XXI – La joven matriarca
Bajo los pies de Link, había una nube de soldados y miembros del clan Yiga. Él seguía quieto desde su posición, en el falso techo de madera que había por toda la guarida del clan. La visión que le había dado el caldo mágico de Sasaik era escalofriantemente precisa. Gracias a la misma pudo encontrar la guarida del clan sin problemas, y colarse en su interior a través de un pasaje secreto que le condujo al entramado de madera del techo, desde donde no podía ser visto.
El líder del clan se pavoneaba entre sus huestes como si se tratase de un rey. Los botines estaban esparcidos por el suelo, montañas de piedras preciosas, de rupias y otros tesoros que habían sido arrebatados a pobres incautos que habían tenido la mala suerte de haber sido asaltados por el camino. Link esperó con paciencia. Esperó a que terminasen de celebrar lo que fuese que estaban celebrando y cayesen redondos y embriagados por el alcohol y el cansancio.
El salón del líder era el único que tenía ventanas al exterior. Eran una especie de rendijas rectangulares talladas en la roca por la que se colaba la luz de la luna. Era el punto donde podría intentar escapar, y además era la sala donde la joven Riju permanecía prisionera. Con sigilo, Link comenzó su descenso desde el techo. El líder roncaba plácidamente echado sobre su trono, y el resto de guardias estaban fuera o tendidos por el suelo. Se acercó reptando por la sala hasta la jaula de Riju.
—Oye, despierta —susurró Link, pegándose mucho a los barrotes. La niña abrió los ojos y él le hizo una seña con el dedo para que se callase de inmediato.
—¿Quién eres tú?
—Soy Link. He venido a sacarte de aquí.
—Eres un insensato, jamás lo conseguirás. —dijo ella con arrogancia.
—Tengo práctica en sacar a las chicas de su jaula —respondió Link, guiñando un ojo.
Entonces sacó un pequeño trozo de alambre que había guardado a conciencia en su cinturón y comenzó a forzar la cerradura.
—No vas a conseguirlo —dijo Riju, manteniendo su desconfianza y cruzándose de brazos.
—Dame un segundo —dijo él —ya está.
Link abrió la jaula y tendió la mano a Riju para ayudarla a salir. Ella dudó un segundo antes de aceptarla, pero finalmente lo hizo y salió de su encierro.
—Súbete a mi espalda —propuso Link —conozco la salida de este lugar.
—No pienso hacerlo. No tienes ni idea de con quién estás hablando —replicó Riju, manteniendo su actitud altiva.
—Sé quién eres. Y también sé que si no te dejas ayudar por mí, esta panda de idiotas terminará despertando y las cosas se pondrán difíciles.
Riju resopló y se acercó a Link, que se había agachado para que ella se encaramase a su espalda. Después, él se movió con sigilo y volvió a ascender hasta los tablones de madera del techo, donde volvían a estar a salvo de los Yiga.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella.
—Ahora buscaremos un sitio por donde salir de aquí. Y deberías de dejar de fruncir el ceño de esa manera o se te quedará la cara así para siempre.
Riju enrojeció y miró hacia otro lado. Link volvió a agarrarla de la mano y tiró de ella en dirección a la salida del escondrijo Yiga.
—No cabemos por esas ventanas tan pequeñas. Además, ¿cómo vamos a llegar al suelo? —se quejó Riju, al ver el lugar que Link había elegido para escapar de la cueva.
—Deberías confiar más en mí —dijo Link, que ya deslizaba una cuerda por la estrecha ventana —Escúchame. Yo te sujeto la cuerda desde arriba y tu desciendes hasta el suelo. ¿Crees que podrás hacerlo?
—Claro que sí —dijo ella, levantando la barbilla con orgullo.
Link ató la cuerda a su propia cintura y dejó que la joven matriarca gerudo descendiese por la pared de roca exterior hasta el suelo.
—¿Estás bien? —preguntó él desde arriba, sin elevar apenas la voz. Ella respondió elevando el pulgar.
