Capítulo 21

Secretos

Los ojos color esmeralda del nuevo cuerpo del joven Orión centellaron en medio de aquella densa oscuridad. Comprendía poco de lo que estaba sucediendo, sin embargo la alegría de saberse vivo después de tantos años era mucho más poderosa que cualquier tribulación que castigara su alma en ese mágico instante. Y por encima de ese gozo infinito estaba ella: Artemisa.

La hipnotizante visión de la diosa frente a él era más que suficiente para arrancarle las palabras de la boca. Ella permanecía tal como la recordaba; joven, bella y exquisitamente dulce. El tiempo parecía haberse detenido en su amada preservando cada una de las cualidades que llevaron a Orión a hundirse en el más profundo de los amores por una diosa que se encontraba fuera de su alcance. La torpeza de ambos fue creer que los dioses poseían corazones, que aquel amor que ambos se profesaban en secreto sería capaz de vencer el enorme abismo que se abría entre ellos. Y el Olimpo no les perdonó. La vida del mitológico cazador fue cegada por las manos de la diosa a la que un día juró proteger y a la cual entregó su corazón.

- Perdóname. -balbuceó Artemisa intentando dejar atrás del llanto.

Él la miró a la distancia.

- No tengo nada que perdonarte. -le respondió con serenidad dando un paso hacia Artemisa.

- Yo fui quien terminó con tu vida. -se apresuró a contestar la rubia agachando la cabeza mientras retrocedía con la intención de mantener los pocos metros que les separaban.

Orión se detuvo al comprender que ella no le quería cerca, entendió que por alguna razón aún no estaba lista para ser tocada por él. Decidió darle espacio.

- No fuiste tú quien me asesinó, fue él y lo sabes bien. Fue él, Apolo.

Artemisa apretó los puños con rabia. Su respiración se tornó pesada y agitada al recordar con infinita rabia el cruel engaño del que había sido víctima a manos de aquel que se decía su hermano. Se ocultó entre en las hebras de cabello que caían sobre su cara y cerró los ojos con fuerza como si aquella acción pudiera eliminar los dolorosos recuerdos que la atormentaban. Por años había tratado de convencerse a sí misma que nada pudo haber hecho contra el artificio del poderoso dios del Sol, pero la culpa de no haber reconocido al hombre al que decía amar podía mas con ella que las miles de excusas que se creó para consolarse.

- No te culpo de nada, Artemisa. -la voz que le llamaba la hizo llevar la mirada hacia Orión.- Sé que tú serías incapaz de levantar tu mano contra mí, que la única forma que Apolo consiguió separarnos fue tendiéndote una trampa. Además, si acaso, debería agradecerte lo mucho que has batallado para traerme de regreso.

Un rubor escarlata invadió las mejillas de la diosa de la luna al escuchar las palabras del castaño. Sus ojos amarillos se humedecieron al presenciar la dulce mirada que Orión le dirigió al verla tan desvalida y perdida en su propio sufrimiento. Ella se sintió aún más devastada. Lo último que quería era que él la viera en ese estado, no quería que sufriera por su causa, sin embargo eso era justamente lo que conseguía al ahogarse en su propio remordimiento.

Temblorosa, Artemisa consiguió acercarse a Orión hasta tenerlo a escasos centímetros de ella. Alzó el rostro para que sus miradas se encontraran permitiéndose perderse en ese hermoso par de ojos verdes que la observaban sin tregua. Con temor guió su mano hasta el rostro del santo, la punta de sus dedos se deslizó con ternura y suavidad por la piel de las mejillas del hombre frente a ella. Delineó el masculino rostro lentamente memorizando el nuevo semblante que lucía su joven amor obsesionada por buscar en esas facciones algún vago recuerdo de lo que Orión fue en su vida anterior. Su mirada se encontró con los labios de él y, sin que pudiera evitarlo, los deseó. Imaginó lo que sería sentir el tibio toque de esa boca sobre la suya, el dulce sabor de los besos que por tanto tiempo había anhelado experimentar.

Las manos del que fuera santo de Leo parecieron reaccionar a la cercanía de la diosa posándose sobre la cintura de la rubia buscando evitar que se alejara de él. La asió con firmeza aproximándola celosamente a él. Por un instante Artemisa separó su vista de la de él para fijar los ojos en el ancho pecho mientras sus delicadas manos lo recorrían sintiendo cada uno de los músculos debajo de la delgada prenda que le cubría. Tragó saliva al sentir que el auto control se escapaba de ella. Lo tenía tan cerca que el embriagante aroma de Orión enloquecía sus sentidos, el calor que emanaba de su cuerpo la envolvía robándole la razón, incluso el ambiente que les rodeaba conspiraba contra la cordura que ambos trataban de mantener.

Cuando la diosa cazadora volvió a levantar el rostro la tibia caricia de sus alientos sobre el otro les reconfortó. Poco a poco el espacio entre sus bocas fue desapareciendo. Con cada centímetro que iban librando, el ritmo de sus corazones se aceleraba y una ola de calor corría por sus venas embraveciendo su sangre. Por fin sus labios se unieron en un tierno y suave beso que desató en ellos los recuerdos del pasado que compartieron.

- Te extrañe tanto… -murmuró Artemisa rompiendo el contacto de sus bocas.

El joven le sonrió cariñosamente. Apartó con ternura los mechones rubios que cubrían parcialmente los ojos ámbar de la deidad griega con la intención de poder observar sin obstáculos su hermoso rostro de plata.

- Pero ahora estamos juntos y esta vez nadie va a alejarme de ti. -respondió Orión para luego depositar un beso en la frente de la diosa y abrazarla con fuerza contra él.

Ella se aferró a él con desesperación. Sus brazos le rodearon mientras su rostro se refugiaba en el pecho del santo tratando de ahogar los gemidos que le arrebataba el llanto. Artemisa no podía dejar de pensar que le había recuperado. Con otro rostro, otro nombre, otra voz y otros labios, pero era él, Orión; ese que se había enredado en su alma desde su primer encuentro y al que ella había prometido traer de regreso aún a costa de su propia vida. Pero más allá de la ilusión de su regreso, para la diosa no todo era felicidad. Tenía miedo de perderlo de nuevo, de verlo alejarse sin más remedio que preguntarse si alguna vez, en otra vida, se volverían a encontrar. Se reprendió mentalmente por albergar semejantes pensamientos, ya no era momento de sufrir pensando en una tragedia que probablemente nunca llegaría, ahora tenía que comenzar a vivir de nuevo al lado del amor al que había esperado por años.

Permanecieron unos instantes cobijados en el cálido abrazo y, no fue sino hasta que Artemisa se separó un poco para poder observar su rostro que la caricia se rompió. A pesar de que sus ojos amarillos aún se encontraban enmarcados en rojo como consecuencias de las lágrimas que había derramado, Orión se regocijó al contemplar como la paz regresaba lentamente a la cansada mirada de su amada. Le fue imposible contenerse y de nuevo la besó.

