21
La Navidad

La mesa del comedor de la casa Black estaba repleta de numerosas bandejas y platillos de asados, estofados y bocadillos. El aire de la Noche Buena llevaba el delicioso aroma de la cena. La señora Weasley se paseaba de la cocina al comedor varias veces, intentando que todo quedara perfecto. Regañaba y ordenaba por mínimos detalles. Todo lucía impecable. El arbolito de Navidad que habían colocado en la sala se agitaba graciosamente, en la copa tenía escarcha y la esparcía por toda la sala.

—¡Fred y George! —gritaba la señora Weasley—. Les dije que todo menos un pino quisquilloso.

—¡Acéptalo, madre, es más divertido ahora! —exclamó Fred, gustoso recogiendo una bola de nieve y lanzándosela a Ron.

—¡Oye! —gritó el pelirrojo intentando acomodarse de nuevo la elegante corbata roja que había elegido para su traje de casimir.

Toda la familia Weasley estaba de gala. La cena de Noche Buena era una tradición ancestral que no se podía romper. Había que estar de acuerdo a la ocasión y preparar lo mejor de los platillos. A Harry siempre le había parecido muy divertido estar con la familia entera en las festividades, siempre ocurría algo inesperado. Pero este año la celebración Weasley no era lo único que le emocionaba, podía festejar un año más con su padrino y además, ahora estaba Dian, que junto con Lupin le hacían sentir que realmente estaba en una gran y enorme familia.

Las impresiones sobre Dian habían cambiado un poco desde el día en que llegó. La señora Weasley la vigilaba con la mirada algunas veces y aunque Sirius le había dicho por todos los medios que aquel pasado de mortífago ya había quedado olvidado, ella no se fiaba. Por el contrario, los chicos comprendieron más fácilmente y, lejos de sentirse atemorizados, no cambiaron sus impresiones respecto a Dian; tenía sentido el hecho de que fuera tan buena para las Artes Oscuras. Tonks se había sentido significativamente relegada al ver esa nueva ola de atención hacia Roosevelt y había decidido no aparecer por la casa Black al menos el tiempo pertinente, aunque con la reuniones de la Orden eso sería un poco difícil.

El rumor de la relación que tenían Lupin y Dian se había hecho real y público, así que el morbo y la curiosidad no dejaban en paz a la pareja que cada vez que se encontraban juntos tenían las miradas encima. Ellos parecían indiferentes y seguían comportándose como si sólo se trataran de viejos amigos.

En el salón estaban reunidos casi todo el ED, incluyendo a Luna, Neville y Hermione, quien lucía muy linda con un traje invernal, discreto y sencillo. Harry le sonrió. Se moría de la emoción por poder hablar al fin con ella, de dejar de posponer aquello.

Dian miró a Harry, éste tenía la vista perdida en el arbolito de luces mágicas revoloteando por todo el lugar, con guirnaldas sonoras y esferas que no se estaban quietas.

—¡Anda, Potter, a comer! —animó Dian.

—Sí, eh... ya voy —respondió distraídamente el chico.

—¿Te sucede algo?

—Nada en especial... me preocupa un poco lo que ha estado sucediendo... no puedo creer que todo esté tranquilo ahora. Y luego Snape...

—¿Hum? ¿Quejicus? ¡Oh, nada, no te preocupes, Harry! —dijo ella, divertida—. Así es Severus, se le va a pasar. ¡Anda, vamos a la cena! Luego intentaremos salvar el mundo, ¿qué te parece? —Harry sonrió y ella le revolvió el cabello cariñosamente.

La cena de la víspera de Navidad había sido preparada con tanto esmero por la señora Weasley que Harry pensó que ningún otro festín en Hogwarts había logrado aquel efecto. Todos los invitados a la mesa reían y disfrutaban de la compañía de los otros. Harry quería a todos por lo mismo pero sólo a una persona la quería por ser diferente y especial: la chica castaña había preferido quedarse a su lado que regresar a su barrio muggle y pasar Noche Buena y Navidad con su familia, había preferido incluso aquel barullo de gente increíblemente extraña con tal de estar con Harry, mirándolo de lejos, en esa posición que le había tocado en la mesa y que sin duda le recordaba también su posición como la amiga de Potter.