Después el propio Link inició el descenso, esta vez sin cuerda, sólo se agarró a la roca como pudo y fue bajando colocando bien pies y manos en cada minúsculo saliente que iba detectando.
—Estamos fuera —dijo él.
—Eso no quiere decir que estemos a salvo —repuso Riju, volviendo a cruzarse de brazos. Link tenía que reprimir una sonrisa cada vez que la veía hacer ese gesto.
En el exterior hacía un frío que helaba el espíritu. Link sacó una pequeña manta de su mochila de viaje y se la ofreció a Riju.
—Estoy bien así, no la necesito. Me he criado en el desierto y sé cómo soportar estas temperaturas.
—Escucha, Riju —dijo Link, que comenzaba a perder la paciencia con el aire altivo de la adolescente —he venido a sacarte de aquí, a ayudarte. No me lo pones fácil. Si no me dejas que te ponga esta capa, tendrá que ser por las malas, ¿lo entiendes?
—¿Y quién te ha dado autoridad para ayudarme a mí?
—Nadie.
—No entiendo nada. —refunfuñó ella.
—Alejémonos de aquí y te lo contaré todo. ¿Confías en mí?
Ella le lanzó una mirada de soslayo y después suspiró. Aceptó la capa de Link y se la echó por los hombros. Ambos comenzaron a caminar de regreso al desierto, por una ruta que Link había trazado concienzudamente.
Mientras atravesaban una pequeña garganta, Link le tendió de nuevo la mano a Riju. Ella miró hacia otro lado como si no hubiera visto nada. Él puso los ojos en blanco y siguieron avanzando.
—¿Sabes? —dijo Link, mientras aseguraba los pasos por la garganta rocosa —en una ocasión conocí a alguien tan cabezota como tú, que no se dejaba ayudar en absoluto. Y eso que yo era su escolta personal.
—¿Ya no lo eres? No debes ser muy buen escolta entonces…
—No es por ese motivo —dijo Link, frunciendo el ceño —hubo algunos acontecimientos y nos separamos, es todo. El caso es que ella estuvo bajo un gran peligro, y todo por no dejarse ayudar. El clan Yiga casi termina con ella de no ser gracias a mí.
—Eres muy arrogante —dijo Riju —parece que no confías en las capacidades de los demás para cuidar de sí mismos.
Link fue a replicar, pero se guardó las palabras. Mientras caminaban en silencio le estuvo dando vueltas a la acusación de Riju. Él vivía obcecado con la idea de proteger a los demás, y a la princesa Zelda en particular. Su obsesión era darlo todo, nunca se había parado a pensar en que tal vez, sólo tal vez, los demás tuvieran algo de razón y tuviera que confiar un poco en otros y dejarse ayudar también. Jamás habría pensado que una chica tan joven y orgullosa como Riju le hubiera hecho reflexionar así.
—Aún queda una jornada entera de viaje —anunció Link —vamos a descansar aquí, y te contaré por qué he venido a rescatarte.
Link encendió una hoguera en un lugar que encontró resguardado de los vientos arenosos del desierto. Tendió dos sacos en el suelo y sacó unos pocos víveres que había transportado consigo, un poco de carne en salazón, frutas y dátiles. Riju devoró la cena con ansiedad, Link la observaba con un pellizco de pena en el estómago.
—Tenías hambre, ¿verdad? —dijo él de repente.
—Un poco.
Los miserables Yiga debieron mal alimentar a Riju, a pesar de ser tan joven. No tuvieron suficiente con encerrarla en una jaula mientras ellos gozaban de los excesos de sus botines. Link apretó los puños y se levantó.
—¿A dónde vas? —preguntó Riju.
—A dar una vuelta. No tengo más hambre —dijo Link, dejando su comida intencionadamente cerca de la joven.
—Has comido muy poco, ¿es que no te gusta comer?
—No mucho. De hecho, si quieres puedes acabarte mi cena.
Link se alejó de allí estirando los brazos y pudo ver por el rabillo del ojo cómo Riju se animaba a comerse su comida. Al rato volvió a situarse junto a la joven, que se calentaba las manos en el pequeño fuego que habían encendido.
