XXI. Los locos que amamos.

«La verdad es el mejor camuflaje. ¡Nadie la entiende!»

Max Frisch.

Diciembre de 2024.

La invitación fue hecha por un mensaje de texto.

Alphonse, desconcertado al recibirla en su teléfono celular, la leyó durante la cena, ya que tanto él como su parabatai habían estado ausentes todo el día. Kit comentó con sarcasmo algo sobre la falta de modales, considerando que Tiberius, Getty y él llevaban una semana en la ciudad. En tanto, Rafael afirmaba que no quería ir a ese lugar ni aunque le pagaran.

—Comprenden que negarse no es opción, ¿verdad? —indicó Tiberius, tras un largo rato.

—Sí —respondieron a la vez Rafael y Kit, no muy contentos.

—Podríamos sacar provecho de esto. Por ejemplo, que ustedes obtuvieran más datos de la investigación en la que han estado ayudándoles.

—No esperes que nos digan gran cosa —Rafael se encogió de hombros, desdeñoso.

—Nada pierden con intentarlo. Tal vez quieran retirarlos de la investigación, pero eso sería poco inteligente si ya han obtenido la cooperación de subterráneos como Soleil Glace.

—Acabas de hablar como mi padre, Tiberius —Rafael logró esbozar una sonrisa, la misma que le salía cuando estaba ideando alguno de sus planes—, por lo que te haremos caso. Al, tú conoces bien a esa gente, dime qué te parece esto…

A continuación, detalló a grandes rasgos lo que pensaba que debían hacer una vez adentro del Instituto de París.

Getty, quien conocía al Rafael amable y risueño, le costó reconocerlo en el muchacho que estaba detallando con delicadeza una estrategia verbal como aquella. Sabía que no era raro entre los cazadores de sombras, puesto que en ocasiones, la información era mucho más importante que el matar a un montón de demonios, pero era verlo así y acordarse del Emisario Lightwood, de quien se decía que podía arreglar varios conflictos con palabras en vez de cuchillos serafines.

—Con Antoine no hay que perder la cabeza —aconsejó Alphonse, en cuanto Rafael terminó su perorata—, pero con halagarlo un poco puede soltar la lengua. Simone es más reservada, pero si consigues entusiasmarla, hablará casi de lo que sea. Jean–Luc es de los que prefieren observar antes de actuar, así que no dudes que cualquier cosa que digas o hagas, la estará tomando en cuenta antes de confiar en ti.

—¿Qué hay de la pequeña arpía?

—Rafe…

—Está bien, la chica Verlac, ¿crees que ella pueda decirnos algo?

—Tal vez, sobre todo si eres muy educado con ella. Pero no sé si haga rondas últimamente. Casi siempre conseguía que la dejaran de guardia en el Instituto.

—Me pregunto por qué —se burló Rafael, haciendo una mueca.

—¿A qué hora volverán? —decidió preguntar Getty, aprovechando que hacían una pausa.

A la vez, cuatro pares de ojos la miraron como si hubiera dicho un disparate.

—Alguien no estuvo prestando atención —soltó Rafael repentinamente, sarcástico.

—Getty, tú vendrás. Los chicos quieren que les ayudes —indicó Tiberius, conciliador.

—¿Yo? Pero… ¿cómo?

—Jean–Luc —intervino Alphonse, frunciendo el ceño—. Nos guste o no, él es el hermano de tu abuelo. Podrías preguntarle por tus parientes Beauvale, estará encantado.

Sin poder evitarlo, Getty hizo una mueca.

—Si no queda más remedio… —aceptó, no muy convencida.

—¡Lo harás estupendamente! —aseguró Rafael, estirando un brazo por encima de la mesa para alborotarle el pelo.

—¡Oye, no hagas eso! —pidió ella.

—¿Por qué yo no puedo hacerlo?

—¡No me gusta! —espetó Getty, apartándose de Rafael al tiempo que intentaba, sin mucho éxito, echar los rizos hacia atrás.

Estaba tan ocupada en eso que no notó el gesto ligeramente burlón que hizo Rafael al oírla.

Tampoco, por desgracia, se percató de la mirada que le dedicó Alphonse.

—&—

El Instituto de París era realmente impresionante por dentro.