—¿Has hablado con Dumbledore? —preguntó Remus por lo bajo a Sirius mientras el ruido incesante de las personas no dejaba de escucharse.

—No, aún no —respondió Sirius—. Creo que lo más prudente será esperar algunos días. Mañana es Navidad, no quisiera echarlo a perder para Harry.

—Lo mismo ha dicho Dian —dijo Remus, preocupado—. Ella no cree que el chico esté seguro.

—Aquí está más seguro que en cualquier otro sitio, Lunático —respondió Sirius, un poco mosqueado.

—Lo sé, se lo he dicho, pero que Snape sepa sobre la libertad de Malfoy y no lo haya dicho es bastante extraño, ¿no lo crees?

—Claro que lo creo, pero no podemos cuidar de Harry como si fuese un muñeco de porcelana, Lupin —respondió el buen Canuto, mirando de reojo a Harry que no se daba cuenta que hablaban de él—. Ya es mayor de edad, ya está preparado, tú bien lo sabes, ¿te imaginas cómo se sentiría si estamos todo el tiempo sobre él?

—Eso no fue lo que sugerí, Black —intervino la voz de Dian, tan bajo como ellos, lo había escuchado todo al lado de Lupin a pesar de que éste no lo había notado—. El problema no es Harry, sino Snape.

—Ese narigudo no dará más problemas de los que ya dio —respondió Sirius.

—Creo que nos está ocultando algo —siguió Dian, Lupin vigilaba con la vista que nadie más escuchara—. Es obvio, ¿no?

—Sí, muy obvio, Roosevelt. Pero yo me rehúso a creer que va a actuar en contra de nosotros.

—Yo tampoco lo creo, Dian, sinceramente —dijo Remus.

—No puedo creer que confíen tanto en esa nariz ganchuda... —dijo ella, un poco ofendida.

—Quejicus no se atrevería a hacer nada, no con todos nosotros dentro de la Orden y después de lo sucedido —dijo Sirius, pensativamente.

—Creo que mejor dejamos esta charla para luego —dijo Lupin señalando con la mirada que alguien más los observaba.

Ojoloco los miraba atentamente, recargado sobre su bastón y con el ceño plegado, estudiándolos. Dian volvió a su cena como si nada pasara, no sin antes mirar de reojo a Harry y desear con toda el alma que el muchacho siguiera sonriendo de la misma forma en que lo hacía en ese momento, por siempre.

Al finalizar la cena, Harry tenía todo planeado para hablar con Hermione, pero tenía miedo de que algo inevitablemente saliera mal, por esas cosas raras que tiene la vida. Al principio, todos estaban amontonados, reunidos bajo el árbol cosquilludo de los gemelos Weasley, contando relatos de las viejas navidades. Todos tenían cosas fabulosas qué decir, menos el flacucho muchacho de lentes, que prefería guardar silencio y no relatar alguna cosa que ya no era novedad de los Dursley.

Hermione estaba tan entretenida que él prefirió no molestarla, así que delicadamente se alejó de los muchachos y regresó a la cocina, donde los mayores se habían quedado. Ahora sólo se encontraba ese grupo de los viejos amigos que discutían alguna cosa con voz muy queda. En cuanto vieron a Harry, Remus, Sirius y Dian guardaron silencio y aparentaron normalidad.

—¡Eh, Potter! ¿Qué haces aquí? ¿Te golpeó el árbol de Navidad? —preguntó Sirius, divertido.

—Algo así —dijo el muchacho, encogiéndose en hombros.

—Ven, siéntate, Harry —dijo Lupin, ofreciéndole una taza humeante—. ¿Quieres ponche de fruta?

