sirvo para volver a hacerle pasar una y otra vez por los peores momentos de su vida. Me siento mal. Y está el hecho de que ya no alcanzo a igualar su poder. Durante semanas, he dado el máximo de mí misma, creciéndome hasta tal punto que Harry se sentía impresionado y no se percataba de que su poder superaba al mío de todas todas. Sin embargo, aumentar su energía también significa un derroche mucho mayor en cada batalla. Si continúa así...no lo resistirá.- Remus había escuchado todo en silencio. Sin embargo, no sabía porqué, pero le parecía que su mujer se estaba escondiendo entre esas preocupaciones para no sacar a relucir otras tantas.

-Chris. ¿Por qué no me cuentas lo que te ocurre en realidad?- Christine parpadeó, confusa.- El cuento de que Harry está enfermo ya es muy viejo. Cuéntame algo que no sepa.- la rudeza con la que el hombre se expresaba hizo comprender a Christine que Remus estaba mucho más afectado por todo aquel asunto de lo que quería aparentar.

-Yo...

-¡DEVUÉLMELA¡Alan, te lo advierto¡No me han dotado de mucha paciencia y tú estás empezando a acabar con la poca que me queda!

-No la necesitarás...a mí me será más útil...

-¡ALAN, ESTO NO ES UN JUGUETE¡DAME LA ESPADA¡AHORA!

-¿Qué está pasando aquí?- bramó Christine saliendo de la cocina hecha una furia. Detestaba el ruido y que se alterara la calma. Alan y Harry se callaron de sopetón y la miraron. El niño llevaba entre las manos una reluciente espada de rubíes con el nombre de "Godric Gryfffindor" grabado en el acero. Lupin salió detrás de ella, con el ceño fruncido y las manos en la cadera.

-La espada, Chris.- suspiró Harry señalando a su hermano pequeño.- Alan ha entrado en mi habitación y sin ir a cuento la ha cogido. Ya sabes que no me importa...pero es que no me la quiere devolver.- Christine taladró a su hijo pequeño con la mirada.

-Dale la espada, Alan.- el niño pasó una mano por el arma y luego volvió a observar a su madre sin ninguna intención de hacerle caso. Había algo diferente en su mirada, en su manera de comportarse. No obstante, Christine, cansada, adolorida y agotada; no se percató.

-Yo también quiero una espada.- replicó Alan desafiante. Harry y Remus se miraron resignados. Hacía mucho, mucho tiempo, que habían perdido el cariño de Alan, o parte de él al menos. Y Christine no parecía dispuesta a arreglar esa situación. Era la guerra, pensó Harry, la guerra había puesto tan nerviosa a su profesora que no era capaz de darse cuenta de que Alan estaba cada vez más lejos de ellos, en algún lugar donde no podían acceder.- ¿Por qué yo no tengo una espada?

-Eso no depende de mí.- gruñó Christine. Se masajeó las sienes y con cansancio añadió:- La espada de un arcángel aparece en un momento determinado de su vida, en el momento en el que esté preparado para tener una. Tienes cinco años, Alan, por el amor de Dios, devuélvele la espada a tu hermano.

-No es mi hermano.- le recordó el niño cruelmente. Christine pestañeó y lo observó a punto de soltar alguna barbaridad.

-Antes no te importaba eso, Alan.- dijo Harry. Estaba abatido. ¿Por qué había creído que podía tener una familia¿Por qué había caído en el inocente pensamiento de que todo saldría bien? Había sido una estupidez, porque él estaba destinado a perder a aquellos que más quería y eso incluía a Remus y a Christine. Tal vez Alan podría aceptar a Lupin, porque al fin y al cabo, Dani estaba muerto y él era el marido de su madre, pero jamás aceptaría un hermano que no tenía nada que ver con ninguno de ellos.- Antes siempre confiabas en mí y nos llevábamos muy bien...por favor, dame la espada.- Alan observó una vez más el filo punzante del arma. Sus ojos habían perdido el brillo azulado característico, pero una vez más, perdidos en aquella confusión, nadie lo notó. La voz de Ian resonaba en su mente una y otra vez, hablando por él y Alan, cuya inocencia se había perdido tras aquella mentira, no oponía resistencia. Era mucho más dulce morir en las palabras de ese que fingía ser su padre, era más dulce dejar paso a su mente de niño y soñar con que todo era posible. A Alan le habían dicho que Dani estaba muerto, lo había comprobado en los periódicos, pero era muy creíble la mentira de su enemigo, era mucho más reconfortante. Su madre era un témpano de hielo que lo trataba con dureza, en cambio, Dani siempre sabía como complacerlo...como entrenarlo. Porque eso era lo que estaba haciendo. Estaba cambiando a Alan, le estaba ayudando a controlar mejor sus poderes y por eso, el niño había cogido la espada. Porque la necesitaba para esa venganza que comenzaba a tomar forma en su cabeza.

-Te la daré...- tanteó el niño, mientras una maldad se iba creando en su retorcida mente.-...si te marchas de esta casa.- aquella declaración cayó como un balde agua fría para todos los que estaban allí. Remus y Christine abrieron la boca sorprendidos y Harry sintió que las rodillas se le doblaban. Lo había dado todo por Alan...se había sacrificado en el pasado por todo el mundo y gracias a ello, principalmente a ello, el poder de Emy y de los mayores habían traído de vuelta a Alan, a parte de la propia naturaleza. Porque Harry sabía que al volver de golpe la esperanza al mundo, el Gaf había vuelto a revivir y la primera alma había sido la de Alan. Quizás, porque era un alma que todavía tenía que cumplir una misión en el mundo y que estaba atrapada entre aquellas salas...dispuesta a que alguien le diese la llave para volver. Si el niño estaba hoy ahí, si sostenía esa espada entre sus manos y podía mirarlos y respirar, era porque Harry había pedido su deseo...pero eso él no lo sabía y Harry no estaba dispuesto a comprar su cariño confesándoselo.- La espada o vivir aquí. Tu eliges.

