Disclaimer: Ninguno de los personajes de Fullmetal Alchemist me pertenecen.

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¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que bien. Como todos los días, he aquí el capítulo de hoy y, como siempre: ¡Gracias! Sinceramente, a todos los lectores. Muchísimas gracias, y especialmente a: HoneyHawkeye, Bibiene Von Heiwa, Lucia991, inowe, Darkrukia4, Rukia Kurosaki-chan, fandita-eromena, Andyhaikufma, Guest, Hoshiisima (no te preocuopes por tus desahogos, no me molestan en absoluto y me alegra que la historia te haya llegado realmente. Y no te desanimes tanto, que los hombres buenos sí existen aunque parezca que no =)) Alexandra-Ayanami, Rinsita-chan, laura-eli89, HaruD'Elric, Natsumi Anko, mariana garcia, Dulce Locurilla, LaertesDiMarcini y Eli Lawliet por sus siempre tan bonitos reviews. Espero que este capítulo les guste. ¡Nos vemos y besitos!


Crisis de la mediana edad


XXI

"Hermética barrera"


Espirando, caminó hasta el perchero y tomó su abrigo, colocándoselo con calma. Había debido cambiarse, nuevamente, dado que ya había estado vestida para irse a dormir, cuando el teléfono de su casa había sonado. Por supuesto, había solo dos personas que llamaban a su casa, especialmente a altas horas; Rebecca y el general de brigada. Y dado que tampoco era usual que la primera lo hiciera, a menos que fuera por motivos particulares o simplemente para quejarse de cuán difícil era encontrar un buen hombre adinerado con el que casarse, había resultado obvio que se trataría del segundo. Y Riza había considerado no atender, seriamente también, y continuar alistándose para irse a dormir, ignorando completamente la llamada.

Sin embargo, había sido absolutamente incapaz de hacerlo. Después de todo, había prometido vigilar la espalda de su superior, protegerlo y cerciorarse de que se mantuviera vivo hasta que pudiera alcanzar la cima (e incluso entonces, continuar protegiéndolo) y había temido que algo serio o grave pudiera haber sucedido. Desde lo sucedido con el antes teniente coronel Hughes, admitía que tenía sus ligeras reservas a la hora de levantar el auricular del teléfono, temiendo que cada llamada pudiera ser la última del general, o simplemente el cuartel anunciando que algo terrible había sucedido a su comandante. Por ende, era incapaz de dejar el teléfono sonando. Y haciendo caso omiso a su sentido común que le había dicho que no atendiera, había levantado el auricular de la horquilla, confirmando al instante de que se trataba de su superior. El cual, por supuesto, no estaba en ningún peligro inminente ni requería su protección. No obstante, había parecido estar bastante disgustado y había requerido verla casi inmediatamente. Argumentando que necesitaba hablar con ella, esa misma noche.

Si debía ser sincera, su tono imperativo le había preocupado al inicio. Su comandante generalmente era más calmo y controlado. Aún cuando, de hecho, sí era impetuoso e imprudente en ciertas ocasiones, y aún cuando éstos rasgos sí tenían lugar en su personalidad. Incluso entonces, solía ser más mesurado y controlado. Sabiendo perfectamente elegir sus batallas y discusiones y los lugares y tiempos para cada acción. Con todo, Roy Mustang, era remarcadamente inteligente y habilidoso y un excepcional táctico. Así como un capaz comandante. Aún cuando disimulara todo esto perfectamente bajo su usual fachada de autosuficiencia, arrogancia y cinismo. Así como su imagen de ser un hombre altamente superficial cuyos únicos intereses eran los que lo favorecían a sí mismo. Por esa razón, había temido por un instante que algo hubiera sucedido. Algo que lo hubiera forzado a actuar tan imprudentemente a altas horas de la noche. No obstante, no había sucedido nada. Nada externo al menos, que lo hubiera empujado a llamarla a las 11:30 PM para prácticamente insistirle y ordenarle que le permitiera verla.

Algo que, bajo todos los conceptos habidos y por haber, era una mala, mala, mala idea. Insensata, inapropiada y riesgosa, y por ende se había opuesto tajantemente a la misma, desde el primer momento. Asegurando que no era conveniente que se vieran fuera del cuartel general. Y fuera del contexto diario en la oficina. No lo era, evidentemente, conveniente. Dado que la última vez las cosas no habían terminado bien, sino que se habían salido de control, de las manos de ambos (porque Hawkeye era lo suficientemente adulta para aceptar la porción de responsabilidad que le tocaba en todo el asunto y a aprender de ésta), y había terminado en un terreno peligrosamente alejado del espacio común y, más aún, del espacio aceptado por las regulaciones de la milicia. Algo que, claramente, no podían volver a consentir. Y un lujo que rotundamente no podían costearse. No cuando podía poner en riesgo las posiciones de ambos en la milicia. De ser descubiertos, de llegar aquello a oídos de sus superiores, ambos podrían ser sancionados. El general de brigada podría ser degradado, reteniéndolo en su ascenso a la cima, o, peor aún, ambos podían ser expulsados de la milicia.

