Dominada por el Deseo

~Kawaii Tsuki-chan~

Capitulo 20

Draco se quedó inmóvil, totalmente estupefacto. La sorpresa, el alivio, el júbilo, y algo parecido a la miel, cálida y dulce, se extendió por su pecho llenándolo de una emoción a la que no estaba acostumbrado. A pesar de ello, guardó silencio.

A Hermione se le llenaron los ojos de lágrimas. Le temblaba la barbilla.

Suspirando, Draco se contuvo para no cogerla en sus brazos y salir corriendo pasillo abajo para encerrarla tras la puerta de su cuarto de juegos. Aunque le costó un gran esfuerzo. Aún no estaba seguro de que ese mediocre polvo vainilla hubiera convencido a Hermione de que había nacido para ser una sumisa. Se sentía culpable por algo que él no comprendía. Y ella no sería feliz hasta que no lo resolviera.

Como tenía intención de hacerla suya —mataría con sumo gusto a Harry o a cualquier otro hijo de perra que pensara que ella le pertenecía—, Draco creía que sería mejor llegar ahora al quid de la cuestión. Quería que, desde este mismo momento, ella empezara a reconocerlo como su amo, su amante, el hombre a quien confiar su seguridad.

Draco se inclinó hacia delante y la besó en la frente.

—¿Por qué?

Ella tardó en contestar. Se sentó en la cama, dobló las piernas hasta el pecho desnudo y apoyó la frente en las rodillas. Él no la presionó, no la tocó, sólo esperó.

Al fin, ella levantó la mirada empañada hacia él, demostrando que había estado llorando en silencio.

—Me dijiste que no me sentiría satisfecha con sexo vainilla. No quería creerte, pero creo que acabas de demostrarlo.

Maldición. Hermione acababa de admitir dos cosas que tendría que tratar con sumo cuidado. La primera era fácil, así que empezó por la segunda.

—¿Cómo lo he demostrado?

Ella arqueó las cejas y luego frunció el ceño como cuestionando la cordura de Draco.

—¿Acaso lo que acabamos de hacer ha sido para quitarse el sombrero?

Él sonrió, intentando mantener el tono ligero.

—No lo llevaba puesto.

A Hermione no le hizo gracia.

—¿Así que ahora te parece gracioso?

—No, cher —la tranquilizó—. No fue para quitarse el sombrero, pero tampoco lo esperaba. Acepté hace mucho tiempo que a mí no me gusta nada la vainilla, ni siquiera en helado. Dime cómo ha sido para ti.

Era una orden sutil. Hermione vaciló, luchando consigo misma. Finalmente se rindió.

—Lo que hemos hecho estuvo bien. Fue agradable, como ir de picnic. Me gustó un poco más de lo que me suele gustar el sexo. —Las lágrimas anegaron sus ojos, y su mirada chocolate reflejó su confusión—. No lo esperaba. Esperaba más... una palabra, una orden... alguna indicación de lo que querías, de lo que sentías. Algo que nos hiciera compenetrarnos. Algo más intenso.

El alivio y el júbilo inundaron a Draco. Cuando había accedido a mantener relaciones sexuales sin dominación, había esperado que esa fuera la respuesta de Hermione. Pero no había estado completamente seguro. Ella estaba resultando ser todo lo que él había creído. Durante años había deseado encontrar a una mujer como ella. Aun así, tenía que ir con mucho tiento.

—¿Tus experiencias sexuales pasadas no fueron satisfactorias?

Ella le dirigió una mirada vagamente culpable.

—No... yo... No.

Ah. Eso lo decía todo. Podría haberla regañado por creer que a ella le gustaba el sexo simple, pero Hermione tenía que descubrirlo por sí sola. Una de las cosas que más le gustaba de ella era cómo se aferraba a su fuerza de voluntad y a su determinación, incluso si al final llegaba a esa frustrante conclusión.

—¿Por qué pensabas que sería diferente conmigo?

Hermione encogió un hombro sin demasiado entusiasmo.

—Tú me gustas más que cualquier otro. Y, simplemente, pensé que eras tú. Que sería diferente contigo. Antes de conocerte, alcanzaba el orgasmo en muy raras ocasiones. Si ésta hubiera sido nuestra primera vez, me habría sentido eufórica por lo que acaba de ocurrir. Salvo que ya sé lo explosivos que podemos llegar a ser cuando...

—¿Te someto? —la apremió.

—Sí. —Ella se sonrojó—. No sólo me excita estar contigo, sino la manera exigente con la que me tratas. Eres capaz de leer en mi cuerpo y en mi alma. Haces que tenga un montón de fantasías hasta que estoy tan excitada que...

Draco se obligó a contener la sonrisa de «ya te lo dije» que amenazaba con cruzarle la cara. Era muy pronto para sonreír. Tenía que asegurarse de que realmente había llegado hasta ella.

