Toda la historia peretenece a la increíble Jennifer L. Armentrout. Nombres de los personajes a la maravillosa Sthepenie Meyer.
Capítulo 21
Para mi sorpresa, todo volvió a la normalidad. En apenas una semana y media, mi rastro desapareció, y Edward comenzó a comportarse como si acabara de salir de la cárcel después de pasar veinte años: cuando yo quedaba con Alice, él nunca estaba cerca. Pasó septiembre y luego octubre sin pena ni gloria. Mamá siguió con los dos trabajos y quedó un par de veces más con el señor Jenks.
Le gustaba, y me alegraba por ella. Hacía mucho que no la veía sonreír así, sin asomo de tristeza. Angela y Jessica vinieron a casa varias veces, y otras tantas fuimos al cine o al centro comercial de Cumberland con Alice. Aunque me estaba haciendo bastante amiga de las dos chicas y tenía mucho más en común con ellas, Alice seguía siendo mi mejor amiga. Lo hacíamos todo juntas. Todo, menos hablar de Edward. Y no porque ella no lo intentara…
—Sé que le gustas —me dijo un día en que en teoría estábamos estudiando—. Me he dado cuenta de cómo te mira. Si hablo de ti, se pone nervioso.
Suspiré y cerré el libro.
—Alice, creo que si me mira es porque está tramando un plan para asesinarme y esconder mi cuerpo.
—No es verdad. No te mira así.
Tiró el libro fuera de la cama y se puso de rodillas, colocándose las manos sobre el pecho.
—Te mira como diciendo « te odio pero te quiero» …
Me reí.
—¡Alice, te ha quedado patético!
—Es la verdad. —Bajó los brazos—. Podemos salir con humanos, ¿sabes? No tiene demasiado sentido, pero no está prohibido. A Edward nunca le ha interesado ninguna humana antes.
—Si me ha hecho caso es porque lo han obligado, Alice. —Me tumbé en la cama. Sentí un revoloteó en el estómago al pensar en que Edward quisiera secretamente estar conmigo. Sabía que yo lo atraía; lo sentía, pero aquello era algo puramente físico, que no implicaba que yo le gustara—. Oye, ¿y tú? ¿Qué pasa con Eathan?
—Nada de nada. No sé cómo es posible que Irina sienta algo por Edward… Todos crecimos juntos, y Alec es como mi hermano. Y creo que él piensa lo mismo de mí. —Se quedó callada y le tembló el labio—. No me gusta nadie de los míos…
—¿Te gusta algún… humano?
Negó con la cabeza.
—No. Pero, si me gustara, no tendría miedo como Edward. Tengo derecho a ser feliz. Y que sea de tu especie o de la mía es lo que menos importa.
—Estoy totalmente de acuerdo.
Alice se había acurrucado a mi lado.
—A Edward le daría un ataque si me enamorara de un humano.
Casi se me escapa la risa, pero después recordé lo que le pasó a su hermano.
Desde luego que le daría un ataque. Y quizá tenía todo el derecho del mundo, porque si su hermano no se hubiera enamorado de una humana todavía estaría vivo.
Deseé por el bien de Alice que no se enamorara de alguien que no fuera Luxen. Edward se volvería loco.
A finales de octubre, parecía que habíamos viajado al pasado. No sé cuántas veces me dio golpecitos con su boli. Y eso que mi rastro había desaparecido hacía ya bastante tiempo. Parecía que el único propósito vital de Edward era sacarme de mis casillas.
Una parte de mí, sin embargo, ansiaba esos momentos de enfrentamiento, porque me divertían… hasta que uno de los dos salía malparado, claro.
Eso fue exactamente lo que sucedió el viernes, en clase. Jacob me había preguntado si quería estudiar Trigonometría con él para el examen. Antes de que pudiera responderle, su mochila había salido volando por los aires, como si un brazo invisible la hubiera lanzado, y todo su contenido había acabado tirado por el suelo. Jake, avergonzado y confundido, se había olvidado rápidamente de la conversación porque estaba demasiado ocupado recogiendo sus lápices y libretas mientras el resto de la clase se reía de él.
Miré por encima del hombro a Edward, sospechando que aquello había sido obra suya. Él se limitó a sonreírme.
—¿Qué te pasa? —le pregunté en el pasillo, después de clase—. Sé que has sido tú.
