Disclaimer | Nope, Shingeki no Kyojin no es mío. Es total propiedad de Isayama Hajime.
Dєαя strαnger •×—【20: Inicio】
"Y uno más ha mordido el polvo.
¿Por qué no puedo conquistar el amor?
Yo podría haber pensado que éramos uno.
Quise luchar sin armas en esta guerra".
—Sia—
«Elastic Heart»
El vaho cálido que emitía su respiración, empañó la visión que tenía a través de la ventanilla. Con sus dedos, intentó limpiar lo que había provocado, pero solo terminó ensuciando más el vidrio. En sus manos todavía quedaban rastros grasosos del bocadillo que engulló en la hora de la merienda, a pesar de que se había limpiado una y otra vez con la servilleta de papel que su padre le había dado.
Soltó un suave suspiro, ahora con la vista en el frente. La lluvia caía pasivamente, era solo una llovizna de verano, bastante usual en ese lado de la nación donde el ambiente era más de costa tropical que desértico, porque por la increíble cantidad de dunas que había logrado observar kilómetros atrás, así parecía.
La lluvia no empezó a caer sino hasta que la carretera se volvió un poco más dificultosa y estrecha. Ya no era la autopista saliente de la gran ciudad de María, ahora era solo un camino asfaltado, poco cuidado, con baches a cada esquina y apenas dos canales por los que pasaron pocos autos en los minutos que llevaban dando vueltas.
—Papá. —Su dulce voz salió de su garganta adoptando un tono de curiosidad. Observó al hombre a su lado, soltando momentáneamente una mano del volante para ajustarse el fiel sombrero que nunca se quitaba, a su parecer—. ¿Dónde estamos?
—En Shiganshina —respondió mirándola por el rabillo del ojo y dedicándole una suave sonrisa.
Ella asintió, recordando que antes de partir, dijo algo sobre ese pueblo pequeño. Aparte de que sería el lugar donde se iban a mudar por un tiempo desestimado, le contó que allí vivía una amiga muy especial para él, que vendría a ser el alma piadosa que les diera hospedaje.
Luego de dar unas pocas vueltas entorno a las pequeñas y cortas calles de Shiganshina, Mikasa se mordió los labios teniendo curiosidad de preguntar una vez más sus razones de estar allí. Había formulado la misma pregunta antes de irse fuera de las montañas en las que vivieron, pero su padre respondió de la forma más ambigua que no terminó por entender absolutamente nada.
—Vas a conocer pronto a alguien, seremos una familia otra vez.
Después de un par de vueltas más en el pequeño pueblo que parecía desolado, debido quizás a la lluvia, el auto estacionó frente a una acera de descuidados adoquines. Abrió la puerta sosteniendo entre sus manos pequeñas un paraguas que su padre le había ofrecido. Tuvo cuidado de no empapar demasiado sus zapatos en los charcos formados entre los hundimientos del suelo, mientras seguía la mano que la guiaba hacia el pórtico elevado de una pequeña casita.
Por las ventanas, descorriendo dentro lo que se apreciaba como las cortinas, salía algo de luz. A simple vista, aparentaba ser más cálida que el ambiente exterior.
Su padre llevó un dedo al timbre. Mikasa escuchó una campanilla sonando en la lejanía tras las paredes. Unos pasos se aproximaron estrepitosamente antes de que la puerta se abriera completamente, y una mujer tras ella los invitara rápido a pasar.
—Quítate las botas, Mikasa —dijo su padre—. No queremos ensuciar el piso.
—Oh, descuida, Ken —convino la mujer—. Ni siquiera me alcanzó el tiempo para terminar de aspirar.
Depositando el paraguas en el gancho libre de un colgadero de abrigos, Mikasa detalló a la mujer que los acababa de recibir. Tenía una delgada figura que la hacía ver más joven de lo que seguramente era, con un delantal atado a su cintura y un vestido de verano con el que quiso poder pasar un buen rato bajo el inexistente sol del día. Bajando por uno de sus hombros, se asomaba su largo cabello negro como la obsidiana, más unos ojos ambarinos entrevistos tras su flequillo.
La primera impresión que tuvo, fue de admiración. Era hermosa, sencilla, pero hermosa.
—Entonces… —La mujer la miró, sonriente—. Tú debes ser Mikasa, ¿cierto?
La niña se mordió la parte interna de sus mejillas, tratando de desviar la mirada de la intensidad dorada de la mujer que ahora se había agachado para quedar a su misma altura.
—Soy Carla —se presentó, llevando una de sus manos hacia la barbilla de Mikasa para hacer que levantara la vista del suelo—. Tu padre me ha hablado mucho de ti.
La mano grande de Kenny Ackerman acarició cariñosamente su cabeza, dándole apoyo. Siempre había sido introvertida con los extraños, y más cuando solían vivir entre las montañas, alejados de la sociedad.
Armándose de valor, Mikasa extendió una mano hacia la mujer. Carla observó con ligera curiosidad su reciente acción, pero volvió a sonreír antes de estrecharla, y darles finalmente la bienvenida a Shiganshina.
—¡Nuestros invitados ya están aquí! —exclamó la mujer hacia la parte superior de la casa, asomándose por unas escaleras de parqué.
En pocos segundos, la asistencia al mandato de la mujer se dio a conocer. Un hombre de estatura similar a la de su padre, mirada solemne oculta tras unas gafas sobre la nariz, y cabello marrón largo, atado en una aflojada coleta tras el cuello. Al verlos, sonrió, acercándose hacia Kenny y estrechando gustosamente su mano con la de él.
—Tanto tiempo, Kenny —estimó el hombre. Luego de intercambiar unas pocas palabras con su padre, la miró a ella de nuevo—. Así que tú eres Mikasa. Kenny y Carla me han hablado mucho de ti.
Mikasa se aferró a la pierna de su padre mientras intentaba ser amable con ese tal Grisha. Se preguntó internamente por qué esos extraños la conocían, si ella no tenía la menor idea respecto a ellos.
Pensando que ya habían acabado con las presentaciones, Mikasa deseó subir a conocer sus habitaciones y saber dónde dormiría. El viaje había sido largo y tedioso y ella solo quería descansar. Pero ninguno de los adultos se movía fuera del recibidor.
—No seas tímido —escuchó a Carla decir. Se preguntó hacia quién se dirigía, ¿a un gato, quizás?
Detrás de la falda del vestido de Carla, una mirada idéntica a la de un gato de asomó para posarse sobre ella, con la diferencia de que precisamente no era un gato. Mikasa sintió curiosidad por saber de quién se trataba, sin separarse de su padre.
Carla posó una mano sobre su cabello, castaño. Como si lo invitara a abandonar el lugar seguro tras ella. Pronto, él accedió, con la mirada aguamarina como la de un gato clavada en el suelo. Era un niño, tendría su edad aproximadamente. Sus ojos se encontraron otra vez, haciendo en las mejillas del niño colorearse un opaco tono de rojo.
