La luna de plata fue recubierta por el sutil velo de un denso banco de niebla, posesionándose lentamente de las calles repletas de transeúntes de la cosmopolita ciudad de Tokio, el astro fulguró peculiarmente entre la densa bruma, con un carmesí tan intenso, que inmediatamente el ambiente se impregnó de un matiz similar.

El tenue candor de la luz rojiza era reflejado espectralmente por los pilares cristalinos de la magnificente estructura que se hubiera alzado en los cielos, dando un peculiar cuadro de luces en distintas tonalidades de rojizos, naranjas y ocres.

Todas las personas miraban asombradas el inaudito espectáculo, señalando incrédulos aquel palacio flotante de cristal puro. La mayoría creían que se trataba de alguna clase de ardid publicitario, intentando darle un mayor realce a la próxima película que Aya Nanase protagonizaría. Como se estrenaría el fin de semana, era de esperarse que se llevaría a cabo algo similar para atraer la atención de un mayor número de espectadores.

Que ajenos estaban a la verdad, inocentes en sus ideas impías, fervientes escépticos de la magia y lo sobrenatural, nunca previeron la enorme amenaza que apremiante, se cernía sobre ellos.

Por sus mentes vanguardista, jamás cruzó ni remotamente la creencia de que las sombrías bestias que emergían por cientos del interior del palacio de cristal eran reales, ó al menos no creyeron, hasta que prácticamente éstas se lanzaron vertiginosamente en picada, amenazando ferozmente con sus colmillos, obligándoles a retroceder y buscar prontamente resguardo.

Sólo alguien parecía disfrutar con aquel monstruoso espectáculo, fascinados, sus ojos negros como la brea, observaban detenidamente una pilastra circular, que a simple vista podría considerarse un receptáculo lleno de una sustancia similar al mercurio, pero si se prestaba mayor atención, en el argentino líquido se reflejaban nítidas imágenes de lo que sucedía en el exterior.

El mundo mágico estaba a punto de caer a sus pies, y los despreciables humanos finalmente hallarían la extinción que durante milenios hubiese aguardado por ellos, él sería el juez que determinaría el futuro de ambos mundos de ahora en adelante.

Entre la inmensa ola de caos y destrucción que se estaba librando, hubo algo que llamó más que cualquier otra cosa su total y absoluta atención.

Posó su mano sobre la pilastra, sosteniéndola en el aire, a escasos centímetros de la superficie, amplificado aquel detalle que sobresalía como un foco rojo en una multitud de focos blancos, embelesado, delineó con sus finos dedos el contorno de aquel hermoso rostro reflejado sobre el líquido plateado.

Una sonrisa se curvó en sus finos labios, iluminando por primera vez en milenios, sus pétreos ojos de oxidiana. Su sonrisa fue acompañada por una orden, la criatura situada a su costado izquierdo, acató al acto el mandato de su amo y salió a toda prisa en busca de aquello que le había sido encomendado.

- Nunca imaginé que nos volveríamos a ver... – el aterciopelado tono de su voz, resonó crudamente en las paredes diáfanas del recinto, volviéndose paulatinamente un eco lejano, que terminó por perderse en la oscuridad.

Capitulo 21

El último encuentro

Sin tener una idea clara de lo que estaba pasando, y más preocupada por el bienestar de Syaoran que por el propio, Sakura luchó con todas sus fuerzas, agotada, a punto del desfallecimiento, se mantuvo firme en el frente, haciendo gala de cada uno de los conjuros ofensivos que hubiera aprendido durante su corta vida como hechicera.

En algún momento de la encarnizada lucha, cruzó por la ahora inexistente barrera que dividía las dos dimensiones, al igual que ella, muchos hechiceros terminaron en una situación parecida, en su caso particular, Sakura se dedicó a ayudar a los aterrorizados ciudadanos, que corrían despavoridos en busca de un refugio, absorta en su tarea, no se percató de que entre esa multitud de rostros aparentemente iguales, se encontraban alguien familiar.