—Eso es porque necesitas que haya otro órgano sexual involucrado: tu cerebro. Eso no es posible con el sexo convencional. La Dominación y Sumisión puede ser un juego o un estilo de vida, depende de la seriedad con la que te lo tomes. Lo que sí es indiscutible, es que conecta el cuerpo con la mente. La promesa del placer puede ser tan excitante como el placer en sí mismo... quizá más, y lo que antes has descubierto es que tu mente no estaba en sintonía con tu cuerpo.

Hermione vaciló, mordisqueándose ese labio exuberante y pleno que hacía que un hombre lo mirara fijamente. Luego, la compresión iluminó sus avergonzados ojos castaños.

—Sí. Eché de menos la parte mental. Necesitaba saber qué pensabas, oír tu voz urgiéndome a continuar.

Parecía que por fin empezaba a darse cuenta. Draco sonrió.

—¿En qué trabaja tu novio?

Hermione frunció el ceño ante esa pregunta tan fuera de lugar. Vaciló.

—Es analista para alguna organización gubernamental. No sé con exactitud a quién o qué estudia.

Interesante información, Draco se la reservó para más adelante.

—¿Y cómo es el sexo con él?

Tuvo que apretar los dientes para controlar la voz. Pensar en Harry tocando a Hermione... Harry podía ser más alto que él, pero en el ejército, Draco le había pateado el trasero en más de una ocasión. Y estaba tentado de volver a hacerlo.

Hermimone negó con la cabeza, los sedosos cabellos castaños le cayeron sobre los hombros pálidos. Bajó las pestañas, ocultando la expresión de sus ojos.

—Nunca lo hemos hecho.

«Nunca». Draco exhaló, asombrado. ¿Se había tirado a Hermione antes que su novio? Sí, la dulce venganza era cada vez más dulce. Pero las emociones que recorrían a Draco tenían que ver más con el hecho de que Harry jamás había tocado a esa mujer que él sentía como suya y sólo suya, que con la propia venganza. Hermione sería suya, sí. Pero primero, tenía que acabar esa difícil conversación.

—En realidad, no creo que pensaras que el sexo vainilla fuera a ser mejor conmigo. De hecho lo esperabas. La pregunta es, ¿por qué? No sé nada del novio que tuviste en la universidad, pero que eligieras a un jugador de fútbol americano y a un productor de televisión indica que tú, incluso de manera inconsciente, buscabas a un hombre con poder y dominio. ¿No es cierto?

La boqueada de Hermione le dijo a Draco que había acertado y que la había dejado estupefacta.

—Sí.

—¿Por qué rompiste el compromiso con el productor?

—Viktor y yo rompimos porque...

A ella le tembló la voz y apartó la mirada con una mueca de disgusto.

Definitivamente allí había gato encerrado. Después de que hubiera llevado a Hermione a la cabaña, la había interrogado sobre su pasado sexual, y ella se había negado a responder a las preguntas sobre Viktor o por qué lo habían dejado.

—¿Porque...?

Ella lo miró con esos atormentados ojos castaños, y Draco sintió esa mirada como una puñalada en el vientre. Sí, al final iba a obtener sus respuestas, pero a Hermione le estaba costando un gran esfuerzo dárselas. Le cogió la mano y se la apretó, esperando que ella comprendiera su mudo apoyo.

—Hubo bastantes razones. Pero el sexo... no es que nos fuera demasiado bien. No conseguía llegar al orgasmo con él. —Hermione vaciló y sacudió la cabeza—. Recuerdo que me gustaba su sentido del humor y su inteligencia, pero cuando me tocaba, era como si pensara que me podía romper. Siempre era suave y dulce. Y silencioso. No nos compenetrábamos. Apenas sentía nada.
Draco le acunó la cabeza con una mano y le acarició la sedosa maraña de cabellos castaños. Quería consolarla, hacerla ver que no corresponder a unas caricias suaves, dulces y silenciosas no la convertía en una mala persona. Pero no podía interrumpirla. Tenía que quitarse ese peso de encima.

—Continúa.

Hermione suspiró.

—Me preguntó qué me pasaba, qué tenía que hacer para que las cosas fueran mejor. Confié en él. Parecía mundano y liberal. Así que le conté algunas de las fantasías que jamás le había dicho a nadie, esas fantasías... ya sabes. Le dije lo que pensaba acerca de...

—Ser atada, sometida y poseída—. Draco hubiera apostado todo lo que poseía a que sabía qué iba a decir Hermione a continuación—. ¿Qué te respondió?

Esta vez ella tragó saliva y cerró los ojos con fuerza. Una temblorosa lágrima resbaló por su mejilla. Draco quiso pegarle a algo. No, a alguien. .. a Viktor.

—Me llamó depravada. Me dijo que sólo una puta querría algo así. Me dijo que no continuaría la relación a menos que buscara ayuda profesional y que me quitara esos pensamientos de la cabeza.

