Capítulo 21 - El usurpador y la bruja
Zelda era preciosa. Perfecta.
Mientras dormía de espaldas a él, su pelo largo caía como una cascada dorada por sus delicadas curvas. Toda ella era suavidad, los hombros, el pecho, los muslos. Al fin todo eso había estado entre sus manos, lo había acariciado, besado. Su olor estaba por todas partes, no ya en la cama, sino en sí mismo. Era una sensación íntima, difícil de describir. Y el calor había vuelto. El mismo calor que le transmitió cuando se reencontró con ella, La noche de la gran tormenta. Llevaban cien años sin mirarse, sin tocarse. Y ella radiaba calor, luz. Ese calor había vuelto a encenderse esa misma noche dentro de ella mientras se abrazaban y se amaban. Era abrumador.
Ella gruñó y se giró para darse la vuelta, quedando de cara a él. Abrió un ojo entre los mechones desordenados de pelo que le caían por la cara y dibujó una sonrisa perezosa.
—Link, ¿me estás mirando mientras duermo?
—Pues…
—No me importa, puedes mirar. A mí también me gusta mirar cuando duermes.
Él se acercó un poco a ella y puso la mano sobre su cadera. Aún estaba desnuda y el tacto sedoso de su piel contra la mano revivió las sensaciones que habían experimentado apenas un par de horas atrás.
—No he dormido casi nada —reconoció él —tenía miedo de despertarme y que esto fuera sólo un sueño. Pero sigues aquí.
—Qué exagerado —dijo ella, soltando una pequeña carcajada, —claro que sigo aquí. Y todo esto es muy real.
Zelda se acercó aún más y tomó su cara entre las manos para besarle despacio, como si siguiera medio dormida. Él se aproximó enredando las piernas con las suyas, los besos que se daban estando desnudos y abrazados multiplicaban cada sensación por mil. Volvió a desearla otra vez, parecía no cansarse nunca de ella, pero se limitó a acariciarla mientras ella se apegaba por completo a él, encajando entre sus piernas y el resto de su cuerpo sin permitir separación.
—¿Te sientes bien? —le preguntó, mientras ella descansaba la cabeza bajo su cuello y le daba besos adormilados en el hombro.
—Muy bien.
—N-no te hice daño.
—Ya te dije que no, todo ha sido perfecto, Link.
Él le acariciaba la piel de la espalda, enterrando las manos bajo su largo pelo, pero no las tenía todas consigo.
—Lo que te pasó anoche, no ha vuelto a pasar.
—No ha vuelto a pasar. Es normal que pase, era la primera vez, tranquilo.
—He robado tu virtud.
Llegados a este punto Zelda soltó una enorme carcajada contra su pecho.
—Link… —le reprendió entre risas.
—Es cierto, la he robado.
—Y varias veces, además. —añadió ella, sin poder parar de reírse ante su preocupación.
Link frunció el ceño. Ella se lo tomaba a broma, pero él se había asustado al ver sangre, sentía tan suave y delicada a Zelda que temía haber cometido alguna atrocidad.
—Te burlas de mí porque soy torpe —refunfuñó él.
—No eres nada torpe. Es que pensaba que sabrías algo más sobre las chicas. Siento ternura al verte tan preocupado por algo que es normal.
—Si me preocupo es porque no quiero hacerte daño de ninguna manera.
—Y no me lo has hecho, sólo me has hecho feliz.
Zelda lo besó otra vez en la boca, entre risas, y después volvió a encajar la cabeza bajo su cuello. Él la acariciaba despacio, desde el cuello, extendiendo las yemas de los dedos por la espalda hasta llegar a las piernas. Cada vez que se aproximaba a los muslos ella se tensaba contra él, buscando el contacto.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó él.
—Siento deseos de salir del desierto. Necesito volver a sentir la hierba verde y fresca. Podemos montar el campamento el bosque de Dalite, junto a la llanura de Nima. Ahí esperaremos a los goron y zora antes del juicio.
—Sí… es buen plan.
Link reprimió sus verdaderas dudas. Él quería saber "qué iba a pasar con ellos". Con ellos dos, como pareja. Después de esa noche sabía que la desearía todas las noches, la deseaba en ese mismo instante, cada vez que contraía las caderas contra él como reacción a las caricias.
—¿Tienes que irte ya? —preguntó él. Ya había un poco de claridad que se colaba por las rendijas inferiores de la tela de la tienda.
