Disclaimer: Digimon no me pertenece, yo solo escribo por afición y sin ánimo de lucro.

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.~· Si la esperanza desaparece ·~.

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"Hasta los sentimientos buenos, si se exaltan en demasía, son capaces de conducirnos a errores deplorables".

(Jaime Luciano Balmes)


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Capítulo 21

Las victorias del corazón

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Kari se dio la vuelta por tercera vez en el último minuto. El pelo de la nuca se le erizaba una y otra vez, como si hubiera un peligro acechando. Sentía que alguien la observaba y anhelaba su desdicha, lo cual no hacía más que acentuar el pánico que de por sí le daba el lugar.

Gatomon le dirigió una mirada interrogante pero ella le dedicó un intento de sonrisa no demasiado convincente y continuó caminando. Estaba en el Mar Oscuro, ese lugar que habitaba sus pesadillas desde hacía tanto tiempo, era normal que se sintiera inquieta. Al menos eso se decía mientras intentaba acallar a su instinto, que gritaba en silencio que alguien la vigilaba.

Lo peor de esa situación, del miedo que sentía porque la oscuridad la rodeaba la neblina de la playa, era que esta vez era muy distinto. Para empezar, la primera vez que fue allí había sido llamada, esta vez ella misma se había abierto paso hasta ese mundo de perdición. Además, lo que marcaba la diferencia realmente era que en esta ocasión no quería ser rescatada. Y, ¿a quién quería engañar? Aunque quisiera que la salvasen seguramente eso sería imposible. Porque la única persona que pudo llegar hasta ella era la misma por la que estaba en el Mar Oscuro en ese momento.

Suspiró al pensar en T.K. Las lágrimas amenazaron con hacer su aparición pero intentó contenerlas. Ya había podido ver la fuerza que tenían las emociones negativas, por ellas se había visto atrapada en un extraño lugar que casi había acabado con ella. Tragó saliva al recordar lo cerca que había estado de fracasar. No por ella, al fin y al cabo hacía tiempo que su seguridad no le importaba, sino porque en el caso de que le pasase algo nadie más podría llegar hasta su mejor amigo.

Esquivó una ola malintencionada del gran océano, que casi había alcanzado a los tres caminantes. Kari tenía la sensación de que si tocaba las aguas se vería atrapada en una espiral de desesperación y la más terrible soledad. Porque la nueva energía de ese mundo se alimentaba de esas emociones y parecía emanarlas desde cada sitio, desde cada gota, desde cada ráfaga de viento.

Volvió a sentir que la vigilaban y giró la cabeza a toda velocidad. Esta vez le pareció ver una figura perderse entre unos matorrales del bosque que lindaba con la costa. Su instinto había tenido razón, los estaban observando.

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-Tal vez la mejor opción sea intentar comunicarnos con Azulongmon -dijo Gennai mientras miraba con atención a Tai y Matt.

-¿Por qué con él? -preguntó Sora.

-No por nada es el protector de los emblemas de la luz y la esperanza.

-Pero, ya lo intentasteis una vez sin conseguir nada, ¿no? -se extrañó Joe.

El hombre sonrió de manera algo enigmática e Izzy frunció el ceño. Algo le decía al pelirrojo que la verdadera intención del hombre quedaba escondida entre lo que proponía. No sabía por qué, pero sospechaba que Gennai casi nunca les decía verdades completas. Y le daba rabia. Ocultar parte de la verdad a veces era peor que mentir, llegaba a hacer más daño. Como en la situación en la que estaban envueltos. Pero tuvo que silenciar sus pensamientos, porque le recordaron que él mismo se había quedado callado. Aunque seguía pensando que había hecho bien, pero algo de culpabilidad lo acosaba.

-Tal vez no había llegado el momento, la sabiduría de Azulongmon es milenaria y va mucho más allá de la nuestra.

-Eso no nos consuela, puede igualmente no decidir aparecer -replicó Yolei con una frustración muy propia de ella.

-No perdemos nada por intentarlo. Además de que solo fuimos tres a pedírselo, tal vez todos juntos consigáis mejores resultados.

Se miraron entre ellos decidiendo qué hacer. Era cierto que todo les salía mucho mejor cuando hacían las cosas juntos, pero no tenían demasiada confianza en que el digimon apareciera. Solo lo habían visto una vez, aunque en más de una ocasión habían estado en grave peligro y su consejo les habría ayudado mucho. Pero, lo peor de todo, es que no tenían ninguna otra idea que intentar.

