Penúltimo capítulo. Preparen sus cajas de pañuelos.
Canción recomendada para la cuarta escena, donde Elsa y Hans comienzan a hablar: Corre, de Jesse y Joy. Solo para ambientar las cosas. D:
Disclaimer: No soy dueña de Frozen, solo de mi imaginación, la cual tal vez algun día me de los medios suficientes como para tener una multinacional tan maligna y poderosa como la de Mickey Mouse.
21
Dolor. Frío. Una sensación muy pesada en el cuerpo, que hacía que su cabeza no dejara de palpitar. Las muñecas le dolían. Le costaba trabajo levantar los párpados. ¿Dónde se encontraba? ¿Y por qué de pronto le parecía tan difícil despertar? Todo a su alrededor estaba oscuro y por alguna razón, el frío en sus venas seguía latiendo como una amenaza que no podía contenerse.
"No de nuevo", pensó.
Con esfuerzo, Elsa abrió los ojos, venciendo el cansancio que la invadía. Parpadeó, antes de darse cuenta de donde estaba. Era una habitación pequeña, con los muros de piedra y un diminuto as de luz que se colaba por un pequeño ventanal.
Era un cadalso.
Ahogó un grito. Horrorizada, se incorporó del suelo del lugar, dándose cuenta de que sus muñecas habían sido apresadas en dos gruesos grilletes, que cubrían por completo sus manos.
Era como rememorar el principio de todo, cuando los guardias sureños la habían arrojado a uno de los calabozos del palacio.
Solo que en aquel instante, la incertidumbre era aún peor.
En vano, tiró de las cadenas que unían los grilletes a un punto en el piso, sintiendo el frío acumularse en sus manos pero hasta ahí. Una sensación de pánico la invadió.
¿Qué haría si no podía usar sus poderes?
Ansiosa, miró a su alrededor sin reconocer el lugar, recordando lo que había sucedido al salir del palacio y como aquellos hombres la habían emboscado. Apretó los dientes, conteniendo la impotencia que la invadió. ¿A dónde la habían llevado?
Una serie de pasos resonó en el pasillo y la princesa miró como la puerta ante ella se abría, revelando una alta figura a la que reconoció al instante.
Lord Hauggard sonrió con malevolencia al verla.
—Alteza, veo que ha despertado—dijo cínicamente—. Comenzaba a preocuparme de que mis hombres le hubieran hecho más daño del necesario.
—¿Qué es este lugar?—preguntó ella sosteniéndole la mirada con fiereza.
No dejaría que ese hombre la intimidara, fueran cuales fueran sus intenciones. Aunque el corazón le latiera temeroso y tuviera un mal presentimiento.
—¿Le agrada, princesa?—el sujeto se aproximó liberando una gélida risa y Elsa pegó su espalda a la pared, adoptando una pose defensiva—Mi celda personal no había sido utilizada en años—la mano gruesa del lord acarició el muro detrás de ella, con sus dedos envueltos en gruesos guantes de cuero—. Antes solía reservarla para los enemigos del reino… personas que se rebelaban, campesinos que exigían más de lo que merecían recibir… gente que metía las narices donde no le correspondía.
La joven tragó saliva, disimuladamente, recordando las sospechas de Hans sobre aquel hombre y sus sucios crímenes tiempo atrás. En aquello no le había mentido.
—Eran tiempos perfectos, Alteza, cuando el rey Thorbjörn gobernaba con mano de acero este lugar—prosiguió Hauggard, retirando su mano de la pared y mirándola desde su altura, con desdén—. Mantenía bien controlados a sus súbditos, vaya que lo hacía. Aunque, cometió un error—dijo, descaradamente—. Subestimó demasiado a los hermanos que le quedaban. Una equivocación que yo no pienso cometer.
Elsa abrió los ojos con sorpresa, comprendiendo que hablaba del rey. Su corazón latió con más intensidad.
—¿Qué es lo que quiere?—inquirió, mirándolo con desprecio—¿Por qué me trajo aquí?
—¿No lo adivinas?—Hauggard ensanchó su sonrisa y sacó un largo puñal de entre sus ropas.
El filo relució con la poca luz que ingresaba en aquel sitio y la princesa se encogió, contrayendo su rostro en una mueca de espanto. Una risa helada volvió a resonar entre aquellas cuatro paredes.
—Princesa, eres mucho más ingenua de lo que creí en verdad—dijo Hauggard—. Bastaron unas cuantas palabras para que salieras de palacio directo hacia mi trampa. Menos mal que mis hombres no tuvieron necesidad de dejarte malherida. Poco más y te habrían matado de verdad.
—¿Sus hombres?—las pupilas cerúleas de la chica reflejaron desconcierto y luego comprensión, al entender de donde había venido aquella emboscada.
—No todo el pueblo está de su parte, Alteza—explicó él con menosprecio—. Algunas personas siguen recelando de tus poderes, no olvidarán tan fácilmente el crudo invierno que hubieron de atravesar. No me fue difícil convencerles de que tendrían que alzarse en contra del rey, antes de que un desastre peor azotara al reino. Provocar el incendio fue tan solo el comienzo.
—¡Es usted un cobarde!
Hauggard colocó una rodilla en el suelo para estar a su altura y se le acercó.
—Y tú eres un ser muy peligroso, Elsa de Arendelle—afirmó, inclinándose hacia ella y rozando el arma contra su mejilla—. Una criatura tan antinatural, no debería persistir en este mundo, por el bien de todos.
La muchacha soltó un gemido de dolor cuando los dedos del lord se enredaron en sus cabellos, completamente sueltos, y tiraron de ellos para echar su cabeza hacia atrás, exponiendo su blanco cuello y pasando la daga contra él, sin llegar a atravesar la piel.
—Piensa matarme—susurró ella, con sus orbes azules llenas de temor y furia a partes iguales.
El hielo se precipitó con más rapidez en sus venas.
—Todavía eres útil para mí—respondió Hauggard con suavidad—. Tu deceso tendrá que esperar.
El estilete fue retirado de su cuello, más no así el fuerte agarre que el lord mantenía sobre su cabeza. Por el rabillo del ojo, miró como usaba la daga para cortar un diminuto mechón de cabello en su nuca y contuvo la respiración.
—¿Qué es lo que pretende?—murmuró la joven apretando los dientes.
—¿Hasta dónde crees que sería capaz de llegar el rey por salvarte?—preguntó Hauggard a modo de contestación mientras aferraba el mechón entre sus dedos, el veneno destilando de cada una de sus palabras—¿Cuánto vales para él, princesa?
Elsa sintió como si algo le acongojara el corazón.
—Yo ya no quiero nada con él—expresó dolida.
—Pero tú sigues siendo lo más importante para él—dijo Hauggard—, hará lo que sea por recuperarte. Y esa es justo la oportunidad que yo planeo aprovechar.
La soltó bruscamente, arrojando su cabeza hacia adelante.
—¿Sabes cuánto tiempo he esperado para recuperar el control de este reino?—le espetó el lord con resentimiento puro—He pasado demasiado soportando la opresión y el despotismo de ese infeliz, viéndolo despilfarrar las riquezas que una vez fueron mías, ¡y todo para gastarlo en levantar este miserable pueblo!—bramó, sobresaltándola—¡No es más que un desperdicio de hombre!
Descargó su puño en el muro de piedra, justo a un lado del rostro de la muchacha y ella le devolvió la mirada con odio.
—Una vez le advertí a Thorbjörn que más le valía acabar con él—recordó con rencor—, siempre tuve el presentimiento de que sería más que un estorbo en nuestros planes. Y supo mantenerse a resguardo el tiempo que pasó lejos de las Islas del Sur. ¡Pero tuvo que regresar para arruinarlo todo! ¡Lo desprecio con todas mis fuerzas!
Sus labios volvieron a levantarse en una sonrisa mezquina.
—Ha llegado la hora de cobrarme todas sus humillaciones y recuperar el control de este reino—declaró—. Y tú vas a ser la pieza clave de mi venganza, princesa. Desde que me enteré de tu existencia, supe que ese indigno bastardo del rey había adquirido una profunda debilidad. Y no iba a dejarla pasar.
—Es usted un hombre ruin—le espetó Elsa, sin lograr que desvaneciera esa mueca soberbia de su rostro.
La mano del hombre se dirigió hasta su cuello y apretó con fuerza, silenciándola.
—Primero, me ocuparé de atraerlo hasta aquí—murmuró Hauggard—, sin protección alguna. Después, me encargaré de hacer que sufra cada instante que osó ponerse por encima de mí—volvió a levantar la daga y la sostuvo frente a su rostro—. Antes de atravesarle el corazón, sentirá en carne viva el mismo destino de esos miserables que se atrevieron a ir en contra mía en el pasado. Voy a disfrutar cada momento de su agonía, princesa. Será como deshacerme de una alimaña.
Una enorme angustia se apoderó de Elsa y se sintió temblar atemorizada por las amenazas de ese hombre. Aunque le siguiera doliendo la traición de Hans, una parte de ella seguía sintiéndose irremediablemente unida a él. Y la sola idea de pensarlo desaparecer del mundo, la asustaba y le dolía como si mil agujas de hielo se le clavaran en el corazón.
—Usted no podrá contra él—dijo desdeñosa, tratando de convencerse internamente a sí misma de que tenía razón—. El rey es más astuto de lo que piensa.
—No cuando se trata de ti—repuso Hauggard riendo condescendientemente—, no se detendrá a pensarlo dos veces cuando sepa que estás en mis manos. Debo agradecerte por ello, princesa. Eres la única que ha conseguido derribar todas sus defensas. Lo tienes realmente embrujado.
—¡No se atreva a hacerle daño!—bramó ella, sacando a relucir su desesperación.
—Me parece que no estás en condiciones de exigir demasiado—aquellos ojos oscuros como pozos la observaron predatoriamente—. Pobre niña—musitó, acariciando su pelo. Elsa lo miró con asco—, has vivido tan engañada. Y en contra de todo, lo sigues queriendo—la rubia frunció el ceño—, sí, lo quieres Elsa. Puedo verlo en tus ojos—aseveró él, burlonamente—. Me encantará traerle aquí para que mires como lo mato con mis propias manos y que tu rostro sufriente, sea lo último que pueda contemplar antes de irse de este mundo para siempre. Y después, tú le seguirás.
