Ninguno de los personajes me pertenece. Esto quiere decir que no soy J.K.R. , como seguramente supusieron.


Capítulo 21: Tortura (segunda parte)

El sudor que cubría su frente cada vez se hacía más espeso y la frialdad del mismo era el testimonio de que su cuerpo estaba anegado por el terror. Si le hacían más daño, si perdía más sangre o lo lastimaban profundamente no tendría las fuerzas necesarias para poder escapar y salvar a Hermione. Amycus se acercaba cada vez más, con la mano firmemente aferrada al mango de plata de la daga. La alzó por sobre su cabeza y de un movimiento fluido y preciso la bajó con velocidad. Draco cerró los ojos, esperando el impacto. Pero éste nunca llegó. Sus párpados se levantaron y comprobaron que el mago sólo había cortado con precisión las cuerdas que aferraban sus manos.

-Te necesito libre- dijo Amycus con una sonrisa maquiavélica.

Se preguntó que planeaban hacer con él. Pero rápidamente lo comprobó cuando, tomándolo por el cuello de su ropa, lo arrastró con fuerza hacia una especie de armario lleno de púas amenazantes.

Draco se asustó aún más y sintió terribles deseos de salir corriendo, implorar clemencia para que no lo metieran allí. Pero sólo apretó sus labios con fuerzas y mantuvo silencio. El orgullo le impedía hacer algo más. Ni siquiera gastó las pocas fuerzas que le quedaban intentando escapar, sabía que era un caso perdido ya que su cuerpo estaba débil por la pérdida de sangre.

Pero por muy orgulloso que pudiera mostrarse una terrible culpa y vergüenza invadían todo su ser, producto de la inevitable resignación en la que se había sumido. Deseaba salir de esa situación triunfante, lograr escapar con Hermione para que ambos estuvieran sanos y salvos para tomar a Scorpius y largarse a algún sitio donde nadie jamás los encontrase… pero sólo eran sueños de un estúpido…

Rememoró el rostro de su pequeño niño mientras lo empujaban al interior con brusquedad, haciendo que las puntas filosas se clavaran en su espalda y sus piernas lo suficiente como para causarle dolor pero sin dañarlo con profundidad. La puerta se cerró delante de él, dejándolo aprisionado con esas púas también frente a él, a milímetros de su rostro. Tragó saliva y cerró los ojos… todavía lloraba y sus sollozos se escuchaban fuera de aquel aparato infernal haciendo que su captor se burlara de él. No le importaba aquello. ¡Qué se burlara todo lo que quisiera! ¿Cómo podría afectarle algo tan insignificante como aquello estando en esa situación? Ya no tenía vida y por su estúpida decisión de no querer recuperar la memoria había condenado a Hermione.

Todo era su culpa, lo sabía… Merecía lo que le estaba sucediendo.

Uno de los brazos de Harry rodeaba protectoramente por los hombros a Ginny mientras que ésta se abrazaba a su cintura. No lloraba pero se notaba en su mirada el sumo temor por la vida de su amiga. Molly Weasley los había llamado a todos con urgencia cuando despertó y se dio cuenta de lo que había sucedido. Dumbledore había aparecido inmediatamente seguido de Remus y Snape. Éste último no había tardado en hacer un recorrido excautivo en la casa y, gracias a esto, habían logrado dar con el pequeño Scorpius. Había sido Altair quien lo había sacado de su escondite y en este momento aún lo tenía en brazos e intentaba calmar. Parecía ser que sentía toda la tensión del ambiente y eso lo ponía inquieto.

Ron también había sido traído a la casa y se le había explicado la situación. No lo tomó muy bien y en todo momento no dejó de culpar a Draco Malfoy por la desaparición de su mejor amiga. En el fondo Harry también sentía una mancha de rabia hacia el Slytherin pero no quería ser injusto con él y cada vez que esa rabia pujaba por salir se decía a sí mismo que Hermione necesitaba su ayuda y que debía concentrarse en eso. No era fácil pero tampoco imposible.

Molly aún sollozaba con las manos en el rostro, culpándose una y otra vez mientras que su marido intentaba consolarla en vano.

—Ya basta, Molly—ordenó con voz firme pero suave el anciano director—No fue tu culpa. Debemos concentrarnos para actuar con inteligencia. Se ha notificado su desaparición y un grupo de expertos Aurores ha ido a buscarlos a todos los sitios donde creen que pueden tenerlos… Aún no han logrado dar con ellos pero tengo la certeza de que pronto lo harán.

—¡Nosotros también podemos colaborar! Pensemos dónde podrían estar…—intervino Remus.

—Pero si un grupo de Aurores no lo sabe… ¿Cómo lo haremos nosotros?—preguntó desconcertado Ron mirando a todos.

—Es obvio que no se esconderán dónde saben que iremos a buscarlos—indicó Severus capturando la atención de los presentes—Entonces, debemos pensar cuál sería el último lugar dónde iríamos…

—Eso puede ser en tanto sitios—dijo Arthur.

—No, no cualquiera—lo corrigió Severus—Si no los han atrapado hasta el momento es porque son inteligentes y saben esconderse muy bien. Lo que quiere decir que por cada ataque que cometían tenía un plan… esta vez no será diferente. Lograron atrapar a Draco lo que desde un principio querían pero también se han llevado a la señorita Granger. Esto nos hace pensar que posiblemente ya han averiguado lo que ella significa para él…

—¿A dónde nos lleva todo esto, Severus?—preguntó Altair con cierta impaciencia.

