Ya se acerca el final... Este es el anteúltimo capítulo.
Besos
Ana Beth
Capítulo 19
Había momentos en la vida que avanzaban a cámara dolorosamente lenta. Normalmente, cuando sufrías una conmoción; a veces, cuando soportabas una herida que te hacía agonizar. Para Isabella, aquello fue ambas cosas, y todo a su alrededor parecía borroso, cada nanosegundo se alargaba de una forma imposible ante ella.
Edward tenía el aspecto de lo que era (un hombre al que habían pillado haciendo algo horrible) mientras cerraba de golpe el diario.
—No... no oí la puerta del garaje.
«¿No oyó la puerta del garaje? ¿Ésa era su excusa?». Pero otro torrente de conmoción la invadió cuando se dio cuenta del horror aún más profundo: ya lo había hecho antes, había leído su diario antes y contaba con el sonido de la puerta del garaje para avisarlo de que ella estaba en casa.
Ella no pudo hacer otra cosa que mirarlo boquiabierta, con los labios temblando y todo en ella debilitándose. No se molestó en explicar que había aparcado fuera, simplemente pensando en entrar corriendo y ver si quería salir a comer fuera; su estado de ánimo alegre y despreocupado pertenecía a un pasado lejano.
Él se puso en pie.
—Isabella, yo... —Ella retrocedió un paso, no quería estar cerca de él. Ni siquiera sabía ya quién era él.
—Oh, Dios. —Oyó las palabras susurradas que salie ron de su boca cuando la conmoción dio paso a la lógica, y las piezas empezaron a encajar de una forma espantosa. La rosa, lavarle el pelo, la forma en que le había separado los muslos en la piscina, todo...
Ella había pensado que era magia, había pensado que era una conexión de almas, pero sólo había sido aquello, un hombre que le mentía, todo ese tiempo, que invadía sus pensamientos, robaba su mundo privado.
Entonces ahogó un grito. «Una vez lo hice a caballo». ¡Y ella se lo había creído! Aquello se remontaba atrás en el tiempo, antes incluso de que se hubieran tocado.
—Isabella, nena... —Él volvió a avanzar, alzando una mano, intentando acariciarle la mejilla, pero ella se giró. Salió de la estancia, tambaleante, deambulando sin rumbo fijo, caminando rápida o lentamente (no lo sabía) y, finalmente, se encontró en su dormitorio. «No me sigas, no me sigas», pensó, pero lo sintió detrás de cerca, lo suficientemente cerca como para tocarlo o abofetearlo, pero sólo quería huir de él.
Se lanzó en la cama, boca abajo, agarrando una almohada, y deseó que las lágrimas no llegaran, pero lo hicieron. Cerró los ojos e intentó fingir que él no estaba a su lado, diciéndole que lo sentía, pidiéndole perdón, intentando explicar... sólo quería que se marchara, quería estar sola, quería llorar y guardar luto.
—Vete —dijo, entre lágrimas.
—Princesa... —Aquel apelativo cariñoso la hería en aquel momento—. Por favor, nena, escúchame.
Después de un largo y lloroso momento intentando no oír su voz, finalmente sacó la conclusión de que no se iba a ir, así que se giró en la cama para mirarlo. Él estaba allí, de pie, con el cabello broncíneo cayéndole por la cara... su dios del océano; mucho más que eso en aquel momento, y mucho menos.
Edward la miró a los ojos, reconoció el odio y la traición y supo que estaba condenado. Era la forma en que él miraba a su padre. Nada que él pudiera decir sería suficiente para que ella lo perdonara, quizás porque no debía ser perdonado.
Pero en aquel momento le estaba dando una oportunidad, así que tenía que intentarlo, tenía que ser totalmente sincero, tenía que encontrar una forma de convertir sus sentimientos en palabras. Aun así, el corazón le latía como un tambor en el pecho, porque sabía que la verdad era devastadora y horrible.
—Cariño, cuando vine, quería... ver tu vida, cómo era lo que pensaba que yo debía haber tenido. Pero todo eso cambió cuando llegué a conocerte. Ya no pude sentirme así y todas esas cosas antiguas se alejaron.
«Cuando encontré tu diario, sabía que estaba mal leerlo». —En un impulso, alargó la mano para acariciarle el cabello, porque el dolor en sus ojos lo estaba desgarrando—. Pero la verdad era que no podía parar de leerlo, porque me encantaba conocer esa cara de ti, me encantaba poder hacer realidad tus fantasías, me encantaba ver lo sexy que eras y lo bien que estábamos juntos.
Rezó para que ella estuviera entendiendo sus palabras, que tuvieran sentido, incluso aunque supiera que era imposible. Ella lo miró con furia y le apartó la mano.
—Así que tenías envidia. Querías herirme. —Le temblaba la voz.
«No, nunca quise herirte». Aquélla era la respuesta que ella necesitaba oír, la que tenía sentido dar. «Pero di la verdad, maldita sea». Según él lo veía, la verdad era lo único a lo que podía aferrarse, aunque fuera débil.
—No me proponía herirte... hasta que me hiciste sentir como un criado, alguien por debajo de ti —dijo en voz baja, lleno de vergüenza—. Incluso entonces no tenía planificado herirte, y no pude seguir haciéndolo porque empezaste a importarme. ¿No lo he demostrado?
Ella parecía incrédula.
—¿Demostrado? ¿Leyendo mis secretos?
—Estando aquí, para ti. Ayudándote a descubrir lo que Aro estaba haciendo, yendo a ver a tu padre contigo, abrazándote después. —Su voz se volvió dulce—. Haciéndote el amor.
