Capítulo 21- Lluvia

-Repítemelo otra vez – Le pidió, sorprendida por lo que acababa de llegar a sus oídos.

-¿Necesitas que te lo diga de nuevo? – Adrien giró la cabeza hacia Marinette y enarcó una ceja con mohín divertido.

-¡Sí! Es decir, no llego a entenderlo del todo.

Adrien alisó el papel que tenía entre las manos lo máximo que pudo y se dispuso a leer por segunda vez lo que él sabía que Marinette no se creía en absoluto.

-"Ahora todo lo mío es tuyo. Desde mi empresa hasta la casa. Empléalos bien". – Repitió con voz mecanizada al citar las palabras textuales de su padre.

-Eso quiere decir... – Marinette se levantó, dejando de estar tumbada en la cama como había estado mientras escuchaba las palabras de Adrien, quien estaba sentado en el borde del colchón, y se colocó a su lado.

-¿Sí...? – Dijo divirtiéndose para que ella pudiera proferir una frase completa. A lo mejor incluso llegaba a alguna conclusión.

-...que ahora todo es tuyo, que... – Bueno, eso es justo lo que Adrien había leído – que te has convertido en el heredero de todo – Levantó la voz, sin creerse lo que acababa de repetir él.

-Sí. Eso parece.

-¡Pero eso es maravilloso! ¿No estás contento? – Marinette se levantó y le entraron ganas de pegar saltos, pero se contuvo por riesgo de parecer estúpida – Es para alegrarse. No todos los días recibes una noticia así. ¡Piensa en lo que puedes hacer ahora que eres el dueño de todo!

-Claro...

-Ahora sí que no estás atado a nada ni a nadie, puedes ser libre de verdad. Puedes hacer todo lo que te plazca. Es lo que siempre has soñado, Adrien.

-Supongo...

Marinette se extrañó. Lo único que recibía de Adrien eran pocas palabras acompañadas de un desánimo remarcable.

-¿Qué te pasa? ¿No estás contento?

-No...Quiero decir, sí. Sería lo normal estarlo, claro.

-¿Entonces? – Marinette volvió a sentarse a su lado para prestar más atención a sus futuras palabras.

Adrien esbozó una sonrisa forzada para terminar por resignarse.

-No es lo mío, Marinette – concluyó para echarse para atrás y dejarse caer en el colchón, abrumado, poniéndose la carta de su padre sobre la cara para ocultar esa sensación.

-¿De qué estás hablando? – Ella también se dejó caer para tumbarse a su lado y le quitó la carta de la cara para poder hablar con él con propiedad.

-Piénsalo, ¿acaso me imaginas dirigiéndolo todo? Todos los negocios y tantos líos que mi padre tenía entre manos – Dijo mirando al techo, pensativo – Yo no soy como él. No puedo ser tan estricto, tan ordenado, tan controlador.

-¿Sabes? No es necesario que seas como tu padre para estar al mando de todas sus cosas.

-Y tampoco es necesario que sea yo el que tenga esta responsabilidad tan pronto...No sé si me entiendes.

-...¿Piensas que tu padre te lo ha dado todo por culpabilidad por lo que hizo?

-Es posible. ¿Por qué ahora? No quiero controlar nada, y menos todavía, pero me molesta el tener que hacerlo ya porque él pueda sentirse culpable. Si es así como se siente, podría redimirse de otra manera.

-¿Y por qué piensas eso?

-...No lo sé. Solamente es una intuición. – En realidad, sí que lo sabía, pero no quería decirlo tan pronto, por no decir que no sabía cómo.

-En ese caso, ya pensaremos en algo, ¿de acuerdo?

-¿Tú crees? – Adrien dejó de mirar al techo y giró la cabeza hacia la izquierda esperanzado, encontrándose con la atenta mirada de ella.

-Eh, bueno, o al menos, eso espero... – Ciertamente, Marinette no tenía la respuesta definitiva, pero confiaba en dar con la solución para el problema de él tarde o temprano. Mejor temprano, claro estaba.

