XXI
*
El dolor de cabeza no parecía querer abandonar al doctor Bashir. Literalmente derrumbado en el sofá, había abierto ligeramente el cuello de su camisa y había dejado su cabeza caer hacia atrás hasta que su nuca descansó sobre el respaldo y su mirada quedó perdida en algún punto del oscuro techo. Con las manos cruzadas sobre el pecho, de vez en cuando resoplaba con inquietud, aturdido y preocupado.
Aquélla era la imagen que Elim Garak divisó cuando abandonó en el cuarto contiguo a la pequeña durmiente después de haberla alimentado él mismo con - ¡Atención, atención! – doscientos mililitros de fórmula, ni más ni menos. Aquella criatura había venido al mundo decidida a quedarse en él, había pensado el sastre mientras la alimentaba, y luego, con una sonrisa de lado a lado tan amplia como el mismísimo Valle de los Hebitianos, la había acomodado en la cuna. Ni siquiera cayó en la cuenta de que aquel día era la primera vez que se veía junto a una recién nacida, ni se preguntó por qué había sido capaz, sin miramientos ni dudas, de llevar a cabo todo aquel proceso sin que le temblaran las manos o se sintiera incómodo… Aquella criatura era especial. Él mismo la había traído al mundo, sus propias manos la habían arrojado a la luz de la vida.
Se preguntó - era inevitable - si la conocería en el futuro. Aunque, para ser sincero consigo mismo, Garak sabía que aquella pregunta era sencillamente irrelevante: estaba seguro de que así sería. Años después – y podía saber perfectamente cuántos -, aguardaría su llegada al otro lado del teletransportador, aquel mismo día. No importaría si entre él y el doctor Bashir la amistad se había enfriado, si vivía en el otro extremo del universo... el sastre encontraría alguna excusa para justificar su presencia décadas después en Espacio Profundo 9. Estaba decidido. Al fin y al cabo, era todo un experto en urdir y tejer tramas, mentiras y excusas y justificaciones, ¿verdad? En otro tiempo aquello había sido precisamente su principal ocupación. Se encontraría allí, y recibiría a aquella criatura una vez más.
Luego el sastre resopló, recriminándose a sí mismo el sentimentalismo en el que su exilio le estaba haciendo caer. Y comprendió, además, que ella crecería, y que lo haría lejos de él. A pesar de que su conversación con Kodan le había inducido a creer que en el futuro Garak seguiría manteniendo una - ¿sincera? - amistad con el buen doctor y que, en consecuencia, no sería un desconocido para aquella hermosa y minúscula híbrida criatura, el cardasiano supo que verla y conversar con ella en escasas ocasiones no sería suficiente. Se imaginó, pues, ayudándola desde el anonimato y la oscuridad, siendo la mano de suerte que facilitaba sus pasos en la vida, una suerte de protector interviniendo secretamente por su bien: un buen comentario para impulsar su entrada en la mejor universidad o colegio, por ejemplo; un ángel de la guarda siempre a su lado, de presencia imperceptible...
Volvió a sacudir la cabeza, y a acusar a las sórdidas horas dedicadas a la lectura de los clásicos humanos de su decaimiento en el absurdo: "¿Ángel de la guarda? ¿Imperceptible? ¿Sin quid pro quo?", se dijo, "De verdad, Elim... No eres ya sino la sombra de un cardasiano", y continuó acusando al doctor Bashir y sus sugerencias literarias.
Sonrió al médico, pero el humano no pudo verle, absorto aún en las sombras del techo.
- ¿Se encuentra mejor, doctor? – le preguntó, y la respuesta fue un resoplido desesperado y algo ininteligible -. ¿Disculpe?
Bashir tapó sus ojos con el antebrazo, y suspiró:
- No te hagas una idea equivocada de mí, Garak – rogó temeroso.
- Mi querido doctor, creo que me conoce lo suficiente como para saber que las apariencias son siempre un engaño para mí – afirmó con una sonrisa presuntuosa.
Bashir irguió la cabeza, luego miró con absoluta seriedad al cardasiano que aún se encontraba en pie a la espera de una reacción.
- No. No, Garak, esto es importante. No debes hacerte una idea equivocada de mí, ni de nada de todo esto… Es…
- … algo que pertenece al futuro, doctor. Soy consciente de ello. No obstante – continuó -, no hay forma en la que pueda impedir que cuanto ha sucedido en las últimas horas no influya en mi percepción del presente.
Bashir volvió a resoplar, la preocupación palmaria en su rostro:
- Esto no debería haber pasado.
- O tal vez sí, doctor.
- Cierto – dijo con sequedad -. Cierto – repitió derrumbándose de nuevo en el sofá.