Aquello casi convenció a Isabella. Edward no era un hombre que usara palabras como «hacer el amor». Pero la herida era tan reciente y estaba tan abierta... y pensar en cuánto tiempo había estado pasando aquello y en que cada vez que se habían acostado, Edward había dejado que creyera en algo tan poderoso y tan falso, en última instancia. Y pensar en lo estúpida que había pensado él que era, y qué tonta. Y pensar en cuánto placer había obtenido viéndola sucumbir ante él, y todo porque sabía exactamente lo que ella quería; porque ella se lo había dicho con papel y tinta.
—Lo que has demostrado, Edward, es que todo lo que pensaba que teníamos era mentira. Una mentira tras otra.
Entonces, justo cuando pensaba que el corazón no le podía doler más, notó otra punzada. ¿No le había dado él la respuesta, la explicación? «Quería ver tu vida, lo que pensaba que yo debía tener». Se sentó en la cama, mirándolo a los ojos verdes, unos ojos que escondían tan bien las cosas, que enmascaraban tan bien la verdad. Habló lentamente.
—Viniste para llevarte lo que pensabas que era tuyo, ¿no? Viniste para robar Swan Builders. ¿Creías que te casarías conmigo y lo harías todo tuyo, Edward? ¿Era eso? ¿Ése era el gran plan?
Edward abrió la boca y levantó las cejas con incredulidad.
—Isabella, no. Nunca pensé en... —Se quedó sin palabras, mientras negaba con la cabeza.
La verdad era que nunca lo había visto con un aspecto tan asombrado, pero Edward Cullen había demostrado ser buen actor y ella no se lo iba a tragar.
—Deja de mentir, Edward.
—Cariño, cuando estamos juntos en la cama, cuando estoy dentro de ti... cielos, sabes que eso no es mentira. Lo sabes.
—Ya no sé nada. —Sacudió la cabeza con vehemencia—. Excepto que nunca me habían humillado tanto. Ni me habían mentido tanto. Ni me habían utilizado tanto. —Maldita sea, las lágrimas se cernían de nuevo tras sus ojos mientras la brutal verdad la volvía a golpear. Cada vez que se habían acostado no había significado nada... igual que la primera vez. Incluso aquella vez, antes de ese mismo día, había parecido especial por aquella maldita rosa de color rosa pálido. Pero, en aquel momento, cada vez que se habían acariciado, que se habían movido juntos, que se habían mirado a los ojos, no significaba absolutamente nada.
—Vete de mi casa, Edward.
Él parecía exasperado.
—No estás escuchando nada de lo que te intento decir. Ni siquiera intentas entenderlo.
Ella sacudió la cabeza, sintiéndose totalmente decidida, totalmente en su derecho. No podía creerse que tuviera la cara de actuar como si ella le debiera algo, y mucho menos comprensión.
—Quiero que te vayas. Ahora. Y no quiero volver a verte nunca. ¿Entiendes tú eso?
—¿Así que esto es todo? ¿Así quieres dejar las cosas?
—Esto es todo.
Los ojos de Edward se entrecerraron sobre ella mientras retrocedía lentamente, mientras decía con voz triste:
—Sabía que nunca sería lo suficientemente bueno para ti.
—No tiene nada que ver con eso, y lo sabes.
Él negó con la cabeza.
—Yo tampoco lo pensaba, pero ahora no estoy seguro.
-Estaba ahí, escribiendo en tu diario, intentando confesarlo todo y decirte la verdad. Y supongo que, en el fondo, pensaba de verdad que me perdonarías, porque pensaba que te conocía. Pensaba que tu bondad sería suficiente como para subsanar mis errores. Pero eres igual de mala que yo ahora, mirando el pasado en vez del presente. Me juzgas por eso, por quién era cuando vine en vez de por quién soy hoy.
Edward se giró y salió y ella se volvió a lanzar en la cama. No podía encontrarle sentido a sus palabras, no podía sopesarlas con ningún tipo de lógica. Todo lo que conocía era una devastación que se tragaba cualquier otro sentimiento. ¿En serio había pensado que ella podría perdonarle? ¿Aquello? Por otra parte, suponía que había demostrado ser bastante tonta, así que, ¿por qué no iba a esperar él más de lo mismo?
Isabella pasó el resto del domingo en una extraña bruma. Echó más de una siesta, comió comida basura y pasó un montón de tiempo sentada en el sofá, abrazando a Izzy que, para variar, la dejó. Sólo podía imaginar que la gata sentía, de alguna manera, su desesperación y sabía que más le valía no abandonarla en aquel momento.
El lunes, se despertó con la sensación inmediata de estar sola. Nadie estaba a su lado en la cama ni usaba su ducha mientras ella estaba tumbada oyendo el sonido del agua; nadie estaba pintándole la casa. El trabajo había terminado. Todo había terminado. La soledad, algo que antaño había querido, se le antojaba casi insoportable.
Había trabajo por hacer, así que lo hizo, aunque su corazón apenas estaba en sus tareas. No se molestó en quitarse el pijama. Al entrar en su oficina, quitó de en medio rápidamente todo lo que le recordara la reciente presencia de Edward allí. Después de coger el libro, encontró la rosa envuelta en papel de cera en el suelo y los metió en la papelera. Entonces, se sumergió en el negocio de la contabilidad hasta mediodía, cuando se sintió lo suficientemente al día como para tomarse libre el resto del día.
Porque, por mucho que lo intentara, su ruptura con Edward la afectaba, fuerte y pesadamente. Hacer como si no hubiera ocurrido, como si fuera cualquier otro día, era imposible. Llamó a Jessica a la peluquería, quien prometió llevar una comida grasienta y algo de chocolate de postre.
Cuando llegó, frunció el ceño al encontrar a Isabella todavía en pijama y la hizo subir, exigiendo que se pusiera unos shorts. Isabella sólo suspiró y dijo:
—Me alegro de que estés aquí.