La mirada de Hauggard la recorrió sin quitar su sonrisa torcida.
—Es una pena, nadie puede negar que eres una muchacha muy bella. Me da lástima desperdiciar a una criatura como tú—acercó la nariz a su cuello y aspiró, haciendo que a ella le recorriera una sensación de profunda repulsión—. Tal vez me divierta contigo un rato, antes de cortarte el cuello—añadió colocando una mano en su rodilla, por encima del vestido blanco y un poco estropeado por la tierra.
El hombre despegó su cabeza del hueco del cuello de la princesa y ella le escupió a la cara, dándole una mirada de profundo desprecio. Hauggard permaneció imperturbable por un segundo, antes de limpiarse la mejilla con el dorso de la mano.
Sin previo aviso, su mano se descargó contra el delicado rostro que tenía ante sí, arrancándole un alarido de dolor a Elsa y haciendo que se derrumbara contra el suelo.
El sonido de sus cadenas se escuchó en el cadalso y el cabello platinado cubrió por completo sus facciones, mientras apreciaba la dureza del piso de piedra contra su mejilla. Sintió el sabor de la sangre en su boca y lentamente alzó la mirada hacia su captor, quien se había puesto de pie y la contemplaba con extrema frialdad.
—Voy a encargarme de que tu muerte sea igual de dolorosa que la de ese miserable—dijo gélidamente—. Jamás volverán a pasarme por encima.
El lord retrocedió hasta la puerta y salió, haciendo que el pesado sonido de sus pasos fuera lo último que escuchara en la distancia.
Elsa respiró agitadamente, dándose cuenta de que la temperatura había descendido bastante en el lugar. Tenía que salir de allí pronto y detener a ese hombre, antes de que fuera demasiado tarde.
Su mente empezó a trabajar a toda velocidad. La base de las cadenas comenzó a llenarse de escarcha.
En medio de los múltiples temblores que agitaban su cuerpo, Hans trató de incorporarse del suelo, arrastrándose hasta una silla del despacho. Sentía un frío inmenso recorrerlo por dentro y por fuera, pero lo peor era el enorme dolor que se había apoderado de su corazón.
No podía olvidar los hermosos ojos de la princesa mirándolo con odio y las crueles palabras que ella le había dirigido al marcharse.
Le dolían. Le dolían más de lo que ninguna persona hubiera podido decir antes para destruirlo. Ni siquiera cuando era niño y llegó a buscar desesperadamente la aprobación de sus hermanos o su padre antes de darse por vencido, se había sentido tan vacío en toda su vida.
Elsa tenía razón. Él era un monstruo.
Tiritando, logró incorporarse a medias al buscar apoyo en el asiento de la silla. El sonido de la puerta rechinando detrás de sí y unos pasos lo alertaron de que alguien había entrado.
—¡Majestad!—Agnes soltó una exclamación alarmada al verlo en tal estado y se precipitó para ayudarlo, seguida de Franz, quien contemplaba la escena con una mueca de incredulidad en el rostro.
Parecía como si un huracán hubiera sacudido la habitación entera, con los objetos que estaban esparcidos en el suelo, un par de sillas volcadas y los rastros de escarcha que resplandecían en cada rincón.
El pelirrojo temblaba sin control, con la piel pálida y unas hebras blancas que se entrelazaban con el tono encendido de su cabello.
—Hans, ¿qué sucedió?—inquirió sobresaltado, al tiempo que ayudaba a la morena a ponerlo en pie.
Entre ambos lo guiaron hasta el sofá enfrente de la chimenea, notando que le costaba trabajo hablar a causa del frío.
Agnes corrió hacia la entrada y atajó la atención de un par de criados en el pasillo, desde donde la escucharon pedir una infusión caliente y un par de mantas a toda prisa. El capitán tomó el abrigo que Hans había colgado del perchero y se apresuró a ponerlo sobre sus hombros.
—Por Dios, ¿qué fue lo que pasó aquí?—preguntó desconcertado.
Tanto él como Agnes se habían extrañado al ver la conmoción que muchos sirvientes mostraban en el castillo, después de volver de la huerta. No habían dudado ni un segundo en dirigirse hasta el estudio del rey, intuyendo que algo había sucedido.
La muchacha volvió a entrar en la estancia y rápidamente se puso a encender la chimenea.
—E-Elsa—logró articular el soberano, abrazándose a si mismo en un intento instintivo de darse calor—, El-s-sa… ¿d-dónde está?
Sus acompañantes intercambiaron miradas de preocupación.
—¿A qué te refieres?—preguntó Franz arrugando la frente—¡Mírate! ¡Necesitas entrar en calor!
Pronto, algunos criados ingresaron con unos cuantos cobertores y una tetera caliente, que dejaron en una mesa cercana, no sin observar con rostros asustados al gobernante. Agnes les instó a que salieran y cerró las puertas.
—Tome esto, Su Majestad—dijo acercándole las mantas—, le hará sentirse mejor.
Afortunadamente el fuego había empezado a crepitar en la chimenea con más intensidad y de a poco, Hans empezó a sentir el calor que emanaba de la misma y como contrarrestaba el frío que sentía en el cuerpo. Aunque no era suficiente.
—¿Qué es lo que ha pasado aquí?—oyó preguntar a Franz nuevamente, ya él estando seguro de que podía hablar—¿En dónde está Elsa?
—Se fue.
—¡¿Qué?!
Hans apretó los dientes, enfadado consigo mismo.
—Es mi culpa—dijo desconsolado—, todo es mi culpa. Yo la decepcioné. Ahora no quiere verme nunca más.
—Ella te hizo esto—murmuró Franz, comprendiendo al instante.
—¡Todo esto es por causa mía!—exclamó Hans al instante—Debí haberte escuchado antes.
El pelinegro adquirió una expresión sorprendida.
—Ella lo sabe Franz, sabe que le he mentido todo este tiempo—dijo el cobrizo, volviendo a sentir escalofríos por toda la columna vertebral—. Montó en cólera y se fue de palacio.
—¿De qué estás hablando?
—Cuando volviste a Arendelle con los cuerpos del rey y la reina—expuso Hans—, te di una carta de la cual no sabías el contenido—el capitán asintió—. Todo eran mentiras. Fingí su muerte. Envié su vestido hecho jirones para que no se empeñaran en buscarla. Todo este tiempo le han creído muerta por mi culpa.
Agnes ahogó una exclamación, cubriéndose la boca con ambas manos. El moreno a su lado, lo observó consternado unos segundos y luego dejó escapar un pesado suspiro, negando con la cabeza.
—Eso… eso fue increíblemente bajo de tu parte—murmuró con sinceridad.
La criada le vio con sorpresa. No estaba acostumbrada a ver a nadie que se atreviera a hablarle de esa forma a Su Majestad, como no fuera la princesa.
—Lo sé—Hans le dio la razón con seriedad—, es por eso que ella me hizo esto. Estaba furiosa—desvió sus ojos verdes con decepción—, ¿cómo culparla?
—Hay que ir a buscarla—dijo Franz con determinación—, en el estado en el que se encuentra, es peligroso que se ponga inestable. Tenemos suerte de que no esté nevando como la vez anterior—añadió echando un vistazo a la ventana—, pero hay que encontrarla.
—No quiere saber nada de mí—espetó Hans apretando sus manos en puños—, ¡ni siquiera sé como seré capaz de mirarla a la cara después de esto!
—¡Hans, eso no importa ahora!—lo atajó el otro—¡Tienes que mandar a buscarla! ¡Algo podría ocurrirle!
El pelirrojo le dio la razón. Sabía que Elsa tenía derecho a odiarlo por lo que había hecho, pero no podía permitir que nada malo le sucediera. Incluso después de la manera en que lo había atacado, Hans no podía pensar en otra cosa que protegerla. Su corazón latía de una manera muy dolorosa al pensar en ella.
Un toque a la puerta lo sacó de sus cavilaciones. Agnes fue a abrir y un criado se adentró en el estudio, sosteniendo un sobre en la mano.
—Majestad, este mensaje ha llegado para usted—le dijo extendiéndole la misiva, y sin poder ocultar la sorpresa que le causaba su aspecto—. Un campesino nos lo entregó y se fue a toda prisa. Dijo que era urgente.
Un mal presentimiento se apoderó del pelirrojo, quien tomo la carta y le dijo al sirviente que podía retirarse.
El sobre no tenía remitente pero apenas lo hubo abierto, un brillante mechón de cabello platinado cayó en su palma y sintió desazón. Pudo reconocer la letra de quien había escrito el mensaje. Su ceño se frunció mientras leía y luego, su rostro adquirió una expresión de ira y ansiedad.
—¡Maldita sea!—bramó, arrugando la carta en su puño—¡Maldita sea!
—¿Qué es lo que sucede?—inquirió Franz con apremio.
—¡Hauggard la tiene!—tiritando, Hans se pasó una mano por el cabello con desesperación—¡Ese maldito infeliz! ¡Sabía que estaba tramando algo!
—Dios mío—el pelinegro se miró preocupado—, debió estar planeando esto desde hace tiempo.
—¡Por supuesto que debió estarlo planeando! ¡Esa rata desgraciada!—escupió Hans—¡Voy a matarlo con mis manos!
—¿La princesa está en peligro?—preguntó Agnes con timidez, visiblemente angustiada.
Él la observó de reojo, no queriendo admitir lo que acababa de insinuar.
—¿Qué dice la carta?—cuestionó Franz.
—Quiere que vaya. Solo. Desarmado—el rey apretó la mandíbula con frustración.
—No estarás pensando en hacer lo que dice—replicó el capitán y luego interpretó su silencio como una respuesta afirmativa—, ¡no puedes ir allá, Hans! ¡Ese hombre te estará esperando para hacer algo contra ti!
—¡Tengo que ir por ella!—rugió el pelirrojo—¡No pienso quedarme de brazos cruzados mientras ese miserable la tiene!
—Hans—el moreno intentó hacerlo entrar en razón—, Hauggard es peligroso. ¡Podría intentar matarte!
—¡Eso no me importa!—repuso el aludido, poniéndose en pie—¡Lo único que quiero es rescatar a Elsa! ¡Tú sabes bien de lo que Hauggard es capaz! ¡Será mejor que no trates de detenerme, porque no la pienso abandonar!