—¿Qué clase de pregunta es esa, Lunático? —dijo Sirius, alzando su propia copa—. Harry ya tiene edad para beber algo de ron.

—¿Y qué clase de padrino eres tú, Black? —replicó Dian, con el ceño plegado—. ¡Nada de eso!

—Oh, vamos Roosevelt, a su edad tú y yo éramos más terribles que esos dos Weasley...

Harry sonrió y aceptó la taza de ponche de fruta, la verdad era que deseaba más el ron, pero dadas las circunstancias prefería estar en sus cinco sentidos.

—¿Aún recuerdas tener veinte años? —preguntó Dian, sonriente, a Sirius.

—¡Por supuesto! Fueron las mejores épocas, ¿no, Lunático? —respondió Sirius, cruzándose de brazos.

—Es increíble que digas eso —sonrió Remus—. Siempre estábamos en problemas… Aunque sí, fueron las mejores.

—¿Ves a este par de viejos, Harry? Alguna vez fueron tan gallardos como tú —rio Dian, señalando a Lupin y a Sirius con la mirada.

—¡Aún lo somos! —exclamó Sirius—. Nuestros corazones no envejecen. Bueno, el de Lupin siempre ha sido un poco aburrido y amargado —guiñó un ojo para Harry.

—Qué bueno que siempre hemos sido amigos, Canuto, imagínate si no... —dijo Remus solazado, dándole una palmada cariñosa en la espalda al otro merodeador.

—¿Y qué te gustaría recibir para Navidad, Harry? —preguntó Dian.

—Vaya, no lo había pensado —respondió el chico, confundido. Nunca nadie le había preguntado eso.

—Yo sé qué es lo que le gustaría —dijo Sirius, con mirada perspicaz—. Quiere cierta chica rizada envuelta en un papel muy bonito. ¡Oh, y no eres tú, Roosevelt! Por increíble que parezca —bromeó.

Harry enrojeció hasta las orejas y casi escupió el ponche de fruta sobre la mesa. Dian y Lupin rieron al ver su cara.

—Hermione es bonita —reflexionó Dian, acentuando el sonrosado color de Harry—, además es una chica sumamente inteligente.

—Ella la primera en reconocer que yo era un hombre lobo —dijo Lupin.

—Mírate, Potter. Así de sonrojado vimos alguna vez a tu padre —dijo Sirius, regocijado y feliz de recordar el pasado—. Tienes la misma expresión.

—Sí, como en aquel partido de quidditch —dijo Lupin, riendo.

—¡Claro, ese día tu padre le pidió a tu madre que fuese su novia! —exclamó Dian, recordándolo todo, lo cual para ella era un verdadero portento—. Fue increíblemente cursi, pero a la vez maravilloso.

—¿Cómo fue eso? —preguntó el chico, emocionado y fascinado, incluso los lentes se le desacomodaron un poco.

—Si no mal recuerdo... estábamos en... ¿quinto año? —dijo Dian, escarbando entre sus nebulosas memorias.

—Sí, quinto año —dijo Lupin, entretenido, bebiendo ponche.

—Ese día jugábamos la final contra Hufflepuff, Harry —siguió Dian, emocionada, como si volviese a vivir aquello—. Gryffindor no había ganado la Copa de Quidditch en medio siglo y era la primera final que tu padre y yo jugábamos como cazadores. Recién habíamos ingresado al equipo.

—James nos encargó diseñar una manta, estaba encantada —dijo Sirius, entusiasmado—. Una de las caras decía algo sobre el equipo... pero la cara posterior tenía un mensaje para tu madre.

—¿Qué decía? —preguntó Harry, ávido de información.

—Decía, "Lily, perdóname" —respondió Sirius, riéndose nostálgicamente.

—En cualquier momento pudieron descubrirnos pero nunca se dieron cuenta —dijo Lupin.