—¿Y bien? ¿Me vas a decir quién te ha mandado a buscarme o no? —preguntó Riju con impaciencia. Él se sentó a su lado y también acercó las manos al fuego.
—Como te he dicho, soy Link. Y he sido designado para hacer una misión especial por el pueblo sheikah. Se trata de recuperar el control de las Bestias Divinas. Ya he conseguido restaurar a Vah Rudania y Vah Rutah. Así que me interné en el desierto de Gerudo para buscar a Vah Naboris, tenía que hablar con la matriarca de la ciudadela Gerudo sobre mi misión. Pero cuando fui a buscarla… se me informó de que había sido secuestrada —dijo Link mirando a Riju de manera indirecta.
—No te imaginaba así. Me llegó una misiva del rey Dorphan, del Dominio zora. Hablaban de un joven guerrero con una misión especial. Pero por tu aspecto… imaginé otra cosa —dijo ella, sin poder evitar sonrojarse.
—Siento mucho no parecer un guerrero fiero y con aspecto sanguinario. Soy bastante normal, como puedes ver.
—¿Por qué tú? ¿Por qué ha elegido Dorphan a alguien como tú?
—Eso es difícil de responder. Tendrías que confiar en mí para creerlo… no estoy seguro de que eso sea posible ahora mismo —reconoció Link.
—Ya da igual. De todas formas, no podrás arreglar a Vah Naboris. Está poseída y nadie sabe bien qué hacer para recuperar su control. Se pasea de un lado a otro, en lo más profundo del desierto. Levanta tormentas de arena y nadie se atreve a acercarse. He prohibido a las mujeres de mi tribu que lo intenten, es peligroso.
—Habrá algo que yo pueda hacer. El resto de las bestias se comportaba así porque había una energía maligna cercana que las influenciaba. Fue cuestión de dar con ello y eliminarlo. ¿No has visto alguna criatura, algo maligno moviéndose por este desierto?
—Lo cierto es que… hay algo —dijo Riju, sintiendo cómo un escalofrío le recorría la espalda —es esa criatura, la mascota del líder del clan Yiga. Lo alimenta como si fuera un perro, pero en lugar de un pedazo de carne le arroja a prisioneros y soldados desobedientes. Vive bajo la arena, se arrastra igual que una serpiente.
—Entiendo. —dijo Link, perdiendo la mirada en el infinito —en ese caso tendré que ir a buscar a esa cosa.
—¿Es que no entiendes lo que acabo de decirte? Es muy peligroso.
—Lo sé —sonrió Link —siempre es peligroso. Siempre es cuestión de vida o muerte. Pero necesito hacerlo, es la única forma de ayudar. Sé que no merezco tu confianza aún, no soy más que un joven forastero vestido con capas andrajosas que intentó colarse en tu ciudadela. Sé que no tengo manera de demostrarte nada hasta que no confíes en mí, no tengo manera de que creas mis palabras... pero Riju, mírame a los ojos. —Riju giró la cabeza y miró a Link, al mismo centro de sus ojos azules —Te prometo que te protegeré, aunque no quieras. Y te prometo que voy a acabar con esa cosa, porque tarde o temprano será una amenaza para ti y tu pueblo.
Riju no dijo nada, pero podía percibirse cierta emoción en sus ojos, que brillaban dejando entrever que, de alguna manera, el mensaje de Link había calado en su corazón joven y rebelde.
—¿Dormimos ya? —intervino Link ante el silencio de la joven matriarca —si quieres puedes apoyarte en mí. Las noches son muy frías en el desierto y necesitas descansar. Yo me quedaré despierto, haciendo guardia.
—No hace falta, yo también haré guardia.
Link sonrió para sí mismo al ver la obstinación de la joven. Echó un par de palos de madera que llevaba en su mochila de viaje y se arrebujó en la capa para montar la guardia. En un principio Riju se mantuvo con los ojos bien abiertos, a su lado. Pero no tardó en dejarse vencer por el agotamiento. Él se acercó y puso la cabeza de Riju sobre su regazo, se había quedado dormida en el suelo y en mala posición.