-¿Es eso lo que quieres, Alan?- preguntó con la voz queda. Le temblaba la barbilla al hablar. Si su hermano pudiera sentir todo el cariño que le tenía...si pudiera hacerle notar lo mucho que lo quería, lo mucho que significaba para él...si pudiera saber que no había diferencia porque durante cinco años, Harry, se había hecho a la idea de que Alan era de verdad su hermano, sin recordar que eso solo era una burda mentira.

-Vete a tu casa...- rugió el niño y balanceó la espada entre sus manos de manera que el filo rozaba algún que otro mueble.- ¡Márchate con tus padres, tu padrino o quien quiera que te soporte!

-Esta...es mi casa.- siseó Harry. Había perdido la paciencia. De hecho, era demasiado aguante. Podía soportar a Orión, la separación de Ginny, las batallas y el cansancio, pero no podía soportar el desprecio de a quien quería por encima de todo, porque ese sentimiento de cariño se estaba transformando en resentimiento y cólera. Harry se había visto absorbido durante los últimos meses por la personalidad del Salvador y peligraba su lado bueno y ahora, cuando se sentía solo y tremendamente incomprendido, afloraba aquel mal que habitaba en su interior y del que había advertido Michaela.- No obstante...si quieres que me marche, lo haré.- se dio media vuelta con intención de subir las escaleras y hacer el equipaje.

-Un momento.- susurró una voz congelante. Harry se dio la vuelta, sintiendo que los pelos de la nuca se le erizaban. El tono frío con el que Christine solía expresarse últimamente le ponía la carne de gallina. Observaba a Alan con dureza y Harry casi volvió a sentir lástima por el niño, pese a la discusión que acababa de mantener con él. Fue tan rápido el movimiento que realizó la mujer que fue casi imperceptible para los demás. El caso es que, la espada de Gryffindor había volado a sus manos y Alan se había quedado perplejo, ante el poder que parecía ocultar su madre. Era como si, día a día, lo sorprendiese más, como si en cada batalla, en cada lucha o en cada entrenamiento no mostrase su verdadero rostro.- De aquí no se marcha nadie. ¿Está claro?

-No voy a permanecer en una casa en la que...

-¿ESTÁ CLARO?- Harry bajó la cabeza y se encaminó escaleras arriba. No tenía nada más que decir. No obstante, le parecía que continuar al lado de Alan significaba un suplicio para toda la familia y que perjudicaba claramente al niño pequeño. Entonces...si para lo único que parecía haber regresado Alan era para sufrir...¿por qué el destino lo había traído de vuelta? Harry se preguntó cuál sería aquel asunto pendiente que había capturado su alma en una de aquellas salas.- A tu habitación.- ordenó Christine una vez Harry hubo desaparecido de su vista. Alan la observó con odio y pese a que su madre siempre le reprendía por ello, se envolvió en una columna de luz y se encerró en su cuarto. La oscuridad de su cuerpo...creció a límites insospechados.

Ron sonrió y se sentó en el borde de la cama. Su habitación estaba situada en el último piso y daba directamente a la de Hermione, que se encontraba en la parcela vecina. La casa de la familia Weasley estaba vacía. Había una reunión de la Orden del Fénix, pero había preferido no asistir y le había pedido a Harry que se lo contara todo al regreso.

Bea sonrió a su izquierda y acarició distraídamente los pósteres del equipo de quidditch preferido de Ron y se extrajo el jersey de pico alto, quedándose con una camiseta de tirantes. Hacía mucho calor en la habitación.

-Es muy bonita tu casa.- dijo, risueña. Ron sonrió lacónicamente. Era tan distinta a Hermione...y aunque Bea no era su novia, porque ninguno de los dos deseaba ataduras, no pudo evitar compararla con la mujer que más había querido en su vida. La chica se sentó a su lado y le dio un beso en los labios. Buscó a tientas su mano entre la colcha y la estrujó entre la suya. Ron la miró intensamente. Bea levantaba en él emociones que hasta hacía solo unos días no le habían interesado. Pero entonces recordó las palabras de Hermione...ella lo quería fuera de su vida y él no podía esperar eternamente. Tal vez, era mejor aquel camino.

Bea se tumbó en la cama y le guiñó un ojo. Ron se quitó los zapatos y el cinturón del pantalón y se colocó encima suyo. La chica sintió su mano en la cadera, bajando hasta el muslo y llegando hasta la ingle y levantó la cabeza hasta el cuello de él. Lo mordió casi con fiereza hasta sentir el sabor de la sangre. Ron gimió un poco por el dolor, pero aquella fuerza que parecía poseer Bea lo volvió loco. Le desabrochó los botones de la blusa y hundió el rostro en sus senos, mientras ella le acariciaba el pelo. El resto de la ropa voló en un abrir y cerrar de ojos. No era bonito ni dulce, nada parecido a como Ron se lo había imaginado con Hermione. No era virgen, pero sus otras veces estaban nubladas por la timidez y sencillez de su mejor amiga. Casi ni las recordaba, porque la mayoría de ellas había sido después de alguna borrachera.

El cuerpo desnudo de Bea le agradaba bastante y la forma salvaje en la que la chica parecía tomar la iniciativa también. No es que Bea fuera excesivamente guapa, que no lo era, pero tenía algo especial en la mirada y aquello le gustaba. Tratando de centrarse en eso, Ron le lamió el lóbulo de la oreja y escuchó con satisfacción el gemido de placer proveniente de la chica, que a su vez, le clavó las uñas en la espalda. Ron acalló sus gritos con un beso brutal y luego se introdujo dentro de ella. Habían acabado sentados en la cama y los muelles resonaron por toda la habitación. La última visión que tuvo el muchacho antes de cerrar los ojos exhausto, fue la de la fotografía de Hermione que estaba colocada en un marco, encima de la mesita de noche.