—¿Quieres que me vaya ya?
—Quiero acariciarte un poco más —dijo él, volviendo a prolongar las caricias hasta las piernas, para provocarla.
—Acariciarme. ¿Sólo eso?
—No.
Link bebía un poco de zumo de sandía con hielo. El sabor de aquella fruta era refrescante y muy agradable. Mientras lo hacía miraba embobado a Zelda desde la distancia. Hablaba con las chicas de Hatelia, seguramente les estaba pidiendo que hicieran el equipaje. Era tan perfecta que aún le costaba creer que se hubiese entregado a él de esa manera.
—Si sigues mirándola así se te van a salir los ojos de las órbitas.
—Rotver… —Link tosió atragantándose con el zumo que tenía en la boca —me has asustado, no son formas de acercarse a alguien.
—Por favor, he hecho tanto ruido como un ejército de hinox, pero tú estabas concentrado "en otras cosas". Y créeme mocoso que lo entiendo, cuando las mujeres llevan esas ropas gerudo… es una pena que tengamos que irnos de aquí. Pasaré varios días llorando.
—Hemos abusado de la generosidad de las gerudo, ya es hora de tomar otro camino.
—Sí, sí. No lo discuto. ¿Y qué tal todo?
—Me siento mejor, gracias.
—Supongo que eso no tiene nada que ver con el rumor de que la princesa de Hyrule no volvió anoche a la Ciudadela.
—¿Hay un rumor sobre eso? —preguntó Link, sintiendo un frío repentino.
—En realidad no, puedes respirar, muchacho —se rio Rotver —Zheline me lo ha contado. Se ha dado cuenta porque sus aposentos están próximos a los de su alteza real. Y porque anoche la princesa no regresó con ninguna de las partidas a la Ciudadela.
Link frunció el ceño, evaluando la situación.
—No hay que preocuparse tanto —dijo Rotver, quitándole importancia —creo que todo el mundo sospecha que existe algún tipo de relación especial entre vosotros dos. Aunque los rumores no son buena cosa.
—No quiero perjudicar a Zelda con rumores.
—Su alteza real es muy importante, es un ejemplo a seguir. Aquello que estuvimos hablando antes de que partieses a la guerra… ¿lo has pensado bien? ¿Le has dicho algo a su alteza real?
—Fue una idea de borrachos —dijo Link, cruzándose de brazos.
—¿Estás loco? Fue una idea brillante. Deberías pedírselo, cuanto antes.
Justo en ese instante, Zelda reparó en ellos dos y les saludó con energía desde la distancia, agitando la mano. Link y Rotver respondieron, después ella sonrió y desapareció en la cantina con Cecille.
—Por la Diosa Hylia —dijo Rotver, abriendo mucho los ojos.
—¿Qué, qué diablos pasa ahora? —refunfuñó Link, poniendo los ojos en blanco.
—Está loca por ti.
—Exageras —dijo Link, apartando la vista y notando calor en las mejillas.
—Está loca por ti y se jugó su honor de princesa de Hyrule quedándose aquí en lugar de ir a la Ciudadela con todas las mujeres. Y tú no eres capaz de reaccionar. Deberían quitarte el título de "héroe".
—Escucha, voy a reaccionar. Pero en el momento preciso. Ahora mismo hay muchas cosas por resolverse aún… ese juicio pendiente y conseguir la paz. Cuando llegue el momento se lo pediré.
Link dio una zancada y se alejó de Rotver, malhumorado. Por supuesto que quería que Zelda fuera su esposa, no había nada que desease más que eso, pero necesitaba encontrar el momento adecuado para decírselo. Y se alegraba de que ese momento no hubiera sido contaminado por una versión de él borracho y tambaleándose en mitad de la noche, ni tampoco su versión débil, refugiándose en ella y llenándole la falda de lágrimas. Zelda y él se habían entregado el uno al otro y cada vez estaban más cerca de solucionar todos sus problemas y de vivir al fin juntos y en paz. Entonces. Entonces pediría su mano y sellarían sus destinos de por vida y ante las diosas.
Sólo Riju y Adine acudirían al juicio. El resto de las mujeres terminarían de desmontar el campamento de guerra del Bazar Sekken y volverían a su vida habitual en la Ciudadela. Con suerte, jamás tendrían que volver a luchar en el campo de batalla. El séquito de Hatelia se preparó para partir con Zelda a la cabeza. Ella se despidió de las gerudo con un gesto que a Link le pareció solemne y triste.
