Miró a su alrededor sonriente; por fin estaba en casa, sin la presión de Umbridge, hablando animadamente con sus amigos. Jade estaba sentada en el suelo de la habitación de Harry y Ron, escuchando las risas de estos dos y de Hermione, Ginny y los gemelos. Era el primer día que pasaban en Grimmauld Place después de que empezaran las vacaciones de pascua.
—Fue estupendo, sobretodo las bromas de Peeves a Umbridge, que se tomó muy en serio tu petición —decía a carcajadas Ron mirando a Fred—. En serio, vuestra despedida fue alucinante. Ahora los alumnos quieren ser como vosotros —añadió, haciendo que sus hermanos tuvieran una expresión altanera.
—Bueno —suspiró George después de unas cuantas risas más—, lo malo es que ya no hay ED.
Los chicos bajaron las cabezas con expresión abatida. Era cierto, todo por culpa de esa maldita amiga de Cho, Marietta. Ocurrió una noche que quedaron para hacer una reunión en la Sala de los Menesteres y Marietta corrió a contárselo a la Suma Inquisidora. Después, el ministro, Umbridge y algunos más del Ministerio fueron al despacho del director con Harry y Marietta.
Jade recordó las palabras de Harry después de lo sucedido: —Dumbledore desapareció junto a su fénix y los del Ministerio no recordaban nada. A Marietta le borraron algunos recuerdos, a mi no me echaron la culpa de hacer ED porque Dumbledore mintió diciendo que fue él quien me mandó crearlo y ahora Umbridge es la directora de Hogwarts. Por cierto, Hermione, estuvo genial lo del hechizo en las firmas del ED; a Marietta le costará quitarse el CHIVATA de la cara. A Cho no le gustó nada —terminó diciendo Harry con una sonrisa dirigida a su amiga.
Jade volvió a mirar a sus amigos que se habían quedado callados como ella y se percató de una mirada de Harry. Siguió disimuladamente su camino y se le dibujó una pequeña sonrisa al ver a quién miraba.
La señora Weasley los llamó para cenar y enseguida bajaron las escaleras hasta la cocina. Jade por el camino aprovechó para retener a Harry un momento.
—¿Qué ocurrió el último día que mi padre te enseñó oclumancia? —le preguntó una vez estuvieron solos. Harry desvió la mirada de la chica—. Sé que en su momento no quisiste explicárnoslo, pero creo que yo tengo derecho a saberlo.
Harry la miró un par de veces antes de suspirar y decirle pausadamente:
—En realidad no tienes porqué saberlo. Es sobre mi padre y Snape —se calló de golpe al ver la expresión enfurecida de la chica y volvió a suspirar cuando ésta se cruzó de brazos—. Está bien, pero no le digas a Snape que te lo he dicho. Ni a los demás.
—Harry, puedes confiar en mi —le aseguró acercándose un poco a él.
—Vale. Resulta que por accidente vi un recuerdo de Snape…
—Puedes llamarlo mi padre.
—… y en él —continuó como si no la hubiera escuchado—, mi padre y Sirius se metían con él. Por eso me odia tanto, porque le recuerdo a mi padre y él lo maltrataba.
—No tiene excusa. Tú no te aprovecharías de nadie y si dices que Sirius acompañaba a tu padre seguramente él tendría la culpa —concluyó la chica haciendo que Harry riera un poco.
—¿De qué tengo la culpa?
Sirius había aparecido por la escalera de la cocina y miraba a los dos jóvenes con una sonrisa. Harry terminó de bajar las escaleras para llegar a donde estaba Sirius y, después de recibir una palmada en el hombro por parte de su padrino, siguió bajando escaleras hasta llegar a la cocina. Jade, en cambio, las bajó lentamente y se detuvo delante del animago.
Lo veía distinto, no mejor ni peor, sino cambiado. Parecía a la vez más joven y más cansado. Seguramente cada vez que pasaba tiempo en compañía de seres queridos se le iba borrando el aspecto demacrado que dejó su estancia en Azkaban, y parecía cansado, pero la chica no sabía porqué.
Le seguía sonriendo y las arrugas se notaron más, pero tenía esa expresión de estar ocultando algo.
—¿Qué te pasa Sirius? —preguntó haciendo una mueca de compasión. Sirius sonrió aún más.
—¿Qué me puede pasar? Estoy estupendamente, mejor que nunca —le contestó y parecía sincero, pero no la convenció del todo.
—Sirius —continuó insistiendo, poniendo un tono especial en esa palabra—, dímelo.
El mago fue cambiando de expresión lentamente, pasando a una más seria, y la miró fijamente.
—Jade, no quiero que sientas compasión por mí y, aunque ya lo he repetido muchas veces, no quiero que tú te compadezcas de mí. —Sirius suspiró agachando la cabeza y cuando la volvió a levantar tenía los hombros hundidos—. Estoy harto —le confesó remarcando la última palabra— de ver como todos tenéis una vida emocionante fuera de esta casa y yo me pudro aquí. Y no es por nada, pero tu querido padre no hace las cosas más fáciles. —Jade se sobresaltó al escuchar aquella última frase, sin saber a qué padre se refería—. Hablo de Snape.
—Pero ahora estás feliz, ¿no?
—Claro que sí, pero me gustaría salir de aquí alguna vez —dijo acercándose a ella para cogerle la barbilla con una mano. La chica, nerviosa por ese movimiento, se quedó pensando en una forma de conseguir lo que él quería—. Pero no quiero que hagas nada, ¿de acuerdo? Son las normas y hay que cumplirlas.
Lupin apareció por el hueco de la escalera y carraspeó para llamar su atención. Les indicó que bajaran con un movimiento de cabeza y Jade caminó por delante de los dos magos. Sirius había dicho que debían seguir las normas pero, ¿cuándo las había seguido él?, pensó Jade y no pudo evitar sonreír al tener la solución a aquel problema.