—Riju, despierta. Ya es de día —dijo Link, moviéndole un brazo con suavidad para despertarla.
—¿Qué? ¿Ya es de día? ¿Qué hago aquí? —dijo ella, alejándose de Link con sobresalto.
—Huimos del clan Yiga, ¿recuerdas? Te quedaste dormida sobre la arena.
—¿Por qué estaba encima de ti? ¿Qué pretendías?
—Nada, te lo juro. Sólo quería cuidar de ti —dijo Link, poniéndose en pie.
—Está bien —dijo ella, sonrojándose y evitando mirarle —Pongámonos en marcha. Tenemos que buscar a la asquerosa mascota de los Yiga.
—No es una buena idea. Te llevaré a la Ciudadela y después me encargaré de esa criatura.
—No. Ya basta de obedecer. —dijo ella, encarándole —Soy la matriarca del pueblo Gerudo. Tengo que demostrar mi valía. Quedaría como una cría indefensa si me refugio y te dejo ir a ti solo a por ese monstruo. No puedo permitirlo.
Link terminó cediendo a la petición de Riju, después de todo, ella tenía razón. Aunque no contaba más de trece años, ella era la matriarca de un pueblo rudo y orgulloso, no podía ponerse a salvo y dejar el destino de su pueblo en manos de un forastero. Durante horas, deshicieron el camino que habían andado durante la noche anterior, y volvieron a aproximarse a la guarida del clan Yiga. Al llegar a las proximidades de la entrada a la cueva del clan, Link se detuvo.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Riju —Si buscas a la criatura podrías ser apresado por los Yiga, entonces tendrías dos enemigos que derrotar.
—Lo sé. He pensado en ello. Pero mi plan es mucho más simple: entregarme.
—¿Entregarte? ¿Estás loco?
—Si me entrego me arrojarán al monstruo, que es lo que persigo.
—También podrían meterte en una jaula… —dudó Riju.
—En ese caso tú me sacarás —sonrió Link, guiñándole un ojo —te ocultarás en el falso techo de madera por el que huimos.
—No podrás derrotar a esa cosa sin armas. No me parece un buen plan.
—Cuando llegue el momento, te silbaré. Será una señal para que me arrojes esto —Link puso su cimitarra de media luna en las manos de Riju.
Link se desprendió de la capa y pidió a Riju que le atase las manos con una cuerda. Se presentaría desarmado y esposado ante la misma cara del clan Yiga. Después explicó a la joven cómo acceder al pasadizo secreto que la conduciría al entramado de madera del techo de la cueva, desde donde podría seguir todos los movimientos de Link sin ser vista. Una vez aclarados los puntos de actuación, se despidieron y pusieron en marcha el plan.
—¡Eh! ¡Cara de plátano! ¡Aquí! —gritó Link en la entrada de la cueva, llamando la atención de varios vigías.
—¿Qué diablos? Mira eso, ¿quién demonios se atreve a venir aquí de esa manera? —dijo uno de los vigías a su compañero.
Pronto dos de los guardias que se apostaban en las zonas altas del exterior de la guarida bajaron a inspeccionar a Link. Lo cachearon a conciencia y por supuesto no encontraron nada. Se sorprendieron al comprobar que las ataduras de Link eran muy fuertes y verdaderamente lo convertían en alguien inofensivo.
—¿Me vais a llevar ante vuestro líder o no? —preguntó Link, perdiendo la paciencia con los vigías.
—¿Por qué diablos quieres entregarte? ¿Acaso estás loco o borracho?
—Yo he sido el que ha liberado a la joven líder gerudo… y quiero negociar con vuestro jefe.