—¿Y? —Se encogió de hombros.
¿Cómo que « y» ? Me detuve delante de mi taquilla. Me sorprendió ver que Edward me había seguido.
—Te has pasado, Edward. Le has hecho pasar un mal rato —le dije antes de añadir entre dientes—: Además, pensaba que usar tus… poderes atraería a quien tú ya sabes.
—Bueno, apenas he usado energía y no le he dejado ningún rastro a nadie. — Bajo la cabeza y me rozó la mejilla con su alborotado cabello. Me debatía entre meterme dentro de la taquilla o lanzarme a sus brazos—. Además, te he hecho un favor.
Me reí.
—¿Qué me has hecho un favor? ¿Y eso por qué?
Edward me sonrió y bajó la vista de modo que las espesas pestañas le cubrieran los ojos.
—Porque lo que menos le interesaba era estudiar mates.
Eso era bastante debatible, pero decidí seguirle el juego. No pensaba dar ni un paso atrás, aunque pudiera mandarme por los aires sólo con proponérselo.
—Bueno, ¿y a ti qué más te da lo que le interese o deje de interesarle?
—¿Te gusta Black? —Levantó la barbilla y un destello de rabia brilló en sus ojos—. No puede ser que te guste.
Dudé.
—¿Estás celoso o qué?
Edward apartó la vista.
En ese momento vi que tenía una oportunidad para atacar. Y no me lo pensé dos veces: di un paso adelante. No se movió ni me dijo nada.
—No me digas que estás celoso de Jacob, que no es más que un débil humano… Tendría que darte vergüenza, Edward.
Respiró hondo.
—No estoy celoso. Sólo intento ayudarte; lo único que quieren tíos como Jacob es acabar entre tus piernas.
Me salía fuego de las mejillas. Lo miré.
—¿Por qué dices eso? ¿Crees que ese es el único motivo por el que un chico puede estar interesado en mí?
Edward sonrió, cómplice, mientras daba un paso atrás.
—Yo te lo digo, tú haz lo que quieras…
Dicho lo cual, desapareció por el pasillo, entre la multitud. Hizo bien, porque si se hubiera quedado un segundo más le habría soltado un guantazo. Me di la vuelta y vi a Irina. Estaba en la puerta de clase y parecía querer estrangularme con la mirada.
Nadie hablaba de Lauren. El instituto no se había olvidado de ella, pero parecía que todos habían pasado página. Intentaba no pensar en los motivos ni las causas de su muerte porque, si lo hacía, el estómago se me revolvía. La chica había muerto porque Edward me había salvado y el Arum necesitaba descargar su ira con alguien.
Por la noche soñaba con el aparcamiento de detrás de la biblioteca. Y le veía la cara a aquel ser maligno; recordaba una y otra vez la frialdad y la ira de aquellos ojos al estrangularme. Me despertaba con un grito ahogado en la garganta y sudores fríos.
Aparte de las pesadillas y de las chorrada alienígenas de Edward para sacarme de mis casillas, todo parecía bastante normal. Era como ser vecina de dos adolescentes corrientes y molientes.
De dos adolescentes que no tenían que levantarse para cambiar el canal de la tele y que se ponían un poco nerviosos cuando se producía una lluvia de meteoritos.
Alice me había explicado que los Arum utilizaban esos fenómenos atmosféricos para llegar a la tierra sin ser advertidos por el Gobierno. Yo no sabía como lo conseguían, y ella no me lo explicó, pero días después de que tuviera lugar una lluvia de meteoritos o se viera alguna estrella fugaz en el firmamento, los gemelos estaban de los nervios. A veces alargaban el fin de semana tres días y desaparecían y a veces no se les veía el pelo un miércoles, por ejemplo, sin más. Alice me explicaba después que se habían ido porque tenían que hablar con Defensa. Seguían manteniendo que no debía preocuparme por los Arum, pero no me lo creía. Y mucho menos cuando se esforzaba tantísimo por no hablar del tema.
Este jueves, sin embargo, Alice estaba muy nerviosa por otros motivos. La semana siguiente se celebraba el baile de comienzo del curso académico y todavía no tenía un vestido para la ocasión. Iba a ir con Alec… ¿O era Eathan?
Era imposible distinguir a aquel dúo de rubios.