—Tu padre se esforzó todo el partido por anotar una cantidad de goles suficiente como para sorprender a tu madre, y lo logró —dijo Dian, melancólicamente—. Si no lo hubiera hecho, no estarías aquí.

—Y mira que tu padre hizo de todo como para que tu existencia fuera sólo un mito, Harry —rio Sirius.

—Cómo hacía enfadar a Lily, sobre todo con un poco de ayuda, ¿verdad, Black? —dijo Dian.

—Bueno, ya tienes casi veinte años, Harry, debes comprender —se disculpó el viejo Canuto, con una sonrisa inocente.

Harry estaba tan contento con las historias de sus padres que dejó ir el tiempo, como si él mismo estuviese ahí, en medio de toda esa felicidad y esas memorias que permanecían intactas.

Poco antes de la medianoche los chicos entonaron divertidos cantos navideños alrededor del fuego de la chimenea. Sirius protagonizaba algunos con el talento característico de su humor negro. La señora Weasley había cedido a las bromas, todo era tan lindo y efímero que ella tenía miedo de que pronto acabara tanta dicha.

La casa tenía un delicioso aroma, cálido y acogedor, las guirnaldas se agitaban y las esferas tintineaban de vez en cuando. El ruido tan familiar de la casa se escuchaba hasta el pórtico trasero, que estaba cubierto de escarcha y nieve fina sobre las escaleras y los barandales. Ahí mismo, Dian y Remus se habían alejado para poder disfrutar uno del otro sin observadores.

Dian abrazaba a Lupin, de la misma manera temerosa que la señora Weasley creía en la felicidad efímera. Dian aspiraba su aroma y se ceñía a él para estar segura de que su mente lo grabara bien, y que esta vez no se esfumara. Lupin le olía el cabello, recordando lo mucho que le gustaba y lo increíble que parecía que ella estuviese ahí después de tantas Navidades pasadas, todas con un poquito de dolor desde el momento en que creyó que ella había muerto.

—Quédate conmigo —susurró él—. Toda la vida.

Dian se separó, ocultando lo que quizá era felicidad arrebatadora. Sonrió un poco y se encogió en hombros.

—¿Qué...? —iba a comenzar a decir.

—Tú sabes lo que quiero decir —sonrió Remus—. Vamos, quédate conmigo. Toda la vida.

—¿Me estás pidiendo...?

—Sí, sé mi esposa.

Dian tenía que debatirse la respuesta. No era fácil ni sencillo elegir entre el sí o el sí...


El llamado de Moody había sido inquietante. Las usuales reuniones en la cocina Black se habían dado por alarmantes situaciones, pero esta vez parecía ser otra cosa, y el hecho de que fuese Ojoloco quien la convocara causaba todavía más furor. Así que todos los involucrados se reunieron una vez más.

Los gemelos Weasley habían dicho entre cuchicheos que en realidad Ojoloco los había reunido porque planeaba hacer una guerra civil con bolas de nieve. Algunos otros incluso tardaron en llegar al no creer de gran importancia para lo cual se les había reunido.

Era la mañana de Navidad. Sólo a ese viejo loco se le habría ocurrido hacer algo así.

Sirius bostezaba de brazos cruzados, mirando de vez en cuando hacia la ventana y observando cómo una blanquizca nevada cubría los frondosos árboles. Los muchachos estaban tan adormilados que si no hubiese sido por Luna Lovegood, que desde la noche anterior no se quitaba el collar de villancicos de encima, habrían dormido ahí mismo.

Dian y Lupin entrecerraban los ojos, estaban demasiado cansados y con resaca por haber bebido toda la noche con Sirius. Parecía que Ojoloco esperaba a alguien. Cuando la figura de Snape irrumpió estrepitosamente los más de diez pares de ojos se abrieron de par en par. Sirius, incluso, saltó un poco de su asiento con gesto de incredulidad. Ojoloco no se inmutó, muy por el contrario parecía ansioso de que Snape llegara.