Los mechones del cabello de Alan se confundían con su uniforme oscuro. Iba vestido como un mercenario de guerra, de una tonalidad tan azabache como las pupilas de sus ojos, teñidas sobre el manto azulado de antaño. Le habían vestido con un cinturón que poseía una hebilla de plata en forma de serpiente, con un cinto sobre el cual descansaba una varita mágica prestada. El viento hondeaba su capa, igualmente oscura y la gravilla de la isla se hundía bajo el leve tacón de sus botas.

A su lado, el falso Dani iba conjuntado de una manera idéntica, de forma que parecían padre e hijo de verdad. Una cuadrilla de mortífagos, expectantes, iban al acecho.

La isla en la que estaba situada la prisión de Azkaban era una fortaleza vallada con unas rejas mágicas. Cientos de hechizos protectores guardaban el corazón de aquel residencial para criminales mágicos. Más de la mitad de la tropa mortifaga que había sobrevivido a la magia del Salvador, residía allí.

La luna llena se alzaba bajo el manto de la noche estelar, en una velada casi mágica, puesto que aquel día, se producía una lluvia de estrellas. Hacía bastante frío y al caminar, Alan soltaba vaho por la boca. Pero parecía insensible a aquel pequeño percance. El mes de Noviembre había entrado con fuerza y el invierno en aquella fortaleza se dejaba caer de manera especial.

-¿Cómo burlaremos los hechizos protectores?- inquirió Lucius Malfoy. Él y su hijo caminaban a la par, justo detrás de Ian y su pequeño acompañante. El mago tenebroso sonrió burlescamente. Sin que el bando de la luz se diese cuenta, habían dejado a su arma secreta suelta, dándole el arma perfecta que necesitaba para acceder a las entrañas de la tierra si era necesario. Nada en el mundo de la magia podía hacer frente al poder ancestral de un arcángel. No existían tales barreras que debilitaran o anularan una magia en estado puro.

-Paciencia.- se limitó a responder Lewis. Continuaron caminando hacia la entrada. Ian se percató de que Alan analizaba el lugar con suma atención. Podía ver en la oscuridad, capacidad que ellos no poseían y por miedo a hacer saltar las alarmas, no habían encendido sus varitas mágicas. El niño estaba muy bien entrenado, aunque todavía faltaba mucho para que llegara a convertirse en su mano derecha. Mientras tuviera poder mental sobre él, siempre estaría sometido a su control. Emocionalmente ligado al rostro de su padre...Pero aquella noche sería la primera prueba, el comienzo de una nueva era y de su principal estrategia.

Llegaron hasta el principio de la verja. Los hierros se entrelazaban a tres metros de altura. Había una única puerta y estaba custodiada por un auror que leía El Profeta y no se había percatado de la llegada de unos desconocidos que se confundían entre la oscuridad.

-¡Bombarda!- gritó Ayax, apuntando con la varita.- El cristal de la cabina donde estaba situado el guardia estalló en mil pedazos. El pobre hombre, alarmado, se agachó en su asiento y se cubrió la cabeza con las manos tratando de evitar el vidrio. Ian se acercó hasta él y también levantó la varita.

-¡Avada Kedavra!

El haz de luz verde impactó en el auror y éste se desplomó en el asiento, antes incluso de que pudiera advertir que alguien le estaba apuntando. Lewis sonrió de manera perversa. No querían testigos ni complicaciones. Iban a realizar un trabajo limpio y concienzudo. No obstante, las alarmas de la prisión se habían disparado a causa del cristal roto. En lo alto de la fortaleza, donde se hallaba una torre de ladrillo oscuro, se iluminó una claraboya que había en lo más alto y comenzó a girar como una sirena de policía. Ian observó a Alan. Se sintió satisfecho al comprobar como no había ninguna reacción especial en su rostro tras la muerte de aquel hombre. Como si aquello le resbalara, se pegó más al cuerpo de su padre y continuó caminando, sin mostrar emoción o interés alguno. Había dejado de ser un niño, comprendió Lewis. Su magia había surtido efecto. Había envenenado tanto el corazón de Alan que el Ángel Negro se había apoderado de él. Se habían fusionado en aquel cuerpo de casi seis años, formando un cúmulo de poder. La inocencia o los cinco años escondidos en aquel ser habían muerto. La sombra de la oscuridad parecía envolver el aura de Alan.

Tomaron la llave mágica del guarda y abrieron la verja, ingresando por la puerta principal, como Pedro por su casa. El edificio de Azkaban era inmenso. Los túneles bajo la superficie tenían la capacidad de una ciudad entera. Había muy pocas personas capaces de no extraviarse entre aquel laberinto. Las hadas eran las encargadas de suplir a los antiguos dementores, que ahora formaban parte de las filas del nuevo mago tenebroso. Llegaron hasta un gran portón de hierro y volvieron a detenerse.

-¿Cómo atravesaremos esto? Dudo mucho que baste con un simple "Alohomora"- protestó uno de los mortifagos. De no ser por la importancia de la misión, Ian le habría cerrado la boca de un hechizo. Detestaba las interrupciones cuando su mente divagaba buscando una solución. Sin embargo, antes incluso de que se planteara una posible estrategia, Alan avanzó un par de pasos y movió las manos de una manera muy extraña. Un momento después, éstas se iluminaron y la cerradura de la puerta se tornó de una tonalidad anaranjada. Se estaba derritiendo como si hubiesen prendido una llama a su alrededor. El pequeño despliegue de poder del niño había logrado batir al hierro y los mortífagos observaron asombrados, como el metal se fundía y caía al suelo como si fuese la cera de una vela. Un par de minutos después, se había creado un agujero suficientemente espacioso como para que pudiesen pasar.