—Saluda, Eren —dijo Grisha esta vez, posando también una mano en su cabeza, apoyándolo.
Parecía estarse obligando a sí mismo a portarse amable con los desconocidos que eran su padre y ella. Mikasa notó el esfuerzo que tuvo al intentar sonreír sin delatar el nerviosismo, pero él finalmente habló, e instantánaeamente Mikasa sintió esperanza dentro de sí.
—Hola.
Podrían llegar a ser grandes amigos.
•
Mikasa empezó por desempacar las muñecas de su bolso de viaje y colocarlas todas en un sitio específico. No tenía muchas, pero le gustaba mucho las que tenía. Su padre una vez fabricó una pequeña mesa de té junto a unas sillitas, ahora ese era el sitio donde sus muñecas se la pasaban la mayor parte del tiempo.
Tras acostar su oso de peluche en la cama que compartiría con su papá, sintió el peso de una mirada encima de ella. Se giró hacia la puerta del cuarto, que había dejado abierta, para encontrarse con la mirada gatuna del hijo de los amigos de su papá, Eren.
Había cenado junto a él y su familia. Los adultos se habían puesto a hablar mientras que ellos permanecían en silencio, sin compartir una sola palabra desde el intercambio de saludos en el recibidor. Luego ella subió, los demás se quedaron abajo; quería sacar de las maletas sus juguetes y tenerlos a la vista para ponerse a jugar en un rato, cuando reposara la cena.
Y ahí estaba él. El niño de ojos gatunos.
Mikasa desvió su mirada, llevándola a sus pies. No sabía por qué, pero su mirada tan verde y azulada al mismo tiempo la cohibía un poco.
Eren se acercó a ella, sus grandes ojos se dirigieron hacia sus muñecas y luego hacia el oso de peluche encima de la cama. Ella notó que lo observaba con curiosidad, como si le gustara lo que veía.
—¿Te gusta? —preguntó para asegurarse; el niño asintió.
Mikasa decidió bajar su oso de la cama y prestárselo. Eren lo tomó cuidadosamente entre sus manos y lo observó más de cerca. Tenía un lindo listón rojo rodeando el cuello, unos ojos de vidrio negro y estaba bien cuidado; se notaba que le pertenecía a una niña.
—¿Cómo se llama? —Fue su turno de saber.
—Sr. Moñitos.
Eren asintió, una pequeña y minúscula sonrisa se dibujó en sus labios. Tal vez las niñas ponían unos nombres un tanto cursis, él habría pensado en llamarlo Dinosaurio, u otros nombres que hicieran tener estilo al oso. Pero le gustaba ese nombre, Sr. Moñitos.
—¿Y cuál es tu nombre? —inquirió, mirándola. Había dejado reposando al oso encima de la cama del cuarto de visitantes.
Mikasa se acababa de dar cuenta de que no se había presentado formalmente por sí sola, aunque creía haber escuchado que el papá del niño había dicho cómo se llamaba.
Quizás solo quisiera escucharlo de ella.
—Mikasa Ackerman.
—¿Mika… qué?
La niña infló los mofletes. ¿Quién se creía ese niño? ¡Su nombre no era difícil de pronunciar!
—¡Mikasa! —repitió, un poco más fuerte, haciendo de cuenta como si el niño no hubiese escuchado la primera vez.
—Es un nombre raro.
—Me lo puso mi papá, a mí me gusta.
—¿Y tu mamá?
Mikasa bajó la mirada. No sabía nada de su mamá, era algo que a su papá no le gustaba hablar.
—No sé. —Se encogió de hombros, restándole importancia—. ¿Tú eres Eren?
El niño asintió, sonriendo con cierta arrogancia, como si le agradara que ella sí recordara su nombre al menos.
—Tu nombre sí que es raro.
—¡Oye! —exclamó el niño, dándole un ligero empujoncito con su mano al hombro de Mikasa—. Me lo puso mi mamá.
—El de ella sí que es bonito. —Sonrió al recordar—. Carla.
Eren infló los mofletes esta vez.
—Tu nombre es muy raro de pronunciar. Voy a decirte de otra forma.
Mikasa frunció el ceño, insegura sobre lo que acababa de decir. Vio a Eren tomar el oso de peluche de vuelta, acercándose hacia la mesita de té en miniatura, donde las otras muñecas se encontraban. Pronto, comenzó a hacer sonidos propios de un dinosaurio, mientras hacía de cuenta que el oso que llevaba era una fiera que destruía todo a su paso.
—Él se llamará Dinosaurio, y tú te llamarás Mimi. ¿De acuerdo?
Mikasa tomó una de las muñecas que se cayeron de la silla, luego del desastre ocasionado por el oso Dinosaurio. Sonrió, conforme con el nombre bonito y el primer compañero de juegos que tenía.
—De acuerdo.
•
Carla sacudió el pequeño vestido tras sacarlo de la secadora. Con delicadeza, lo colgó en la cuerda del patio trasero, haciendo que éste ondeara con el viento. Desde la ventana más cercana, Grisha y Kenny la contemplaron. En el mundo no habría mujer más bondadosa que ella, más dulce y más dedicada. Por esa razón, ambos le tenían tanto aprecio y cariño.
Y uno de ellos lo logró. Estuvo con ella hasta el final, formaron una familia y pudo brindarle todo el amor que sentía por ella.
Kenny sonrió con melancolía. Se habían conocido desde toda la vida, habían sido inseparables amigos, pero tuvieron que crecer. Los tres tomaron diferentes caminos, pero Grisha se cruzó en el de Carla y ahora ellos habían tomado una ruta distinta. Kenny anduvo por varias, y quizás esa en la que estaba actualmente fuese la última de todas.
—¿Cómo te has sentido? —preguntó Grisha, poniendo una mano sobre el hombro de su amigo.
Tenían más o menos una semana y media desde que habían llegado. Carla incluso se había ofrecido a lavar las prendas de Kenny y su hija aun con las insistencias del hombre porque no se preocupara por tal labor.
En ese tiempo, Eren y Mikasa se habían vuelto inseparables, como si se conocieran de toda la vida; no paraban de corretear de un lado a otro ni jugar, cosa que le daba ciertos dolores de cabeza a la pobre Carla cuando reparaba en los desastres dentro de la casa. La temporada de lluvias acababa de terminar, ahora solo quedaba el polvillo que el viento arrastraba de la costa.
—Cada vez peor —respondió Kenny con sinceridad a la pregunta de Grisha. Una mueca descompuesta se ilustró en su rostro—. Trato de ser fuerte por ella, pero cada vez es más difícil.
—Tengo un presentimiento de que no has venido para tus tratamientos solamente.
Kenny volvió a sonreír. Había tanta culpabilidad en su expresión que Grisha apenas pudo suspirar.
—Eres un libro abierto, Ackerman —musitó—. Solo espero que lo logres. Siempre puedes contar con nosotros, para eso están los amigos.