Los siguientes días no fueron más que horas de conversaciones y de más reuniones. Al menos, los más jóvenes se podían enterar de algunas cosas porque también discutían en las horas de la comida y así podían participar.
Jade se dio cuenta de que Remus la observaba muy a menudo y si no hubiera sido por el especial cariño que le tenía desde tercero le habría echado en cara aquellas miradas ya molestas. También se fijó en que intentó varias veces hablar con Sirius a solas pero nunca lo conseguía, pues la casa estaba llena de gente. En otras ocasiones, cuando estaba ella conversando con Sirius tranquilamente, riendo y mirándolo, Lupin se metía por en medio poniendo excusas para separarlos y eso cada vez le molestaba más. No fue hasta que una tarde que vio como los dos amigos se metían en la habitación de Sirius, obligándola a separarse por una vez de éste y dirigirse a la habitación que compartía con Ginny y Hermione.
La castaña estaba estudiando sobre su cama, con toda ella llena de libros abiertos y hojas de pergaminos por doquier. También estaban allí Ron, Harry y Ginny.
—Jade, todavía no te he visto estudiar en toda la semana. Deberías empezar porque los exámenes del TIMO están al caer.
La morena se sentó junto a Harry en el suelo y lo miró. Éste tardó un poco más en devolverle la mirada pues había estado mirando fijamente a otro lado, cerca de la ventana. A Jade no le hizo falta comprobar qué es lo que había allí.
—¿Qué tal os va el TIMO de adivinación? Ahora que la imparte Firenze supongo que el examen será distinto —intentó Ginny sacar un tema de conversación. Giró un momento la cabeza hacia la izquierda donde estaba la ventana y volvió la vista de nuevo a la habitación.
—Pues es algo extraña. Realmente no me importa mucho el TIMO de adivinación —contestó Harry—, para ser auror no me hace falta esa asignatura.
La puerta de la habitación se abrió interrumpiendo la conversación y todos se giraron para mirar a Sirius.
—Siento interrumpiros chicos. Jade ¿puedes salir un momento? —preguntó mirando a la chica, la cual se levantó y salió junto a él.
El animago la guió hasta su habitación. Ella se sentó sobre la cama y él permaneció de pie frente a ella.
—¿Qué quieres? —preguntó Jade que cambió su expresión a una más seria al ver la cara de Sirius.
Éste no sabía cómo preguntarle lo que quería saber. Remus había estado hablando con él sobre una sospecha que el licántropo tenía sobre Jade, y la verdad es que le preocupaba la respuesta de la chica sobre ese tema.
—Bueno… no sé cómo… —empezó titubeando—. Resulta que a Lunático se le ha metido en la cabeza que —Sirius sonreía, pues a él le parecía ridícula la teoría de Lupin— que tú sientes algo por mí.
—¿Qué? —preguntó Jade mientras se levantaba y empezaba a ponerse nerviosa.
—Ya le dije que nosotros sólo somos amigos, como hermanos.
Jade se giró y le dio la espalda a Sirius. No sabía qué decir, pues no se podía negar que ella sentía algo por él, algo más que una simple amistad; pero nunca quiso pararse a pensar sobre ese sentimiento que afloraba en ella. Sintió un nudo en la garganta al escuchar al mago decir esas palabras y no pudo evitar que una lágrima cayera por su mejilla. Rápidamente se la limpió pero Sirius no había dejado de analizar la reacción de la morena.
—Jade —se acercó a ella y le dio la vuelta haciendo que quedara de cara hacia él.
Ella no quería mirarlo y tenía la cabeza agachada.
—Yo… pensé que… creía que estaba claro —ahora era Sirius el que no sabía qué decirle—. Jade, es cariño lo que sientes por mí. Estás confundiendo las cosas —le decía mientras que con la mano le levantaba la barbilla intentando que lo mirara a los ojos. Pero ella dio un paso hacia atrás alejándose de su contacto.
—¿Y si eres tú el que está confundiendo las cosas? —preguntó mirándolo fijamente a los ojos.
—Jade —suspiró al darse cuenta de que no sería tan fácil.
—No. Yo…
—Tú estás confusa y tienes que distinguir el afecto del amor. Es lo me… —Sirius miró entre asustado y sorprendido a la morena que ahora se le acercaba lenta y peligrosamente.
—Pues eso es fácil de comprobar.
Jade dio un paso más y, agarrando la camisa del mago, lo atrajo hasta ella y sin darle tiempo para que reaccionara juntó sus labios con los de Sirius. Éste no se movía. Hacía mucho tiempo que no probaba los labios de una mujer y ese agradable sentimiento que provocaba lo embargó por completo. Sin darse cuenta le había correspondido el beso casi por inercia, pero pronto volvió a la realidad y fue consciente de que la chica era Jade, su amiga. Él la agarró de los hombros para separarla de él pero…
—¡Ah! ¡Sirius Black! ¡Aléjate de la niña! —Molly Weasley había irrumpido en la habitación haciendo que ambos se separaran de golpe. La mujer estaba fuera de sí, no podía creer lo que acababa de ver. —¡¿Y mi varita?! ¡Arthur!
—Señora Weasley, por favor… —Jade intentaba calmarla, pero era en vano.
Si la situación ya era complicada, se agravó cuando todos los que había en la casa subieron al escuchar los gritos de Molly. Harry, Ron y los que estaban en su habitación fueron los primeros en llegar.
—¿Qué pasa mamá? —preguntó preocupado Fred mientras que todos miraban a su alrededor buscando lo que la había hecho gritar, pero únicamente veían a Sirius y a Jade.
—Cariño, ¿qué ha ocurrido? —dijo Arthur que acababa de llegar junto con Remus, Tonks y Snape, que había llegado para una reunión de la Orden (razón por la que había subido Molly para avisar a Sirius).