Los digimons miraban a sus compañeros con pena, ellos habían estado por todo el mundo digital preguntando a todos los que se encontraban si sabían algo de los desaparecidos, de la leyenda o del Mar Oscuro. Casi todos los miraron como si estuvieran locos, unos pocos les recitaron la misma frase que Gennai y aún menos les explicaron lo que sabían de ese mundo de oscuridad, que no fue nada nuevo para ellos.

No tenían nada más para hacer. Así que cuando Tai y Matt cruzaron una mirada y asintieron con la cabeza al mismo tiempo, los demás se limitaron a levantarse y seguirlos en silencio.

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Los Divermons salieron por separado de la celda en la que estaba encerrado el chico de la Esperanza. Cuando se fue su amigo, el que siempre había cuidado a Takeru se acercó a él y le dio un poco de agua antes de marcharse. Desde la puerta le lanzó una última mirada.

-Hasta siempre -susurró mientras se giraba.

Caminó por el castillo con cuidado de no levantar sospechas, aunque era un poco difícil con las heridas que tenía por todo el cuerpo. Pero no se sentía mal por ellas, en realidad estaba agradecido de seguir vivo. Y, sobre todo, de que su leal amigo también lo estuviera. Jamás se hubiera perdonado que muriera por su culpa.

Se repetía una y otra vez que debía aceptar que Takeru estaba sentenciado, que lo mejor que podía hacer ahora era terminar con su agonía para que no sufriera esperando a alguien que jamás llegaría. Porque estaba completamente convencido de que la única que podría haber hecho algo era la chica de la Luz, y ahora estaba perdida en una barrera entre los mundos por toda la eternidad. No sabía cuál de los dos tendría un castigo peor, si el rubio por aguardar a alguien que no llegaría o si ella por sufrir sabiendo que la esperaban. Le dio la sensación de que lo segundo era más cruel.

Se sentía defraudado con la vida. Había nacido en él un sentimiento que no conocía pero que Takeru le había regalado con cada una de sus acciones: la esperanza. Esperanza por que el mundo fuera un lugar mejor, por que los buenos sentimientos tuvieran cabida en su corazón, por que la felicidad pudiera ser hallada y no tuviera que seguir limitándose a tratar de sobrevivir.

Pero todo eso había quedado truncado. Porque los únicos que se habían atrevido a sacrificarlo todo por alguien, habían acabado sucumbiendo.

Apretó los dientes con enfado y corrió hacia la playa. Una vez allí se lanzó al mar y nadó y nadó con furia, era lo único que le servía para desahogarse un poco. Se dedicó a ello durante muchísimo tiempo, tal vez varias horas, y al final llegó hasta la arena, porque aquella costa tenía forma semicircular. En realidad no había cruzado el mar, solo había llegado al otro extremo de la misma playa, que era gigantesca.

Nadie jamás se había atrevido a atravesar el océano entero, no sabían qué habría más allá o si realmente algo aguardaba allí. Su señor Dragomon decía que conocía el fin de ese mundo, pero Divermon empezaba a creer que ese gran digimon solo sabía decir mentiras. Si alguien sabía lo que se encontraba más allá sería esa sombra. Bien pensado, tal vez venía de ese lugar. Aunque su amigo le había contado que un día vio un haz de luz en el cielo, y que a partir del día siguiente esa sombra comenzó a rondar al amo del Mar Oscuro.

Dejó de pensar acerca de eso por si aquel extraño ser se encontraba cerca, ya tenía más que claro que era capaz de leer su mente, lo que no le hacía ninguna gracia. Llegó hasta la arena y caminó pesadamente hasta el bosque, cansado por las heridas y el esfuerzo físico que había hecho. Tuvo suerte al encontrar un matorral con unos frutos que eran comestibles y así pudo llevarse algo al estómago, llevaba ya un día entero sin comer nada.

Estaba ocupado en eso cuando escuchó unos pasos lejanos y se asustó. Debería estar en su puesto de trabajo y si le encontraban otros Divermons se lo dirían a su señor Dragomon. El castigo por desentenderse de sus funciones era una paliza, y ya había recibido suficientes golpes aquel día como para que su salud soportase más.

Se escondió bien entre los arbustos y se mantuvo completamente quieto con los ojos cerrados. Cuando los pasos se alejaron un poco los volvió a abrir y vio tres figuras muy dispares caminando por la playa. Dos eran digimons, uno alado y otro una gata. El corazón le dio un vuelco al reconocerlos. Porque la silueta que restaba no podía pertenecer a nadie más que a ella.