Adrien se rio inocentemente. Marinette y sus inseguridades...

Acercó su cara a la suya reduciendo la distancia para darle un anhelado beso que ella le correspondió de inmediato.

-Seguro que sí.

-Pero ahora tengo que irme. – Rápidamente, Marinette le dio un breve beso en la mejilla y se levantó para marcharse.

-¿Te vas? – Le preguntó él cuando se incorporó hasta volver a quedarse sentado mientras contemplaba cómo se alisaba la ropa después de haber estado tumbada en la cama.

-Sí. Tengo que hacer muchas cosas en las prácticas. Diseñar y aportar ideas, encargarme de gestionar la próxima colección...Hace mucho tiempo que dejé solo de servir cafés, ¿sabes?

-Sí, algo había oído. – Dijo tratando de bromear. – En ese caso, nos vemos después.

Después de que las palabras de despedida de ella llegaran a sus oídos y la puerta se cerrara, Adrien dirigió la mirada a uno de los cajones de su armario, como si le llamara silenciosamente, como si una fuerza invisible lo atrajera y le obligara a hacerlo. Se levantó y estiró la mano para abrirlo lentamente. Casi tenía la sensación de que se desvanecería si lo hacía a una mayor velocidad.

Plagg se puso en su hombro justo en el momento en el que los miraculous de la mariposa y del pavo real aparecían ante su vista, habiendo estado en el interior del cajón desde hacía horas, desde que llegó de su antigua casa. Su padre los había dejado al lado de la carta, también sobre su escritorio. De ahí que creyera que Gabriel le había dejado todo a él por culpabilidad.

Debería habérselo dicho a Marinette, pero no supo cómo hacerlo. Quizá necesitaba algo más de tiempo para asimilarlo todo.

-¿Qué vamos a hacer ahora, Plagg?

-Contárselo a alguien..., ¿no?

-Sí, puede que tengas razón. – Como muchas otras veces, aunque no quisiera admitirlo.


Horas después, Adrien salió de su habitación tras reflexionar durante un buen rato, además de estudiar. Puede que lo hubiera olvidado, pero la universidad seguía formando parte de su vida. Abrió la puerta justo en el momento en el que su madre entraba en la casa.

-Mamá, ¿puedo hablar contigo?

Giró la cabeza, sorprendida de que su hijo se encontrara al acecho. Ni siquiera le había saludado.

-Ah, Adrien. Me has asustado. – Cerró la puerta y se deshizo de la fina chaqueta que llevaba para depositarla en el respaldo de una silla. – Claro. Dime. ¿Qué necesitas?

-Creo que será mejor que nos sentemos.

-¿Que nos sentemos? – Preguntó con preocupación. – Adrien, ¿estás bien? ¿Te duele la herida?

-No, no, estoy bien, de verdad. En realidad, me gustaría hablar de otra cosa. – Manifestó con una gran seriedad cuando se sentó.

-Adrien, me estás asustando. ¿Qué ha pasado? – Ella se sentó lentamente enfrente de él sin quitarle la mirada de encima por miedo a lo que le iba a decir. No parecía demasiado feliz en ese momento.

-Verás...Bueno, no sé cómo decir esto.

-Adrien, di lo que sea ya. Me estás poniendo nerviosa. ¿Estás seguro de que tú estás bien?

-Sí.

-¿Y Marinette?

-También.

-¿Entonces? ¿De qué se trata?

Adrien tomó aire y decidió hablar de una vez por todas. Por mucho que quisiera, no podía callarse durante más tiempo.

-Esta mañana he ido a casa...de papá – aclaró necesariamente según su punto de vista.

-¿Has ido a ver a tu padre?

-Sí. – Admitió con firmeza. – Bueno, lo he intentado.

-¿Cómo? No te entiendo. ¿Has ido o no has ido? Me preocupa que vayas solo.

-He ido, a hablar con él, pero no estaba. Al principio pensaba que estaría en alguna gestión o en algún desfile. No me sorprendía porque siempre ha hecho todo lo relacionado con su negocio cuando tenía que ocuparse de otras cosas más importantes. Sin embargo, no estaba. Ni en un desfile, ni en una sesión de fotos, ni en nada. – Terminó con pesadumbre.

