La hija del Señor de las Tinieblas

Cáp. 20 El óbito

—¿¿Cómo qué se han ido?? —Gritó el rubio

—Se… fueron

—¡Esto no guía a un buen camino! ¡¡Por alguna razón ése inmundo se escapó!!

—Draco… Cálmate. No creo… que haya sido por esas razones… más bien creo que fue por que no me quería ver más… Recuerda… me odia.

—Te odia. Pero…

—Es suficiente, no quiero preocuparme ahora… —Se apoyó contra la mesa y colocó sus manos sobre sus sienes, intentando pensar. Estaban en el pasillo, discutiendo, pero solo un pensamiento cruzaba por su cabeza. Draco no podía estar en lo correcto. No era posible.

El sol bordeaba todo auramente, el olor que salía de a cocina se mezclaba con la repentina soledad de nuevo…

—No pueden haber hecho esto…

—Dije que basta —Se sentó sobre la silla y le susurró de manera casi imperceptible a su amado. En ésa casa había que afinar bien el oído para captar las ideas y no dejarlas por ahí, tiradas— ¿Qué haremos ahora? —El aire casi no le alcanzaba. Era difícil saber que, de un momento a otro, podrían desaparecer tan rápido cómo la arena arrastrada por el viento en tiempos de tifones.

—No sé

—No podemos dejar todo aquí. Nos ha costado

—Ya hemos dejado muchas cosas, Herm… —Le pasó un suave dedo por la mejilla, haciendo que ése deseo amordazara su estómago, creando así la sensación vigorosa de amarlo de vuelta…

—Draco… —Dijo ésta, apartando sus manos de su cuerpo— ¿Le haremos esto a Scorpius?

—¿Qué prefieres, que lo maten?

—¡No! Pero digo… ¿Estamos de verdad seguros de que nos delatará? O sea… Es…

—El mismo idiota que te insultó, aún cuándo le diste hospedaje…

—No parecía él mismo…

—No importa ¿Alguna vez has de entender que el tiempo cambia a las personas? —Escuchó las palabras del rubio cómo una declaración. Si, el tiempo moldeaba a su antaño la personalidad, el físico, la fuerza, los acontecimientos. El tiempo…

—Si, justamente el tiempo. Hay que dejar que pasar unas semanas, amor. Y si percibimos algo malo en el ambiente… entonces nos mudaremos.

El rubio le tomó de la mano, y ella sintió cómo esa tersura tan espléndida le demostraba que, a pesar de todas las tribulaciones experimentadas, el amor que sentían estaba todavía atesorado interiormente, guardado a través de celosías, puertas… Oh, mi amor, quería susurrarle, amémonos cómo lo hacíamos antes, querámonos mucho, tanto que nos dañe. Mi amor, mi amor, le gritaba por dentro, intentando demostrarle que aún lo quería, quería bramar hacia el cielo, hacerlo entender que todavía sentían afecto… ¿Lo seguiría sabiendo? Es que estaban tan olvidados… tan abandonados, oh.

Sabía que había algo dentro de sus ojos, en el despertar de su sonrisa. Ella sabía que aún se necesitaban. Ella lo sabía.

Antes que se diese cuenta, lo tenía aferrado de los labios. Saboreando ése pequeño pedazo de cielo que existía en Draco, ah… El sabor paradisíaco que poseía la boca de ése muchacho. Ay, Dios. Lo abrazó, le acarició el cuello, el pelo, con la otra mano tocó su rostro, las manos del chico la abarcaban el tórax, arrullándola como si quisiera que eso no terminase nunca. El roce de su piel la hacia perder el control, como antes… Era tan simple y tan difícil amarse.

Eran las siete y media de la mañana, a ésas horas el pequeño todavía dormía, pero ellos ya no. Descubrían, nuevamente, lo que era amarse. Dios, pensaba Hermione, Dios, que esto no termine. Estaban arrinconados, las manos de él pronto la habían desprendido de la campera que llevaba. Que no termine, que no, por favor…

Y el destino los había favorecido, pues pronto estaban envueltos en ésa bella intimidad, encerrados en su propio disfrute, cómo no lo estaban desde aquella maravillosa noche, en la que, sin saberlo, habían concebido al pequeño que hoy estaba dormitando arriba.

Si, después de todo, nada se había perdido, solo había que buscarlo… con precisión, con voluntad…

Estaba agotada, era ya de tarde, y ambos habían salido con Scorpius a la playa. La arena levantaba vuelo y anidaba en los ojos ¿Qué pasaba? Los tornados pronto llegarían, lo presentía. Se recostó sobre el pecho del rubio, y sintió el llamado de su hijo a lo lejos. Volteó la cabeza, y lo observo señalando un cangrejo de arena. Sonrió y le envió un beso.