Franz observó la determinación y la ira en los ojos verdes que le devolvían la mirada y supo que no podría hacer nada para convencerlo de lo contrario. El rey tenía razón. Elsa estaba en peligro y tenían que actuar pronto. Pero en contra del frío y calculador pensamiento que siempre había distinguido a su viejo compañero de marina, estaban los recientes sentimientos que había desarrollado hacia la princesa y que le impedían pensar antes de arriesgarse.
Temblando de frío aun con el calor de la habitación, con la piel pálida y el cabello tornándose blanco a cada segundo, le pareció más indefenso que nunca.
—Tenemos que pensar muy bien en lo que vamos a hacer—le dijo, tratando de tranquilizarlo—, no podemos actuar sin un plan.
Hans se obligó a escucharlo, a pesar del furioso latido de su corazón y las ansias que tenía por salir corriendo de palacio. El tiempo se les agotaba.
Lord Hauggard miró el amplio reloj de pared de su sala de estar; una pieza fina tallada en ébano, que a menudo le recordaba la opulencia en la que había vivido años atrás. Ahora tenía comodidades, sí, pero no eran nada en comparación a los privilegios de los que gozara en una época anterior; beneficios que se había ganado a costa de mancharse las manos con la sangre de gente inocente y el sufrimiento de varias familias.
Su pequeño palacete a las afueras de la ciudad sureña era uno de los sitios más elegantes del reino, pero también ocultaba varios secretos.
Como la celda oscura que otrora hubiera sido el último sitio de personas miserables, antes de partir definitivamente hacia el otro mundo, y en donde ahora mantenía cautiva a la princesa.
Esa chiquilla era su última oportunidad para recuperar todo lo que le había sido arrebatado y liquidar al responsable de su situación actual, de una vez por todas.
Estaba seguro de que el rey no dudaría un instante en cumplir con sus exigencias, con tal de rescatarla. Hans Westerguard jamás había sentido amor por nadie; bien lo sabía él, pero esta vez estaba profundamente enamorado y esa era una debilidad que no pensaba desaprovechar.
Cuidadosamente acarició la hoja del estilete decorado con un rubí en su empuñadura, que hacía tiempo tenía reservado para enclavar en un lugar especial. El corazón del soberano.
Lo odiaba con todas sus fuerzas.
Iba a complacerse de poder torturarlo y forzarlo a cumplir con sus exigencias, antes de darle la estocada final.
Ese día había despedido a la servidumbre, pero mantenía a algunos de los campesinos a quienes con engaños había convencido de apoyarlo, de vigilar los alrededores para evitar inconvenientes.
Si tan solo supieran lo que tenía en mente para todos ellos.
Una sonrisa maliciosa cruzó por sus facciones. Ya casi era la hora del encuentro y bullía de excitación por cumplir con su cometido.
Cuando iba a disfrutar exterminar a Su Majestad junto con su bruja de hielo.
El sonido de las agujas del reloj llegando a una hora en punto, retumbó por completo dentro de la estancia. Y como si de una invocación se tratara, pudo ver a través del ventanal como una silueta se acercaba. Alta, pelirroja y de porte arrogante, a lomos de su caballo y completamente solo.
Casi podría haberse echado a reír. El rey era un ser tan predecible. Todo estaba saliendo a la perfección.
Había planeado todo perfectamente. Un par de los hombres que dejara en las afueras se encargarían de conducir al cobrizo dentro del palacete, después de asegurarse de que estuviera desarmado. No pensaba arriesgarse en lo más mínimo.
Guardó la daga entre sus ropas.
Fue cuestión de minutos para que escuchara la puerta abriéndose a sus espaldas y a continuación, volverse tranquilamente para encontrarse con un par de ojos verdes que le dirigían una mirada llena de odio. Hauggard sonrió cínicamente.
—Majestad—escupió el título como si de una burla se tratara—, es un placer poder contar con su presencia.
Aquello era incluso mejor de lo que se había imaginado. El hombre pelirrojo, siempre altanero y déspota, lucía más débil que nunca. Unas hebras blanquecinas se confundían con el vivo color de su cabellera y aun con su postura erguida y soberbia, podía apreciar como su cuerpo se estremecía de frío. Sin embargo, el fuego y la determinación en su mirada no se habían visto afectadas.
Sin saberlo, la princesa había contribuido a hacer de su presa algo más fácil de vencer.
—¡Miserable canalla!—rugió Hans, adentrándose en la habitación con pasos firmes—¡¿Dónde la tienes?!
—Directo al punto, ¿no? Esperaba poder tratar el asunto de una… manera civilizada—habló el lord, sin inmutarse ante la expresión amenazante de esos orbes esmeraldas.
—Dejémonos de juegos, Hauggard—profirió el gobernante—, siempre he sabido la clase de persona que eres. ¡Deja caer la máscara!
El aludido alzó una de las comisuras de sus labios con desdén, decidiendo complacerlo. Hacía bastante tiempo que se había cansado de fingir de todos modos.
—Muy bien, hablemos claro y sin máscaras, Westerguard—siseó siniestramente—. Sabía que no dudarías ni un instante en venir a recuperar a tu bruja. Has arriesgado el bienestar de tu reino a causa de esa hechicera.
—¡No te atrevas a hablar de ella, infeliz!—explotó Hans—¡Dime donde la tienes!
—¡Soy yo quien da las órdenes y pone las condiciones aquí!—replicó Hauggard con autoridad—¡A partir de ahora, aprenderás a dirigirte a mí con respeto!
La mirada del monarca se entrecerró con furia.
—Te juro que si osaste tocarla, yo mismo te mataré con mis manos—murmuró oscuramente.
—La princesa no ha recibido daño alguno—aseguró el lord, volviendo a sonreír con procacidad—, y seguirá a resguardo, en tanto termines de cumplir con mis demandas.
—No eres más que una rata oportunista y miserable—soltó Hans con el más profundo desprecio—. Planeaste todo esto desde el principio.
—No puedes hacerte una idea.
—¡Quiero verla!—demandó el pelirrojo—¡Entrégamela ahora mismo!
—Oh, la verás—aseguró Hauggard con un dejo de ironía—, ya lo creo que se verán las caras. Aunque dudo que ella esté tan ansiosa por verte como tú lo estás—recalcó con toda intención—, la pobre niña. Aún no sabe como lidiar con la traición.
—¡Eres un miserable hijo de perra!—bramó el cobrizo perdiendo los estribos y conteniendo las ganas de tomarlo por el cuello.
—Cuando estás frente al tablero, tienes que asegurarte de mover bien cada una de tus piezas—dijo el otro sin mostrarse afectado ante el insulto—, ¿no es eso lo que nos han enseñado desde niños?
—Habla claro de una vez, malnacido. ¿A dónde pretendes llegar con todo esto?
—Adonde quiero llegar, Majestad—Hauggard mencionó su título con profundo sarcasmo—, es a la retribución de todo aquello que me ha arrebatado. Desde el día en el que Thorbjörn fue ejecutado, no he soñado con otra cosa que recuperar el control de este miserable reino. ¿Quién diría que el medio para lograrlo aparecería bajo la forma de una inocente chiquilla?
—De modo que de eso se trata—largó Hans despectivamente—. Ahora planeas usurpar mi trono.
—Yo no la llamaría una usurpación—el lord avanzó hasta su escritorio y colocó un grueso papel sobre la superficie—. Tú mismo me darás la facultad para ascender al trono, dejando por escrito un legajo que habrá de cumplirse al pie de la letra, firmado por ti.
—Y después me matarás para eliminar cualquier cabo suelto—razonó el pelirrojo con frialdad—. Ahora no me cabe duda de que todo este tiempo no me equivoqué en mis sospechas sobre ti. Has planeado cada detalle con minuciosidad.
—Uno tiene que cuidarse bien las espaldas.
—No haré nada de lo que me digas, hasta asegurarme de que Elsa se encuentra bien.
—La verás a su tiempo—Hauggard abrió un cajón y con un movimiento ágil, mostró una pistola con la que apuntó a su adversario—. Y ahora, más vale que comiences sino quieres que ella lo pague.
Hans apretó los dientes, consciente del riesgo al que se estaba enfrentando. Totalmente desarmado y con los hombres que ese miserable había dispuesto en las cercanías, sus oportunidades se reducían a ninguna. Aunque Franz y varios de sus soldados lo habían acompañado a una distancia prudente, no podían acercarse por el bien de la muchacha mientras estuviera cautiva.
Si tan solo supiera donde se encontraba. La ansiedad que sentía por ella le impedía pensar con claridad.
Tenía miedo de que se encontrara herida o de que ese bastardo la hubiera tocado. O incluso que estuviera… apartó de inmediato dicha posibilidad de su mente. Algo le decía que Elsa estaba allí, viva y aguardando a ser liberada.
—Una carta no será suficiente para justificar tu ascenso al trono—le dijo a Hauggard, esperando ganar tiempo para pensar en algo—, ¿cómo planeas justificar mi asesinato ante la consejo? ¿Ante la gente?
—Siempre se puede pensar en algo para encubrir las huellas en el camino—comentó el hombre con perversidad—, ¿no lo hicieron varios de tus hermanos cuando se mataban entre sí? Además, pareces haberte olvidado de que en tu caso una carta fue más que suficiente para garantizar que te hicieras con la corona. Asmund siempre fue un mezquino cobarde.
Hans apretó sus puños, evitando el impulso de lanzarse contra él. Tenía que ser más inteligente.
Con pasos medidos, se acercó hasta el escritorio del lord, vigilado en todo momento por esos ojos oscuros como pozos. Su mirada pasó del papel dispuesto hasta el rostro de ese canalla despreciable.
—Hay algo que no consigo entender—dijo—, ¿cómo fue que conseguiste entrar a palacio en mi ausencia? Y más importante aún—lo observó desafiante—, ¿cómo fue que te hiciste con esa carta de Arendelle?
—No te creía tan corto de entendederas, veo que tu obsesión con esa hechicera realmente te ha nublado la razón—pronunció Hauggard insolentemente—. Lo cierto es que soborné a un par de criados del castillo. No fue muy difícil usando los medios adecuados y un poco de persuasión. Como en el pueblo; aunque la mayor parte de tu servidumbre esté encantada con los infernales poderes de esa chiquilla, también hay quienes todavía recelan. Colarme al interior fue sencillo, así como obtener la carta de tu correspondencia personal—soltó una risa condescendiente—, si lo piensas con cuidado, tal vez incluso la princesa podría haberla encontrado tarde o temprano. Si hubiera sido lo bastante curiosa…
—Y como el cobarde que eres, estuviste esperando para poder capturarla—lo cortó Hans con odio—. No vales nada.