Todo el mundo tenía muchas ganas de que llegara el baile: de los pasillos colgaban serpentinas y carteles que anunciaban el partido contra el otro instituto y también el baile. Las entradas se vendían a gran velocidad. A la hora de la comida me enteré de que Jess y Angela también tenían pareja para el baile, pero no vestido.
Yo, en cambio, no tenía con quien ir.
Intentaron convencerme de que ir sola no era ninguna tragedia social, cosa que ya sabía, pero no me apetecía nada pasarme toda la noche sola o hacer de sujetavelas.
En un instituto tan pequeño como aquel, todos se conocían. Las parejas llevaban juntas desde el primer curso, y los amigos se ponían de acuerdo para ir juntos al baile. Yo, como no conocía a casi nadie, no tenía con quien ir. Qué bien me iba eso para la autoestima.
Después de pasarme toda la clase haciendo caso omiso de los intentos de Edward por sacarme de mis casillas, Jacob apareció de repente junto a mi taquilla mientras yo cambiaba un tocho de libro por otro, igual de inútil que el anterior.
—Hola —le dije, sonriendo. Esperaba que Edward no estuviera cerca, porque sabía Dios de lo que era capaz—. Hoy te has dormido en clase, ¿eh?
Se rió.
—Sí, me has pillado. Y encima he soñado con fórmulas, ¡qué pesadilla!
Reí mientras colocaba mi libro en la mochila y cerraba la puerta de la taquilla con la cadera.
—Ya me lo imagino.
Jacob no era feo. No si te gustan los deportistas corpulentos que parece que se dediquen a descargar balas de heno en verano. Sus brazos eran como troncos y su sonrisa no estaba mal. Tenía los ojos marrones y, al reírse, se le dibujaban unas arruguitas a su alrededor. Pero no eran verdes, y sus labios no tenían nada de poético.
—Nunca te he visto en ningún partido —dijo haciendo lo de las arruguitas—. ¿No te gusta el fútbol americano?
Jake era el defensa o el lineback titular. La verdad, no tenía ni idea.
—Fui a un partido —le dije. Me marché con Alice en la media parte porque nos aburríamos como ostras—. El fútbol americano no es lo mío.
Esperaba que después de decirle algo así se marchara, porque el fútbol era como una religión por aquí… Sin embargo se apoyó contra la taquilla, a mi lado, y cruzó los brazos por encima del pecho.
—Yo… me preguntaba si tenías algún plan para el sábado.
Se me fue la vista al cartel rojo y negro que colgaba por encima de su cabeza. El sábado era el baile. Se me secó la garganta como a un animal acorralado y abrí los ojos más de lo normal.
—No, no hago nada el sábado.
—¿No vas a ir al baile? —me preguntó.
No sabía si era demasiado patético decirle que no tenía con quién ir, así que decidí negar con la cabeza.
Jacob parecía aliviado.
—¿Te gustaría que fuéramos… juntos?
Lo primero que pensé fue que no. Apenas lo conocía y, además, pensaba que era de ese tipo de tíos que saldrían con la típica animadora cañón, así que no me interesaba en absoluto. Pero ir con Jacob al baile tampoco implicaba necesariamente que fuera a casarme con él o que quisiera algo con él. Sólo íbamos juntos a un baile. Justo entonces pensé en la cara que pondría Edward cuando supiera que tenía pareja para el baile. Era patético, pero me moría de ganas de ser testigo de ese momento…
Le dije que sí, nos dimos los números de teléfono y así quedó la cosa. Iba a ir al baile, por lo que necesitaba encontrar un vestido para la ocasión. Mamá se pondría muy contenta… Se lo conté todo a Alice a la hora de la comida, pensando que se alegraría porque iba a ir al baile con pareja.
—¿Jacob te ha pedido que vayas con él al baile? —Alice no daba crédito. Hasta dejó de comer durante cinco segundos enteritos—. ¿Y le has dicho que sí?
Asentí.
—Sí, ¿pasa algo?
—Bueno, es que Jacob tiene mala fama —respondió Angela mirándome por encima de la montura de las gafas—. Se lo conoce como « el democrático» .
—Porque quiere montárselo con todo el mundo —aclaró Jess—. Pero, oye, da igual. Es mono. Me gustan sus brazos.