El viento caía sobre sus hombros, al ritmo que la mano del muchacho le acariciaba el cuello. Retozaba su corazón, muy adentro, pero ella se mostraba serena, tranquila, en paz. El cabello salpicaba en el aire, el muchacho jugueteaba con él, el sol calentaba sus cuerpos, el relente que pincelaba el ambiente los refrescaba, el perfume a salitre la calmaba, la textura de la arena rozaba su piel… La vida. Los colores explotaban en su mente, se derretían frente a sus ojos con el agua. El atardecer, con sus dedos rosados, los encandilaba, los asfixiaba. Era un día hermoso, bellísimo. En un potencial tropical, ambos se seguían amando. Ése día, a pesar de estar cargado con malas noticias, era un día bueno.

Volvían a casa. La luna, que siempre la serenaba, brillaba particularmente en el cielo. Pasaron las mismas calles gastadas, los mismos negocios estibados de muggles, la vegetación a la izquierda del camino, abriéndose a la vista de los turistas, presumiendo. Los autos coloridos a una orilla, subiendo la acera para no molestar, Scorpius jugaba delante suyo, mientras ellos paseaban abrazados. Un par de vendedores ambulantes intentaron detenerlos, ofreciendo cosas inútiles y baratas. Ellos habían instalado sus negocios a la derecha de la calle, para que los autos pararan y, entonces, regatearan. Pero eso jamás pasaba, y, siendo ellos magos y con posibilidades infinitas de objetos y artilugios ¿Cabía oportunidad de venderles algo?

Los árboles sombrearon la claridad lunar, el viento empezó a arder bajo sus oídos, y ella llamó a Scorpius para que se protegieran juntos si es que otro huracán los molestaba. Sin embargo, la ventisca no duro mucho. Siguieron por su camino, unidos como la familia que eran, ahora más que nunca. Las casas del pueblo estaban aún más adelante, esperando a por ellos.

Algunos techos se alzaban por entre las palmeras y las flores, las hojas de éstas primeras parecían nacer de las tejas carmesí, las paredes blancas brillaban dentro de ésa oscuridad infinita producida por tanto verde, las luciérnagas nadaban bajo ésa cubierta esmeralda, y, oh… que bella que estaba la noche.

Los pasos se perdían en tanta oscuridad, era fácil el extravío del sonido en Bridgetown. En lo que un pensamiento tarda por cruzarse por a mente, un mapache bajó de un árbol y empezó a escarbar en un bote de basura, llamando la atención del rubiecito

—¡Papá! ¡"Nimal"! Ese…

—Se llama mapache —corrigió la pelinegra— ¿No estas cansado, amorcito?

—No… Quiero "jugal" con el "nimal" —La muchacha sonrió. Ya casi estaban en casa.

Nada había cambiado, las paredes beige se alzaban imponentes, mientras una tímida enredadera trepaba por sus muros, como el pelo descuidado de alguna Rapunzel, esperando a que su príncipe la buscara… Las flores que se abrían flabeliformes a los ojos de los curiosos, con su color delicioso tentando a robarla. Las ventanas brillaban de una manera particular ésa noche, los cristales funcionaban como espejos iluminados, la puerta de roble indicaba que nadie había entrado todavía, el pequeño jardín conservado gracias a la magia todavía conservaba su encanto, el pasto verde que rodeaba los alrededores de la casa seguía tan impasible cómo antes, no había señales de ninguna pisada… nada.

La preocupación se desvaneció de su mente y corazón. Y así lo hizo por algunos años, en lo que lo único alarmante eran unas pesadillas.

Corría, el aire casi excoriaba su piel, los ojos se comprimieron por fuerza natural, el ardor en ellos era indescriptible. Las mejillas parecían haber sido untadas con sangre, el orgullo Weasley podría mostrase en ella en ése momento. No había nadie para escuchar su petición, por favor, por favor, no te lo lleves, no… No. El terror se hundió en su alma, el miedo paralizó su cuerpo, no pudo atinar a nada más que seguir corriendo, oh, por Merlín…

Se escucharon las pisadas secundando las suyas, un eco personificado. No, ¡por favor…! pero nadie había para escucharla.

Y de repente, un grito cortó la atmósfera. Un grito que despertó a Draco Malfoy y a Hermione, ahora de veinticuatro años

—¡¿Qué te pasa?! ¿¿Estás bien?? —Fue lo primero que pudo decir el rubio, con la ropa que ella había quitado la noche anterior.

—Si… —Su pecho subía y bajaba, ajeno a ésa habitación, todavía en el estado soporífero de la pesadilla

—¿Qué…?

—Nada. Solo… un sueño

—No es la primera vez que te despiertas inquieta —Ella bajó la mirada, observando las sábanas correr por sus manos. Si, el chico tenía razón. El mismo sueño se repetía, noche tras noche. A veces dejaba escapar el grito como sentencia, otras veces no. Pero siempre lo soñaba ¿Qué podría hacer para pararlo?

