Título: Elixir aeternus.

Autor: Suzume Mizuno.

Disclaimer: los personajes de Vocaloid no me pertenecen y tampoco hago este fic con ninguna intención lucrativa.

Nota de la autora: siempre me pasa lo mismo; repaso todo en el último segundo y me quedo con dudas y ganas de reescribir algunas cosas o, al menos, corregirlo con más profundidad. Así que pido disculpas si se me han escapado errores o si algo no se entiende. A Cindy Williams Black (¡mil gracias por la review) jejeje, te acercas en algunas cosas, pero te dejaré con las ganas. No me vayas a abandonar la historia si te cuento el final… En todo caso, al final de este cap queda claro (o al menos me lo parece) uno de los puntos sobre los que has opinado :3.

Como de costumbre, ¡espero que disfrutéis del capítulo!

CAPÍTULO VEINTIUNO

La sombra de Kiku descendió sobre Meiko a cámara lenta. La chica vio sus pupilas dilatarse de tal forma que parecía que quisieran absorberla. Vio su boca, desgarrada, sin parte de los dientes, abrirse para devorarla. Y vio su garra abalanzarse contra su pecho.

Hubo un brusco movimiento y se encontró encarada hacia la profunda oscuridad a la que se precipitaban. El cuerpo de Taya se arqueó de dolor cuando las uñas de Kiku le rajaron la espalda.

La daimon tardó un instante en darse cuenta de lo que había pasado y se impulsó hacia delante, pasando por encima del Arcano. Atrapó al vuelo uno de los brazos de Meiko. Se lo apartó del pecho de un empujón y la otra mano quedó al descubierto; estaba fuertemente cerrada y de su puño se escapaba un delgado cordón.

Una tenebrosa escarcajada brotó de la garganta de la daimon cuando clavó las garras en la muñeca de Meiko. Ella soltó un alarido. De repente, la mano de Taya se cerró sobre la de Kiku y la pelirroja, sorprendida, comprobó que, a pesar de que la herida debería haberle destrozado la columna, el Arcano continuaba consciente.

Se mantenían flotando en el aire, mientras el suelo que había sobre sus cabezas se venía abajo. Las raíces que habían protegido el Elixir se hundían hacia la negrura que se extendía bajo sus pies.

Para los huesos todavía en regeneración de Kiku la fuerza del Arcano fue brutal y se partieron bajo la presión. En cuanto liberó a Meiko, Taya se precipitó hacia atrás. Pero no había otra salida que ir hacia arriba porque debajo de la habitación del Elixir no había más que un abismo interdimensional: es decir, Vacío. Si se lanzara hacia cualquier lado sin rumbo, se perderían para siempre.

El Arcano chasqueó la lengua con fastidio porque Kiku había llegado a la misma conclusión que él y se había abalanzado hacia arriba para cortarles el paso.

Dame… el Elixir… − exigió con una voz que variaba entre la de una anciana a punto de expirar y la cavernosa de un monstruo.

− ¡NO! − Meiko lo apretó contra su pecho.

La expresión de Kiku se contrajo de rabia. El dolor de la regeneración la estaba torturando y sabía que el tiempo se le echaba encima. No iba a negociar con dos insectos como ellos.

Taya maldijo interiormente al ver una lengua de fuego rodear el cuerpo de la daimon y la esquivó por unos milímetros cuando se precipitó contra ellos.

Pero no pudo alegrarse. Kiku cogió el antebrazo de Meiko y lo retorció con tal violencia que se escuchó un chasquido. Meiko palideció bruscamente y su cuerpo se tensó a la vez que soltaba un aullido. Kiku abatió la mano sobre el Elixir y al mismo tiempo todo su alrededor de llenó de fuego. A Taya se le cortó la respiración. ¡Les iba a quemar vivos!

− ¡No lo hagas!

Una voz resonó en medio de aquel vacío espacio y un rayo de luz atravesó la oscuridad.

Taya percibió la presencia de una entidad celestial y unos sedosos cabellos aparecieron ante él. Vio unas manos delicadas, pálidas y brillantes, sujetar el brazo de Kiku. El fuego desapareció y la daimon saltó hacia atrás como si hubiera sido electrocutada.

Una muchacha, envuelta en cálida luz, se posicionó delante de ellos y extendió los brazos a los lados.

− ¡Deja de hacer daño, Kiku!

Kiku se quedó mirándola, anonadada.

− Tú…

De pronto, todos sintieron que unas nuevas presencias aparecían en el nivel superior. Kiku apretó los dientes y se encerró en un capullo de fuego para salir disparada hacia lo alto.

En medio de espasmos de dolor, Meiko se esforzó por mirar a su salvadora. Y sus ojos se abrieron como platos.

− ¿No eres la chica que… no eres la devi?

Komori se dio la vuelta y le dedicó una triste sonrisa.

XXXX

− ¡Ahí viene! − advirtió Piko.

La estancia en la que se encontraban casi se había destrozado y no quedaba apenas suelo que pisar. Y si aquel lugar era el corazón del bastión y se encontraba en ese estado, no le podían quedar más que unos minutos a toda la estructura.

Como un meteorito que cae hacia el cielo, la daimon se precipitó contra ellos envuelta en una bola de fuego. ¡No podían dejarla escapar! Lily y Luka se miraron y, sin necesidad de palabras, volaron hacia puntos distintos de la habitación y alzaron las manos, desplegando un conjuro. Mientras Gakupo cogía a Len y a Ted y los apartaba con brusquedad, apareció un símbolo entre ellas que emitió un potente fulgor.

Entonces el meteorito impactó contra la barrera que habían creado en el último instante. Las jóvenes brujas gimieron por la presión que ejercía la daimon y empezaron a soltar oleadas de magia para mantener en pie su escudo. Pero la bola de fuego tenía una fuerza increíble y partió el muro mágico en mil pedazos. Luka y Lily salieron catapultadas hacia atrás al tiempo el bólido atravesaba el techo.

− ¡Tras ella! − gritó Luka un segundo antes de arrojarse hacia el agujero.

− ¡Lady Ritsu! − exclamó Lily, volviéndose hacia la bruja herida que se había conseguido arrastrar hasta la entrada de la sala.

− ¡Yo me ocuparé de todo! ¡Matadla!

La rubia asintió y, con un chasquido de sus dedos, Piko y Gakupo también adquirieron la capacidad de volar. Los tres se precipitaron detrás de Luka.

Kiku ascendió y ascendió, destrozando todo lo que había a su paso, hasta que su cuerpo, más que resentido por la brutal exposición a la magia a la que estaba siendo sometido, la traicionó de nuevo y no tuvo otro remedio que parar.

Abrió un último boquete en el techo y se dejó caer sobre un frío suelo de piedra. Estaba en una sala oscura y amplia. El frescor de la roca alivió tenuemente las dolorosas heridas. Respiró entrecortadamente, cerrando los dedos en torno al Elixir. El líquido del interior del frasco parpadeó con una luz azulada y zarcillos de magia se extendieron por sus venas. Kiku vomitó sangre, de nuevo sufriendo un rechazo, pero se negó a dejarse vencer. Necesitaba curarse para salir viva de allí. Así que absorbió toda la energía que fue capaz. Sus células se multiplicaron a una velocidad cercana a la del sonido y nuevas capas de piel cubrieron sus heridas. Su interior, frágil como nunca, estuvo a punto de resquebrajarse. Pero, de alguna forma, soportó el envite de energía y se reconstruyó a sí mismo.

Justo cuando Kiku se incorporaba, suspirando con una mezcla de dolor y alivio, el techo que había sobre ella se vino abajo.

Kiku se apartó a tiempo y entrecerró los ojos ante los rayos del sol que inundaron la estancia.

Reconoció una de las tres figuras que descendieron con la suavidad de una pluma desde el exterior. Era la bruja que le había contado todo sobre el Elixir. Advirtió que las otras también eran brujas por el tipo de aura que desprendían.

− Parece que llegamos a tiempo − comentó Sai, posándose graciosamente en el suelo y limpiándose una mota imaginaria de polvo del vestido.

− Eso parece − la bruja que parecía más pequeña de todas se volvió hacia el agujero que Kiku había abierto en el suelo y extendió una mano hacia él.

La daimon se giró a tiempo de ver cuatro sombras surgir de su interior, rápidas como balas. La bruja crispó los dedos y estas quedaron repentinamente suspendidas en el aire. Hubo exclamaciones de sorpresa y desconcierto. Entonces la chica rubia soltó:

− ¡Maestra!

− Hola, Lily − saludó la bruja con desinterés −. Me temo que ahora no tenemos tiempo para vosotros, así que quedaos quietos un rato.

Antes de que ninguno pudiera ni reaccionar, la muchacha los encerró en una burbuja blanca completamente opaca que cayó a plomo en suelo, quebrándolo por el peso.