De ser ella, la espalda de él quedaría completamente descubierta y expuesta y podría morir en el campo de batalla sin ella ser capaz de protegerlo. Y de ser él, ella lo seguiría, porque no había nada en la milicia reteniéndola salvo Roy Mustang y el maravilloso sueño que ambos habían discutido delante de la tumba de su padre. Eso era todo lo que tenía de hecho, todo lo que ambos tenían, y de ser expulsados de la milicia ese sueño jamás podría ser posible. Jamás podría ser realizado. Algo que, por razones obvias, era inaceptable. Se lo debían a demasiadas personas, no solo a sí mismos.

A Havoc, Breda y Fuery, e incluso a Falman, que los habían apoyado durante demasiados años y que habían ido tan lejos como para arriesgar sus propias vidas y posiciones en la milicia solo para permanecer y realizar un golpe de estado junto a ellos. También estaba el mayor Armstrong. Y los Elric, que habían afirmado esperar ver al general de brigada un día en la cima y que habían aceptado guardar el secreto de la ambición de Roy. Así como también se lo debían a Hughes, por la vida que había dado para ver a su amigo más cerca del puesto de Fuhrer, y a Gracia y a Elicia por haber perdido a un esposo y padre por ese sueño, sin siquiera haber podido decir algo al respecto. Y no solo a ellos. También estaban las personas que habían asesinado, las personas que habían muerto por sus acciones y cuyos hijos y nietos merecían un lugar al que regresar. Un lugar en el que vivir, sin temor a ser asesinados. Y esos eran solo algunos de la lista. Por esa razón, no podían permitirlo. Ni consentírselo. Sin importar cuánto llevaran conteniéndose y restringiéndose en la forma dolorosa en que llevaban haciéndolo. Por años.

Negando para sí, tomó la bufanda colgada en su perchero y la enroscó flojamente alrededor de su cuello, dedicando una última mirada a su pequeño Shiba Inu antes de abrir la puerta —Regresaré tarde, el general de brigada me necesita. No me esperes despierto —el pequeño perro ladeó la cabeza y ladró, meneando la cola. Asintiendo, Riza salió y cerró la puerta tras de sí, cerrando con llave. Comenzando a caminar por las desiertas calles de Central en sentido a la dirección que su superior le había suministrado. Quedaba cerca, en efecto. A dos cuadras y media de su apartamento. Por lo que no le tomó demasiado arribar al lugar. Sin embargo, el clima estaba demasiado frío para caminar.

Cuando llegó, lo encontró sentado sobre una pequeña verja, codos en las rodillas y cabeza hundida entre éstas últimas. Intentando calentar sus dedos enguantados con su cálido aliento. Al oír el sonido de pasos crujiendo en la nieve, alzó la cabeza. Riza espiró, cerrándose el abrigo firmemente con ambas manos. Aliento evaporándose de entre sus tensos pálidos labios. Sin decir realmente nada. Roy mantuvo sus ojos negros en los de ella —Viniste —no sabía por qué, pero había temido que no lo hiciera. Había sido irracional de su parte, por otro lado, pues si su teniente primera afirmaba que haría algo era porque lo cumpliría al pie de la letra. Simplemente así era ella.

Asintió —Eso dije que haría, general, si mal no recuerda.

Él asintió, sonriendo amargamente —Temí que no lo hicieras —confesó, poniéndose de pie y palmándose el pantalón del uniforme para quitarse la nieve que se había acumulado sobre su regazo mientras había permanecido sentado allí, aguardándola.

La expresión de Hawkeye se suavizó, aunque solo a duras penas —Sabe perfectamente que no lo dejaría, general —y tras hacerlo volvió a atiesarse una vez más, voz nuevamente en tono desaprobatorio—. No debería haberme llamado.

—No —concedió—, tiene razón, teniente. Lo lamento.

Negó con la cabeza —Está bien, general. Ya no importa. Venga, lo llevaré a casa. Es tarde, después de todo.

Asintiendo, comenzó a caminar junto a ella en absoluto silencio. Solo ladeando la cabeza de vez en cuando para observarla. Tenía la piel sumamente pálida, como siempre sucedía durante las épocas de bajas temperaturas, y los labios igualmente pálidos también. Sus mejillas, por otro lado, tenían un ligero tono más sonrosado que habitualmente no estaría allí, de haber otro clima. Y debía admitir que le resultaba particularmente atractivo. La hacía lucir más suave. Y más joven. Como cuando la había conocido por primera vez. Su cabello, en cambio, permanecía sujeto tirantemente en la parte trasera de su cabeza, arruinando parte de esa imagen. Blancos copos de nieve enredados entre los dorados mechones de su despuntado flequillo, así como en sus largas pestañas igualmente doradas.

Y estuvo a punto de extender la mano, dedos estirados también y retirar atrapando entre su pulgar e índice uno de los copos para así quitárselo del cabello. Algo que en otra ocasión se habría atrevido a hacer, también. Sin embargo, no parecía apropiado. Y no quería disgustarla tampoco, por lo que mantuvo ambas manos hundidas en los bolsillos. Después de todo, ya la había sacado de la calidez de su apartamento solo para que fuera a recoger su patético trasero congelado a un bar, no quería empeorar la situación para ambos —Gracias —dijo finalmente. Riza lo miró de reojo, mas no dijo nada hasta que arribaron junto al auto aparcado de él.

—Necesito las llaves, señor —le recordó, con calma.

