Existía cierto pesar en el Draconequus, a la distancia se escuchaba el bullicio de los ponis ansiosos por ver la representación de la noche de los corazones cálidos, afuera existía un gran tumulto, la alegría de las fechas era pues bastante peculiar, calor de hogar, una mezcla de amor, unión, amistad, fraternidad; pobre de aquel que en esas fechas no entendiese la diferencia y la relación de cada uno de esos conceptos que se encarnaban constantemente en las relaciones equestres.
Y pese a esa alegría de allá afuera, dentro del señor del caos se debatían dos dimensiones, quizás más, sobre el presente, el futuro y el pasado de forma simultánea, lo que fue, lo que era y lo que fuese a ser se agolpaban, fusionándose en un solo momento sin ubicación precisa, segundos, horas, días. Incluso años, poco valían para el señor del caos. Su valor no recaía en que, acercaban su hora final, sino en que encasillaban los sueños, las aspiraciones el orden y todo lo que este implicaba para los demás.
No, en la cabeza del Draconequus no había lugar para un yo feliz y al mismo tiempo, su felicidad recaía en saber esto, en entenderlo al confundirse con esta cuestión sencilla. En el mundo había tantos, tantos, tantos que anhelaban la libertad, en aquella y en las demás dimensiones existían ideólogos, personas, animales, energías, cosas que anhelaban ser libres, libertad, libertad, libertad. La libertad era una idea y nada más, nunca una realidad, un sentimiento, mas nunca una fría presencia, era paciencia, mas no gratificación, una pregunta y nunca una respuesta.
En su forma retorcida de pensar – para muchos – la libertad finalmente había tenido cabida, estaba allí para aprisionarlo, para sentenciarlo con unas cadenas que jamás nadie más que él podría comprender. Libertad era estar encerrado, encerrado dentro de la propia libertad. Nada sabían los que decían librarse al entender el mensaje de un Dios distante; alejados estaban aquellos que luchaban veinte años por la independencia de un país; ilusos eran quienes, convencidos de la libertad vivían una vida de trabajo, castigo, ley y conformismo; enfermos estaban quienes claudicaban de sufrimientos extremos para dejarse llevar por el impulso de la pluma para demandarle al pueblo el reconocimiento de que en ellos yacía la voz de un tiempo, de un lugar y de un espíritu; astutos y nada más eran los políticos que seguían sus propios fines usando a los demás, convencidos de que, detrás del telón, sus acciones eran libres; pobres diablos eran quienes sentían librarse al escribir sobre los hilos del poder detrás de un escritorio, sintiendo seguridad al develar las supuestas maquinaciones de la sociedad y el mundo en su totalidad; perdidos estaban quienes consideraban la libertad como un atributo de un existir, de un darse cuenta, de un elegir.
No, aquellas formas groseras de entender la libertad movían gente, movían pensamientos, movían mundos completos y constantemente eran merecedoras de los más gloriosos elogios; pero él podía jactarse de la libertad, aquella doncella que segundo a segundo lo encadenaba silenciosamente, detrás de todo el bullicio que él efectuaba como todo señor del caos.
La poseía y esta lo poseía a él, estaba firmemente atravesado por esta, fusionado hasta la parte más íntima de su ser. Esa libertad era la que lo guiaba a presentarse constantemente hacia un danzar alrededor de lo que los demás habían creado, de lo que los demás habían ordenado: política, conocimiento, enfermedad, realidad, física, química, biología, amor, pasión, guerra, paz, materia, vida, ser vivo, ser muerto, emoción, pensamiento, cuerpo, tecnología, naturaleza. Cualquier cosa, en fin, él era libre, libre de revolverlo todo, su danzar era pues un desordenar, no porque existiera una causa, sino porque simplemente revolvía, sin explicación, sin razón aparente o profunda. En ello consistía la libertad. Por ello era al mismo tiempo una doncella que lo encadenaba en silencio.
Allí donde el señor del caos pasase, su danzar, su desordenar, su doblegar el orden era inevitable, su naturaleza, si es que era eso; porque incluso eso había cambiado en más de una oportunidad, era ser libre, fuera de la filosofía, fuera de la ciencia, fuera del arte, fuera del carácter, fuera de la materia, fuera de la idea. Una libertad semejante lograba cegarlo, herirlo en lo más profundo y al mismo tiempo, lograr que sintiera un bien consigo mismo tan perturbador que hasta la cosa más simple podría alegrarle el día.