Alan avanzó el primero y se apoyó en el hierro quemado para atravesar mejor el hueco. Ayax, que fue el siguiente que lo traspasó, al tocar los bordes de lo quemado sintió como su mano ardía y la retiró de inmediato. Una yaga desagradable había aparecido en su pálida piel. Sin embargo...Alan no se había quemado, como si fuese inmune al calentamiento del metal. Gruñó molesto y cruzó el umbral que separaba el hedor a muerte de la fortaleza que emergía de las propias entrañas de la tierra y el viento helado que los había castigado en el exterior.

Una oscuridad mucho más soporífera se expandía a lo largo de aquel pasadizo interminable. No obstante, en una combinación desagradable, se escuchaba un canto encandilador. Malfoy descubrió unos pequeños bultos que sobrevolaban sus cabezas, esparciendo unos polvos dorados que olían a flores silvestres. Eran las hadas.

Criaturas pequeñas, repletas de vida y alegría, que iban de una celda a otra recubriendo cada rincón con su exultante felicidad. Apestaba.

-¿Nos haces el honor, Alan?- preguntó un Ian Lewis divertido, inclinando ligeramente la cabeza hacia el niño. Alan no necesitó escuchar nada más. Alzó ambos brazos en el aire y la energía cubrió sus manos rápidamente. Las hadas, embelesadas y absorbidas por aquella luz vibrante, límpida y resplandeciente, se acercaron hipnotizadas hacia él. Con toda la soberbia y frialdad que podía anegar el corazón de un niño de seis años, Alan cerró los puños con violencia y la energía se desbordó hacia las pequeñas criaturas, golpeándolas de manera masiva.

Las bolsitas que las hadas utilizaban para guardar sus polvos y la especie de cucharón que les permitía expandirlos, volaron por los aires y se esparcieron como las cenizas en el fondo de una chimenea apagada. Cesaron los cantos y una a una, en un acto de maldad atroz, cayeron al suelo con aplomo, golpeando el ladrillo con dureza y carentes de vida. Las pequeñas antenas que les sobresalía de la cabeza soltaron algunas chispas, como si les hubiesen inyectado una dosis de corriente eléctrica, chamuscando sus pequeños cuerpos. En todo el corredor, ninguna se había librado del despliegue de poder.

Ian y Alan dieron un par de pasos y una de las pequeñas criaturas, que todavía se movía, alzó su cucharón donde residían unos cuantos polvos mágicos. Ambos miraron al suelo. Tenía la cara manchada de tinazos negros, como si se hubiese quemado y apenas se podía arrastrar por el suelo, temblorosa. Los polvos de magia se esparcieron por los pies de Alan. Era un acto de amor, de esperanza, de vida. Las hadas bendecían a las personas con su risueño carácter, ablandaban sus corazones y habían querido salvar al niño de la oscuridad que lo envolvía. No obstante, con repulsión, Alan arrugó la nariz y antes de que el hada pudiera rozarle la punta del zapato con su pequeña manita, levantó la pierna y la aplastó bajo el tacón de la bota. La criatura tembló, se retorció y luego dejó de moverse lentamente. Ian sonrió.

-Habrá más.- siseó Alan y comenzó a recorrer el pasadizo. Era una pared de hierro su rostro inescrutable y sombrío. Lewis ladeó la cabeza y le susurró algo a Malfoy padre en el oído. Éste asintió e hizo un gesto a los demás mortífagos para que lo siguieran. Se perdieron entre la cortina de oscuridad y Alan y Lewis se quedaron solos en el corredor.

-Les he pedido que vayan a liberar a nuestros compañeros. ¿Crees que puedes debilitar las barreras mágicas de la prisión con tu magia?- Alan enarcó una ceja y cerró los ojos. Desde pequeño, tal vez marcado por esa soledad que parecía envolverlo y esos sueños extraños que martirizaban su cabeza, había logrado establecer un vínculo muy fuerte con sus poderes, había logrado manejarlos a su antojo de una y mil formas. Y Ian le había enseñado otras tantas. No resultaba un problema para él contrarrestar una magia tan primitiva como la de un simple mago. Volvió a cerrar los ojos y dejó que el poder fluyera por su cuerpo como una corriente de agua. Lewis sintió temblar la prisión bajo sus pies y se asombró del inmenso poder que residía en el niño. Las investigaciones de Lord Voldemort se habían quedado muy cortas comparadas con lo que veían sus ojos.

-Hecho.- Alan abrió los ojos y los mechones de cabello que se habían levantado en el aire tras el derroche de energía, regresaron a su lugar. Una gota de sudor le resbaló desde la frente hasta la barbilla, cayendo al suelo. Ian lo observó de reojo.

-Estás agotado...tendremos que explotar más tu resistencia.

-Como desees.- Alan inclinó la cabeza casi en una reverencia. Le guardaba lealtad, sumido en la mentira que Ian había creado y mientras ésta prevaleciera en su mente, lo tendría bajo su dominio y control.- ¿Y ahora dónde iremos nosotros?

-Sígueme.- ordenó Ian sonriendo con una expresión de astucia marcando sus facciones.- Hay algo...que quiero enseñarte.

Tardaron más de media hora en recorrer los cuatro primeros pisos subterráneos de la prisión. Las hadas iban apareciendo conforme cruzaban los corredores, pero Lewis no permitió que Alan cargara con la responsabilidad de eliminarlas a todas y él mismo se fue encargando de ello, para darle tiempo al niño a recuperar su inmenso poder. Había creado una barrera entorno a Azkaban para evitar la intrusión de los aurores y ahora, probablemente, la mitad del Ministerio se encontraría allí tratando de romper ese campo de energía.

Aquella cuarta planta era la cámara más custodiada de toda la prisión. Había tantas hadas que el aire se enrarecía con el olor perfumado de sus polvos. Ian levantó la varita y pronunció unas palabras y casi al instante, aparecieron una serie de dementores. Alan sólo los había visto en las láminas de los libros de su madre y quedó maravillado de las sensaciones que eran capaces de almacenar en su interior. No obstante, pese al repentino frío que le caló los huesos, provocando que se estremeciera, el poder de resquebrajar la felicidad que poseían aquellos seres del lado del mal, no le afectó en absoluto. No había felicidad ni alegría en el alma consumida de Alan. El Ángel Negro lo había hecho inmune a todas aquellas debilidades.