—A-Ah, cierto —asintió, buscando las mismas con los dedos en el fondo de su bolsillo. Cuando finalmente las encontró, las depositó sobre la palma de ella. Viéndola cerrar los dedos delicadamente sobre las mismas. Para luego bordear el auto y abrir la puerta del lado del conductor.

Tomó asiento en éste, inclinándose para abrir desde adentro la puerta del copiloto y aguardar a que el general de brigada ascendiera al auto también. Una vez lo hizo, ambos cerraron las respectivas puertas y Hawkeye introdujo la llave en el arranque, girándola y haciendo ronronear el motor. Igualmente en silencio, arrancó. Roy se acomodó contra el respaldar del asiento, reconfortándose en la calidez del interior del vehículo —Hace frío —en el momento en que lo dijo, deseó incinerarse su propia lengua. Era ridículo, realmente, un hombre como él usando el recurso del clima para comenzar una conversación con la mujer que llevaba conociendo casi toda su vida. Por encima de todo, había sonado completamente idiota. Después de todo, ¿qué clase de comentario era "hace frío"? Además de una ridícula obviedad, evidentemente. Un comentario que haría alguien como el idiota de Havoc a una mujer.

Afortunadamente, Hawkeye podía ser amable como cruel. Y solo para ahorrarle la vergüenza, le siguió la corriente. Tal y como había hecho frente a la tumba de Hughes, solo que entonces le había ahorrado algo más que solo vergüenza —Lo hace, general. No debería permanecer tanto tiempo en el frío. Sabe que puede enfermarse.

—Odio la nieve —masculló ahora, más cómodo.

Si hubiera sido otra ocasión, estaba seguro de que su teniente primera habría sonreído. No obstante, ésta vez no lo hizo. Simplemente replicó de forma estoica y calma —Eso he oído, señor.

—Debería haber visto a los tenientes segundos Havoc y Breda, teniente. Patético, realmente. ¿Y se supone que esos hombres son mis subordinados? Si no pueden hablar con una mujer, ¿cómo esperan ayudarme a reconstruir este país?

Riza lo observó de reojo y espiró —Me temo que no todo el mundo tiene su habilidad y desenvoltura para hablar con mujeres, general. Algunos hombres encuentran la tarea algo dificultosa.

—Lo creería si la mujer en cuestión fuera usted, teniente —concedió, con una sonrisa arrogante, deseando que eso la suavizara. En vano.

—No creo ser tan inaccesible, general. A pesar de lo que usted y Rebecca parecen creer —no, el sabía que ella tenía razón. Hawkeye era realmente una mujer amable, bajo el áspero y estricto exterior. Solo era cuestión de saber llegarle.

—No, supongo que no lo es, teniente —admitió, ladeando la cabeza y mirando por la ventana. Mejilla presionada contra su puño. Afuera, todo permanecía blanco y nevado. Una vista realmente deprimente, en su opinión. Además, le recordaba demasiado al Norte, y no tenía muchas memorias placenteras concernientes a la región. Solo el entrenamiento conjunto, y eso ya era más que suficiente para que odiara el frío y la nieve y todo lo que venía con ésta. Eso era, si no recordaba a la mayor general Armstrong y su particular y personal aversión hacia su persona—. Después de todo, el hombre con el que la obligó a salir la teniente Catalina sí le obsequió flores.

Hawkeye lo observó de reojo —Eso fue cerca de un meses atrás, general —replicando con calma—. No veo por qué lo traería a colación.

Roy se enderezó, cruzándose de brazos —No pensé que fuera del tipo que le gustan las flores, teniente, eso es todo.

Espiró —Sabe que no lo soy, general. No tengo particular inclinación hacia éstas —virando. Ambas manos en el volante.

—También tiene al sargento Bristol completamente fascinado con su persona —añadió, con una sonrisa arrogante.

Espiró por segunda vez —Estoy segura de que está imaginando cosas, general.

—Soy un hombre, teniente. Puedo ver claramente cuando otro hombre está interesado en una mujer. Havoc y Breda acuerdan conmigo, además —señaló.

—Estoy segura que si, señor —torció con sarcasmo.

Roy enarcó ambas cejas —¿No cree en la palabra de su superior, teniente?

—No cuando éste suena completamente errado, general, no. Estoy segura que el sargento es muy joven para interesarse en alguien de mi edad.

—Suena como si se considerara vieja, teniente Hawkeye... —masculló, ligeramente frustrado. Si Hawkeye se consideraba de esa forma, con sus 32 años de edad. ¿Qué le quedaba a él, que cumpliría 36 ese año?

—No lo hago, señor. Sin embargo, estoy convencida que una diferencia etaria de doce años es considerada cuantiosamente alta —señaló, puntuadamente. Voz calma.

—¿Entonces no le gustan los hombres menores, teniente?

Negó con la cabeza —Pensé haber dejado eso perfectamente en claro, general. No.

—Es bueno saberlo —concedió.

Suspiró. Expresión estoica —Imagino que sí, señor. Llegamos —aparcando finalmente delante de la casa de su superior.

Con un calmo giro de la muñeca, giró la llave en el arranque y apagó el motor, retrayendo ésta casi inmediatamente después. Tomando la manija, abrió la puerta y descendió del vehículo. Su superior, al otro lado, hizo lo mismo —Aquí tiene, general —depositó las llaves en la palma del general de brigada—. Que tenga buenas noches.