—No fui yo quien le ha mentido todo este tiempo—señaló el noble con aquiescencia—. Fue tu error el que la puso en riesgo.
Era verdad, se dijo el gobernante para sus adentros con pesar. No podía olvidar el semblante de dolor y decepción de Elsa, al descubrir la verdad. El frío en su mirada y en la habitación… ¿era su imaginación o la temperatura en la estancia había descendido un poco?
—¡La carta!—exclamó Hauggard autoritariamente. Estaba tan inmerso en sus planes, que no parecía percatarse de nada—¡Comienza de una buena vez y no pierdas detalle de todo lo que deseo que incluyas, o haré que maten a esa bruja ahora mismo!
Hans se quedó mirando con frialdad la que lo amenazaba y no supo si el escalofrío que lo recorrió, fue por la tensión o la temperatura que lo aquejaba. No tenía opción.
A pesar de que había tratado de mantenerse firme, cada vez se sentía más débil.
Y hacía tanto frío…
Resignadamente tomo asiento frente al escritorio de Hauggard y siguiendo sus indicaciones, comenzó a redactar una extensa misiva dirigida a su consejo, en la que lo designaba como rey interino si algo llegaba a sucederle. Ese hombre era realmente retorcido y mientras escribía, no podía dejar de pensar en todas las posibilidades que podía tener para detenerlo.
Su mano temblorosa terminó de escribir la última línea de aquella carta.
—Fírmala—le mandó el lord.
—Rata miserable, sabes bien que esto no funcionará.
El helado contacto del cañón contra su sien le hizo paralizarse.
—Haz lo que te digo y firma en este instante, antes de que pierda la paciencia y decida ir a acabar con esa hechicera.
Apretando la mandíbula, Hans se dispuso a colocar su firma debajo del acta, sin más opciones…
Un estruendo proveniente de otra parte de la mansión los sobresaltó a ambos. La expresión endurecida de Hauggard se contrajo en una de profunda sorpresa, en tanto miraba en dirección a la puerta. Era el momento de actuar.
Haciendo acopio de todas sus fuerzas, se levantó, elevó uno de sus puños y lo impactó contra la mejilla de su oponente, logrando derribarlo en el suelo.
Hauggard soltó un alarido furioso e hizo amago de embestirlo cuando se abalanzó sobre él. El arma volvió a apuntarlo por unos segundos, pero rápidamente, Hans sostuvo la muñeca del hombre y forcejearon.
—¡Maldito hijo de perra!—lo escuchó proferir.
El impacto de un disparó resonó en la habitación y emitiendo un aullido de dolor, Hans cayó sobre uno de sus costados, sosteniéndose el hombro que había comenzado a sangrar profundamente.
Una fuerte ventisca golpeó los ventanales del lugar. La nieve había comenzado a precipitarse de nuevo.
—¡No interferirán con mis planes!—bramó Hauggard fuera de sí—, ¡iré a traer a esa bruja para que veas como le arranco el corazón! ¡Y después concluiremos con esto!
Una señal de alarma se encendió en la cabeza de Hans, quien sintió una patada contra sus costillas y como algo le era desprendido de la mano. Después, el golpe del arma en su nuca. Lo último que vio antes de cerrar los ojos, fueron las pesadas botas del sujeto saliendo a toda prisa del despacho.
Hauggard se encaminó directamente al calabozo, sosteniendo la pistola en alto.
Las cosas se habían precipitado bastante. Terminaría de una vez por todas con Elsa de Arendelle y con un poco de suerte, cuando regresara su adversario todavía no se habría desangrado por completo y podría firmar la maldita carta que le otorgaba poder sobre el reino.
Y si no… bueno, siempre había otras alternativas para hacer pasar ese documento por válido.
Furtivamente, bajó la escalinata que conducía al cadalso.
Una gruesa capa de hielo cubría las paredes por completo. Con desconcierto, siguió el rastro de hielo hasta el sótano, donde la pesada puerta de hierro yacía arrancada de sus goznes y detrás de ella, la celda envuelta en escarcha. Las cadenas y grilletes de la princesa estaban en el suelo, completamente congeladas. La pared había sido totalmente destruida, facilitando su escape.
Un espasmo de ira se apoderó de él.
—¡Maldita bruja!—decidido, avanzó hasta el muro derrumbado y salió al inmenso jardín que rodeaba su mansión, un sitio lleno de altas paredes de hiedra y arbustos esculpidos en diversas formas de animales salvajes.
La muchacha no podía haber ido muy lejos. Aguzó su mirada oscura para localizarla y sin más, se internó entre aquel laberinto siniestro.
—¡Sal, princesa!—gritó—¡No puedes huir de mí!
Enloquecido, avanzó a través de un largo pasillo de enredaderas. No se escuchaba el menor ruido, además de sus pasos contra el césped y la precipitación de la nieve.
—¡Es tiempo de terminar con esto, Elsa!—bramó con furia—¡Sal de una maldita vez, bruja! ¡Le pondré punto final a esta maldición de los infiernos!
Un murmullo atrajo su atención, haciendo que esbozara una sonrisa torcida. Ansioso, dobló una esquina y la vio. Elsa se encontraba de pie en medio de un pequeño paraje rodeado por rosales. Sus ojos azules se dijeron en él con tanto miedo como determinación, y sus delicadas manos se elevaron en dirección suya, adquiriendo una pose defensiva.
—¡Aléjese de mí!—le advirtió con valentía.
Hauggard disparó sin miramientos y un grueso muro de hielo surgió enfrente de la joven, quedando la bala incrustada en él.
El corazón de Elsa comenzó a latir desenfrenadamente, presa del pánico. El odio y la locura que veía reflejados en los ojos de aquel hombre, eran lo más peligroso a lo que se había enfrentado jamás.
Contrario a lo que había sentido toda su vida, dio gracias de poder contar con sus poderes.
—¡No tiene caso que sigas luchando, Elsa!—rugió el lord—¡No vas a salir de aquí con vida!
—¡Se equivoca! ¡Es usted quien tiene todo que perder aquí!—replicó ella aparentando decisión—¡Se lo advierto! ¡Déjeme ir o sufrirá las consecuencias!
Hauggard dejó escapar una risa profunda y trastornada.
—¿En serio serías capaz de matarme, princesa?—inquirió—¡Adelante! ¡Soy una presa fácil para ti!
Elsa tembló, consciente de que no podría hacer nada contra él. No importaba cuanto se mereciera morir ese hombre, ella no era capaz de acabar con la vida de nadie, ni siquiera teniendo ventaja. Y el sujeto lo sabía perfectamente.
Atemorizada, lo miró sonreír una vez más, como si le hubiera leído el pensamiento.
—¡Eres tan débil!—le espetó con desprecio—¡¿De qué te sirve tener esos dones, si te comportas de una manera tan cobarde?! ¡Solo uno de los dos saldrá vivo de este lugar!—volvió a apuntarla con su arma—¡Y ese voy a ser yo!
—¡Jamás permitiré que me haga daño!—afirmó ella con seguridad; todavía podía defenderse.
—¡No eres más que una sucia e infernal hechicera!—vociferó Hauggard—¡Por mi vida que me ocuparé de ti, al igual que lo hice con ese bastardo de Westerguard!
Los hermosos y gélidos ojos de la rubia se abrieron con horror, y el lord se supo triunfante para sus adentros. Sabía que no lograría nada mientras ella estuviera en guardia, de modo que tenía que desarmarla. Y conocía muy bien la clase de palabras que lograrían dejarla a su merced.
—¡El infeliz vino a buscarte!—prosiguió con saña—¡Estaba completamente en desventaja! ¡Así que puse una bala en su cabeza!
—¡No es verdad!—exclamó ella.
—Oh, ya lo creo que lo hice Elsa—aseveró el hombre con maldad—. Debiste ver como agonizaba, la sangre que brotaba de su cuerpo. Fue un espectáculo que me habría gustado compartir contigo. Lástima que tuve que liquidarlo antes de tiempo.
—¡Cobarde mentiroso!
Hauggard arrojó a sus pies el anillo con la insignia real que le había arrebatado al rey, antes de salir del despacho a toda prisa. Vio por la mirada de reconocimiento de la blonda, que había dado en el clavo. Un semblante de dolor cruzó por aquellas delicadas facciones.
—Está muerto, Elsa. Y muy pronto te daré el gusto de reunirte con él.
—No—musitó la chica, sintiendo como si su corazón se partiera en mil pedazos.
Su mente se nubló por la aflicción. En su cabeza, la imagen de Hans malherido y agonizante se abrió paso, como un mal sueño. La pared de hielo que la protegía se derrumbó y ella cayó de rodillas, abrumada por la nefasta noticia.
—No… —la mirada se le aguó y el cuerpo comenzó a temblarle de tristeza—. Hans, no…
Sollozó desesperada. La intensa nevisca que se había erigido en torno al lugar se hizo más intensa, cercándolos con mayor violencia.
Hauggard volvió a levantar su pistola y apuntó con ella a la princesa, seguro de que esta vez no se defendería. Estaba indefensa y abatida, sosteniendo el anillo real en su palma. Oprimió el gatillo…
El ruido bestial del arma de fuego resonó como un eco espantoso por todo el jardín. Elsa abrió sus ojos sobresaltada, justo para ver el cuerpo que caía frente a ella, impactada.
Hans se derrumbó en el suelo con un sonido sordo. Su hombro sangraba profusamente y su piel, amoratada y congelada por el frío, le confería un aspecto más macilento que nunca. Sus cabellos se habían tornado de un blanco mortal y un grueso patrón de hielo se extendía a lo largo de todo su pecho, marcando de forma grotesca el disparo que había recibido para protegerla. Su mirada verdosa estaba perdida y su respiración se había tornado jadeante.
La princesa chilló desesperada.
—¡HANS!—se abalanzó sobre él con angustia—¡NO, HANS!
Abrumado por la inesperada aparición del rey, Hauggard compuso su expresión anonadada en una que volvía a mostrar la furia de antes y dirigió una vez más el arma hacia la joven.