—Si… es verdad

—Bueno… Estás bien —El rubio pasó su mano por su frente sudada— Que duermas bien, Herm…— sus labios tibios se posaron en su piel. Oh, chico adorado… Que descanses bien, pensó ella, pues yo no dormiré, no osaré imperturbarte con mis gritos, con mis llantos. Duerme, amor. Duerme.

Se quedó despierta, observando fijamente el ventanal. Un tanto aburrida, se colocó una bata y salió a explorar la casa. Pasó por el cuarto de Scorpius, para observar a su chiquito dormir. Tenía, por entonces, cuatro años, y era un pequeño parlanchín. Indudablemente tenía un talento para la magia. Aún en ésa tierna edad se podía apreciar la perspicacia del niño… Cierta vez se había enojado con el padre por no comprarle lo que pedía, así que, obviamente (o por lo que sospechaban) inconsciente, dejó que un armario cayera a la par del rubio, causando un estrépito caótico.

No tan solo eso, sino que, al saber ya leer, se devoraba todo lo que tenía en casa que estaba a su alcance, y, con la causa de incentivar su potencial mágico, ella le había comprado un sencillo libro de magia, con hechizos simples, para que fuese practicando. Su hijo sería el mejor, el más diestro en cuánto a magia se refiere. Si.

Lo miró allí, con su cabeza recostada en la almohada, envuelto en un sueño plácido, distante a los problemas que surgían, distante a la realidad. Su chiquito. Sonrió. Sus mejillas, que usualmente estaban pálidas, ahora presentaban una tonalidad rojiza.

Se apoyó contra la pared, y, mientras luchaba contra el sueño, las imágenes de lo que había hecho más temprano volvieron a su mente. Si, luego de divertirse un rato, ella había decidido dormir. Pero ¡Que terrible error! Hacía una semana que los sueños ya no la atacaban cómo antes, por eso había supuesto que esta noche no sería la excepción. Pero… la racha había empezado nuevamente.

Intentó recordar el sueño. Aunque lo soñaba constantemente, jamás se acordaba de él. Eran imágenes inconexas, no veía el sentido… Aunque el final, la última impresión siempre quedaba grabada en su mente, como un final horrísono: el grito.

Más nada más que esto acudía. Cerró los ojos, escapa de algo, eso lo sabía. Algo que la ¿mataría? Oh, Merlín. No sabía que le pasaba. Desde hacía años el mismo sueño arremetía contra ella, con una fuerza salvaje que desencadenaba en un solo hecho: su grito de horror.

Maldición, no seas tonta, son solo sueños, pensaba, pero… ¡Qué sueños! Por Merlín, ¿Qué significan? No pueden ser exclusivamente pesadillas. Algo deben significar… ¡Pero qué dices!, una voz le contradijo adentro suyo, es una mentira, los sueños nacen de nuestra distorsionada imaginación, de nada más. Su significado es mi paranoia, simplemente eso. Mi paranoia…

Se oyó un sonido abajo, ¿Lo ves? Son tus paranoias, seguía pensando, Ahora, seguramente oirás la puerta abrirse… Oh, ahí está…

La transpiración le empezó a correr, sí. Había oído la puerta abrirse… ¿Y eso qué significa? Nada, Hermione, nada. Es sólo tu mente. Ahora te aproximas a Scorpius ¿Piensas en serio que él te protegerá, pedazo de cobarde inmunda? Oh, mira, aquí tu distorsionada mente de nuevo. Oyes murmullos ¿Alguien te dijo alguna vez que dejas volar demasiado tu cerebro? Antes no eras así… ¿Antes? Antes eras otra persona, no Piaggia, antes… antes eras Hermione.

Espectacular, ahora estás melancólica…

Cerró los ojos, y escucho el palpitar de su corazón. No, por favor… Qué no sea…

Pock, puck. El sonido de las pisadas ajenas martillaba en sus oídos. Las voces se hacían aún más audibles. Oh no… La sangre pareció detenerse, su pulso bajó, los oídos se nublaron, no, no, no, no…

Lentamente sacó su varita de la parte trasera de la bata. Jamás se separaba de ella, por temor. Retrocedió unos pasos. Una risa recorrió la casa, como una sentencia ¿Qué haría? Oh, Merlín… El temblor en sus dedos se incrementó, un cosquilleo desagradable se dilataba en su organismo. Alzó a Scorpius, y dejó la habitación del pequeño, con éste en brazos. Sintió una explosión, y no pudo evitar dejar escapar un grito de desesperación. Ay, no… el corazón se le llenó de un dolor previo, el terror se subió a su cabeza, mareándola, el niño seguía durmiendo. Abrió la puerta de la habitación de una patada, despertando a Draco

—¿Ahora qué…?