Sin embargo, antes de que pudiera retraer la mano de encima de la suya, él la detuvo, sintiéndola tensarse ante el inmediato contacto. Expresión severa —General, ¿qué hace?

—Dije que necesitaba hablar... —le recordó, aún sin soltarla.

—Ya lo hicimos, general. Todo el camino de regreso aquí —puntualizó, con la voz tirante.

Él dio otro paso a ella, aún sin soltar su mano y alzando la otra para apartar un largo mechón dorado perteneciente a su flequillo de sus duros ojos caoba, con sus nudillos —No me refería a eso —descendió la mano, soltándola. Aguardando.

—Me temo que preferiría no hacerlo, general. Si está bien con usted. Y retirarme a mi casa —replicó, labios tirantes en una línea. Cuerpo rígido y tenso.

Aquello, ellos, era algo de lo que no hablaban. Una especie de acuerdo tácito entre ambos, y desde hacía años. Un tabú. Y era de esa forma que las cosas habían funcionado y continuaban haciéndolo hasta el momento –si es que la palabra "funcionar" era remotamente apropiada en su situación-, hasta la actualidad. Y llevaban años, haciéndolo de esa forma. Barriendo todo bajo el tapete como si nada existiera –en absoluto-, ignorando toda el agua que había trascurrido bajo el puente desde que se habían conocido. Y continuaban haciéndolo. Manteniendo las distancias y trazando líneas y elaborando reglas para recordarse una y otra vez qué era aceptable y qué no lo era. Pero, por encima de todo, ellos no hablaban. No discutían el estatus de su relación –fuera el que éste fuera- y no discutían nada que fuera considerado de talante personal, y concerniente a ellos, manteniendo todo en un ámbito estrictamente militar. Así como ella no se quejaba y él no decía nada que pudiera romper el frágil pero equilibrado orden de las cosas.

Eran humanos, seguro, y como tales lo tenían perfectamente asumido. Sus capacidades y sus limitaciones y todo aquello que podían lograr y aquello que estaba completamente fuera de su alcance. Sin embargo, no tenían el derecho de derrumbarse como tales. No tenían el derecho de resignarse y renunciar o aspirar a algo más que no fuera lo que llevaban haciendo por años. No cuando aún tenían una gran deuda que saldar, que pagar, a modo de intercambio equivalente, y no cuando ambos estaban vivos y gracias a las otras tantas personas que habían debido morir para que ellos estuvieran allí, ahora. Hughes. Y todos los Ishbalitas a quienes habían arrebatado sus vidas y una gran cantidad de personas más que seguramente no estarían contando. Por lo que debían continuar barriéndolo todo bajo sus pies, como si nada sucediera o hubiera sucedido y como si nada existiera en absoluto, bajo el tapete. Aún cuando empezaran a sentir que el terreno bajo sus pies empezaba a abultarse. Haciéndolos perder el equilibrio.

Incluso entonces, ella estaba allí, a su lado, para recordarle todo esto y mantenerlo centrado. Aún cuando su superior pareciera olvidarlo. O, más bien, deseara hacerlo. Porque sabía que ninguno de ellos podía olvidar.

—General, debería irme —le recordó.

Él se apresuró a detenerla por la muñeca una vez más, ésta vez con más suavidad. Al ver la expresión severa de advertencia de ella, sin embargo, la soltó —Quédate solo unos minutos. Luego podrás marcharte, tal y como afirmé.

Suspiró —Sabes que no debería —aún intentando forzar algo de sentido y razón en su superior.

Sonrió, cansinamente —Si, lo sé. Y prometo no retenerte demasiado —solo quería sacarse unas cosas de la mente. Y aunque entendía la renuencia y resistencia de su teniente primera, y aunque sabía los motivos detrás de ésta, no podía evitarlo. Necesitaba decir algo. Cualquier cosa. Para liberar un poco de presión de la olla a presión en que se había convertido su cabeza en la última semana, semana y media. Y estaba determinado a hacer algo al respecto.

Cerró los ojos pesadamente —Entiendo —no había forma de persuadirlo de lo contrario. Era esa misma determinación que admiraba, y que lo llevaría a convertirse en Fuhrer, la misma que terminaría destruyéndolos a ambos. Y a todo por lo que habían estado trabajando.

En silencio, lo vio ascender los tres escalones de entrada y abrir la puerta, volteándose y aguardando a que ella lo siguiera. Y, por un instante, un pequeño segundo, simplemente permaneció allí, rígida e inmóvil, de pies a cabeza, observando con caución la abertura de la vivienda. Sabiendo, en el lado más racional de su cabeza, que aquello era todo lo que no tenía que hacer. Todo lo que no tenían que hacer. Todo lo que llevaban evitando por años. Y ella no podía permitirle desviarse de su camino ahora, en aquel momento, y después de tanto tiempo de mantenerse ambos apartados el uno del otro. Sin embargo, él parecía haber alcanzado su límite, respecto a la situación. Ese que ella había creído eterno. Y no estaba haciendo demasiado para removerse ante la resignación. No realmente. Y empezaba a creer que no había ni habría una solución para aquella situación. En el momento en que él empezara a pronunciar todas y cada una de las palabras impronunciables entre ambos, que podía ver nadando en su turbada mirada negra, todo se desmoronaría. Ella, se desmoronaría. Y algo así era inaceptable.