Kiku sonrió internamente. Se lo merecían.

− Daos prisa, intentarán romperlo − aconsejó la maestra de la chica rubia.

− Da igual, no tardaremos demasiado − Sai sacudió una mano con desgana y se encaró a Kiku −. Vaya, parece que no te encuentras en buenas condiciones, ¿eh? Supongo que Ritsu es una rival más dura de lo que uno puede imaginar.

Kiku apretó los labios. Una cosa era enfrentarse a una gran bruja. Otra muy diferente, a dos. Y ya no había comparación si colaboraban entre ellas. Simplemente, cuando Miku se interpuso, fue demasiado para ella. Pero no admitió en voz alta la terrible desventaja con la que se había encontrado, porque le dolía en lo más profundo de su orgullo darse cuenta de que Miku la había engañado como a una imbécil. No sólo la había conducido hasta un Elixir falso, dándole así la sensación de había conseguido cazarla, como prometió en su momento, sino que se lo había llevado sin que pudiera hacer nada para evitarlo.

Apretó los puños con furia.

− ¿Cómo habéis conseguido entrar? − les preguntó, haciendo un esfuerzo por recuperar el control de sí misma.

− La barrera que rodeaba este lugar y engullía a los que se acercaban se ha desvanecido. Además, gracias al amuleto que me permitiste darte − Kiku arqueó una ceja. No es que le hubiera "permitido" nada; cuando Sai le ofreció su ayuda le exigió a cambio llevar un pequeño conjuro para poder "comprobar si se encontraba bien". Todo aquel tiempo había estado controlándola −, hemos sabido que tienes el Elixir.

Kiku se puso en guardia. Una punzada de desesperación atravesó su pecho. ¿A cuántos más tendría que enfrentarse en esas condiciones?

Sai rió suavemente, percatándose de sus temores.

− No te preocupes. Sólo hemos venido para ayudarte a terminar nuestro trato. Ha sido divertido, pero uno tiene que saber cuándo parar: vas a volver a tu dimensión de inmediato.

Lo entendió. Sólo querían librarse de ella y del Elixir.

Ciertamente, ahora que por fin lo tenía, después de tantos suplicios, no tenía nada más que hacer en ese mundo.

Kiku lo sujetó con firmeza y dio un paso al frente.

Sai sonrió y avanzó hacia ella, solícita.

Entonces, Kiku desapareció. Sai parpadeó, atónita.

− ¡SAI! − escuchó gritar a Miko.

En el último segundo, sintió una presencia a su espalda y trató de apartarse. Pero su cuerpo se paralizó. Un insoportable frío se expandió por el interior de sus huesos, llegando hasta el mismísimo témpano. Era una fuerza bestial, titánica, que le extrajo todo el aire de los pulmones y le comprimió el pecho sin piedad.

Sintió un gélido aliento sobre el cuello y se le erizó la piel. Sus piernas temblaron, fuera de control. Se quedó en vilo al escuchar una suave y burlona voz en su oído.

− Gracias por vuestro apoyo. Ha sido un verdadero placer. Aquí se termina nuestra alianza.

Sai percibió claramente cómo el conjuro que había en el interior de Kiku se rompía. Entonces, tan rápida como la luz, Kiku atravesó el agujero del techo y se teletransportó lejos, muy, muy lejos de allí.

XXXX

Haku llevaba dando vueltas por la cocina más tiempo del que era capaz de recordar. Se había preparado varias infusiones para tranquilizarse y sólo después de tres tazas consiguió quedarse sentada en uno de los sillones, relativamente adormecida. Cuando se había despertado, bien de madrugada, sólo estaban ella y Rin en la casa. Tras encontrar una arrugada nota en la que Ritsu le explicaba que, debido a un imprevisto, habían tenido que marcharse y darse cuenta de que no hablaban de llevarse consigo ni a Meiko, ni a Ted ni a Len, se puso a buscarlos como una loca. Recorrió los alrededores de la casa cuando apenas sí había luz y estuvo a punto de caerse por una pendiente. Trató de encontrarles por medio de la magia, pero hacía años que no practicaba ningún conjuro localizador y se vino abajo. Rezó y rezó para que volvieran todos juntos y, cuando Rin se despertó, la abrazó haciendo un inmenso esfuerzo por contener la angustia que la corroía por dentro.

Sobre las once percibió una perturbación en el aire y, guiada por una corazonada, salió al exterior.

Encabezados por Luka, les vio volver a todos. Soltó una exclamación, echó a correr hasta ellos y atrapó en sus brazos a Len.

− ¿¡Dónde os habíais metido! ¿¡Por qué nadie me dijo nada! − gritó con una nota de histerismo en la voz.

− Haku… − Neru le tocó un hombro con una expresión de culpabilidad.

Pero la Hermana la apartó de un manotazo y la fulminó con la mirada.

− ¿¡Sabéis lo preocupada que he estado! ¿¡Sabéis todas las cosas que se me han pasado por la cabeza! − gritó mientras lágrimas le empañaban el rostro −. ¿¡Se os ha ocurrido pensar que podíais haberme explicado qué estaba ocurriendo!

Neru se quedó mirándola de hito en hito. Era la primera vez que Haku le hablaba de esa manera.

Como nadie parecía dispuesto a enfrentarse a la joven, Prima se adelantó y le dijo con suavidad:

− Nos ocuparemos de aclararte todo de inmediato. Pero, primero, queremos que los niños se vayan a descansar. Ha sido un día duro para todos.

Haku apretó los labios, pero echó una mirada de soslayo a los chiquillos y los vio silenciosos, agotados. Asintió con la cabeza y depositó un beso sobre el pelo de Len que no parecía tener fuerzas para mantenerse en pie. Mientras entraban a la casa, Haku se percató de que Kaito no estaba por ninguna parte y de que, en cambio, se había añadido un nuevo miembro al grupo. Sus ojos se abrieron de par en par al reconocer a la muchacha que habían encontrado a las afueras del bastión. Esta le dedicó un amable y tímido saludo.

Haku sacudió la cabeza. No entendía nada en absoluto.

XXXX

Meiko no había tenido valor para encarar a nadie. Habían escapado del bastión a contrarreloj y, una vez a salvo, presenciaron su destrucción. Fue escalofriante porque, aunque se desmoronaba, sus restos no caían al suelo, sino que eran absorbidos por un gran agujero negro que apareció a sus pies. Con un estremecimiento, fue consciente de que había estado en la boca del mismo con Taya y Kiku. Habían estado tan cerca de perderse en la nada…

Mientras tanto, Komori se ocupó de curarles las heridas. Lo hizo sin el menor esfuerzo, como si fuera algo tan sencillo como respirar. Les recomendó a Ritsu y Prima que, ante todo, reposaran para recuperar fuerzas. Esperaron a que el bastión se derrumbara por completo, espectadores mudos de su muerte. Entonces, Luka anunció que Kiku había escapado con el Elixir y ya nadie volvió a pronunciar palabra hasta que regresaron a la casa de la montaña.

Al entrar al salón, Meiko soltó un suspiro de alivio. Pero no tuvo tiempo para alegrarse de estar a salvo. Escuchó una bofetada y, al volverse a ver qué había pasado, recibió una ella misma. La mejilla le ardió rabiosamente. Se la cubrió con una mano, notando que se le saltaban las lágrimas.

Ritsu se había plantado delante de ella y de Ted. Aunque a él también le había abofeteado, el joven permanecía impertérrito, con la mirada gacha.

− ¿Os dais cuenta de lo que habéis hecho? − preguntó la bruja con un tono que le puso los pelos de punta a Meiko.

Ninguno contestó.

− ¿Sois conscientes del peligro en el que os habéis puesto, no sólo a vosotros mismos, sino a Len también? Pienso que cada uno puede tener sus motivos para jugarse la vida, pero lo que es imperdonable es arriesgar la de otros − clavó los ojos en Ted −. Más te vale aprender esa lección antes de pensar en vengarte.

− Tenía derecho a ir − contestó él con un gesto desafiante pero, al mismo tiempo, cansado.

− Lo tenías − concedió Ritsu −. Pero, en el mundo real, tu libertad se acaba donde empieza la del otro. De modo que si se os vuelve a pasar por la cabeza poner en peligro a mi alumno os daréis cuenta de dónde comienzan las venganzas de los demás.

Meiko se encogió. La cabeza le latía dolorosamente por culpa de las extrañas sensaciones que la rodeaban y se encontraba, sinceramente, mal. Por eso no tuvo fuerzas para contestar a esa amenaza. Se mordió el labio inferior e hizo lo que pudo por tragarse las súbitas ganas de llorar.

Al ver su expresión, Ritsu exhaló un débil resoplido.