La diosa cazadora gimió ante el placer que experimentaba gracias a aquella boca que se aferraba a la suya. Sus lenguas se entrelazaron envueltas en una batalla por controlarse la una a la otra mientras sus respiraciones se acortaban ahogándose en la pasión. Artemisa le tomó de la nuca, enredó sus dedos en los cabellos castaños y rebeldes del santo tratando así de retenerle, intentado con ello persuadirle de separar los labios de los de ella. Poco le importaba si comenzaba a quedarse sin respiración, no quería volver a sentirle lejos de ella, ansiaba el saborear su boca apretada contra la de ella.

Para su desencanto Orión fue el primero en terminar el beso, pero no pasó mucho antes de Artemisa volviera a jadear de placer al sentir la húmeda boca de su amante recorriendo su cuello. Suspiró pesadamente cuando el tibio aliento de Aioria golpeó su piel haciéndola enchinarse ante la sublime sensación. Podía sentirle subiendo hacia su oído, dibujando con sus besos un sendero de deseo y pasión sobre la virginal piel. La calidez de la respiración del cazador contra su oreja le estaba enloqueciéndola, la llevaba lentamente a perderse en el placer que él le ofrecía.

- Te amo. -Orión susurró sensualmente en su oído.

El corazón de la diosa brincó dentro de su pecho. Sus latidos se desbocaron y sintió un escalofrío recorrer su espalda. Había escuchado perfectamente las dos palabras, tan simples como poderosas, que Orión recién había pronunciado. Le faltó el aire para responderle. Anhelaba con todas sus fuerzas corresponder esa declaración, quería gritarle enloquecida de pasión que también le amaba, sin embargo la sorpresa había podido más con ella. Balbuceó algunas palabras incomprensibles porque su lengua parecía negarse a funcionar; su mente estaba en blanco pero su corazón ardía de amor. Lloró ante la impotencia de no poder decirle cuanto le amaba.

Las lágrimas tocando sus labios parecieron despertar su boca dormida y en medio de un suspiro, la ardiente verdad guardada celosamente en su corazón vio la luz.

- Yo también te amo.

Orión sonrió. El júbilo que experimentaba en ese glorioso momento era indescriptible. Saberse amado de la misma forma en que él la amaba a ella era todo lo que necesitaba escuchar, no necesitaba nada más. Podía morir y bajar al infierno mil veces con tal de oír de nuevo tan maravillosas palabras en la suave voz de su diosa. Volvió a besarla, a rozar su boca sedienta de los rojos labios de la diosa de la Luna, la quería para sí y para nadie más. Lo que comenzó con un inocente beso, se transformó en una demostración incandescente del deseo que habitaba en la pareja de amantes.

Las masculinas manos del santo descendieron lentamente por la espalda de Artemisa hasta encontrarse con el lazo de su cintura que mantenía la túnica de la cazadora ceñida a su cuerpo. Pasó sus dedos por el nudo y, sin poder resistirse más, comenzó a desatar aquel obstáculo. Hábilmente consiguió deshacerse de la tira de piel que cayó al piso víctima de la gravedad. Cuando los dedos del que fuera Santo de Leo se escabulleron entre los ropajes de Artemisa, un gemido escandaloso salió de la boca de ella ante el contacto de sus pieles. Sostuvo entre sus manos el rostro del hombre por el que tanto tiempo había esperado. Quería devorarlo a besos, besarlo hasta morir entre sus brazos, anhelaba sentirlo en plenitud.

Con cuidado, Orión desnudó unos de los hombros de la diosa y depositó sobre ellos un cálido beso. La vio sonrojarse y no pudo reprimir una sonrisa. Adoraba ese aire de inocencia y pureza, ese candor que irradiaba de la joven diosa. La besó otra vez, esta vez en el oído y sintió la nívea piel enchinarse bajo sus labios. Mordisqueó juguetonamente el lóbulo de su oreja haciéndola soltar un tímida risa. Artemisa entonces buscó de su nuevo los labios del joven desatando en ellos un beso aún más pasional que los primeros, una caricia tan tierna como sensual. Se consumieron en el éxtasis del momento, una fiesta de gemidos y jadeos hizo acto de presencia encerrándolos en un mundo de deseo al que no estaban dispuestos a resistirse por más tiempo.

Artemisa sintió su cuerpo caer delicadamente sobre el mullido lecho de la habitación. Instantes después experimentó la deliciosa sensación del cuerpo de su amante sobre el suyo para que ambos volvieran a perderse en la guerra de caricias que iniciaron. Su respiración, corta y pesada, delataba el peligroso juego que habían iniciado y que ahora les tenía a su completa merced. Los pensamientos se nublaron en ellos mientras las sensaciones prevalecían con una fuerza arrebatadora.

- Te amo, Marin… -le susurró el hombre al oído con una voz cargada tanto de pasión como de amor.

Como si un puñal atravesara su pecho, Artemisa detuvo sus caricias ante la inesperada confesión, posando sus manos sobre el pecho del santo le obligó a retroceder. Cuando sus miradas coincidieron, ella se dio cuenta que Orión estaba quizás más sorprendido que ella. Lo vio llevarse las manos a la cabeza para enredarlas en los rizos castaños como señal de la terrible confusión que sentía.

- ¿Quién es Marin? -se preguntó con un murmullo mientras sus ojos verdes vibraban con incredulidad.

Conmovida por ese angelical rostro que se perturbaba con los sentimientos encontrados, la cazadora le acarició la mejilla con ternura.

- ¿Quién es este hombre? -la confrontó Orión dispuesto a obtener respuestas, sin embargo ella esquivó su mirada.- Artemisa, te hice una pregunta.

- Ese hombre estaba casi muerto cuando lo encontré. Lo único que hice fue mantenerlo con vida hasta conseguir que su cuerpo aceptara tu alma, pero de no haber sido por mí estaría sufriendo en el Infierno, así que técnicamente, ese hombre murió.

- Y si estaba muerto, ¿por qué pudo hacerme pronunciar el nombre de esa mujer?

- No lo sé, a lo mejor fue un impulso de la memoria residual, incluso es posible que algunas de sus memorias reaparezcan en tu mente.

Él la observó con los ojos ligeramente entrecerrados. No iba a negarlo, pensar en tener los recuerdos de alguien más en su mente le parecía demasiado extraño, sin mencionar que resultaba preocupante que ese "alguien" tuviera la fuerza para hacerle pronunciar el nombre de una mujer desconocida.

- Él la amaba. -dijo Orión agachando la cabeza.

- ¿Qué?

- Él en verdad amaba a esa mujer, a Marin. -alzó el rostro para ver a los ojos a la diosa.