—Oh, vaya —dejó escapar Sirius, con un ligero bostezo, cruzándose de brazos—. ¿Qué no estabas de vacaciones o algo así, Snape?

Pero esta vez el hombre no estaba para bromas, ni siquiera para responder a las impertinencias de Black. Tenía escarcha en el cabello cetrino, al igual que en la negrísima capa, y la única capaz de hacer un comentario audaz era Luna Lovegood, pero el profesor Narigudo se presentó de mala leche, peor que nunca, así que decidió callar y dejar a su collarín-villancico-cantante seguir resonando quedamente.

—¿Para esto nos hemos reunido, Moody? —preguntó Sirius, indignado—. ¿Ahora qué?

—Aún no hemos comenzado —dijo el auror, azotando su bastón en la mesa, haciéndolo retumbar. La señora Weasley lo miró de malagana, pero al hombre le importó poco y lo hizo más fuerte—. ¡Despierten! ¡Hay un trabajo que cumplir!

—¿De qué se trata? —preguntó Lupin, intentando interesarse, pero la verdad es que él estaba tan cansado como los demás.

—Vamos a buscar mortífagos —resolvió Moody, de una buena vez, y hurgó dentro de su saco.

—¿Qué? —preguntó Ron, casi en un reclamo—. Pero... ¿no son auténticos, o sí?

—Todos son auténticos, Weasley, ¿qué clase de argumento es ése? —respondió Moody, desplegando el pergamino en la mesa el cual parecía un mapa—. Este es el callejón Knockturn.

—Qué lugar tan ideal... —expresó Sirius de mala gana.

—Black... —dijo Moody, mirándolo con poca paciencia.

—Ya sé, ya sé —respondió Sirius, levantándose y sirviéndose un poco de café.

—Vamos a buscar cualquier pista que parezca mínima. Siempre las pequeñas huellas conducen a las grandes bestias —siguió Moody—. Quiero que dos equipos se desplieguen, en dos direcciones distintas. Irá todo ese conjunto que se reunió para hacer su no-sé-qué-de-Dumbledore. Necesito dos adultos solamente. No irá nadie oficialmente de la Orden, por obvias razones. Así que ya elegí quiénes irán.

Moody señaló con el ojo bueno a Snape, mientras que el otro, el azul saltón que no dejaba de moverse, se dirigió hacia Dian Roosevelt. Sirius se ahogó con un poco del café. Dian se masajeaba las sienes, la resaca le había producido dolor de cabeza, sin prestar atención. Moody azotó de nuevo el bastón contra la mesa, haciendo ese gran ruido hueco y retumbante. La mujer se perturbó un poco y alzó la vista.

—No haga eso, por favor... —sugirió Dian, un poco molesta.

—¡Se acabó el descanso, Roosevelt! —exclamó Moody—. Irás con Snape al callejón Knocturn.

—¿Qué? —replicó Dian, incrédula—. Creí que había dicho dos adultos.

—Oh, bueno, adivina lo que eres tú —respondió Moody de mala gana.

—Pero Snape es de la Orden —inquirió ella.

—No completamente... —respondió el hombre, de mal talante—. Y créeme que no hago esto por afición, Roosevelt. Sino porque son órdenes de Dumbledore.

—¿Dumbledore sabe de esto? —preguntó el señor Weasley, de pronto.

—Por supuesto que lo sabe, Weasley —respondió Moody, sacando un reloj desvencijado de su abrigo—. Así que ahora a darnos prisa. Mientras estos dos se van, nosotros tenemos cosas qué hacer.

—No hablará en serio, Alastor... —dijo Dian, todavía desconfiada.

—No hay tiempo para discusiones de púberes, Roosevelt —respondió éste y golpeó su bastón con fuerza en el suelo—. ¡Ahora mismo!

—¿Pero qué hay de interesante en el callejón Knockturn? —preguntó Hermione, ya que notó que Dian era incapaz de articular palabra, pues Snape tenía el gesto fruncido y de peor manera que nunca.