—¡Malditos sean!—gritó enloquecido—¡Espero que te pudras en el infierno, bruja!
Un espantoso alarido se hizo escuchar en el jardín y Elsa levantó su mirada llena de lágrimas, para ver como la pistola que sostenía su atacante caía al suelo.
Hauggard miró hacia su propio pecho, en donde una flecha yacía atravesada. Lo habían atacado por la espalda. La sangre se extendió a través de sus finas ropas y un gemido entrecortado fue todo lo que brotó de su garganta, antes de derribarse pesadamente.
Había estado tan cerca de tenerlo todo. El trono que ansiaba, recuperar su poder y más…
El dolor en su cuerpo era lacerante. Con agonía, fue consciente de los últimos latidos de su corazón y exhaló su último suspiro.
Una comitiva de soldados se abrió paso hasta el cuerpo, liderados por el jefe de guardias y por el capitán Rybner. El primero todavía sostenía en su mano el arco con el que había disparado la flecha, no habiendo dudado ni un segundo ante el juramento que había hecho de proteger a Su Majestad.
Miró al lord de soslayo antes de dirigirse hacia los hombres.
—¡Retiren ese cuerpo de aquí!—demandó.
Mientras tanto, Franz se dirigió precipitadamente hacia Elsa, quien todavía sostenía al pelirrojo entre sus brazos. El cuerpo se le había congelado casi por completo y ella lloraba desconsolada.
—¡Alteza! ¿Se encuentra bien?—inquirió alarmado.
Elsa lo miró angustiada y él se arrodilló para mirar al cobrizo de cerca, con un mal presentimiento.
Dos orbes esmeraldas lo miraron débilmente para luego pasar a la muchacha. Hans continuaba respirando, pero sus exhalaciones eran cada vez más débiles. Una de las manos de la princesa le acarició el rostro.
—No te vayas, Hans—le suplicó ella—. Quédate conmigo.
Él quiso responder, pero tan solo un murmullo entrecortado abandonó sus labios. Lentamente, sus extremidades empezaron a descongelarse.
—¡Traigan ayuda para el rey!—gritó Franz—¡¿Qué están esperando?!—se volvió hacia el monarca de nuevo—¡Tranquilo! ¡Saldrás de esta! ¡Resiste, resiste solo un poco más!
Era una suerte que él y los demás hombres hubieran permanecido en las inmediaciones de los terrenos de lord Hauggard. A pesar de las órdenes expresas del gobernante para no acercarse, se habían aproximado tan pronto como habían visto desatarse la tormenta en torno al sitio. Las detonaciones en el jardín les habían hecho darse prisa.
—Vas a estar bien, Hans—musitó Elsa volviendo a acariciar su mejilla—. Tienes que estar bien. No puedes irte.
El aludido la contempló con ternura, sintiendo que la vida se le escapaba. Al menos le quedaba el consuelo de que ella estaba a su lado. Extrañamente ya no sentía frío, sino una agradable calidez que lo abrazaba por completo y parecía surgir desde el fondo de su corazón.
Lo último que vio antes de cerrar sus ojos, fueron dos hermosas pupilas azules e inundadas por las lágrimas.
El agradable trinar de los pájaros se coló a través de los ventanales de palacio, anunciando un día resplandeciente.
Cuidadosamente, Hans terminó de vestirse frente al amplio espejo de su habitación. La herida que Hauggard le había infligido en el hombro no era de consideración, pero si requeriría largos días de cuidados antes de que pudiera recuperarse por completo. En cuanto al impacto que había recibido en el pecho, de ese no quedaba más que una diminuta cicatriz. El hielo había impedido que la bala penetrara en su corazón.
Realmente, si no hubiera sido por la magia de Elsa, lo más probable es que esa última bala lo hubiera matado.
Había sido más complicado despertarse esa mañana, a causa del dolor que todavía experimentaba debajo de los vendajes y que lo había mantenido reposando en cama durante un día entero, prácticamente inconsciente.
El frío también se había ido por completo de su cuerpo, haciendo que recuperara el brillante color rojizo de su melena.
Luego de la incursión en los terrenos de Hauggard, las cosas se habían complicado más de lo que esperaba. Con la muerte del lord, a los campesinos responsables del incendio y de colaborar con él no les había quedado más remedio que entregarse para ser ajusticiados. Todos tendrían que pasar una larga temporada en prisión, al igual que los sirvientes de palacio involucrados en el asunto.
Tras un intenso interrogatorio que estuvo a cargo de sus guardias de confianza, se había descubierto con gran sorpresa, que dos de los criados de la servidumbre se habían dejado influenciar por Hauggard; pues lamentablemente tenían miedo de los poderes de la princesa.
Y él jamás había sospechado de sus acciones.
No pudo evitar pensar en si mismo como un hombre con suerte. Jamás había estado tan cerca de la muerte como en ese instante, pero con todo, no se arrepentía de haber defendido a Elsa. El ligero recuerdo de la princesa asistiéndolo el día anterior y procurándole sus cuidados para que se recuperara, le hizo sentirse más fuerte que nunca.
Era una lástima que no estuviera lo suficientemente lúcido como para agradecerle o hablar con ella.
Un tímido toque en la puerta le hizo salir de sus cavilaciones y tranquilamente, dio la orden de pasar a quien estuviera del otro lado.
La delgada figura de Agnes ingresó a la habitación con timidez.
—Buenos días, Su Majestad—lo saludó, antes de dejar en una mesa cercana la infusión que el médico le había mandado para ayudar con la cicatrización de sus lesiones.
La morena recogió el cuenco con los paños húmedos que él mismo se había quitado esa mañana, para cambiar sus vendajes. El pelirrojo la observó por un momento, antes de animarse a preguntar lo que tenía en mente.
—¿Elsa ha despertado?
La criada asintió con la cabeza lentamente.
—Hace unos momentos se levantó, Su Majestad. Ella desea hablar con usted—Hans sintió algo removerse en su interior, con incertidumbre—. Dijo que lo esperaría en su estudio, en cuanto estuviera dispuesto para ir. No quiere que se apresure, sabe que aún le duelen sus heridas.
El rey asintió con la cabeza, pensando en las cosas que se dirían en cuanto estuvieran a solas.
No podía omitir que le había mentido, a pesar de lo que había hecho para salvarla. Ella simplemente no lo iba a perdonar tan fácilmente y tampoco esperaba que lo hiciera. No se lo merecía.
—Si no necesita nada más, Excelencia, me retiro—dijo Agnes, sosteniendo el cuenco en sus manos y haciéndole una leve inclinación, para luego dirigirse hacia la entrada.
—Espera.
La pelinegra se volvió, esperando recibir otra orden. Él suspiró profundamente.
—He estado pensando, que tú has sido un gran apoyo para la princesa desde que llegó a este lugar. Si no fuera por ti, tal vez la hubiera pasado peor con todas las humillaciones a las que la sometí—dijo seriamente—. Fui muy duro contigo y aun así, has mostrado más lealtad que ninguno de mis sirvientes—Agnes lo miró expectante—. Lo que quiero decir es… gracias.
La muchacha parpadeó con sorpresa. Nunca, ni en sueños, habría pensado en escuchar esa simple palabra del rey. Se notaba que estaba siendo sincero.
En verdad, Elsa lo había cambiado más de lo que nadie podía imaginarse.
—No tiene nada que agradecer, Su Majestad—repuso dibujando una leve sonrisa en sus labios.
Conocía al soberano prácticamente desde su niñez y siempre había sabido que en el fondo era un buen hombre. Se alegraba sinceramente de que se hubiera enamorado de una persona como Elsa. Para ella, los sucesos malos eran cosa del pasado.
El cobrizo le dio un asentimiento y ella salió de la habitación.
Momentos después, Hans salía también con rumbo a su despacho, sin saber que esperar una vez que se enfrentara con la mujer que amaba.
Se quedó de pie ante las enormes puertas de la estancia y lentamente, ingresó.
El cálido sol de primavera iluminaba la habitación por completo, abriéndose paso a través de los ventanales. Sentada enfrente de la chimenea, Elsa sostenía un libro entre sus pálidas manos, con sus orbes azules atentos a las páginas. Su aspecto le impresionó más que nunca.
Su esbelta silueta estaba ataviada con un vestido de hielo, diferente al que había utilizado la noche del festival. Este era de un hermoso color azul cielo y largas mangas que le cubrían las muñecas. El delicado escote de corazón resaltaba su pecho y los delgados hombros sobresalían por encima de él. Una capa transparente brotaba de la espalda y descendía hasta el suelo.
En medio del resplandor natural que alumbraba el estudio, la princesa se asemejaba a un ángel.
Tan pronto como Hans hubo entrado en el despacho, ella volvió su mirar cerúleo hacia él y se puso en pie con serenidad. Tenía una expresión imperturbable.
—Llegaste—le dijo tranquilamente—. Creí que demorarías un poco más en levantarte hoy.
—Agnes me dijo que me estabas esperando aquí.
La joven avanzó hacia él, analizándolo disimuladamente.
—¿Cómo te sientes?—le preguntó con suavidad.
—Mis heridas no son de consideración—repuso Hans—, el médico ha dicho que unos días serán suficientes para sanar. Honestamente, creo que he tenido percances peores.
La rubia levantó una de las comisuras de sus labios al escucharlo.
—Imaginaba que dirías algo como eso—le dijo.
El rey no supo que responder. Simplemente se quedó contemplándola por unos segundos, intentando grabar en su mente cada detalle de su apariencia. El azul profundo de sus ojos, el cabello trenzado y cayendo elegantemente por un hombro, aquel etéreo vestido… realmente, ninguna mujer se podía comparar con la visión que tenía delante de suyo.
Para él, Elsa era perfecta en todos los sentidos. Tan bella que dolía mirarla.
El silencio se prolongó entre ambos.
—Elsa… yo…
La aludida lo interrumpió extendiéndole el libro que traía entre sus manos. Hans lo tomó, algo sorprendido y reparó en el título. Un capitán de quince años.
—Es el último que me recomendaste, por si no lo recuerdas—lo atajó la platinada—. Acabo de terminar de leerlo. Es muy bueno.
El soberano la observó con la duda escrita en sus ojos verdes.