Se sentaron en el sofá con Izzy y comieron Big Macs con patatas fritas y, en lugar de contarle a Jessica toda la fea verdad sobre Edward, lo que hubiera supuesto dar a conocer que tenía un diario sexual, Isabella se limitó a contarle la historia de Double A Construction, concluyendo con:
—Resultó no ser la persona que yo pensaba. Sólo vino para fisgonear en mi vida, para usarme por lo que mi padre le hizo al suyo hace veinte años.
Jessica sólo la miró boquiabierta.
—Qué capullo. Toma, cómete el resto de mis patatas.
Isabella las aceptó y se metió unas cuantas en la boca.
—Oye —dijo Carolyn, mostrando una sonrisa optimista—, Mike y otros tíos irán a Howard Park esta tarde. Voleibol, windsurf, hamburguesas a la parrilla... ¿Por qué no vamos? Te animará, te quitará de la cabeza al pintor gilipollas.
Isabella sabía que Jessica lo hacía con buena intención y Mike le caía mejor que la mayoría de los amigos de Jessica pero...
—No quiero más fiestas, gracias.
Jessica parecía estupefacta.
—¿Significa esto que vas a hibernar el resto de tu vida sólo por un tío?
—No, esto ni siquiera tiene nada que ver con Edward. Es sólo que... he comprendido que no me gustan mucho las fiestas; el ambiente no es para mí. Así que ya no me voy a obligar a ser ese tipo de persona.
—Ah.
Carolyn frunció el ceño, así que Isabella añadió rápidamente:
—Pero tú ve. No tienes que quedarte aquí conmigo, en serio. Comer y hablar un rato me ha ayudado un montón.
Su amiga suspiró y la abrazó, algo poco propio de ella.
—No me voy a ningún lado, Bells.
—¿No te echará de menos Mike, y no lo echarás tú de menos? —Isabella ladeó la cabeza.
—Probablemente. —Jessica sonrió—. Sólo para que lo sepas, él y yo nos vemos... en exclusiva ahora. Me... me gusta mucho, y yo también le gusto a él. Creo que ve más allá de la parte de mí que el resto del mundo ve, por alguna razón, ¿sabes a qué me refiero?
Isabella le devolvió la sonrisa.
—Eso es maravilloso, Jessica, de verdad. Me alegro mucho por ti.
—Pero —Jessica ladeó la cabeza con una sonrisa reconfortante— tú me necesitas más que él ahora, así que hagamos cosas de chicas.
Isabella levantó las cejas, inquisitiva.
—Vamos a comprar revistas de chicas —dijo Jessica—, y, después, nos tumbamos en la piscina y probamos las muestras de perfume que vienen dentro y hacemos los test de moda. Después, podemos pintarnos las uñas, rizarnos el pelo la una a la otra y alquilar pelis.
Isabella tuvo que reírse. Para su sorpresa, sonaba como un día perfectamente maravilloso, inmaduro y terapéutico.
Después de que Jessica llamara a Mike, Isabella dijo:
—¿Sabes?, antes de conocer a Edward, mi vida me parecía un poco vacía, como si siempre deseara cosas que no estaban a mi alcance y dejara que la vida me dominara, pensando que si, de alguna manera, siguiera la corriente al resto del mundo, encontraría lo que faltaba. Pero, después de enamorarme de él y saber cosas de su familia y de su vida, me di cuenta de lo afortunada que soy, de todo lo que doy por hecho. Conocerlo... hizo mi vida más plena.
—Porque estabas enamorada.
Isabella asintió mientras, por dentro, hacía una mueca.
—Fui tan tonta...
—No, fuiste tan afortunada —la corrigió Jessica—. ¿Sabes?, tengo tanta envidia. Incluso ahora. Daría cualquier cosa por tener algo así, aunque fuera por un tiempo.
—Tal vez pronto lo tengas, con Mike.
Era tarde por la noche antes de que Jessica se marchara finalmente y Isabella no podía negar que estar con ella la había ayudado de verdad. Sus vidas habían ido en direcciones diferentes, pero su amistad, no.
Después de despedirse, cerrar la puerta y agacharse para acariciar a Isadora, Isabella miró escaleras arriba, hacia la puerta de su oficina. No había querido mirar después de que Edward se marchara, ni anoche, ni aquella mañana (había estado demasiado paralizada, rabiosa, y todo lo demás), pero recordó lo que él le había dicho antes de irse. Había escrito algo en su diario.
Cuando había empezado a aceptar, poco a poco, lo que había ocurrido, había aumentado su curiosidad por lo que podría decir, qué mensaje le habría dejado.
Así que, tras respirar hondo, subió las escaleras.
Después de coger el libro rojo de la papelera, se sentó, se preparó, lo abrió por la parte de atrás, donde una letra desconocida llenaba la página, y comenzó a leer.
Hombros... pechos... boca... su propia fantasía.
Lo leyó una y otra vez, intentando entender por qué lo había escrito ahí. Por una parte, parecía la mayor invasión de todas, imponer su fantasía .donde sólo debían estar las suyas. Desde luego, por más razones de las que podía decir, nunca podría escribir otra palabra en aquel libro. Sin embargo, claramente, escribir en su diario sexual había sido su admisión de culpa, como decir «he estado aquí, dentro de tus secretos».
Intentar explicárselo llevó nuevas lágrimas a sus ojos, recordar lo feliz que había sido con él, lo llena de confianza que había estado, pensar que mirarle a los ojos y hacerle el amor había sido mágico, con o sin rosas de color rosa pálido ni dioses del océano. El no era perfecto, ni mucho menos, pero ella había visto más allá, al hombre que había escondido dentro. No obstante, él había traicionado su confianza de una forma muy profunda y estar enamorada de él en aquel momento sólo dolía. Nunca le había pedido mucho; nunca le había pedido que la amara. Pensaba que no le podría hacer daño si no pedía nada, si no esperaba mucho. Pero se había equivocado totalmente.