—Es un lugar tan obvio, Alastor, que yo no sé... —iba a decir Lupin.

—Las órdenes ya están dadas —inquirió Moody—, y ahora van a hacerlo. No elegí a Roosevelt y a Snape por tenerles demasiada confianza, sino porque fueron mortífagos, y al menos saben de matanzas, y ahora que todos se enteraron no es para atemorizarse... así que mientras ellos van en búsqueda de ese algo, nosotros nos ocuparemos de otros asuntos.

—Matanzas —masculló Dian, levantándose de malagana—. Vaya elogio.

—Sólo no vayas a ir a ninguna zona oscura con Snape cerca... —musitó Sirius a Dian, divertido.

Dian lo miró fulminante y luego a Lupin, con la esperanza de que él pudiese hacer algo por ella, pero estaba claro que el trabajo ya estaba decidido, y por más disparate que sonara Moody siempre tenía la razón, de alguna u otra manera.

—Bien, ¿a quién tenemos aquí del club... ese... de Dumbledore? —preguntó Moody, impaciente.

Harry, Hermione, Ron, Luna, Neville, Ginny, Fred y George se levantaron de la mesa, con desgano. Snape estaba de igual manera que Moody, muy inquieto, molesto por haber tenido que regresar a la casa Black, además sabía bien que todas las miradas apuntaban a él y al pequeño secreto que había guardado. Pero no había parecido de cuidado. De hecho, Dian estaba accediendo de buena manera, lo cual era muy extraño.

—Bueno, veamos... quienes irán con...

—Permíteme, Alastor. Prefiero elegirlos yo mismo —dijo Snape y se paseó por delante de los muchachos, quienes lo miraban con un poco de recelo.

—Alguien podría decirme adónde y qué buscamos... —repitió Dian, con desinterés.

—¡Pistas, Roosevelt! ¡Pistas! —respondió Moody, sin prestarle atención—. Severus te lo dirá en cuanto estén ahí mismo.

Dian miró a Snape de soslayo, por una milésima de segundo, y se volvió para coger su abrigo sin prestarle más atención.

Snape no dijo más, con hosco y bruto movimiento separó a Fred, George, Ginny, Hermione y Harry, y con movimiento de varita los hizo desaparecer junto con él. Todos los presentes se miraron extrañados. Dian suspiró y antes de que pudiera utilizar la varita, apareció Harry nuevamente en la cocina, cayendo casi encima de Luna. Snape lo había devuelto. Dian arqueó una ceja sin comprender.

—Dijo que regresara con… los llorones... —masculló Harry entre dientes.

—Bueno, somos un buen grupo —sonrió Dian—. ¡Vamos, llorones! —y agitó la varita para desaparecer de la cocina junto con los chicos.

—No me gusta nada esto, Alastor, te lo digo ahora. No me gusta nada —dijo la señora Weasley, preocupada.


La concurrencia del callejón Knockturn solía ser incierta. Nunca se sabía a cuántos y a quiénes se encontrarían ahí. Ahora mismo las personas caminaban apresuradamente entre las apretujadas callejas, de un lado a otro, sin mirar a nadie.

Hacía tanto tiempo que Dian no visitaba esos lugares que había olvidado un poco cómo conducirse. Su grupo (de los llorones): Harry, Luna, Ron y Neville, había aparecido en el inicio del callejón, del lado de Gringotts y no se veía el otro grupo, el de Snape, por ningún lado. Dian comenzaba a perder la paciencia. Había caído en un juego de Moody para recuperar el compañerismo con Snape, y hasta ahora se daba cuenta. Pero ya era muy tarde, estaban ahí, a pocos pasos del callejón, no tenía otro remedio que seguir las instrucciones. Pero, ¿qué instrucciones?

—¿Y ahora qué? —preguntó Luna, un poco desorientada.

—Supongo que debemos entrar, ¿no? —sugirió Ron, inquieto.