—¡¿Cómo te atreves?! ¿No ves que es una niña? —gritó la mujer mirando con rabia al animago.
—¿Qué has hecho Canuto? —preguntó Remus que empezaba a sospechar lo que había presenciado Molly.
—Yo no he hecho nada. Lo que pasa es que… —Sirius intentaba aclararse pero la señora Weasley no lo dejaba.
—¡¿Cómo que nada?! ¡Degenerado!
La conversación, o más bien los gritos de Molly, hicieron que Snape apartara a todos los que estaban ante la puerta y se pusiera frente a Sirius que cogió su varita al ver que éste le apuntaba con la suya.
—¿Qué le has hecho a mi hija? —Snape lo miraba con el semblante totalmente serio y la furia empezaba a acumularse.
—¿Ahora es tu hija Snivellus? —El animago no iba a achantarse ante Snape y levantó también su varita.
Jade se sorprendió por cómo la había llamado pero reaccionó al ver la posición de ataque de ambos magos. La morena se colocó rápidamente entre uno y otro.
—Fui yo la que lo besó. Él no tiene la culpa. —Se hizo un silencio en la habitación que se tornó tenso cuando los segundos pasaban.
Snape la miraba con una expresión indescifrable; los gemelos, Ron y Harry abrían y cerraban la boca sin creer del todo lo que acababan de escuchar.
—Nos vamos —afirmó Snape cogiendo del brazo a la chica y arrastrándola escaleras abajo mientras ella intentaba soltarse.
—No quiero irme. Por favor Severus…
Sin esperar a que nadie bajara y sin dejar que Jade recogiera sus cosas, desaparecieron de Grimmauld Place.
Se había entretenido mirando por la ventana, donde el sol tentaba a estar bajo sus rayos; pero ahora no podía ser. Volvió a centrar la vista en el libro y releyó el párrafo que hacía cinco minutos había leído. Distinguió una palabra que le hizo volver a sus recuerdos, a hacía un par de meses antes, cuando estaba en su casa en las vacaciones de pascua y llevó a cabo su plan para hacer feliz a Sirius: poción multijugos. Había entrado en la despensa de su padre y había cogido una botellita de poción multijugos, para después hacérsela aparecer a Sirius en su habitación. De esa forma se vengaría de Severus por habérsela llevado a rastras de Grimmauld Place.
—Deberías estar repasando. No quedan muchas horas para el examen de Pociones.
Hermione acababa de dejar su mochila en el suelo junto a la silla en la cual se sentó y descargó varios libros muy gruesos sobre la mesa.
—Herms, es mañana. Todavía son las once de la mañana, necesito un descanso. —Pero se calló al ver la expresión de su amiga— Está bien, seguiré repasando.
Pero en realidad siguió envuelta en los recuerdos.
Recordó cuando Harry y Hermione les contaron a Ron y a ella lo del hermanastro de Hagrid, Grawp, después del partido ganado por Gryffindor y la tarea de cuidarlo que debían hacer ahora que el guardabosque había tenido que huir. También recordó la carta de Sirius, la que tanto le había hecho sufrir, pues dejaba claro que él la quería como a una hermana. Había cavilado mucho sobre este tema, porque ese beso no fue como había esperado. Podía ser que Sirius tuviera razón, pero no quería que fuera así, ella lo quería de verdad. De todas formas, en acabar los exámenes, hablaría con él. Cara a cara.
Después vinieron los TIMOs y desde entonces no tenía tiempo de pensar en nada más.
—Veo que no vas a aprovechar la mañana estudiando.
Jade miró a su amiga e hizo una sonrisa insinuadora; la castaña también sonrió y metió los libros de nuevo en la mochila. Se levantaron y salieron de la biblioteca hacia los jardines.
Todos tenían el tic-tac del reloj metido en la cabeza, descontando los segundos y apresurando las plumas en el pergamino. Tan sólo restaban unos minutos para tener que entregar el examen de Historia de la Magia.
Jade se dio por vencida y se apoyó en el respaldo de su silla al igual que muchos otros alumnos. La morena miró a su alrededor y unas cuantas filas hacia su izquierda estaba Harry en la misma situación que ella, pero parecía más nervioso, pues tenía la cabeza entre las manos y la nuca empapada en sudor. En ese momento cayó al suelo al caerse de la silla, con lo cual todos dejaron de hacer sus exámenes y se inclinaron para ver lo que pasaba.
El examinador había ayudado a Harry a levantarse y lo sacaba del Gran Comedor. Su amigo negaba insistentemente con la cabeza y finalmente se marchó escaleras arriba mientras que el hombre entraba de nuevo en la sala.
Nada más entregar el examen, Jade fue en busca de Hermione y Ron saliendo a la entrada. Pero no los encontró, así que subió las escaleras hacia la enfermería, donde dedujo que podría estar Harry por el estado en el que lo vio al salir del examen.
Llegó unos minutos más tarde y no vio a nadie, sólo a Madame Pomfrey que le dijo que Harry había ido allí preguntando por la profesora McGonagall. Salió corriendo de allí, decidida a buscar a sus amigos por todo el castillo si era necesario, pues si Harry había querido hablar con la profesora era por algo grave.
Pasaron unos cuantos minutos más, media hora, y ni rastro de ellos. Pero entonces escuchó algunos pasos acelerados que se acercaban por detrás y antes de poder hacer nada vio a Filch pasar por su lado corriendo ridículamente. Cruzó una puerta que daba a uno de los jardines interiores y quiso saber por qué iba tan deprisa. Se asomó por la puerta y vio que éste estaba hablando con Umbridge, susurrándole al oído.
—Ya me encargaré de Peeves, pero no pierdas de vista a Prince —dijo bajando la voz pero en un tono nada sutil.
Filch asintió y Jade se dio la vuelta para irse antes de que la descubrieran pero chocó con alguien más alto que ella. Alzó la vista y el corazón se le aceleró, pues podía estar metida en un buen lío.