Sin embargo, bastó que su mejor amiga prorrumpiera un grito emocionado evocando su nombre, para llamar inmediatamente su atención. A pesar de la considerable altitud a la que se encontraba, prestamente ubicó el lugar preciso de donde había provenido la voz que le había llamado, y ahí estaba esa persona, Tomoyo sobresalía entre la multitud, ya que era la única que parecía luchar contra la corriente de desconocidos que iban en dirección opuesta, tras ella iba un joven de gafas, quien parecía tratar de darle alcance y obligarla a regresar.

Desde su privilegiado puesto en los cielos, pudo apreciar con claridad el panorama que los rodeaba, a unos metros de ellos, uno de los monstruos los miraba fijamente, evidentemente habían llamado también su atención y ahora los había fijado como sus próximos objetivos, al verlo realizar el primer movimiento y dándose cuenta de que sus amigos habían entrado aun callejón cerrado, sin pensarlo, Sakura se arrojó sobre él, empuñando con tenacidad su espada, apuntando justo a la cabeza de la criatura.

El filo de la hoja metálica atravesó de lado a lado el cráneo del animal, pero Sakura sabía que eso no sería suficiente, la única forma de terminar con ese ser era decapitándolo.

Apoyando ambas manos en la empuñadura, desincrustó la espada, mientras que con un rápido y adusto movimiento le cortó la cabeza de tajo.

Un fino polvo negro se disipó en el viento antes de que la cabeza inerte tocara siquiera el suelo, agotada por el esfuerzo, cayó hoscamente sobre sus rodillas, utilizando como sostén su espada, aferrándose a ella para no desfallecer por completo.

En cuestión de segundos tuvo a un lado a sus amigos, más que miedo o asombro, lo que los respectivos ojos amatista y zafiro mostraban, era una inmensa preocupación, Tomoyo se arrodillo junto a ella, asustada al ver los múltiples cortes que su querida amiga ostentaba tanto en su rostro, como en sus brazos y piernas.

- ¿Cómo estás? – profirió preocupada, viendo el extremo estado de deterioro de la otra joven, a quien se le veía respirar agitada y con mucha dificultad; en cada una de sus pesadas exhalaciones, parecía dejar un soplo de su vida misma.

- Tomoyo, me alegró que estés bien... – murmuró en un jadeo cansado, que finalmente la dejó completamente exhausta, la espada que la sostenía desapareció cuando su portadora perdió la conciencia, sin ninguna clase de control, su cuerpo cayó precipitadamente hacia el frente, a punto estuvo de impactarse contra el suelo, de no ser por los dos protectores pares de brazos que la detuvieron.

- Esta inconsciente... – murmuró seriamente Eriol, iba en contra de su jovial naturaleza perder la calma en situaciones difíciles.

- Debemos llevarla a un lugar seguro y tratar de curar sus heridas – repuso Tomoyo con la misma calma que su novio, no servía de nada ponerse histérica, al contrario, debía mantenerse serena para afrontar lo mejor posible la delicada situación que tenían enfrente.

Eriol tomó a Sakura entre sus brazos, levantándola al vilo, y echó a correr hacia el hospital, abriéndose paso, sin importarse el tener que empujar, inclusive arroyar, a cualquiera que se interpusiera en su camino, con tal de conseguir su objetivo.

- ¡Será imposible seguir por aquí! – le gritó a Tomoyo, quien le seguía de cerca – ¡hay que tomar otra ruta!

- ¡Entendido! – Tomoyo lo siguió hasta una calle lateral, estaba vacía, por lo que no hubo complicaciones.

A pesar de llevar el peso de Sakura a cuestas, Eriol mantuvo un ritmo constante, estaban a punto de llegar al final de la calle, cuando frente a ellos se alzo la figura de un mítico monstruo, a simple vista su aspecto era el de un águila, pero su cuerpo desencajaba en la descripción, ya que a pesar de tener alas y el cuerpo repleto de plumas, poseía cuatro patas parecidas a las de un león.

Inevitablemente se vieron en la necesidad de retroceder cuando la criatura comenzó a acecharlos, al llegar a la mita del trayecto, inesperadamente el monstruo se detuvo y posteriormente profirió un ensordecedor alarido, que repitió en dos ocasiones más, inmediatamente después, en la oscuridad emergieron incontables ojos rojizos, todos ellos fijos en los tres jóvenes que ahora se encontraban acorralados.