-¿Cómo estás tan seguro de eso?

-Porque me he encontrado esto encima de mi escritorio. – Adrien estiró el brazo y le puso en su campo de visión, en la mesa, la carta que le había dejado su padre.

Cogió el papel entre sus manos y leyó las palabras que allí yacían. Una a una, devorándolas como si quisiera extraer más información de la que venía, mientras Adrien esperaba con impaciencia su reacción o, al menos, su respuesta. No sabía qué hacer.

-¿Y bien? – Preguntó él cuando le concedió el tiempo suficiente como para que pudiera leerlo todo más de una vez.

-Así que tu padre se ha marchado. – Susurró con sarcasmo. – Ha sido muy valiente por su parte, ¿no crees?

-Mamá, no es eso lo que más me preocupa ahora mismo.

-¿Y qué es lo que más te preocupa?

-¿Acaso no has leído el resto? Lo de que todo lo suyo es mío ahora.

-Oh, sí, ya lo creo que lo he leído.

-¿Y por qué no me dices nada al respecto? No sé qué hacer. No quiero nada suyo, yo tengo mi vida. Creo que quedó bastante claro cuando decidí volver y no hacerle caso de nuevo en ninguna decisión que él pudiera tomar por mí.

-¿Qué quieres que diga, Adrien? – Preguntó encogiéndose de hombros. – Tu padre es así de concienzudo. Cuando quiere algo, no lo deja ir tan fácilmente, y ahora lo que ha querido es dejártelo todo a ti.

-En el caso de que quisiese, creo que aún es demasiado pronto. No puedo evitar tener la impresión de que lo ha hecho todo únicamente por remordimiento.

-Puede ser.

Volvió a poner el papel enfrente de sus ojos para leerlo una vez más con algo más de cautela, predominando el silencio en el lugar. Adrien llevaba razón en que era demasiado joven para llevar y encargarse de todo por sí mismo, pero también era alguien bastante capaz. Y si podía gestionarlo todo, estaba segura de que podría obtener grandes beneficios y dejar un legado. En definitiva, ser un mejor gestor que su padre. Además, no estaba solo. Ya no.

Alejó el papel de su vista y lo soltó sobre la mesa para devolvérselo a su hijo.

-Acéptalo, Adrien. – Le dijo resignada, como si fuera evidente que sería la mejor opción de todas, pero, al mismo tiempo, sabiendo que su hijo no querría.

-¿Qué? – Preguntó sorprendido. Era la última persona que pensaba que le diría eso. – ¿Por qué dices eso?

-Piénsalo bien. Es una gran oportunidad para ti. No todos los días se hereda una fortuna. Además, es la única cosa que ha hecho tu padre por ti que no te perjudica.

-Ya...

-¿Se lo has contado a Marinette?

-Sí.

-¿Y qué te ha dicho?

-Que debería estar contento porque podré hacer lo que siempre he soñado. Ser libre de verdad sin estar atado a nadie. – Dijo de un tirón. Solo esperaba haber recordado sus palabras con exactitud.

-¿Y por qué quieres empeñarte en no hacernos caso a ninguna de las dos?

-No es que no quiera haceros caso, pero me parece que no voy a ser capaz, que no voy a estar a la altura.

-Eh, Adrien, ¿de qué hablas? Un chico como tú puede hacer cualquier cosa que se proponga. Alguien que no sea capaz no asiste a una multitud de clases extraescolares que compagina con el instituto, sus sesiones de fotos y con sus tareas de superhéroe. Alguien que no sea capaz no podría soportar todo lo que has soportado tú con tu padre. Alguien que no sea capaz, Adrien, no eres tú. – Finalmente, estiró el brazo para acariciarle la barbilla en señal de cariño. – Créeme.

-¿De verdad lo crees? – Le preguntó, esperanzado.

-Sí.

El silencio volvió a retumbar en todas las esquinas de la casa, acompañado, no obstante de una sonrisa sincera y agradecida de él.