− Y ahora iros a dormir los dos, lo necesitáis. Ted, ve adelantándote a tu cuarto, luego me pasaré a quitarte el conjuro que te hizo Lily para que puedas descansar − se masajeó el tabique de la nariz y los despidió con un gesto.

Meiko intentó cruzar su mirada con la de Ted, sin embargo, éste ya se había dado la vuelta y se alejaba de ella. Con un suspiro que le salió de lo más hondo del alma, echó a andar por el pasillo cuando, repentinamente, cayó en la cuenta de algo y se dio la vuelta.

− ¿Y Kaito?

Ritsu no respondió y Meiko frunció el ceño. Prima se acercó y le pasó un brazo por los hombros.

− Te lo explicaré en tu cuarto. Si quieres, luego también te lo cuento a ti, Ted.

El chico asintió con la cabeza, algo desconcertado. Los tres se dirigieron a las habitaciones y Meiko entró en la suya con un mal presentimiento. Antes de cerrar la puerta, vio que Len se había quedado dormido en el sofá y que Rin le estaba tapando con una manta. Cerró los ojos, con la culpabilidad apuñalándole el pecho. Si se hubiera sabido enfrentar a Ted, Len no tendría que haber pasado por ese infierno. Revivió sus confusos recuerdos sobre el momento en que el chico se cubrió de un aura dorada. Se frotó los brazos, donde la piel se le había puesto de gallina. No tenía ni idea de magia, pero estaba segura de que el poder que Len usó fue impresionante. Y lo más sorprendente es que había desplegado tal cantidad de magia para defenderla. Una oleada de cariño y aprecio se extendió por su interior. Se sentó en el borde de la cama y sus resentidas piernas se lo agradecieron.

Prima le ofreció una taza que expulsaba vapor. Hasta hacía un momento no la tenía. Supuso que era cosa de Ritsu. Aspiró los exóticos olores que emanaba, notando que se relajaba, y dio un par de sorbitos mientras Prima se acomodaba en el centro de la cama.

− No sé cómo empezar… − admitió Prima tras un rato. Estaba más pálida que de costumbre y el agotamiento se percibía en cada uno de sus movimientos. Meiko no sabía qué había hecho para encontrarse así, aunque estaba claro que no podía haber sido nada bueno −. Verás… hemos estado luchando contra Kiku − y procedió a explicarle todo; desde que decidieron actuar al enterarse de que Kiku se encontraba en el bastión hasta el encuentro con Miku. Le relató por encima la historia que su vieja amiga les había revelado y apretó la mano de Meiko cuando ésta se echó a llorar tras escuchar el horroroso año que Kaito había tenido que sufrir. Después le contó el plan que habían ideado: agotar a la daimon hasta que su cuerpo no pudiese soportar más energía y así, después, matarla −. El problema era que temíamos que Kiku se hiciese de nuevo con el cuerpo de Miku. Por eso Ritsu pensó que había llegado el momento de la verdad. La realidad es que Miku mató a una bruja del Aquelarre y que tanto ella como Kaito están siendo perseguidos. Pero, ¿tenían que seguir sufriendo por culpa del Elixir? Al menos nosotras dos tenemos muy claro que no. Y debíamos tener en cuenta una cosa; si el cuerpo de Miku había absorbido la energía suficiente como para despedir un aura capaz de confundirse con la del verdadero Elixir significaba que se había convertido en una fuente de energía muy poderosa, y peligrosa, que tardaría años (puede que décadas) en vaciarse a menos que se usara una cantidad brutal de lo que había en su interior. Por eso les dijimos que huyeran con el cuerpo, que hicieran con él lo que les pareciera correcto y… vivieran donde nadie pudiera volver a hacerles daño.

Meiko se quedó en silencio, asimilando sus palabras.

Cuando comprendió lo que suponía aquello se incorporó de un salto.

− ¿¡Eso quiere decir que no les volveremos a ver nunca más!

Prima respiró hondo y negó con la cabeza.

Los ojos de Meiko se anegaron en lágrimas.

− ¿Pero por qué? Echarlos así es como… como… como obligarles a huir de nuevo, sin ayuda, sin nadie… ¿Por qué no se podían quedar con nosotros?

− Meiko − Prima la cogió de las manos y intercambió con ella una mirada de seriedad −. No sé cómo explicarte esto pero… ¿Kaito te dijo algo acerca del vínculo que hay entre brujas e inmortales?

− Sí − respondió sorbiéndose los mocos.

− ¿Qué te contó exactamente?

− Pues que… que es una unión muy fuerte, que compartís sentimientos y que si el inmortal se moría, la bruja también… − Meiko se dejó la frase en el aire, consciente de que acababa de decir algo muy importante.

Pero no acababa de enteder qué exactamente.

− Meiko − Prima, con firmeza, la obligó a sentarse de nuevo −, Miku mató a Kaito gracias a la incomensurable energía que le proporcionó el Elixir y, si no murió inmediatamente después, fue porque este la ataba a nuestro mundo. Pero no es más que una cuenta atrás; cuando pierda la magia que la sostiene, morirá.

− ¿Y eso qué tiene que ver con Kaito? − murmuró en voz baja, sin aliento.

Prima hizo una mueca de dolor.

− Eso quiere decir que Kaito volvió a la vida sólo porque Miku lo deseó con todas sus fuerzas… Es decir, parte del Elixir fue a parar a su interior. Kaito está en la misma situación que Miku. Es… es una pila que se va a acabar de un momento a otro. Puede que al principio le quedara mucha vida, pero por cada vez que murió y revivió gastó una cantidad considerable… Y por eso pensamos que lo mejor era… era que decidieran vivir como quieran lo que les quede de tiempo − respiró hondo, como si cada palabra supusiera un suplicio para ella. Sin embargo, consiguió sonreír, suplicándole con la mirada que lo entendiera −. Se merecen al menos el derecho de decidir. Se lo merecen después de todo lo que han sufrido.

Meiko abrió la boca con rabia, dispuesta a contradecir. Pero de su garganta sólo emergió un profundo gemido y se tapó la cara al tiempo que estallaba en sollozos y se encogía sobre sí misma.

Prima la miró con pena y le acarició la cabeza.

− Kaito no se olvidó de ti. Nos pidió que te protegiéramos − le dijo con ternura.

− ¡Mentira! − gritó Meiko, pillando por sorpresa a la inmortal −. ¡Si no se hubiera olvidado de mí, me habría protegido él!

− Meiko…− intentó decir Prima.

− ¡Es un idiota! ¡Gilipollas! ¡Imbécil, hipócrita! − Meiko hundió la cabeza entre las rodillas. Las lágrimas recorrían, ardientes, sus mejillas y se derramaban sobre sus piernas. Su pecho se había contraído de pena, de dolor. ¡Había estado cerca, tan cerca de poder verle antes de que se fuera! ¡Por el amor de Cielo, estuvieron en el mismo espacio, a menos de un kilómetro de distancia! ¡Se había jugado la vida, casi la había matado un dragón, estuvieron a punto de morir en ese lugar sacado de una pesadilla! ¿Y para qué? ¡Sólo para regresar, recibir un tortazo y enterarse de que Kaito se había marchado para siempre y que se iba a morir de un momento a otro!
Prima se dio cuenta de que Meiko no atendería a razones, que necesitaba estar sola, odiar al mundo y, sobre todo, descansar antes de poder empezar a sobreponerse. Habían sido unos días espantosos. Era demasiado para aceptarlo todo de golpe. Cualquier chiquilla de su edad se habría venido abajo muchísimo antes. Casi era un milagro que hubiese aguantado tan estoicamente hasta ese momento.

Se levantó y se retiró en silencio, con la impresión de que cargaba el peso del mundo sobre los hombros. Y todavía le quedaba hablar con Ted. Soltó un profundo suspiro y se preguntó cuándo terminaría aquel inacabable día.

Meiko escuchó la puerta cerrarse y agarró una de las almohadas para tirarla con todas sus fuerzas contra la pared. Dio un golpe a algo que había sobre la mesa y lo escuchó estamparse contra el suelo, haciéndose pedazos. Arremetió contra todo lo que encontró de pie con gritos de rabia y frustración, con el rostro embadurnado por las lágrimas que bajaban como torrentes por sus pómulos. Pateó y derribó la mesita de estar. Partió la lámpara, cogió los restos y los arrojó contra la pared. Arrancó las mantas de la cama y las mordió, ahogando el llanto, y lanzó uno de sus zapatos contra un espejo que había en la pared. Sólo cuando no quedó nada más por romper y se encontró con las manos vacías se tapó la cara y se dejó caer en la cama, llorando amargamente.

Siempre había pensado que montaría su primer numerito cuando rompiera con un novio que realmente le hubiera importado. No por culpa de un viejo que había entrado de pronto en su vida, poniéndolo todo patas arriba y obligándola a escapar con él, a engañar a sus padres y meterse en el lío más grande que jamás imaginó.