- ¡¿Eriol?! – por primera vez se escuchó una nota de pánico en la angelical voz de Tomoyo, no eran visibles, pero podía percibir la increíble cantidad de bestias que les rodeaban, tal pareciera que todos los monstruos de la ciudad estaba ahí reunidos.

- Calma pequeña... – intentó mantenerse tranquilo, pero lo cierto es que estaba tan aterrado como ella, después de todo ese si iba a ser el fin. Esperó pacientemente el ataque, mas aquellos ojos rojizos permanecieron inmóviles, sin desplazarse un solo centímetro del lugar en el que yacían, quizás a la expectativa de lo que estaba por suceder.

El tenso momento se intensificó cundo la primera de las bestias que los había encarado, dio un paso al frente, a pesar de ello, las otras criaturas no se movieron, dejando que quien parecía ser el líder, hiciera el primer movimiento, el descomunal animal acortó la distancia que los separaba de sus indefensas presas. Sin un lugar hacia el cuál retroceder, Eriol y Tomoyo se apegaron más el uno al otro.

- Sé que tal vez no sea el mejor momento para decir esto, pero quiero que sepas que estoy muy feliz... – Eriol la miró confundido, no obstante Tomoyo le dedicó una dulce sonrisa – si voy a morir aquí, al menos tengo a la persona que más amo a mi lado...

- Lo mismo digo... – correspondió la sonrisa con solemne resignación, un gruñido por parte de la quimera les hizo regresar a la realidad de su situación, fue entonces que el enorme animal alado los embistió, Eriol se interpuso en su camino, para evitar que Tomoyo resultara lastimada, como consecuencia, el chico fue catapultado hacía un lado, perdiendo el cuerpo inconsciente de Sakura en el trayecto.

- ¡ERIOL! – gimió Tomoyo horrorizada, corriendo a su lado sin pensar en las consecuencias.

En ese preciso momento el monstruo se acerco calmosamente hasta donde Sakura se hallaba, sin poder hacer nada por su amiga, Tomoyo observó como aquella bestia tomaba el cuerpo indefenso de Sakura entre sus garras, al momento que alzaba sus magnificentes alas para tomar el suficiente impulso y elevarse a los cielos, la fuerza del aleteo fue tal, que Tomoyo se vio obligada a proteger con su cuerpo a Eriol — quien también se encontraba inconsciente — del huracanado viento que se produjo.

Gruesas lagrimas surcaron sus mejillas ante la impotencia de no poder hacer nada, atrajo con mayor brío el cuerpo de Eriol, abrazándolo con todas sus fuerzas, intentando resguardarlo, aunque sabía que ambos recibirían el mismo fatídico destino, y pensar que su tarde había empezado como una cita inocente. Cerro fuertemente los ojos al darse cuenta cómo los cientos de ojos que los rodeaban habían dejado su estado pasivo y se acercaban lentamente hacia donde ellos se encontraban.

Espero paciente el final, rogando porque no fuera muy doloroso y todo terminara rápidamente, lo único que la consolaba, era el hecho de que Eriol no sufriría ese funesto momento al estar sin sentido, entre sollozos, comenzó a tararear una canción de cuna que su madre solía catarle cuando era pequeña y sufría alguna pesadilla, esa dulce melodía lograba tranquilizarla y hacer que olvidara todo lo malo, una fuerte exclamación la sacó de su trance, abrió los ojos de golpe, encontrándose frente a frente con Syaoran, quien permanecía de pie a escasos centímetros de donde ella y Eriol se encontraban.

- ¡Dios del rayo! ¡¡¡VE!!! – de la nada, una cegadora luz dorada emergió de la espada que el joven de cabellos castaños portaba entre sus manos, la luz dorada se volvió más intensa, elevándose a los cielos en forma de un sorprendente dragón, el que en pocos segundos barrió con la horda de bestias que los amenazaban, convirtiéndolos en fino polvo de color negro, que fue dispersado en el viento, sin que quedara rastro alguno de su existencia.