Y aquella imagen del buen doctor agradó al cardasiano: Era aquel cuello de la camisa abierto sin miramientos, claro, y el absurdo color dorado de la piel, el borde de la mandíbula palpitando leve e involuntariamente, y no por ello menos culpable de su hechizo…
Recordó al joven Julian Bashir, que ahora estaría seguramente conversando con colegas en aquella conferencia a la que había asistido. Era realmente una hermosa criatura aquel joven, y no sólo por su blanca sonrisa, la tonalidad de su tez o la forma y tamaño de sus ojos. Elim Garak había conocido a lo largo de su vida a muchos humanos, y ninguno de ellos había sido capaz de despertar en el sastre la fascinación que la figura del joven doctor despertaba. Era también lo que el hermoso físico ocultaba, más bien vestía: su testarudez e idealismo, su arrogancia y temeridad, pero ante todo, su piedad y tolerancia, su candidez y empatía, su inteligencia e intelecto, su incondicionalidad. Independientemente de si Garak era capaz o incapaz de comprender tales atributos, había aprendido a admirarlos y apreciarlos en el esbelto muchacho.
Al principio, al conocer al joven, había pensado que aquel humano de grandes ojos era lo mejor que Espacio Profundo Nueve podía ofrecerle como entretenimiento: conversaciones y discusiones sobre facetas de las culturas y civilizaciones que no se había atrevido a tener con otros habitantes de la estación hasta la llegada del doctor, ora porque no existía el contertuliano adecuado, ora porque entablar una "amistad" podría ser peligroso, ora porque – "reconócelo, Garak" – nadie quería tener nada que ver con el exiliado sastre cardasiano. Bashir era un objetivo sencillo, fácilmente impresionable, inexperienciado y abierto; un comensal y contertulio excelente cuyo aspecto físico, además, agradaba y deleitaba al cardasiano. Era un verdadero placer disfrutar de la conversación inteligente al tiempo que podía admirar y coquetear con la belleza del conjunto... Era casi un alivio para su desdicha.
Y luego comprendió, gracias a la tozuda bondad de aquel niñato, que Bashir no era ni un entretenimiento ni lo mejor que la odiosa estación podía proporcionarle: Julian Bashir era un amigo, digno incluso de confianza – o lo que Garak era capaz de conceptuar como confianza, con sus limitaciones e inconvenientes -, quizás lo más real y genuino que había conocido y conocería en su exilio.
Y aquél era precisamente el problema: Si alguna vez había deseado un contacto más íntimo con el joven doctor, el miedo a destruir la que era su única relación real en la estación junto a la sospecha de que Bashir no estaba en absoluto interesado en llevarla a tal punto provocaron que el sastre, sencillamente, jamás se hubiera atrevido a una proposición explícita. Además, no era Elim Garak, en general, persona dada a lo "explícito", sería todo un insulto a su cardasianismo. Por otra parte, aunque pudiera sonar a excusa, de alguna forma el sastre había aprendido a disfrutar de aquel constante suspenso y péndulo que era su coqueteo con el doctor. Se ufanaba incluso de su propia cortesía y piropeo cuando el doctor no comprendía... Al menos, se decía, tenía algo en lo que pensar y ocuparse en las tediosas horas que el exilio le procuraba en Terok Nor.
"Estúpido" se recriminó el sastre de nuevo.
Bashir, por su parte, en aquel instante trataba de superar el mareo que aún le dominaba y entumecía sus ideas, desconocedor de todo cuanto estaba transcurriendo por la mente del cardasiano. Sobre todo, no obstante, lo que el doctor trataba de hacer era convencerse a sí mismo de que el mundo no acabaría después de aquel accidente. No, seguro que no. No estaba creándose ningún tipo de línea temporal paralela, con su consecuente realidad alternativa. No. Volvería al futuro y todo sería como lo conocía. Y se lo repetía a sí mismo como un mantra insistente con propiedades curativas, antisépticas y analgésicas.
Se incorporó para mirar a Garak, que le observaba aún en pie con una curiosa y tal vez melancólica mirada. Con un gesto invitó al sastre a que se sentara junto a él, y después de unos segundos el cardasiano aceptó y se dirigió al sofá: el doctor desparramado a un lado, Garak al otro, siempre correcto y distinguido en su postura.
Silencio. Silencio que incomodó a Garak. Silencio que alivió a Julian.
- Doctor - comenzó el sastre, no podía dejar escapar la oportunidad para decirlo -, ¿Es acaso mi impresión o final y afortunadamente el paso de los años se ha apiadado de nosotros y ha atenuado su innata e incontenible verbosidad?
- Es tu impresión – admitió Bashir con una risa divertida, girando su cabeza para encontrar la mirada del cardasiano -, y el protocolo.
Silencio. Incomodidad. Incomodidad porque Garak comprendió la valiosísima fuente de información que a su lado aún le miraba sonriente. Aunque como buen cardasiano Garak no creía en la inamovilidad del destino – qué curioso e insípido concepto -, sin duda tal información sería la más preciada que jamás habría logrado obtener.
- Espero que aún le reste tiempo para disfrutar de sus vacaciones a su regreso –deseó el sastre con simpatía, organizando su estrategia.
- ¿Vacaciones?