Sabía que no estaba enamorada de él. Para ella, Kaito era un ser inalcanzable. Mucho más que un actor, un ídolo o un ángel. Siempre había sido consciente de esa mirada que se perdía en el pasado, que pasaba a través ella sin verla. Por eso había querido que la mirara a ella. Que se diera cuenta de que estaba a su lado, pasando los días con él, compartiendo sus alegrías y sufrimientos. Que fuera consciente de su presencia. Que la apreciara aunque para él no fuera más que una niñata. Pero una niñata que estaba a su lado.

Estaba segura de que lo había conseguido, de que, a pesar de todo, habían logrado entenderse.

Entonces, ¿por qué se había marchado sin decirle nada? Podría haber dejado el cuerpo de Miku donde fuera y volver a despedirse con propiedad. Había creído que valía lo suficiente como para que él se dejara dar un abrazo y le permitiera desearle lo mejor, agradecerle todo lo que había hecho por ella hasta entonces, aunque estuviera cabreadísima porque se tuviera que marchar.

Se veía que estaba equivocada.

Meiko hundió la cara en el colchón y gritó prolongadamente, intentando vaciarse de esos sentimientos que la estaban torturando por dentro. Menosprecio, decepción, tristeza. Quería librarse de todos ellos.

Pero no había manera.

Al final, el cansancio pudo con ella y cayó lentamente al mundo de los sueños, mareada y sin poder despegar los párpados por lo mucho que había llorado.

Aun así, siguió preguntándose:

¿No podías haberte despedido de mí?

XXXX

Esa noche, aunque sospechaba que a Ritsu no le haría gracia, Ted se escabulló de su habitación. Necesitaba respirar aire fresco, despejarse. Porque, aunque había dormido durante todo el día, tenía la impresión de que no había descansado en absoluto. Se sentía pesado, torpe, y sentía unas insoportables ganas de gritar hasta desgarrarse el alma. Sin embargo, no tenía las fuerzas para hacerlo.

El techo de la casa era plano y muy cómodo para recostarse. Ted se dejó caer de espaldas y se encontró con el inabarcable cielo, de un profundo negro salteado de estrellas. Era la primera vez que veía un cielo tan maravilloso. A decir verdad, ni siquiera se parecía al cielo que él conocía: había tantas, tantas estrellas que se le hicieron sentirse sobrecogido.

Bajo esa fría y pura luz, su pálida piel también parecía impoluta. Alzó una mano, interponiéndola entre él y el cielo.

Una vez que estaba reconociendo el terreno para una misión, tuvo que quedarse durante muchas horas en una cafetería vigilando el edificio donde se había refugiado su objetivo. Entre tanto, escuchó a una madre contarle a su hija que las personas, al morir, se iban a un lugar precioso que estaba en el cielo.

No le habían enseñado demasiadas cosas de pequeño, pero sabía que lo que veía en lo alto eran estrellas que se encontraban a millones de años luz. Sabía que entre ellos había una distancia interminable.

Pero nadie le había dicho qué pasaba cuando alguien moría. ¿Iba a rellenar ese vacío?

Era irónico que se lo estuviera preguntando por primera vez después de tanto tiempo conviviendo con la muerte.

Había perdido la oportunidad de revivir a Teto. Ese monstruo se había llevado el Elixir y estaba seguro de que no podría volver a conseguirlo. Si algo sabía con certeza, era que las oportunidades sólo se presentan una vez.

Desde que Teto murió (¿de verdad había sido hacía tan sólo días?), todo se había venido abajo. Todo. Pero no quería admitirlo, no quería mirar atrás, no quería perdón por nada de lo que había hecho. ¿Quién tenía derecho a decirle que no podía odiar visceralmente a ese demonio? ¿Quién tenía derecho a darle lecciones?

Sacudió la cabeza. Le iba a estallar si seguía así. Se sentó y respiró hondo, llenándose los pulmones con ese aire tan frío que casi resultaba cortante. Era tan puro, tan descontaminado, y tan natural, que hacía daño.

Se quedó en blanco, deseando poder aislarse del mundo.

Escuchó unos ruidos.

Por el rabillo del ojo reconoció la larga melena rubia de la hermana mayor de Len. Se preguntó si vendría a golpearle por haber puesto al chico en peligro.

La joven estaba subiendo por una trampilla, (al contrario que él, quien saltó directamente desde su ventana) y al verle, se detuvo.

− Creía que el sitio estaba libre −comentó −. Perdona por molestarte.

"Vaya, no viene a matarme" pensó.

− … llevo un tiempo queriendo hablar contigo. ¿Puedo sentarme a tu lado?

Ted estuvo a punto de decirle que no, que ya se iba él si quería estar allí. Pero su parte impulsiva, que quería autolesionarse, torturarse, sentirse mal, todavía peor de lo que ya se encontraba, una lamentable parte que no sabía que tenía, le hizo asentir con la cabeza.

Neru se acomodó a su lado, abrazándose las piernas para protegerse del frío.

− Len nos ha contado que querías el Elixir − empezó a decir sin mirarle a la cara. A Ted le sorprendió que no parecía que le estuviera acusando de nada −. Le dijiste que querías vengarte pero… tengo la impresión de que no era eso lo primero en lo que pensaste.

Ted soltó una risa sarcástica.

− ¿Y eso cómo lo sabes?

Neru, que se había estado peinando con los dedos la larga cabellera, dejó de juguetear con un mechón y dijo con voz ronca:

− Porque yo también tenía una vaga idea de lo que podía hacer el Elixir cuando me encontré, de repente, con que mis padres estaban muertos.

El interior de Ted sufrió un vuelco ante la repentina información. Pero adoptó una expresión neutra y guardó silencio, esperando a que continuara hablando.

Neru cerró los ojos por un momento, reuniendo fuerzas.

− La verdad es que he venido para sentirme mejor conmigo misma − dijo, sonriendo ácidamente −. No me llevaba bien con tu hermana. Pero la noche antes de… bueno − carraspeó y Ted agradeció que no continuara, porque el corazón se le había contraído de tal forma que estuvo a punto de doblarse por el dolor −, habló con Haku sobre ti. Dijo que quería salvarte.

− ¿Salvarme…? − repitió.

− Yo también estoy… estaba… − suspiró −, ahora ya sé que Len y Rin no necesitan ser salvados gracias a Miku. Sin embargo, fue tu hermana la que me hizo darme cuenta de que estaba caminando en círculos. Me sentí identificada. Las dos perseguíamos una meta muy similar. Pensé que podría intimar más con ella − negó con la cabeza, hundiendo los hombros −. He venido a pedirte disculpas porque no fui capaz de salvarla, aunque estaba enfrente de ella cuando pasó.

Ted no contestó.

− No necesito que me perdones − prosiguió el cabo de un rato para romper el silencio reinante −. Puedes odiarme, si quieres. Pero necesitaba decirte que lo lamento muchísimo − Neru se empezó a incorporar.

− ¿Lo habrías hecho? − preguntó entonces Ted, volviendo la cabeza hacia la negra noche que se extendía a su alrededor.

Ella frunció el ceño.

− ¿El qué?

− Revivir a tus padres − musitó roncamente.

La inmortal le contempló, mientras tomaba asiento de nuevo, esta vez más cerca de él.

− Estoy segura de que antes lo habría hechon − admitió.

− ¿Y porqué ahora no? ¿Porque el tiempo ha curado tus heridas? − Ted no pudo reprimir el veneno en sus palabras.

− En absoluto − Neru se mordió el interior de la mejilla, titubeante −. ¿Te han contado… lo que le sucedió al inmortal de Miku?

Ted asintió con lentitud. Todavía no podía creer que Kaito se hubiera ido. Igual que su hermana. Sin un adiós, sin ningún aviso. Completamente de improviso y sin dar oportunidad alguna de asimilarlo.

− Cuando escuché lo que es capàz de hacer el Elixir, pensé, por un instante, que quería tenerlo, que quería arreglar todo lo que había provocado esta estúpida y asquerosa lucha. ¿Qué mejor que salvar a mis padres con el mismo objeto que causó su muerte? − Neru apretó un puño con una triste expresión de resignación −. Pero luego… luego imaginé lo que sería hacerles revivir. Hacerles sufrir.

− ¿Por qué iban a sufrir? Miku no sabía lo que había hecho. Nadie tiene por qué pasar por la experiencia de Kaito − saltó Ted.

− ¿No lo entiendes? − Neru le dirigió una mirada de compasión −. ¿Imaginas el daño que hace romper el ciclo natural trayendo a un alma de la muerte y forzarla a quedarse en este mundo?