Los guardias cruzaron las miradas en confidencia. Era evidente que la desaparición de Riju había traído de cabeza a los Yiga en el tiempo que Link y Riju habían estado desaparecidos. Sin más dilación, los guardias condujeron a Link a empujones, a través de los pasillos de la cueva de Yiga. Por el rabillo del ojo, Link pudo ver que Riju les seguía desde el techo, reptando con habilidad por los tablones de madera que había sobre sus cabezas. Los guardias que encontraron por el camino les observaban con sorpresa, abriéndoles paso y en algunos caso siguiéndoles en una especie de comitiva que se situó detrás de Link y sus dos escoltas.
—Maestro Kogg —dijo uno de los guardias —hemos encontrado y apresado al insensato gusano que ha liberado a esa rata gerudo.
Link puso los ojos en blanco, aquella gente carecía por completo de valores al mentir tan descaradamente sobre las condiciones de su "captura".
—¿En serio? ¡Buen trabajo! —celebró el líder Yiga. Llevaba el rostro tapado con una máscara con el símbolo del ojo invertido, el emblema de los Yiga. —¿Y dónde está si puede saberse esa niña rebelde y caprichosa?
Los guardias se encogieron de hombros. No habían pensado en una respuesta adecuada, o más bien una mentira adecuada a esa pregunta.
—La he soltado —dijo Link, sonriendo con descaro.
—¿Cómo puedes estar ahí tan tranquilo después de cometer esa atrocidad? ¿Acaso no sabes con quién estás hablando?
—Sé bien con quién estoy hablando. Con una panda de borrachos y torpes comedores de plátanos que se creen importantes. Creen que tienen alguna especie de honor o disciplina, pero sólo son unos descerebrados.
El maestro Kogg escrutó a Link con la vista y después soltó una inmensa carcajada, que fue acompañada a coro por el resto de sus secuaces.
—Me gusta tu actitud, muchacho. Serías un buen candidato para unirte a nosotros. Por desgracia, nadie viene a insultarme a mi casa ni me roba a los prisioneros. —dijo Kogg, apretando los puños y recuperando la seriedad —el precio que se paga por algo así… es la muerte.
Los secuaces del maestro comenzaron a aplaudir y a reírse alentados por la idea de una nueva sentencia de muerte.
—Arrojadle a Moldora —ordenó Kogg.
Los guardias desprendieron a Link de la parte superior de su ropa, dejándole a pecho descubierto. Conservó los pantalones y las sandalias del desierto, una pobre protección ante el peligro que se le venía encima. Los guardias abrieron una enorme puerta de piedra que les conducía a un espacio secreto, una especie de círculo de combates rodeado por un enorme graderío excavado en el corazón de la roca. Todos los soldados Yiga ocuparon un lugar en el graderío, incluido el maestro Kogg, que ocupó un lugar de honor, más destacado que los demás. Link miró a un lado y a otro con nerviosismo. No veía a Riju, no sabía si ella encontraría el modo de entregarle la espada, pues no esperaba que el combate transcurriese en un lugar tan amplio. No podría enfrentarse a un monstruo sin armas, necesitaba hacerse con algo que le diese una mínima ventaja.
De un empujón, un guardia introdujo a Link en la arena de combate. Al menos, le habían soltado las manos. Él miró de un lado a otro sin ver nada. "Es una serpiente que se arrastra bajo la arena" pensó Link, recordando las palabras de Riju. Se quitó las sandalias para notar cualquier vibración proveniente del suelo y entonces lo percibió. Una pequeña sacudida que fue creciendo en intensidad. De repente, una duna reptaba en dirección a él, a toda velocidad. Los Yiga gritaban de emoción, desde sus gradas. Link echó a correr, pero la duna era muy rápida y terminó por embestirle, haciéndole caer de boca al suelo.
—¿Qué diablos es esto? —se preguntó Link en voz alta.
La duna lo persiguió un par de veces más, con idéntico resultado.
—¡Agárrate a él! —gritó una voz femenina desde las gradas.