- He observado que no viste su habitual y tétrico uniforme (algo por lo cual le congratulo), por tanto deduzco que se encuentra fuera de servicio.
- Sí, vacaciones… bueno… Sí.
- ¿En familia, mi querido doctor?
- ¿Qué? – Bashir se había incorporado y con preocupación y alarma miró a los ojos al cardasiano -, ¿Qué te ha dicho Joan?
- Mi querido doctor, no debe preocuparse por la indiscreción de la señora Kodan.
- Mi querido señor Garak, ¡Siempre debo preocuparme por la indiscreción de Kodan! – suspiró -. Garak, Garak, sé que te estarás preguntando, es lógico, la pequeña tiene rasgos…
- ... cardasianos. Lo he observado.
El doctor asintió:
- Y creo que eso es todo lo que debes saber.
- Una limitación realmente insatisfactoria para alguien que aprecia la información en el modo en que yo lo hago.
Bashir sonrió; sonrió con remembranza y ternura:
- El negocio de la información… – dijo, más bien susurró, y le invadió una extraña sensación. Allí estaba Garak, sí, Garak a la luz de los focos de Espacio Profundo Nueve, las sombras jugando con las crestas de su rostro como dibujándose en un lienzo. Y era tan joven... ¡Era incluso más joven que él! La definición de la paradoja en aquel mismo momento, mirándole en un cuarto que desconocía mientras su hija recién nacida finalmente dormía y su cabeza continuaba dando vueltas como una peonza... Sus ojos azules parecían más claros de lo que los recordaba, y el doctor meditó un instante si, tal vez, con el paso de los años, su pigmento había ido oscureciendo poco a poco. Ojos azules, simetría alienígena forjada bajo el asesino y cruel sol de Cardasia, la elocuencia siempre pronta, la elegancia siempre presente, las maneras… -. Es todo lo que debes saber - concluyó.
- Una verdadera crueldad, doctor - acusó Garak con cuanto sentimentalismo pudo concentrar en el tono de su voz -. Creo que es perfectamente lícito y comprensible que ansíe conocer ciertas cosas.
- Comprensible, sí; lícito, no - dijo con dureza e inflexibilidad.
- A diferencia de su yo futuro, doctor, su yo presente estaría dispuesto a aliviar y esperanzar siempre, sobre todo teniendo en cuenta que el riesgo es mínimo. ¿No es la máxima de ese antiguo doctor suyo…? ¡Hipócrates! ¿No es la máxima de Hipócrates asistir a quien sufre, mi querido doctor?
Bashir levantó una ceja, con escepticismo:
- Garak, no.
- Pero, doctor, ciertas informaciones no son exactamente una revelación, sino más bien la forma de establecer una, digamos, motivación.
- Garak - reiteró -, ¡No!
- Una verdadera pena - dijo el sastre sacudiendo la cabeza -. Los años le han endurecido, doctor - concluyó con pesar y decepción.
Bashir resopló, molesto.
- Tal vez los años sólo me han enseñado a no sucumbir a tus serpenteos léxicos - explicó Bashir, pero la tristeza en el rostro del cardasiano afectó al doctor -. Sé que te gustaría saber sobre el destino de Cardasia, Garak, sé que te gustaría saber si hay un final para tu exilio. Créeme, yo...
"Millones de muertos", recordó Julian Bashir sumiéndose en la más amarga de las sensaciones y en el más oscuro de los remordimientos. Por supuesto que había pensado qué fácil le sería avisar al sastre, prepararle, y evitar el holocausto que años después convertiría a Cardasia en despojos de muerte y hambre; evitar la masacre entonces, pero también los años difíciles que habrían de aguardar, años de sol incondescendiente, de ruinas y deficiencias, de más muerte, catástrofe, desolación.
Pero también fueron años de unión, de autoconocimiento, de construcción. Nuevas vidas vinieron al mundo entre los escombros. Fueron años de reflexión y descubrimiento, de trabajo duro y colectivo, de resurgimiento, de cambio. Y él, Jules o Julian Bashir, no era juez para determinar si el destino de Cardasia debía ser aquél o cualquier otro provocado por su intervención y cuyas consecuencias desconocía, incapaz de preverlas incluso con su genética modificada.
- ¿Doctor?
- Sencillamente - dijo sacudiendo la cabeza -, no nos es dado saberlo por alguna razón... El cambio puede ser incluso peor...
- Su idealismo federal continúa intacto - se mofó el sastre.
Bashir le miró entonces melancólico:
- Vacaciones, Garak... Tú más que nadie deberías saber que encontrarse en servicio y llevar uniforme no son dos estados necesariamente simultáneos, ni tampoco excluyentes - y una sonrisa maliciosa se dibujó en el rostro del doctor -. Y puesto que lo sabes, no es tu propósito preguntar por mis vacaciones.
- También los años le han hecho más suspicaz, doctor.
- Tuve un buen maestro.
Y el cardasiano empequeñeció sus ojos en señal de extrañamiento, pero también de curiosidad.