Severus lo contempló de mala manera pero de todos modos respondió.

—Esto nos lleva a pensar en que, si los van a matar, lo harán en algún sitio significativo para ellos—concluyó.

Todos se quedaron en silencio asimilando esa teoría y a la vez pensando las posibilidades de cuál sería ese sitio.

—El Castillo—dijo de repente Harry.

Los ojos de todos se clavaron en él.

—¿El Castillo, Harry?—preguntó Albus sumamente intrigado por aquel comentario.

—Sí—insistió—Piénsenlo. ¿Cuál es el sitio en dónde todo acabó, en donde Voldemort pereció? Su muerte es la razón por la cual ahora hacen esto.

—Es una idea muy interesante—dijo Dumbledore—Pero queda el detalle de cómo hicieron para ingresar y…

Severus rodó los ojos y, tras dar media vuelta haciendo que su capa ondease detrás de él, se encaminó a la chimenea y desapareció rumbo al castillo.

Todos creían que la sala de Menesteres había sido destruida y, en cierta parte, estaban en lo cierto. Ésta ya no podría abrirse desde el pasillo y tampoco se convertía en lo que uno necesitaba pero eso no implicaba que no se pudiese ingresar a ella desde otro lado ni que no se pudiera acondicionarla mediante magia. El armario que con tanto esfuerzo había reparado Draco aún se encontraba allí y su gemelo permanecía oculto en una de las antiguas tiendas de un callejón muggle al que nadie nunca iba por su mala reputación.

Cuando Severus se apareció en el castillo y comenzó a buscar no halló nada que le resultara sospechoso pero el recuerdo de aquel armario le llegó a la mente. Cómo no tenían ninguna otra pista con la que seguir decidió tomar ese nuevo camino. Nunca supo a dónde había ido a parar el otro pero, tras ciertas investigaciones con magos de barata reputación y luego de lanzar unas cuantas maldiciones y amenazas, logró dar con él.

Una oxidada campanilla sonó cuando él abrió la puerta de la tienda. Se trataba de una vieja cerrajería que a simple vista se notaba que no tenía mucho éxito. El polvo y algunas telas de arañas adornaban los vacíos estantes. El mostrador, que estaba al fondo, estaba lleno de pequeñas llaves de todos los tamaños y colores, algunas sucias y oxidadas y otras tan brillantes que parecían nuevas. Pudo distinguir una docena de ellas que eran de oro puro y no tardó ningún segundo en deducir la procedencia ilícita de las mismas.

Caminó hacia allí y, antes de que pudiera acercarse más de dos pasos, un decrépito muggle apareció. Su aspecto era terrible: delgado, con una espesa y mugrienta barba y unas prendas que pedían a grito un lavado urgente. Hizo una mueca despectiva al verlo pero el hombre no se inmutó. Sólo se quedó mirándolo desde su posición con la altivez de un rey. No parecía tener más de unos cuarenta y pico de años pero su cabello canoso le daba un toque de alguien mucho mayor.

—¿Qué quiere?—le preguntó el hombre.

—Vengo por el armario Evanescente— dijo sin dar vueltas

El otro frunció el ceño.

—No sé nada de eso. Si no tiene nada de trabajo para mí, váyase.

Severus dio otro par de pasos al frente, apretando la varita que tenía escondida dentro de su manga.

—¿No me oyó? ¡Váyase!—exclamó el hombre mientras metía la mano detrás del mostrador y sacaba un revolver que, milagrosamente parecía estar en perfectas condiciones, le apuntaba con él.

—Oí perfectamente… Pero usted tiene algo que yo quiero. No estoy para juegos y no quiero perder tiempo así que me lleva al armario o lo busco yo.

—¡Atrévase a dar un paso más y le lleno la cabeza de plomo!

Snape rodó los ojos y, sacando la varita a una velocidad asombrosa, lanzó un petríficus al hombre mediante un hechizo silencioso. Giró alrededor del mostrador para quedar del mismo lado que él y, sin mirarlo, ingresó por la puerta que allí había. Se encontró con una habitación no muy grande pero abarrotada de objetos inservibles. Caminó entre ellos hasta que se topó con una puerta trama. La contempló con sospecha. Podía sentir la magia que se desprendía de su interior. La abrió y bajó las escaleras con cuidado.

La luz que pendía del techo era poca pero lo suficientemente fuerte como para permitirle ver a su alrededor. Allí estaba. El armario se erguía intacto desde el suelo. No había nada más que eso y otra puerta frente a él. Se acercó a ella y la abrió. Se trataba de una habitación completamente a oscuras

Lumus

La luz de la punta de su varita le ayudó a ver. Era un cuarto vacío, con paredes de piedras al igual que el piso. Esta parecía ser una de las primeras y más antiguas habitaciones de la construcción.

Algo en el suelo capturó su atención. Se aceró allí y se inclinó. Lo tocó con las puntas de sus dedos y cuando comprobó de lo que se trataba su corazón dio un vuelco. Sangre. Seguramente uno de ellos o ambos estaba herido y era allí dónde lo había mantenido oculto por un tiempo. Pero ya se habían marchado y todo parecía indicar que había sido hacia el castillo por el armario.

Dio media vuelta y también se dirigió allí. Antes de desaparecer le mandó un patronus a Dumbledore avisándole sobre su nuevo descubrimiento y pidiéndole que mandasen un grupo de Aurores allí. Él no iba a esperarlos sabía que si lo hacía, para cuando ellos llegasen, podría ser demasiado tarde.