—Veo que no te han enseñado que no se debe espiar a los demás —la amenazó el rubio con su arrastrar de palabras característico.
—Eso es lo que hacías tú con Harry y mis amigos —lo retó, pues realmente no había hecho nada malo.
Draco alzó una ceja y sonrió de medio lado mostrando una sonrisa malvada. Sin dejar pasar los segundos, antes de que llegara Filch, cogió a Jade por el brazo y la arrastró por el pasillo. Antes de terminar de recorrerlo del todo, entraron por una puerta que daba a una pequeña habitación, tan pequeña que podría haber sido un escobero.
El chico la apuntaba con la varita muy pegada a su cuello y no la dejaba hacer ningún movimiento hacia el interior de su túnica. De repente dirigió su mano hacia la varita de la chica y se la robó. La miraba sonriente pero enseguida se le borró de la cara y desvió los ojos hacia la puerta. Se escuchaban murmullos tras ésta.
—Neville, Harry necesita nuestra ayuda. —Ron hizo una pausa— Su padrino está en peligro.
Jade aspiró de golpe causando que Draco volviera a mirarla. Éste frunció el ceño, pero no le dio importancia; ya tenía otra cosa en mente. Rápidamente le dio la vuelta a Jade para que quedara contra la pared y, después de apuntar su nuca con la varita, abrió la puerta y antes de cerrarla soltó una carcajada. Jade escuchó como Draco encantaba la puerta y se marchaba corriendo por el pasillo.
El tiempo transcurría rápidamente y Jade no conseguía salir de allí; sin varita y sin alumnos que pasaran por el pasillo al otro lado de la puerta, estaba perdida. Gritaba, golpeaba la puerta, buscando alguna salida inesperada que consiguiera sacarla de allí y poder ir en busca de Sirius. Necesitaba su ayuda y conforme perdía el tiempo allí, Sirius corría más peligro.
Podía ser la hora de cenar, no porque no hubiera gente en el pasillo pues no la había habido para escucharla, sino porque había pasado mucho tiempo desde que ese maldito de Malfoy la había encerrado allí por culpa de esa venganza. Y había elegido el día perfecto.
Se había sentado en el suelo junto a la puerta, con la cabeza entre las manos intentando no llorar, pero la rabia y la impotencia que sentía era muy grande y pronto empezó a derramar lágrimas. Era insoportable ese sentimiento; no tenía varita y se sentía totalmente indefensa.
Volvió a escuchar pasos en el silencio que la había acompañado desde que dejó de intentar salir. Había varias personas y los pasos se escuchaban a intervalos. Después voces que se acercaban, como murmullos.
—Ron, date prisa, no sabemos dónde pueden estar Harry y Hermione ni qué les ha pasado. Si no te das pri…
—¡Ginny! Calla de una vez. Yo no he utilizado tanto este mapa como para saber como funciona.
Jade sintió un cosquilleo en el estómago y se puso en pie. Sus amigos estaban en el pasillo buscándola y Harry y Hermione corrían peligro, así que no podía perder mucho más tiempo.
—¡Ron! ¡Ginny! ¡Estoy aquí! —gritó mientras golpeaba la puerta con toda la fuerza que pudo.
Sus amigos se sobresaltaron y enseguida corrieron hacia la puerta. Intentaron abrirla sin magia, pero después de un suspiro Ginny la abrió con el Alohomora. Jade salió y le entregaron su varita, a lo que ésta se extrañó.
—Malfoy la tenía —le aclaró Ron con un encogimiento de hombros—, como la de Harry y Hermione. Por cierto —dijo de golpe—, no podemos perder más tiempo.
Salió corriendo, seguido de Neville, Luna y Ginny, la cual le indicó a Jade que los siguiera.
Habían recorrido mucho bosque pero sin dejar de correr. Durante el camino, Ginny le había contado a Jade lo que había pasado después de que Harry abandonara el Gran Comedor en el examen y por eso la morena sentía más angustia. Divisaron a sus dos amigos corriendo en dirección contraria y cuando llegaron al mismo punto se detuvieron.
Les contaron lo que habían hecho hasta ahora, también el rescate de Jade, y Hermione les dijo que los centauros se habían llevado a Umbridge. En ese momento, unos caballos negros, alados y esqueléticos fueron aterrizando a tan sólo unos pasos de ellos. Luna los miraba sonriente y sugirió que fueran a Londres volando y así llegar cuanto antes al Ministerio.
Harry fue el primero en bajar del thestral y observó cómo los demás también lo hacían. Ron fue el siguiente y juró que nunca más subiría en uno puesto que no los veía. Neville y Luna fueron los siguientes seguidos de Ginny, Hermione y Jade, la cual era la única de las tres que podía ver a esos animales.
Enseguida se dirigieron a la cabina que Harry había señalado y se metieron todos dentro, apretujándose unos contra otros. Harry le contestó a la voz de mujer que les preguntó a dónde iban y, tras recoger unas chapas con sus nombres, la cabina descendió dejando sobre ellos la desierta calle de Londres.
Ahora se encontraban en el desierto atrio con la gran fuente de los seres mágicos ante sus ojos. La rodearon para poder llegar a los ascensores y una vez dentro subieron una planta llegando a un largo y oscuro pasillo con una puerta dorada al final. Siguieron a Harry hasta que cruzaron la puerta y se encontraron en un círculo con velas de llama azul a intervalos, pues entre éstas había puertas que empezaron a girar cuando Neville cerró por la que habían entrado.
Decidieron entrar por una al azar porque todas eran iguales e ingresaron en una sala con poca iluminación, sólo con un foco de luz en el centro. Era un estanque con cosas blancas flotando, pero al acercarse, Hermione confirmó que eran cerebros.