Si ella se desmoronaba, ¿quién estaría allí para evitar que él lo hiciera? ¿Quién estaría allí para vigilar su espalda y para asegurarse de que continuara en el camino correcto? Exhalando, ascendió los escalones. Había prometido seguirlo, acompañarlo y protegerlo. Había prometido seguirlo hasta el infierno, de ser necesario. Y había accedido a hacer lo que fuera necesario para mantenerlo vivo y centrado y en una pieza y si eso era lo que se requería para hacerlo, entonces lo haría. Sacrificaría lo que necesitara sacrificar en pos de él y su sueño y ambición. Le había confiado su espalda, ya, todo ese tiempo atrás, cuando solo había tenido 16 años, por lo que no veía en qué podía cambiar que le confiara el resto tampoco. El resto de sí misma, de ser necesario. Salvo una cosa. Algo que no podía consentirse el resignar, sin importar las circunstancias. No cuando necesitaba mantenerse cuerda y sensata, para él y para ambos. Necesitaba su corazón en su respectivo lugar, fuera del camino, de forma que no se convirtiera en un obstáculo para su cabeza. Después de todo, él la necesitaba racional, calma y colecta. Y Riza sabía perfectamente que solo así le era funcional. Solo así podría cumplir su deber y tarea. Solo así podía continuar a su lado.

Por lo que simplemente lo besó, en el preciso instante en que su superior cerró la puerta tras de ambos, consistente y sólidamente. Manteniendo sus labios firmes contra los de él sin siquiera apartarlos. Dedos largos y esbeltos sujetándose al frente de la chaqueta del uniforme militar de él para mantenerla estable, mientras aguardaba algún tipo de respuesta. La cual, tras un gutural vibrar ascendiendo desde el interior de la garganta a la boca del moreno, no tardó en arribar. Devolviendo el gesto con igual o más intensidad, mientras giraba y presionaba la espalda de ella contra la puerta, alzándola de un envión y permitiéndole enroscar sus piernas alrededor de la cintura de él. Manos aferrándola por los muslos, palma sudada contra pálida y cálida piel. Boca sobre boca una vez más.

Suspiró, manteniendo ahora la sábana aferrada firmemente contra su cuerpo, mientras lo observaba dormir calmamente a su lado. Pecho ascendiendo y descendiendo suavemente. Rítmicamente. Proveyéndole una ligera sensación de paz. Mientras ella permanecía boca arriba, inmóvil, rígida y con los ojos caoba abiertos de par en par y clavados en el techo. Cabello dorado esparcido sobre la almohada una vez más. Lo había hecho nuevamente, vuelto a besar, eso era. Y lo había hecho por todas las razones equivocadas también. Y por todas las correctas. Lo admitía, no era un recurso que hubiera elegido o deseado usar, de tener voz en el asunto. Y no parecía demasiado ético tampoco. Sin embargo, no se arrepentía de ello, no lo había hecho antes, durante y no lo hacía ahora tampoco. Lo había silenciado efectivamente, de esa forma, y evitado que pusiera en riesgo todo el trabajo que habían estado realizando hasta el momento y todo el esfuerzo y todos los sacrificios y había mantenido eso que día a día los consumía apartado del espacio de discusión por un tiempo más. No había nada que discutir, de todas maneras. Ellos no eran ni jamás podrían ser lo que otras personas daban por sentado. Y eso era una cruda realidad con la que ambos debían lidiar.

Se sentó, todavía aferrándose la tela contra la aún ligeramente sudada piel, al borde de la cama. Ladeando la cabeza solo para observarlo una última vez más, por encima de su hombro, tal y como había hecho la vez previa. Espalda en dirección a él. Permitiéndose observar por un instante más del estrictamente necesario, sus atractivas y masculinas aunque contradictoriamente aniñadas facciones. Sabía que no debería, por otro lado. El hacerlo solo le haría más difícil el tomar sus cosas y marcharse, como tenía determinado hacer. No obstante, no había podido evitarlo. El observarlo una vez más, despatarrado sobre el colchón con la sábana envuelta desastrosamente sobre su cuerpo y su boca abierta mientras un pequeño y ocasional ronquido escapaba de sus labios. Su cabello, de por sí alborotado, completamente enmarañado. Y contener la pequeña y casi imperceptible curvatura que había alcanzado sus habitualmente tensos labios. Notando, por primera vez, ligeramente sorprendida, una pequeña marca enrojecida y cárdena sobre su pectoral izquierdo, allí donde estaría, bajo toda la piel y músculo torneado y caja toráxica, su corazón. Del mismo lado en que, un poco más abajo, se encontraba la áspera piel cauterizada que él mismo había sellado con su alquimia. Suspiró, absteniéndose de extender su mano y trazar ésta –la marca que ella misma había depositado allí- con las yemas de sus dedos, por miedo a despertarlo. ¿Acaso le había impreso tanta fuerza y firmeza a sus labios, cuando lo había besado allí?