- Syaoran... – murmuró bajamente la joven de orbes amatista, su expresión era una de total agradecimiento y profundo alivio.

- ¿Te encuentras bien? –se volvió para verla, mostrando clara preocupación en sus palabras, Tomoyo atinó a asentir con un leve gesto, estaba tan sorprendida, que le era imposible articular una frase coherente – ¿cómo está Eriol?

- Inconsciente pero bien... – respondió al fin, recobrando paulatinamente el control sobre el hilo de sus ideas – ¿Syaoran qué está sucediendo? ¿de dónde salieron todos esos monstruos? ¿y qué fue lo que hiciste para deshacerte de ellos?

- Es un poco complicado de explicar y no tengo mucho tiempo... – eludió de forma diplomática todas las preguntas, mientras se acuclillaba frente a ella – Eriol despertará pronto, en cuanto lo haga traten de buscar un refugio seguro, hay muchas más criaturas como esas en las afueras y me temo que ya no podré protegerlos – al percatarse de la taciturna expresión de ella, tomó una de sus manos entre las suyas – no tengas miedo Tomoyo, esta horrible situación terminará muy pronto, te lo prometo...

- Syaoran..., Sakura, ella fue... – intentó decir algo, pero él se adelantó a sus palabras, como si hubiese sido capaz de leer sus pensamientos.

- Lo sé..., no te preocupes, pronto la tendrás de vuelta sana y salva... – se acercó un poco más a ella y depositó un dulce beso sobre su frente, Tomoyo sintió un horrible vuelco en su corazón, aquel gesto le dio la fugaz impresión de tratarse de una despedida definitiva – cuídate mucho mi pequeña hermanita... – le dedicó una cálida sonrisa, antes de apartarse definitivamente.

Su cuerpo comenzó a levitar, dejando gradualmente la firmeza del suelo – ¡Espera Syaoran! – gritó Tomoyo, dándose cuenta de que quizás esa sería la última vez que se verían, pero éste ya se encontraba a varios metros de donde ella – ¡Syaoran! – le llamó nuevamente, fue en vano, al alcanzar una altitud prudente, el aludido se había dado la vuelta y con una velocidad impresionante, voló hasta desaparecer entre la profundidad de la densa neblina.

- - -

Se despertó agitada, había tenido la más horrible de las pesadillas, todo cuanto conocía y amaba había desaparecido, ninguno de sus esfuerzos bastó para ponerle un alto a esas terribles bestias que aparecieran de la nada, arrasando con todo cuanto se interponía en su paso. Las criaturas había venido acompañadas de aquel extraordinario, pero lúgubre palacio, que se alzara majestuosamente en el siempre apacible cielo de Clow.

Instintivamente buscó cualquier marca en su piel, que lucía tan tersa como siempre, tocó su cara, sin encontrar ninguna clase de protuberancia, suspiró aliviada al creer que todo lo vivido no había sido más que el producto de sus demonios internos, cuando su mente se hubo aclarado un poco, y la pesadilla empezaba a quedar en el rescoldo de su memoria, Sakura intentó enfocar con mayor claridad a su alrededor, en primera instancia el lugar no le pareció en absoluto familiar, intentó buscar en lo más profundo de sus pensamientos, tratando de recordar cómo era que había terminado ahí, pero no encontró un lugar similar en el que se hubiera encontrado jamás.

Era una estancia espaciosa la que rodeaba la enorme cama de dos plazas sobre la que estaba recostada, a pesar de no haber ventanas, la habitación se encontraba sorprendentemente iluminada, sin que la luz pareciera provenir de ningún lugar en particular, haciendo refulgir con un brillo especial los pisos de mármol blanco y las cristalinas paredes, mismas que adoptaban destellos iguales a los colores del arco iris.

Sakura observó detenidamente cada rincón, a parte de la cama, no había nada más, ni un solo mueble, hizo las sabanas de seda que la cubrían a un lado, y se sentó en el borde de la cama, volvió la vista al suelo, donde un par de hermosas zapatillas se encontraban situadas justo frente a ella, fue entonces que se dio cuenta de la vestimenta que portaba. Era un vestido bellísimo, su color era de un rojo escarlata, recubierto en los bordes por exquisitos bordados en hilo de oro.