Leyó la entrada una vez más y se sintió como una burra por haber tardado tanto en entender que provenía de la mañana que se conocieron, cuando había ido a su puerta por vez primera. Él recordaba lo que ella llevaba puesto, hasta el detalle del camisón verde que no había visto totalmente. Suspiró, recordando cómo se había sentido ella aquella mañana, después de ver a su pintor guaperas; había renovado en silencio su promesa de no liarse con ningún otro tío sexy que sólo quisiera una cosa.
Tal vez al final Edward hubiera querido más, pero debería haberse escuchado. Los acontecimientos recientes le habían demostrado que era mucho más capaz, mucho más independiente de lo que se había dado cuenta, pero perder a Edward como lo había hecho la dejó preguntándose si se recuperaría de ese tipo de desolación.
Edward se había pasado la noche del lunes trabajando en facturas, lo que le dejó la noche del martes libre para ir a la ferretería, comprar pintura en aerosol y pasarse por casa de Rosalie.
Se decía que, si se mantenía ocupado, no pensaría tanto en Isabella, no se sentiría tan vacío cada vez que recordara que ya no estaba en su vida. No podía pasarse por su casa cada vez que le apeteciera, no podía hablarle del día que él había tenido, ni del de ella, no podía darle un beso para saludarla, ni para despedirse, ni para darle las buenas noches. «Ya basta» se ordenó, mientras agitaba el bote de pintura blanca, sentado en el patio trasero de Rosalie, junto a una silla tumbada de lado en una cama de papel de periódico.
El problema, pensó mientras empezaba a pulverizar, radicaba en hacer lo que se pasaba la mayor parte de su tiempo haciendo: pintar. Demasiado tiempo para pensar, demasiado tiempo, joder. La noche anterior no había estado tan mal, sentado en O'Hanlon's, anotando números, sumándolos, repasando su trabajo; requería concentración y dejaba menos opción a que su mente vagara.
No era que no hubiera pensado en ella; lo había hecho. Había pensado en que las facturas que tenía en la mano pronto pasarían a las suyas, y se preguntó en cómo la haría sentir ver su nombre y su letra. ¿Melancólica y llena de anhelo, o sólo traicionada? Había sido aún más extraño preparar una factura para el trabajo que había hecho en su casa, escribir su nombre y dirección, introducirla en un sobre con ventanilla y saber que las últimas semanas se reducían tan sólo a una factura en el correo. Casi había pensado en no cobrarle, en un esfuerzo loco para compensar lo que había hecho, pero se lo pensó mejor por dos razones. Ella probablemente no agradeciera el gesto y lo más seguro sería que le pagara igualmente. Y las palabras que él había dicho al despedirse eran ciertas: ella también lo había decepcionado a él. No sabía si tenía derecho a sentirse así; probablemente no. Pero, a pesar de lo que seguía diciéndose, en el fondo había pensado que ella creía en él. Lo suficiente como para comprender, lo suficiente como para perdonar, lo suficiente como para seguir adelante. Le había dolido descubrir que estaba equivocado.
Aunque, a pesar de que intentaba endosarle parte de la culpa a la princesa, el estómago se le contraía al recordar cuánto la había herido, la horrible forma en que lo había mirado, como si fuera la personificación del diablo.
Mientras giraba la silla para conseguir un ángulo mejor, la puerta corredera se abrió tras él y alzó la vista. Mierda. Su padre. Cuando Edward se había presentado sin avisar, Rosalie le había avisado de que su padre iría a comer pollo frito y que no había invitado a Edward porque sabía que iba a decir que no. Sintió tentaciones de marcharse, pero pensó: «Demonios, no me puedo pasar el resto de mi vida huyendo del viejo, evitándolo». De todas formas, nunca lo conseguía.
—Eddie, ¿puedo hablar contigo un momento?
Edward suspiró, sin alzar la vista.
—Claro.
Por el rabillo del ojo, vio a su padre intentando ponerse en cuclillas a su lado, pero el esfuerzo resultó ser demasiado, así que se quedó de pie, bajando sólo la voz.
—Nunca debería haber dicho lo que te dije la otra noche.
«Deja de evitarlo». Edward dejó de pintar para mirar arriba, pero su cara no reflejaba ningún sentimiento.
—Me alegro de que lo hicieras. Me alegro de saber la verdad.
Su padre parecía nervioso, lo que era comprensible.
—He hecho un montón de cosas horribles en mi vida, pero lo que le hice a Jazzy... ésa fue la peor.
Edward puso los ojos en blanco.
—Menudo eufemismo.
El viejo cambió el peso de un zapato gastado al otro.
—¿Me odias, Eddie?
Edward casi podía sentir lo rápido que le latía el corazón a su padre. ¿O era su propio corazón? Pensó en la palabra: odio. Parecía un sentimiento demasiado parecido al amor para que Edward quisiera confirmarlo, y demasiado alejado de la compasión para que fuera preciso.
—No —dijo finalmente, mientras volvía a centrarse en su trabajo.
Agitó el bote y observó cómo el metal que tenía delante se volvía blanco y brillante, y escuchó a su padre respirando con dificultad y poniéndose emotivo. Por último, su padre soltó un largo y profundo suspiro y dio palmaditas en el hombro de Edward. Habló con voz entrecortada.
—Cuidas muy bien de Rosalie y Jazzy.
Edward sólo asintió ligeramente, mientras volvía a girarse hacia el trabajo de pintura y su padre se dirigió al interior de la casa.
—Edward, ¿hay alguna posibilidad de que te quedes con Jazzy este viernes por la noche? —preguntó Rosalie, mientras se limpiaba la boca con una servilleta. Todos estaban sentados a la mesa en silencio, así que la petición parecía inesperada.