Kenny asintió, alicaído.
Joviales risas se aproximaron al sitio, alertando a la madre bondadosa que todavía colgaba ropa en las cuerdas. Carla los miró con curiosidad, notando lo polvorientas que estaban sus prendas por haber estado jugando afuera entre el polvillo que el viento arrastraba desde la costa.
—Niños —suspiró—. Ya les he dicho que no deben jugar en el suelo. Esta época es muy sucia y me da más trabajo del normal.
—¡Ah, mamá! —se quejó Eren. Sus grandes ojos aguamarina se vieron fastidiados.
Mikasa, por su parte, se mantenía cerca de él como si temiera que saliera corriendo y la dejara atrás. Debían estar haciendo carreras de un lado para otro.
—Ya va a ser pronto hora de la cena. ¿Por qué no van a asearse?
—Está bien —respondió Eren, entre rezongadas.
—Grisha, ¿por qué no vas a prepararles el baño?
—Lo siento, cariño. Tengo una cirugía en una hora y debo estar en el hospital mucho antes para evaluar al paciente. Quizás Kenny pueda ayudarte con eso.
El aludido observó a Grisha con desconcierto, mientras de volvía hacia Carla que lucía una mirada de borrego degollado.
—¿Lo haría, Ken?
Y él, simplemente, no podía negársele. Además, se trataba también del aseo de su propia hija, que estaba llena de tierra de pies a cabeza, junto al vestido que Carla le había regalado tras su llegada.
—Claro. Vengan niños.
Kenny comandó el recorrido por las escaleras hasta llegar al pasillo. Él les dijo que iba a encargarse de llenar la tina del baño mientras ellos se alistaban.
Mikasa fue a su cuarto. Sacó del armario las toallas limpias que usaba para ella, procediendo a desvestirse y enrollarse en estas. Al salir de su habitación con sus sandalias para baño, notó a Eren en el pasillo, también envuelto en una toalla.
No era la primera vez que iban a darse un baño juntos. Desde la llegada de los Ackerman, Carla quería hacer de cuenta de que los niños eran tan allegados al otro que parecían hermanos. Y como tal, no debía haber problema alguno en que estos tomaran un inocente baño de burbujas al mismo tiempo.
Eren rió, salpicando a Mikasa con el agua, mientras ésta se estrujaba los ojos y no paraba de reír cuando su padre hizo una especie de sombrero con su propio cabello y el shampoo frutal que le había puesto. Al poco rato, Eren también quiso «un sombrero como el de Mimi», y Kenny tuvo que responder por sus plegarias.
Y entre juegos sobre que uno era un tiburón que iba a comerse a dos inocentes barcos de juguete que flotaban sobre el agua, mientras que una princesa sirena mágica los salvaba de la perdición, Kenny por fin pudo suspirar al ver a los niños en buenas condiciones, completamente limpios y libres del polvillo que arrastró la costa.
•
—Entonces, ¿tienes que irte?
La mirada brillante de obsidiana se apagó. Solo las lágrimas que se agolparon luego le devolvieron un poco de su luz opaca.
Kenny apretó los pequeños hombros de la niña intentando darle consuelo en su decaimiento. Sabía que a ella le dolía, pero inevitablemente a él le dolía más, porque tenía razones para dejarla ahí y no llevársela. Unas razones que le carcomían.
A la mañana siguiente, él había partido. Se había sentido tan triste y sola las siguientes horas que ni siquiera jugar con Eren le bastaba. Él incluso la había acompañado en su tristeza, pues no le gustaba verla mal. Ni siquiera porque Carla preparara el platillo más rico que en su vida había probado, ni porque Grisha los hubiera invitado al cine y luego a comer helado, lograba animarse.
La tercera noche tras la ida de su padre, se había despertado en medio de la madrugada llorando. Tuvo un sueño con su padre, que le decía que nunca iba a regresar, que la había abandonado, que la odiaba y solo quería deshacerse de ella. Mikasa solo alcanzó a bajar las escaleras de la casa y posarse sobre la ventana hacia el patio hasta que escuchó otros pasos siguiéndola por detrás.
Era Carla. Llevaba puesta una bata de dormir que le rozaba las rodillas, su cabello estaba suelto y su semblante cálido de siempre se había descompuesto en la preocupación desde que su padre se había ido y ella solo se deprimía.
Se acercó a ella, arrastrando una silla hacia la ventana en la que se sentó, invitando a la niña hacia su regazo. Mikasa obedeció, mientras Carla señaló el cielo que se extendía frente a ambas, haciéndola observarlo. Carla la tenía abrazada mientras acariciaba su cabello negro con suma delicadeza, como si se tratase de una vieja muñeca que temiera romper. Solo eso la había hecho dejar de llorar.
—No te preocupes —decía Carla. Su dulce tacto la estaba haciendo dormitar, y solo esas palabras recordaba antes de dormir sin tener pesadillas—. Todo va a estar bien.
Pasó un mes entero solo recibiendo llamadas de su padre. Antes habían sido constantes, luego comenzó a llamar los fines de semana, y casi nunca era ella la que hablaba con él sino los adultos con los que ahora vivía. Sabía que a ellos les contaba de sus cosas, pero a ella solo la saludaba, le decía constantes «te quiero» y pocos «estaré de vuelta pronto». Con cada día que pasaba, más rara escuchaba su voz, como si envejeciera diez años cada vez que hablaban.
Al final de ese mes, una nueva llamada resonó en la casa. Mikasa había esperado ansiosa el fin de semana. Se sentía ansiosa, esperando a que el teléfono sonara para ser ella quien atendiera las llamadas. Ya habían recibido otras cuantas de las que ninguna era de su padre, y cuando atendió esta nueva, creyó que tampoco era la excepción al escuchar la voz que se dirigía a ella.
—¿Se encuentra Grisha Jaeger?
Cuando le pasó la llamada al padre de Eren, la expresión que éste puso no pudo ser peor. Algo no estaba bien, eso era seguro; quizás se trataba de alguno de sus pacientes, ya que Grisha era un doctor reconocido en el pueblo. No tardó en colgar, y mientras Carla se apareció por detrás preguntando qué había pasado, la bomba fue lanzada.
—Mikasa, se trata de tu padre.
Ya no quería oír más.
—Él… pues, estaba muy enfermo.
Ya no le importaba nada.
—Y no pudo resistir. Lo sient—
Y no quiso seguir allí, no pudo hacerlo. Sus piernas, que habían flaqueado en un principio, tomaron la energía suficiente para impulsarla lejos por las escaleras.
No tardó en llegar a su cuarto y encerrarse en él, abrazando sus sábanas al acostarse en la cama. El primer sollozo fue emitido, y con él vinieron otros cuantos más. Desde el otro lado de la puerta, la voz desinteresada de Eren se escuchaba, llamándola para jugar en el patio. Sus insistencias se detuvieron en un momento repentino; pensaría que seguramente se había cansado de estarla invitando, pero las voces de Carla y Grisha se escucharon de fondo, dándole explicaciones al niño sobre lo ocurrido.