En honor a la verdad, Getty había deseado conocerlo, pero la ocasión no se presentaba. Debido a que Tiberius y Kit, lo más educadamente posible, rechazaron el hospedarse allí, ni siquiera llegaron a entrar. Ahora, una semana después, estaban invitados a comer en el lugar, lo cual resultaba sorprendente y sospechoso a un tiempo.

—Bienvenidos —fue Simone Verlac quien los recibió, de pie ante la puerta principal.

—Buenas tardes —saludaron todos por turnos.

—Les hemos traído esto —Tiberius le entregó una botella de vino.

—Ah, muchas gracias —Simone, ligeramente desconcertada, aceptó el presente, antes de empezar a girarse—. Pasen, por favor.

Fue al entrar que Getty supo que ese sitio no era como Notre Dame.

Delante de la puerta, se abría un amplio vestíbulo, con un intrincado dibujo en el suelo formado por mosaicos de colores. A derecha e izquierda iniciaban escaleras, formando un semicírculo que conducía a la planta superior con cierta elegancia. Las escaleras eran de piedra gris y sus pasamanos, aunque también eran grises, tenían un aspecto tan liso como canto de río y en su superficie tenían grabados una infinidad de runas de protección.

En la planta alta, donde se unían ambas escaleras, se formaba algo parecido a una terraza interior, que en realidad daba inicio a un ancho corredor iluminado por lo que parecían antorchas, pero solo eran varas largas de madera en cuya punta superior estaban engarzadas grandes piedras de luz mágicas. Desde la planta baja, no alcanzaba a verse mucho de ese corredor, pero Getty imaginó que allá arriba estarían los dormitorios, aunque tal vez se equivocara.

Frente a la puerta principal, también iniciaba un corredor muy ancho, el cual era bañado con luz por ambos lados, la cual estaba teñida ligeramente de varios colores, aunque predominaba uno entre el amarillo y el blanco.

¡Por el Ángel! —exclamó Rafael, muy a su pesar, paseando los ojos por su entorno.

Getty estuvo de acuerdo con esa expresión. Eso parecía un palacio, más que otra cosa.

—Se dice que algunos de los mundanos que contribuyeron a crear Notre Dame fueron los que, sin saberlo, también ayudaron a levantar el Instituto —les contó Simone, sonriendo con cierto aire de orgullo al narrar la historia del sitio donde se hallaban—, porque estaba pensado como una capilla adjunta, una iglesia más pequeña a la que pudiera asistir el vulgo que no pudiera entrar a Notre Dame en ciertas fechas. Luego, con las reformas de Haussmann, la mayoría de los edificios alrededor de Notre Dame fueron demolidos y se pensaba hacer lo mismo con este, pero fue cuando se le ocultó con un poderoso glamour, reforzado por el que está en el enrejado, por lo que los mundanos se olvidaron de que alguna vez existió L'autre Notre Dame… La Otra Notre Dame. Algunas de las runas en el enrejado que delimita la explanada, que ayudan a salvaguardar el Instituto, fueron puestas por Hermanos Silenciosos, así que no entendemos del todo lo que hacen, pero por lo que hemos podido observar, los mundanos que se acercan demasiado solo sienten un ansia terrible por seguir su camino y llegar a Notre Dame.

—¿Y los subterráneos? —se interesó Rafael, arqueando una ceja.

Simone, a su vez, le dedicó un gesto de extrañeza.

—¿Qué pasa con los subterráneos? —quiso saber ella.

—Bueno, cuando llegamos por el Portal, salimos en la explanada y…

—¡Ah, eso! —Simone hizo un ademán para restarle importancia—. En la explanada se puede hacer algo de magia, sobre todo en el área donde el Portal para ustedes fue creado. Es el punto más débil de las salvaguardas, aunque ignoramos el por qué. Lo aprovechamos para la creación de Portales en terrenos del Instituto y para tratar con subterráneos, cuando se necesita.

Por primera vez, Getty vislumbró algo en Simone Verlac que no le gustó. Se trataba de algo muy sutil, una leve inflexión en su voz al hablar de los subterráneos, que no sonaba tanto a odio como a auténtica desaprobación. La hizo pensar inmediatamente en las actitudes más abiertas y, para ella repulsivas, de Antoine y Suzette.

Tal parecía que Simone, en el fondo, era como su marido y su sobrina política.

—Por favor, por aquí —indicó Simone con tono cortés, caminando delante de ellos hacia el pasillo que tenían enfrente.