Salieron de allí y antes de cerrar la puerta, la castaña formó una equis roja en ella. La sala giró de nuevo y volvieron a elegir otra puerta pero ésta no se abrió, así que intentaron la siguiente. Ésta sí lo hizo y desprendió una luz azulada hacia el círculo de puertas. Harry entró lentamente, bajando los grandes escalones que llevaban a una tarima central con un arco muy grande. Fueron unos minutos muy agobiantes para Jade porque parecía que a Harry se le había olvidado que Sirius estaba en manos de Voldemort. Hermione lo sacó de su ensimismamiento y pudieron salir de allí.
Abrieron la siguiente puerta y supieron que era ese lugar cuando Harry entró rápidamente sin decir nada. Los demás lo siguieron por los pasillos de estanterías, las cuales estaban repletas de bolas que iluminaban la sala con sus luces azuladas. Hasta que llegaron a un pasillo que fue recorrido por Harry de punta a punta, sin tener ni rastro de Sirius. Pero en su lugar encontraron otra cosa.
—Harry, aquí pone tu nombre. Mira —dijo Ron señalando una de las bolas.
Jade se acercó a ellos y vio lo que citaba la bola:
S.P.T. a A.P.W.B.D
Señor Tenebroso
y (?) Harry Potter
Pero no duró mucho ese momento, pues unas cuantas sombras se colocaron alrededor de los jóvenes, cubriendo cualquier salida. Uno de ellos se adelantó unos pasos y, aún con la máscara de mortífago, dijo arrastrando las palabras:
—Muy bien Potter, ahora dame la profecía.
Harry apretó dicha profecía con los dedos, gesto que Malfoy interpretó como una provocación y mandó atrapar a la más joven. Pero sus compañeros no pudieron dar ni un paso porque los jóvenes se habían apiñado para proteger a Ginny y a Luna.
De un momento a otro, después de recibir una orden de Harry, todos empezaron a lanzar hechizos contra las estanterías y lograron escabullirse en varias direcciones. Jade siguió a Ron por la izquierda y corrieron hasta llegar a una puerta al final del pasillo. El chico la esperó al otro lado de la puerta y ella se extrañó cuando no la cerró al cruzarla, pero al mirar hacia la anterior sala vio a Ginny y a Luna alcanzar la puerta.
—¡Evanesco! —dijo Jade apuntando hacia la puerta y haciéndola desaparecer.
No se quedaron allí y corrieron hacia el centro de la sala, la cual tenía unas extrañas esferas flotando a escasos centímetros del techo. Giraban alrededor de una bola muy grande que iluminaba la estancia. Parecían planetas, pero había más de veinte, y también había otras figuras desconocidas para los chicos.
Ron dio otro paso para situarse dentro del círculo iluminado, pero no pudo poner el pie en el suelo y salió disparado hacia arriba, flotando. Entonces, el lugar que había estado ocupado por la puerta se agujereó y se pudo vislumbrar a tres mortífagos encapuchados y otro al descubierto. Era Bellatrix Lestrange y sonreía, lo cual causó que Jade se encendiera de rabia, pero no se dejó dominar por ella y corrió hacia Ron.
—¡Vamos! ¡Huid!
Luna la siguió antes incluso de acabar la frase, pero Ginny no fue tan rápida y cuando empezó a elevarse en la repentina oscuridad -pues la esfera había dejado de proporcionar luz-, uno de los mortífagos le atrapó el pie y tiró de ella hacia el suelo. Los otros dos mortífagos enmascarados empezaron a lanzar hechizos a diestro y siniestro, pero no conseguían llegar a ellos, tal vez porque también se quedaban perdidos en la gravedad.
Ron y Jade se impulsaron de inmediato para socorrerla y cuando la tuvieron tiraron de ella, pero al estar ingrávidos la fuerza no era suficiente.
—¡Reducto! —pronunció Luna apuntando hacia el mortífago, que salió disparado hacia uno de sus compañeros.
Ginny gritó de dolor y casi se quedó inconsciente porque el tirón que había causado que el mortífago la soltara, había hecho que los huesos de su tobillo se separaran. Escucharon un ¡crac! antes de que la chica gritara y se alarmaron de verdad.
Los mortífagos flotaron también al acercarse a los jóvenes, menos Bellatrix que siguió caminando de un lado a otro sonriendo. Dejaron de estar en el aire y cayeron con estrépito al suelo, junto a las esferas.
—¡Depulso! —dijo Luna apuntando hacia Plutón que se dirigió a la cara del mortífago anteriormente afectado.
Un hechizo pasó rozando el brazo de Ron y casi da a Jade, y cuando levantó la vista de Ginny vio una varita alzada. Bellatrix había empujado al tercer mortífago, desviando así el hechizo.
—¡El Señor Tenebroso la quiere viva! ¡Mata a los otros, de ella me encargo yo! —gritó histérica la bruja.
—¡Corred! —los apremió la morena al ver que los mortífagos se preparaban para atacar.
Ron había cogido a su hermana y la arrastraba hacia la otra puerta, seguido de Luna que miraba a intervalos a Jade. Ésta se dispuso a seguirlos, pero tuvo que girarse para lanzar un hechizo que la protegiera del rayo rojo que se dirigía hacia ella. La mujer bajaba lentamente la varita mientras la miraba con una sonrisa provocativa. Jade no pudo evitar que los tres mortífagos siguieran a sus amigos y, por el contrario, plantó sus pies separados en el suelo mirando a la mortífaga.
—No puedo matarte. —Hizo una pausa para dar unos cuantos pasos hacia su izquierda, respondidos por Jade para mantener la distancia— Pero, sin embargo, sí lo deseo. ¿Sabes que yo te crié durante tus primeros meses, antes de que Severus se viera obligado a cuidarte? —Jade no cambió su expresión, pero sí sintió un nudo en el estómago— Realmente tienes un cierto parecido a mi señor, pero dudo que tengas su valentía y su poder.