Una vez recuperaron los caballos, cabalgaron sin descanso hasta el puente que cruzaba el río Celeste hasta el bosque Dalite. Un nudo se formó en el estómago de Link cuando llegaron allí, todo el recuerdo de la batalla volvió vívido a su cabeza.
Hizo la señal de alto una vez todos cruzaron el puente y dio instrucciones para montar el campamento en el borde del bosque. Ahora eran muchos menos, sólo el grupo de Hatelia, los sheikah y las dos gerudo. Y Tarek. Tarek no abría la boca para decir una palabra, se arrebujaba como el animal herido que era en su capa y sólo se movía para beber agua o recibir la comida. Los sheikah lo vigilaban sin descanso.
Una gentil lluvia comenzó a caer sobre el bosque, pero era tan suave que no apagaría las hogueras. El campamento no tenía nada que ver con sus días en el Bazar Sekken. No había ruido ni prisas, todo se organizaba con rapidez y el grupo se pudo relajar en calma. Se respiraba el frescor del bosque y se escuchaba a los grillos cantar en la hierba y a los búhos ulular entre las ramas de los árboles.
—¿Ves? A esto me refería con que echaba de menos la hierba y los árboles —susurró Zelda a su espalda, mientras él oteaba el horizonte.
Dio un pequeño respingo al oír su voz y se giró para mirarla. Tenía ese brillo en los ojos. Ahora había un nuevo nivel de intimidad entre ellos. Si la miraba, podía verla desnuda. Si le sostenía la cintura con disimulo, volvía a revivir la sensación de tenerla bajo su cuerpo. Pensó que la tensión entre ellos se aliviaría, no imaginaba que brotaría este nuevo tipo de tensión.
—Estás muy serio, ¿está todo bien? —se preocupó ella, al ver que no respondía.
—Aún quedan muchos cabos por atar antes de volver a casa —dijo él, resoplando con cansancio.
—Lo sé.
—Queda el juicio. Y no sabemos nada de esa bruja, no tardará en aparecer y no podemos ni imaginar de qué manera —dijo él, apretando los puños.
—Sí, lo sé. —Zelda dio un paso al frente y deslizó las manos por su pecho, enredándolas entre las solapas de su túnica.
—Zelda, ahora hay mucha menos gente entre la que escondernos —dijo él, un poco turbado por la cercanía.
—Estoy muy cansada de esconderme —Zelda agrió el gesto y volvió la cara hacia un lado.
—Lo sé, pero es importante que mantengas tu honor de princesa.
—¿Mi honor de princesa? Menuda ocurrencia.
—No quiero ser la causa de que la gente rumoree sobre ti ahora que hemos llegado tan lejos y todos vuelven a verte como la princesa de Hyrule.
—Y yo no tengo ni idea de cómo podría mi honor verse salpicado de alguna manera. Tengo ciento diecinueve años. Creo que ya soy mayor como para tomar algunas decisiones.
—Lo sé, pero no quiero perjudicarte con otra de mis decisiones estúpidas.
—Todos lo saben ya, Link.
Dio un paso al lado. Ahora sí estaba enfadada de verdad.
—Los sheikah dicen-
—¿Los sheikah dicen? —interrumpió ella. Sus ojos verdes relampagueaban —Link, no puedo creer que lo más importante sea lo que tengan que decir los sheikah.
—Yo… es que R-rotver me dijo… —balbuceó él, tratando de encontrar una salida a aquel embrollo.
—Si no tienes nada mejor que decirme voy a ayudar a los demás con la cena.
—¡Espera! —dijo él, sosteniéndola por la muñeca. Ella se volvió con el ceño fruncido y los labios apretados. Era su gesto de "no, no voy a razonar contigo". —Esta noche podría ir a tu tienda.
—Hasta mañana, Link.
Él la dejó marchar con la desolación que suponía reñir con ella, por mucho que su carácter fuese gran parte de su encanto.
Los miembros del grupo compartieron la cena en calma, incluso se atrevieron a hacer alguna que otra broma, aunque la pérdida de Medda aún sobrevolaba su estado de ánimo haciendo que todo tuviera un sabor un poco amargo. Si él hubiera estado ahí, en una noche fresca y hermosa como esa, habría sacado su flauta y les habría cantado un par de canciones antes de dormir.