Las hadas, seres de luz, del bien, caían muertas al respirar el aliento putrefacto que soltaban los dementores. No podían estar en el mismo espacio que ellos, que se alimentaban precisamente de sus buenas vibraciones.

-Por aquí.- Ian tomó de la muñeca a Alan y ambos comenzaron a correr hacia el final del pasillo.- Se nos acaba el tiempo.- el niño no opuso resistencia ni preguntó el porqué de la urgencia. Lewis iba observando las celdas conforme avanzaban. Los presos parecían estar despertando del letargo al que se habían sometido con la felicidad de las hadas. Anhelaban la oscuridad producida por los dementores, que rompían cinco años de tanta alegría que no poseían.

No se detuvieron hasta que llegaron al final del interminable corredor. Allí la presencia de la oscuridad era todavía más tenue. Las frías mazmorras estaban sucias y mal cuidadas. No había ninguna cama, sólo un espacio entre cuatro paredes donde cuatro grilletes de acero sujetaban al preso en cuestión. Ian se acercó a la reja de una de esas prisiones personalizadas y escudriñó los ojos en el polvo. Alan lo imitó, pese a que no necesitaba entornarlos puesto que igual que los felinos podía ver el interior como si estuviera iluminado por la luz de una linterna a presión.

Había un hombre dormitando entre las cuatro paredes. Los grilletes se aferraban a muñecas y tobillos tan férreamente que le habían producido serias rozaduras en donde acudían las moscas y las ratas, para lamer la sangre resaca y el pus de las heridas. No obstante, el hombre en cuestión parecía ajeno a todo aquel sufrimiento. Llevaba el pelo largo y ralo, vetado de gris y con grandes cantidades de calvicie en la coronilla. La barba era tan larga y espesa que le cubría prácticamente todo el rostro. Sus ojos pequeños y llorosos parpadeaban con rapidez como si le picasen continuamente y lo único que destacaba de su huesuda cara era una larga nariz puntiaguda que despuntaba claramente de sus pómulos hundidos. Vestía una túnica que antaño había sido blanca y estaba mordisqueada y rota.

Su aspecto era paralelo a su comportamiento. Murmuraba continuamente por lo bajo, hacía gestos bruscos y torvos y todo el tiempo parecía creer estar acompañado por una sombra invisible. Su demencia no ablandó ni por un momento la dureza del corazón de Alan. Porque aquel hombre podía estar sucio y desaliñado, podía haber sido confinado a la última celda de la prisión y caer en el olvido, podía incluso haberse olvidado de comer y de sentir dolor...pero continuaba siendo aquel que viera en los recortes de los periódicos, aquel cuyo nombre resonaba en sus sueños y que le encogía el alma con solo pensar en la nítida imagen que había guardado su mente.

-Abre la reja.- ordenó Ian, ajeno al conflicto interno de desbocadas emociones que sufría Alan. No obstante, el niño obedeció. Agitó una mano con impaciencia y el golpe fue algo más brutal de lo esperado. La reja quedó destrozada y el ruido metálico resonó con eco en todo el corredor. A Ian no pareció importarle y el preso no se inmutó, como si no se hubiese percatado.- ¿Sabes quién es este hombre?- inquirió Lewis penetrando por el umbral de la prisión. Alan se quedó en el resquicio, con los puños apretados y la expresión de odio más pronunciada que había poseído hasta la fecha.

-Peter Pettrigrew...

Harry estaba clavado en el marco de la puerta de la habitación, con un teléfono móvil en la mano entonando ruidosamente una melodía de su grupo de música preferido. Llevaba el pelo desordenado y los ojos legañosos. Vestía un slip de pantalón e iba descalzo. Hacía un par de minutos que observaba la cama vacía que tenía enfrente y las sábanas revueltas esparcidas por el suelo. Había una figura suspendida entre aquel remolino de tela, pero Harry había hecho los suficientes dobles en su vida como para saber que aquel era falso. Furioso, lanzó una bocanada de energía contra aquella figura etérea y la hizo desaparecer en un santiamén. Lo que sospechaba. Una sombra apareció a su espalda.

-Me da la sensación de que no es la primera vez que ocurre.- Christine también sostenía un teléfono móvil, pero el suyo había dejado de sonar. El tono de voz que había utilizado era de severa discordia.

-¿Dónde puede estar?- Harry suspiró y apagó el sonido estridente de la melodía. Volvería a sonar, lo sabía, pero no tenía ganas de responder.

-No puedo sentir su energía.- confesó Christine. Harry la miró algo descolocado. Había creído que no había nada imposible para su profesora.- Y no podré hacerlo a no ser que él mismo me lo permita.

-Yo iré a la llamada.- dijo Harry seriamente. Aferró el móvil y dejó de apoyarse en el marco de la puerta.- Tú encuéntralo.

-La llamada es para Azkaban...- explicó la mujer.- Pediré a Remus que se encargue de Alan. Nos necesitan a los dos...- Harry asintió pero no respondió. Tenía sus dudas acerca de que Lupin llegase a encontrar al niño, pero no las expresó en voz alta. Los poderes de Alan sobrepasaban los límites de sus sospechas y podía estar en cualquier parte. Sin embargo, Harry había desarrollado un extraño vínculo con él y sentía que su hermano tenía algo que ver con la llamada de la Orden del Fénix y deseaba de todo corazón que no fuese lo que estaba presagiando.

-¡No puede ser¿¡Cuándo, maldita sea, cuándo ha ocurrido?- Anya golpeó la mesa de madera con un puño y ésta prendió fuego con la energía que había emergido de su mano, quedando un boquete de color oscuro. Estaba furiosa, más de lo que había estado en mucho tiempo.- ¡MIERDA¡Esto era lo que teníamos que detener!