—Entiendo porque es uno de tus favoritos, el protagonista se parece mucho a ti—dijo Elsa—. Es valiente. Y noble. Parece que no le teme a nada y siempre está dispuesto a arriesgarse por las personas que le importan.
El pelirrojo se quedó sin palabras.
—Nunca voy a olvidar la manera en la que te sacrificaste por mí, Hans—expresó ella con un gesto de gratitud—. La forma en la que te arriesgaste para salvarme de ese hombre, es algo que siempre te voy a agradecer. Realmente te juzgué mal, al creer que seguías siendo ese hombre egoísta con el que me encontré en un principio.
—Tú me cambiaste, Elsa—afirmó él con honestidad, sintiendo su corazón latir con cada una de sus palabras—. No soy la misma persona que era antes de tu llegada, ni volveré a serlo. Daría mi vida por ti.
Sus miradas se quedaron firmemente enclavadas en la del otro, jade contra zafiro, reflejando las mismas emociones.
Hans tomó una de las manos de la muchacha, apretándola levemente entre la suya.
—Te pido perdón, princesa—dijo, haciendo que la aludida abriera sus orbes con sorpresa—. Perdóname por todo lo que te hice pasar al llegar aquí, por no prestarte la ayuda que necesitabas. Todo este tiempo me he dejado llevar por una venganza que ya no tenía razón de ser. He sido demasiado ciego y me ha costado estar a punto de perderte para darme cuenta—dio un paso hacia ella, incrementando la proximidad de sus cuerpos. Elsa no se movió—. Ahora me percato de todo. Ni tú, ni tu padre tendrían que haber pagado por este pasado que me persigue. Todas las malas decisiones que he tomado en mi vida—suspiró—, no son más que mi responsabilidad. Pero lo más bajo que pude haber cometido, fue mentir sobre tu muerte. No tengo cara para mirarte después de todo lo que he ocasionado—la observó pesaroso—. Nunca quise lastimarte, Elsa. Eres lo que más me importa en esta vida. Si mentí o hice mal en un principio, fue a causa de no haberte conocido a fondo antes. Y no sabes cuanto me arrepiento de ello.
La chica se estremeció, conmovida.
—¿Es tarde para que me concedas tu perdón?—inquirió el soberano en voz baja.
Elsa elevó su otra mano para apretar la de él levemente.
—Te perdono, Hans—le dijo sinceramente—. Te perdono de todo corazón.
La mirada de él brilló con esperanza.
—Eres la persona más bondadosa que he conocido—musitó, alargando una mano para tocarle la mejilla—. Aun no sé que hice para que el destino me permitiera toparme con un ángel como tú.
Elsa posó su palma encima de la suya, disfrutando del calor que la transmitía ese simple contacto.
—Te perdono—le repitió y acto seguido, retiró la mano masculina de su rostro con suavidad—, pero aun así, no puedo olvidar lo que has hecho. Con el paso de los días, aprendí a dejar atrás todos los malentendidos que había tenido contigo, llegando a conocerte mejor—desvió su mirada con pesar—. Sin embargo, no puedo seguir consintiendo estar lejos de mi reino y más después de enterarme que me han dado por muerta. Esta vez, no podrás hacer nada para detenerme, Hans.
—Lo sé—aceptó él con resignación.
—Eres un buen hombre—dijo la princesa—, pero tienes que empezar a ser consciente de los actos que hiciste… y yo también. No puedo quedarme contigo.
El cobrizo sintió como si algo le oprimiera el corazón.
—No puedo remediar nada de lo que he hecho, Elsa—dijo, luchando contra la imperiosa necesidad que sentía de detenerla—. Quisiera más que nunca poder volver al pasado e impedir todo el mal que te hice. Hacer que las cosas fueran de manera distinta… no voy a detenerte esta vez.
Él le soltó la mano que todavía le tenía sujeta.
—Tú eres todo lo que quiero en este mundo, Elsa—confesó—. No mentí cuando dije que me había enamorado de ti, ni era mi intención hacerlo. Simplemente, sucedió de manera tan gradual que cuando menos me di cuenta, te habías convertido en lo más importante para mí. Desde el primer momento en que te vi, tan pura e indefensa, invadiste mi mente por completo—la princesa se ruborizó—. Tal vez desde ese momento fue cuando quedé prendado de ti y por eso decidí que te quería para mí.
Los dos volvieron a mirarse, del modo más profundo en que lo habían hecho hasta ese entonces.
—Debes alejarte de mí, Elsa—repuso el rey, entristecido—. Si te quedas más tiempo, tarde o temprano volveré a hacerte daño. Y eso es algo que no soportaría. Tú más que nadie mereces ser feliz. Ya he comprendido que no soy el hombre que tú te mereces y no puedo obligarte a corresponder lo que siento por ti.
La joven quiso replicar, mencionar algo que lo consolara. Pero tan solo se quedó callada, mirándolo con la misma tristeza.
—De modo que haré lo que debí hacer desde un principio—prosiguió Hans— y te devolveré a tu hogar.
En las pupilas de la muchacha asomó un leve atisbo de ilusión.
—Hablé con Franz ayer por la noche, mientras tú descansabas. Le dije que preparara el Tempestad y que se alistará para hacer el viaje. Solo en él podría confiar para conducirte en el trayecto.
—Tú no vendrás—intuyó Elsa, frunciendo levemente el ceño y no pudiendo evitar sentirse decepcionada.
—Mi lugar es aquí, ya no tengo nada que figurar en tu regreso—Hans sonrió con melancolía—, a menos claro, que se me solicité para responder por mis faltas, en cuyo caso no me resistiré.
—Eso no ocurrirá—se apresuró a decir ella—. Arriesgaste tu vida por mí y me ayudaste a controlar mis poderes. Cualquier falta puede considerarse compensada.
—Ojalá fuera tan fácil, princesa. Sé que voy a lamentarme mucho tiempo por no haber actuado justamente desde el inicio.
Elsa se mordió el labio, repentinamente inquieta.
—Te escribiré desde Arendelle—prometió—, si lo deseas.
—Mejor no lo hagas—musitó Hans—, no garantizo respuesta. Y después de todo lo que te he provocado, quizá sea mejor que salga de tu vida por completo.
Ella sintió una punzada en el corazón, preguntándose como podía decir cosa semejante. Sin embargo, su orgullo, todavía latente al recordar la mentira del soberano y la firmeza que él mostraba, le hicieron callar una vez más.
—Supongo que este es el adiós—dijo, tratando de aparentar estar tranquila.
Las pupilas verdes del gobernante la contemplaron con solemnidad.
—Vas a ser una gran reina—le dijo con admiración—, decidida, justa y valiente. Tus súbditos te amaran. Serás la clase de gobernante que a mí me habría gustado ser.
—Tú ya eres un gran gobernante.
—Sé feliz, Elsa—le deseo Hans honestamente—, solo prométeme que serás feliz. No dejes que lo que has vivido conmigo, te impida confiar en nadie más. Cuando encuentres a alguien a quien puedas querer, esperaré que no te deje ir como lo estoy haciendo. Quizá no llegue a amarte como yo lo hago… pero quiero de verdad, que te llene de dicha.
Se estremeció con amargura ante sus propias palabras, sabiendo lo que significaba dejarla en libertad. Si no podía encontrar la felicidad con él, al menos lo haría con alguien más. Alguien que fuera digno de tener su amor.
Elsa sintió que las lágrimas inundaban sus ojos y que el corazón le latía desesperado. Antes de que pudiera decir algo más, vio como su acompañante se alejaba de ella en dirección a un ventanal y quedaba dándole la espalda.
—Es mejor que vayas a prepararte—le dijo, adoptando un tono de voz impersonal—. Te deseo un buen viaje de regreso y que mi barco te traiga tanta suerte como un día me la trajo a mí. Adiós, princesa.
Entristecida, la joven se quedó mirando la alta figura del rey, con las manos a su espalda y un porte sereno. Dudó. Tuvo el impulso de ir hasta él y decir algo más, quizá tocarlo por última vez o despedirse.
Empero, se dio la vuelta y abandonó la estancia.
Sitron emitió un relinchido sonoro, cuando los delgados brazos de la princesa abrazaron su cuello. Elsa le dirigió una mirada llena de pena. Como le dolía tener que desprenderse del animal.
—Te voy a echar mucho de menos, amiguito—le dijo y él respondió con otro relinchido desanimado—. No te pongas triste—repuso, acariciando suavemente su crin—, voy a necesitarte de ánimo para levantar el de tu amo. Recuerda que él es un hombre muy orgulloso y va a sentirse más solo que nunca—los ojos inteligentes del animal le prestaron toda su atención—, ¿prometes que estarás a su lado?
El equino emitió un nuevo sonido y luego restregó su rostro contra el brazo de Elsa, en señal de cariño.
—Muy bien—dijo ella con ternura—. Te quiero, Sitron. Algún día, espero volver a encontrarme contigo.
El caballo le dio un ligero empujón con la cabeza y ella rio con melancolía. Se había comportado de la misma manera el día en que se habían conocido.
Escuchó pasos y se volvió para encontrarse con Bent, quien le sonrió de lado.
—Freja ha sido llevada ya al barco, puse todo lo que va a necesitar en el viaje—le informó—, tiene heno, manzanas y agua para varios días. Y terrones de azúcar—añadió, sabiendo de la manía que había adquirido la rubia por consentir a Sitron y que seguro repetiría con su yegua.
—Muchas gracias, Bent.
—Que tengas buen viaje, Elsa—le deseo él—. Y trata de no congelar nada a tu paso—añadió con repentina socarronería, ensanchando su sonrisa.
La muchacha avanzó hasta el adolescente y lo rodeó con sus brazos, sorprendiéndolo.
—Gracias por todo, Bent—le dijo, sintiendo como poco a poco le correspondía el abrazo—. Tú has sido uno de mis únicos amigos en este lugar. Nunca voy a olvidar todo lo que hiciste por mí.
—Ni nosotros a ti—contestó el chico—. Mucha suerte, Reina de las Nieves.
La rubia se despegó de él con una sonrisa en el rostro y le dio un asentimiento.
—Cuida bien de Sitron—le pidió encarecidamente—. Y cuídate tú también.
—Él no puede estar en mejores manos. En cuanto a mí—el muchacho volvió a sonreír confiado—, nunca se sabe. Pero trataré de seguir tu consejo tanto como me sea posible.
