Capítulo 20

Potter terminó incluyéndolo en su grupo de amigos. Ahora que Severus sabía lo que andaban tramando, ya no había más secretismos por ese lado. Mulciber le miraba mal al ver a los gryffindors revoloteando a su alrededor con tanta familiaridad, pero Severus había decidido pasar de él en la medida de lo posible. No sería juicioso obviarle, porque eso luego podía hacerle mucho daño.

Lupin, Black y Potter le preguntaban al menos media docena de veces al día cuando iba a hacer su poción, aunque Severus seguía sin comprometerse en ese frente. Aún así, había empezado a barajarlo de verdad: estar con ellos, a su lado y en ese ambiente de camaradería le gustaba – aunque no lo admitiría en voz alta jamás. Lily aparecía de vez en cuando por allí, cortando de golpe su buen humor. Potter había intentado hacerle cambiar de opinión, pero lo único que había conseguido había sido que Severus no mirara a Lily (según Potter, su mirada tan fija y penetrante la asustaba).

Incluso parecía empezar a llevarse no tan mal con Black. Se gruñían la mayor parte del tiempo, pero había momentos en que compartían opiniones de Mulciber cuando hacía alguna cosa sospechosa. Black le tenía tantas ganas como Severus seguramente, dado que lo había puesto de rodillas. Lupin y Potter solían sonreír al verlos así, pero ni Severus ni Black entraban a discutir con ellos.

—Podríamos emboscarle. —murmuró Black en su oído mientras salían del Gran Comedor. Lupin y Potter rieron detrás de ellos, de nuevo encontrando gracioso que se hablaran.

—¿Y eso para qué serviría? —Potter y Lupin no les podían escuchar, así que Severus decidió que era un buen momento para hablarlo.

—Podríamos darle veritraserum. ¿Puedes hacerlo, no? —Black le lanzó una mirada curiosa. Severus enarcó una ceja.

—¿Qué información tiene Mulciber que te interese?

—Podemos hacer que confiese que él es el autor del crimen. —Black se refería claramente a lo sucedido el curso anterior. —Pero más que eso… Yo no me – no me opondría a una idea de venganza por tu parte.

—O sea, te refieres a vengarnos.

—A la manera Slytherin. —apuntó Black. Severus, que había dejado su mirada descansar, la clavó en los ojos de Black. La manera Slytherin, como Black la llamaba, era otra forma de decir que aceptaría las ideas oscuras y violentas de Severus.

—No sé si merezca la pena. —refunfuñó Severus, forzándose a tranquilizarse. La idea de vengarse de Mulciber le resultaba demasiado apetitosa, pero no pensaba que fuera a salir bien.

—¿Cómo puedes decir eso? —se enfadó Black.

—Alguien tiene que pensar en las consecuencias, Black. —le recordó Severus. Potter y Lupin agudizaron el oído detrás de ellos, curiosos por lo que sea que estuvieran hablando. —Esperemos. No voy a jugarle a Mulciber una chiquillada cualquiera.

—Como quieras. —gruñó Black en desacuerdo.

Diversas ideas cruzaron por su mente los días venideros. La posibilidad de vengarse de Mulciber estaba demasiado cerca de convertirse en un hecho – bajo su varita y la de Black – como para desperdiciar la oportunidad haciendo tonterías. Las ideas, cada vez más locas y oscuras, llegaban a su cabeza a cualquier hora del día y Severus tomaba nota o las desechaba, dependiendo de qué tan barbáricas fueran esas ideas. A veces le daba miedo lo que su mente era capaz de imaginar, pero luego se recordaba que la cicatriz del pecho no se iría nunca y se le pasaba esa culpa pasajera.

Sin embargo, no hicieron nada. Potter y Lupin los acechaban en los momentos menos oportunos, como temiéndose que fueran a hacer alguna barbaridad. Black no dejaba de mirarle, lanzándole esas miradas oscuras y con intenciones asesinas cada vez que Mulciber se cruzaba en su camino. Prácticamente, era un muerto en vida, se reía Severus por dentro al mirarle.

—Podrías ayudarnos. —se quejó Potter a su lado en la biblioteca. Llevaba en las manos un libro de Transformaciones bastante antiguo y complejo. Severus miró el interior: había una fotografía de una mujer transformándose en un águila. Así que seguían con lo de ser animagos. —Asesorarnos aunque sea.

—¿Ya habéis conseguido encontrar vuestro núcleo mágico? —preguntó Severus, obviando su respuesta a las proposiciones de Potter.

—Sí. No es sencillo, ¿sabes? Sobre todo si contamos con que Peter estuvo presente casi dos años y no nos podíamos permitir practicar fuera de las horas de sueño.

—Así que solo os queda la poción y el encantamiento final. —estableció Severus. Potter asintió con la cabeza.

—Tenemos que buscar la receta antes en la Sección Prohibida. Madame Pince tenía el libro bastante escondido. —comentó. Puso una sonrisa brillante, tratando de convencer a Severus.

—Puedo echarle un vistazo, si tanto te importa.

—¡Bien!