-Así que creo que ya no hay nada más de qué hablar, ¿no te parece? – Dijo ella haciendo el amago de levantarse de la silla de una vez por todas.

-No, espera. – La detuvo él. – Hay otra cosa más.

-¿Otra cosa más? ¿Te ha dejado algún otro negocio que desconocíamos? – Preguntó ella tratando de bromear.

-No. No exactamente. En realidad... – Inmediatamente, se levantó para entrar en su habitación. En menos de cinco segundos y tras escuchar algunos ruidos, volvió al salón, para poner en la mesa dos objetos tan familiares como anhelados.

Ella no pudo más que abrir los ojos de par en par, no creyéndose ni por asomo la imagen que sus ojos le estaban mostrando.

-¿Qué? Adrien, ¿esto es...?

-Tu miraculous, sí. Y el de papá.

En un abrir y cerrar de ojos, el miraculous del pavo real ya se encontraba en sus manos.

-¿Cómo los has conseguido?

-Estaban al lado de la carta de esta mañana. Yo no he hecho nada.

-...Parece que tu padre está arrepentido de verdad. Siempre ha sido tan introvertido y misterioso que nunca sabes qué va realmente a hacer.

-¿Tú no has hablado con él?

-¿Yo? No. Ni pienso hacerlo. Desde que discutí con él en el hospital cuando te pasó lo que te pasó no he vuelto a saber de él.

-Ya veo... – Adrien se llevó una mano a la barbilla momentáneamente para pensar. Se podría decir que adoptar ese gesto le ayudaba.

-¿Por qué? ¿En qué estás pensando, Adrien? No quiero que vayas a ver a tu padre, ¿de acuerdo?

-¿Qué? – De repente, levantó la vista y apartó los pensamientos que acababan de venirle a la cabeza. – No es eso. No estoy pensando en nada.

-Pues yo estoy pensando en lo que significa todo esto.

-¿A qué te refieres con todo esto? – Adrien remarcó la fuerza y el empeño con los que su madre apretaba su miraculous entre sus manos, como si no quisiera dejarlo ir nunca más.

-Creo que está bastante claro. Que tu padre haya entregado su miraculous supone que ya no hay ningún peligro, que todo se ha terminado.

-¿Significa eso que Marinette y yo tendremos que deshacernos de nuestros miraculous? – Preguntó con un dolor en el pecho. Estaba con Plagg desde hacía años. Ya se había acostumbrado a su manera de ser y, en el fondo, se había forjado una fuerte amistad entre ellos, por no hablar que adoraba ser un superhéroe y disfrutar de las vistas parisinas desde los tejados y otras construcciones, haciendo piruetas en el aire. Supuso que pasaba lo mismo con Marinette y Tikki.

-Bueno...Ya no hay peligro, pero no creo que al maestro Fu le importe que os quedéis con los miraculous.

-¿No acabas de decir que ya no hay peligro?

-Y así es, pero hay una cosa que no te he contado.

'Oh, no. Otra vez, no' pensó él con miedo de las futuras palabras de su madre.

-¿De qué se trata?

-El maestro Fu y yo hemos estado hablando mucho últimamente, y hemos contemplado la posibilidad de que él deje de ser el gran guardián.

-¿Qué? ¿Por qué? – Preguntó escandalizado.

-El maestro Fu ya no es precisamente joven, Adrien. Además, pensamos que es mejor dejar la responsabilidad de los miraculous a alguien que haya experimentado el peligro de combatir.

-Es decir, que la responsabilidad ahora será de Marinette o mía...

-No del todo. ¿Por qué tiene que ser de uno solo? El maestro y yo llegamos a la conclusión de que ambos seréis los indicados para la labor de proteger los miraculous. La unión que tenéis es tan fuerte que no podríamos imaginar a dos personas mejores para la tarea.

-Espera un momento, ¿has dicho que tenemos una unión fuerte? Si no recuerdo mal, en el hospital me dijiste que no hacíamos más que discutir por tonterías.