Quizás fue la culpa, pero Artemisa pensó ver en esa mirada un toque de reproche. Bajó la cabeza sin saber exactamente que debía responder, su mente era un lienzo en blanco incapaz de enlazar un solo pensamiento correcto.

Permanecieron unos cuantos minutos en completo silencio hasta que un poderoso cosmos adentrándose en sus dominios le robó la tranquilidad a Artemisa. Rápidamente se levantó de la cama, tomó la cinta de su ropa que yacía en el suelo y tras arreglarse lo mejor que pudo, regresó a Orión quien solamente la miraba sin entender nada.

- Apolo esta aquí. -le dijo mientras le acariciaba la mejilla con delicadeza.- No temas, quédate aquí que mientras estés en terreno dedicado a mí, él no puede ni verte ni sentirte. Yo te protegeré, eso no lo dudes.

Depositó un beso en los labios del joven y abandonó la habitación para ir en busca de su gemelo. Con la ansiedad haciendo estragos en sus nervios, la diosa de la Luna caminó de prisa por su templo hasta encontrarse frente a frente con el dios pelirrojo.

- Hermano. -saludó al dios de astro rey.

- Artemisa, ¿cómo has estado? -la mirada cerúlea de Apolo recorrió el templo como si buscara algo en el lugar.

- Bien. -respondió con sequedad la joven sin pasar por alto la conducta de su igual.

- Has estado ausente del templo principal en los últimos días, de hecho ni siquiera te he visto salir de aquí, ¿segura que todo esta bien?

- Sí, estoy segura, ¿qué está pasando?

- Espero que nada. -el dios del Sol la miró con sospecha.

- ¿Podrías dejar de hacerlo? Deja de cuidarme como si fuera una niña pequeña. Al igual que tú, yo soy una diosa y poseo un poder tan grande como el tuyo. No necesito que me protejas y ciertamente tampoco necesito tus celos fraternales.

- No has hecho un buen trabajo ocupándote de ti misma. Siempre cediendo, siempre dejando que los demás pasen por encima de ti y, para colmo está ese estúpido, ese…

- Cuidado con lo que vas a decir. -interrumpió Artemisa rogando porque la voz no se le quebrara.- No te atrevas a mencionar su nombre con tu sucia boca.

- ¿Disculpa? ¡Sigues defendiendo a ese hombre que atentó contra tu honor como diosa y que hubiera conseguido sus infames objetivos si no le sacaba del camino! -reclamó furioso.

- Nadie atentó contra nada. Si algo sucedía era por yo así lo quise y tú no eras nadie para impedirme hacer mi voluntad.

- Soy tu gemelo, fui yo quien se encargó de protegerte de Hera y de todo aquel que alguna vez intentó hacerte daño. -él la tomó de los hombros con cuidado y, cambiando radicalmente su actitud agresiva por una más comprensiva, la miró fijamente.- Artemisa, soy tu hermano y te quiero, por eso me preocupo por ti.

La diosa de la Luna desvió la mirada de su hermano. Le odiaba cuando mostraba ese enfermizo interés por mantenerla a salvo, un cariño intenso que la ahogaba en vida y que le privaba de una libertad que solo se había atrevido a soñar. Le dejó abrazarla aunque la molestia nunca se borró de su rostro. Disimuladamente se soltó y, dirigiéndole una última mirada con sabor a recriminación, se dio la media vuelta para regresar por donde había aparecido.

Apolo la observó perderse en su templo. Cuando la diosa hubo desaparecido recorrió con la vista el lugar, no podía sacarse de la cabeza que algo no estaba bien ahí.

- Voy a averiguar que es lo que escondes. -se dijo antes de salir de la edificación con destino a su recinto.


Recostado sobre la amplia cama de su nueva habitación, el santo de Géminis permanecía con la mirada perdida en el techo. Estaba furioso, y su rabia no era exclusiva para con la diosa. Al contrario, se había esforzado por buscar razones que inculparan también a todos los presentes en ese comedor al momento de la discusión con Athena. Pero poco comprendía Saga que, en el fondo de su corazón, esa mezcla de sentimientos hacia el mundo solamente reflejaba lo miserable que se sentía consigo mismo. Su mente se negaba a admitirlo y sin embargo era imposible negarse que había hecho todo mal, todas y cada una de las decisiones que tomó en los últimos días habían sido incorrectas. Se giró para esconder la cara entre los almohadones de su lecho. El sol quemaba sus pupilas de la misma forma en que la culpa carcomía su alma. Quería descansar. Necesitaba aislarse aunque fuera por unos breves segundos de todos los pensamientos que le seguían atormentando, necesitaba dormir. Apenas había cerrado los ojos cuando unos estruendosos golpes hicieron retumbar la puerta de su dormitorio.

- ¡Largo! -espetó con la voz asqueada de fastidio.

Como respuesta los golpes continuaron exigiendo que la puerta fuese abierta. Saga decidió ignorarlos y continuar con su plan de dormir al menos unas horas, para ello volvió a hundir el rostro en las almohadas intentando con ello mitigar los ruidos de afuera. Parecía haber conseguido bloquear todo a su alrededor cuando el sonido de una voz conocida hizo regresar sus insaciables deseos de molestar al mundo por ponerse en su contra.

- Shura, vámonos. Si continúas provocándole solamente conseguirás meterte en líos. -escuchó la voz ronca de Sagitario en el pasillo.

- Por un demonio, Aioros, nadie te pidió que vinieras, además alguien tiene que poner un alto a Saga. -le respondió contrariado el cabrito de oro.

- Deja eso en manos de Athena o del maestro Dohko, no es tu deber.

- No entiendes, tengo que…

La puerta se abrió silenciosamente revelando un par de ojos verdes que brillaban con evidente disgusto.

- ¿Podrían, par de señoritas, dejar de discutir en los pasillos? -Saga se cruzó de brazos y se apoyó en el marco de la puerta mientras su mirada se centraba burlonamente en Shura.

El santo de Capricornio no le veía, sin embargo no podía sacarse de la mente la idea de que la satírica mirada de Saga estaba clavada sobre él. El de Géminis lo sabía también. Estaba más que seguro que, a pesar de su ceguera, Shura era plenamente consciente de las actitudes mordaces con las que actuaba y, no entendía porque, pero algo de placer sacaba de ver enfurecido al cabrito dorado. El más joven apretó los dientes rebuscando en sí mismo hasta la última gota de autocontrol que pudiera encontrar, tenía un par de cosas que decirle a Saga y no quería desperdiciar la oportunidad de actuar con la cabeza fría.

- Te dije que seguiría con esa actitud.- Aioros le habló a Shura ante la conducta de Saga no sin obsequiarle la peor de sus miradas al peliazul.- Vámonos de aquí, en ese estado es imposible hablar con él.

- Arquerito, esto no es asunto tuyo. Si Shura quiere decirme algo, déjale, estoy más que dispuesto a escucharlo.- intervino Saga con una retorcida sonrisa en su boca.