Link consiguió ver a Riju, que se ocultaba bajo una máscara Yiga, en medio del graderío. Él corrió hacia su dirección, y la enorme ola de arena lo persiguió hasta allí. Pero esta vez, en lugar de dejarse atropellar, Link se lanzó de cabeza contra la duna, y al fin dio con algo duro, como un armazón al que se aferró con todas sus fuerzas. La criatura lo arrastró bajo la arena. Él cerró ojos y boca, dejó de respirar para no asfixiarse con los granos de arena. Después de una inmensa sacudida, la criatura emergió de un salto al exterior, arrastrándole con ella. Él se soltó en el momento preciso para ver que el Moldora no era más que una especie de pez gigantesco, recubierto con duras escamas y una dentadura muy afilada. El pez se zambulló de nuevo en la arena y Link aprovechó para silbar a Riju. Ésta le arrojó la espada con todas sus fuerzas y después huyó despavorida, con el miedo de que algún Yiga de los alrededores la descubriese. Link atrapó la espada al vuelo, y se preparó para atacar al Moldora. La única forma de hacerle daño era haciéndole salir… y para eso tendría que volver a sumergirse en la arena. En un alarde de valentía, que dejó mudo al público Yiga, Link se tiró de cabeza al torbellino de arena en el que nadaba el Moldora. Tras unos segundos de silencio en el que la arena quedó en falsa calma, la criatura emergió al exterior, y Link consiguió encaramarse a su enorme lomo, clavando la espada en sus escamas. La criatura se enrabietó y trató de derribar a Link, pero él se hizo duro, y fue escalando poco a poco hasta estar a pocos metros de los ojos del Moldora, el único punto blando del monstruo. Entonces, elevó la espada y la clavó en el ojo del pez de arena, con mucha violencia, hundió el sable hasta la empuñadura y más allá, Link metió el brazo hasta el codo en el ojo del monstruo. El Moldora se retorció con violencia y lo lanzó lejos, Link rodó por la arena y armó su guardia. El monstruo giró en círculos y no volvió a sumergirse en la arena. Manaba sangre a borbotones y pronto todo el círculo de combate se llenó de barro sangriento. Los Yiga miraban el grotesco espectáculo horrorizados, el Moldora emitía un lastimoso gemido de agonía que resultaba atronador y terrible a partes iguales. Al fin la criatura perdió fuerza y quedó tendida panza arriba, convulsionando de la cabeza a la cola. Link se acercó y le otorgó un último golpe de gracia en la frente, acabando con su vida por completo y abriendo una nueva brecha de sangre que lo empapó de arriba abajo.
Link se dirigió entonces a la grada que presidía el maestro Kogg. Bañado en sangre y con el sable en alto tenía un aspecto terrorífico, y el maestro Yiga se puso en pie y dio un paso atrás atemorizado.
—Escúchame bien, Kogg —dijo Link con la voz en alto, para que todos los Yiga lo oyesen —he dado muerte a tu criatura. Y no dudaré en hacer lo mismo contigo y los de tu calaña si no dejáis de amenazar al buen pueblo de Hyrule. En nombre de la princesa Zelda de Hyrule, te condeno al destierro. Abandonarás esta guarida antes de una semana y depondrás las armas… o volveré con un ejército para arrancarte la cabeza.
Kogg echó a correr gradas arriba y todos sus secuaces lo imitaron. En pocos minutos el circo de la arena estaba vacío, y tan sólo quedó Link en el centro, en medio de aquel charco de sangre.
—¡Link! —exclamó la voz de Riju, resonando como un eco en las rocas vacías —¡los has espantado a todos! Panda de cobardes… no esperaba nada de unos idiotas como los Yiga.
—¿Estás bien, Riju? —se preocupó él.
—S…sí… —murmuró ella al llegar a su lado.
—No temas nada por mi aspecto. Sólo es sangre, sirve para asustar un poco. Me la limpiaré y volveré a ser el escolta inofensivo que conoces. —Link sonrió y ella le imitó con timidez.
—¿Crees que todo esto habrá tenido algún efecto en Vah Naboris?
—No lo sé —dudó Link —lo mejor es que vayamos juntos a averiguarlo, ¿te parece?
—No hay tiempo que perder, yo te guiaré.