-Nada de esto habría pasado si Potter no se hubiese entrometido.- gruñó Orión. Estaba recostado en el alfeizar de la ventana. Las estrellas le hablaban, contándole sus secretos. Había aprendido a leerlas desde pequeño y pese a que no creía en ello con la fe con la que lo hacía su compañera, podía interpretar sus crípticos mensajes.- Debí quitarlo de en medio cuando se interpuso entre ese mocoso y yo.

-¡Basta Orión!- exclamó Anya. La energía comenzaba a bullir por su cuerpo de una manera escandalosa. Los ojos grises de Orión se habían oscurecido, pero en los de ella había una mezcla de ira, decepción y frustración.- Harry no tiene la culpa de nada. ¡Él no tiene ni idea! Pero...nos hemos equivocado de cabo a rabo desde el principio. Debimos vigilarlo y no preocuparnos tanto por Lewis. ¡Él era nuestro blanco!

-¡Debimos eliminarlo!- corrigió Orión. Se dejó escurrir por el alfeizar y tomó del perchero su típica capa oscura, echándosela por los hombros.- Y eso es lo que vamos a hacer inmediatamente. Anya retiró la mirada y se dio la vuelta. Le temblaban las manos. Le había dicho a Orión que ella misma se encargaría de atravesar al niño con su espada, pero ahora, llegado el momento, no tenía valor para dar ese paso. No...eso no era lo correcto, no debían haber empezado por ahí. Quizás todavía estaban a tiempo...

-Orión...

-No voy a ceder, Anya.- siseó el chico con frialdad. Le lanzó una segunda capa y se dirigió hacia la puerta.- No esta vez. No ahora. Solo tenemos una oportunidad y no volverá a presentarse. Vamos a acabar con esta pesadilla de una vez por todas.

-Dame una oportunidad. Una sola, Orión. Déjame intentarlo.- Orión se ajustó a Excaliburt al cinto que llevaba en la cintura.

-Ha pasado mucho tiempo desde que podía amenazarte con el filo de mi espada y saber que ibas a seguirme hasta el fin del mundo. Pero desearía poder, Anya...desearía poder...- se envolvió en una columna de luz y añadió:- Lo siento mucho.

El campo de fuerza que recubría la prisión de Azkaban medía más de veinte metros. La fortaleza estaba envuelta en un manto oscuro y cada vez que los aurores trataban de acceder a ella unas chispas blanquecinas les golpeaban, dándoles la corriente. Era inescrutable.

Harry se apareció a la par con Christine y ambos observaron el cruento espectáculo. La Marca Tenebrosa se alzaba sobre el cielo estelar y las carcajadas de los mortífagos se dejaban escuchar entre los gritos de algunos presos, que habían recuperado la cordura tras la eliminación de las hadas.

-¿Cuál es la situación?- inquirió Christine. Thomas Grint, el viejo jefe del cuartel general de aurores, dirigía a sus hombres tratando de hallar el modo de penetrar en la fortaleza. Harry no se acercó a escuchar el plan del auror, no le interesaba en absoluto. En el pasado, siendo el Salvador, se había burlado de aquel hombre en más de una ocasión, haciendo gala de su poder y resaltando la poca efectividad de sus hombres. Sabía que cuando terminara la carrera y entrara a trabajar en el Ministerio, no tendría más remedio que ponerse a sus órdenes. Poco se imaginaba él que aquello jamás se produciría y que la causa estaba bastante relacionada con el incidente que se estaba llevando a cabo esa misma noche.

Harry, envuelto en la capa negra de su padrino, dio un par de pasos en dirección a la barrera. Entornó los ojos en la oscuridad. Rozó con la yema de los dedos el campo de fuerza, pero éste no le hizo daño como a los demás. Cerró los ojos, apretando los párpados. No le hacía daño porque esa energía era de Alan. Solo él podía saberlo porque solo él había pasado tanto tiempo con su hermano pequeño. Alan podía estar consumiéndose por el Ángel Negro pero debía de quedar algo bueno en su interior si todavía protegía a Harry de esa energía maligna.

-Es infranqueable.- dijo una voz a su derecha. Allí estaban los dos arcángeles amigos de Christine. Ambos vestían unas túnicas que habrían pasado por una película de los caballeros templarios, pero sus expresiones no eran ni la mitad de cómicas que sus vestimentas. La mujer llevaba el cabello pelirrojo recogido a un lado y jugueteaba nerviosa con los mechones.

-Hay una manera. Pero tendréis que ayudarme, Ursae.- la mujer lo observó interesada.- Christine y yo podemos colarnos por un agujero de la barrera, pero para eso necesitamos que vosotros utilicéis vuestra energía para abrir un boquete.

-¡Imposible!- gruñó Saiph. Se pasó una mano por su corto cabello, alborotándolo. Sus gestos toscos no ayudaban a la tranquilidad.- Esa barrera os matará.

-No, no lo hará.- aseguró Harry con rotundidad. Ursae arrugó la frente, perspicaz. Le parecía que el chico pecaba de soberbia despreciando un poder tan inmenso.- Ni a Christine ni a mí nos dañará. Conozco nuestras limitaciones...

-¡Es absurdo!

-¿Tienes un plan mejor?- le espetó Harry cansado de discutir. Cada segundo podía ser vital para Alan. Sólo él sabía lo que estaba ocurriendo y sólo él podía evitarlo. Estaba en juego mucho más de lo que todos se imaginaban. El menor de los problemas era la fuga de los presos. Como Saiph no respondió, Harry se giró hacia Christine, que estaba analizando el campo de fuerza y la tomó de un brazo.- Vamos a entrar. Ursae y Saiph nos ayudarán.

-La barrera os matará- repitió Saiph.- Y no sé si nuestro poder puede abriros paso.