Solo pasó un día más. Los cuatro fueron al Distrito de Trost, donde su padre había estado en sus últimos momentos de vida. Mikasa se preguntaba qué habría estado haciendo ahí, si acaso llevó un control de su enfermedad con algún médico reconocido del distrito, pero de eso no se enteró. Todo lo que tenía que haberse sabido sobre Kenny Ackerman, había quedado en la memoria de Grisha cuando pidió la custodia posteriormente y no tuvo que dejarla a merced de agentes de servicios sociales.
Durante el funeral, apenas reconoció a la mayoría. Se la pasó todo el rato abrazada de Carla, mientras Eren dormitaba en su propio asiento, quejándose en silencio de lo aburrido y abrumador que era estar ahí. Mikasa no lo culpó, se sentía igual o peor estando allí nada más que recibiendo los consuelos de personas que quizás jamás volvería a ver en su vida. Amigos de su padre, amigos que había dejado atrás y que con ella tendrían caridades al principio para después olvidarse de que siquiera existía una hija de Kenny Ackerman.
Y con lágrimas en los ojos, solo deseaba que con los Jaeger no ocurriera eso.
Esa tarde llovía. En las afueras de la funeraria, podía distinguirse la silueta de una niña desaliñada con un paraguas observando hacia el interior. Después de unos minutos, pareció haber saciado su curiosidad y se alejó del lugar, al igual que todo aquel que había ido por compromiso. Incluso Carla la había dejado sobre la silla frente al ataúd, mientras Grisha pedía disculpas ante ella con su teléfono en manos; parecía que tenía una urgente operación qué atender en el hospital, que ni siquiera el trágico momento de la actualidad podía detenerlo.
Sintió un peso en su hombro. Era Eren, que seguía dormitando, cansado quizás de todo el ajetreo que se les acababa de venir encima. Buscando más comodidad, se acunó mejor en el hueco entre el hombro y el cuello, con la esperanza de que sus padres vinieran pronto para irse. Mikasa, por más que le molestara su peso encima, lo dejó estar solo para no sentirse más sola y miserable de lo que ya hacía.
Ese fue solo un entonces. La gente a su alrededor velaba por ella, la cuidaba, la quería, le tenían lástima por el suceso con su padre, pero ella todavía se sentía sola.
•
La noche del entierro de su padre, Mikasa apenas pudo dormir. Las pesadillas habían vuelto, y ella ya no tenía otro consuelo más que Dinosaurio, su peluche. No quería levantarse de la cama, no quería ir corriendo al cuarto de mamá Carla y papá Grisha a llorarles, solo quería… solo quería a su papá, a su papá Kenny de vuelta. Que saliera del ataúd en el que estaba y viniera a darle un abrazo.
Solo eso pedía, un abrazo de su padre. Nada más.
Los sollozos callados y ahogados en lo profundo de su corazón impidieron que durmiera las próximas horas. Se mantenía abrazada a Dinosaurio, con la cara pegada en la almohada, cuando sintió la puerta de su habitación ser abierta y cerrada poco después. Mikasa intentó hacerse la dormida, no queriendo que se tratara de mamá Carla preocupada una vez más por ella; no quería preocuparla otra vez, ella también necesitaba descansar incluso más que ella misma, pues mamá Carla había estado velando no solo por ella, sino también por Eren.
Cerró los ojos, aunque al tener la cara contra la almohada hacía que no se notara demasiado. Sintió unos pasos cerca, y luego el hundimiento del colchón de su cama, misma que había compartido con su padre hasta el día de su partida. Mikasa no se movió ni un ápice, y entonces sintió una voz en su oído, llamándola.
—Mimi, sé que estás despierta.
Mikasa abrió los ojos, indispuesta a seguir engañándose y engañando a Eren, su hermano. A esas alturas, él la conocía mejor que nadie, él era su único amigo aparte de Dinosaurio y sus otras muñecas. Ya su padre no estaba con ella.
Tomó solo un momento girarse para quedar con la cara al techo, antes de que las lágrimas inundaran en el interior de sus ojos amenazando con salir de estos. Ya no pudo reprimir más los sollozos, Eren la había escuchado, estaba ahí con ella; solo le quedaba no hacer un escándalo para no despertar y preocupar a papá y mamá Jaeger.
Eren se acercó a ella, acurrucándose mejor en la cama y entre las sábanas. Uno de sus brazos la rodeó, mientras que el otro jugaba con las hebras negras de su cabello y la intentaba calmar. Mikasa se volvió a girar para dar de frente con él; Eren la abrazó, poniendo una de sus mano en su espalda y la otra de vuelta en su pelo. Entre ellos, Dinosaurio se hallaba casi asfixiado, soportando la humedad de las lágrimas de su dueña.
Esa noche, durmieron así. A Carla y a Grisha les sorprendió encontrarlos al día siguiente de esa forma, pero los dejaron estar; sabían que Mikasa no estaba pasando por el mejor momento de su vida. Hubo otras noches que también durmieron de la misma forma, con el fin de confortar a su hermana. Luego, con el paso del tiempo, se volvió una divertida costumbre que tenían a veces, donde Eren iba al cuarto de su hermana, contaban historias, jugaban en medio de la noche, se ponían a hablar, y luego dormían y despertaban en los brazos del otro.
•
Pasó poco más de un año desde su llegada, cuando Mikasa comenzó a asistir a la primaria de Shiganshina junto a Eren, demostrando ser una niña inteligente y disciplinada. En la escuela no asistían muchos niños, ya que era un pueblo pequeño y la mayoría de las personas que vivían en él ya eran adultos y ancianos, por lo que Mikasa solo se la pasaba junto a Eren. Pasaron tres años, respectivamente, y Eren y Mikasa iban para nueve años en febrero y marzo. Carla sentía que conocía a la niña de toda la vida; incluso había aprendido ciertas cosas de ella y la relación fraternal que tenía con su hijo.
Los niños se llevaban muy bien, desde que Mikasa llegó a Shiganshina así era. Sin embargo, Carla notaba que quizás Mikasa viera a Eren como el único amigo y quizás el primero en su vida, algo que no estaba mal, pero que tampoco estaba bien. Eren tampoco se relacionaba demasiado en la escuela; era muy obstinado. Pero Mikasa más bien era solitaria, callada e incluso hasta llegaría a ser manipulable en un futuro, si no empezaba a guardar más relaciones con otros niños pronto.
Mikasa se dejaba llevar por todo lo que Eren hacía o decía que hicieran, y Carla podía notarlo cuando llegaban a casa de la escuela y se dedicaban a jugar en una tienda improvisada con una sábana y el palo de su escoba, donde contaban historias —no, donde Eren las contaba.