Él dejó el muslo en el plato.
—Claro. ¿Por qué?
Un ligero velo rosa subió a las mejillas de Rosale.
—Tengo... una cita. —Él levantó las cejas y Elaine sacudió la cabeza con nerviosismo—. Nada importante, de verdad, sólo un hombre que trabaja en Albertson's. Es el carnicero. Se llama Emmett.
Edward asintió, asombrado agradablemente.
—Eso está muy bien, Rose.
—Emmett tiene un tic en el ojo izquierdo cuando habla con Rosalie —añadió Jazzy con una sonrisa—, pero siempre sonríe cuando le da la carne.
Al final de la mesa, hasta su padre empezó a hablar.
—Deberías salir más, Rosalie.
—Bueno, la verdad es que se lo debo a Edward. —Le lanzó una tímida mirada de agradecimiento—. Podría haberle dicho que no, podría haber estado demasiado nerviosa, si no me hubieras hecho empezar a preguntarme... qué más hay ahí fuera.
—¿Así que no estás nerviosa? —preguntó Edward.
Elaine puso los ojos en blanco.
—Claro que estoy nerviosa.
—Ponte aquella falda —dijo él—. La que llevabas la semana pasada.
Elaine asintió y le dio las gracias en voz baja, y él pensó en lo agradable que era ver a su hermana emocionada por algo.
—Quizás Isabella y tú podríais llevar a Jazzy al cine —sugirió Rosale.
El estómago se le volvió a contraer mientras se metía puré de patata en la boca. Se centró en el salero y la pimienta que había justo delante de él, dos conchas marinas de cristal que Jazzy había elegido en una tienda de Tarpon Springs.
—No. Hemos roto.
Notó la reacción en toda la mesa, aunque nadie habló durante un momento.
—¿Por qué? —dijo finalmente Rosalie.
Él deseó que no se lo hubiera preguntado, o deseó tener otra respuesta que no fuera la verdad. Pero no tenía fuerzas para inventarse nada.
—Cree que la utilizaba para vengarme de Charlie Swan.
Su padre se estremeció.
—¿ Charlie Swan?
Edward levantó la mirada lentamente.
—Es la hija de Charlie Swan, papá.
Su padre miró fijamente con los ojos cansados e inyectados en sangre.
—Y empecé a verla porque quería averiguar cómo era su vida. Y porque estaba resentido con ella después de lo que Charlie te hizo y por cómo arruinó lo que quedaba de nuestras vidas cuando mamá murió.
Acababa de hacerlo, había puesto la verdad sobre la mesa, para variar. Notó la mirada feroz de ROsalie, la confusión de su hermano, pero se centró en su padre, cuyo labio inferior había empezado a temblar, un precursor común del llanto.
—No lo hagas, papá —dijo Edward suavemente, mientras dejaba el tenedor en el plato.
Su padre no dijo nada, no hizo nada, se quedó sentado, quieto como una piedra, y Edward supo que estaba intentando ser fuerte, por una vez. Edward respetó el esfuerzo, quizás porque era lo único que su padre le había dado para respetarlo en muchísimo tiempo.
Así que tal vez debería haberse callado en aquel momento, pero, al estar allí sentado a la mesa con su familia, una familia que avanzaba a ciegas por la vida sin ni siquiera reconocer la verdad, se dio cuenta de que seguía teniendo cosas dentro (cosas grandes, duras y complejas), y no pensaba hacerlo más.
—Debería haberte dicho esto en el porche y no haber estropeado la cena, pero tengo que decirlo ahora y así podemos acabar. —Respiró hondo y miró a los ojos vidriosos de su padre—. Eres mi padre, no importa lo que hagas, seguirás siendo mi padre. Y cuando yo era pequeño, eras genial. Ahora aquellos días parecen de otro mundo, de otra vida... pero, aun así, no puedo dejar de quererte, viejo. —Edward hizo una pausa, consciente de que su voz se había vuelto temblorosa. «Acaba esto»—. Aun así, tienes que entender que nada de lo que hagas podrá compensar jamás lo que le pasó a Jazzy o lo que me dijiste el otro día.
Rosalie susurró «¿qué?», pero Edward la ignoró.
—Me convertiste en un hombre duro, papá. Un hombre que busca lo malo de la vida en vez de lo bueno, y también lo malo de las personas. Un hombre que buscó lo malo en una mujer inocente, sin ningún motivo. Ya ni siquiera tiene sentido en mi cabeza, pero eso es lo que hice.
Se sintió más fuerte en cuanto hubo dicho todo lo que quería decir y estaba seguro de que su padre se vendría abajo en cualquier momento, pero, para sorpresa de Edward, no lo hizo.
En lugar de eso, su padre alzó los ojos hacia él.
—Sé que tengo la culpa de muchas cosas, Eddie. Pero no seas como yo, no dejes que las cosas que has perdido te lleven a la ruina. Eres más fuerte que yo, siempre lo has sido. No dejes que la vida te dé golpes.
Edward oyó las palabras alto y claro, las asimiló, las absorbió. Pero no tenía respuesta, así que, finalmente, simplemente asintió, mordió su muslo de pollo nuevamente y farfulló:
—Siento haber fastidiado la cena.
—No pasa nada —dijo Rosalie dulcemente.
No volvieron a hablar de ello, pero, después de cenar, Rosalie sirvió pedazos de una tarta que había comprado en Alberton's y eso recordó a Edward que su hermana tenía una cita con el carnicero, y le hizo sentir algo de esperanza por el futuro de Rosalie. Los cuatro se sentaron en la sala de estar y vieron una telecomedia, tras lo cual Edward y Jazzy jugaron a las cartas en la mesa de café mientras Rosalie miraba, y su padre se quedó dormido en el viejo sillón reclinable que había al otro lado de la sala.