Su madre se rió de manera inocente.

-Sí, es cierto. Pero tú mismo lo has dicho: tonterías. Así que tanto tú como Marinette os encargaréis de cuidar los miraculous. Es una gran responsabilidad.

Adrien resopló.

-No sé, no sé. Todo está cambiando demasiado rápido. Ni siquiera me da tiempo a acostumbrarme a una noticia cuando ya hay otra nueva.

-Adrien, ¿me permites una sugerencia?

'¿Otra más?' pensó él.

-Adelante.

-Pienso que, ahora que se ha solucionado todo, la mansión podría volver a habitarse.

-¿La mansión de papá? – Obviamente, también había sido suya en parte, pero desde hacía años, solamente la consideraba de la propiedad de su padre. Aunque ahora fuera suya al completo, no terminaba de verla como una de sus pertenencias. – No, ni hablar. – De manera definitiva, Adrien se levantó de la silla para no volver a sentarse, haciendo todo lo posible por terminar la conversación. No le gustaba mucho el cariz que estaba tomando.

-¿Por qué no?

-No pienso volver a esa casa, mamá. Me trae demasiados recuerdos.

-¿Me estás diciendo que prefieres vivir aquí conmigo que en una casa más grande con Marinette, a solas? Me halagaría, claro, no me malinterpretes, pero...

-Espera, Marinette y yo..., ¿a solas?

-¡Claro! ¿Pensabas que me iría yo con vosotros? ¿Quién en su sano juicio haría eso? Sois jóvenes y sois pareja. Yo no pinto nada ahí, así que yo me quedaría viviendo aquí. Y es un buen comienzo para tu nueva vida. Vuestra nueva vida. Ahora es tu casa, Adrien. ¿Qué me dices?

-Yo...No lo sé. Tendría que hablarlo con Marinette.

-Creo que es lo mejor para los dos, si soy sincera. Solo espero que no me deis nietos.

Adrien enrojeció como un tomate en milisegundos.

-Por supuesto que no. Aún somos demasiado jóvenes para eso.

Después de reírse a costa de su hijo, su madre se acercó a él con la intención de contemplar mejor sus facciones.

-En cualquier caso, piensa en lo que te he dicho.


Marinette terminó las prácticas con un notorio cansancio, pero, al mismo tiempo, con una gran satisfacción. El día había sido productivo, y la nueva temporada se acercaba, por lo que más le valía dar lo mejor de sí misma.

Antes de que pudiera salir del edificio, visualizó a Adrien tras la puerta, que era de cristal. Así que había ido a esperarla. Eso le hizo sonreír de manera incondicional. Después de todo, él estaba allí para ella.

Sin embargo, remarcó en algo que sostenía sobre su cabeza, así que frunció el ceño con extrañeza.

Cuando abrió la puerta, lo tuvo todo más claro.

-Ya veo que sales algo más tarde hoy. ¿Muchas cosas que hacer?

-Y que lo digas...Pero, Adrien. ¿Por qué has traído un paraguas? No está lloviendo. – ¿No? Miró al cielo, confundida, pero, efectivamente, ni una gota de agua caía. Ni siquiera parecía que estuviera nublado. O a lo mejor era por falta de agudeza visual nocturna.

-Ya lo sé. Es solo que me gustaría evocar aquella tarde del día en el que te enamoraste de mí.

Las mejillas de Marinette se volvieron rojas de manera automática. Seguía sosteniendo que no era necesario recordar aquella época en la que se comportaba de manera torpe e insegura con Adrien.

Bueno, más o menos como en esos momentos, pero sin ser oficialmente pareja.

-¿Pero por qué?

-Verás. – Adrien estiró el brazo, por lo que el paraguas pasó a estar ahora sobre la cabeza de Marinette. – Hay algo que tengo que decirte.

Marinette se puso nerviosa. No escuchaba más lo que ocurría a su alrededor, tan solo a su corazón rebotar en su pecho.

-He pensado toda la tarde en lo de la herencia y...

-¿Y vas a aceptarla? – Preguntó ella con esperanza antes de que él pudiera terminar la frase siquiera.