Sorprendida, se levantó de un salto, preguntándose si no estaría en un sueño, con lentitud se encaminó hacía una de las paredes, quedó estupefacta al ver su reflejo, de alguna forma su vestimenta le recordaba al de alguna antigua princesa hindú, sacada de las paginas de las mil y una noches, las joyas que adornaban sus brazos y cuello eran impresionantes, casi tanto como el vestido, que ahora podía visualizar en todo su esplendor.

Simplemente su mente no lograba entender cómo era que había terminado en un lugar así, no pudo seguir ensimismada con sus cuestionamientos, ya que una voz a sus espaldas la sacó completamente de sus cavilaciones.

- Tal como lo creí, tu belleza no se compara con la de ese vestido... – instintivamente, Sakura se giró para encarar a quien quiera que estuviera tras ella, llevándose tremenda sorpresa al ver aquel rostro tan familiar – no me cabe la menor duda de que eres mucho más hermosa...

- ¿Syaoran...? – por un momento dudó, era imposible de explicar, sabía que era una locura, mas de alguna forma, esa persona que estaba frente a ella no lograba despertar el irrefrenable ímpetu de estar cerca de él, si era sincera, le provocaba incluso algo de aversión.

Ante la mención del nombre, en el rostro del castaño se dibujo una extraña sonrisa que Sakura no pudo descifrar, él se acercó lentamente, pero de forma instintiva ella retrocedió, algo en ese Syaoran le hacía desconfiar, intentó descubrir qué, pero no atinaba a comprenderlo, físicamente era exactamente igual, el mismo alborotado cabello castaño, los mismos ojos avellana, la misma complexión atlética, en resumen, era exactamente igual, más su aura no reflejaba la misma tranquilidad y calidez de siempre.

- ¿Por qué huyes de mi...? – hasta su voz era igual, no obstante, Sakura se sentía incómoda, fijó sus ojos esmeralda en los de él, tratando de encontrar aquello que la hacía sentirse intranquila, y fue en ese momento cuando lo comprendió, le bastó ver sus ojos para darse cuenta de que no era "su" Syaoran.

- Tú no eres Syaoran... – la sonrisa del chico se desvaneció de sus labios – ¿qui... quién eres...? – el tono de su voz era receloso.

- Soy Syaoran... – una nueva sonrisa se curvó en la comisura de sus finos labios, pero había una notable diferencia, ya que ésta contenía una especie de burla inmersa.

- Eso no es cierto... – replicó con mayor firmeza, sintiendo como el pánico la comenzaba a dominar.

- Por supuesto que soy Syaoran... – murmuró despreocupado, cerrando los ojos por un instante – tal vez no el "Syaoran" que conoces..., pero no por eso dejo de ser "Syaoran" – puntualizó lo último, mientras abría lentamente sus ojos, que dejaron atrás el dulce color chocolate, para adquirir un negro mate – nunca creí que fueras capaz de descubrirme... – mientras hablaba, acortaba la distancia entre ambos – al menos no tan pronto... – a Sakura se le acabó el espacio para retroceder, quedando atrapada entre la fría pared de cristal, y el chico que decía llamarse también Syaoran – es una lastima, pero bueno, el que lo hayas descubierto no importa en realidad... – delicadamente tomó el mentón de Sakura entre una de sus manos, obligándola a que le viera de frente – ya que a final de cuentas el resultado será el mismo... – le susurró a la altura del oído, Sakura sintió escalofríos ante el cálido contacto de su aliento, su instinto le decía que debía escapar, que se encontraba en peligro, pero su tenacidad, si es que podría llamarle así, la obligaba a quedarse y averiguar de una buena vez por todas lo qué estaba ocurriendo.

- Tú eres... – titubeo por un segundo, hablando tan bajo que se escucho como un sutil murmullo – tú eres el responsable de todo lo que está ocurriendo en el mundo mágico... – se armó de un poco de valor, haciendo que su comentario más que un cuestionamiento, resultara una afirmación, obteniendo como respuesta una sonrisa más amplia en el rostro del castaño.