-Chris.- dijo Harry con firmeza y perforó los ojos de su profesora tratando de que el vínculo que los unía fuese lo suficientemente fuerte como para expresarle su preocupación.- Confía en mí.- la mujer volvió a observar la barrera y tuvo un momento de dubitación. Estaban frente a un peligro que no conocía, pero también había sentido algo extraño al inspeccionar aquel poder que superaba todos los límites de su imaginación. Hasta el momento, confiar en Harry nunca había supuesto nada malo.

-Abridnos camino.- sentenció y agarró la mano de Harry con firmeza, dirigiéndose hacia el campo de fuerza.- Desde dentro trataremos de destruirlo, pero lo primero es encontrar al responsable de esto.

-¡Es ridículo!- se desesperó Saiph. No obstante, Ursae que también tenía fe ciega en Christine y en Harry, logró convencerlo. Así que, a sabiendas de que se quedarían desprovistos de energía en el momento en que lograsen su objetivo, los dos arcángeles dirigieron sus brazos hacia la barrera y soltaron toda la energía que les fue posible. Unidas, el choque fue brutal. El contraste de poderes levantó un pequeño huracán de viento que se llevó por delante a más de un auror, pero eso no detuvo a los arcángeles. Apretando los dientes, pues la energía negativa se negaba a dejarse vencer, impulsaron con toda su alma, concentrándose en abrir un espacio lo suficientemente ancho como para que Christine y Harry cupiesen.

Cuando el campo de fuerza cedió un poco fue la señal que habían esperado. Concentrando sus propias energías se introdujeron en aquel desboque de poder y tal y como había profetizado Harry, la energía no los dañó. Entraron con esfuerzo al otro lado y el agujero volvió a taparse. Ursae y Saiph se estrellaron en el suelo, totalmente exhaustos, pero lo habían logrado.

-Vamos.- dijo Harry comenzando a correr hacia la verja abierta de la fortaleza.

-¿No tendríamos que tratar de romper la barrera para permitir el paso a los aurores?

-¡No hay tiempo!

-Saca tu varita.- ordenó Ian, cruzándose de brazos. Estaba apoyado en la pared de la celda, observando deliciosamente, como las ratas mordían la carne rugosa del prisionero que, atrapado en su demencia, era incapaz de presentir el hedor a muerte. Alan obedeció, aunque su odio le cegaba la mente y no podía imaginar cuál era el propósito de su padre.- Sé que nunca has utilizado una maldición imperdonable...sólo tienes cinco años, después de todo, pero con el resentimiento que anida tu corazón no te será difícil.

-No comprendo.- comentó Alan con indiferencia. No le interesaban las palabras de Lewis, sólo tenía ojos para el individuo que estaba amarrado a los grilletes, indefenso, ajeno a todo lo que le rodeaba. No sabía porqué ni cómo estaba ocurriendo, pero a su mente llegaban conversaciones donde había escuchado nombrarlo, imágenes donde aparecía su rostro, sentado tranquilamente en el sofá de su casa. Y luego estaban los recortes de periódico...

-Este hombre es el que nos traicionó¿lo recuerdas?

-No, no lo recuerdo.- negó Alan con fiereza. Por primera vez, clavó sus ojos, ahora oscuros, en el rostro suave del falso Dani, con una dureza inusual. Lewis no se amilanó. Sabía perfectamente que teclas tocar para rozar el fuego sin llegar a quemarse.

-Eso es porque te han lavado el cerebro.- explicó tranquilamente y una sonrisa burlesca cruzó su rostro.- Ya ves el poder de persuasión que tu madre puede ejercer en ti.- Alan apretó los puños y de ellos salieron unas chispas. Pero no eran blancas como siempre. Eran de una tonalidad oscura. Su energía estaba mutando. Ian sonrió. Estaba muy cerca...- pero aunque no lo recuerdes, en el fondo de tu corazón sabes de qué te estoy hablando.- Lewis dejó de apoyarse en la pared y caminó hasta el niño, inclinándose sobre su espalda y colocándole ambas manos en los hombros, para susurrarle con voz sugerente al oído.- Peter Pettrigrew era el guardián secreto de los Potter...pero no sólo eso. También sabía la ubicación de nuestra casa...recuérdalo, Alan...- en la mente del niño las conversaciones se hacían más nítidas, más claras.

"-Voldemort podría averiguar dónde vivimos y entonces atacar. No es seguro que permanezcáis aquí. Marchaos, Dani, yo me encargaré de todo.

-No voy a dejarte, Christine. Peter es el único que sabe las coordenadas exactas de nuestra casa y moriría antes de traicionarnos, de traicionar a Lily y a James..."

-Pero no lo hizo...- continuó Dani. Su voz acariciadora ennegrecía el alma de Alan, manipulándola a su antojo.-...nos traicionó. Entregó a los Potter y le confesó al Señor Oscuro dónde estaba nuestra casa...y entonces...cuando tu madre debía venir a protegernos...cuando debía encargarse de todo como había prometido...nos abandonó, nos dejó solos. No significábamos lo suficiente para ella.

-Nos abandonó...- repitió Alan con la voz queda. Ian volvió a sonreír complacido. El objetivo estaba cumplido. El corazón de Alan anidaba el status más alto del odio. Era el momento. No volvería a surgir otro igual.

-Debes vengarte, Alan.- sugirió Lewis. Fue pasando su mano por el brazo del niño hasta llegar a la mano donde tenía la varita y le ayudó a alzar la extremidad.- Ahora...destruye al motivo de tu dolor...acaba con el hombre que nos separó...dame una prueba de que puedo confiar en ti...ahora, Alan, pronuncia el Avada Kedavra...

Harry se detuvo en el primer corredor. La imagen era desoladora. El suelo estaba repleto de hadas muertas y los polvos mágicos todavía brillaban en sus sacos. Christine corrió hacia ellas y fue de una en una comprobando si quedaba alguna con vida. Pero Harry sabía que no era así. Era Alan...él lo había hecho. Se respiraba su poder en aquella cámara, se respiraba su aliento de maldad. Era un acto atroz acabar con la vida de un hada, casi tanto como con la de un unicornio. Ambas criaturas eran seres de luz, de felicidad, de alegría...se consideraba un crimen horrible. Se arrodilló en el suelo y tomó entre sus brazos el cuerpo sin vida de una de esas hermosas y pequeñas criaturas.