− Yo no veo que…

− Eso es porque no quieres creerlo − le interrumpió con firmeza, si bien su tono se suavizó gradualmente a medida que hablaba −. Hasta ahora, el Elixir siempre se ha cobrado algo a cambio de lo que ha dado. Y lo que se ha roto no puede volver a quedar igual que antes. Ni siquiera el Elixir pudo rehacer el vínculo entre Miku y Kaito. Ni siquiera el Elixir pudo crear niños perfectos. El Elixir te da la mitad de lo que quieres y te destruye por el camino. ¿Qué sentido tiene hacer volver a mis seres queridos si no voy a poder disfrutar de su compañía ni ellos de la mía?

Ted apretó los labios con rabia. No le gustaba nada de lo que le había dicho. Sintió el impulso de golpearla, de hacerla entrar en razón para que viera que se equivocaba, sacudirla por los hombros hasta que no tuviera otro remedio que darse cuenta que lo que decía no tenía sentido. ¡Nadie aceptaría una decisión tan pasiva! ¿Quién podría quedarse sentado sin hacer nada, dejándose arrastrar por los acontecimientos? A él no le importaría hacer lo imposible para…

Súbitamente, la imagen de su hermana, frágil, con el aspecto de una niña de diez años y la mirada de alguien que ya ha cumplido con todo lo que le queda por hacer, que ya se ha rendido y no espera más que abrazar la muerte, apareció ante sus ojos.

Se levantó de un salto con la cara contraída. Retrocedió un par de pasos, cerrando la mano sobre su corazón que, aunque no latía, le hacía tanto daño como si le estuvieran clavando un puñal.

− ¿Ted? − Neru extendió una mano hacia él, asustada por la expresión de dolor que le deformaba el rostro.

− No lo sé − musitó él −. No sé qué debería pensar, qué debería hacer… No sé nada…

Neru intentó alcanzarle, dispuesta a consolarle, a lo que fuera necesario para paliar su sufrimiento. Sin embargo, el muchacho saltó por el borde de la azotea, en dirección a su habitación, y la dejó sola.

Una helada ráfaga de viento recorrió la azotea y se abrazó a sí misma. Se sintió tremendamente pequeña.

No podía dejar de pensar en Ted. Había vivido mucho y había experimentado todo tipo de alegrías y penurias. Se había implicado en cuerpo y alma en causas que consideraba justas y había defendido su postura con pasión. Había dado con casos descorazonadores y que le hacían preguntarse qué sentido tenía la vida. Pero había sido testigo de la tremenda fuerza interior de las personas que perdían a un ser querido y, aun así, tenían el valor de levantarse y mirar al futuro.

A pesar de todo, ningún le afectó como lo estaba haciendo el caso de Ted.

Y eso se debía a que era culpa del Elixir.

"No es sólo lo que le ha pasado a él…" pensó "Todo… todo es culpa del Elixir".

Para que una bruja pudiera utilizarlo a su antojo, sus padres habían tenido que morir. Para intentar corregir lo que el Elixir no había hecho bien con sus hermanos, Neru había viajado en busca de Miku y no pudo estar al lado de Haku cuando esa daimon la atacó. Cuando averiguó la verdad sobre el Elixir, descubrió que Miku no era más que otra víctima, y una víctima terrible a decir verdad. Pero al Elixir no le bastaba con eso. Si las personas no morían a su alrededor, no quedaba satisfecho.

En el fondo sabía que el Elixir en sí no era nada. Que lo que lo volvía peligroso no eran otra cosa que las personas: los seres vivos y su ambición desmedida; los seres vivos que, en su egoísmo, no dudaban en hacer daño a los demás con tal satisfacer sus propios deseos.

Pero, para ella, el Mal era el Elixir. Porque atraía las desgracias como imanes. Porque, por su culpa, no había podido integrarse en el mundo; porque no la hizo nacer como una bruja, o como una persona normal y corriente. Y castigaba a sus hermanos de la misma manera, convirtiéndolos en seres incompletos, que no tendrían cabida en ninguna sociedad.

¿Dónde encajarían en medio del vasto y hostil mundo que les rodeaba?

− ¡Te encontré!

Una voz atravesó las profundas capas de oscuridad que habían ido cubriéndola pensamiento a pensamiento.

Se volvió y vio a Haku salir por la trampilla, sujetándose el pelo mientras la fría rasca la hacía estremecerse. Le sonrió con calidez. Por suerte, una vez le explicaron lo ocurrido, se le había empezado a pasar el enfado y había vuelto a ser la solícita chica que Neru conocía, la chica que ofrecía a todos su apoyo sin esperar nada a cambio.

Sólo con ver esa sonrisa, Neru sintió que podía hacer cualquier cosa que se propusiera.

− ¿Pasa algo? − preguntó al darse cuenta de que era raro que Haku hubiese tenido que subir hasta el tejado para encontrarla.

− No. Sólo es que me di cuenta de que no estabas y me puse a buscarte − Haku se acurrucó a su lado y se frotó con fuerza los brazos −. Por los Ángeles, que frío hace.

Neru se rió y le dio la razón. Si cualquier otra persona la hubiera interrumpido se habría molestado, marchándose a buscar algún sitio más tranquilo. Pero era Haku. Con su mera presencia sintió que parte de la oscuridad se perdía en la lejanía.

− ¿No están preciosas las estrellas? − preguntó Haku al cabo de un rato −. Me recuerdan a cuando estaba en la iglesia…

− ¿Te gustaría volver? − inquirió Neru, algo incómoda. Jamás lo habría admitido en voz alta, pero sentía que era culpa suya que hubiese perdido hogar: de no haber llevado a los niños para que los cuidara, esa daimon nunca se habría acercado a ella.

− ¿A la iglesia? Sí, claro. Aunque sólo sea para despedirme apropiadamente. Buf, qué frío… − le dirigió varias miradas de soslayo −. Neru, sé que es estúpido preguntarte esto pero… ¿estás bien?

La joven respiró hondo. ¿Por qué sentaba tan bien que alguien se preocupara por ti?

− No. No estoy bien − empezó a decir −. Miro a mi alrededor y sólo veo al Elixir, una y otra, y otra vez. ¿No es irónico? − se le escapó una seca carcajada que más bien se asemejó a un quejido −. He estado buscándolo sin parar y ahora daría lo que fuera por perderlo de vista para siempre…

− Neru…

− Lo odio − confesó con un gemido. Y sintió un incomensurable alivio al aceptarlo −. Lo odio con toda mi alma. Por su culpa nací así. Si no fuera por él, podría haber sido una persona normal y corriente, haber encajado en la sociedad… − tragó una bocanada de aire y exclamó con angustia −: Me da igual en cuál, en la de las brujas o en la de los humanos. ¡Pero al menos en una! Si no fuera por él…

− Si no fuera por él, no estarías aquí − la interrumpió Haku cogiéndole una mano −. Sé que ha sido muy duro para ti pero, ¿es que te arrepientes de haber vivido con tus padres, de haberte encontrado con la gente que has conocido? ¿Te arrepientes de tener como hermanos a Len y a Rin? ¿Es que ellos tampoco deberían haber nacido?

− ¡No estoy diciendo eso! − se horrorizó Neru.

− En parte sí, Neru. Sin el Elixir, tú no habrías sido tú, lo que eres ahora, mi mejor amiga. Por eso nunca dejaré de dar las gracias, a pesar de todo lo que ello conlleva, por que tus padres decidieran tener una hija.

Neru se debatió entre las lágrimas y la risa.

− ¿Es que ni siquiera me vas a dejar compadecerme de mí misma?

− Si te fuera a hacer bien, te permitiría compadecerte todo lo que quisieras − sonrió con tristeza −. Pero no quiero que te desprecies. No quiero que lo hagas ni a mis espaldas, ni tú sola, ni siquiera en tu mente.

− Qué estricta… − resopló.

− Neru, estoy siendo seria − Haku se arrastró hasta posicionarse delante de ella y sus miradas se encontraron.

− Lo sé − desvió los ojos. Siempre le había costado enfrentarse a Haku y su asfixiante sinceridad.

− ¿Entonces? − insistió la muchacha.

− No puedo decirte que alguna vez llegue a quererme − siempre lo había sabido, pero era ahora cuando se daba cuenta del profundo rencor que había desarrollado contra el Elixir por convertirla en una paria. Y odiar al Elixir, significaba odiarse en parte, porque su existencia se debía a él −. Pero… puede que Len y Rin estén a tiempo. Ritsu dice que quiere a Len como alumno y con ella… quizás, consigamos abrirle un futuro. Y respecto a Rin… no quiero que siga mis pasos − sola, sin bruja, aislada de los demás humanos por su aspecto juvenil mientras su interior seguía desarrollándose, envejeciendo lentamente en medio de un mundo que no se percataba de su existencia −. Por eso no tengo la intenciónde de huir. Voy a hacer lo que esté en mi mano para destruir el Elixir − añadió con firmeza.