Y una sonrisa enorme, como ninguna que jamás había mostrado, apareció en su rostro al reconocer a la portadora de la Luz.

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-Alguien nos está siguiendo -dijo de pronto Kari.

Sus acompañantes giraron la cabeza y miraron en la dirección que ella lo hacía, pero no vieron nada.

-Voy a acercarme -propuso Patamon mientras empezaba a volar hacia allí.

-¡Espera! -lo detuvo Gatomon-. Puede ser peligroso, no sabes quién es.

-Por eso mismo, quédate con Kari y cuida de ella, no tardaré.

A la blanca gata no pareció hacerle gracia aquello pero tuvo que quedarse junto a su protegida. La chica no quitó el ojo de encima al digimon de su mejor amigo, con miedo de lo que pudiera encontrar, sintiéndose cobarde por no acompañarlo en su búsqueda por el bosque. Pero se dijo que no era por ella, que lo hacía por T.K. Tenía que llegar hasta él.

Suspiraron aliviadas cuando vieron Patamon salir de entre la vegetación con gesto de confusión. Llegó hasta ellas y se posó en la arena, antes de encogerse de hombros.

-No hay nadie, te lo habrás imaginado.

-Puede ser... -susurró Kari, aunque no lo creía, no recordaba ninguna vez en la que su instinto hubiera fallado.

Siguieron caminando durante unos minutos y la chica volvió a tener extrañas sensaciones, casi como si el aliento de alguien acariciara su nuca, acechándoles, esperando el momento adecuado para actuar. Y no podía dejar de pensar que estaban muy indefensos.

-Sigo con una mala sensación.

Los digimons volvieron a detenerse y la miraron de una forma que no le gustó demasiado. Como con pena, como si creyeran que se había vuelto un poco loca o que el cansancio le estaba haciendo mella. Aunque, bien pensado, tal vez era cierto. Se llevó los dedos al puente de la nariz mientras cerraba los ojos tratando de serenarse. Cuando estaba en su mundo las sombras la habían seguido a todas partes y estaba claro que no las había vencido porque sino no se habría visto atrapada en el muro de esencias. Tal vez en el Mar Oscuro también la persiguieran.

Un escalofrío de mal presentimiento la recorrió al pensar aquello pero intento serenarse. Tenía una misión y no iba a conseguir llegar nunca hasta T.K si no empezaba a buscar en serio de una vez, si se detenía cada pocos minutos. Además, no sabía cómo de grande era ese mundo, pero su mejor amigo podía estar en cualquier parte.

-Para no estar tan expuestos, podríamos caminar entre los árboles, así si viene alguien podríamos escondernos -propuso Gatomon.

-Es una buena idea, vamos, no hay tiempo que perder -secundó Patamon con entusiasmo.

Era agradable ver que volvía a ser un poco él mismo ahora que estaba algo más cerca de encontrar a su compañero. Los tres se encaminaron hacia el bosque y anduvieron por él sin perder de vista la playa, ya que sino no podrían orientarse. Otra nueva incógnita se habría, pues tampoco conocían esa formación vegetal y se podrían perder en su interior.

Caminaron durante bastante rato y Kari seguía inquieta, porque esas sensaciones no abandonaban su cuerpo ni su mente. ¿Se estaría dejando arrastrar por la oscuridad del lugar?

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Se dirigieron todos juntos hacia la misma piedra sagrada que habían visitado Izzy, Kari y Gennai en la anterior ocasión. Los digimons se adelantaron para observar de cerca aquel objeto, siempre los fascinaba la energía que emanaba. No por nada era algo sagrado y que guardaba el equilibrio de los mundos. Lo extraño fue que el pelirrojo del grupo no se reuniese con ellos, Izzy no desaprovechaba ninguna oportunidad para encontrar una fuente de información que saciase su curiosidad. Excepto, tal vez, otra fuente más valiosa.

La única que pareció darse cuenta de eso fue Mimi, que dirigió a su amigo una mirada de complicidad, como diciéndole que sabía que algo estaba pasando por su cabeza que no había compartido. Él le hizo un gesto con la cabeza, instándole a reunirse con los demás niños elegidos, que ya avanzaban hacia la piedra. La chica lo miró durante unos instantes, pero finalmente accedió a su petición y lo dejó a solas con Gennai.

Tai y Matt encabezaban la comitiva con miradas decididas y gestos casi furiosos. Si el digimon sagrado no les hacía caso, iban a montar en cólera. Los demás los miraban con una mezcla de lástima y miedo, no les gustaba verlos así y al mismo tiempo comprendían su frustración. En especial los que también tenían hermanos. Joe, Yolei y Davis se imaginaron lo que sería para ellos vivir esa situación, porque, a pesar de las discusiones que pudieran tener algunos, siempre querrían a sus hermanos.