Después de cenar, Link fue a comprobar la jaula de Tarek con Kei. Estaba aferrada a unos árboles, en el interior del bosque. No querían que estuviese a la vista, ni tampoco demasiado cerca de las tiendas. Después fue a llenar la cantimplora a un río cercano, Zheline haría la primera guardia vigilando a Tarek, y Kei lo acompañó al río.
—¿Sabemos ya cómo se han distribuido las tiendas para dormir? —preguntó Kei, mientras observaba a Link desde la orilla.
—Pues, como siempre, imagino. Adine no dormirá, hará guardia al lado de la tienda de Riju. Las chicas dormirán juntas, Reede con Azu, Zelda en su tienda, tú y yo en otra y Rotver ha traído la suya.
—Es injusto que ese viejo sheikah tenga una tienda para él solo —refunfuñó Kei.
—Cuando Zheline acabe su guardia irá a dormir con él, ¿qué esperabas?
—No sé, creo que le gusto a una de las chicas. O a las dos.
Link puso los ojos en blanco ante el giro de la conversación y trató de pasar de largo, ignorándole.
—Espera, espera, Link —lo detuvo Kei —¿a cuál crees que puedo gustarle más?
—A ninguna —gruñó él, cruzándose de brazos.
—¡Venga ya! He intentado ganarme su afecto durante todo este viaje inacabable. Tanta insistencia tiene que fructificar en algo. Además, ambas vinieron muy preocupadas a preguntar por mi herida del costado. Si eso no es amor, que me fulmine la Diosa Hylia.
—No sé por qué me cuentas todo esto. No quiero que molestes a ninguna de las chicas con tus tonterías.
—¡Espera! Oye, pensaba que somos amigos. Necesito que me ayudes. Me gustaría mucho conocerlas mejor, sobre todo a Sophie. Creo que tengo algunas opciones con ella y me parece una chica muy guapa. Cecille aún está intentando olvidarse de ti, a mí me parece un poco extraño que tuviera interés en alguien tan apestoso como tú, pero-
—Oye, idiota —dijo Link, agarrándolo por la camisa para levantarlo del suelo. Kei empezó a reírse a carcajadas. Todo ese tiempo había estado provocando a Link y al final había logrado salirse con la suya.
—Bien, aún te queda sangre en las venas —dijo Kei, una vez Link lo devolvió al suelo —Ahora en serio. Estoy interesado en Sophie. Y quiero conocerla mejor. ¿Vas a ayudarme o no?
—No sé cómo diablos iba a ayudarte yo con eso —refunfuñó Link poniendo muecas —¿me has visto cara de casamentera o qué?
—Eres prácticamente un poeta y se te dan bien las mujeres.
—¿Un poeta yo? —esta vez fue él el que soltó una carcajada.
—Sí, hablaste muy bien en el funeral. Y escribiste esa carta a Zelda que estuvo leyendo y custodiando como si fuera el mismísimo don de la Diosa Hylia.
Link tragó saliva.
—No habrás leído mi carta, ¿verdad?
—Tranquilo, tu secreto está a salvo. Nuestra princesa me habría lanzado sus rayos de ira por los ojos si tan solo me hubiese atrevido a acercarme a esa carta. Vamos, Link, ayúdame.
—¿Y… y qué pretendes que haga? —resopló él, desviando la mirada.
—Si surgiese la oportunidad, podrías dejar la tienda sólo para mí.
—¿Crees que vas a convencer a Sophie de que se vaya contigo a la tienda? Estás soñando… —dijo Link, riéndose con ironía.
—Oye, nunca se sabe, además, ella puede ser tímida y querer hablar en un sitio donde nadie nos mire o nos moleste.
—¿Y dónde diablos voy a dormir yo? —gruñó Link.
—¿En serio hace falta que te lo diga? Vamos, Link…
Link sintió que las puntas de las orejas le ardían. Por supuesto que habría sido un plan perfecto si Zelda no se hubiera enfadado con él. Ahora se sentía incapaz de acercarse a ella aunque fuese para hablar un rato, la conocía bien y era mejor dejar que las cosas se calmasen por sí solas.
Cuando regresaron al campamento tan sólo quedaban las chicas alrededor de uno de los fuegos. Zelda se puso en pie y se retiró, despidiéndose con aire cansado y Kei se las agenció para retener a Sophie. Cecille y Link intercambiaron miradas y ella se rio al ver el panorama y el gesto agobiado de Link, después ambos se retiraron también a descansar.