Edward no podía decir que le recordara a tiempos mejores, sino a tiempos familiares. A momentos después de que lo hubieran perdido todo, pero habían seguido adelante juntos, tomándose cada momento como venía, robando pedazos de alegría y satisfacción de donde podían, de un postre compartido, de un juego de cartas, de una tarde tranquila sin gritos ni dolor.
Aquella noche se marchó con algo de sentido de la aceptación. Porque su padre le había dicho algo que él ya sabía, pero oírlo lo hacía parecer más real. Era más fuerte que su padre. Aunque no se había comportado así con Isabella, usando mentiras y engaños para fraguar una relación con ella. Habría dado cualquier cosa por volver atrás y cambiarlo, para cambiar muchas cosas.
«Te amo». ¿Habría sido eso tan difícil de decir? ¿Habría cambiado algo si ella supiera que era eso lo que sentía? Mientras los faros cortaban la cálida noche de Florida en su camino a casa, supo que era verdad, especialmente en aquel momento, en que estaba sin ella.
Pero, demonios, quizás no habría importado. Habría pensado que era sólo una mentira más. Deseaba saber cómo mostrarle las cosas que no podía decir, pero estaba claro que también había fallado en eso.
El día siguiente era miércoles, tres semanas desde que Edward había aparecido por primera vez en el umbral de Isabella. Parecía que hiciera mucho más, pensó él mientras pintaba el dormitorio del piso de un edificio completamente nuevo de muchas plantas de Sand Key. Parecía imposible que hubiera entrado y salido de su vida en menos tiempo del que se tarda en girar la hoja del calendario.
Mientras Edward volvía a llenar su bandeja de pintura, pensó en su vida de los últimos días. Aparte de cenar con su familia la noche anterior, había pintado sin parar, día y noche. Cuando no había estado pintando las habitaciones de ese enorme edificio, o pintando el juego de mesa y sillas del patio de Rosalie, había estado en casa, en el cuarto de invitados, mirando el océano y llenando los viejos lienzos de su armario. Poco después de las primeras dos pinturas, hasta había cogido algunas pinturas acrílicas que había usado de niño, para no tener que preocuparse de que la pintura se resquebrajara. Lo que había empezado como un pasatiempo, calmándole el alma, tranquilizándole la conciencia, se había convertido, de alguna manera, en una misión. Azules, rosas y violetas explotaban en el lienzo en lo que parecía un trabajo de amor fuera de lugar.
Al final, tendría una colección de pinturas que no significaban nada para nadie excepto para él. Tal vez algún día esperaba que significaran algo para Isabella, si alguna vez reunía el valor para mostrárselas. Y, extrañamente, hasta eso se había convertido en una idea en concreto cuando era demasiado tarde. Pensó que era como conducir a lo loco por una carretera a ninguna parte, pero había seguido de todas formas, mojando los pinceles, tapando el espacio en blanco.
La siguiente vez que miró el reloj ya había pasado la hora de dejar de trabajar. Había trabajado alejado del resto de los chicos y suponía que se habían acostumbrado tanto a no tenerlo alrededor durante las últimas semanas, que se habían olvidado de decirle que ya recogían aquel día.
Recogió sólo un poco, ya que estaría de vuelta al día siguiente, continuando desde donde lo había dejado, y después, vagó por los solitarios pasillos y cogió el ascensor hasta la planta baja.
Un muro familiar de calor y humedad lo golpeó cuando salió al duro sol y se abrió camino entre los escombros de las obras que llenaban el aparcamiento, aún sin asfaltar. La parte más calurosa del verano había llegado y no amainaría hasta el otoño.
Acababa de abrir la puerta de su furgoneta cuando oyó el sonido de pisadas en la gravilla y miró a su alrededor.
Dos adolescentes que necesitaban una ducha le tiraban piedras a un gran gato atigrado que estaba literalmente arrinconado.
—¡Eh! —les gritó Edward. Durante una milésima de segundo se preguntó por qué, pero después pensó: «Demonios, se me ha acabado pegando lo de Jazzy».
Los dos chicos dejaron de tirar gravilla y alzaron la vista, sobresaltados.
El los miró con furia, contento de ver miedo en sus ojos.
—Dejad en paz al gato.
—¡Vete a la mierda! —gritó uno de los gamberros. Bueno, se acabó el miedo.
Cualquiera de los chicos podría haber sido Edward a esa edad, pero ya se había cabreado y quería asustarlos. Mientras volvían a arrojar piedrecitas al gato, él se inclinó con calma en la parte de atrás de la furgoneta, rebuscó y sacó una llave inglesa grande. Tras situarse donde pudieran verlo, dijo:
—Que dejéis en paz al puto gato. Ahora.
Los chicos se miraron y uno de ellos dejó que el puñado de gravilla que había cogido cayera al suelo, levantando una nube de polvo.
Edward comenzó a caminar hacia ellos.
—Largaos de aquí. —Alzó la voz, junto con la palanca que agarraba—. ¡Que os larguéis!
Finalmente, los dos gamberros demostraron tener algo de sentido común; el otro tiró las piedras machacadas al suelo y ambos se fueron corriendo hacia la carretera, aunque murmuraron algunas palabrotas.
Edward volvió a meter la herramienta en la furgoneta y empezó a subirse al asiento del conductor, cuando se dio cuenta de que el gato no se había movido, parecía estar helado en el sitio.
—Miau —dijo cuando él lo miró.
Cerró la puerta y encendió el motor. Subió el aire acondicionado y puso la radio. Volvió a echarle un vistazo al gato. Vio a través de la ventanilla el «miau» silencioso que ya no podía oír.
—Mierda —murmuró, mientras abría la puerta.