—¡¡RAPIDO, RAPIDO!! ¡¡ESTAN ABAJO!! ¡¡ELLOS…!! —Lágrimas ácidas devoraron sus ojos, su piel, sus mejillas. Oh, no, no, no…— ¡¡RAPIDO, RAPIDO!!

—¿¿Qué dices?? ¡¡Es…!! —Las pisadas rebotaron contra las paredes, al igual que el llanto de la mujer

—¡¡VAMONOS!! ¡¡SALTAREMOS POR EL BALCÓN, PERO…!! ¡¡VAMOS!! —Ella hizo explotar los vidrios del ventanal, para poder salir sin problemas. Lo siguiente que hizo fue hacer un hechizo somnífero hacia su hijo. No debía despertar por nada en el mundo

—¿¿PERO QUE ESTAS HACIENDO, HERMIONE??

—¡¡DRACO, POR FAVOR, AYUDAME, NO SÉ… ESTAN…! —La puerta de la habitación se abrió de golpe, unas figuras encapuchadas se mostraron. El corazón palpitante de la mujer se detuvo por una fracción de segundo. Seguía exánime, cuándo una llamarada verde, como una antorcha despidiendo sus flamas en la noche, dio con el corazón de Draco. No…

No gritó, no lloró. La tensión de sus músculos desapareció, no… veía el cuerpo caer, los ojos grises del muchacho se abrieron por última vez, con una expresión de horror reflejada en su rostro. Su mirada perdida… no. Su cuerpo caía, caía… mientras el sonido de las lágrimas de la muchacha se hicieron escuchar. El ritmo mortuorio, el maldito ritmo mortuorio era el que marcaba el compás, los segundos. El cadáver cayó al suelo. Un dolor que parecía infectado de electricidad divagó desde el rincón más pequeño del alma hasta su cuello, dónde se ahogó completamente. El aire de los pulmones escapó, disnea… eso era, la bendita disnea la terminaría por derribar. Aún sostenía a Scorpius, pero ya casi no sentía. Dejó su cuerpo, aún aferrado al de su bebé, caer junto al de su esposo, de su novio, de su amante, de su mejor amigo, de su acompañante, de… de su rubio preferido. El amelcochado de su pelo no brillaba, la luna lo había olvidado. El cosquilleo de terror la había paralizado, la soledad la estaba destrozando. No. Draco no podía morir. Era una pesadilla, otra más, solo otra más. No, no, no…

La marea no se llevaría su amor, no podía morir, él no podía morir. No, no, no. No, por favor… La oscuridad de la noche teñía su piel, ocultándola. El sonido desaparecía, todo se iba disipando… Levantó la vista, más lo único que vio fueron más sombras… Empezó a temblar, sentía el frío que carcomía por dentro, más no se podía quejar. Lo sostuvo aún más, no oía ni veía. El tacto pronto la abandonaría… Moría y lo sabía. Pero no podía… Moría, horrible y execrablemente. La gelidez le quemaba. Lo aferró aún más contra sí. Se sentía desfallecida, sus miembros no le contestaban, sus miembros no soportaban ¿O era ella? Sintió como la tierra bajo sus dedos iba desapareciendo. La nada ¿Era eso lo que le esperaba? La nada… tan terrible y tan esplendorosa. No más sufrimiento. La nada… podría llevarla, pero no a él. No a él, no a su chiquito. A ella sí, pero no. Debía soportar aunque la asfixia la estaba consumiendo. Soportar la quemazón que se cernía ésa noche en su corazón. ¡La quemazón! Cómo un trueno le inundó el corazón, salpicando sus miembros. Sintió las lágrimas escurrirse por sus ojos. Era maravilloso poder llorar, poder sentir… el fuego de la vida derritió el frío que la consumía, la revivió. Miró hacia arriba, agitada. Sus pulmones se llenaron de oxígeno nuevamente. Respiraba… El viento, el rozagal le rozó el rostro. Sintió su caricia como una bendición. Bendición. Sus ojos, dilatados, se comprimieron al notar la luz flirteando con sus pupilas. Las estrellas, la luna. La centella del cielo era una capa fina sobre su cuerpo. Vivía, vivía y lo sentía. Las hojas de los árboles se escurrieron por sus dedos, más sus oídos captaron el clamor de los mortífagos. El terror se volvió nuevamente sobre su pecho, pero ya nada podía hacer.

Oye estúpida, por fin damos contigo, ése inmundo pelirrojo te delató, fue lo único que logró oír. La tomaron por un brazo y la separaron de Scorpius. Ella gritó, les dijo que se suicidaría si le quitaban a su hijo, pero la ignoraron.

Lo siguiente que supo fue que despertó en una habitación ajena a cualquier recuerdo.

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