Jade sabía que quería hacerla enfurecer, pero no lo lograría; lucharía. La chica estaba preparada para lanzar un hechizo, pero Bellatrix sólo hablaba.
—Conocí a tu madre, ¿sabes Deyanira? Era realmente hermosa y la más malvada de todas las de su especie. Por eso se le permitió el honor de tener un descendiente con sangre del Señor Tenebroso. —Su voz era siniestra y cada vez que pronunciaba a su amo, lo hacía con adoración.
—¿Sigues enamorada de mi padre? —le preguntó Jade con malicia, pese a sentir un temor enorme.
La cara de la bruja se oscureció por momentos y el plan le salió al revés. Alzó la varita y de ella salió un rayo azul que cruzó la habitación en un momento.
—¡Protego!
El rayo rebotó por toda la habitación y se perdió cuando cruzó la puerta por la que sus amigos habían escapado. Las esferas volvieron a alzarse en el aire y por unos momentos no logró ver a la bruja. De repente hubo una explosión que hizo que la pared que Jade tenía a sus espaldas estallara en mil pedazos y algunos trozos de roca se quedaron ingrávidos entre Bellatrix y ella. Esa era su oportunidad de escapar y corrió hacia la habitación contigua.
Se detuvo un momento al ver cómo estaban sus amigos: Ron no dejaba de reírse y eso que no dejaba de señalar a su hermana tirada en el suelo con la pierna sangrando; Luna tenía la cara magullada e intentaba proteger a sus dos amigos de los dos mortífagos que aún quedaban en pie.
—¡Petrificus totalus! —pronunció Jade después de un segundo.
El otro mortífago se giró y dejó de lado a los otros, pues si le entregaba a Deyanira al Señor Tenebroso sería un ascenso en sus servicios. Sonrió y dio un par de pasos hacia ella, dándole vueltas a su varita en la mano. Jade sentía que su corazón batía tan deprisa que podría pararse, pero pese a respirar agitadamente estaba firme, mirando al mortífago.
—¡Incarcerous! —gritó la morena sin esperar a que le atacara.
El hombre se lanzó hacia el lado contrario a donde estaba Luna y rodó unos pasos por el suelo por no esperar ser atacado. Se puso en pie inmediatamente, haciendo parecer su cuerpo más alargado y delgaducho a cuanto más se alejaba del suelo. La máscara se le había resbalado y ahora Jade reconoció un rostro demacrado y pálido, con unos ojos hundidos.
Un rayo rojo salió disparado hacia la chica que logró esquivar el hechizo por los pelos. Jade cayó al suelo golpeándose la espalda en algo duro, quedándose sin respiración por un momento. Miró hacia el final de la sala y vio a Luna arrastrar a Ginny hasta la puerta. Al mismo tiempo escuchó unos golpes de tacones acercarse y al mirar hacia atrás, por el agujero de la pared, vio a Bellatrix correr, pues al parecer había sido golpeada con un trozo de pared.
Jade aprovechó que el mortífago miraba a la bruja para gatear hasta sus amigos. Estos ya habían abierto la puerta y entraban poco a poco, pues era Luna la que cargaba con Ginny y empujaba a un Ron que soltaba carcajadas.
—¡Rookwood, se te escapan! ¡¿Cómo puedes ser tan imbécil?! —gritó Bellatrix apuntando a los jóvenes con la varita.
Jade se puso en pie y apresuró el paso de Luna, entrando a otra sala dando traspiés. La morena selló la puerta tras de sí y entonces se dio cuenta de donde y con quien estaban.
Se encontraba con Harry y los demás en la sala circular que comenzó a girar.
—¿Qué les ha pasado? —preguntó Harry mirando a Ginny y a Ron.
—A Ron le han lanzado un hechizo y no ha parado de reírse —le explicó Luna.
—A Ginny un mortífago la ha cogido por el tobillo y al intentar soltarla han estirado hasta que sonó un crac —dijo en un murmullo Jade.
La sala dejó de girar y entraron por otra puerta, a la sala de los cerebros. Instalaron a Ginny en el suelo y Jade observó como Neville depositaba a Hermione inconsciente en el suelo. No se movía, incluso el color le había desaparecido de la cara; parecía estar… muerta. Jade intentó quitarse esa idea de la cabeza cuando vio a Harry, a Neville y a Luna sellar rápidamente todas las puertas. Al mismo tiempo, Ron cogió uno de los cerebros y sin hacer nada los tentáculos los rodearon.
Jade se acercó lentamente a donde se encontraba Luna para ayudarla a cerrar la última puerta, pero no llegaron a tiempo. Más mortífagos que los vistos anteriormente, entraron de golpe lanzando hechizos, provocando que Luna y Jade saltaran por los aires y chocando contra las mesas y estanterías que formaban filas a lo largo de la habitación. La morena quedó atrapada entre las mesas astilladas y Luna se levantó después de golpearse contra una estantería.
Harry, por otro lado, había corrido hacia otra de las puertas, al final de la sala, y se perdió de vista.
—¡Coged a Potter! —se escuchó una voz grave a sus espaldas.
Los hombres vestidos de negro cruzaron la estancia siguiendo a Harry, desapareciendo también por la puerta. Pero no acabó ahí: Neville, que había estado pegado a la pared, siguió el mismo camino y se lanzó al peligro.
Todo era un caos: Ron seguía atrapado entre los tentáculos de uno de los cerebros mientras seguía riendo, Ginny parecía estar a punto de desmayarse, Luna intentaba reanimar a Hermione y Jade seguía escondida entre unas cuantas mesas. Por ese motivo había pasado inadvertida por los mortífagos, que parecieron haberse olvidado de ella.