Ken era el que más en silencio estaba de todos. No era algo sorprendente viniendo de él, pero la chica de grandes gafas pareció darse cuenta de que ese silencio ocultaba un fuerte transfondo. Y tenía razón. Porque por la mente del joven de pelo azul pasaban muchos recuerdos inundados con pompas de jabón. En su memoria estaban grabados con dolorosa claridad todos los momentos con su hermano, y todos en los que había estado ausente. Esperaba de todo corazón que Tai y Matt no tuvieran que pasar por lo mismo que él, porque era uno de los dolores más grandes que existían. Bien era cierto que ellos no cometerían los mismos errores que él, pero sabía que la culpa por no haberlo impedido inundaría a los dos chicos.

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Observó a la joven darse la vuelta una vez más y quiso reír, aunque se contuvo. Qué predecibles eran los humanos. Qué fácil era manipularlos. No comprendía cómo aquellos seres tan débiles habían conseguido vencerle en el pasado. Aunque se recordó a sí mismo lo que había aprendido ya, y es que cuando eran movidos por lo que habitaba en sus corazones parecía que no conocían límites. Pero en ellos no solo había buenos sentimientos o emociones. Todos y cada uno de ellos tenían sombras.

Era irónico, lo sabía. Que la portadora de la Luz, la persona más pura que había visto nunca, pudiera tener esas oscuras sombras. Sin embargo, ahí estaban. Acechándola, alimentándose de su miedo y culpabilidad. Eso último era la mayor debilidad de la joven y lo que la sombra pensaba usar en su beneficio.

En realidad, tenía sentido. Bien pensado, los buenos sentimientos de los humanos eran causa precisamente de sus peores derrotas. Porque a esos seres les alegraban más las victorias del corazón que las verdaderas, y, por ende, también sufrían más por esas desgracias. Porque los buenos sentimientos conllevaban sacrificios, los que no eran tan puros a veces no estaban dispuestos a hacerlos, los que lo eran en exceso, como Hikari, llegaban al punto de olvidarse de preocuparse por ellos mismos. Lo que carcomía a la chica no era el miedo, sino la preocupación por las consecuencias de sus actos. Por quienes dejaba atrás.

Patético. Era la única palabra que llegaba a su mente. Absolutamente patético y débil.

Lo fascinante era que un ser así pudiera tener ese poder, igualmente sorprendente al de Takeru y que ahora tenía esa sombra. De nuevo, compuso una sonrisa que de haberse visto habría congelado el mismísimo Mar Oscuro. Ya había derrotado a uno de ellos, aunque no definitivamente porque todavía le podía ser útil. Su plan iba tan bien que, de no ser tan arrogante y saber que todo saldría como él pensaba, se habría alegrado. Pero no se iba a distraer con esas tonterías.

Siguió observándola en silencio, perdido entre las grisáceas nubes y la brisa, o entre las sombras y las hojas de los árboles. Acechando. Como un animal a punto de lanzarse sobre su presa. Como un cazador que anhela conseguir su trofeo.

No obstante, aún no había llegado el momento. Tuvo que recordárselo de nuevo. No debía dejar que el ansia lo cegase, tenía que seguir con lo planeado para conseguir un mayor beneficio. Lo más gracioso de todo era que, para que pudiera cumplirse todo, ella tendría que hacerse más fuerte. Si caía antes de tiempo no obtendría todo el poder que quería. Aunque, la verdad es que le bastaba con un poco. Pero no estaba de más intentarlo.

Y, deteniendo sus reflexiones, se regocijó cuando llegó el instante adecuado para la siguiente parte del plan. Pobre portadora de la Luz, no tenía ni idea de lo que le aguardaba.

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Amber: no te disculpes por no haber dejado review, más bien yo te agradezco que te tomes tu tiempo cada vez que lo haces.

Lo siento, prometí más acción y se ha atrasado, pero en el próximo capítulo la habrá.

Tengo que decir que cuando comencé este fic no pensé que llegaría tan lejos la historia y mucho menos que gustaría a tantas personas. Os agradezco muchísimo a todos los que os molestáis en dejarme vuestra opinión y bonitas palabras que me animan a seguir esta historia con entusiasmo.

Muchas gracias a todos los lectores, tanto a los que se manifiestan como a los silenciosos o anónimos, espero que hayáis disfrutado este capítulo :)