—Que tenga mala reputación no quiere decir que yo tenga que pasar a engrosar la lista de sus conquistas. —Aparté la lechuga con el tenedor. Hoy había pastel de carne, y no pensaba tocarlo—. Además, ha sido bastante mono al pedírmelo.
—Nessie y él rompieron hace una semana o así —dijo Angela—, porque por lo visto le estaba poniendo los cuernos con … Leah
Claro, Leah era el nombre de la animadora en cuestión.
Jessica se rió.
—Ah, cuanto futuro veo en vuestra relación…
Puse los ojos en blanco.
—Bueno, haz lo que quieras. Ahora podremos ir todas a comprar vestidos este fin de semana. —Angela dio unas palmaditas—. ¡Ah, y quizás podamos ir juntas en coche! Qué divertido, ¿no? ¿Te animas tú también, Alice?
—¿Cómo? —Alice pestañeó. Angela le repitió la pregunta y Alice asintió con la mirada perdida—. Sí, seguro que a Eathan no le importa.
Quedamos en ir juntas el sábado a Cumberland. Jess y Angela estaban tan emocionadas que casi daban saltitos en la silla. Alice no parecía demasiado animada ni contenta. Y, lo más raro de todo, no se acabó su plato ni se comió la mitad del mío…
Cuando acabaron las clases, tuve que ir a la parte trasera del aparcamiento porque había llegado tarde aquella mañana. El aparcamiento estaba situado en paralelo al campo de fútbol americano, vacío en ese momento. Aparcar ahí era un rollo total. El viento helado que venía de las montañas soplaba con toda su fuerza en aquella zona del aparcamiento.
—¡Bella!
Me volví; reconocí aquella voz grave al instante. El corazón se me aceleró y dejé de notar el viento. Me puse a retorcer el asa de la mochila mientras esperaba a que se acercara a mí.
Edward se paró justo delante de mí y me colocó bien el asa.
—Que buen ojo tienes para elegir dónde aparcar.
Aquel gesto espontáneo me descolocó, así que tardé unos instantes en responder.
—Ya.
Llegamos hasta mi coche y, mientras lanzaba mi mochila en el asiento de atrás, Edward esperó a mi lado. Tenía las manos metidas en los bolsillos y aspecto preocupado.
Sentí un revoloteo en el estómago.
—¿Te pasa algo? ¿Ha ocurrido algo con…?
—No. —Edward se pasó la mano por el pelo—. No ha pasado nada… cósmico.
—Menos mal. —Suspiré aliviada, apoyándome en el coche, junto a él—. Me habías asustado.
Se volvió hacia mí, de repente, estábamos tan cerca que apenas nos separaban unos centímetros.
—Tengo entendido que vas a ir al baile con Jacob Black.
Me aparté un mechón de pelo que me estaba dando la lata, porque el viento no hacía más que despeinármelo todo el rato.
—Qué rapidez.
—Pues sí, aquí en seguida nos enteramos de todo muy rápido. —Alargó una mano hacia mí para apartarme el mechón de pelo de la cara y colocármelo detrás de la oreja. Me rozó la mejilla con los nudillos. Aquel brevísimo contacto me trajo de vuelta aquel hormigueo familiar, además de un escalofrío que para nada tenía que ver con el viento—.Pensaba que te caía mal.
—Bueno, no es mal chico —respondí. Unos muchachos comenzaban a calentar en el campo y se preparaban para correr—. Es simpático, y me lo pidió.
¿No era así como funcionaban las cosas? Asentí. No me contestó enseguida y saqué las llaves del coche.
—¿Tú vas a ir al baile?
Edward se acercó a mí todavía más. Me rozaba el muslo con la rodilla.
—¿Acaso te importa que yo vaya o no?
—No, la verdad.
Se inclino hacia mí.
—No tendrías que ir con alguien sólo porque te lo haya pedido.
Miré le manojo de llaves y pensé si sería una buena arma arrojadiza.
—No sé que tiene que ver esto contigo, la verdad.
—Eres amiga de mi hermana; por eso tiene que ver conmigo.
Lo miré, boquiabierta.
—Es el pensamiento más patético que he escuchado jamás. —Empecé a rodear el coche, pero me detuve al llegar al capó—. ¿No tendrías que estar más preocupado por lo que hace Irina, por ejemplo?
—Irina y yo no estamos juntos.
Una parte de mí, la más ilusa y tonta, se alegró por la noticia, negué con la cabeza y me dirigí a la puerta del conductor.