Que un vaso de leche se rompiera era igual a que de pronto las cosas dejen de caer, que la gravedad dejase de existir, que los organismos de toda una galaxia de pronto ya no puedan sobrevivir, que un niño sea asesinado por su padre, que un depredador muera a causa de su presa. El sufrimiento, el dolor, la pena, el amor, el bien, lo racional… nada de eso importaba ya en esa libertad.
Y allí, solo allí el señor del caos realizaba el baile que lo liberaba, que liberaba todo. Y sin embargo… sin embargo se había dejado apresar, encadenado, su fidelidad hacia el caos del cual se enseñoreó y bajo el cual se dejó enseñorear, estaba quebrado desde hace bastante tiempo atrás. Claro, él también podía sufrir, esperanzarse, desesperarse, pensar, intuir, hacer ciencia, existir. Y esas otras cadenas eran quizá más superficiales, pero también le abrían hacia aquellas falsas libertades; abrían su pecho deforme de tal forma que la libertad acusaba con destruirse para ser libre una vez más.
Su captora, su carcelera era ninguna poni más y ninguna poni menos que la yegua de ojos celestes, pelaje amarillo, melena rosa y voz suave. En medio de todo el sufrimiento que siempre implicó ser el señor del caos, ella simplemente lo tomó, lo arropó, lo abrazó. No obstante, por mucho que le enseñase junto a Twilight y el resto de sus amigas, esa relación entre dos seres que se llama amistad, seguía siendo una captora. Equestria era una cárcel con barrotes dulces, paredes pintadas de los colores más cálidos. Pero cárcel, al fin y al cabo. Fluttershy, por tierna, amable, única y querida por él que fuese seguía siendo su carcelera.
Su pasado era simple en un aspecto, nunca tuvo dueño más que ese deseo, esa naturaleza perturbada de anhelar el caos. Nunca ningún orden, político, social, vinculante, físico e incluso químico logró encadenarlo. Él podía existir en la dimensión que se le antojase, podía violar cuantas leyes de la materia y las energías desease; había llevado a tantos imperios a la ruina… había sumido a tantos bajo el yugo liberador del caos… había sido todo eso con un completo desprendimiento de todo lo que podría importar. Y es que para el señor del caos no existía patria, familia, amigos, moral, ética, partido, honor, lealtad; ni siquiera el amor propio podía arraigarse. Su amor era el caos y en tanto pudiera hacerlo estaba completo.
Al principio de aquellos meses, cuando volvió a las viejas y añoradas andanzas, planeando, creando estratagemas que pudieran, de una forma brillante y escalofriante al mismo tiempo, fracturar el orden, desmenuzar la realidad y desordenarlo todo para que al fin pudiera saborear los breves segundos cuando las mentes ajenas sufrían, claudicaban, enloquecían ante el horror del caos.
Allí estaba abierta la problemática. Sentía en carne propia un dilema profundo, desgarrador, a veces sentía miedo, a veces una pasión descontrolada por seguir adelante. Si seguía adelante, su carcelera, y por qué no aceptarlo, las que se habían ido adicionando en aquella prisión afable y cálida, sufrirían de la dislocación de todo su mundo; perderían aquello que asumían como real, eterno, feliz, completo. Sabía bien lo que significaba destruir el orden en quienes lo vivían. Significaba quebrar sus espíritus por completo, aislarlos a la demencia de algo que ya no podían llamar mundo.
Provocarles semejante sufrimiento, semejante dolor, una desgracia tan trágica y valga la redundancia, tan incompleta, que ya nunca más podría ver sonrisa alguna en ellas. En eso se traducía hacer el caos.
Una parte de él ansiaba con todas sus fuerzas que llegara el momento, ver sus rostros, el de todos y todas las y los ponis en Equestria bajo el efecto liberador, cuando sus muros perfectos besaran el suelo. Lo ansiaba de forma desesperada, no era placer lo que le causaría, sino la libertad, la destructiva y desgarradora libertad que él conocía perfectamente. Libre, libre de todo, de todos, libre de cualquier orden, libre del amor, de la amistad, de la lealtad; así como había hecho innumerables veces.
Sí… ese era el camino por el cual se expiaría de sus cadenas, las minucias de una vida bajo el orden eran invalidaras ante la libertad auténtica, aquella que no se podía otorgar, aquella que no le era lícita a nadie; aquella que estaba por sobre todo ello.