El castaño extendió una mano hacia ella de manera cómplice y Elsa la estrechó cariñosamente, para volver a murmurar una despedida y salir de los establos. Le echó una última mirada a Sitron y se encamino hacia el castillo.
En su dormitorio, Agnes terminaba de empacar los últimos vestidos que le había obsequiado el rey. Si por ella fuera, en realidad no vería necesario llevárselos. Sin embargo, la morena le había dicho que él lo había dispuesto de esa manera para que no le faltara nada durante la travesía, así como había ordenado que embarcaran a su yegua también.
Un sirviente salió de su habitación cuando Elsa llegó, llevando el último baúl con destino al puerto.
—¿Estás lista, Elsa?—le preguntó Agnes, acudiendo a su encuentro.
Ella asintió con la cabeza, echando un vistazo a la estancia con sus paredes azules y los muebles en tono marfil. Una parte suya iba a extrañar la sensación de amanecer en esa habitación, tan cercana a la de Hans, a quien no había vuelto a ver desde la conversación en su despacho.
Un nudo se le formó en la garganta, pero rápidamente recuperó la compostura, convenciéndose de que no había marcha atrás.
—Vamos—le dijo la pelinegra, dejando que apreciara por última vez el dormitorio antes de que bajaran para abordar el carruaje que las llevaría al muelle.
El lugar estaba tan atestado de movimientos y marinos como siempre. El carro se detuvo justo a pocos metros del Tempestad, que yacía anclado y listo para marchar, recibiendo sus pertenencias de último momento.
Elsa bajó con ayuda de un lacayo y se volvió hacia Agnes, que la miraba con un dejo de tristeza.
—Aquí estamos. Por fin volverás a casa.
La platinada le tomó ambas manos con las suyas y le dio un apretón gentil.
—Jamás terminaré de agradecerte todo lo que hiciste por mí—le dijo dulcemente—, desde el principio fuiste la única persona que se mostró amable conmigo. Voy a echarte mucho de menos, Agnes.
—Y yo a ti—repuso la otra joven con sinceridad—. Las cosas no van a ser iguales sin ti, Elsa. En palacio no se sentía tanta luz, ni había tanta alegría desde que tú llegaste.
La mencionada sonrió con tristeza.
—Agnes, quiero pedirte una cosa—dijo y la azabache asintió con la cabeza—. Cuida bien del rey. Sé que va a quedarse muy solo cuando me vaya y aunque trate de ser fuerte, la soledad es lo que siempre le ha afectado más… igual que a mí—agregó con compasión—. Me gustaría que fuera feliz.
—Él solo puede serlo si está a tu lado, Elsa.
La albina suspiró.
—Hans se ha negado a que le escriba—reveló—. ¿Aceptarías tú recibir mis cartas? Quisiera que pudieras contarme como está él y como van las cosas por aquí, y como se encuentran tú y Bent.
—Cuente con eso, Alteza—dijo Agnes—. Sus cartas serán respondidas.
—Gracias, Agnes.
—Espero que tengas un viaje sin contratiempos—la morena le devolvió el apretón de manos—y que Arendelle te reciba con bien. No sé si sea apropiado decir esto, pero siento que en ti he encontrado una amiga.
Por toda respuesta, la princesa la envolvió con sus brazos delicadamente.
—Tú también eres como una amiga para mí. Gracias por todo lo que has hecho por mí.
Ambas se despegaron, justo para ver como el capitán Rybner se encaminaba hasta ellas, ofreciéndoles un inclinamiento respetuoso con la cabeza.
—¿Está lista para abordar, Su Alteza?—inquirió con amabilidad.
—Estoy lista, capitán.
—Cuide mucho de ella, capitán—intervino Agnes—. Asegúrese de que llegue con bien a Arendelle.
Franz sonrió en su dirección.
—Pierda cuidado señorita, la princesa estará a salvo a bordo. Le hice una promesa al rey.
Y era cierto. En todo el día, no había parado de pensar en el semblante decaído de Hans la noche anterior, cuando siendo bastante tarde, lo había mandado llamar para encomendarle la misión de entregar a la joven a su reino. Ya ella se había retirado a descansar tras haberlo cuidado en día entero y el cobrizo, en un momento de lucidez, había despertado para comunicarle su decisión.
Únicamente confiaba en él para conducirla a su hogar y por Dios que no pensaba fallarle.
Es mi vida la que te estarás llevando, le había dicho el soberano y Franz no había podido sino compadecerse de los sentimientos que mostraba. Realmente se había enamorado de Elsa.
Lo menos que podía hacer, era cumplir con su encargo.
Las jóvenes se despidieron una vez más y el capitán besó el dorso de la mano de Agnes, cuando volvió a pedirle que procurara a su tripulante, asegurándole que todo estaría bien.
En silencio, escoltó a Elsa hasta la cubierta del barco y la observó caminar hacia la barandilla, para mirar por última vez el paisaje que le ofrecían las Islas del Sur. Aunque intentara aparentar, se notaba bien que le dolía despedirse del lugar.
La platinada sintió la brisa ligera del mar acariciarle la cara y dejó que su mirada se perdiera en dirección al castillo, que todavía podía vislumbrarse desde el puerto.
"Adiós, Hans", se despidió para sus adentros y otra punzada se apoderó de su corazón.
¿Quién diría que se volvería tan difícil abandonar ese sitio?
—¿Alteza?—la voz de Franz a sus espaldas la sacó de sus pensamientos—Estamos listos para partir.
—De acuerdo—dijo ella, adoptando un rostro sereno y mirándolo brevemente—. Lléveme a casa, capitán.
No había lugar para más dubitaciones. Arendelle y su hermana la estaban esperando.
El azabache se alejó en dirección al timón y comenzó a dar órdenes a sus marineros.
—¡Leven anclas!
El buque comenzó a ponerse en marcha y pronto, los muelles sureños fueron apartándose de su vista hasta perderse en la línea del mar.
Con una opresión inmensa en el pecho, Hans suspiró pesadamente y se dejó caer contra el marco de la ventana de la torre, alzando su vista hacia el cielo estrellado. Se sentía más desolado que nunca. Había una parte de él que aún no podía creer haber dejado marchar a la mujer que amaba pero la otra, insistía en que no había lugar para arrepentimientos.
¿A quién engañaba? Él nunca sería el hombre adecuado para Elsa. Una joven tan noble y tan pura como ella, no tenía lugar en la vida de una persona con un pasado tan terrible como él.
Siempre terminaba lastimando a quienes le importaban. Solo estaba mejor.
El corazón se le había hecho pedazos al despedirse de ella, de esa manera tan fría e impersonal, justo después de haberle reiterado sus sentimientos. Nunca sería capaz de encontrar a nadie que como ella, le hiciera sonreír espontáneamente o que derrumbara sus barreras.
Solo la princesa era capaz de despertarle sentimientos. Pero no estaba destinada para él.
—Deseo que seas feliz, Elsa—susurró en medio de la noche, esperando que al menos ese anhelo se hiciera realidad.
Era la primera vez en mucho tiempo que no deseaba algo para si mismo.
Con tristeza, observó el copo de nieve dorado que sostenía en una palma. El obsequio que ella le había hecho. Sonrió de manera afligida, recorriendo su forma perfecta con los dedos. Sería el único recuerdo que atesoraría de la muchacha mientras fuera envejeciendo.
Probablemente, la pronta soberana de Arendelle encontrara a un buen esposo en su nación, que gobernara a su lado y al que pudiera darle hijos, siendo tan dichosa como quería que fuera. En vano trató de ignorar el amargo gusto de los celos y la decepción al imaginar dicha escena. Así las cosas debían ser.
Ahora que ella se encontrara lejos, posiblemente tomara la idea de sus concejales de buscar a una esposa, más por obligación que porque fuera su aspiración.
Estaba convencido de que a nadie amaría como a Elsa, pero los hijos que engendrara para asegurar su trono, quizá podrían llenar el vacío que ella le había dejado en el alma. Inevitablemente se imaginó a su lado, compartiendo la dicha de concebir a alguien.
Los aspectos que antes aborrecía, sonaban como escenas celestiales al lado de la Reina de las Nieves.
Debía dejarse de ilusiones. Porque los sueños no conducían a nada y el temible gobernante de las Islas del Sur, jamás habría de compartir un amor con nadie.
—Las estrellas están más brillantes que nunca.
Hans se quedó lívido al escuchar esa voz detrás de él. Lentamente se dio la vuelta, temiendo que fuera un sueño.
De pie en el umbral y alumbrada por la precaria luz de la lámpara de aceite que titilaba en un rincón, la bella figura de Elsa se encontraba recargada contra el marco de la puerta. Su vestido de hielo destellaba con la fina iluminación de la habitación y sus pupilas de zafiro estaban fijas en él, con una expresión que no le había visto jamás.
Con movimientos elegantes, la princesa avanzó hasta quedar a solo un palmo de distancia de él.
—Elsa—el pelirrojo la contempló con estupefacción—, ¿cómo…? ¿Qué haces aquí?
La aludida dibujó una dulce sonrisa en su rostro.
—¿No te haces una idea?
Hans sacudió su cabeza, consternado.
—No comprendo—dijo—, ¿por qué regresaste? ¡Estabas a punto de volver a casa!
—Y no hay nada que anhele más en el mundo—repuso ella honestamente—, a excepción de una cosa.
—¿De qué estás hablando?—los latidos del soberano eran tan desesperados, que casi podría jurar que eran audibles en toda la estancia.
—Cuando el barco se puso en marcha y las Islas del Sur desaparecieron de mi vista—comenzó a explicar Elsa—, me sentí de una manera que no esperaba al emprender el viaje de regreso. Y no comprendía que pasaba conmigo. Desde que llegué a este lugar, mi único deseo ha sido volver a ver a Anna—se mordió el labio inferior con timidez—, estaba tan esperanzada… pero también me sentía vacía… desesperada. Cuando bajé a mi camarote, rompí a llorar. Solo podía pensar en lo mucho que echaría de menos este sitio… y a ti—un inocente rubor cubrió sus mejillas pálidas.