—Tal vez —suspiró Dian, un poco irritada—. Bien, no tengo idea de lo que haremos exactamente. Pero tengan en cuenta varias cosas... Uno: capuchas —de inmediato, con la varita, les hizo aparecer grandes capuchas negras sobre las cabezas—, no alcen la vista a cualquier cosa, ni a cualquier persona. Dos: no se confía en nadie; entre ustedes tampoco pueden hablarse, lo mejor es que parezcamos un grupo dividido. Bueno, ya saben, no se toca, no se prueba, ni se detiene a nada, ¿bien? —los chicos asintieron y se bajaron las capuchas—. Luna, ven aquí, tú irás conmigo, y siempre conmigo, ¿entendido? ¿Neville? —el muchacho estaba muy nervioso y sudaba un poco bajo la gabardina—, tú irás atrás, a la retaguardia del grupo.

—¿Yo? —preguntó el muchacho, dudoso.

—Sí, no confío en nadie más —sonrió Dian, luego miró a Harry, torció el labio y miró a Ron—. Bueno, ustedes no se separen tanto, ¿de acuerdo?

Ambos asintieron, sin problema. Dian bajó su capucha también, con la varita bien sujeta, dio un empujoncito a Luna, que no dejaba de ver a una bruja muy fea que llevaba un sapo enorme en una bolsa, y la condujo consigo a la cabeza de la fila que habían improvisado.

Entraron al callejón, de paredes húmedas y agrietadas, con escarcha blanca en los tabicones. Contrario a la decoración del callejón Diagon, el callejón Knockturn estaba lúgubre, no había un solo adorno navideño en las tiendas. Todo parecía ser completamente ajeno a la temporada, como si por ahí nunca hubiese cruzado la dicha ni la felicidad.

Dian apresuraba el paso, nerviosamente, pero atenta a su alrededor. No había nada sospechoso. Efectivamente había olvidado cómo era el ambiente, pero pronto se fue acostumbrando. Cada vez le parecía más absurda la idea de investigar algo, inexistente, en el callejón. Ni siquiera Snape se divisaba.

—¿Qué es lo que estamos haciendo? —susurró Harry para Ron.

—Ni idea, ¿crees que debamos entrar a alguna tienda? —curioseó el pelirrojo con la mirada.

Harry se encogió en hombros, vio a Dian caminando delante de ellos. Luna observaba con fascinación todo lo que ocurría alrededor: brujas y magos escabrosos con cosas increíblemente extrañas en jaulas, cajas o bolsillos; objetos alucinantes de alta peligrosidad detrás de algunos estantes polvosos. Iba maravillada y entretenida. De pronto se escuchó un sonido estruendoso, Neville había tropezado con unas cajas y barriles, se rompió la regla de no hablarse y todos acudieron a levantar al chico. Pero Luna no, ella se quedó muy atenta y quieta, observando dentro de una tienda, donde un hombre de cabello casi blanquizco salía con apresurado paso, llevaba consigo un cofre pequeño y se abotonó la gabardina hasta el cuello, echándose la capucha encima. No notó al grupo reunido, tampoco a Luna, pero la chica sí sabía de quién se trataba. Con calma y parsimonia se dirigió a Dian, halándola de la manga.

—Creo que he visto a Lucius Malfoy, profesora —dijo la chica, con toda tranquilidad.

Dian, contagiada por la quietud aparente de Luna, tardó unos segundos en reaccionar. Cuando lo hizo, Lucius ya caminaba lejos de ellos. Dian torció el gesto, se echó la capucha, ocultando medio rostro.

—Aguarden aquí, no se muevan.

Y salió con paso rápido, sólo Luna sabía lo que ocurría y se lo explicó a los demás, con la misma naturalidad.

—¿Lucius? —expresó Neville con sorpresa y terror.

—¡Chitón! —reprendió Ron, asustado.

—No nos separemos, ¿de acuerdo? —sugirió Harry.