Él se metió en su tienda. Si Kei no se lo pedía, no iba a moverse de ahí, era el trato al que habían llegado, pero eso implicaba mantenerse en una especie de duermevela a la espera del siguiente movimiento del sheikah. Se tumbó boca arriba con las manos cruzadas bajo la cabeza y trató de dormir. Era imposible, sólo le llegaban los cuchicheos del exterior. Oyó reír a Sophie un par de veces, pasos, y después silencio. Silencio y más silencio.
—Link…
—¡Maldita sea! —se sobresaltó él, desenvainando el puñal. Se había quedado dormido.
Cecille asomaba la cabeza por la puerta de su tienda y lo miraba estupefacta.
—Perdona… —se disculpó —es que, es que-
—¡No! Es culpa mía, siento haberte asustado.
—Y… ¿qué haces aquí, Cecille?
—Te traigo un recado de Zelda. Me ha dicho que quería dártelo ella misma, pero que temía poner su honor en juego, así que… no entiendo muy bien a qué se refería con eso.
—No importa. —dijo él, poniendo los ojos en blanco. Zelda y sus irónicas formas de vengarse de él —Gracias, Cecille.
Una vez ella se hubo marchado Link desenvolvió lo que Cecille le había traído. Dentro encontró su túnica azul. Estaba limpia y remendada, casi como nueva. Al estirarla percibió un olor familiar, un olor que ya había experimentado antes y que ahora estaba dentro de sí mismo. De repente un recuerdo le vino a la mente, hacía mucho que no le pasaba, había recuperado casi toda la memoria, aunque de vez en cuando quedaba algún resquicio, una pieza suelta en el puzzle que estaba casi al completo.
—Sígueme, Link.
El capitán de la guardia lo condujo por unos corredores en los que no había estado nunca. Las cámaras reales debían estar próximas a ese lugar.
—Espera aquí.
—¿Por qué no espero en los barracones de la guardia?
—Ya nunca volverás allí. —sonrió el capitán. Era extraño que variase su gesto de autoridad.
Link se quedó a solas en aquella sala oscura. El estómago se le encogía por el nerviosismo. Había ensayado el juramento mil veces, no tenía por qué equivocarse. No tenía ni idea de cómo era custodiar a una princesa. La había visto de lejos, un par de veces, pero no sabía mucho más de ella. Con el rey sí había conseguido intercambiar algunas palabras, pero… Era inexperto y todos lo iban a notar. Estaría todo el tiempo en el centro de atención y tenía que esforzarse en hacer su trabajo lo mejor posible. ¿Y si a la princesa le pasaba algo malo? Aquella misión era prácticamente como cargarse el futuro de Hyrule sobre los hombros. Ahora entendía mucho mejor las palabras del Árbol Deku, el día que sacó la Espada del pedestal.
—Hola, Link. ¿Sabes quién soy?
—Eres Urbosa, ¿no? La matriarca gerudo.
—Eso es —sonrió la mujer.
Era enorme, la más alta que había visto en toda su vida, y también muy fuerte. Era uno de los elegidos y por tanto parte del equipo con el que iba a trabajar de ahora en adelante.
—Me han pedido que te traiga esto —dijo Urbosa, dejando algo sobre la mesa —ahora todos tenemos que llevar uniformes especiales.
Link se quitó las correas que sostenían la Espada a su espalda y comenzó a desvestirse. Ese día llevaba por primera vez el uniforme real, pero al parecer no llegaría a estrenarlo.
—¿Qué es lo que huele tan bien?
—No lo sé, no huelo nada —dijo Urbosa, encogiéndose de hombros.
—Es esto —dijo Link al extender la casaca azul con ribetes de plata que la mujer gerudo le había traído.
—Vaya, vaya —dijo Urbosa riéndose —sí, es posible que tenga el toque especial de la costurera. Veamos, te queda perfectamente.
Él volvió a ceñirse las armas al cuerpo.
—¿Estás preparado?
Movió la cabeza afirmativamente, sin decir nada más.
—Bien. Mipha me ha pedido venir a verte antes de la ceremonia. Espérala aquí.
Link se quedó mirando por un instante la túnica, luego el techo de tela de su tienda y después decidió salir al exterior. Decidió que el "recado" de Zelda era una invitación velada para reconciliarse de la pequeña riña. La noche se había vuelto fría fuera de la protección de la tienda. Kei y Sophie no estaban, pensó que tal vez se habrían alejado del campamento para dar un paseo, lo que en su cabeza, siempre tuvo más sentido. Azu estaba montando guardia.