-...Sí.

-¡Sabía que lo harías!

-No estoy tan seguro de si es lo que quiero hacer ahora, pero lo haré. – Marinette asintió con felicidad. En el fondo sabía que era lo mejor para Adrien. – Ahora que la empresa es mía, que la casa es mía...Tengo una proposición que hacerte.

-¿Una proposición? ¿De qué hablas?

-Estaba pensando...

-¿Sí?

-Que tú y yo...

-Adrien, ¿qué pasa? Estás consiguiendo ponerme nerviosa. – Dijo ella separándose levemente, ya algo enervada.

¿Por qué no era la primera vez que escuchaba eso en ese día?

No, tranquila, escucha. – Adrien volvió a acercársela a él agarrándola levemente por el brazo. – No es nada malo. Es solo que estoy nervioso y no sé cómo decírtelo.

-¿Por qué tengo la sensación de que siempre nos pasa lo mismo? – Preguntó tratando de quitarle importancia al asunto para que se relajara. – Venga, ¿qué pasa? Puedes decirme lo que sea, Adrien.

-Pues...Ahora que la empresa y la casa es mía – volvió a empezar él para ver si no se quedaba trabado en esa parte. – ...Me gustaría que te vinieras a vivir conmigo.

-¿Vivir...contigo? – ¿En serio había dicho aquello?

-Sé que es una locura. Sé que somos muy jóvenes aún, pero te quiero. Jamás voy a abandonarte. – No supo cómo, pero consiguió no sonrojarse en ese momento, al contrario de Marinette, cuyo color en las mejillas era cada vez más intenso. – Y, además, sería una lástima desperdiciar una casa tan grande. – Reconoció para dejar de sonar tan sentimental.

-Vivir contigo... – Volvió a decir. Parecía que estaba en estado de shock.

-Eh..., sí. Eso es lo que he dicho. ¿No quieres? Supongo que era una tontería. Olvídalo. – Dijo bajando el paraguas.

Por fin, Marinette bajó a la tierra de nuevo.

-¿Qué? ¡No, no! – Marinette rodeo con su mano la de Adrien que agarraba el mango del paraguas y volvió a elevarlo, como si fuera un deseo de volver a recrear esa magia que ella había estado a punto de romper por su aturdimiento, y él la dejó hacer por completo con expectación. – En realidad es que no sé qué decir. ¿Vivir contigo? No pensé que llegarías a pedirme algo así, no pensé que llegaría el día en el que viviría contigo. Llevo muchos años fantaseando con algo así.

-Ya sé que tu amor por mí ha sido siempre muy puro y desinteresado. – Se dijo para sí en voz alta con una sonrisa. – ¿Es eso un sí?

-¡Por supuesto que sí! – Rápidamente y sin pensárselo durante un segundo más, se lanzó a su cuello para abrazarle con entusiasmo. – Me encantará vivir contigo. – Le dijo cerca de su oído.

Lentamente, separó la cabeza de encima de su hombro para colocarla enfrente de la suya. Tenerlo tan cerca seguía provocándole mariposas en el estómago. Eso no había cambiado, y esperaba que nunca cambiara.

Él pestañeó varias veces, tratando de pensar con curiosidad lo que estaría pasando por su cabeza.

-¿Qué pasa? – Le susurró con el tono de voz bajo.

Pero no le dio tiempo a seguir pensando. Marinette redujo la distancia entre sus labios, haciendo que se juntaran encajando a la perfección, como ya habían hecho otras veces.

El paraguas cayó al suelo cuando Adrien empleó los brazos en rodear su cintura, al mismo tiempo que ella repetía la operación, pero en torno a su cuello.

La primera gota de lluvia impactó en la nariz de ella, seguida de muchas gotas más que, literalmente, bañaron a la pareja sin pretenderlo. A pesar de la lluvia repentina y del paraguas en el suelo a pocos centímetros de distancia, el beso siguió su curso en pleno chaparrón, pues era lo más importante y lo que más requería la atención de ambos.