Se quitó los trozos de madera de encima y, como pudo, se levantó. Caminó unos pasos y se agachó para recoger su varita, entonces sintió un dolor insoportable en el hombro que después recorrió todo su brazo y el cuello hasta la cabeza. Se mareó un poco pero pudo volver a levantarse y acercarse a Ginny, después se sentó junto a ella y cerró los ojos.
—Harry necesita ayuda. No deberías quedarte sentada, esperando. —En la voz de Ginny se notaba que estaba aguantando el dolor.
Jade abrió los ojos y miró a la pelirroja; tenía razón y debía ir, pero…
—No puedo combatir. Tengo el brazo derecho inmovilizado y sólo sería un estorbo —acabó diciendo en un suspiro. Miró de reojo a Hermione y preguntó temerosa:— ¿Está muerta?
—No, aún tiene pulso —le contestó Luna alzando un poco más la voz.
Tras unos minutos de desesperación, otra puerta se abrió y Jade temió que fuera otro mortífago que había ido para llevársela. Pero en su lugar apareció lo que a Jade le pareció un ángel: era Dumbledore.
El director liberó a Ron, que aún soltaba risitas, de los tentáculos con un simple movimiento de varita, para después marcharse por la puerta por la que Harry había desaparecido. Jade se levantó y lo siguió. Se sorprendió por el espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos: Sirius peleaba contra Bellatrix, mientras los mortífagos quedaban atrapados por los miembros de la Orden. Parecía que Sirius se lo tomaba como un juego, sin prestar atención a los hechizos mortales que la bruja le lanzaba. Jade bajó un escalón de la sala del arco sin quitar la vista de los únicos duelistas. Divisó a Lucius Malfoy entre dos mortífagos que no conocía: uno era alto y fuerte, con aspecto elegante, y el otro desgarbado y con el pelo canoso.
Los miembros de la Orden dirigían su atención a los mortífagos capturados y no se detenían a contemplar la única pelea que se llevaba a cabo. Entonces ocurrió; Sirius soltó una carcajada y retó a su prima a hacerlo mejor. Recibió un hechizo en el pecho, la sonrisa de su cara se borró, y, tras mirar un momento a su ahijado, cayó dentro del arco y desapareció.
—¿Sirius? ¡Sirius! —El grito de Harry retumbó por toda la habitación, haciendo aquello más real para Jade.
Remus cogió al chico por el brazo y lo atrajo hacia él, para evitar que hiciera alguna locura. Pero tenía que hacer el doble de fuerza, pues él tampoco debía dejarse llevar por la furia aunque tenía más ganas que Harry de matar a aquella mortífaga.
—Vamos Harry, ya no podemos hacer nada —le suplicó intentando reprimir las ganas de gritar.
Jade notó como si el tiempo se detuviera, y con él sus pensamientos. El resplandor que dejaba el arco en las paredes daba la sensación de estar viviendo un sueño, pero Jade sabía muy bien que no lo era. Tenía el brazo dolorido y no sabía si sangraba por algún lado; lo que sí sentía era un dolor en el pecho y le costaba respirar.
Unos segundos después de escuchar a Harry, la morena vio a Bellatrix salir corriendo en su dirección, subiendo los grandes escalones costosamente. Quiso dar unos pasos hacia su derecha, pero parecía estar en trance y casi no podía quitar los ojos del arco.
Bellatrix llegó al penúltimo escalón y le lanzó un hechizo a Jade que sin poder protegerse lo recibió en el estómago. Cayó y chocó contra el suelo, quedándose inconsciente al golpearse la cabeza. Casi al instante, la bruja hechizó su cuerpo y la hizo levitar hacia la puerta abierta de la sala de los cerebros.
Remus soltó a Harry en cuanto vio que Jade caía y los demás también dejaron de interesarse por los mortífagos. Habían creído que Sirius podría con su prima, pero en vez de eso había muerto y ahora Jade estaba en peligro. Harry salió corriendo hacia la habitación donde se encontraban sus amigos, sin darle importancia a los gritos de los demás magos. Excepto Dumbledore, que no había dicho nada y observaba la puerta entreabierta. Remus quiso ir tras el chico, pero el director le hizo un gesto con la mano para después comenzar a subir los escalones.
Corrieron por el pasillo hacia el ascensor después de cruzar la sala circular, sin detenerse a escuchar a nadie, sólo siguiendo un objetivo. Bellatrix deseaba llegar al atrio para encontrarse con su amo y poder entregarle a Deyanira; Harry quería descargar su rabia y frustración contra la mujer que corría por delante suyo, la causante del dolor que sentía ahora.
Entraron en ascensores distintos y ya ansiaban llegar al piso inferior cuando la puerta se abrió. Harry le concedió un segundo de ventaja porque se había dado cuenta ahora de que Jade tenía un aspecto horrible bajo las luces del atrio. Después de eso, levantó la varita aún mientras corría y apuntó con ella a la bruja.
En ese momento, Bellatrix giró su cuerpo para quedar enfrente del chico y le lanzó un hechizo. Harry corrió para esconderse detrás de la fuente y vio como la cabeza de la estatua del mago se separaba del cuerpo y se esparcía en el suelo por delante del chico. No tenía miedo y quería vengarse, por eso provocó a la bruja para que se pusiera histérica.
—La profecía señor. No sabía que se había roto, estaba luchando con el animago Black… —decía Bellatrix con voz suplicante.
—Cállate, Bella —siseó Voldemort mirándola, mientras daba unos pasos hacia Harry que tenía la mente en blanco.
—Pero te he traído a Deyanira, mi señor. Y a Potter. Fue lo que nos pediste.
—¡Calla, he dicho! —gritó Voldemort cambiando su expresión a una de furia— No he venido para escuchar tus penosas disculpas.
La bruja obedeció e intentó acercarse a su amo, pero entonces apareció alguien por el ascensor, que detuvo a Bellatrix.