—Buenas noches, Link, ¿todo bien?
—Sí, sí. Todo bien —respondió, rascándose el pelo tras la nuca.
—¿No puedes dormir?
—De momento no. Voy a… a…
—Está bien —sonrió Azu, y volvió la cabeza hacia otro lado.
Él dio una zancada y se metió en la tienda de Zelda sin preguntar. Se quitó las botas y las dejó fuera. Tras ver la reacción de Azu se sintió más estúpido que nunca. Zelda tenía razón, todos lo sabían y lo aceptaban. ¿Por qué tendría que haber hecho caso a las insinuaciones de los sheikah? Los sheikah, sobre todo los ancianos, habían demostrado ser los más suspicaces y defensivos con los temas relacionados con la corona. Aún recordaba la exagerada reacción de Impa al descubrir que había dormido en la misma cama que Zelda, justo antes de partir de Kakariko.
—¿Estás dormida? —preguntó Link a Zelda, que no se había movido de su posición a pesar de todo el ruido que él había hecho al entrar.
—Sabes de sobra que me cuesta dormir.
Él se tumbó a su lado, bocarriba.
—Zelda, gracias por arreglarme la túnica. Ha quedado muy bien.
—De nada —suspiró ella.
—Y… siento hacer caso de los sheikah. Meten la nariz en todo, es imposible quitárselos de encima. Kei y Rotver son amigos míos y cuando me dan consejos lo hacen con buena intención, pero… tienes razón, hay cosas en las que ellos no tienen por qué opinar.
Al fin ella se giró del costado que le permitía mirarle.
—Yo siento habérmelo tomado a mal, Link, a veces me cuesta controlar mi mal genio.
Él sonrió y ella ablandó del todo el gesto, devolviéndole la sonrisa. Después se movió para apegarse a él, y acurrucarse a su lado.
—¿Qué líos son los que tiene Kei con Sophie?
—Es una larga historia.
Al día siguiente, Link vio el grupo llegar antes que nadie. Cuatro lanceros custodiaban una sombra en el centro, un encapuchado cabizbajo que apenas levantaba dos palmos del suelo. Las lanzas llevaban atado el pañuelo blanco como muestra de ofrenda pacífica al diálogo.
—Nadie se acercará, y nadie dirá nada salvo que yo lo decida así —ordenó Link, rodeando la empuñadura de la Espada Maestra. Zelda se la había devuelto antes de salir del desierto y aún la sentía un poco extraña entre sus manos, pero poco a poco la iba notando dócil y templada, como siempre.
—Buscamos a Zelda Bosphoramus, princesa del reino de Hyrule —voceó uno de los lanceros.
—Yo responderé por ella —se anticipó Link, dando un paso al frente.
El encapuchado dijo algo a los soldados.
—Sólo respondemos ante alguien de sangre real —dijo el lancero.
—En ese caso, aquí termina el diálogo —respondió Link.
—Hablaré contigo, Maestro Link —dijo en esta ocasión el encapuchado —si su alteza real está presente.
Link apretó las mandíbulas y miró a Zelda, que hizo una señal afirmativa con la cabeza.
—Está bien. Soltad las armas y podéis acercaros. —ordenó Link.
Azu y Kei cachearon a los lanceros, que soltaron todas sus armas en un montón. El encapuchado se adentró a solas con Link y Zelda en el bosque. Una vez apartados del resto, mostró su rostro.
—Sabía que no tardarías en aparecer, Yaba —dijo Link. Zelda estaba unos pasos detrás de él. Ella se mantenía firme y en segundo plano, sin despegar los labios.
—Habéis ganado esta guerra, princesa de Hyrule —comenzó a decir la anciana, dirigiéndose a Zelda y obviando la presencia de Link —mi ejército está desaparecido. Los hombres huyeron dispersándose por los cuatro puntos cardinales. Ya no queda casi nadie en fortaleza de Cruz de Espadas. Los criados, el servicio… incluso los prisioneros han salido huyendo de ahí. Temen al guerrero de ojos azules y al ejército de las mujeres. Los orni nos tienen acorralados. Gastamos casi todos los suministros en esa batalla y ahora no queda ni un mendrugo de pan que llevarnos a la boca. Y mi rey. Mi joven rey está cautivo y no sé cómo estará siendo tratado.
—Está siendo tratado mucho mejor de cómo trataste tú a mi reina —dijo Link, apretando los puños —así que por eso puedes estar tranquila.