Al entrar allí, Getty comprendió de dónde venía tanta luz: a ambos lados había ventanales muy largos, con vitrales en tonos claros mostrando distintas imágenes de la historia de los cazadores de sombras, a excepción de la entrega de los Instrumentos Mortales, que ya se veía en la fachada. Algunos acontecimientos debían ser antiguos o quizá locales, porque a Getty no le sonaban de nada, pero estaba segura que el vitral donde el Ángel flotaba ante un hombre rubio y una figurita de cabellos rojos, era de la Historia Nefilim Contemporánea.

Después de los vitrales, las paredes de ese pasillo pasaban a ser de piedra y a tener varias puertas, entre las cuales había más de esas varas de madera con luces mágicas en las puntas. Eran una extraña imitación de antorchas, pensó Getty, preguntándose a quién se le habrían ocurrido. Trataba de observarlo todo con cuidado, pero sabía que probablemente, la mitad de lo que veía lo iba a olvidar en menos de cinco minutos.

—La enfermería —Simone indicaba a dónde daba cada puerta, conforme pasaban por delante—, la armería, algunos dormitorios, el despacho del director, la biblioteca…

La puerta que señalara Simone, de madera muy oscura y bien cerrada, le dio curiosidad a Getty, pero evidentemente no iba a pedir en ese momento que se la mostraran.

—El comedor —llegaron ante unas puertas dobles al final del pasillo, las cuales Simone no tardó en abrir de par en par, con cierto gesto teatral—, ¡hemos llegado! —anunció con voz alegre.

Getty procuró no ser la primera en seguir a Simone, se estaba poniendo nerviosa y quería respirar hondo para tranquilizarse, sin que nadie la estuviera mirando. Después de conseguirlo avanzó, quedando un tanto sorprendida de lo que se halló.

Sentía que estaba de nuevo en el Instituto de Londres, pero a la vez no. La estancia era grande, sí, lo mismo que la mesa principal, pero había diferencias evidentes: el techo no era tan alto, las paredes estaban decorados con cuadros de todos los estilos que narraban eventos importantes para los cazadores de sombras, había grandes ventanas que daban al río Sena, en ese momento con las cortinas abiertas… y la mesa, aunque bastante amplia, era redonda.

—Buenas tardes —saludó enseguida Jean–Luc Beauvale, poniéndose de pie.

Antoine Verlac, a la derecha del director y separado de éste solo por una silla vacía, imitó su gesto con desgano, lo mismo que Suzette, que estaba a dos sillas a la derecha de su tío. Ambos Verlac parecían dispuestos a dejarse devorar por un demonio en ese mismo momento.

—Buenas tardes —correspondió Tiberius, como le correspondía al ser el de mayor rango de los recién llegados—, le agradecemos su consideración al invitarnos.

—No hay nada qué agradecer. Es más, le debo una disculpa por no hacerlo antes, pero ciertas obligaciones me han impedido hacerlo hasta hoy.

—Comprendo, también dirijo un Instituto.

Aunque la declaración de Tiberius fue hecha con el más perfecto decoro, los Verlac arquearon las cejas y Kit se puso en guardia al notarlo.

—Pueden sentarse —ofreció Jean–Luc, indicando con un ademán las sillas vacías.

—Se lo agradecemos, ¿podemos tomar el asiento de nuestra preferencia?

—¡Claro! Solo le pido que sea cerca de nosotros. De otra forma, como verá por el tamaño de la mesa, sería imposible conversar.

Tiberius asintió y fue el primero en elegir un sitio, el que quedaba inmediatamente a la izquierda de Jean–Luc. Como era obvio, Kit fue a sentarse a su izquierda, siendo seguido de cerca por sus tres acompañantes más jóvenes.

Para asombro de Getty, Rafael le hizo una seña rápida y discreta para que fuera a ocupar el asiento vacío al otro lado de Jean–Luc. La chica, acordándose del plan de su amigo para ese día, aceptó con un gesto apenas perceptible y obedeció, topándose con que se le había adelantado a Antoine, quien quería cambiarse de asiento.

—Oye, niña… —comenzó el hombre.

—Tiene un nombre —pronunció Alphonse de pronto, con voz firme y mirando hacia donde su amiga y Antoine seguían de pie.

El aludido puso una cara de auténtica sorpresa y no era el único: Simone se había colocado junto a su marido y abría los ojos desmesuradamente; por su parte, Suzette contemplaba la escena como el giro inesperado de una obra de teatro de la que no esperara gran cosa.