Un momento después, volvió a la furgoneta, con el dócil gato en brazos. Lo dejó en el asiento del acompañante, donde se quedó, aunque estaba un poco nervioso. Edward miró largo rato al gato mientras comenzaba a maniobrar por los baches de las obras y vio que tenía una oreja raída y le faltaban un par de pedazos de pelo.
—Una vida dura, ¿eh? —dijo ociosamente, mientras giraba hacia la carretera principal—. Bueno, no dejes que te destrocen el espíritu, colega.
Fue más o menos cuando llegó al puente que llevaba a Clearwater Bridge cuando pensó: «¿Qué demonios voy a hacer con este gato?» Primero pensó en Jazzy, pero a Rosalele daría algo. Después, pensó en un refugio de animales, pero había oído que mataban a los animales si nadie los quería. No se había molestado en salvar al gato sólo para firmar su orden de ejecución.
Sacudió la cabeza. «¿Cuándo había pasado aquello? ¿Cuándo se había vuelto tan jodidamente humano?».
Mientras cruzaba hasta el continente y zigzagueaba por la ciudad, Edward pensó en la única persona a la que le gustaban los gatos que conocía. Y resultaba que iba a pasar por Bayview Drive en unos minutos.
Giró sin pensárselo mucho, pero, mientras conducía por el lujoso barrio y se acercaba a su casa, se le fue formando un pequeño nudo en la garganta. «No quiero volver a verte nunca». Ella había dicho eso, ¿y él tenía la cara de presentarse en su casa tres días después? ¿Y sólo habían sido tres días? Parecían más bien tres semanas, o tres meses.
No frenó en su camino de entrada, sino que aparcó en la calle. Por alguna razón, aquello parecía menos agresivo. Se preguntó si estaría dentro, si miraría por la ventana y vería su furgoneta, si abriría la puerta, siquiera.
«Sólo estoy aquí para traer un gato», se dijo, mientras alargaba la mano para coger al gato atigrado. «No estoy aquí para molestarla, para suplicarle que me perdone ni para seducirla con mis ojos. Sólo para traer un gato».
—Aquí hay una gata muy mona —le dijo distraídamente al gato atigrado mientras lo rodeaba con el brazo—, pero no tengas demasiadas esperanzas, dudo que seas su tipo. Sois de dos mundos diferentes.
Edward se sintió como un extraño de nuevo mientras avanzaba por el camino de ladrillo de Isabella, subía el escalón con cautela y hacía sonar el timbre. Aquel lugar le volvía a parecer enorme y extraño, el hogar de la Princesa de Swan Builders.
Cuando abrió la puerta, la cara de Isabella cambió; claramente no había mirado por la mirilla. Como en tantas otras ocasiones, Edward quería regañarla por eso, pero se lo guardó para sí mismo y, en vez de eso, comenzó a hablar de por qué estaba allí.
—Mira, ya sé que no quieres volver a verme, y no te culpo, pero me he encontrado este gato. —Levantó el gato atigrado ligeramente—. Unos chavales se estaban metiendo con él y eres la única persona que conozco a la que le gustan los gatos. Puedo llevarlo al refugio de animales, pero pensé que igual lo sacrifican. Y, además, pensé que a Izzy no le vendría mal un hombre en su vida. —Le echó un vistazo a la gata blanca, que asomaba entre los tobillos de Isabella, y bajó la voz—. A menos que pienses que está demasiado desaliñado para ella.
La mirada de Isabella bajó de Edward al gato y alargó la mano, cogiéndolo suavemente.
—No, no está demasiado desaliñado.
El leve roce de la mano de Isabella contra su brazo lo atravesó como una descarga eléctrica. Había esperado no sentirlo, no mirarla y desearla, a ella, su corazón, su cuerpo y su alma, pero, por desgracia, verla sólo confirmaba lo mucho que la amaba y que había perdido lo mejor que había entrado jamás en su vida. Durante un momento fugaz incluso pensó en decírselo, pero había ido hasta allí para llevar un gato, no para seguir suplicando por un perdón que no merecía.
—Bueno, gracias por quedarte con el gato —dijo. Después, se giró para marcharse.
Cuando reunió el valor para mirar por encima del hombro, varios pasos más tarde, la puerta ya se había cerrado silenciosamente tras él. Una sensación de soledad se apoderó de él mientras se volvía a meter en la furgoneta, sin ni siquiera el gato por compañía, en aquel momento. Y suponía que podía ir a ver a Jazzy y Rosalie, pero no era aquello lo que necesitaba en ese momento. En lugar de eso, se fue a casa, cogió algo rápido para comer, abrió un tubo de pintura etiquetada como FERN y cogió sus pinceles.
No podía decir cuándo exactamente se había dado cuenta, si había sido una explosión de conciencia enorme, como el Big Bang en su cabeza, o si había evolucionado con el tiempo, como pequeñas piezas de un puzle encajando lentamente. Se había pasado la noche del miércoles pintando en casa, y también la noche del jueves, hasta pasada la medianoche, ni siquiera pensando en que tenía que levantarse temprano, ansioso por acabar la última obra de su colección.
Quizás había sido entonces cuando se había dado cuenta, al tomar firme conciencia de que era la última. Y, como en una de las primeras, de varias semanas antes, los tonos de azul dominaban, pero aquel cuadro parecía más intensamente vivo, más lleno de movimiento, con olas de espuma blanca salpicando la pálida arena. No era que los colores de ninguno de sus cuadros fueran el centro, ni que las olas o la arena fueran los elementos que hacían que los cuadros estuvieran vivos. Sí, si no lo había tenido claro antes, aquel momento fue el definitivo. Comprender qué los hacía vivos.