Negó con la cabeza, no tenía demasiado sentido detenerse en ello. Sin embargo, debería tomar nota de ser más cuidadosa la próxima vez. No podían arriesgarse a que alguien la viera y dedujera lo que había sucedido allí. No podían darse el lujo de dejar demasiado al descubierto, nada, de hecho. Por esa razón, se aseguraría de limpiar cuidadosamente su rastro por ambos. De actuar con prudencia y desaparecer antes de que la noche se desvaneciera y empezara a circular gente por las calles. No podían tener testigos, ni siquiera uno. Ciertamente no podía permitir que nadie la viera abandonando aquel lugar a aquellas horas. Pero era lo más conveniente. Marcharse entonces, cuando no habría nadie seguramente merodeando por Central y regresar a su apartamento. Para pretender, una vez más, que nada había sucedido. Espirando, se puso de pie y dejó finalmente ir la sábana que había permanecido hasta el momento enroscada alrededor de su delgada complexión. Para luego abandonar la habitación, entornando la puerta de la misma tras de sí, y comenzar a descender la escalera dado que su ropa se encontraba en la planta baja, aún junto a la puerta, donde había quedado olvidada en el suelo por ambos.

Se agachó, tomando éstas y comenzando a vestirse una vez más, rápida y eficientemente, para luego tomar la de él y dejarla prolijamente doblada en una silla próxima. Permitiéndose un instante, solo un instante más antes de marcharse, detenerse a evocar lo ocurrido poco menos de unas dos horas, hora y media antes. Aún podía sentirlo, de hecho, la forma en que la había besado, con mayor vehemencia y hambre que la última vez. De hecho, la ocasión previa se había tomado su tiempo para hacerlo, besándola con suavidad y lentitud y saboreando el momento en sus labios contra los de él. Había sido paciente y progresivo y calmo y había actuado casi controladamente. Asegurándose a cada instante de que ella estuviera cómoda con el ritmo que él estaba llevando, seguramente temiendo que fuera a detenerlo y recordarle cuan inapropiado era todo aquello. Ésta vez, sin embargo, había sido todo lo opuesto. Se había mostrado impaciente y apresurado al punto de no haber sido capaz de esperar hasta haber alcanzado la planta alta. Y aún una vez arriba, enredados entre las sábanas una vez más, no había manifestado estar complacido del todo. Ella no había objetado, por supuesto, y le había seguido la corriente nuevamente, hasta verlo perder el conocimiento del cansancio y seguirlo. Aguardando, hasta que de una vez se durmiera, para marcharse.

Suspiró, mirando el reloj. Debía marcharse, si quería arribar a su apartamento antes de que amaneciera y sin ser vista. Afortunadamente, aún se encontraban en invierno, y el despuntar comenzaba más tarde, proveyéndole así más tiempo para llegar. Por lo que, tomando su abrigo y bufanda, se colocó ambos y abandonó la casa en dirección a la suya propia. Mirando todo el tiempo por encima de su hombro y en los alrededores para cerciorarse de que nadie pudiera verla o identificarla. Y solo permitiéndose relajarse una vez alcanzó la seguridad y comodidad de su propio apartamento. El cual, tras ingresar, cerró con llave. Siendo inmediatamente recibida por su pequeño Shiba Inu, meneando la cola.

Sonrió suavemente, agachándose y acariciando al pequeño animal con afecto —Lamento haberme demorado tanto —se excusó. Deslizando sus dedos cuidadosamente entre su blanco y negro pelaje, aunque no realmente concentrada completamente en la tarea en mano. Espiró—. Ven, vamos a dormir —después de todo, le quedaban de escasas a casi nulas horas de sueño, antes de tener que levantarse y marcharse al cuartel general una vez más. Por lo que sería mejor intentar dormir un poco y luego ducharse a seguir un orden inverso. Además, temía que de ducharse entonces solo terminaría espabilándose un poco más. Y entonces terminaría no durmiendo nada. Algo que, claramente, no podía ser favorable. No para su desempeño militar y no para su salud tampoco.

Tan solo una hora y media después, su cuerpo completamente disciplinado de soldado se levantó, tal y como era su costumbre todos los días. Y tras apartarse las sábanas y mantas del cuerpo se dirigió al cuarto de baño directamente conectado a su cuarto, preparando así la ducha en el proceso, para darse un baño. Una vez lista, cambiada y uniformada y con el cabello prolijamente sujeto en su habitual agarre, bebió una taza de té y se marchó. Arribando, como también era su costumbre, puntualmente al cuartel general. Solo para encontrar, no con sorpresa, que era la primera en arribar. Abriendo la oficina, usando su copia de llaves, ingresó y comenzó a organizar todo el trabajo para aquel día. Dividiendo el papeleo y colocándolo prolijamente en cada uno de los respectivos escritorios. Una vez terminó con eso, comenzó a reorganizar los archiveros, dándole la espalda a la puerta, la cual se volvió a abrir media hora después, revelando al sargento mayor Fuery, cargando una radio en las manos.

—Ah... Buenos días, teniente primera —dijo, asomando su cabeza por el costado del aparato.

Asintió secamente, aún trabajando en los archiveros —Buenos días, sargento.

Quince minutos después de que el sargento arribara, la puerta volvió a abrirse. Ésta vez revelando a un Havoc de buen humor y a un Breda masticando lo último de un sándwich que habría comprado seguramente de camino al cuartel. Ambos, como era su costumbre, saludaron a los que ya se encontraban en el lugar —Oy, buenas, Hawkeye, Fuery —el pelirrojo limitándose únicamente a asentir, debido a que aún tenía comida en la boca. Hawkeye, en respuesta, asintió y saludó a ambos con un seco "buenos días", para luego continuar con su trabajo. Media hora después llegó el general de brigada, bostezando amplia y abiertamente y cubriéndose únicamente la boca con la palma de su mano. Expresión soñolienta y cabello a duras penas peinado.