Su sonrisa, en mucho tiempo no había tenido como origen el ansiar esa libertad… por ello, al estar frente a la puerta de la madera más fina, sin guardias, tal como habían acordado, tocó sin más premeditaciones, para ver, el rostro de una de esas carceleras, a la cual había conocido mucho antes incluso que a Fluttershy.
El sonido que sus garras de águila producían en la madera fueron tres repeticiones, irregulares y sin ritmo alguno; sin esperar a que la alicornio le respondiera, ingresó a sus aposentos, abriendo la puerta por el lado opuesto a la perilla.
Celestia yacía sentada frente a un escritorio donde varios papeles arrojados en el piso, daban una clara idea de lo que estaba haciendo durante un buen rato; la pluma todavía levitaba cuando Discord se le aproximó. La princesa del sol se volteó repentinamente para mirarlo con una expresión ilegible del todo.
La simpleza de su habitación resaltaba en comparación con la del todo el castillo, las paredes pintadas de un sepia mantenían una armonía con el piso de madera; la yegua desde luego, mantuvo la costumbre antigua de dormir al nivel del piso, por lo cual usaba uno de esos grandes cojines bastante cómodos y en forma cilíndrica de uno o dos metros sobre un colchón redondo hecho en la parte baja con materiales aislantes y en la superior con acolchonados, en eso se basaba la parte más importante de todo dormitorio. Después, pudo observar de forma rápida su escritorio, un tocador empolvado y un pequeño librero, con una alfombra de terciopelo que ocupaba casi todos los rincones del piso, asimismo, el diseño se basaba dos cuadrados vinculados por diversas líneas curvas; el centro tenía un sol, las hebras cobraban diferentes tonalidades.
- ¿Ya te cansaste de estar de fisgón? – Le inquirió la yegua de pronto, haciendo levitar el papel para ponerlo en una gaveta de su escritorio.
- Soy solo alguien con curiosidad e interés en las ponis que tiene como amigas. – Se disculpó el señor del caos, fingiendo su voz para tratar de igualarla con sátira a las de los diferentes diplomáticos con los cuales la princesa se entrevistaba, al tiempo de hacer una reverencia, mientras se inclinaba hacia adelante, poniendo su pata de león en su estómago y manteniendo sus alas completamente cerradas.
- Pensé que no vendrías. – Sentenció de pronto la poni de pelaje blanco, se levantó para acercarse a su cama.
Solo entonces, el Draconequus pudo advertir que sobre el lugar donde la princesa del sol solía dormitar, yacía un vestido negro, era muchas tallas inferior a la de la princesa. Vestir con cualquier color era un lujo que solamente la princesa Luna podía tener, una pena que a ella no le interesara tanto destacar por su aspecto.
- ¡Cómo! No me perdería una salida con la princesa más seria de toda Equestria. Sobre todo, cuando sé que comerá y actuará sin la mayor parte de los modales que usualmente mantiene en la mesa. – Copiar la forma de hablar de los diplomáticos era algo que Discord disfrutaba, hablar con Celestia era de las cosas más extrañas, podía decirle cosas hirientes, podía lanzarle indirectas, ser completamente opuesto a sus súbditos en su comportamiento y a ella parecía no importarle, siempre y cuando no llegara a los límites.
- Entonces, señor del caos, rey del desorden; ¿Podríamos dar inicio a este… acto de desconcentración? – Se dirigió la princesa, siguiéndole el juego. A lo cual, siguió una sonrisa cómplice del señor del caos.
- Sea, siempre y cuando, me permita, en favor de una mejor experiencia para ambos, cambiar nuestra forma.
- Sería un placer para mi metamorfosearme hasta que no quede un ápice de esta fachada, disfrutar del alborozo mundano de lo que usted llama chusma y yo súbditos me llenaría de regocijo. – Discord levantó una de sus cejas. - ¿Dejamos el antigües? – Preguntó.
- Lo dejamos. – Afirmó Discord, mientras se sobaba las manos, para después dar un chasquido.
El yugo, las herraduras y la corona de la princesa de pronto le quedaron grandes, sintió cómo, a causa de su tamaño ahora reducido, además de la pérdida de su cuerno, la corona caía al piso con cierto estruendo; su voz pasaba a ser algo ronca. Su pelaje se tornaba menos sedoso, más firme, el color pasaba de blanco a lavanda, su melena se recortaba, de llegarle hasta los cascos, ahora ya ni bajaba debajo de sus mandíbulas, quedándose recortado por el cuello, para mantener un peinado en el cual varios mechones se posicionaban hacia adelante y arriba de forma casi natural, su cola se recortaba hasta solo parecer un mechón grande que apenas llegaba hasta la mitad de sus ancas. Sus alas se redujeron de forma proporcional al tamaño que su cuerpo adoptaba: la de una poni cualquiera.