- No, no lo hará porque pienso llevármelo.

Aioros tomó del brazo a Shura dispuesto a no dejarlo a merced de un Saga que poseía la rara habilidad de jugar magistralmente con las mentes de los demás. Grande fue la sorpresa del santo de Sagitario al percibir el rechazo de Shura.

- Shura… -pronunció su nombre atónito de que siguiera con el juego de Saga.

- No, Aioros. Saga tiene razón, esto es entre él y yo.

- ¿Qué les parece? El pequeño Shura aprendió a pensar por sí mismo. -Aioros atravesó con los ojos a Saga ante semejante comentario.- Vamos arquerito, ¿no me digas que no te habías dado cuenta que Shura es muy bueno para obedecer? -el de Capricornio se tensó adivinando lo que seguía.- Cuando Ares le mandó asesinarte, ¿qué hizo? Siguió órdenes. Cuando revivimos para atravesar los doce templos en busca de la cabeza de Athena, ¿crees que habría podido hacerlo sin mí al mando? Por supuesto que no, él solo sigue órdenes.

Apenas había terminado de hablar cuando se vio obligado a hacer uso de sus maravillosos reflejos para evitar un golpe de Shura dirigido directamente hacia su rostro. Tiró el cuerpo hacia atrás consiguiendo con ello salirse de la ruta del puño del santo de la décima casa y, con una habilidad impresionante, alcanzó a tomarlo de la camisa para empujarlo hasta hacerle golpear la pared detrás de él con la espalda.

- Creí que querías hablar. -le escupió entre dientes clavando en él sus ojos verdes.

- Maldito. -masculló el de cabellos oscuros.

- Sí…maldito, eso es lo que soy. Mil veces maldito por los dioses y por el destino.

Los ojos azules de Aioros se centraron en Saga. Captó en el duro semblante del santo de Géminis un dolor que pocos podrían comprender y que él mismo había sido incapaz de reconocer trece años atrás. Ese dolor combinado con desesperación, la impotencia matizada con frustración, ese sentimiento de rendición del que tanto había escuchado y que llevó a un desesperado a Saga a arrancarse la vida en las manos de su diosa. De repente, se sintió desarmado ante su compañero, ignoraba como debía actuar y el pánico de desencadenar un desastre aún mayor le envolvió. Las memorias de los últimos días antes de su prematura muerte volaron de regreso y en ellas se observó a sí mismo como un simple espectador. Saga fue su mejor amigo y no había hecho nada para ayudarle, ni siquiera se percató del cambio de conducta en el gemelo y las consecuencias habían sido más que funestas; no podía, no podía verlo caer de nuevo en la oscuridad.

Su mirada brilló con determinación mientras su mano se posó con firmeza sobre el hombro de Saga que aún presionaba a Shura contra la pared.

- No te voy a permitir destruirte otra vez. -habló el de la sagita.

El santo de Géminis respondió con un manotazo. Bruscamente se libró de la mano de Aioros sobre él, sin embargo jamás soltó el fuerte agarré con que mantenía a raya al español. Sus ojos viajaron hasta el castaño para observarlo con rabia.

- ¿Y crees poder salvarme? -una irónica mueca apareció en el rostro de Saga.

- Voy a ayudarte, te impediré seguir con esta locura, pero el único que puede salvarte eres tú y nadie más que tú.

- Ridículo, tu ingenuidad es de admirarse.

- Llámalo como quieras… -Aioros bajó la cabeza escondiendo la mirada detrás de las mechas castañas de su cabello.- ¡Pero no voy a perder a mi amigo de nuevo!

En un santiamén, el de la novena casa le sujetó el brazo y haciendo uso de su fuerza le aventó contra la pared del lado contrario obligándolo con ello a soltar al cabrito dorado. Con una habilidad que incluso Saga encontró extraordinaria, Aioros consiguió inmovilizarlo apretándolo de frente con la pared mientras que su brazo fue torcido hacia atrás.

Shura observaba con ayuda de sus cosmos toda la escena intentando procesar la mayor información posible de ese duelo entre los dos santos más emblemáticos de su generación. No podría decir que era más sorprende, si ver a Aioros imponiendo su fuerza sobre la de Saga o ver al gemelo en aparente desventaja; cualquiera de las dos opciones parecía irreal.

- Escúchame bien, los demás salen hoy mismo hacia Hiperbórea pero yo pienso quedarme aquí. Hace trece años cometí el error de dejarte a merced de un dios mercenario y violento, hoy no cometeré ese mismo error.

Pudo escuchar la risa sarcástica de Saga como respuesta a sus palabras, así que para dejar en claro la verdad con la que hablaba apretó más el agarre obligándolo a tragarse un quejido de dolor.

- No estoy bromeando, Saga.

- Como digas, Aioros, solo deja en paz mi brazo, ¿quieres? -el de Géminis continuó con la burla.

- ¡Déjalo! ¿Por qué insistes en ayudarle si a él no le interesa saber nada de ti? -reclamó Shura.

- Eso a mi no me importa, lo hago porque es mi amigo.

Mil formas diferentes de mofarse de ese comentario asaltaron la mente de Saga pero, por algún motivo que no alcanzó a comprender, prefirió callar. Evitó mirar hacia donde sus compañeros estaban y centró su vista en la pared contra la que le oprimían. A sabiendas de que Aioros no le dejaría libre hasta que se tranquilizara, Saga decidió seguirle el juego. Con gusto le hubiera roto la cara de un par de puñetazos sin embargo algo dentro de sí suprimió el instinto que amenazaba con desbordarse en cualquier segundo. Al sentirle más calmado Aioros le soltó.

- Bien, si tú te quedas, yo me quedó contigo a ayudarte por cualquier eventualidad. -dijo el de la décima casa a su amigo de Sagitario.

- ¡Ah, claro! Ahora también la cabra se preocupa por mí, ¿o será por alguien más?

Ni bien había terminado de hablar, cuando Saga sintió a Shura sujetándole del cuello mientras su cosmos se desplegaba dejando al descubierto la rabia que albergaba el menor.

- Si tienes algo que decirme, ¡hazlo! ¡Deja ya esas frases a medias! -espetó furioso el cabrito dorado.

- ¿Quieres que te lo diga? -sonrió con cinismo.- Al final resultó que no eres muy distinto a Pegaso. -Saga prosiguió con una sorna insoportable.

Shura apretó con mayor fuerza la tela de la camisa entre sus puños. Su mente trabajaba a más no poder tratando de encontrar una respuesta tan mordaz como el comentario del de Géminis, sin embargo el temor de esa confesión le inundaba el alma. Lo había pensado con anterioridad, en el fondo comprendía que esos eran sus sentimientos hacia la diosa, pero también había huído de aquella incómoda verdad negándose a aceptarla.