Havoc lo observó con curiosidad. Breda fue el primero que decidió hablar de los dos —Oy, general. ¿A dónde se marchó anoche?

El moreno parpadeó, aún ligeramente somnoliento —¿Huh? —pasándose los dedos por el cabello azabache en un intento, supusieron, de aplacarlo. ¿O quizá solo estaba rascándose la nuca en su aún estado de sopor?

El rubio sonrió, cigarrillo apagado danzando entre sus labios, acomodándose contra el respaldar de su silla. Brazos cruzados —Oy, jefe. ¿Llamaste para hacer una "visita" a alguna ex-novia y te marchaste?

Roy se dejó caer en la silla, torciendo el gesto. Finalmente comenzando a espabilarse poco a poco —No es asunto tuyo, Havoc —gruñó, cubriéndose la boca debido a otro bostezo.

Aunque debía admitir que parecía eso, si lo consideraba desde los ojos de Havoc y Breda, no que lo fuera, por otro lado. No había considerado que las cosas pudieran terminar como lo hubieron hecho la noche previa. No, solo había cometido la imprudencia de llamar a su teniente primera y afirmar que quería hablar, y había sido sincero al respecto, aunque estaría mintiendo si no admitiera que se sentía complacido de cómo todo se había desenvuelto. Aún así, no se atrevió a mirar a Hawkeye, la cual continuaba trabajando diligentemente en su lado de la oficina, dado que no quería arriesgarse a dejar entrever algo más de lo que debería. Para fines prácticos, había hecho lo que Havoc había dicho que había hecho. Lo cual era, en todos los aspectos, más sencillo y simple.

—Vaya... sea quien haya sido te dejó hecho una piltrafa, jefe... —acotó, entretenido.

Roy suspiró, masajeándose las sienes —Cierra la boca —Dios, estaba cansado.

Riza, que hasta el momento había permanecido completamente ajena a la conversación, decidió intervenir, voz y expresión severas —General, le recomiendo que espabile. Si mal no recuerda, tiene trabajo que comenzar.

Solo entonces, se permitió voltear en dirección de ella —¿No hay unos minutos de indulto, teniente? —viendo absolutamente nada en ella. Ni un indicio, siquiera, de que algo hubiera ocurrido. No le sorprendía, por otro lado. Hawkeye era condenadamente buena en aquello y se había vuelto aún mejor con los años.

Negó con la cabeza —Me temo que no, general. Y por favor lávese el rostro y haga algo con su apariencia. Estamos en el cuartel general, después de todo.

Asintiendo, se puso de pie y se marchó al baño de oficiales masculinos a asearse, solo para regresar minutos después con un mejor aspecto y con sus sentidos completamente restaurados. Tomando asiento, comenzó a realizar su papeleo en completo silencio. Deteniéndose solo en una o dos ocasiones para plegar sus dedos y extenderlos en un intento de relajarlos. Sus nudillos crujieron suavemente, una o dos veces, por lo demás; continuaron fastidiándole el resto del día. Maldijo por lo bajo, quizá fuera la humedad. O la edad. Maldijo una vez más; estaba sonando como un condenado anciano.

Decidió tomarse un descanso. Realmente la mano estaba matándole —¿Y, Havoc? ¿Conseguiste alguna mujer anoche o todas te rechazaron?

—De hecho, jefe, tengo una cita con la mujer de anoche, ésta noche —replicó, satisfecho.

Roy enarcó una ceja —¿Si, cómo se llama?

—... —¡maldición! Sabía que se había olvidado de algo— Algo con C... Creo.

Roy sonrió arrogantemente —Nunca había escuchado de una mujer llamada "Creo". Ha de ser de extranjera. Creta o algo. ¿Aerugo, quizá? —sugirió, sosteniendo la pluma lánguidamente entre sus dedos y balanceándola en un gesto distraído. Sonrisa inamovible en los labios.

—Cierra la boca. Como si tú pudieras hablar, general. ¿Cómo se llamaba la mujer con la que dormiste anoche? —retrucó, molesto.

La pluma se le resbaló de la mano, antes de que pudiera atener a atraparla. Y estuvo seguro, aunque no pudo comprobarlo dado que desviar la mirada hubiera alzado sospechas, que Hawkeye había levantado la vista brevemente para observarlo, antes de volver su vista al papeleo. Si debía ser sincero, su habitual rapidez mental se había evaporado por completo. Tenía la mente en blanco. Ahora, si por la pregunta de Havoc o la breve mirada concisa de Hawkeye, no tenía la menor idea. Hawkeye podía tener ese efecto en las personas. Solo que generalmente él solía ser la excepción a esa regla —Estoy seguro de que no es asunto tuyo, Havoc.

—¡Pff! Seguro que ni te acuerdas, jefe —masculló.