Y comprender lo que los hacía parecer vivos, por alguna razón, le hizo tener claro lo que tenía que hacer, por qué los había pintado. No había sido una carretera a ninguna parte. Tal vez una carretera hacia el rechazo y el desengaño, pero no a ninguna parte.
Aparte de Isabella, la única otra persona realmente rica que conocía era Dale Gold, propietario de Gold Homes, un constructor que hacía casas a medida en Pasco County. Sólo había hecho unos cuantos trabajos para Gold (estaba demasiado al norte), pero, hacía más o menos un año, había trabajado todo un fin de semana de vacaciones en el exterior de una de las casas de Gold como un favor, porque necesitaba tenerlo rápido. Edward había quedado satisfecho con la paga de horas extras que se había ganado, pero a Gold le había caído simpático Edward y hasta lo invitó a un par de reuniones de la empresa en su casa de primera línea de mar, cerca de Tarpon Springs. Cada vez que veía al hombre de mediana edad cuyas sienes grises le daban un aspecto digno, le daba palmaditas a Edward en la espalda, decía que era un pedazo de trabajador y añadía: «Si alguna vez necesitas algo, lo que sea, soy tu hombre».
Edward no solía pedir favores, pero, el viernes a la hora de la comida, llamó a Dale y tuvo la suerte de encontrarlo en la oficina.
—¿Te acuerdas de cuando me dijiste que, si alguna vez necesitaba algo, te lo pidiera?
—Claro, Edward. ¿Qué puedo hacer por ti? —La actitud siempre optimista de Dale le recordaba a Aro Voulturi, si no fuera porque Dale siempre le había parecido más competente y más sincero.
—La verdad es que es algo grande —le avisó—. Necesito que me prestes un par de cosas. Sólo por un día, más o menos.
—Dime el qué. —Dale no pareció en absoluto preocupado, lo que lo tranquilizó.
—Una de tus lanchas rápidas —comenzó con cautela—, y tu isla. —Dale había mencionado una vez que tenía una minúscula isla en el golfo, a varios kilómetros de la costa, a la que llevaba a su familia de excursión a la playa privada.
—No me digas más, Edward, amigo. Estaré en casa a eso de las seis, pásate cuando quieras a partir de esa hora.
«Joder», pensó Edward, cuando hubo colgado el teléfono un minuto después, «ha sido demasiado fácil». Y quizás en el fondo hasta había esperado que Gold le diría que no y le impediría llevar a cabo el loco plan que sus propios cuadros le habían sembrado en la cabeza.
Sin embargo, estaba sucediendo, así que tenía que confiar en sí mismo y no sentirse desalentado por las dudas de toda una vida. Tenía que mostrar a Isabella lo que sentía exactamente de una vez por todas.
—Bueno, Jazzy—dijo cuando recogió a su hermano pequeño aquella noche—, espero que no tuvieras pensado nada especial para esta noche, porque he planeado una pequeña aventura y necesito tu ayuda para realizarla. ¿Qué me dices?
—Lo que quieras, Edward —dijo Jazzy con su sonrisa de siempre.
Mientras trabajaban aquella noche, transportando los cuadros tapados a la isla, Edward y Jazzy y hablaron, sobre un montón de cosas. Edward se asombró al saber que a su hermano le gustaba una chica que trabajaba en Albertson's y que había llegado hasta a hacerle un regalo, algo que parecía tan hermoso que sabía que sólo Davy podría haberlo hecho. Davy dijo que estaba reuniendo valor para invitarla a ver los delfines en Sand Key Bridge una noche y Edward se ofreció voluntario para llevarlos, mientras notaba cómo se le contraía el corazón por su hermano pequeño de una forma que no había sucedido antes. Jazzy también le dijo a Edward que acababa de terminar de leer La isla del tesoro y preguntó a Edward si lo llevaría al festival de piratas de Tampa en febrero, una petición que lo cogió tan desprevenido corno la parte de la chica.
—¿Desde cuándo te gustan los festivales?
—No lo sé. Supongo que es lo que siempre me dices, tengo que salir más.
Estaban conversando tan bien que Edward se encontró explicando (sin ciertos detalles íntimos y también sin mostrarle los cuadros a Jazzy) lo que iba a hacer al día siguiente para reconquistar a Isabella.
—¿Crees que estoy loco? —le preguntó cuando terminó.
—No —dijo Jazzy—. Creo que ella se lleva la tormenta que hay dentro de ti.
Ni siquiera tuvo que preguntar a Jazzy qué quería decir con eso; lo entendió. Y se aferró a las palabras de Jazzy y a la firme confianza de Edward en él, esperando y rezando para poder recuperar también la confianza de Isabella.
Cuando Edward llamó valientemente a la puerta de Isabella la tarde siguiente, no obtuvo respuesta. El corazón le latió aún más rápido mientras pensaba: «Por favor, que esté en casa». Hacer aquello no era fácil para él, pero ya que había llegado tan lejos, no podía imaginarse volverse, no realizar su plan. Tenía que hacer que Isabella lo viera completamente, que viera cómo él la veía a ella, te nía que hacerle entender lo que no podía expresar con palabras.
Tras soltar un suspiro, rodeó la casa como ya lo había hecho una vez, un viernes por la noche, aquella vez que sostenía una rosa de color rosa pálido. Pero en aquel momento ya no había artimañas. «Sólo di lo que sientes». Si había conseguido hacerlo con su padre la otra noche, seguro que tenía que poder hacerlo con Isabella.
La localizó flotando en la piscina, con un bikini floreado que le resultaba familiar ciñéndose a sus curvas. Verla llenó a Edward de una enorme sensación de expectación, pero, en vez de sobresaltarla, fue caminando en silencio hasta el patio y se apoyó en el marco de la puerta, preparado para tener paciencia, preparado para esperar lo que hiciera falta para hacer las cosas bien con ella aquella vez.