La expresión de Haku se contrajo en una mueca de… ¿decepción? Antes de que pudiera identificar aquel sentimiento, Neru se encontró siendo abrazada por su amiga y tuvo que hacer equilibrios para no caer de espaldas.

− ¿Haku?

− No vayas.

− ¿Cómo?

− Tengo miedo de que no regreses − Haku se estremeció −. Hoy he sufrido como nunca pensando que, si no volvieras, ni siquiera sabría a dónde ir a buscarte. Y no quiero volver a pasar por lo mismo nunca más. Así que no vuelvas a dejarme atrás, ¿vale? Nosotras no tenemos nada que ver con esta pelea de brujas y demonios. Volvámonos a la iglesia o a cualquier otro sitio. Me da igual dónde, pero... no vuelvas a marcharte − rogó con un hilo de voz.

Neru no pudo responder. Torpemente, acarició la espalda de Haku con la garganta contraída. Los minutos fluyeron lentamente en medio del susurro del viento que les acuchillaba la piel, atravesando sus ligeros pijamas. Y Haku comprendió que su petición no iba ser cumplida. Se le escapó un sollozo ahogado y se abrazó con más fuerza a Neru.

− Tengo miedo − susurró, temblando por culpa del frío.

Neru le devolvió el abrazo con fuerza y sus ojos viajaron hacia el infinito. Las palabras de Haku la hicieron tomar una decisión.

XXXX

Poco más tarde, cuando Haku se hubo ido a su dormitorio, Neru se sentó al lado de Ritsu, que dormitaba en el sofá.

− ¿No vas a descansar? − le preguntó.

− En cuanto me haya aclarado un poco, lo intentaré − respondió al bruja masajeándose el puente de la nariz. Le habían salido unas oscuras ojeras y estaba tan pálida que su piel parecía ser de mármol. Necesitaba reposar de inmediato. Pero no conseguía conciliar el sueño −. ¿Querías algo?

− He estado pensando… − Neru se humedeció el labio inferior −. ¿Serías capaz de manipular una cantidad más o menos grande de energía del Elixir?

Ritsu se quedó mirándola de hito en hito. Luego frunció el ceño.

− ¿De qué estás hablando?

− Verás, hay algo que me gustaría hacer si sobrevivimos a todo esto….

XXXX

Después de un primer momento de estupefacción, se dieron cuenta de que Kiku había escapado e intentaron ir detrás de ella. Sin embargo, Luka y Lily consiguieron romper la esfera en la que Miko las había encerrado. Y el baluarte se estaba derrumbándo. Fue entonces cuando Miko tomó el mando y les ordenó transportarse a un lugar seguro, abandonando a sus aprendices a sabiendas de que se las podrían apañar por sí solas. Una vez a salvo, usaron numerosos conjuros de localización con la esperanza de que Kiku hubiese estado demasiado débil como para aislarse bajo una barrera perfecta.

Parecía que, una vez más, sus cálculos fallaron.

Se encontraban en una habitación oscura que habían creado rápidamente en medio de la nada para poder realizar una reunión de emergencia. Con ellas se hallaban sus inmortales y, por primera vez desde hacía tiempo, el compañero de Tei se dejó ver. Alto y ancho como un armario, con una expresión apacible, Al (apodado Big Al) guardaba las espaldas de su pareja, asistiendo a la reunión de aquellas brujas histéricas como si fuese el pan de cada día. Silenciosamente había compartido un par de saludos con Rook y Ruko. Después, los tres permanecieron sumergidos en la semipenumbra de la estancia, convertidos en sombras vigilantes, preparadas para intervenir en cuanto sus compañeras se lo indicaran.

Bajo un foco de luz que surgía de algún punto indeterminado sobre sus cabezas, las tres brujas discutieron durante horas, perdiendo la paciencia por el camino. Incluso Miko, siempre inalterable, atacó a Sai con afiladas palabras y una mueca de desprecio que contrastaba con su tranquila personalidad. Los chillidos alterados de Tei terminaron con el estoicismo de Sai, que también se enzarzó a lanzar gritos. La discusión degeneró en una pelea de acusaciones e insultos, a cada cual más sórdido que el anterior.

Si alguien hubiera sido testigo de este comportamiento no habría creído que las tres eran grandes brujas del Aquelarre, cuya fama incluso llegaba a otras dimensiones.

Pero eran viejas y estaban acostumbradas a que el curso de los acontecimientos obedeciera a sus decisiones. Hacía siglos que el pánico no las dominaba de esa manera.

Cuando, por fin, terminaron la reyerta y decidieron tomarse un descanso, cada una se retiró hacia su inmortal, todavía lanzándose heladas miradas las unas a las otras.

Ruko, inteligentemente, optó por no intervenir en la caótica mente de su bruja y cerró las puertas de la suya para no importunarla.

A Sai le dolía la cabeza y sentía que la rabia y la indignación recorrían sus venas como un penetrante y ardiente veneno. Haciendo chirriar los dientes, se masajeó las sienes, maldiciendo los alaridos de Tei, que todavía retumbaban en su cerebro.

Se había visto obligada a admitir que la pieza que había metido en el juego, con la intención de asegurarse la victoria, les había dado la espalda. Tei no había parado de echarle en cara que Kiyoteru se había acercado a ella y que la había tentado sin que ninguna hiciera nada por evitarlo. Pero Sai dudaba que ese hubiera sido el motivo de su traición.

Kiku quería el Elixir. Si se hubiera unido a Kiyoteru probablemente hubiera tenido que renunciar a él. Después de todo, los Arcanos querían recuperarlo. Estaba claro que la pequeña daimon había decidido actuar por su cuenta.

Apretó la mandíbula.

"Necio e inútil peón… Pagarás haberme traicionado" juró.

− Tenemos que evitar que escape − escuchó decir a Miko, como si le hubiera leído el pensamiento.

− No podrá hacerlo. Está demasiado débil − respondió Sai.

− Entonces, ¿qué hacemos? − preguntó Tei −. Se suponía que iba a ser ella la que se llevaría el Elixir − se quedó en silencio y frunció el ceño −. No entiendo por qué nos ha rechazado si sabe que eso es una muerte segura.

Sai se pasó la punta de la lengua por los labios. Creía conocer el motivo.

− Quizás… ahora que tiene el Elixir quiere intervenir en nuestra dimensión − expuso con lentitud.

− ¡JA! ¡Estúpida! − Tei soltó una cruel carcajada −. Si lo intenta, ¡tendrá que enfrentarse al Aquelarre entero! ¡La mataremos antes de que pueda mover un dedo!

− Eso si la encontramos antes − la interrumpió Miko con un tono más grave de lo habitual. Tanto ella como Sai se habían dado cuenta de la amenaza en la que Kiku se había convertido −. ¿Qué pasaría si se escondiera durante los suficientes años como para controlar el Elixir a la perfección? Que yo sepa, el nivel de Miku ni se acerca a la mitad, ¿no, Sai? Hubo muchos más huéspedes que lo poseyeron por más tiempo.

Sai asintió con una fría mirada.

− Entonces ni nosotras seríamos capaces de derrotarla − confirmó.

Se miraron entre ellas, manteniendo una fría fachada exterior, pero empezando a asustarse. Lo que había comenzado como una entretenida estratagema para torcer los planes de los Arcanos se estaba volviendo en su contra.

"No" Sai sacudió la cabeza. "No te dejes llevar por el pánico. Podemos arreglarlo si nos organizamos bien. Lo primero que tenemos que hacer es obligarla a sacar de aquí el Elixir".

Planteó su proposición en voz alta.

− ¿Y quién va a hacerlo? − inquirió Miko −. Sólo nosotras o Ritsu podríamos matarla cuando está tan débil. Pero…

Cuando se unieron, lo hicieron bajo una estricta promesa: ninguna de ellas se acercaría ni por asomo al Elixir. Y por ello se vigilaban unas a otras sin descanso, asegurándose de que todas cumplían con lo estipulado.

− Tendremos que escoger a alguien de los grupos − resolvió Sai con serenidad −. Alguien que pueda atravesar las dimensiones y llevárselo lejos de aquí.

− Obviamente, Ritsu queda descartada. De modo que sólo nos quedan…

Independientemente de las fichas que se habían unido por su cuenta y de las que Miko había incluido a última hora, Sai fue quien seleccionó las que realmente importaban: Kiku, Luka, Miku y Kaito. Los demás habían colaborado a animar la trama, pero no eran más que secundarios. Y, cuando se suponía que el juego tendría que haber llegado a su final, resultaba que se extendía y que había perdido tres piezas de golpe: Kiku, Miku y Kaito.

De modo que ahora, las únicas candidatas eran Lily y Luka.

