21

Una Flor Ebria

El agujero negro se abrió en los campos florales y el Juez apareció con la pequeña Mir en sus brazos, inconsciente y con un enorme chichón sobre una ceja.

Akashíco salió del agujero colgada de la espalda de Gorm y sujetando una bolsita. Sherry se la pasó toda la tarde entretenida pegando cada pieza de la bolsita en su lugar con salvia; y un poco antes del alba, Akashíco ya estaba completa y reparada.

—Lo más irónico es que tardamos más tiempo en juntar tus piezas que en derrotar al enemigo —le reprochó el Juez, tomando sake del pico de su cantimplora.

Akashíco sonrió con algo de pena.

—Ahora que estoy en perfectas condiciones hay algo que tengo que hacer —dijo, señalando hacia la dirección por donde marcharía, y se le cayó el dedo índice.

Sherry se apresuró a tomarlo y a embadurnarlo con salvia para pagárselo a la mano de su oneesan otra vez.

—Ha, que bien se siente —dijo Akashíco—. Muchas gracias, Sherry-chan.

—¿Puedo ir contigo, oneesan?

—No lo se. Tengo que pedirle permiso a la flor negra. Ya sabes como se pone. A propósito, ¿dónde está?

Allí solo estaban Kolulu, refrescando el chichón de Mir, y Gorm sentado entre las flores mirando a las mariposas revolotear a su alrededor.

—¿No te acuerdas, oneesan? Dijo que iría a buscar a Albert. Albert es el mayordomo de mi casa.

—Ya recuerdo, si. Bueno, si volvemos antes que él, no se enterará de que nos fuimos.

Akashíco tomó a Sherry de la mano y el arnés de Baku de la otra, y el Juez le puso una mano en el hombro...

—¿A dónde crees que vas?

—Esto...

—Trae contigo más bebida, y cuida a tu hermana —le encomendó medio borracho, y dándose la vuelta se marchó por un sendero.

Cuando Brago regresó con el anciano mayordomo, el sol despuntaba en el horizonte y las raíces del Bosque volvían a entrelazarse en lo alto. Distraído por este suceso increíble, Albert mantuvo los ojos mirando hacia arriba y tropezó con el Juez, que estaba tirado en el suelo, con los brazos abiertos y el sombrero sobre la cara.

Sherry viajaba muy a gusto sobre el lomo de Baku-chan y a su lado su oneesan la acompañaba.

—Ya falta poco para salir del bosque —dijo Akashíco, con una sonrisa y acariciando la cabeza de Sherry.

Sherry era una buena y obediente niña, disfrutaba del encantador paseo, hasta que Brago cayó del cielo justo frente a ellas, con cara de pocos amigos.

—¡Akashíco!

—¡Wha, es decir, f-f-flor negra!

Brago la tomó de la muñeca y la arrastró de regreso por donde habían venido. Baku no tuvo más opción que dar la vuelta.

—Tienes que regresar a Sherry a la normalidad.

—Por supuesto, pero justo ahora estoy algo...¿No puede ser después?

Brago le apretó la muñeca con más fuerza.

—¡Ayayay! Tranquilo, ya. Oye, un momento —Akashíco plantó los pies en el suelo—. ¿Por qué debería hacer lo que me pides? Tratarás de quemar mi libro tan pronto como regrese a Sherry a la normalidad.

—Creí que estabas lo suficientemente demente como para obedecerme.

—Que grosero.

Brago la soltó. Mostró intenciones claras de que iba a arrojarse sobre ella como un animal feroz, pero, por el contrario, apoyó una mano por el tronco de un árbol y sus ojos se entornaron, como si tuviera sueño y cansancio.

—Estoy mareado —dijo, cubriendo sus ojos con el antebrazo. Apoyó la espalda por el tronco y se deslizó hasta caer sentado sobre la hierba.

—Sus mejillas están rojas —observó Sherry al acercarse con curiosidad—. Quizá tiene gripe.

Akashíco tocó la frente de Brago.

—No tiene fiebre. Estoy pensando que quizás este deshidratado. Pero no tiene sentido, Flor negra es muy resistente a los climas extremos. Vamos a tener que confirmarlo.

Akashíco chasqueó los dedos y Baku levantó una ventisca dentro de la cual desapareció.

Brago cabeceaba como si fuera a dormirse en cualquier momento, pero no se dormía. Se sentía realmente mal y fuera de sí. Hasta le parecía que Akashíco actuaba de una manera cuerda, y eso era imposible.

—Solo será un minuto —le dijo Akashíco, y se arrodilló a su lado para que Brago descansara su cabeza sobre su regazo.

Baku tardó segundos en llegar hasta donde se encontraba la flor negra: en un recoveco sombrío donde la luz del sol no llegaba, y entre rocas recubiertas de musgo. Allí estaba también la cantimplora del Juez volcada a su lado. Más que accidente, eso parecía premeditado por el Juez para que Brago no le impidiera a Akashíco salir del Bosque.

—Su Señoría obra de las más misteriosas formas —murmuró Akashíco.

A Sherry se le dio bien compartir su agua fresca con Brago de la cantimplora pequeña que le había regalado el Juez. Akashíco sostuvo las mejillas rosadas de Brago y le entreabrió los labios para que Sherry pudiera verter un poco del líquido dentro de su boca.

—Él ya no te causa miedo —comentó Akashíco, contenta.

—Es un poco malhumorado, pero no es malo. Yo descubrí que es muy gentil —dijo Sherry, recordando que Brago tenía la flor de su oneesan en el bolsillo—. ¿Crees que su flor está sedienta?

—Pues, definitivamente, es decir ¿qué otra cosa podría ser? —rio Akashíco con cierto nerviosismo.

Cuando Baku-chan volvió no había pasado ni un minuto desde que se había ido.

—Ahora bien, Sherry-chan, necesito que te quedes con la Flor negra. Has traído contigo el libro de conjuros, eres una niña muy sensata —le acarició la cabeza como premio y Sherry se sonrojó y sonrió—. Vas a tener que usar ese conjuro que has estado practicando con su Señoría. ¿Recuerdas de lo que estuvimos hablando durante nuestro paseo?

Sherry asintió, y luego, al ver que su oneesan no podía verla, agregó:

—Si. No lo he de olvidar.

Akashíco tomó entonces el arnés de Baku y ambos se desvanecieron como si fueran espejismos. Correr a la par de Baku demandaba ser tan rápido como él, o en este caso, lo suficiente como para que Baku no necesitase reducir demasiado su velocidad y aburrirse.