—Vuestra reina o… vuestra princesa aún no tiene corona.
—No la necesita —dijo Link —a todos los efectos es la reina de Hyrule, haya una maldita ceremonia que lo diga o no.
Yaba soltó una risotada, tan agria y desagradable como siempre. Entonces metió la mano en los pliegues de su capa y sacó un cofre.
—Os hago entrega de esto, como muestra de mi buena voluntad. —tendió el cofre a Zelda, pero Link se anticipó, tomándolo entre las manos.
Al abrir el cofre encontró la tiara de oro y piedras preciosas que Zelda solía llevar, además del brazalete de la reina.
—Bien. Agradecemos el gesto, pero esto no te va a librar del juicio de sabios.
—Vengo aquí sola, me entrego volutariamente, mis hombres están desarmados, os hago entrega de un valioso tesoro y aun así pretendéis juzgarme… a una anciana vieja y desvalida como yo.
—No eres una vieja desvalida. Te recuerdo que me envenenaste y envenenaste a Zelda. Sin piedad. Durante días. Lo único que me impide encerrarte ahora mismo en una jaula como a tu falso rey es mi honor de caballero.
—Já. Honor. ¿Así es como pretendes reinar, maestro Link? ¿Amenazando a una vieja con encerrarla en una jaula? ¿Eres el rey que merecen los hylianos?
—Seré el rey que mi reina quiera que sea —Link apretaba la empuñadura de la espada. La cicatriz del pecho comenzaba a molestarle —jamás te perdonaré el daño que nos has causado. Podría cortarte el cuello aquí, ahora mismo, y de ese modo no tendría que soportar ver tu cara de traidora ni un solo segundo más.
—Link… —dijo Zelda poniendo una mano en su hombro para calmarle.
—Alteza —dijo Yaba, aprovechando el momento para arrodillarse ante Zelda —os suplico piedad. Piedad. Sólo soy una anciana, ya no tengo más fuerzas. Tarek es todo lo que tengo en esta vida, sólo quiero verle una vez… ver que está bien.
—Ni hablar de eso —replicó Link, apretando los dientes.
—Mi señora, por favor. Recordad que os ofrecí todas las comodidades cuando estuvisteis cautiva. Os suplico piedad. También Tarek es hyliano, y yo lo soy. Somos tan hijos de la diosa Hylia como el que más.
Link sintió deseos reales de golpear a la anciana. Sabía que si Zelda tenía un punto débil era ese, y esa vieja bruja se aferró a ello.
—¿De dónde viene todo este mal? —preguntó Zelda de repente —Decidme. ¿Vendisteis vuestra alma a Ganon? ¿Sois unos traidores de la luz como el clan Yiga?
—Por favor, alteza o… majestad —dijo la anciana, rehuyendo la pregunta. Ahora trataba de besarle los pies a Zelda —Piedad.
Link se puso en medio y la apartó de un puntapié.
—Deja de atosigar a Zelda.
—El caballero… siempre tan cuidadoso de su alteza real —volvió a reír Yaba, fingiendo un enorme esfuerzo para ponerse en pie.
—Así es, y así será mientras me quede aliento. —gruñó él. Después se giró hacia Zelda para murmurarle algo en voz baja —Encerrémosla en otra jaula y que los sabios decidan su destino.
—Dejaré que vea a Tarek, como muestra de buena voluntad. Tal vez así nos confiese qué magia oscura es la que la posee y podamos salvarla.
—¿Salvarla? Zelda… no hay salvación posible para esta bruja. Es tarde. —dijo Link, volviendo a apretar los puños.
—Debo creer que siempre hay una oportunidad de salvación, por rara que parezca.
Él suspiró con resignación, la bruja había ganado aquella pequeña batalla dialéctica porque no habría modo de hacer que Zelda olvidase su deseo de proteger y dar una oportunidad a todos los hylianos.
—Después me dejarás que la encierre en una jaula —dijo él.
—Sí, después la encerraremos.
Llevaron a Yaba ante los sheikah. Zheline y Rotver registraron todos los bolsillos y la ropa de Yaba en busca de armas ocultas, venenos o cualquier cosa que pudiese utilizar para tenderles una trampa. Una vez dieron su visto bueno, la escoltaron hasta la jaula de Tarek.