− Ey − Tei les llamó la atención −. Hasta ahora hemos apoyado a tu candidata y decidimos que la ayudaríamos si era necesario para que llegase hasta el Elixir − dejó caer una pausa de efecto −. Mira cómo nos ha salido la partida − una desagradable sonrisa burlona curvó los labios de la bruja −. ¿Y si yo no quiero apoyar a tu pieza?

− ¿A qué te refieres? − el tono de Sai fue amenazador.

− ¿Y si cada una apuesta por un candidato distinto?

Por un momento, Sai se quedó en blanco. Después sintió un estallido de indignación e interés.

− No estamos en posición de arriesgarnos − sentenció Miko, planamente.

− ¿Y qué pasa si no consiguen el Elixir? − la bruja de cabello blanco se encogió de hombros −. Prepararemos otras piezas. Como si no hubiera brujas o daimons suficientes en el Universo − Tei se rió entre dientes −. Pero ahora que por fin me estaba divirtiendo no quiero terminar… Si apoyamos otra vez todas a una misma candidata, aplastaremos a la daimon y no tendrá nada de gracia.

− ¿Y qué pasaría si dos apostáramos por la misma persona? − susceptible, Sai fulminó a Tei con la mirada −. Es más, ¿qué ganamos con apostar?

− Eso es lo que había estado pensando − Tei dio unas infantiles palmadas de entusiasmo −. Si no apostamos algo importante, no será divertido. Y quiero enfrentarme a vosotras con todas mis fuerzas. Y si las cosas empezaran a salir mal, sólo tendríamos que unirnos de nuevo. ¿No veis que es perfecto?

Sai y Miko intercambiaron una fugaz mirada.

− ¿Qué quieres apostar? − inquirió la segunda con frialdad, aunque no sin cierta curiosidad.

Tei guardó un largo silencio antes de anunciar con ardor:

− Dos de nuestros mejores conjuros.

Sai se quedó congelada, con la boca y los ojos abiertos de par en par. Tras la primera impresión consiguió recuperar la compostura y sacudió la cabeza con violencia. Tanto ella como Miko empezaron a insultarla. ¿Estaba loca? ¿Sabía lo que les estaba pidiendo?

Para las brujas, que viven hasta que la eternidad les resulta demasiado pesada y se buscan unas a otras para poner fin a su existencia entregando a su otro yo, a su inmortal, a las manos de otro inmortal que acabe con su vida, el mayor bien que poseen es el conocimiento. La sabiduría que acumulaban a lo largo de los años, su mejor baza para mantenerse vivas y defenderse de los enemigos, eran los conjuros que conseguían desarrollar por su propia cuenta o los que descubrían después de muchísimo esfuerzo. Cada bruja tenía su técnica y conjuros arcanos y, por ello, dudaban tanto al enfrentarse unas contra otras; temían que la magia de la contraria fuese superior a la suya.

Dar dos de sus conjuros a otra bruja era lo mismo que firmar su sentencia de muerte.

Sin embargo, sólo si opinabas desde el punto de vista de la perdedora.

Sai notó el arrebato ambición acelerar su pulso.

Si era derrotada, perdería dos conjuros. Si ganaba, adquiriría cuatro.

Pero… era, incluso aunque el doliera en el orgullo admitirlo, demasiado arriesgado.

Ante el silencio de sus compañeras, Tei soltó un resoplido de desprecio.

− Ya veo. Me encantará explicar a nuestras compañeras cómo las grandes Sai Tonarine y Miko Ooka se negaron a apostar con todo lo que tenían porque tenían miedo de perder. Veremos qué les parece vuestra escasa confianza en vosotras mismas

Ambas la fulminaron con fiereza. Eso no sólo era una afrenta, era una amenaza. Las grandes brujas como ellas tenían una especie de aura protectora a su alrededor, y esta se formaba gracias al miedo y respeto que imponían. Si Tei echaba por tierra sus reputaciones, aunque no supondría un golpe fatal (después de todo, no eran famosas por nada), les haría parecer más vulnerables y menos omnipotentes ante los ojos de brujas más jóvenes con deseos de librarse de potenciales rivales como ellas.

Sai frunció el ceño. ¿Que no tenía confianza en sí misma? Se rió burlonamente.

La fe ciega en la suerte se la dejaba a las pequeñas neófitas que todavía no llegaban a comprender la verdad del mundo. Su seguridad en sí misma se basaba en que, como todas las de su generación, se forjaba por su cuenta el camino a la gloria.

¿Tei las estaba incitando a hacer trampas?

Por supuesto. Era un desafío. ¿Quién no haría trampas si se estaban jugando algo tan importante, tan valioso?

Si conseguía cuatro conjuros… Supondría una deliciosa victoria.

Se relamió los labios.

Pero tenía que asegurarse de que ninguna alcanzaba la meta.

Tenía que adelantarse a ellas.

Por un momento, una idea brilló en su mente. Si juraban ofrecer sus conjuros y ella ganaba, Miko y Tei estarían a sus pies. Se volverían terriblemente frágiles.

Lo cual significaba que no estarían en posición de evitarle conseguir una fuerza todavía mayor…

"No, Sai. Sabes lo que significa convertirse en huésped del Elixir. Eventualmente, llegará alguien y te lo arrebatará".

… O no.

Sonrió.

− De acuerdo. Juraré.

− Magnífico − se rió Tei.

Las dos miraron a Miko.

La bruja estaba cruzada de brazos, sumida en sus pensamientos. Por un momento, Sai estuvo convencida de que se negaría.

Sin embargo, su gesto se retorció con crueldad cuando despegó los labios:

− Me parece bien. Divirtámonos.

Crearon una pequeña caja de madera y cada una se retiró para escribir sobre un pequeño pergamino blanco el nombre de su candidato. Una vez lo metiesen en aquella caja, que sellarían para que no pudiera abrirse hasta que todo se hubiese acabado, no podrían arrepentirse de su decisión. Ganaría quien hubiera puesto el nombre del que se hubiera hecho con el Elixir.

Con una elegante pluma, Sai puso el de su alumna.

¿Estás segura de lo que estás haciendo? Ruko intervino por primera vez en su mente desde que se habían trasladado a aquella oscura habitación.

"Por supuesto".

Dejaron caer los pergaminos, doblados sobre sí mismos. Entonces, la caja se cerró con el sello más potente que podía haber en la dimensión de la Tierra: un juramento entre brujas.

Las tres recitaron en voz alta al unísono:

Las brujas aquí presentes juramos, bajo pena de muerte en caso de romper nuestra palabra, entregar los dos conjuros más poderosos que poseamos a quien haya escrito el nombre del que se convertirá en el siguiente dueño del Elixir. Esta caja no se abrirá bajo ningún concepto hasta que se dé el fin del juego.

Sai se estremeció, quizás consciente por primera vez de en lo que acababa de meterse. Sin embargo, desterró todos sus inservibles temores de su mente.

Era el momento de hacerlas entender con quién estaban jugando.

XXXX

Habían viajado lejos, muy lejos, para terminar en el lugar menos pensado. Al menos para Kaito. Al ver dónde se encontraban, comprendió sin necesidad de leerle los pensamientos a Miku que ella ya había imaginado que tendría que abandonar su cuerpo en algún sitio. Y había elegido precisamente aquel.

El Polo Norte era un magnífico mundo blanco y azul, lleno de silencio y paz. En cierto modo, era perfecto para ellos; una tierra de inigualable belleza mortal, donde la vida apenas sí se percibía la vida, pero donde el espíritu se engrandecía y volaba libre al infinito, sin ataduras, sin otro destino que el vasto horizonte que se perdía en la distancia.

Internamente, Kaito agradeció volver a sentir el arropo de la magia de Miku, que le protegía de las cuchilladas del viento helado. Así podían caminar con sus finas ropas por aquel hermoso desierto helado.

Se le hacía extraño cargar el cuerpo de Miku cuando, al mismo tiempo, ella se deslizaba a su lado. No conseguía establecer una clara diferencia entre ella y su recipiente. Ambas desprendían una ingente cantidad de magia, pero ya casi se había vuelto insensible a la radiación del Elixir. De modo que, excepto porque una estaba inerte y que la otra se movía y hablaba, para él eran lo mismo. No podía evitar que se le rompiera el corazón cada vez que pensaba que se iban a deshacer de ese cuerpo que tanto había amado con caricias, besos y miradas. Que de pequeño le había proporcionado atención y calor. Que a partir de entonces había sido aquello que más veneraba en el universo. Por supuesto, a quien quería era a Miku, independientemente de su aspecto, su contenedor o cualquier otro materialismo. Y, con todo, le dolía tanto saber que el retazo de aquellos tiempos yacía en sus brazos…

De repente, Miku comenzó a flotar, como el alma que era, con suavidad y se dejó llevar por él, cogiéndose a su brazo. No pesaba nada en absoluto. Habría sido más sencillo levantar una pluma.