Ron asintió. ¿Qué acaso aquél no era su amigo?, ¿y qué no había pasado de todo y él seguía siendo el mismo? ¿Y sus sentimientos por Hermione? Esos seguían intactos, como la Hermione amiga, pero todo había cambiado y era de comprenderse que el amor obsesivo y manipulador no había llevado las cosas por un buen camino. Ron codeó a Harry con cariño, en el callejón Knockturn la gente no solía hacer eso, pero entre amigos sí.

Dian daba grandes zancadas, apresurada y con el corazón latiéndole fuertemente. Si ése era realmente Lucius Malfoy podría al fin verlo a la cara. Hacía veinte años de la última vez que estuvieron tan cerca y ahora parecía que no llegaba el momento de alcanzarlo. Caminaba lejos de ella, las personas se apretujaban en la estrecha calleja. Dian, exasperada, trataba de no perderlo de vista, de seguirle todos los pasos, registrar cada movimiento. Lo vio girar en otra calleja y también le siguió. Lo vio un poco más cercano, pero las personas seguían andando con el mismo paso lento y forzado. Dian prefería sacar la varita, lanzarle un hechizo ahí mismo, saldar las cuentas de una vez por todas. Pero sabía que no podía hacerlo, Lucius estaba libre, el Ministerio lo había dicho.

Al fin, las personas comenzaron a dispersarse, Dian pudo moverse más rápido, pero Lucius cambió de dirección. Dian corrió para alcanzarlo cuando de pronto una persona se impactó con ella. Un choque de hombros y ambos salieron expulsados hacia las estrechas paredes. Dian se desconcentró y cuando quiso recuperar la visión Lucius ya no estaba.

—¡Snape! —masculló muy molesta—. Justo te viene a atravesar, como es tu cochina costumbre...

—No me fastidies, Roosevelt. Estaba por hacer algo importante —le inquirió Snape con malhumor.

Dian frunció el ceño, miró a lo lejos y luego a Snape con interés.

—¿A dónde ibas?

—No creo que te importe —respondió éste, acicalándose la túnica.

—Viste a Malfoy, ¿cierto?

Snape se cruzó de brazos y miró a Dian con perspicacia.

—¿También lo viste?

—¿Dónde dejaste a los chicos? —preguntó ella, un poco preocupada.

—No les volarán los sesos, si eso te mortifica.

—Regresemos con Moody.

Snape arqueó ligeramente una ceja, cualquier que lo conociera perfectamente diría que dijo: sí. Y que, incluso, estuvo de acuerdo con Dian. Por primera vez, históricamente.

Dian regresó rápidamente donde había dejado al grupo. Los muchachos estaban ya distraídos, mirando y hablando de cualquier cosa, saltándose todas las precauciones que Dian había mencionado. Pero Luna estaba sobre un barril sentada, escribiendo algo con rapidez y empeño.

—Vámonos, llorones —dijo Dian, exhausta.

Luna no se movió. Dian fue hasta donde estaba la chica, ya un poco fastidiada por el encuentro con Snape y la completa desatención de todos.

—Luna... —llamó Dian, con insistencia.

—Ya voy —dijo la chica, mordiendo la puntita de la pluma, manchándose un poco de tinta. Se quedó unos segundos pensativa y luego añadió—. Profesora, ¿para qué querría Lucius Malfoy tónico de díctamo?

Dian miró a Luna con extrañeza y un repentino interés.

—¿Tú lo viste? —preguntó, intrigada.

—Sí, llevaba tónico de díctamo —repitió la chica, con la pluma todavía entre los dientes; pensando.

Dian miró atónita a Luna: esa chica era increíblemente desconcertante; echó una mirada al estrecho callejón y luego se dirigió al grupo, quienes también habían escuchado con interés la deducción de Luna.

—Tónico de díctamo es para quemaduras —respondió Dian, agitando la varita y reagrupándolos a todos—. Hay que volver.

Y con un leve y suave giro de muñeca desaparecieron del callejón Knockturn.