Abrieron la puerta de la jaula y la anciana se arrojó a los brazos del usurpador como si fuese un hijo díscolo y perdido durante años. Tarek apretó la espalda contra la pared de barrotes con una mueca de asco en el rostro. No hizo ningún intento por corresponder las muestras exageradas de afecto de la anciana, y volvió la cara a un lado para no mirarla. Después de un rato de continua humillación, los sheikah sacaron a Yaba de la jaula de Tarek, sollozaba desconsolada por el rechazo de su protegido. Habían preparado otra jaula para ella. La encerraron ahí, donde hecha un ovillo lloró hasta quedarse dormida, al menos en apariencia.
Una vez dio las instrucciones precisas Link se alejó del grupo, necesitaba estar a solas, despejarse. El parque Sanidin no estaba lejos del bosque Dalite. Sentado a los pies de la enorme estatua de caballo, esperó que la luna emergiese por detrás del horizonte.
—Recuerdo la última vez que estuve aquí contigo —dijo Zelda.
Él la había oído llegar a caballo, subiendo por la cuesta de adoquines de piedra que llevaba a lo alto de la colina.
—Sí, yo también lo recuerdo —murmuró él. Tenía los codos apoyados en las rodillas, sosteniéndose la cara entre ambas manos en actitud pensativa. —Fue el día antes de-
—Del Cataclismo —se anticipó ella.
—No. Antes de tu cumpleaños.
Zelda sonrió y se sentó a su lado, bajo la estatua del caballo.
—"Siempre existe la posibilidad de que el próximo instante lo cambie todo", ¿recuerdas?
—Sí.
Ella suspiró y se aproximó un poco más a él.
—Link, no te enfades conmigo, te lo suplico. Necesito creer. Necesito seguir creyendo en la salvación, y en el camino de la luz para nuestro pueblo.
—Es que no quiero que esa mujer nos haga más daño. No me fío de ella —insistió él.
—Si hay una oscuridad en ella tal vez pueda sacarla fuera. Tengo que intentarlo. Durante el juicio la interrogaremos en busca de esa oscuridad.
—De acuerdo —resopló él, con resignación.
Zelda entrelazó los dedos de la mano con los suyos y lo besó en la cara, varias veces, hasta sentir que él empezaba a destensarse.
—Ahora dime. ¿Es cierto que soy reina sin necesidad de que haya una "maldita ceremonia"?
Él se rio con timidez, sintiendo calor en las mejillas.
—Y al parecer tú eres el rey, ¿no?
—Bueno yo… —Link tragó saliva, mientras movía la pierna con nerviosismo.
—Repite conmigo, seguro que no es difícil. Tú eres el rey "porque…"
—Soy el rey, porque… —se giró para mirarla a los ojos. El corazón comenzó a latir con violencia en su pecho, lo que había empezado como un juego había dejado de serlo. Ella lo observaba con seriedad, con los ojos brillantes como dos enormes gemas —S-soy el rey porque…
—Tranquilo —sonrió ella, uniendo su frente a la de él —entiendo por qué has dicho eso delante de Yaba.
—No lo he dicho sólo por Yaba —se apresuró a decir él —Zelda, hay algo que quiero decirte. Pero prefiero esperar a que se solucione lo del juicio y el problema con Tanagar.
—Está bien.
—Cuando todo eso acabe… yo… Hablaremos. Te lo prometo.
—No tienes por qué prometerme nada. Sabes que pienso que ya has hecho demasiado por mí.
—Pero quiero hacerlo —dijo él, con firmeza.
—Está bien —repitió ella —Cuando todo esto haya terminado, hablaremos.
Notas del Capítulo 21
Este capítulo se llama así como homenaje a los comentarios que me han dejado muchas veces algunos de mis reviewers :) Vosotros los llamáis "el usurpador y la bruja", ¿no? Pues a mí me encanta la idea y siempre me hace mucha gracia cuando os referís así a ellos, jajajaja.
Al final he conseguido llegar a tiempo a este capítulo, siempre motivada por vuestras palabras y número de lecturas :) Gracias por seguir la historia!
Quedan 2-3 capítulos máximo para acabar este largo viaje y de nuevo, no sé si llegaré a tiempo el martes que viene porque el final hay que currárselo bien (spoiler alert: aún quedan sorpresas al final, no hay que fiarse de la calma que precede a la tempestad xD).
Empiezo a acusar el cansancio de este trabajo de escritura y ya me muero de ganas por ser libre como un pájaro y dedicar más tiempo a leer xD
Un abrazo! -Nyel2