A unos pasos de ellos, Aioros perdió el habla al escuchar a Saga. No eran necesarias explicaciones con respecto a los obvios sentimientos de Seiya hacia la joven reencarnación de su época, por lo que descubrir que algo semejante se alojaba en el corazón de su amigo hacia la mítica Athena le cayó como un balde de agua fría. Tardó unos segundos en reaccionar, pero al hacerlo decidió que no juzgaría sin tener la certeza de que la revelación del peliazul contenía algo de verdad en ella, además en ese preciso instante lo prioritario era separar a ambos santos. La situación se tornaba insostenible, por un lado el santo de Capricornio estaba excesivamente tenso y por el otro, el de Géminis continuaba con el cruel juego que parecía disfrutar.

- ¡Shura! ¡Es suficiente! -ordenó el arquero interponiéndose entre ellos al mismo tiempo que intentaba soltar el agarre del cabrito.

No lo consiguió.

- ¡Te voy a cerrar la boca a golpes! -Shura reaccionó con gritos amenazando a Saga.

- Inténtalo. -recibió como respuesta.

Ya no se podía más. "¿Dónde rayos están todos cuando se les necesita?" pensó mortificado Aioros al darse cuenta de que poco podría hacer para prevenir un enfrentamiento entre compañeros de Orden. Afortunadamente para él, la ayuda no tardó en llegar. Atraídos por el escándalo y los cosmos encendidos cuya fuerza se incrementaba con el tiempo, los siete santos restantes aparecieron sin dar crédito al lío que presenciaban. Con rapidez Aldebarán consiguió poner su impresionante figura entre los dos santos problemáticos creando espacio para que Dohko y Aioros alcanzaran a separarlos por completo.

- ¿Qué esta sucediendo? -la mirada turquesa de Dohko iba de guerrero a guerrero.

- Saga sigue actuando como un imbécil. -se quejó Shura.- Por ello Aioros y yo nos quedaremos a vigilarlo.

- No, yo me quedaré a vigilarlo, tú te irás con el resto del grupo. -Saga dejó escapar una risita de burla al oír a Aioros.

A Shura le fue imposible ocultar cuan inesperada fue la respuesta del Sagitario. Ciertamente no era lo que pensaba puesto que después de la actitud del gemelo pensó que Aioros en realidad consideraría su ayuda para mantenerlo quieto.

- ¿Qué? -preguntó.

- Dije que me quedo y tú te vas.

- Aioros tiene razón. -habló Dohko al notar la serie de reclamos que venía por parte del peliverde.- Después de lo que acabamos de presenciar dudo que seas de mucha ayuda para controlar a Saga, lo más sensato sería que vinieras con nosotros.

- Pero, maestro…

- Nada de peros, Shura. Ya escuchaste lo que dije, así que ve a prepararte; saldremos en un par de horas.

Un silencio sepulcral se levantó en medio del tirante ambiente que rodeaba a los santos. La presión se incrementó con el intercambio de miradas entre Aioros, Saga y el antiguo maestro; las cosas no serían nada fáciles para nadie en los siguientes días. Poco a poco el grupo se dispersó para continuar los preparativos para la inminente partida hacia la siguiente de sus misiones, solamente cinco santos quedaron en la inmensa soledad del pasillo. Los dos involucrados aún estaba plantados uno frente al otro dispuestos a continuar con su pleito si les fuera permitido, pero ni Aioros ni Dohko dejarían que aquel encuentro se prolongara mucho tiempo. A unos cuantos metros, Camus fijaba sus ojos verdes en los dos compañeros con los cuales alguna vez atravesó las doce casas enfundado en una sapuri. No podía creer lo mucho que su relación se había erosionado después de todo lo que compartieron en el pasado. Sacudió la cabeza desaprobando todo lo que sucedía y, soltando un suspiro, se alejó de regreso a su dormitorio.

Saga también llegó a la conclusión que era hora de retirarse, sin embargo aún tenía algo que decirle al guerrero protector del décimo templo y no dejaría pasar la oportunidad. Se acercó un par de pasos a Shura alertándo con ese acercamiento a sus dos cuidadores.

- La próxima vez que tengas la oportunidad de matarme no dudes en hacerlo. -le susurró con una seguridad abrumadora.

Retrocedió y, tras una última mirada que a Shura le fue imposible ver, se retiró dejándole sacudido por la dureza que Saga mostraba para consigo mismo. Sintió pena por él a pesar de que no quería, aquel era un hombre atormentando por su propio espíritu.


El dios de cabellos turquesas avanzaba con paso firme por las amplios pasillo del templo en el cual moraba. El repicar de las míticas sandalias aladas cada vez que golpeaban el piso se apreciaba claramente en medio de la ensordecedora afonía, sin embargo aquel sofocante silencio no parecía molestar en lo más mínimo a Hermes. Dejó escapar un bostezo lleno de fastidio, estaba aburrido.

Las hebras de cabello caían juguetonamente sobre su rostro meciéndose al ritmo de sus pasos mientras que su mirada se escondía tras las sombras que producían los mechones turquesas. Más allá del aburrimiento, su postura desenfadada revelaba la tranquilidad que envolvía al mensajero divino en ese momento, nada en él delataba alguna posible falta. Su adormilada mirada desapareció en un segundo cuando observó a final del corredor la estilizada silueta de una diosa a la que conocía perfectamente bien.

- ¿Tú? ¿Aquí en mi templo? ¿En qué puedo servirla Su Majestad? -preguntó haciendo una satírica reverencia a la joven frente a él.

- Ahórrate tus ironías Hermes, tenemos que hablar. -Perséfone no se inmutó y de inmediato comenzó el camino hasta una de las múltiples salas de bienvenida del templo.

- Claro, adelante…estas en tu casa.-masticó entre dientes el mensajero visiblemente contrariado ante el exceso de libertad que se tomaba Perséfone.

Bufando maldiciones apenas entendibles siguió con resignación a la peliverde. Con pasmosa seguridad la reina del Inframundo fu recorriendo los complicados pasillos del templo del dios de los viajeros sin preocuparse por las constantes quejas de quien le seguía. Ella conocía a la perfección aquel santuario ajeno. Había estado ahí una infinidad de veces cuando aún era soltera y Hermes la cortejaba, así que no existía ningún secreto que ella desconociera de ese lugar. Podía sentir sobre ella la penetrante mirada de peliazul, le sentía observando atentamente cada uno de sus movimientos buscando en ellos alguna señal que le condujera al verdadero motivo de su visita.

Perséfone sonrió al descubrir la curiosidad que su presencia despertaba en el mensajero divino. El rostro masculino brillaba con cierta inocencia que sería capaz de engañar a quien no conociera la verdadera personalidad detrás de esa candorosa fachada. Nadie lo sabía, pero esa candidez que emanaba de la juvenil figura de Hermes alguna vez consiguió engañar el agudo instinto de la emperatriz de los muertos; su ingenuidad la había llevado a verlo como alguien completamente diferente a su verdadera forma.