- Eres sumamente perspicaz... – sus rostros se encontraban a escasos centímetros de distancia, Sakura quedó atrapada entre el par de muros infranqueables representados por los brazos de aquel chico, aterrada y sin encontrar una salida viable, vio con ojos desorbitados como él acortaba cada vez más la distancia.

Al final no pudo hacer otra cosa que cerrar sus ojos con todas sus fuerzas, intentó convencerse de que lo que estaba viviendo no era otra cosa que una horrible pesadilla, asqueada sintió como los labios de él se desplazaban impetuosamente por los suyos, deseó con todas sus fuerzas que la tierra se abriera y le tragara ahí mismo, con que cara iba a ver a Syaoran después de esto.

Los intentos por apartarlo fueron inútiles, él poseía una fuerza física superior a la suya, mientras que sus gritos eran ahogados en su garganta, las lagrimas escaparon incontenibles entre las gruesas pestañas que protegían las esmeraldas de sus ojos.

La fricción que los labios del chico ejercían sobre los suyos buscaron la forma de abrirse paso, pero Sakura apretó aún más los suyos, adoptando un color mortecino.

Dándose cuenta de que ella no le correspondería, frustrado, se dio momentáneamente por vencido, Sakura no sabía si sentirse aliviada ó entrar en pánico cuando él finalmente consintió abandonar la tarea llevada a cabo en sus labios.

- ¡¿Por qué?! – dijo completamente irritado – tú me amabas, ¡si te fijaste en Syaoran fue porque era igual a mí...! – Sakura no logró comprender lo que él quiso decirle, al ver la clara incertidumbre que sus verdes ojos expresaban, él comprendió que debía hacer algo al respecto, se le acercó nuevamente, pero antes de que intentara algo contra ella, alguien apareció justo a tiempo ante ellos.

- Te equivocas, ella siempre me amó a mi... – la tercera presencia intervino, viendo con cierta frialdad al muchacho de negros ojos que no daba crédito a que "él" estuviera ahí.

- ¡Syaoran! – en la confusión del momento, Sakura se safó del agarre del chico que la mantenía acorralada, corriendo hasta donde su novio se encontraba situado, éste la recibió gustoso entre sus brazos, ella se aferrró a él, escondiendo su rostro angustiado en su amplio pecho.

- ¡No!, tu no puedes estar aquí... – el de ojos negros perdió por completo los estribos, no sólo por la impresión que se llevó al ver al recién llegado, sino también al ver como Sakura lo abrazaba – yo te encerré, de ninguna forma pudiste haber escapado de esa prisión...

- Se te olvida que yo fui quien forjó esa prisión... – se expresó calmado, sosteniéndole la mirada en todo momento.

- Está vez no me derrotaras... – expresó el otro furioso, entendió que su hermano había recuperado los recuerdos perdidos. Escudándose tras un campo de energía de color negro, levito paulatinamente en el aire, preparándose para la inminente batalla que estaba a punto de ocurrir – nunca volveré a esa prisión, esta vez pondré un fin definitivo...

- Entiendo..., supongo que no habrá otro remedio después de todo… – dejo escapar en un murmullo que sólo Sakura pudo escuchar – entonces que así sea… – con un delicado movimiento apartó a Sakura de su lado, inmediatamente después hizo algunos sellos rápidos con sus manos y conjuró un hechizo que aprisionó a Sakura en una esfera de energía.

- ¡Syaoran no! – presintiendo el peligro, Sakura intentó liberarse de aquel hechizo, pero fue inútil, la magia de Syaoran era más fuerte que la suya, golpeó una y otra vez, suplicándole entre sollozos que la dejara salir, él se volvió lentamente para verla, en su rostro estaba enmarcada una triste sonrisa que en ese momento Sakura no supo interpretar.

- Lo lamento Sakura... – fue lo último que ella escuchó antes de que todo a su alrededor comenzará a desvanecerse, con un nuevo hechizo, Syaoran la había tele transportado a un lugar lejos de ahí, impotente por su inutilidad, intensificó su llanto, tenía un muy mal presentimiento, su corazón le decía que esa sería la ultima vez que lo vería y que aquella sonrisa, significada su despedida final.

Continuará....