—Ahórrate la saliva, Edward. No pienso dejar de ir al baile con Jacob sólo porque a ti no te parezca bien.
Soltó un exabrupto entre dientes y me siguió.
—No quiero que acabes metida en un lío.
—¿De qué hablas? —Abrí la puerta con un gesto brusco.
Edward sostuvo la puerta y arqueó una ceja.
—Conociéndote, no puedo imaginar en que clase de líos puedes meterte.
—Ya, claro… Seguro que Jacob va a dejarme un rastro que atraiga a vacas asesinas en vez de a alienígenas asesinos. Déjame pasar, anda.
—Pero qué tozuda eres, Bella—me espetó Edward con cara de enfado—. Ese tío tiene muy mala fama; quiero que tengas mucho cuidado con él.
Me quedé mirándolo un instante. ¿Era posible que estuviera de verdad preocupado por mi bienestar? Aparté de inmediato ese pensamiento de la cabeza.
—No va a pasar anda, Edward. Puedo cuidarme yo solita.
—Vale. —Soltó tan rápido la puerta que no me dio tiempo a apartar la mano—. Bella…
Demasiado tarde. Me había pillado los dedos con la puerta. Grité por el intenso dolor que sentí en la mano y que se me propagó por el brazos.
—¡Ay! —Giré la mano para intentar calmar el dolor. El dedo índice me sangraba. Los demás iban a acabar morados e hinchados como salchichas. Las lágrimas comenzaron a deslizarse mejillas abajo—. ¡Por Dios, qué dolor!
Sin mediar palabra ni advertirme, Edward me rodeó la palma con la mano. Sentí una oleada de calor que se extendía desde las puntas de los dedos hasta llegar al codo. En apenas un instante el dolor había desaparecido.
Estaba boquiabierta.
—¿Edward?
Nos miramos. Me soltó la mano como si la mía que quemara.
—Mierda…
—¿Has…? ¿Vuelvo a tener un rastro? —Me limpié la sangre del dedo. Tenía la piel rosada, pero la herida y a estaba completamente curada.
Tragó saliva.
—Es muy… débil. No creo que no traiga ningún problema. Casi no lo veo, pero puede que…
—¡Ni hablar! Si casi no se ve no pasará nada. No necesito que me hagas de canguro otra vez. —Mi respiración era irregular y tenía un nudo en la garganta—. Puedo cuidarme yo solita.
Edward me miró un instante.
—Tienes toda la razón; siempre que no andes cerca de ninguna puerta de coche, claro. Por ahora, ya has durado más que cualquier humano que haya sabido de nuestra existencia.
No me quitaba de la cabeza aquellas palabras, que me volvieron una y otra vez a la mente durante el resto de la noche y el sábado siguiente. Era la humana que sabía de su existencia que más había durado… No podía evitar preguntarme cuándo llegaría mi hora.
Después de comer fui con Alice a buscar a las chicas. No tardamos casi nada en llegar a Cumberland y encontrar la tienda de vestidos a la que querían ir, The Dress Barn. Yo pensaba que apenas les quedaría nada, pero lo cierto es que tenía los percheros llenos de vestidos.
Angela y Jess tenían claro el tipo de vestido que querían… Uno bien ajustadito. Alice se debatía entre varios rosas y llenos de volantes. Yo quería uno que no me hiciera parecer un lazo andante ni que hiciera las delicias de las abuelas.
Alice eligió para mí un modelo de inspiración griega ceñido en la cintura y vaporoso alrededor de cadera y piernas. Tenía un escote festoneado un poco atrevido, pero nada comparado con los modelitos que se estaban probando Jessica y Angela.
—Lo que yo daría por tener un pecho así —dijo Jess entre dientes, indignada al ver el escote de Angie, que casi dejaba entrever el ombligo—. No es justo, tengo mucho culo y nada de tetas.
Angela se miraba en el espejo mientras Alice se probaba un vestido rosa hasta las rodillas. Angela se recogió el pelo con las manos y sonrió ante su reflejo.
—¿Qué os parece, chicas?
—Estás cañón —le dije. Y era verdad. Tenía el cuerpo en forma de guitarra, equilibrado y perfecto.
Alice salió del probador. Estaba realmente preciosa con aquel vestido rosa de finísimos tirantes que tan bien le envolvía la espigada silueta. Se miró, asintió con la cabeza y volvió a meterse en el probador.