En el caso de su Cutie Mark, pasaba a representar una bombilla incandescente de una linterna. Sus ojos se tornaban en un amarillo limón. Pronto, la pegaso observó al señor del caos con cierta expresión que no supo diferenciar bien, parecía estar nerviosa… pero… ¿Por qué?
- Ejem… Discord, tengo que cambiarme. – Le explicó la yegua señalando con la vista la salida de la habitación.
- Oh vamos, prácticamente ustedes no usan ropa en todo el día y aún así piden que no les vean cambiarse… a veces ustedes son los extraños. – Recalcaba el Draconequus.
- Ya, sal de una vez. – Rogó la pegaso de ojos amarillos sin dejar lugar a más discusiones.
Fueron varios minutos de espera, en los cuales el señor del caos tuvo que entretenerse con un cuadro donde aparecía la legendaria comandante Hurricane en cuerpo completo, el retrato transmitía el espíritu guerrero característico en antaño de los pegasos con el porte militar, que implicaba sacar levemente el pecho, para que estuviera algunos centímetros al frente de una línea imaginaria que dibujaban la punta de los cascos, asimismo, el rostro debía estar bien encajado con relación a esta línea imaginaria, de tal forma que el centro del hocico estuviera en la misma de forma paralela con el centro de la línea imaginaria.
Primero lo hizo levitar, hacerlo girar en todas las direcciones que se le ocurrió, extraer todos los pigmentos secos en su totalidad, para volver a ponerlos en su lugar, repintar mágicamente la pintura para que Hurricane se viera como un payaso, después perdiendo una apuesta en una partida de cartas. Como parte de la publicidad para un refresco; aunque, las cicatrices de esa guerrera impedían que tuviera el efecto deseado… pero si la ponía en una bebida deportiva, entonces lograba crear una imagen atractiva.
Cuando sintió la puerta abriéndose, devolvió todo a la normalidad. Cuando Celestia salió, se le acercó con unos ojos desconfiados.
- Qué estabas haciendo.
- Wow, Celi, a pesar de la edad todavía tienes lo tuyo. – Expresó el Draconequus nervioso.
- Responde, qué estuviste haciendo todo este tiempo. – Volvió a preguntarle. – Gracias por cierto y… ¡Discord! ¡Cuántas veces te he dicho que ya no hagas los chistes de la edad!
- Lo siento, lo siento… es que… ¿Tienes como mil y algo más cierto?
La princesa le negó con la cabeza, era una clara señal de que era mejor no continuar insistiendo.
- Bueno… ahora vámonos, que tenemos un día bastante movido. – Añadió el Draconequus antes de volver a chasquear los dedos. – He tratado de hacer una lista como Twilight, sé que a ti y a ella les encanta tener todo su tiempo organizado. – un rollo de papiro apareció flotando, abriéndose y unos lentes gruesos, aparecieron frente a los ojos del Draconequus, se disponía a leer su lista cuando Celestia levantó un casco.
- No, nada de listas… hoy es un día donde quiero dejar todo eso Discord. – Explicó la pegaso bajando su casco, mientras abría la puerta de su habitación. Sacando después la cabeza para vigilar si todo marchaba de acuerdo al plan.
- Entonces, ¿Sólo te dejarás llevar?
- Sí, ¿Por qué no variar alguna vez? – Le preguntó la yegua después de cerrar nuevamente la puerta. Observando a Discord a los ojos para fruncir el ceño. – Ya deja lo que estaba escribiendo, sé que lo tienes en alguna parte. – añadió la yegua con una intuición casi natural.
- Oh vamos, ¿A poco no confías en mí?
- Esto no; no quiero empezar este día de mala manera. – Advirtió de forma menos sutil de la acostumbrada.
- Bueno, solo porque no dijiste por favor. – Dijo con rezonga el Draconequus poco antes de romper una de las divisiones de su hasta de venado. Al arrojarla al escritorio, se convirtió en el papel original en el aire; cayendo suavemente. Poco después levantó su garra de águila. - ¿Lista para irnos? – Le preguntó todavía con cierto resentimiento. La privacidad era un concepto bastante restringido para el de ojos rojos.
- Por supuesto, pero no con magia. – Se adelantó la yegua, dirigiéndose a su tocador. – Ayer por la noche tomé todas las sábanas que pude.