Si tan solo pudiesen tener la oportunidad de brindarles un mejor ambiente donde vivir y convivir. Shiganshina se estaba volviendo un viejo pueblito, en el que solo habitaban ahora muchos ancianos que se habían criado ahí, y donde los pocos niños que habían pronto se iban a otras partes porque sus padres querían darles mejor vida. Carla amaba Shiganshina, allí se había criado, peor no negaba que tenía ganas de irse y llevarse a su familia con ella.
Adónde. He ahí el problema. Carla era ama de casa, no trabajaba más que para brindarle calor a su hogar. En sus tiempos, antes de Eren, cuando eran solo ella, Kenny y Grisha un trío amistoso muy unido, ella trabajaba en un bar; de ahí hacía algunos años, todavía eran adolescentes y tenían sueños y metas. Solo Grisha y Kenny lograron salir adelante como se les antojó. Pero ella se había quedado con Grisha, mientras Kenny pasó por tanto hasta llegar a la nada.
Pero no iba a quedarse atrás y deprimirse por nada. Grisha era médico del hospital local, podía pedir un traslado a cualquier sitio lejos de Shiganshina y se lo darían. Confiaba en eso. Su cuñado Hannes incluso podía ayudarles a conseguir casa en algún lugar.
En medio de la tranquilidad, en espera de Grisha, Carla se hallaba en la cocina preparando el almuerzo. Eren y Mikasa estaban en la sala, viendo lo que pasaban por la televisión. Desde la ventana, distinguió a dos gorriones posarse sobre la rama del árbol vecino. La bocina débil de un auto en la entrada de la casa, hizo que los pajarillos se alzaran en vuelo otra vez.
—Hay alguien afuera —dijo la niña. En sus piernas, tenía una muñeca, mientras que Eren cargaba su oso de peluche, el mismo con el que habían jugado todo este tiempo.
Por la reciente curiosidad, Carla decidió ir a ver de quién se trataba. Se aproximó hasta el pórtico de la casa, sin darse cuenta que los niños la seguían por detrás entre risitas. El auto que recientemente se había escuchado, no estaba exactamente frente a su porche, sino en el de al lado.
Un anciano salió de la casa para recibir a un joven niño rubio, aproximadamente de la misma edad que Eren y Mikasa. Carla dibujó una sonrisa radiante en su rostro al reconocerlo, acercándose para saludar al vecino.
—¡Sr. Arlert! —exclamó la mujer, abrazando al anciano—. Tanto tiempo sin verlo.
—La ciudad consume a uno, hija —se quejó el viejo, quitándose el sombrero de la cabeza—. Por esa razón me vine. Estos viejos huesos no aguantaban más el ajetreo de Trost.
Una punzada fugaz se presentó en la boca del estómago de Mikasa al escuchar el nombramiento del distrito que su padre vio por última vez. La sonrisa que había mantenido en todo el rato, se eclipsó por una apagada expresión.
—¿Y este pequeñín es su nieto, Sr. Arlert? —Carla se acercó hacia el niño que se encontraba detrás del viejo, sonriendo amablemente.
El Sr. Arlert puso una mano sobre la cabeza rubia del niño, siendo una escena bastante familiar si Mikasa hubiese prestado más atención a ella en lugar de estar inmersa en sus pensamientos sobre su padre. Pudo haber hecho comparaciones sobre el momento en que conoció a Eren y se portó exactamente igual con ella; tiempo en el que su padre la acompañaba, en que la había traído a ese lugar.
—Así es, viene de visita. Armin, saluda a la vecina.
El pobre chico solo pudo ocultarse más.
—Discúlpalo, es un poco tímido. Le he contado sobre tu hijo en el tiempo que estuve en Trost, que tienen la misma edad, y estuvo muy ansioso por conocerlo en todo el viaje.
—Pues Eren estaría muy contento por conocerlo y hacerse amigos, ¿verdad, Eren? —preguntó Carla hacia su hijo, tras ella.
El anciano observó por detrás de Carla a los retoños.
—¿Éste es Eren? —inquirió, acercándose al niño, quien lo observó curioso con sus ojos de gato—. Pero mira cuánto ha crecido desde la última vez que lo vi. ¿Y qué hay de ti, pequeña?
Carla posó una mano sobre la cabeza de Mikasa, haciendo que la niña levantara la mirada del suelo para observar al anciano. Tenía unos ojos azules como el mar que lucían simpáticos, haciendo que su sonrisa volviera.
—Ella es mi hija, Mikasa.
—Oh, no sabía que tenías una hija, Carla.
La expresión de la mujer se convirtió en una incómoda, buscando las palabras adecuadas para excusarse. Estuvo a punto de decir que iría de vuelta a atender el almuerzo que se estaba cocinando, cuando entonces el niño rubio, detrás del anciano, asomó la cabeza ante el nombramiento de la niña.
Mikasa y él entrecruzaron miradas, notando ella cuán grandes y curiosos se veían sus ojos azules y cuán hundidos e inexpresivos estaban los de ella.
—Mikasa. Es un nombre muy bonito —susurró el niño, pero sus palabras llegaron a los oídos de los presentes.
Las mejillas de la niña se tiñeron de rosa, sin saber expresar la gratitud entre las palabras muertas en su garganta. De un momento a otro, Eren se puso por delante de ella, en medio de ambos niños, como de manera protectora.
—Yo le digo Mimi, pero solo yo puedo hacerlo.
Armin asintió, sus mejillas también se habían coloreado de rosa por haber dejado la timidez detrás.
Con el paso de los días, los tres se volvieron inseparables. Armin solo se quedó el fin de semana, pero en poco tiempo, Eren y él habían creado un lazo que tal vez fuese imposible de separar a la larga, mientras que Mikasa solo los acompañaba siempre, con el pretexto de no sentirse sola con sus muñecas.
•
El sol que entraba por la ventana, alumbró el rostro sorprendido de Carla. Dejó caer el paño de cocina sobre una de las encimeras, mientras sus manos se elevaron hacia la boca, como si intentara cerrarla luego de un momento de impresión.
—Me aprobaron el traslado.
—¿Nos mudaremos?
Grisha conservaba una sonrisa emocionada en su rostro, mientras su maletín de médico era dejado caer sobre uno de los muebles del comedor.
—Así es. A Trost.
Carla dio un pequeño salto seguido de un grito, antes de correr a los brazos de su esposo. La emoción se enmarcó en su sonrisa desplegada, sin poder terminar de creerse la gran noticia que acababa de recibir. A decir verdad, amaba su pueblo, pero Shiganshina era pequeño. Solo había una escuela primaria y una secundaria, ninguna universidad; las más cercanas se dirigían hacia María, la ciudad costera, junto a todas las oportunidades de seguir adelante.
Y Carla pensaba en sus hijos, sus dos hijos. Quería un buen futuro para ellos, quería que progresaran, que conocieran más niños e hicieran amigos. Ahí estaba Armin, el nieto del Sr. Arlert; Carla ya anticipaba su encuentro. La primera vez que Armin llegó al pueblo de visita, se hizo amigo de Eren y de Mikasa, no dudaba que la amistad progresaría una vez estuvieran en Trost.