Madame Pince les acribilló con la mirada. Severus gruñó a Potter, que sonrió un poco más precavidamente. Esa noche los tres gryffindors celebraron con botellas de cerveza de mantequilla, sacadas de las cocinas de Hogwarts de formas poco legales. Severus prefirió no participar, dado que la última vez que habían hecho una fiesta allí con él delante habían terminado cuestionándole acerca de temas incómodos. A los gryffindors no les pareció mala idea que Severus no estuviera de todas formas.

Al día siguiente por la noche, Potter y Black le acompañaron a la Sección Prohibida a buscar la receta de la poción que necesitaban para completar su transformación en animagos. Ellos se mostraban tan excitados y emocionados por poder ser finalmente animagos que a Severus empezaba a resultarle irritante, pero no lo iba a decir porque, tal y como se comportaban entre ellos, lo más probable era que le molestaran aún más. Lupin estaba dando vueltas por el castillo, patrullando como prefecto que era.

El mapa de Potter les sirvió para llegar a la biblioteca a salvo. El profesor Slughorn estaba patrullando también esa noche, así que estaban bastante seguros de no ser cazados. Slughorn no se tomaba esos deberes como algo importante o que mereciera la pena, así que lo raro era que cazara a algún alumno. Entraron en la biblioteca guiándose por el resplandor de las luces de sus varitas y fueron directamente a la Sección Prohibida.

—De acuerdo, si Madame Pince no lo ha cambiado de sitio, el libro debería estar en la sección 23. —les informó Potter. —Y por lo que más queráis, no toquéis ningún libro.

—¡Por Merlín, James, solo fue un descuido una vez! —se quejó Black. Potter le lanzó una mirada escéptica y Black le bufó. Severus los dejó estar, caminando ya hacia la sección que Potter había indicado.

—Alguien debería vigilar desde el mapa. —murmuró, señalando el gran pergamino. Black gruñó y tomó el mapa de las manos de Potter, dedicándose a la tarea.

—Realmente te agradezco que nos ayudes con esto, Severus. —susurró Potter a su lado de repente, mirando la alta estantería donde debía estar el libro. Severus le miró, bajando ligeramente la varita. De nuevo lo había llamado por su nombre de pila. Black estaba suficientemente lejos como para no escucharles.

—¿A qué viene esto? —preguntó en voz igualmente baja, dejando el asunto del libro de lado. Potter le hizo un gesto con la cabeza, pidiéndole que elaborara su pregunta. — Lo de llamarme por mi nombre de pila cuando estamos solos.

—Ah, eso. Pensé que no te habías dado cuenta. —Potter tuvo la decencia de lucir ligeramente avergonzado.

—¿En serio has pensado por un momento que no lo notaría?

—La otra vez no dijiste nada. —se excusó Potter. —Es – eh – complicado y tonto de explicar. —intentó evitar el tema. —Pero – uhm – Remus quiere que seamos amigos. Todos nosotros. Ya sabes, como grupo y tal. —Potter le miró de reojo. —¡Yo también quiero! —añadió de repente, como si se hubiera percatado de que sus propias palabras le dejaban en evidencia. —Y a Sirius no le importa demasiado. Quiero decir, ahora os toleráis. Incluso tenéis esas conversaciones tan graciosas sobre Mulciber. —se rió por lo bajo.

—Eso no explica nada.

—Estaba llegando. Qué impaciente. —se quejó Potter. —En fin, la cuestión es que yo soy el más cercano a ti. Y tú eres raro. Especial. Difícil. —intentó describirle sin que sonara ofensivo. Severus enarcó una ceja y Potter hizo un mohín. —Bueno, ya me entiendes, no eres como una persona normal y corriente, a la que puedo coger del hombro y contarle un chiste y sé que se reirá. Así que hemos decidido que cuando yo te llame por tu nombre de pila, Remus y Sirius te llamarán también por tu nombre de pila. Y al revés, claro, tú también nos llamarás por nuestros nombres de pila.

—Eso es estúpido. —le dejó ver Severus. —Estúpido y absurdo.

—¡No es estúpido! —negó Potter. Severus se giró a buscar el libro de nuevo. —Bueno, un poco quizás sí. ¡Pero es por tu culpa! Si no fueras tan condenadamente difícil, no sería tan complicado relacionarse contigo.

—Nadie te ha pedido que hagas un esfuerzo, Potter.

—James.

—¿Disculpa?

—Mi nombre es James. Puedes llamarme por mi nombre de pila cuando quieras. —Potter le sonrió por debajo de las gafas. A Severus le dio la sensación de que se encontraba frente a un niño pequeño en esos momentos.

—El libro. —dijo de repente, señalando el grueso y viejo tomo polvoriento que había en la tercera balda.

Potter sacó el libro con cuidado, dejando su varita en el bolsillo del pijama. Chistó a Sirius para pedirle un informe de la situación; Black, reluctante y con un mohín en la cara, le levantó el pulgar sin mirar realmente el mapa. Severus tenía la sensación de que Black no estaba vigilando para nada, pero aún así no dijo nada, atraído por la voz de Potter.