Afirmó Celestia con un brillo en los ojos mientras abría uno de los compartimentos, extrayendo de este una cuerda improvisada hecha de varias sábanas de colores cálidos diversos, enrollada y preparada para un uso evidente.
- ¿No estarás hablando enserio? – Le dijo el Draconequus cruzando sus brazos.
- Siempre quise saber qué se siente escapar de una torre de un castillo.
- Celi, enserio idealizas todo; primero el tren y ahora quieres escapar de tu castillo como la princesa Platino.
- Bueno, esto no debería ser nada para alguien que ha escapado de todas las cárceles y prisiones donde traté de encerrarlo. Aunque, dicen que en los machos, la edad trae la pereza…
Desafíos, si algo había que podía levantar a Discord, eran los desafíos.
- Oh bueno. – El Draconequus chasqueó los dedos para convertirse en un pegaso gris, con melena y crin blancas, sus ojos se quedaban casi con completa normalidad, el colmillo sobresaliente adoptaba la forma propia de la dentición de un herbívoro, un incisivo. Su cutie mark era un enchufe. – Pero no estés llorando cuando tus cascos no resistan y te sueltes.
Celestia amarró un extremo en el barandal, después haló con todas sus fuerzas para comprobar que resistiese, en efecto, el mármol era lo suficientemente resistente como para aguantar la fuerza con la cual saldría.
Después, lanzó toda la cuerda; asombrosamente, la reserva de sábanas era lo suficientemente grande como para llegar a un metro del piso, al final le aguardaba dar un salto. Con lentitud, se levantó por sobre el barandal, hacia la altura más que considerable de la torre, al menos quince pisos de caída si no lograba sujetarse. Sintió seguridad, pues era una pegaso, si se caía extendía las alas y ya.
- Bien, aquí voy… - pensó en voz alta.
El procedimiento lo conocía de algunas lecturas y uno que otro ejercicio que la guardia real había hecho en su presencia.
Primero debía tomar la cuerda con su casco derecho, después, hacerlo pasar por ambos flancos, procurando asir la misma con su cola; era pequeña, pero pudo cumplir con la tarea; listo, ahora solo quedaba comenzar a descender dando pequeños impulsos contra la pared con sus cascos traseros, la gravedad haría el resto.
- Celi, ese es descenso para un solo poni. – Expresó el Draconequus con una sonrisa en el rostro.
Una segunda cuerda de sábanas apareció en al lado, tenían varios colores, manchas y el final de la misma se movía como si se tratara de la cola de un perro inquieto, el Draconequus se limitó a poner un casco frontal cerca de la cuerda y esta se movió por si sola para darle dos vueltas; una vez al otro lado del barandal observó con una sonrisa a su aventurera acompañante. Con una mirada de reprobación.
- Dijiste que descendiera, nunca dijiste cómo. – se defendió.
- Qué más da, igual llegaras segundo. – Expresó la yegua poco antes de comenzar a descender.
- Oye, no dijiste que era una carrera.
- Hubieras hecho lo mismo Discord. – Dijo la yegua ya a un metro de diferencia.
El Draconequus sonrió; Celestia pudo verlo claramente imitando el gesto.
- Vamos chiquita, no dejes que esta tramposa nos gane. – Le dijo el poni a la cuerda y esta se enrolló al redor de su cuerpo, dando unos cuantos giros; creando una especie de espiral que se movía en una dirección, y al hacerlo, el Draconequus descendía con una regularidad que Celestia no podía tener en su estilo de descenso.
- Oye, eso es trampa. – Le recriminó la yegua cuando estuvo a su nivel.
- Pues… ya somos dos. – Se defendió el Draconequus con completa comodidad. En su paso por su cuerda, de pronto apareció un poco de pan incrustado en las supuestas sábanas amarradas. – Oh, tú sí que sabes mimarme. – Expresó el Draconequus mordiendo el pan ya duro y rancio. Provocando que la yegua hiciera una cara de asco. De lo viejo que era ese pan incluso tenía color verde.
- ¿Qué? Por si no lo sabes, tengo que atender más de seis tipos de dietas.
- Con tal de que no vuelvas a mostrarme las más curiosas, por mi puedes comer abono. – Se burló la princesa, mientras trataba de acelerar el paso.
- Ah sí… pues… pues… me ganaste esta. Pero el abono sabe horrible. – Añadió mirando hacia otra parte.
