CAPITULO 19
El rostro envuelto entre sus cabellos dorados, percibiendo el perfume de su esencia en cada bocanada.
Mis brazos aferrados a su pecho y su cintura, cada una de sus respiraciones envueltas con las mías.
No hay gloria ni dicha más grande en la vida, que pasar la noche al lado de mi esposa dormida.
Del diario de Albert Andrew
—¡ Albert! —El grito de sorpresa de Rosmary lo había despertado de golpe. De no ser porque se encontraba todavía bastante atontado por el alcohol, probablemente habría saltado hasta quedarse prendado de la araña del techo, con el lomo erizado igual que un gato.
—¡¿Qué demonios…?! —Se quedó con la frase sin terminar cuando, al abrir los ojos, se dio cuenta de dónde se encontraba y con quién—Por todos los cielos… —musitó, esta vez en voz baja, sin poder evitar que una sonrisa se esbozara en sus labios.
Candy, completamente dormida, yacía envuelta entre sus brazos, su cabeza apoyada contra su hombro, una pierna enredada entre las suyas, un brazo alrededor de su cuello y el otro sobre su cabeza, permitiéndole libre acceso a su mano aventurera para encontrar cobijo en la cima de sus pechos.
—Yo no he estado aquí —murmuró Rosmary, mordiéndose el labio para detener una risita nerviosa, al tiempo que emprendía la retirada.
Candy se movió en sueños cuando la puerta crujió al cerrarse. Albert la observó dormida en silencio, deleitándose con el momento.
Con cuidado, se desenredó de ella y se puso de pie, sintiendo instantáneamente el peso del alcohol sobre su cuerpo. Definitivamente lo mejor sería que ella no lo viera en esas condiciones o estaría agradecida de haber perdido la memoria antes de saber que estaba casada con tamaño estropicio de hombre. Si despertaba y se encontraba con él con esa apariencia de vagabundo y apestando como una taberna de mala muerte, estaba seguro de que nunca querría volver a despertar a su lado.
Con cuidado de no hacer ruido para no despertarla, abandonó la habitación. No sin antes echarle un último vistazo a su mujer dormida, deleitándose con ese momento que tantos años llevaba anhelando en silencio: volver a despertar al lado de su esposa.
El olor a castañas asadas invadió las fosas nasales de Candy. Lentamente, se desperezó, buscando alrededor a Albert, pero él no se encontraba en la cama ni en la habitación.
Los recuerdos de la noche anterior llegaron a su mente como un torrencial de imágenes dolorosas, colmando de pesar su corazón.
¿Por qué no podía olvidar a elección malos recuerdos como aquellos…? ¿Qué debía hacer ahora que sabía la verdad? Albert había matado a un hombre y había tenido un amor al que perdió… ¿Qué más ocultaría?
¿Debería enfrentarlo? ¿Debería marcharse? O quizá sencillamente podría actuar como si nada hubiera sucedido, alargar un poco más ese tiempo de felicidad a su lado…
Aunque sabía bien que eso no duraría. Era algo pasajero, algo que terminaría tal y como había empezado. Albert seguiría con su vida y ella regresaría a la suya. Todo sería una vez más como antes.
Con la excepción de que nada volvería a ser como antes…
No importaba cuánto se alejase de él, sabía que Albert se iría con ella, grabado a fuego en su corazón. Él podría dejarla atrás, pero bien sabía que ella nunca podría olvidarse de él.
Con desilusión, volvió a dejarse caer sobre las almohadas, tragándose las lágrimas. No quería llorar, no deseaba hacerle saber lo mucho que él significaba para ella. De ese modo, sería más difícil alejarse. Albert era un buen hombre, podría haber hecho cosas en su pasado de las que no se arrepentía, y en cierta forma lo comprendía. También entendía que si sabía que ella le quería, podría sentirse culpable de apartarla de su lado. Hombres como él tenían amantes, mantenidas… Y ella no sería una de esas mujeres.
Lo amaba, pero no aceptaría nada de él que no fuesen las muestras de su cariño.
¿Y si él le pidiese algo más…? No, era ridículo. Ningún hombre en su posición se le declararía en matrimonio. Ni siquiera él. Sería una locura. Además, ella no era material para el matrimonio. Albert necesitaba una joven de alcurnia, alguien que pudiera darle un heredero e introducirlo con éxito entre la aristocracia a la que ahora pertenecía.
Ella no tenía nada que hacer a su lado.
Aspirando hondo el frío aire de la mañana, se puso de pie, intentando apartar las lágrimas que competían contra su determinación de no llorar. Una vez más, el aroma a castañas recién asadas la invadió, y al volver la cabeza, se encontró con un cesto lleno de castañas dispuesto sobre la mesita de noche.
Lo primero que le vino a la mente fue que Albert las había dejado allí para ella. Las castañas asadas eran sus favoritas… Aunque él no tenía cómo saberlo, nunca se lo había dicho…
Fue en ese momento cuando vio algunas castañas caídas sobre la mesa y el suelo, dejando un recorrido peculiar hasta la puerta… donde el niño se encontraba.
Un niño pequeño de grandes ojos azules. Esos ojos azules tan parecidos a los de Albert.
Candy palideció, al tiempo que una sola palabra escapaba de sus labios:
—¡Anthony!
Continuara...