—Lo siento —se disculpó Getty en voz baja, que sin embargo fue oída perfectamente por todos los presentes—, solo se me ocurrió… Usted conoció a mi madre, ¿no? Quería preguntar…

Miró a Jean–Luc con una curiosidad que no era totalmente fingida, deteniendo su frase a medias aunque se entendiera perfectamente lo que quería decir. Nunca se le había dado bien engañar a la gente, y tampoco le gustaba hacerlo, pero si sus amigos confiaban en ella para algo como eso, lo menos que podía hacer era intentarlo.

Por lo visto, funcionó. Jean–Luc mostró una repentina sonrisa alegre, que sin saberlo la rubia, rara vez mostraba.

—Sí, por supuesto —contestó al fin—. Los Beauvale somos una familia singular. Puedo hablarte de ellos todo lo que quieras. A Jules le habría gustado que lo hiciera.

Ahora era el turno de Getty de sonreír y sintió que no le costaría nada cumplir con su parte.

—&—

Durante la siguiente hora, no se desató ninguna guerra.

Como Getty había tenido ocasión de comprobar, a veces el sentarse a la mesa junto a alguien hacía que lo conocieras mejor. En su caso, casi toda la comida se la pasó charlando con Jean–Luc, quien se veía como si acabara de tocarle un premio. No creyó que fuera por tener que responder las preguntas de una niña de trece años, hasta que él mismo lo aclaró.

—Hacía mucho que no recordaba a Jules —dijo, con ojos brillantes.

Como casi todo lo que había narrado tenía que ver con su hermano, el cual ya había fallecido, Getty de pronto sintió que había hecho algo bueno, aunque por un instante se preguntó por qué ese hombre no habría hablado con alguien más acerca de su familia.

Decidida, Getty se prometió que haría todo lo posible por llevarse bien con Jean–Luc… aunque quizá ese día no lo conseguiría.

—Señor, quisiera saber…

—¡Por favor! Puedes llamarme Jean–Luc. O tío. Como prefieras.

—Ah… gracias, yo… lo intentaré.

—Me parece bien. Debe ser difícil saber que tienes familia en tus circunstancias.

Getty asintió, intentando no sentirse triste o enfadada porque se lo recordaran.

—Simon Lovelace me habló un poco de mis padres —admitió, encogiéndose de hombros—, porque él los conoció en la Academia. Pero no sabía nada del abuelo Jules, gracias.

Jean–Luc asintió, muy satisfecho de sí mismo.

—¿Y sabe algo de la abuela?

Eso hizo que la sonrisa de Jean–Luc vacilara. Getty se mordió el labio, ¿dijo algo malo?

—¿La esposa de Jules? —ante la pregunta, Getty asintió con la cabeza, por lo cual Jean–Luc suspiró y fijó la vista en el plato, donde le quedaba algo de comida—. Sí, la recuerdo. Cathy… Catherine, se llamaba… Ella era encantadora. Vino a París en su año de aprendizaje cuando cumplió la mayoría de edad y como se enamoró de Jules, terminó quedándose. Era muy buena mujer, aunque a veces no pudiera entenderla.

—¿Entenderla?

—Sí, era de esas cazadoras de sombras con ideas algo… ¿Cómo decirlo? Revolucionarias —Jean–Luc frunció el ceño por un momento, antes de encogerse de hombros—, aunque no me molestaba realmente, porque todo lo que se le ocurría era pensando en el bien de los demás. Por ejemplo, ella habría estado en contra de la Paz Fría, sin ninguna duda, aunque de haber visto lo mismo que Julie, quizá no tanto.

—¿Ver? ¿Mi madre qué…?

Getty se calló lentamente, pensando que tal vez, estaba mencionando temas de los que Jean–Luc no quería hablar. El hombre se veía pensativo, pero no como si recordara algo grato, sino como si sus memorias fueran amargas y dolorosas. Esperaba no haberlo hecho sentir mal…

—Fue algo que cualquiera habría esperado, estábamos en guerra —comentó Jean–Luc de repente, un poco más serio que antes—. La hermana de Julie protegía a algunos de los niños refugiados en la Sala de los Acuerdos, durante la Guerra Oscura, ¿sabes…?

—Sí, lo sé —Getty asintió una vez con la cabeza, tragando saliva antes de aclarar—. Livia me da lecciones de Historia Nefilim y eso ya lo estudiamos.