Celestia, entre el asco y cierta impresión por la confesión del Draconequus sonrió para sus adentros, aquel Draconequus era bastante orgulloso, y lo era más en los momentos menos pensados. Sin darse cuenta, habían llegado a tres metros del piso, Celestia observó hacia abajo y se percató de que al menos seis guardias se encontraban esperándolos, con sus armas en alto y la mirada fija.
- Aggg, claro que no sabes que este tipo de cosas se hacen de noche, cuando no te pueden ver. – Explicó el Draconequus que por necesidad conocía los diversos artes dentro de la poliorcética.
- De noche mis cascos Cordi, lo lograremos si me sigues el juego. – Sentenció la yegua frenando lentamente para dar el salto que debía llevarla a tierra.
Algunos de los guardias observaban incrédulos como la cuerda del corcel pegaso parecía tener vida propia, agitándose cual látigo para alejar a los anonadados guardias.
- Alto, en nombre de la princesa Celestia. Ambos están arrestados por irrumpir en espacios propios de una princesa de Equestria. – Sentenció uno de los guardias.
Cuando Discord pisó tierra estaba a la espera de cualquier señal de Celestia. Esta observó a un lugar en el aire y abrió sus pupilas.
- Oh, princesa Celestia, lamento lo que hice. – Empezó a decir. Él observó el lugar, así como los guardias. Fue una fracción de segundo hasta que se dieron cuenta de que no estaba ahí; Discord se vio envuelto de miradas inquisitivas y las armas de los corceles y Celestia, ya estaba en el aire, volando a toda velocidad.
Varios de los guardias se lanzaron en vuelo raudo para darle alcance, el corcel por otra parte ya estaba con una espada apuntándole.
- Este… les juro que fue todo idea suya. – Fue todo lo que pudo decir para excusarse. Pero los dos guardias que quedaban no le quitaban la vista de encima.
- Usted estará encerrado hasta que la princesa Celestia regrese, procuraré que le toque la peor celda del calabozo. – Una respuesta optimista, se dijo el Draconequus. Estaba a punto de convertir uno de sus cascos en sus garras, para chasquear los dedos y encerrarlos bajo una prisión de sal.
Pero sintió un golpe fuerte en su casco derecho, después algo tiró de ella; sintió que aquella fuerza estuvo a punto de arrancarle la extremidad.
- Vamos, usa tus alas o nos toca noche en el calabozo. – Le dijo Celestia, sorprendiéndole de pronto.
Era Celestia, estaba volando como una wondercolt, y no había guardias pegaso detrás de ellos; era una completa locura.
- ¿Cómo lo…?
- Tú no eres el único con trucos sucios. – Le respondió la yegua. El Draconequus no supo decir nada más, esta Celestia era completamente diferente y en gran medida, lograba sacarle una verdadera sonrisa.
- Oye… - Le dijo de pronto, con cierta duda.
- ¿Sí? – Dijo la yegua entretenida.
- Cuando quieres, y solo cuando quieres puedes ser muy chévere. – Tratando de no sonar como uno de los zalameros diplomáticos, el Draconequus le concedía un reconocimiento sincero.
- Bueno, cuando tú quieres puedes ser un buen amigo… y solo cuando tú quieres. – Le respondió la princesa dedicándole una sonrisa cómplice. Mientras le guiñaba un ojo.
No, aquella no era la típica sonrisa de todo bien, o la fingida "sigue adelante", era una sonrisa solo para él, pues solo a él le podía expresar un perdón por tantos errores, una amistad salida de una enemistad antigua. En ese instante, el Draconequus sintió como si algo dentro de él se quebrara, sus ojos se entrecerraron. Cautivado, conmovido, prefirió no mirar a los ojos de la yegua.
- ¿Estás bien?
- Sí, solo… solo olvidé que estoy en el cuerpo de un poni y que no tengo que comer cosas echadas a perder. – Le respondió el Draconequus. – Atenta a cualquier baño. – Complementó con una sonrisa.
- Ugg, ¡Discord! – Le profirió un gozo la yegua sacando la lengua por el asco.
Todavía les quedaba un día por delante.
Lo diré una vez más, a mis ojos, Discord es uno de los personajes más complejos para abordar; en el pasado, me causó un dolor de cabeza para tratar de plasmarlo en mis fanfics. Después de "Discord" pensé que no volvería a serlo. Pero debo admitirlo, estoy haciendo otro Discord al que plantee anteriormente y eso me tiene bastante contento. Nos leemos pronto y espero que les guste esta otra óptica desde la cual veo a Discord.