Dumbledore hizo un movimiento de varita y las estatuas se pusieron en movimiento. La primera estatua, la de la bruja, anduvo hacia Bellatrix, la cual empezó a correr pero la estatua fue más rápida y la atrapó aplastándola contra el suelo. El centauro fue en dirección a Harry y, después de cogerlo, lo mantuvo apartado de los otros dos magos. Las demás estatuas, la del duende y la del elfo doméstico, corrieron para meterse por una de las chimeneas que había a lo largo del atrio. La del mago se interponía entre los duelistas.
Harry, mientras veía como Voldemort atacaba a Dumbledore, se acercó lentamente hacia Jade, seguido siempre de la estatua del centauro. Llegó junto a ella y se arrodilló a su lado, le pasó la mano por la cara y la notó más fría de lo normal. La movió apretándole los hombros, la levantó para apoyarla en su cuerpo, aún en el suelo, pero no cambió nada. Entonces sintió presión en el pecho seguido de un dolor intenso en la cicatriz, que después se fue desplazando por toda la cabeza. Sentía que no estaba en su cuerpo, pero al mismo tiempo le dolía todo.
—Mata al chico si la muerte no es lo peor que te puede suceder —dijo Harry en un siseo y se dio cuenta de que era Voldemort el que lo decía. Dumbledore estaba muy cerca de ellos y no se movió.
Harry quería morirse, pues el dolor era insoportable; prefería morir y volver a estar con Sirius.
Todo acabó; el dolor desapareció y su cuerpo cayó hacia atrás, golpeando la espalda contra el suelo. Pero no era del todo cierto, pues por las chimeneas aparecieron muchas personas que se quedaron quietos al ver a Voldemort. Éste hizo un movimiento de varita que liberó a Bellatrix de la cárcel de la estatua, desapareció y apareció junto a Jade, arrodillándose junto a ella, y, tras dirigirle una mirada a Dumbledore, desapareció. Seguidamente lo hizo Bellatrix.
La cabeza le dolía y sentía todo su cuerpo dolorido. Abrió los ojos lentamente y miró a su alrededor: parecía una casa abandonada. Giró la cabeza y vio una chimenea con un sillón frente a ésta e intentó recordar lo sucedido. Varias imágenes le venían a la cabeza: el Ministerio, esferas, luces, Bellatrix y… Sirius.
Se incorporó de golpe, lo que hizo que se mareara, pero se sujetó al sillón antes de escuchar una voz sibilante a su espalda.
—Ya has despertado, Deyanira. —Jade se giró para mirar al hombre que estaba de pie frente a ella. A sus pies estaba Nagini deslizándose con sigilo.
—¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado? ¿Y Harry y Her…? —Todo era muy confuso y la cabeza no dejaba de dolerle.
—No hables. Estás aquí porque yo te he traído. —En ese momento entró Colagusano por la puerta y se paró al lado de Voldemort.
—Tú. —Jade quiso sacar su varita para lanzar un hechizo al hombre que mató a Cedric, pero sintió un dolor muy fuerte en el brazo que hizo que soltara la varita.
—Oh, vamos, ¿todavía no has perdonado a Colagusano? —La chica lo miró con rabia. —Esto es una guerra, las bajas son inevitables. Y sólo acaba de empezar.
Jade recordó lo sucedido antes de desmayarse y los ojos se le llenaron de lágrima.
—Sirius —susurró la chica.
—Pobre necio. Bellatrix hizo un buen trabajo —Voldemort sonrió y miró a su hija—. Pero tú no lo salvaste, estabas allí y no hiciste nada.
Cada palabra se hundía en ella como un cuchillo y agachó la cabeza dejando que las lágrimas cayeran en el suelo polvoriento.
—Pero eso no tiene porqué volver a suceder —dijo Voldemort haciendo que Jade volviera a mirarlo— ¿No te gustaría salvar a Harry? Está en tu mano hacerlo.
Ella esperó a que continuara, pues si había una posibilidad de proteger a Harry, lo haría.
—Lo que tienes que hacer es muy simple —mientras hablaba, caminaba de un lado a otro, pero se detuvo antes de decir: —Jura que estarás a mi lado en esta guerra y yo te prometo que no mataré a Harry Potter.
Jade se detuvo a pensar en ello. Quería que traicionara a sus amigos, que no luchara junto a ellos.
—No quiero que me respondas ahora —dijo Voldemort—. Te doy de tiempo hasta que nos volvamos a ver.
La morena alzó la cabeza incrédula por sus palabras, pero se encontró con el rostro frío y serio del mago. Agradeció no tener que decidirse en ese momento, pues su cabeza daba vueltas y sentía que pronto ya no se mantendría en pie.
—Colagusano, llévala a Hogsmeade.
—Pero mi señor —le susurró Petigrew al oído para que la chica no le escuchara—, no puede prometer eso, la profecía…
—Colagusano no pienses tanto. Todo está controlado, el plan sólo acaba de empezar.
Iba a negarse a que Peter la cogiera para desaparecerse, pero ya no le quedaban fuerzas para pelear.
Aparecieron frente a Cabeza de Puerco, y allí la dejó. Jade pronto se derrumbó, dejándose caer al suelo. Todo se agolpaba en su cabeza, todo lo sucedido y lo que estaba por suceder.
No puedo, no puedo con esto, pensaba la chica tumbada en el frío suelo en plena noche mientras se encogía sobre sí misma. No puedes estar muerto, tú también no Sirius. Llévame contigo, no quiero estar aquí. Ni siquiera pude hablar contigo…
Suaves gotas de lluvia empezaron a caer sobre su cuerpo, pero no le importaba. Quería desaparecer, quería dejar de sentir todo ese dolor que recorría su cuerpo. Pero ese dolor no se curaba con pociones o hechizos, no, ese dolor era interno. Un dolor que ya conocía.
Allí se quedó, sin moverse, dejándose llevar por la inconsciencia, susurrando un nombre: Sirius Black.