Solo que, al momento de decirles la gran noticia a los niños, Mikasa se vio afectada. Y no era para menos, en su opinión. Trost era la ciudad donde Kenny había estado por última vez, atendiendo asuntos que solo a él le incumbían, hospitalizado en una clínica que atendiera su enfermedad, hasta que terminó por padecer de ésta.
Sabía que era duro para una niña pequeña todo eso, pero mamá Carla confiaba. Tenía fe en que todo iba a salir bien, que era la mejor decisión que pudo tomar en años. Eren y Mikasa apenas tenían nueve años y sabía que les iba a costar mucho al principio poder relacionarse, al no estar acostumbrados a estar en un ambiente donde hubiese más niños, más personas y más sitios para ir. Y aunque Trost no fuese un distrito grande —Carla lo conocía, había estado ahí en un par de ocasiones con Kenny hace muchos años—, sabía que era lo suficientemente cómodo y que tenía mayores oportunidades para su familia.
Pronto, el día esperado llegó. Ya para entonces, habían alquilado un apartamento céntrico, cercano a la escuela donde habían inscrito a los niños, que el tío Hannes les había conseguido. Papá Grisha había llamado una mudanza de María, el sitio más cercano a la villa —porque en Shiganshina no había camiones de mudanza—, y cargaron ésta con los muebles que se llevarían. Unos cuantos vejestorios se quedaron en su ahora antigua casa.
Sus padres, Grisha y Carla, acordaron irse por delante, dejando a los niños a merced del tío Hannes, que había ido con ese fin después del decreto de su hermano. Las razones eran simples, no tenían automóvil propio. Prefirieron irse ellos con la mudanza, adelantarse a arreglar la estancia, y que luego los niños se fuesen con su tío Hannes.
La mudanza se retrasó. Se hizo de noche entonces y la lluvia de verano se hizo presente para la época. Carla y Grisha sabían que el viaje sería agotador y que posiblemente tardarían más de lo esperado, pero era ahora o nunca, no podían posponer la mudanza o les saldría más costosa.
Y Mikasa, a merced de Hannes y acompañada por Eren, tenía un mal presentimiento.
Lo siguiente que supo, fue en la comisaría local. Tío Hannes se los había llevado cuatro horas después de que papá Grisha y mamá Carla habían partido. El viaje era de cuatro horas, y con la lluvia podía ser hasta de cuatro y media o cinco, así que había ciertas probabilidades de que no estuvieran exactamente en Trost, sino en las vías. Y en dichas vías, la inocente lluvia de verano era más una tormenta imparable.
Mikasa que se hallaba asustada e insegura, al escuchar el teléfono del tío Hannes y que éste pusiera una expresión de desconcierto y se los llevara directo a la comisaría, donde estuvo más de treinta minutos hablando con otros oficiales, no sabía cómo sentirse más que desesperada. Eren estaba más calmado, interesado en los oficiales, las armas que llevaban sujetas en sus caderas, pero a la vez aburrido; los niños se fastidiaban rápido, de todos modos.
Ya estaba empezando a pensar que todo estaba en su mente. Quizás no vio la mirada de sorpresa de Hannes cuando colgó el teléfono, quizás solo conducía rápido a la comisaría porque el jefe de la policía militar local lo requería ahí pronto, quizás solo estaba tardando demasiado porque… los adultos tardaban para todo. Sí, quizás todo era paranoia; nada malo pasaba.
Entonces Eren se puso de pie; tío Hannes lo había llamado, llevándoselo dentro de una cabina de vidrio. Mikasa había visto en películas que en esas cabinas interrogaban a los acusados y sospechosos de crimen. No era una imagen demasiado cautivadora la que tenía al alcance del reojo, porque ni siquiera se atrevía a ver. Tenía las manos frías de los nervios, esperando que no sucediera nada malo, que realmente todo fuesen simples paranoias, que el simple hecho de que Trost era la ciudad donde su padre había muerto no tuviese nada que ver. No quería que nada malo les pasase a sus padres de acogida, ellos no lo merecían; nadie lo merecía.
La puerta de la cabina de repente se abrió y Mikasa rápidamente se giró para verlos. Hannes iba detrás de Eren, con una mano puesta sobre su hombro; su hermano mantenía la cabeza gacha, igual que como entró, pues tenía sueño.
Se sentó duramente a un lado suyo, silenciosamente. Mikasa lo observó de reojo, pero toda la maraña de cabello marrón le cubría la mitad del rostro y no podía detallar nada. Hannes soltó un suspiro, un pesado suspiro; luego, se agachó frente a ellos dos, poniendo sus manos sobre las rodillas de ella y Eren.
Tenía nauseas.
Quería vomitar.
—Mikasa… —inició, aclarándose la garganta. Su voz había sonado ronca, vacía, como si hubiese estado gritando antes o… llorando—. Esto va a ser muy duro.
"Por favor, no", rogaba en su mente. "Di que no, di que no. Di que me equivoqué".
—A partir de ahora, solo seremos nosotros.
Claro que iban a ser ellos solamente. Es decir, papá Grisha y mamá Carla se habían adelantado el recorrido y ahora solo quedaban Eren, tío Hannes y ella que se irían luego. No pasaba nada malo, nada malo, no. Solo eso, sí. Solo eso y ya. Nada más.
¿Entonces por qué estaba llorando? ¿Por qué sus lágrimas salieron si solo estaba diciéndole lo evidente, que les tocaría viajar solos? ¿Por qué Eren se removía a su lado como si temblara? ¿Por qué Hannes la miraba de esa forma tan lastimera, acaso se compadecía de ella? Eso es, se compadecía de ella, de que viajarían a Trost, la ciudad que de solo escucharla le traía malos recuerdos. Era eso, era eso, era eso.
Hannes apretó su rodilla, y notó que también hizo lo mismo con la Eren. Bajó la mirada al suelo, se veía derrotado, cansado y triste. ¿Pero por qué? No ocurría nada malo, todo estaba bien.
Con el primer sollozo de su tío, Eren buscó su propia mano y ella dejó que la apretara con todo y la rudeza propia de él. Mikasa fue la siguiente que lloró, y después de un rato, su tío fue capaz de decirle lo que había ocurrido.
Ojalá nunca lo hubiese escuchado. Fue el golpe más duro que recibió luego de cuatro años compartiendo con esa familia, con su familia.