-¡Oh, Alan!- gimió en un susurró casi inaudible.- ¿En qué nos hemos equivocado?

-Están muertas...- murmuró Christine pasándose una mano por el pelo, desesperada.- Todas muertas. Y...- alzó la cabeza y sus ojos se encontraron con los de Harry.-...esto lo ha hecho la magia de un arcángel...- Harry apartó la cabeza y volvió a depositar el cuerpo sin vida del hada en el suelo. Tomó unos polvos del saco y se los esparció por la cabeza. Necesitaría mucha fe y mucha suerte si quería encontrar un pequeño bien en el interior de su hermano. Sin responder a la pregunta que Christine formulaba sin palabras, se puso en pie y salió corriendo por el corredor.

-¡Démonos prisa!

Anya y Orión aparecieron en la isla envueltos en una columna de luz blanquecina. Nadie les prestó verdadera atención porque ya estaban habituados a la aparición de más arcángeles. Observaron a Saiph y a Ursae que estaban tendidos en el suelo, siendo atendidos por unos medimagos e interrogados por la Orden del Fénix. Dumbledore estaba allí, pero parecía mucho más interesado en observar el campo de energía que se extendía por la fortaleza y cuya tonalidad se iba tornando más y más oscura a medida que transcurrían los minutos.

-Ha sido él.- sentenció Orión. Trató de rozar la barrera, pero el calambre de una chispa lo detuvo.- No hay duda, es su energía.

-¿Podemos derribarla?- Orión se giró hacia la chica y le sonrió con arrogancia.

-¿Lo dudabas?- Anya puso los ojos en blanco. No era el momento de alardear. Estaban contra la espada y la pared, nunca habían estado tan desesperados y había llegado el momento de actuar de una forma u otra.

-Entonces en marcha. No hay tiempo que perder.- Anya elevó los brazos al cielo, imitada de cerca por Orión y cerró los ojos. La envolvía una cálida columna de luz, muy similar a la que la había traído a aquel lugar, pero con una energía muy superior. Pronto esa energía comenzó a girar en el sentido de las agujas del reloj y a una velocidad muy superior a lo habitual. Cuando sintieron el verdadero poder fluir por sus cuerpos ambos se elevaron como si fuesen a desaparecer y como dos proyectiles que van directos a una muralla de piedra, se estrellaron contra el campo de fuerza de oscuridad. Lo traspasaron limpiamente, logrando un efecto secundario. Su propio poder de luz estaba succionando al de oscuridad, desbordando la barrera de fuerza y haciéndola desaparecer.

Los aurores tardaron unos instantes en percatarse de lo que ocurría y se prepararon para ingresar en la fortaleza.

Anya y Orión entraron corriendo por el acceso principal, sin ser vistos. Corrieron el primer pasadizo y se recostaron sobre una de las mugrientas paredes para tomar aire.

-¿Estás bien?- preguntó el chico, jadeando.- Ha sido un esfuerzo mayor del que me esperaba.

-Estoy bien.- fue la respuesta fría de Anya y volvió a erguirse. Debían encontrar rápido la fuente del poder del niño, pero su energía estaba camuflada. No tenían más remedio, tendrían que ir buscando piso por piso hasta dar con él. Era una ardua tarea...

-No sabría hacerlo.- objetó Alan observando a Lewis por debajo de su rostro. No había miedo en su voz ni tampoco indecisión, sólo sensatez. Ni tan solo se le había pasado por la cabeza que aquello fuera una idea descabellada.

-Puedes hacerlo.- aseguró Ian haciendo que el niño sujetara la varita con más firmeza.- Sólo tienes que exteriorizar tu miedo, tu odio, tu ira, tu envidia...todos esos sentimientos que afloran en tu pecho desde hace mucho tiempo. Sólo tienes que pronunciar la maldición y acabar con todo esto. Después, tendremos una vida maravillosa, nos cobraremos la venganza de todos aquellos que nos hicieron daño...gobernaremos tú y yo juntos...

-Tu y yo juntos...- repitió Alan. Él solo quería estar con su padre. Todo lo demás le daba igual, carecía de importancia. Lo único que le interesaba era la manera protectora que tenía Dani de sujetarle los hombros, de transmitirle seguridad. Era su padre...y era muy distinto a Christine. Esa idea cobró fuerza en su cabeza y el odio afloró con mucha más insistencia. Allí estaba la figura demente de Pettrigrew...su enemigo, el traidor...el hombre en el que su padre había puesto una fe ciega, en el que había confiado...el que los había separado.- Lo haré...por ti, padre.

-Eso es...- le instó Ian.- eso es...hijo mío, por nosotros...- Alan contuvo el aliento. Dejó que la mano de Lewis se separara de la suya y observó a Pettrigrew con el odio que se había revelado en su corazón. No le importaron las heridas del hombre, tampoco la imagen patética que mostraba su cuerpo ahí tendido, consumido por las tinieblas, la locura y las ratas. No le importaron esos ojos llorosos que parecían mostrar un atisbo de arrepentimiento. Ni siquiera le importó cuando, por primera vez, Pettrigrew alzó la cabeza y le miró a los ojos, reconociendo sin duda una varita mágica apuntándole. Nada en Alan cobraba una importancia real restando el hecho de que quería pasar con su padre el resto de su vida, que los que debieron haberlo querido y protegido lo habían condenado al mutismo, al olvido, a la ignorancia. Así que, pese a que escuchaba pasos resonando por el corredor, pese a que jamás había pronunciado una maldición imperdonable, abrió mucho los ojos y pronunció alto, claro y conciso:

-¡AVADA KEDAVRA!