Ha pasado un tiempo, Mustang-san. No, quizá debería llamarlo mayor Mustang ahora. ¿Ha empezado a recordar? Torció la boca. ¿Cómo podría olvidar? ¿A ella?. No, no había forma. Pero no podía afirmar eso. No frente a Havoc y el resto. Y además, estaba seguro que Hawkeye lo sabía perfectamente. Aún cuando jamás había verbalizado nada de ello en voz alta. Aunque, no por falta de intentarlo. De hecho, había intentado hacer exactamente eso, la noche anterior. Pero algo más, llámese, su teniente primera besándolo firmemente, lo había distraído por completo de ello. Y el resto era básicamente historia. En retrospectiva, y ahora que lo veía bajo la claridad de la luz del día, había sido ciertamente... fácil, de persuadir, por así decirlo. Pero suponía también que no podía ser culpado. Después de todo, llevaba demasiado tiempo conteniéndose. Demasiado deseando poder simplemente incendiar el condenado estatuto de la ley anti-fraternización y actuar acorde a ella como realmente desearía. Y ahora... ahora estaba siendo algo ambicioso, suponía, porque simplemente no podía resignarse a ella. No cuando la había tenido consigo como la había tenido la noche anterior. Y no cuando había sido capaz de tenerla como llevaba años deseándolo.

Aunque, si debiera añadir algo más, desearía que Hawkeye no se marchara en el exacto instante en que él perdía el conocimiento como había hecho en las dos ocasiones. Se conocían desde hacía demasiado tiempo, después de todo, y ella no era cualquier conquista que había simplemente levantado en la calle o en un bar y llevado luego a su casa. Sin mencionar que le debía su vida, en más de una ocasión, su trasero inútil bajo los efectos del agua, y el que aún nadie le hubiera disparado por la espalda. Le debía demasiado. Y realmente desearía tener la tranquilidad de que ella sabía que él no la estaba usando. Aún cuando, visto desde afuera, pareciera exactamente eso. Y lo hacía, lo sabía. Por eso sentía la apremiante necesidad de clarificarlo, por lo que aguardaría hasta que el resto se marchara a casa y todo el papeleo hubiera sido realizado y entregado a los superiores correspondientes.

Cuando la vio ingresar de nuevo, sin papeles ya en mano -tras haberlos entregado todos-, y con su abrigo colgado prolijamente sobre su antebrazo, se aclaró la garganta, llamando su atención. Hawkeye lo miró fijamente. Expresión ligeramente inquisitiva —¿Acaso sucede algo, general?

—De hecho, teniente...

Suspiró. Comprendiendo exactamente hacia donde se dirigía el hilo de pensamiento de su superior y decidiendo detenerlo allí mismo. Después de todo, y tal y como había afirmado, no podía permitirle el continuar. No sabiendo que el solo hecho de hacerlo comprometería a ambos y a la posición de los dos, y especialmente de él, en la milicia. Sin mencionar que aún se encontraban en el cuartel general. Lo cual era, bajo toda circunstancia, claramente inapropiado —Está bien, general. No tiene que decir nada.

Roy frunció el entrecejo —Aún así, teniente-

—Con todo respeto, señor, somos ambos adultos. Y estoy segura que no hay necesidad de clarificar nada —hizo una pausa, y añadió—. Y por favor absténgase de volver a traer algo así a colación aún estando en el cuartel general, resulta inapropiado.

—¿Entonces no quiere hablar de absolutamente nada, teniente? ¿Ni decirme nada? —presionó. No era que le sorprendiera, de todas maneras, Hawkeye era una persona privada y considerablemente hermética cuando la situación lo ameritaba. Sin embargo, Hawkeye no era hermética con él. No cuando se trataba de cosas delicadas o que los concerniera a ambos o a su ambición. Y ciertamente no era hermética con él cuando no debía serlo. Seguro, a ojos de muchos Hawkeye podría parecer calma, colecta y seria, e inclusive algo severa; pero él la conocía mejor que eso. Lo suficiente para saber que había algo, debajo de todo ese autocontrol y toda esa severidad hacia sí misma y los demás. Algo, cuidadosamente guardado detrás de sus ojos caoba. Pero, por alguna razón, Hawkeye no le estaba permitiendo verlo.

—No, señor —aseguró, firmemente—. Me encuentro perfectamente como estoy.

—¿Segura? —insistió, tal y como había hecho aquella vez por teléfono. La noche antes en que ella le hubiera comunicado que Selim Bradley era un homúnculo. Pero sospechaba, y con razón, que ésta vez no obtendría la información tan fácilmente. No de ella. No cuando la información en cuestión era estrictamente personal de su teniente primera. Así había sido siempre, de todas maneras, y desde que la había conocido, con tan solo catorce años. Y sospechaba que así sería ahora. Sin embargo, él siempre había sabido cómo llegarle, como atravesar su hermética barrera, de una forma u otra.

—Así es, general. Y, si no me requiere más, preferiría marcharme a mi casa—replicó, con calma.

Suspiró, asintiendo —Está bien, teniente. Puede retirarse.

—Gracias, general. Que tenga buenas noches.

—Si, buenas noches, teniente.

Si... Después de todo, así había sido siempre, de todas maneras, y desde que la había conocido, con tan solo catorce años. Y sospechaba que así sería ahora también. Sin embargo, él siempre había sabido cómo llegarle, cómo atravesar su hermética barrera, de una forma u otra.

Y ésta vez no sería la excepción.

No. Ésta vez lo lograría también. Como siempre.

Como llevaba haciendo por años.