Grisha y Carla habían muerto. Su padre de acogida y su madre, la única madre que conoció, murieron. Sufrieron un horrible accidente en la vía de Trost, casi a veinte minutos de pisar el suelo del distrito. Hannes no les contó detalles, pero Mikasa inconscientemente escuchó de otros oficiales que murmuraban a su alrededor cuestiones sobre que el camión se había volcado porque la lluvia era tan fuerte que lo hizo resbalar y casi chocar con otro auto, y cosas horribles sobre desmembramientos traumáticos que provocaron muerte instantánea…
Mikasa temblaba de solo imaginárselo. Y con sus temblores venían los sollozos imparables, y más atrás, era Eren quien la reconfortaba apretándola de la mano, intentando contener él todo el horror y el dolor que realmente debía sentir. De todos modos, fueron sus padres primero, pasó más tiempo con ellos.
La siguiente noche la pasó horrible. Su habitación estaba a un lado de la de Eren, y desde ahí podía oír todo. Podía escuchar cómo Eren hipeaba y sollozaba entre las sábanas y almohadas, intentando no ser escuchado. Estaba botando todo lo contenido, y ella lo entendía, demasiado bien. Había pasado por eso, y el dolor era tan fuerte que martilleaba, y jamás se superaría, jamás. Podía atenuarlo y disminuirlo, pero siempre el recuerdo de lo pasado, el recuerdo del dolor y del llanto, iba a quedar grabado.
Esa fue la segunda fisura en su corazón. No había dolido tanto como la primera, porque a pesar de que cada vez se sintiera más sola en el mundo, Eren estaba ahí, acompañándola.
Luego de los procesos funerarios y de un tiempo que pasaron solos con su tío, la próxima decisión que tomó tío Hannes, su ahora representante legal, fue llevárselos de Shiganshina, como había sido la última voluntad de Grisha y Carla. Hannes vivía en un departamento individual en Trost, pero decidió trasladar su condominio al departamento que su hermano había alquilado en Trost.
El proceso de mudanza no tuvo demasiado protocolo. Hannes, al ser un oficial de la policía militar, no le costó pedir traslado a Trost e instalarse ahí al menos por un tiempo. Por la mueblería no tuvieron que preocuparse, Hannes se trajo todos sus cachivaches de Stohess. El departamento en el que ahora vivían, solo tenía dos cuartos, y en uno dormía su tío; ni a Mikasa ni a Eren les importó compartir habitación, de todos modos, cuando eran más pequeños solían hacerlo y no resultaba para nada incómodo.
Al principio, Grisha tenía pensado que vivirían en ese pequeño departamento por un tiempo, hasta que se restableciese en el trabajo y ahorrase lo suficiente como para costear un lugar más amplio o una casa. Así Eren y Mikasa volverían a tener privacidad.
Ese primer año, hasta que cumplieron diez años, fue bueno.
Iniciaron la escuela, se hallaron en el mismo salón que Armin, el nieto de su vecino en Shiganshina. Eren, Armin y ella ya habían sido inseparables desde que se conocieron, acá no era distinto. Armin seguía siendo el mismo niño tímido que habían conocido en Shiganshina, pero estando en Trost y en el mismo curso rodeado de sus compañeros, parecía tener más soltura. A Eren no le costó pronto hacer otras amistades; los chicos Reiner y Bertholdt se la pasaban juntos, y de vez en cuando Eren se incluía en sus planes o él los incluía a ellos en los planes que tenía con Armin y ella misma.
No era siempre así, a pesar de todo. Reiner y Bertholdt eran un poco extraños, y siempre eran ellos para todo. A Mikasa le recordaba ser así con Eren en sus tiempos en Shiganshina, no se separaban nunca.
Y ahora mucho menos lo hacían. En los inicios, a la hora de dormir siempre había melancolía en el rostro de Eren, y Mikasa entendía por qué. Sabía que todo el asunto de sus padres, de la mudanza y de los cambios le estaban afectando. Pero nunca lo escuchó o lo sintió llorar luego de haberlo hecho la primera noche sin Grisha y Carla. No sabía si Eren estaba conteniéndose o realmente no tenía nada más para lamentarse.
Luego, volvieron a lo mismo. Eren contaba historias espeluznantes que la asustaban tanto hasta el punto en que no podía dormir en toda la noche. Él se burlaba de eso, y al final terminaba confortándola y asegurándole que todo eran solo mentiras.
A veces jugaban. Quién contaba más rápido hasta el mil; ella siempre ganaba, mientras que Eren se quedaba dormido en el ochocientos y tanto. Tomaban sus muñecas y creaban historias raras entre ellos hasta cansarse. Jugaban a espiar al tío Hannes dormido y grabar sus ronquidos —una misión imposible, puesto que nunca pudieron capturar el mejor momento en el que lo hacía. Habían veces que solo se quedaban despiertos hasta el amanecer, nada más que hablando de cualquier cosa, así hacían los hermanos.
Al siguiente año, hasta los once, todo fue medianamente igual. Eren ahora se juntaba demasiado con los chicos y hacía planes con ellos que no la incumbían siempre; se había vuelto amigo de otros chicos, como Connie y Jean. Pero de éste último solo lo fue por poco tiempo, pues pronto vinieron a tener peleas y riñas porque al parecer a Jean le gustaba ella y Eren no quería que se le acercara.
La herida comenzó a abrirse poco a poco. Tras cumplir once años, Hannes recibió una gran noticia. Iba a ser ascendido a rango militar en la milicia del Estado. Hannes estaba inseguro al principio, y conversó con ellos muchas veces sobre eso. Al final, él aceptó el ascenso, pues iba a ganar mejor y podía ocuparse mejor del cuidado de sus sobrinos. El único problema, no iba a estar presente la gran parte del tiempo con ellos, pues su trabajo ahora lo haría viajar de un lado a otro; nunca permanecería mucho tiempo en el mismo lugar.
Eren y Mikasa habían madurado de acuerdo a las circunstancias. Ya antes, después de la muerte de Grisha y Carla, les tocó ocuparse un poco de sí mismos, pero era diferente, estaba Hannes. Ahora dormían en cuartos separados; Eren se adueñó de la habitación que era de Hannes, dejándole a Mikasa la otra habitación.
Ya no jugaban en la noche.
—Somos niños grandes ahora. No es preciso jugar con muñecas —había dicho Eren una vez.
Ya no dormían juntos, los rollos de la pubertad habían vuelto la cercanía un tanto extraña, hasta incómoda.
Ya no la llamaba «Mimi». Hace tiempo que había dejado la costumbre, después de la muerte de mamá y papá, Carla y Grisha. Solo cuando estaba molesto o fastidiado, la llamaba por su nombre; ya desde la mitad de los diez, comenzó a decirle de tal forma para todo.
Eren siguió haciendo planes con sus amigos y de vez en cuando ella participaba en estos.
Ahora todo el tiempo que compartían juntos en casa, lo aprovechaban viendo películas, series, hablando sobre clases, estudiando, pasándola con Armin y a veces con los otros.
Todo eso hasta antes de los dieciséis, cuando Eren decidió ingresar al equipo de fútbol junto a sus amigos y olvidarse de que tenía hermana.