Vagaron durante horas hasta que llegaron a un maravilloso lugar, completamente desierto. El paraíso olvidado por el mundo. El centro del polo ártico. Desde allí se podía contemplar la luna, más grande de lo que jamás la habían visto, ocupando parte del oscuro cielo, creando bellísimo contraste entre su elegante plateado y el negro de la bóveda celeste. Bajo sus pies, como un espejo del astro de las alturas, la tierra brillaba como un campo de luz que se expandía en todas direcciones.

− ¿Aquí? − inquirió Kaito.

Miku asintió y, sin llegar a tocar el suelo con sus pies descalzos, se agachó para rozar suavemente con uno de sus dedos el hielo.

Sin ruido, sin temblores, este se partió en dos y una incomensurable grieta se perdió hacia el horizonte, hundiendose rumbo a las entrañas de la Tierra.

Kaito apretó el cuerpo de Miku contra su pecho y besó su frente. Miku sonrió. Entonces, envuelto en un aro de magia, lo dejaron hundirse en las profundidades de aquella brecha de la que no volvería a salir.

Con la facilidad con la que un dios abriría las aguas de un mar, Miku volvió a cerrar la grieta, que se selló con un suave suspiro.

Allí la magia del Elixir no podría hacer ningún daño. Es más, mantendría los hielos durante mucho, mucho tiempo. El suficiente incluso para que pasaran tantas generaciones de humanos que, para cuando el cuerpo se vaciara de todo poder, la historia consideraría el presente como un terrorífico mundo bárbaro.

Satisfechos, se dieron la mano. Kaito le hizo saber que quería sentarse en el borde de un glaciar. Miku rió, recordandoviejos tiempos, y los transportó a un gigantesco glaciar que se elevaba sobre unas aguas negras y oscuras con la majestuosidad de un castillo.

Era de noche y, por tanto, no deberían haber sido capaces de ver nada en absoluto. Pero la magia les rodeaba, les envolvía de tal manera que hacía a las formas tan claras como si fuese de día.

Miku se sentó sobre el regazo de Kaito y se acurrucaron el uno contra el otro a pesar de que no sentían ni una pizca de frío. Él acarició sus largos cabellos, pensativo, mientras ella descansaba contra su pecho.

Hubieran deseado permanecer así durante la eternidad, en aquel mundo perdido y solitario.

− ¿Qué vas a hacer? − susurró Miku.

En medio del silencio, su voz sonó alta y clara, cristalina.

Kaito suspiró y le rozó inconscientemente una mejilla, con la mirada perdida en la distancia.

− Si no estás preparado, podemos esperar todo lo que quieras − continuó−. Puedo mantenernos durante un par de años, si es necesario.

Kaito no respondía. Y Miku no necesitaba estar conectada a él para saber lo que estaba pasando por su mente.

− No quieres, ¿verdad? − musitó −. Abandonarlo todo.

− No lo malinterpretes, por favor. Sería capaz de morir ahora mismo si así pudiéramos estar juntos. Pero… − Kaito le tomó la barbilla con suavidad para hacer que le mirara. Dos pares de ojos llenos de ansiedad, de expectación, se encontraron −. Pero no puedo perdonarles. Ya te lo he contado todo y sé… sé que no fue casualidad que el Elixir llegara a tus manos. Todavía no entiendo por completo lo que ha ocurrido y… no seré capaz de descansar hasta que haya terminado yo mismo con todo.

Miku respiró hondo, conteniendo el destello de decepción que amenazó con asomarse a su mirada.

− Te dije que la siguiente vez que nos encontráramos haría lo que tú quisieras. Y lo voy a hacer − dejó pasar un pequeño silencio −. ¿Quieres que vaya contigo?

Él sonrió.

− Tú sí estás preparada, ¿verdad?

Miku se limitó a sonreír y los ojos de Kaito se anegaron en lágrimas.

− ¿Cuánto has tenido que pasar estos años para que te hayas separado tanto de mí?

Miku había tenido tiempo de sobra para desligarse de aquellos lazos que la ataban al mundo. Es más, había sabido desde el principio que le quedaba poco y que debía prepararse para la despedida final.

Pero Kaito no. Para él era demasiado precipitado, demasiado repentino después de una eternidad creyendo que tenía el tiempo en la palma de la mano. No podía desprenderse sin más de la vida.

Y Miku lo entendía. En medio del torbellino de sentimientos que latían en su corazón, era feliz. Feliz de que pudieran hablarse y quererse, feliz de que la hubiera perdonado. La entristecía pensar que no se había despedido como era necesario de Ritsu y de Prima. La entristecía pensar en las cosas que le habían quedado por terminar.

Aun así, estaba preparada.

Pero Kaito no.

Y Miku lo entendía.

Sin embargo, y se lo dijo con grave serenidad, ella no estaba dispuesta a intervenir de nuevo en el curso de los acontecimientos. Si volvía a crear lazos con el mundo, rompería su promesa de pagar por todo lo que había hecho. Ella no supo, hasta que Kaito se lo desveló, nada sobre lo que estaban haciendo Sai y las demás. No tuvo constancia de que los Arcanos tenían algo que ver con el Elixir. Quizás, de haberse enterado antes, no se habría autoimpuesto una meta para llegar a perdonarse a sí misma. Las cosas podrían haber sido diferentes. Pero ya era tarde. De modo que no volvería a hacer nada que la atase al mundo. No ahora que había dado el paso definitivo al librarse de su cuerpo, rompiendo así el último de los dos vínculos que le quedaban con la vida. No estaba dispuesta a retroceder sobre sus pasos.

−… a menos que tú me lo pidas − añadió con una sonrisa.

Kaito le devolvió el gesto y negó con la cabeza.

− Jamás lo haría.

Miku le secó las lágrimas en silencio, sintiéndose profundamente culpable. Al fin y al cabo, ¿cuántas veces ella no había respetado su voluntad en los últimos años? ¿Dónde se encontrarían si lo hubiera hecho? Con total probabilidad, en un sitio mejor. Eran preguntas que no podía parar de hacerse, a pesar de saber que jamás hallaría respuestas.

− ¿Y qué vas a hacer? − le preguntó.

− No lo sé. Si quiero arreglar las cosas, debo volver. Hablaré con Ritsu y haré todo lo que esté en mi mano para entender… y acabar − Kaito reposó su frente contra la de ella −. ¿Me esperarás?

− Kaito…

− No quiero… que te adelantes − dijo con la voz quebrada −. Una vez te dejé atrás y mira todo lo que ha pasado.

− Eso fue porque yo te…

− Fuera la causa que fuera, la realidad es que me adelanté − la interrumpió −. Esta vez… quiero que nos vayamos juntos.

Miku acarició una de sus manos y se apartó levemente para poder mirarle a la cara.

− Kaito, ¿qué crees que podrías hacer en tu estado?

Él, desconcertado, se echó hacia atrás, apoyando las manos en el hielo, y se quedó sin habla. Después apartó el rostro, dolido.

− Cierto, sin ti yo… No lo había pensado. ¿Cuánto me queda de energía?

− Pues… − Miku vaciló −. Probablemente, con dos muertes más la agotes.

Kaito esbozó una sonrisa de amarga resignación.

− Así no puedo hacer nada.

− Si me lo pides − los ojos de Miku fascinaban en medio de la noche. Su verde intenso y cálido, vivo, contrastaba con la tierra de hielo y muerte. No había el más mínimo asomo de duda en ellos −, iré contigo. Lucharemos juntos.

Kaito vaciló. Bastaba una sola palabra, y Miku lo haría. Una mirada, y Miku lo haría.

La tentación era demasiado grande.

Pero...

− No puedo hacerte eso.

Miku suspiró y dijo con ternura:

− Te he echado tanto de menos… − suavemente, posó las manos en sus hombros y lo obligó a tumbarse mientras se ponía a horcajadas sobre él −. Si te pidiera que vinieras conmigo estaría forzándote a dejar atrás lo que deseas resolver. Pero te lo voy a preguntar una última vez: ¿de verdad quieres terminar todo lo que has empezado?

− Sí − respondió sin vacilar.

Los labios de Miku se curvaron en una hermosa sonrisa.

− Entonces, déjame que te dé mi último regalo.

Kaito sintió que todo su cuerpo reaccionaba ante el aura mágica que Miku desplegó. La piel de la bruja se iluminó desde dentro, despidiendo una reconfortante luz blanca. Sus delicadas manos rozaron el rostro de Kaito, que tuvo que cerrar los ojos para no quedarse ciego mientras Miku se inclinaba sobre él y juntaba sus labios con los suyos.

Entonces, una brutal cantidad de energía le atravesó el pecho.

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Nota de la autora: lo de costumbre, cualquier crítica/comentario es bienvenido. Sobre todo ahora que nos acercamos tanto al final de la historia, las impresiones son muy bien recibidas X3. ¡Hasta el sábado que viene!