Jess y yo nos miramos.
—Nuestra opinión no ha sido necesaria.
—Pues no, porque la verdad es que no hay nada en este mundo que no le quede bien a Alice. —Puso los ojos en blanco y cogió el vestido que quería probarse.
Llegó mi turno y me probé el vestido. Desde luego, debía reconocer que Alice tenía muy buen ojo para la moda. Aquella prenda hecha para mí: era perfecta para mi tipo. Tenía un sujetador interior, con lo que podía estar junto a Angela y sentir que no era una niña pequeña. Me di la vuelta para mirarme la espalda. No me quedaba nada mal.
—Tendrías que recogerte el pelo —dijo Alice, apareciendo de repente detrás de mí. Alargó una mano, me recogió el pelo en una coleta alta y me la enroscó a modo de moño alto—. Tienes un cuello de cisne muy bonito: enséñalo. Si quieres, puedo peinarte y maquillarte.
Asentí. Sería divertido.
—Muchas gracias, Alice. La verdad es que nunca pensé que este vestido pudiera quedarme bien.
—Cualquiera de estos vestido te quedaría perfecto. —Alice me soltó el pelo—. Ahora necesitas zapatos. —Hizo un gesto hacia los estantes de zapatos—. Yo creo que te quedaría bien algo rojo o un tono discreto. Y cuantas más tiras tenga, mejor.
Les eché un vistazo a los zapatos y pensé en unas sandalias de tacón que tenía en casa. Seguro que el vestido iba a costarme todo el dinero que mamá me había dado encantada aquella mañana. Aun así, elegí unos rojos de tacón absolutamente divinos.
De repente, una desagradable sensación me invadió. Eché un vistazo a mi alrededor. Las chicas seguían en la parte trasera de la tienda, mirando bolsos, y la dependienta estaba detrás del mostrador. La puerta se abrió y repicó por el viento.
La dependienta levantó la vista y frunció el ceño. Negó con la cabeza y volvió a enfrascarse en la lectura de su revista.
Me dio un escalofrío al mirar más allá de los maniquíes del escaparate, hacia el exterior. En medio de la acera había un hombre que miraba hacia el interior de la tienda. Llevaba el oscuro pelo echado hacia atrás y estaba muy pálido. Sus rasgos quedaban ocultos prácticamente en su totalidad por unas enormes gafas de sol que resultaban innecesarias en un día tan nublado como aquel. Vestía tejanos oscuros y chaqueta de cuero.
Y me aterrorizaba.
Me moví y fingí que estaba mirando un vestido detrás de uno de los percheros. Entonces levanté la vista y miré por encima de la prenda.
El hombre seguía allí.
—¿Qué narices…? —dije entre dientes. O estaba esperando a que alguien saliera de la tienda o era un tío raro. O un Arum, que también podía ser. No quería pensar en esta última posibilidad. Eché un vistazo a la tienda, que estaba casi vacía, y me decidí por la segunda opción: era un tío raro.
—¿Qué haces? —Jess salió del probador cerrándose la cremallera de un vestido rosa de corte sirena que le daba más curvas a su físico aniñado—. ¿Por qué te escondes detrás de ese vestido?
Quise señalar hacia el acosador, pero, cuándo miré hacia el escaparate, el hombre había desaparecido.
—Por nada —carraspeé—. ¿Habéis acabado ya?
Asintió, de modo que fui al probador para cambiarme. Mientras pagábamos nuestros vestido no dejé de mirar una y otra vez hacia el escaparate. Aquella desagradable sensación no se marchaba y me acompañó hasta llegar al coche de Alice. Esperaba que en cualquier momento aquel tipo saliera de la nada y me diera un susto de muerte.
Doblamos con cuidado los vestidos y los colocamos en el maletero mientras. Angela y Jess se acomodaban en los asientos de atrás. Alice cerró el maletero y me miró con una sonrisa.
—No te lo he dicho antes porque seguro que habrías cambiado de opinión y no te habrías quedado el vestido.
—¿Decirme qué? —Fruncí el ceño—. ¿Me hace el culo grande?
Se rió.
—No, no; estás espectacular.
—¿Y entonces?
Me sonrió maliciosa.
—Bueno, es sólo que… el rojo es el color favorito de Edward.