No tardaron en llegar hasta un largo pasadizo a cuyos lados se divisaban un sinfín puertas de madera que permanecían cerradas. Perséfone eligió una de ella abriéndola sin temor e invitándose a sí misma a entrar a la habitación que resguardaba. Un amplio salón se reveló ante los ojos rosas de la diosa. Al fondo, dos majestuosas estatuas de mármol con forma de mujeres ataviadas con ropajes griegos sostenían las elegantes cortinas de color rojo bajo las cuales descansaba el regio asiento destinado al dios regente. Dejando atrás toda cortesía, la de cabellos verdes tomó asiento en el trono cruzando las piernas y mirando con evidente reto en los ojos a un sorprendido Hermes.

- Estás consciente que ese lugar esta reservado para el señor de este templo, ¿verdad? -se quejó con sarcasmo el dios de los ladrones.

- ¡Qué modales los tuyos Hermes! ¿Eres tan caballeroso con todas tus visitas o solo conmigo?

- Y luego dicen que el cínico del Olimpo soy yo. -replicó de inmediato Hermes al mismo tiempo que se soplaba los flequillos y desviaba la mirada de la mujer.

Ella sonrió con descaro ante la infantil conducta de su igual.

- Habla rápido Perséfone, ¿qué rayos haces aquí?

- Tenemos que hablar…

- ¿Hablar? -interrumpió el dios.- Yo pensé que venías a algo más interesante. -le dijo sin ocultar el brillo de lujuria que resplandeció en sus ojos azules.

- Cuida tus palabras querido Hermes, si mi esposo llegara a saber que todavía sueñas con verme enredada en tus sábanas dudo mucho que la pases bien.

- Nadie dijo algo sobre mis sábanas, pero…

Perséfone alzó una ceja con evidente disgusto, había olvidado lo exasperante que podía ser el dios de los viajeros cuando se lo proponía.

- ¿Qué hiciste con los santos de Athena? -preguntó sin más rodeos.

La incredulidad reflejada en el semblante de Hermes logró sembrar la duda en la reina del Inframundo. Se veía realmente sorprendido por la pregunta que ella le planteó, sin embargo la habilidad para el engaño que poseía el de cabellos turquesas era de temer, así que poco podía confiar en él.

- No tengo idea de que me estás hablando. -por fin respondió el joven taladrando con la dureza de su mirada a su interlocutora.

- ¿De qué estoy hablando? De los dos santos de Athena que están desaparecidos, de ellos estoy hablando.

-Entonces linda, estas buscando en el lugar equivocado. Esos hombres están muertos, tal vez deberías regresar a los oscuros dominios de tu esposo y buscarles ahí, aunque conociendo a Hades no me sorprendería que tuviera sus almas recluidas en algún tipo de prisión especial sometiéndoles por la eternidad a toda clase de tormentos-una retorcida sonrisa se dibujó en los labios del dios al pensar en la maquiavélica idea.

- ¿Me tomas por idiota? -Perséfone se puso de pie abandonando el trono.- Los santos no están en el Inframundo, ni siquiera están muertos; y eso me lo ha confirmado el mismo Hades, así que te repito la pregunta, ¿qué hiciste con ellos?

- Y yo te repito mi respuesta: no sé de que demonios estás hablando. -escupió las palabras.

- No estoy de humor para tus estupideces Hermes, dime cuál es tu interés en ellos, ¿qué estás planeando? -el dedo índice de la diosa de los muertos golpeó el pecho del joven con reproche.

Él la detuvo tomando entre sus manos con tosquedad el fino brazo de Perséfone, no iba a permitir que nadie le tratase de esa forma. Ella intentó, sin éxito, liberarse del agarre del dios. Forcejearon por unos segundos mientras sus miradas se enfrentaban en claro reto del uno para el otro. Ninguno deseaba ceder.

- Escúchame bien, Perséfone. -siseó Hermes apretando los dientes.- He sido bastante paciente contigo, pero todo tiene sus límites y tú estás a punto de pasar los míos. No tengo la menor intención de responder tus preguntas ni de saciar tu maldita curiosidad; si hice algo o no con esos mortales en mi problema y no voy a rendirte informes.

La soltó empujándola hacia atrás con desprecio. No había mentido cuando dijo que su paciencia se había agotado, nunca fue su estilo dar explicaciones a nadie respecto a las decisiones que tomaba y ciertamente no comenzaría a hacerlo ese día. Se disponía a abandonar la conversación cuando su brazo fue capturado por el firme agarre de las suaves manos níveas de la esposa de Hades.

- No creas que puedes intimidarme, quiero respuestas y las quiero ahora. -los ojos rosas de la mujer se fijaron en Hermes con desmedida furia.

Bruscamente el dios le hizo soltarle. Por un breve instante permaneció inmutable ante las reprensiones de las que era víctimas y no fue sino hasta que una pregunta cruzó por su mente que sonrió con burla.

- ¿Por qué tanto interés en lo que sucedió con ellos?

- Tengo mis razones, las cuales muy probablemente eres incapaz de comprender debido a tu retorcida mente. -Perséfone respondió dispuesta a no dejarse intimidar por el hombre frente a ella.

- Vamos, Perséfone, a mi no me engañas. -Hermes comenzó a caminar alrededor de ella observándola fijamente y disfrutando de poder molestarle aunque fuera un poco.- Quizás te esfuerzas por ser diferente a Afrodita, a Hera o a alguna otra de esas diosas manipuladoras, pero en realidad todas ustedes son iguales. Lo único que ven en ellos es la oportunidad de divertirse dando rienda a sus obsesiones con los mortales.

- ¿Y eso te enfurece? -exudando sensualidad la diosa clavó la vista en él.- Me parece que las diosas no somos las únicas que han caído ante el mágico embrujo de los mortales, ¿o me equivoco?

Hermes soltó una desvergonzada carcajada.

- Entonces tú también "sientes" algo por ellos. -le echó en cara.

- No te confundas, estimado hermano. Mi relación con ellos es totalmente inexistente. Mis razones para estar aquí van más allá de esos hombres.

- No me digas. -la encaró sardónicamente.- Seguro haces todo esto por la infinita bondad que habita en tu corazón.

- No me veo como una santa si eso te refieres, sin embargo no te debo ninguna explicación del por qué de mis acciones.

- Bien, no es algo que me quite el sueño. -se dio la vuelta para dirigirse a la salida.- Claro que eso significa que yo tampoco te debo explicaciones respecto a lo que hago.

Con paso constante y sin mirar atrás recorrió los metros que le separaban de la puerta. Por más que Perséfone gritó su nombre buscando detenerle, él simplemente ignoró todos sus llamados. Abrió con decisión la puerta que se levantaba frente a él como el último obstáculo que le separaba de su ansiada libertad pero grande fue su sorpresa al verse nuevamente detenido. Un tridente que resplandecía con la luz dorada que le envolvía se atravesó en su camino impidiéndole abandonar el salón.