La receta era antigua y complicada de realizar, con un puñado de ingredientes raros que solo podrían conseguir de la despensa del profesor de Pociones. A Severus, sin embargo, no le importó nada de eso: las instrucciones parecían complejas, pero en realidad Severus creía que la poción era fácil de hacer si uno estaba preparado. Lo que realmente le llamó la atención fueron los tiempos: tardarían al menos dos semanas en hacer la poción tan solo por los tiempos de reposo entre los diferentes pasos en la receta.

—Oye, Potter. —le llamó la atención Severus. —Va a ser complicado hacer esto.

—¿Tan difícil es que ni el maestro en pociones puede con ella? — se rió Potter, jovial.

—La poción necesita demasiado tiempo de reposo intermedio. ¿Sabes lo que significa? —Potter ladeó la cabeza. —Al menos dos semanas para hacer la poción. ¿Dónde vamos a meter una poción ilegal a medio hacer de mientras?

—Vaya, no había pensado en ello. Bueno, nos las apañaremos. —Potter aplanó la crujiente página del libro, mirándola con cierto respeto. —De todas formas, si tuvieras, ya sabes, todo el tiempo del mundo para hacer esta poción, ¿podrías hacerla?

—Sí. No es tan difícil. —admitió Severus. —Lo único preocupante es lo de los tiempos.

Se escucharon pasos cercanos, renqueantes. Filch, pensó Severus instantáneamente. El intruso resopló y murmuró cosas bajo el aliento. Un maullido rompió el silencio y Severus se giró para mirar a la fuente del sonido: desde los límites de la Sección Prohibida, la señora Norris les miraba con sus felinos ojos amarillos. Black miró el mapa con fervor y palidez, su cara contraída en un gesto de dolor por no haber estado haciendo su trabajo.

Severus movió la varita sobre el libro, copiando la receta a un pergamino que llevaba, y después Potter volvió a colocarlo en la estantería con rapidez. La señora Norris maulló más alto, avanzando hacia ellos. Black los agarró de las ropas, corriendo hacia la otra salida mientras Filch decía cosas a lo lejos, caminando ruidosamente hacia su posición. El felino les siguió, maullando, y de repente, Potter lanzó algo por encima de los tres.

Black le placó como si fuera un jugador de rugby, tirándole al suelo en una esquina, y Potter le cubrió la boca con la mano, respirando agitadamente al otro lado. Severus se revolvió, incómodo, y Black se hizo a un lado, recolocando aquella manta para que les cubriera perfectamente. La gata se encontraba justo frente a ellos, mirándoles fijamente por debajo de la prenda de ropa. Potter le quitó la mano de la boca, haciéndole un gesto para que se quedara callado.

Filch apareció entonces, desde el penúltimo pasillo a lo lejos, con un farol que iluminaba muy poco. Su cara quedaba recortada por las sombras que se proyectaban en las estanterías, dándole un aura funesta. La gata movía la cola erizada frente a ellos. Severus sacó la varita. Black le lanzó una mirada precavida mientras Potter le cogía de la mano para que no hiciera tonterías. Con un movimiento forzado – Potter era un buen cazador, pensó Severus – el slytherin tiró uno de los libros de un pasillo cercano al suelo.

La señora Norris se giró repentinamente, viendo el libro en el suelo, que se abrió y comenzó a pasar las páginas adelante y atrás. Filch corrió, renqueante y cojeando, hasta el libro, a la par que la señora Norris se acercaba a investigar.

—¿Has encontrado a algún alumno, señora Norris? —el conserje se acuclilló, rascando la cabeza de la gata. Ella olisqueó el tomo antes de que Filch lo cerrara y dejara en su sitio. —Mmm, parece que el truhán se ha marchado por esa salida. Vamos, rápido, quizás le alcancemos antes de que vuelva a su Sala Común.

Filch se marchó después de repasar la habitación con la mirada. Sus ojos no repararon en los tres muchachos ovillados en el suelo bajo la horrorosa manta de Potter, y Severus realmente se planteó que fuera una ropa mágica. Podían ver a través de ella, pensó cayendo en la cuenta. ¿Era una capa de invisibilidad? Se decía que no eran más que fraudes.

Potter retiró la mano de su muñeca, dejando una marca roja por la presión. Black se dejó caer, relajándose y poniendo una pierna encima de las de Severus. Su pie golpeaba contra el muslo de Potter. Repentinamente, se sintió muy incómodo en esa situación tan… Tan incómoda. Severus frunció el ceño, girándose hacia Black:

—¿No tenías que estar vigilando?

Black se incorporó, quitándose la prenda de ropa mágica que los cubría. Severus no fue menos, levantándose de inmediato, y Potter recogió aquella extraña capa con más parsimonia, lanzándole miradas que requerían explicaciones a Black. El muchacho desplegó el mapa, comenzando a andar hacia la salida contraria a la que había tomado Filch.

—Lucius Malfoy estaba en el mapa. En el Bosque Prohibido. —les informó entre susurros. Severus se sintió palidecer por un momento: aunque la última vez se había burlado de él, seguía recordando la escalofriante conversación en el Bosque Prohibido.