Para entonces, la herida estaba abierta, pero por alguna razón, no sangraba. La soledad comenzó a reflejarse más, a sentirse más, a ahogarla más. Ya no era solo Eren quien tenía planes, Armin, su único amigo después que su hermano, también los tenía. Mikasa no llevaba buena relación con Reiner y Bertholdt, incluso le caían un poco pesado, sobre todo Reiner. Con Connie no vino a tener cierto apego hasta que se unió a Sasha, la compañera que siempre observó desde lejos estar con sus amigos. Y Annie Leonhartd, nunca la aceptó cuando quiso hablar con ella en su primer año en Trost.
Siempre le costó relacionarse. ¿Pero a quién culpaba? ¿A las montañas en las que vivió hasta los cinco años? ¿Al pueblo cuchitril en el que vivió hasta los nueve? ¿A Eren y su distanciamiento? No, la única culpable era ella misma.
Que era demasiado vulnerable, que tenía demasiado miedo de acercarse a alguien y que éste se alejara, al igual que todos los seres a los que había amado tanto y se fueron.
Kenny. Carla. Grisha. Hannes… y ahora Eren.
Y por mucho tiempo, estuvo consciente de que solo le quedaba Eren y nadie más. Su hermano, su única familia, y no quería perderlo. Ni siquiera por unos caprichosos sentimientos que vinieron después, cuando la soledad la hizo extrañar, cuando el extrañar la desesperó, y cuando el desespero tomó un alma y ahora éste se triplicaba al recibir mensajes de texto de un número desconocido.
Y quizás, solo quizás, en el fondo le agradaba recibir atención.
Luego vino el arrepentimiento.
Y aquí es donde estamos.
•
«¿Alguna vez te has sentido solo?
No lo creo, le estoy hablando textualmente a un cuadernillo, pero eso fue lo mejor que se me ocurrió para empezar esta entrada de una manera menos patética.
Me llamo Mikasa. No tengo idea de por qué me pusieron ese nombre, según papá testifica me lo puso porque le recordaba a mi madre. Es de origen asiático, no sé qué significa, pero es así mismo como se lee. Mikasa Ackerman.
Una estudiante ordinaria de primer año de preparatoria y 16 años cumplidos hace un mes.
*tachaduras*.
Inicialmente no quería hacer esto, tenía mis dudas al respecto. ¿Cómo escribiendo podría saciarme de mis inquietudes? Pero pronto me vi siendo convencida por mis compañeras. Una de ellas halagó mi buena redacción, gracias, Sasha.
A todas estas, no puedo creer que el verdadero impulso que me llevó a tomar el bolígrafo y llenar estas páginas de mi cuadernillo hubiera sido rehuir de la soledad. ¿Que si me siento sola? Absolutamente. Y esto no hace más que demostrarme lo desesperada que estoy por dejar de sentir tanto vacío desde que Eren inició en el equipo de fútbol, hacer de mis tardes menos aburridas y poder hablar con alguien libremente de todo y de nada a la vez.
Sé que tengo personas cercanas que me apoyan, a pesar de todo. Mi tío Hannes, quien viaja alrededor del mundo debido a su trabajo; sin él no estaría aquí donde estoy, le agradezco tanto lo que hace por mí y Eren. Armin, nuestro mejor amigo, nuestro primer guía por la ciudad y apoyo incondicional. Y, a quien ya he mencionado antes, Eren, mi hermano.
Mi letra es grande y las hojas son pequeñas. Siento como si hubiera acabado de escribir el capítulo entero de una novela, pero apenas he contado pocas cosas respecto a mí. Todo esto con el fin de hallarme a mí misma en paz.
*tachaduras*. No sé si sentirme patética por escribir esta entrada.
¿Estaré hablando con alguien más que no sea yo misma?
Vaya forma de empezar con esto. ¿Acaso alguna vez la soledad va a dejarme en paz y seré libre? ¿Acaso alguna vez podré hablar realmente con alguien que sí me responda a lo que acoto, sin temor a ello? No lo sé.
Ya se han vuelto dos hojas, diablos. Creo que aquí acabará.
Gracias una vez más por deprimirme, soledad.
Despreciándote, Mikasa Ackerman».
Editado el 21/07/2017.
El muy puto capítulo prometía ser BASTANTE corto para mi gusto, aunque no lo crean. Por supuesto, en mi mente algo está mal, y es que cuando digo una cosa resulta ser lo contrario, buff ¬¬.
En primer lugar, LAMENTO HORRIBLEMENTE LA TARDANZA D: Tengo un millón de excusas, y la más importante de ellas es que la inspiración es una puta perra desgraciada, adúltera, floja y horrenda, Y LA ODIO :3. ME HIZO SUFRIR LA MUY MALDITA DESDE DICIEMBRE, aja, cuando les dije que no vendría por acá por un proyecto-que-tenía-que-hacer, pues adivinen, NI SIQUIERA ESO HICE. UUUUGGGHHH, LA MATO, LA MATO, LA MATO, LA MATO.
Y bieeeen, dejando a un lado mis dramas, centrémonos en este drama. Bien, no es secreto, no debe serlo, deben esperar que lo diga pero ODIO ESTE CAPÍTULO XDDDDDD. El que iba a ser corto, el que después quedó muy largo, el que me sacó la piedra hasta hoy… UFF. Se podría decir, entonces, que así inició la angustiante vida de Mikasa, y las razones propias de por qué es una solitaria, de por qué no quería con Eren y tals. Conocimos que es hija de (JBFKJSBKJFBSKJDBFKJDBKFBDKFBKJDBFKJBDKFJ) Kenny Ackerman, bc no tenía imaginación para ponerle un nombre a su verdadero padre en el canon original xD.
Y entre más aclaraciones sobre el pasado de Mikasa, que ya se venían viendo en algunos pequeños párrafos de los capítulos anteriores, hay algo aún más importante en este capítulo. Y, oh sí, el puto diario del primer capítulo, que solo tomó otros diecinueve para saber qué coño decía :3.
Sé que muchos piensan que el diario es la clave, otros piensas que no, otros creen que podría tener relación con algo que haga que descubramos quién es el extraño, así que ahí les dejé la pistilla que querían, ahora les toca analizarla, mis detectives.
En otras instancias, debo agradecerle HORRIBLEMENTE a mi imotto y twin, Maki, bc ella me ayudó y apoyó en todo el transcurso en el que la (ZORRA MALCOGIDA) inspiración me llegó. Btw, "Elastic heart" de Sia me sirvió enormemente como inspiración; oficialmente puedo decir que es la banda sonora de este capítulo.
Bien, chicos, ya saben que agradezco sus comentarios, seguimientos, favoritos, teorías conspiracionales sobre el extraño, complots contra mi adorable Sasha y demás. Me hacen el día, la noche y las madrugadas en vela leyendo Pinescest *—*. Espero estar por aquí pronto, a pesar de la poca fe que tienen en que cumpla lo prometido xD.
Los quiere, Ayu.