- La conversación aún no termina. -la voz masculina se dejó escuchar haciéndole llevar los ojos hacia la magna figura que permanecía de pie a su lado.

Ahí, a un costado de la entrada, Poseidón observaba con sus penetrantes ojos azules al mensajero divino mientras sostenía firmemente su característico tridente que sellaba la salida del lugar. Su rostro permaneció impávido, libre de cualquier emoción, sin embargo en sus adentros sonreía al ver caer en el más profundo de los desconciertos a Hermes. Ciertamente no era común presenciar el asombro estampado en el rostro cínico del más joven, y eso era suficiente para alegrarle el día al emperador de los océanos.

Hermes maldijo por lo bajo al darse cuenta de la emboscada que aquellos dos le habían tendido. Ahora no solo tendría que lidiar con una fastidiosa Perséfone, sino que también tendría que soportar ese aire de superioridad que emanaba de Poseidón y que tanta rabia le inspiraba.

- ¡¿Qué sucede con ustedes?! ¡¿Acaso ninguno tiene la decencia de anunciarse antes de irrumpir en un templo ajeno?! -vociferó visiblemente contrariado.

Giró para regresar sobre sus pasos al darse cuenta que no tendría manera de escapar de ambos dioses, pero en ningún momento pensó en ceder ante la presión que ambos ejercían. En su cabeza se maldijo una y otra vez por haber accedido a seguir con los estúpidos planes de Artemisa, más un trato era un trato y haría honor a su palabra. Continuó su camino cruzándose junto a Perséfone sin dirigirle la mirada y no se detuvo hasta tomar asiento en el trono que le correspondía.

Con pasmosa calma, y reflejando una abrumadora seguridad, Poseidón avanzó hasta llegar al lado de la reina del Inframundo con la cual intercambió miradas que, a pesar de carecer de cualquier emoción, reflejaban cierta complicidad entre ambos. Hermes llevó sus ojos azules de un dios al otro con fastidio al reconocer que eran aliados.

- Y… ¿desde cuando ustedes dos se han erigido como defensores de los "desvalidos" niños de la señora justicia? -les interrogó con marcado cinismo.

- Desde que no es problema tuyo lo que nosotros hacemos. -fue la tranquila respuesta de Poseidón.

Hermes se respingó al no esperar esas palabras de su tío. Sus ojos celestes se fijaron inquisidoramente sobre la figura del dios de los mares quien le devolvió el gesto clavando su mirada tan azul como las profundidades del océano en él.

- ¿Por qué estas involucrado en la desaparición de los santos de Athena? -preguntó sin rodeos Poseidón.

- No sé de que hablan, ¿en qué idioma se los tengo que decir? Hasta donde sé esos hombres están muertos, así que si alguien les debe explicaciones es tu hermano quien además es el esposo de esta. -Perséfone no pudo ocultar su disgusto al ver la forma en la que el dios de cabellos turquesas la trataba.

- "Esta" es la emperatriz del Inframundo, así que debes tener cuidado de cómo hablas de ella. -el del tridente le reprendió haciendo uso de toda la autoridad que su imponente aspecto irradiaba.

- Tranquilo, tío, no te enojes por algo que carece de importancia. -si bien el carácter de Poseidón era mil veces más pacífico que el de sus hermanos Zeus y Hades, Hermes estaba consciente de que con él tampoco se jugaba puesto que, de la misma forma en que las tormentas se presentan de la nada en medio del océano, de esa misma forma el humor del rey de los mares podía cambiar intempestivamente.

- Eres inteligente al temer mi ira, ahora sigue mostrando más de ese sentido común y comienza a hablar, ¿qué hiciste con los guerreros de Athena?

El dios mensajero dejó caer la cabeza para atrás, torció la boca y descubrió que sería imposible librarse del señor de las aguas. Con la presencia de Poseidón ahí, las posibilidades de éxito de lo que fuera que Artemisa estaba planeando disminuían drásticamente y Hermes no iba a ser de los que se hunden con el barco; no señor, él era como las ratas, huía a la primera señal de desgracia.

- Tú ganas, te diré todo lo que sé. -afirmó retomando una postura más adecuada.

-Tienes toda mi atención.

- Espera un momento. -Perséfone intervino de improviso.- ¿Cómo sabremos que dices la verdad y no solo buscas la manera de alejarnos de aquí?

El dios de los ladrones la atravesó con la mirada. Cierto, era un gran mentiroso, pero realmente odiaba que no confiaran en él cuando decía que diría la verdad.

- Yo no tengo porque probarte nada, Perséfone. Si no me crees vete al carajo, por mí puedes regresarte al Inframundo a entretener a Hades, estoy seguro que tus habilidades en la alcoba son bien recibidas en estos momentos.

- ¡Hermes! -la voz autoritaria de Poseidón retumbó con el eco que se albergaba en el vacío salón.

- Vale, vale, no he dicho nada.

Los ojos azules del mensajero divino giraron con fastidio, de no haber sido por la intromisión de su tío en esos momentos sería dios libre y Perséfone seguiría vagando por el Olimpo en busca de las respuestas a sus estúpidas preguntas. Seguía lamentándose cuando su propio nombre resonó en su cabeza en la voz de alguien a quien reconoció de inmediato. Aquel que requería su presencia también se dejó sentir en toda la habitación inundándola con su poderoso cosmo. "Salvado", pensó sin ocultar una sonrisa de triunfo.

- Me encantaría quedarme a seguir esta conversación con ustedes, pero como pueden sentir, su Majestad, el Rey del Olimpo me manda llamar y ya saben como se pone cuando le hacen esperar-se excusó poniéndose de pie para salir con rumbo al templo principal.

Sin decir nada, Poseidón le permitió retirarse y no le detuvo sino hasta que escuchó la puerta del salón abrirse.

- No vas a librarte tan fácil, Hermes. -le dijo dándole la espalda.

- Lo sé. -Hermes se mantuvo quieto y perdió la mirada en la salida. Poseidón hablaba con la verdad, él no tenía opción.


Sobraba decir que el humor de Saga no era el mejor en esos momentos. Antes de que Aioros se marchara, el de Géminis había llegado a percibir esa mirada tan llena de sorpresa y preocupación como de una perturbadora decepción; eran los mismo ojos azules que recordaba de sus pesadillas, los ojos cerúleos que brillaron con infinita tristeza al descubrirle detrás de la máscara del Patriarca durante el intento de asesinato contra la bebé Athena.

Sacudió la cabeza buscando deshacerse de la imagen del santo de Sagitario, ya eran suficientes los problemas que tenía como para preocuparse también por los sentimientos del castaño hacia él. Tendido sobre la cama como estaba, se giró para quedar boca abajo y cerró los ojos entregándose unos minutos al sueño.