'El capitán Rybner acudió para hablar conmigo e intentó consolarme, aludiendo que era normal sentir añoranza hacia el lugar que por meses se había convertido en mi hogar. Sostuvimos una larga conversación—la muchacha soltó un largo suspiro—, y finalmente lo comprendí. No estaba triste porque simplemente extrañara las Islas del Sur—sus ojos cerúleos lo observaron, brillantes y embelesados—. Pasa que soy una persona tan orgullosa y obstinada como tú. Incluso peor'.
Hans frunció el ceño, aguardando con expectación.
—Te amo, Hans—le confesó la princesa—. Por mucho tiempo me he negado a verlo o admitirlo, pero es así. No puedo negarlo más. Te amo. Y no hay nada que pueda hacer al respecto.
El cobrizo experimentó una sensación cálida que se extendía por su pecho, como si una llama volviera a ser encendida. No obstante, negó con la cabeza, tomando a Elsa por los hombros.
—Eso… eso no puede ser—murmuró—. Elsa, estás confundida. Tú no puedes sentir nada por mí. Mírame. Mira todo lo que te he hecho. ¿Cómo podrías amar a alguien como yo?
La muchacha dejó escapar una risa musical.
—Pero es así—se encogió de hombros—. Al igual que tú, no era mi intención hacerlo. Pero sucedió… no sé cuando. Y ahora lo comprendo—sonrió con dulzura—. Traté de convencerme a mi misma de que no era cierto, ¿sabes? Aun no puedo olvidar del todo los disgustos que tuvimos o las cosas que me decías en un principio. Pero luego, pienso en tus cuidados, en el modo que tienes de protegerme y los momentos felices que me procuraste—el color en sus pómulos aumentó—. Solamente tú fuiste capaz de ayudarme a controlar mis poderes. Solamente contigo mis dones eran capaces de contenerse cuando más miedo sentía. Era como si de alguna manera, estuviera irremediablemente ligada a ti. ¿No lo ves, Hans? Solo contigo puedo ser yo misma y sentirme dichosa. Te amo—le repitió.
—Yo no soy el hombre que tú te mereces—replicó él tozudamente—, he mentido a tu reino. No me ha importado nada con tal de mantenerte a mi lado. Dejarte ir, ha sido la única cosa buena que hecho por ti. Elsa—la miró con determinación—, por favor, recapacita. Yo nunca podría hacerte feliz.
Ella negó con la cabeza.
—Hablas con demasiada seguridad de lo que me conviene, cuando yo misma ya he tomado mi decisión—repuso y acto seguido, terminó de cerrar la distancia entre sus cuerpos para acunarle el rostro entre sus pequeñas manos—. Tú eres todo lo que quiero. Te necesito. ¿Por qué quieres alejarme de ti ahora?
—Temo no ser el indicado para ti.
—Pero lo eres—afirmó Elsa convencida—, aun con tus equivocaciones y ese férreo carácter que en ocasiones me hace desesperar, pero a la vez ha sabido enamorarme. Tu arrogancia y la manera en la que me hacías enfrentar mis miedos… así como me asustaron en un principio, también me cautivaron. No puedo amar a otro hombre que no seas tú. Me niego a hacerlo.
—¿Qué sabes tú del amor?—inquirió Hans—Eres apenas una niña.
La mirada de hielo de la joven lo observó con fiereza.
—Y tú un chiquillo que ha aparentado ser duro toda su vida.
Hans cerró brevemente sus párpados, disfrutando del contacto suave y frío de las palmas de la muchacha contra su rostro.
—He cometido demasiados errores como para sentirme digno de ti…
—Tú me aceptaste con mis poderes, aunque hubiera causado daño a tanta gente—dijo Elsa—. ¿Por qué yo no habría de hacer lo mismo con tus errores?
El monarca abrió los ojos, reconociendo entonces la expresión que mostraba la blonda en sus pupilas. Era la misma que él tenía, cada vez que la contemplaba con amor.
—Puede que me lleve toda una vida comprenderte, Hans Westerguard—declaró la princesa—, pero estoy dispuesta a afrontar ese desafío. Soy yo quien decide quedarse ahora. Y si he de volver a Arendelle, no será si tú no estás a mi lado—acarició una de sus mejillas, enviando un escalofrío placentero por su espina dorsal—. No puedes cambiar lo que siento. Lo quieras o no, te amo. Con todo mi corazón.
Hans sintió que podría ponerse a gritar de dicha. Elsa se colocó en las puntas de sus pies, acercando su rostro al suyo y rozando tentativamente sus labios contra la boca masculina. Casi sin pensarlo, las grandes manos del pelirrojo se posaron en su cintura.
—Márchate, Elsa—musitó en una súplica—. Márchate, antes de que me arrepienta de dejarte ir de nuevo. Porque si sigues con esto, no habrá marcha atrás—el gélido aliento de la rubia acarició sus labios—, jamás permitiré que te apartes de mi lado. Y nada me haría más infeliz que hacerte sufrir con esa decisión egoísta.
—No lo harás—repuso ella determinadamente—. Te amo, Hans. Quiero estar contigo cada uno de los días de mi vida.
Sin previo aviso, la joven cubrió sus labios con los suyos, en un movimiento tierno y demandante. Toda la lógica y la persuasión de Hans se fueron al demonio. Hambriento, estrechó el frágil cuerpo entre sus brazos y le correspondió con anhelo, complaciéndose de la manera en que la princesa intensificaba el beso y como sus finas manos se enredaban en su cabellera de fuego.
La lengua de Elsa se abrió paso tímidamente entre su boca y comenzó a acariciar la suya con delicadeza, arrancándole un sonido gutural.
Supo entonces que ya no podría dejarla ir de nuevo. Y que el cielo lo perdonara si era egoísta.
No importaban el pasado, los miedos o las equivocaciones que se hubieran interpuesto entre ambos. En nada podrían cambiar lo que sentían. Adonde fuera ella, él siempre la seguiría y viceversa.
Su historia había comenzado de la manera más inesperada. A partir de ese momento, se encargarían de escribir por su cuenta las páginas siguientes.
Nota de autor:
Saludos, fieles vasallos del Helsa. e.e
¡Yisuscraiiiiiist! T-T ¡Cuantas cosas pasaron el día de hoy! Este ha sido el capítulo más intenso de todos, ¿se esperaban tanto drama y acción? D:
Tuvimos un episodio muy cargado de emociones, mis palomitos. Pobre Hans; creo que con todo lo que le paso aquí, está más que a mano respecto a la manera en la que inició comportándose en el fic. x3
Al fin nuestro querido rey comprendió que debía dejar de ser un egoísta, solo para que Elsa por fin se diera cuenta de sus sentimientos. ¿Quién entiende a estos dos? En serio, me encantan. xD Creo que después de todo lo que ha sucedido, ya ninguno de los dos puede negar que han sido destinados a estar juntos, aunque se la pasen peleando todo el tiempo.
Creo que la escena que más quebraderos de cabeza me dio, fue la del enfrentamiento con Hauggard. Ese bastardo lo tenía todo bien planeado. Es curioso, porque este personaje ni siquiera lo tenía pensado al comenzar el fic sino que surgió sobre la marcha y terminó siendo uno de los OC con más peso. A veces las historias agarran rumbos desconocidos para uno. ¿Qué les pareció su muerte? La verdad que después de todo lo que hizo, tenía que hacerlo sufrir ¿no? e.e
Otro detalle en el que me costó muchísimo pensar, fue la parte donde Hans se sacrifica por su amada. La verdad no quería seguir la misma línea de Frozen, con él terminando como una estatua de hielo y todo eso. Es de suponer por supuesto que su propio acto de amor verdadero al proteger a Elsa fue lo que lo terminó salvando a él, y descongelando su corazón. Por cierto, ese detalle fue un guiño al cuento original de la Reina de las Nieves; por si no lo recuerdan, en un capítulo anterior él siente una punzada en el corazón, (como dijo Anielha por ahí, una agujita de hielo se le había clavado). Mucho drama en esa escena, pero estoy satisfecha con el resultado, no sé ustedes.
Confieso que la escena de la despedida me fue un tanto difícil también; por cierto, si escucharon la canción que les recomendé al principio, les comento que fue justo la que me inspiró para desarrollar ese momento. Por alguna razón, me parece que calzaba perfecto con la pareja.
¡Hora de responderle a mis anónimas sensualidades!
Olaf y Sven 3: Ya también sigo preguntandome con desesperación porque Disney no dejo a estos dos juntos, habría sido tan perfecto. u.u Jejeje, sí, Hans puede ser un verdadero troll cuando quiere, en especial si es por amor. No te equivocaste en lo del beso demandante y pasional. :3 Muchas gracias a ti por dejar tu review, me encanta contestarles a todos y recibir tanta retroalimentación. Es muy bonito saber que te leen desde otras partes. Saludos mexicanos.
Gabriela: Concedida su escena gore, señorita. xD Ese Hauggard si que causó muchos problemas, creo que todos (yo incluida), estamos respirando aliviados de que ya no sea un problema. La verdad que Elsa tenía sus razones para enojarse pero en el fondo, nunca pudo negar que sentía cosas por el pelirrojo. Yo creo que se salvaron mutuamente; ella consiguió escapar del calabozo por su cuenta y gracias a su magia, Hans no se nos fue a todo el mundo. Así que sí es una badass. :D
Carol: Espero que hayas disfrutado de tus fiestas patrias. n.n Hans es capaz de todo por retener a nuestra querida Reina de las Nieves, pero hoy aprendió la lección y por fin ha recapacitado. El final de esta historia, creo yo, les va a deparar unas cuantas sorpresas más. ;)
Ari: Como siempre, me das ánimo con tus comentarios chiquilla. :D Las cosas se pusieron muy, muy intensas y todavía nos queda un poco más de romance antes de concluir con esta historia. Espero que no se lo vayan a perder. ;D
Guest: Ya falta poco para el final. ¡Estáte pendiente! e.e
Ahora sí, es momento de prepararse para el final, mis queridos. Estoy muy emocionada por todas las cosas que tengo planeadas y seguro que ustedes también. Por fin tendremos el esperado regreso a Arendelle (porque la tercera es la vencida xD), más amor Helsa y una ansiada reunión familiar que va a dar mucho de que hablar, y no precisamente por lo emotivo. *Se ríe cisañeramente*. ¿Qué se imaginan que ocurrirá en ese encuentro? :3
¡No se pierdan el gran final de Pasión de Invierno! Les prometo que va a estar mejor que viernes de telenovela. :P