—Entiendo… Bueno, pues Elizabeth… Ella era la hermana de Julie… Elizabeth protegía a esos niños cuando un guerrero hada la atacó por la espalda —Jean–Luc meneó la cabeza, dando la impresión de que quería deshacerse de semejante imagen mental, aunque seguramente no lo logró, porque su expresión era dura cuando continuó—. Elizabeth murió delante de Julie, por eso ella por mucho tiempo odió todo lo que tenía que ver con hadas, absolutamente todo. Podía tolerar a los subterráneos en general, pero a las hadas no. Con el tiempo, según supe, fue aprendiendo que eso no le traería nada bueno, lo cual me alegra. A la Cathy que yo conocí no le habría gustado que una de sus hijas guardara tanto rencor.

Cuando menos se dio cuenta, Getty estaba observando en silencio a ese hombre, con quien compartía un lazo de sangre, y sintió más que nunca que no le costaría nada ser buena con él. Se veía realmente interesado en congeniar con ella, además de que no parecía importarle el atenderla cuando podría haber tenido una charla más interesante con alguno de los adultos.

—¿Hablas de Catherine? —hablando de adultos, Antoine intervino justo en ese instante, por lo cual Getty se alejó inconscientemente de él, ladeándose hacia la izquierda—. Espero que no quieras pasar ahora al infame de Edward.

Por primera vez ese día, Getty vio a Jean–Luc poner una expresión sombría.

—Edward no fue infame —aseguró el director del Instituto de París con firmeza.

—¿No? ¿Qué otro cazador de sombras habría hecho lo que él?

—Era una guerra —recordó Jean–Luc con cansancio, como si aquello lo hubiera repetido un montón de veces antes—. Doy gracias al Ángel de que eso no me pasó a mí, pero Edward…

—¡Fue infame, punto! Al menos Catherine tuvo la excusa de ser una Oscurecida.

El comentario fue certero y letal, cual flecha disparada a una diana con inusitada rudeza. Jean–Luc, como pudo observar Getty, se había quedado pasmado viendo a Antoine, como si de pronto ya no supiera con quién estaba hablando.

—Esa no fue una excusa —aseguró Jean–Luc, sonando de repente muy ofendido—, fue una maldición. Lo mismo les pasó a Michel y Cécile, pero no los repudias, que yo sepa.

Getty creyó oír una fuerte inspiración a su derecha, a espaldas de Antoine, pero no se atrevió a moverse para averiguar si su origen era Simone o Suzette.

—Ya era hora —se escuchó decir a Kit por lo bajo, con cierta burla.

—¿Disculpa? —Antoine, tras un breve instante de vacilación, se giró furioso hacia Kit.

—Alguien debería darte unas lecciones de Historia Nefilim Contemporánea —apuntó Kit, quien solo sorprendió con semejante desplante a sus anfitriones—, porque hasta nuestros niños saben ahora qué fue un Oscurecido.

—Pues yo creo que deberían contarles a nuestros niños la historia de Edward Longford como hacen con la de Tobias Herondale, ¿tú no?

La transformación del ambiente fue tan repentina como escalofriante. Getty, como pocas veces en su vida, tuvo ganas de salir corriendo, sintiendo de pronto mucho miedo.

—Jean–Luc —de repente, Tiberius se puso de pie, haciendo notar una calma helada que hizo contrastar con una leve sonrisa, inverosímil en ese momento—, agradezco de nuevo tus consideraciones, pero como comprenderás, tendremos que retirarnos.

—Yo… Sí, está bien, Tiberius. Lamento no poder pedirte que vuelvan pronto.

—Puedes hacerlo, pero no te garantizo que aceptemos, a menos que sea por un asunto oficial. Kit, muchachos, Getty…

Esa fue la señal para que los aludidos se pusieran de pie. Getty lo hizo prácticamente de un salto, encantada de alejarse finalmente de un Antoine Verlac que lucía furioso.

—De todas formas, sepan que serán bienvenidos si deciden regresar.

Jean–Luc miró por turnos a sus invitados, quienes le dedicaron diversos gestos para agradecer su cortesía. Getty fue a la última que vio y lo hizo esbozando una muy débil sonrisa.

—Si quieres hablar de nuevo de la familia… —musitó.

La rubia no dudó en asentir con la cabeza.

Definitivamente, Jean–Luc Beauvale se merecía que lo volviera a ver.