A pesar de dormir poco, esos breves instantes de descanso resultaron más reparadores de lo que muchas de sus noches completas eran. Abrió los ojos perezosamente. Sus verdes iris centellaron con la luz solar que se colaba a través de las cortinas con las que el viento jugueteaba. Volvió a cerrar los ojos y, recostándose con la cara hacia arriba, se cubrió la cara con el brazo.

Se mantuvo así hasta que inesperadamente sintió el peso de alguien acomodándose junto a él en la cama. Haciendo uso de toda la sangre fría que corría por sus venas, de limitó a mirar de reojo a su visitante sin demostrar uno solo de los sentimientos que desbordaron por él en ese momento. Sentada junto a él, distinguió los castaños cabellos ondulados de una diosa a la que conocía demasiado bien. Tenía que admitir que el hecho de que tuviera la osadía de presentarse en ese lugar le excitaba de gran forma, aquella adorable criatura no era solamente hermosa sino que poseía un carácter que muchos envidiarían.

Afrodita se replegó sobre el cuerpo del geminiano para alcanzar sus labios depositando en ellos un beso que él respondió sin tapujos. En silencio se observaron por algunos instantes mientras ella jugaba coquetamente con los mechones de cabello azul que caían sobre las sienes de Saga. Se retaban el uno al otro en una muda batalla en la que uno de los dos sería el primero en ceder ante la tentación que el cuerpo del otro ofrecía. Lentamente Saga se sentó recorriendo parte de la distancia que separaba sus bocas, esperando en secreto que la diosa recorriera lo que faltaba del camino. Ella lo dejó esperando unos segundos. Una seductora sonrisa se le escapó al percibir la ansiedad que emanaba del gemelo mayor con cada fracción de segundo que le dejaba en ascuas.

- ¿Me deseas?-preguntó ella con una arrebatadora sensualidad.

- No te deseo. -Saga respondió con su característica voz ronca y cargada de pasión.- Te necesito.

No fue necesario que dijeran más. Un torbellino de placer arrasó con ellos hundiéndolos en una atmósfera que sobrepasaba su razón sofocándola en sus sentidos. Las ansiosas manos de la castaña se deslizaron por debajo de la camisa del hombre que tenía a su lado recorriendo sin límites el delicioso torso. Decidió que la tela le estorbaba, no solo quería tocar, quería ver, quería recorrer con su boca ese cuerpo de pecado que estaba a su completa disposición. No se detuvo hasta que consiguió quitarle la camisa, sonrió lasciva al tenerlo de esa forma. Sus ojos esmeraldas recorrieron el ancho pecho de Saga deleitándose con la sublime visión. Le empujó para tenerlo de nuevo recostado en la cama y sin ningún reparo se sentó provocativamente a horcadas sobre él.

Pasó sus manos sobre el pecho del santo creando una enloquecedora fricción a la que Saga reaccionó con un gemido. Afrodita soltó una risita de placer.

- Shhh… -siseó posando su dedo índice sobre la boca del santo.

Su mirada centelló con travesura, el juego continuaría. Trazó con su lengua un sendero entre los abdominales del peliazul y su boca. Lenta y eróticamente recorrió su abdomen, pasó entre sus pectorales, conquistó su cuello y finalizó uniendo sus labios con los de él. Escuchar los roncos jadeos que le arrancaba la provocaba a niveles impensados. La hacía pensar en dejarle tomarla ahí mismo, sin más juegos, sin más rodeo, sin más complicaciones, simplemente anhelaba sentirlo dentro de ella. Un pequeño descuido fue suficiente para que Saga le arrancara el control. La sostuvo de la cintura y con un rápido movimiento consiguió invertir los papeles quedando él encima de ella.

- Así me gusta más. -le susurró al oído mientras la aprisionaba entre la cama y su cuerpo.

La inmovilizó tomando sus manos entre las suyas por arriba de su cabeza. Se lamió los labios dejándole saber con ese seductor gesto que esta vez el turno de jugar era de él. Bajó la cabeza para perderse en la tersa piel del cuello de la joven, lo besó y chupó dejando sobre él un invisible rastro de saliva. Siguió su camino hasta su oído. Lamió el borde de la oreja deteniéndose en el lóbulo para mordisquearlo juguetonamente. Ella reaccionó arqueándose de placer bajo él, regalándole con ese provocador movimiento un inesperado contacto de sus cuerpos que hizo al de Géminis gemir al sentirla.

El jadeo de Saga no pasó inadvertido para Afrodita quien vio en él la oportunidad de recobrar el manejo de lo situación. Siguió frotándose contra el santo, incitándole con cada movimiento, lo vio cerrar los ojos para perderse en el placer que el cuerpo femenino apretándose contra el suyo le propinaba. En ese momento de debilidad ella tomó ventaja y consiguió volver sobre él.

- Es más divertido así. -le dijo lamiéndole la mejilla.

Saga se rió. Era la primera vez en días que ser reía con sinceridad e, increíblemente, esa sonrisa se la había robado la mujer que menos esperaba. Afrodita le devolvió la sonrisa. No comprendía por que pero de todo lo que habían vivido en ese corto tiempo, aquella espontánea risa era lo más hermoso que había escuchado. Se abalanzó sobre él para besarlo. Tiernamente le besó una y otra vez.

Las manos del santo la sujetaron de la cintura, recorrieron su espalda acariciándola con delicadeza. Lentamente fue alzando el ropaje de la diosa del amor librándose del último estorbo entre sus pieles al mismo tiempo que sus bocas se besaban con desesperación.

- Saga, quisiera… -Athena entró sin previo aviso tomando a ambos amantes por sorpresa.

Se quedó muda ante lo que veía. No atinó a pronunciar palabra, solamente se congeló observando la burlesca sonrisa que se dibujó en los labios de la diosa del amor. Era obvio quien se había anotado la primera victoria en el duelo de deidades.

Continuará…


¡Ya regresé!

Capítulo algo lento, sí, pero ya saben como soy con mis círculos de acción; ya vendrán escenas más emocionantes, eso no lo duden. Como siempre un enorme agradecimiento a quienes han leído y dejado review: La Dama de las Estrellas, Cybe, Kisame Hoshigaki, Tensai, Orion No Saga, Minelava, Leonis, Anonymous-Anonimo, ELI251, Chris, Dai_Acuario, Alfa, Eowynd, marinlucero, Sanae Koneko, Luna-sj, DiCrO, Silentforce, sol angel, jaelinna, Leika-kannon, Kenshin Aoyagui, RIAADVD, Tisbe, Julio Meneses, lena-de-piscis, Kilder y tinurieaa.

Me despido de todos con un beso, nos leemos en el siguiente capítulo.

Sunrise Spirit

P.D. Para aquellos que se pregunten cuando dejaré a Saga terminar con lo suyo, déjenme decirles que algún día le daré la oportunidad ¡Lo prometo! :P