¿Ayuda profesional? ¿Dónde estaba Viktor en ese momento? No quería patearle el trasero a ese bastardo, quería matarlo por haber hecho que Hermione llorara y dudara de sí misma.

—Espero que le dijeras cuatro cosas y lo mandaras al infierno —gruñó él.

—No con esas palabras. Le devolví el anillo y le dije que se lo quedara. —Se mordió el labio, y un brillo de picardía asomó a sus ojos chocolate—. Creo que le señalé que se consiguiera un pene de verdad.

Draco rió con alivio. La atrajo hacia él, sentándola en su regazo.

—Buena chica. No hay nada malo en ti, cher. —La miró directamente a los ojos, esperando que lo creyera—. Viktor es aquí el único que tiene problemas, menudo gilipollas. No le gustó que pusieses en duda su virilidad, tú eres más fuerte que él, y querías algo de alguien que no era lo suficientemente hombre para dártelo. No eres una depravada. Necesitas a alguien a quien le puedas confiar tu seguridad y tu placer, tu mente, tu cuerpo y tu alma. Y eso es lo que te hace tan maravillosa y perfecta.

Hermione apretó la mandíbula, luchando por contener las lágrimas. Y él no quería que lo hiciera. Era el momento de desahogarse y llorar de una vez por todas. Después, cuando estuvieran haciendo el amor, no habría tiempo para lágrimas.

—Dime —la persuadió—, no pasa nada.

—Es que no podía quitarme su voz de la cabeza. —Entonces fue incapaz de contenerse más. Las lágrimas anegaron sus ojos y resbalaron por sus mejillas, una tras otra. Hermione inspiró entrecortadamente—. Durante mucho tiempo, seguí oyendo su voz en mi cabeza diciéndome lo depravada que era. Que no era normal..., que estaba trastornada. Que era una puta.

Si ese imbécil estuviera allí ahora mismo, ni siquiera Dios podría haberlo salvado de la furia de Draco. Viktor casi había destrozado la sexualidad de esa hermosa mujer para seguir mintiéndose a sí mismo. Ya trataría con él más tarde. Draco se aseguraría de ello. Ahora, Hermione le necesitaba.

—No eres nada de eso. —Le enjugó las lágrimas con los pulgares, luego le besó las mejillas húmedas —. ¿Acaso os gustaba la misma pizza?

Ella frunció el ceño.

—Ni siquiera le gustaba la pizza.

—Definitivamente, a ese tío le pasa algo raro.

Hermione se rió entre lágrimas, y Draco le besó esa boca dulce e hinchada.

—Mi opinión, cher, es que no todo el mundo tiene el mismo gusto. Lo de la pizza es quizás un ejemplo demasiado simple, pero lo entiendes, ¿verdad? No dejes que su voz vuelva a entrar en tu mente.

Otra orden, y mucho más severa. Él no esperaba que ella le hiciera caso por completo en ese momento. Pero se conformaría con meter su propia voz en la mente de Hermione y expulsar la del gilipollas de Viktor.

—Y luego estaba mi madre. Poco después de romper el compromiso, vino a visitarme para consolarme. Encontró algunos de mis libros. Libros sobre Dominación y Sumisión...

Cher, las madres no quieren ni pensar en que sus hijos practican el sexo, y mucho menos del bueno.

Hermione le miró con los ojos llenos de lágrimas y asintió.

—Fue terrible. Crecí en una casa muy religiosa. El sexo era algo sucio para mi madre, algo malo. Decir que se escandalizó con mi biblioteca privada sería quedarme corta. —Se mordió los labios cuando nuevas lágrimas amenazaron con derramarse—. Me llamó lo mismo que Viktor. Anormal..., depravada.

Y oírselo a su madre le había hecho daño. Draco podía ver el tormento por el que había pasado.

—Son unos ignorantes y unos reprimidos —le aseguró Draco—. Ninguno de los dos comprende el profundo vínculo de confianza y comprensión que implican las relaciones de Dominación y Sumisión. Tú sí lo entiendes. Llevas años buscándolo sin ser consciente de ello. Ahora que lo has encontrado, eres demasiado lista para dejarlo escapar, ¿verdad?

Hubo una imperceptible vacilación. Una muy pequeña. Ya lo pagaría más tarde con su trasero, no porque él no entendiera sus dudas o porque ella necesitara pensar detenidamente las cosas, sino porque tenía que comenzar a asociar su culpabilidad con consecuencias desagradables.

Al final ella asintió con la cabeza.

—¿Estás dispuesta a aceptar ser quién eres de verdad?

Hermione vaciló de nuevo. Tragó saliva. Pero asintió con la cabeza.

—Sí.

Draco se levantó de la cama, dirigiéndole una mirada que exigía reconocimiento y obediencia. Se inclinó para recuperar la lencería que antes había dejado caer en el suelo con un diseño intrigante que se moría por volver a explorar. La puso en las manos de Hermione.

Los ojos abiertos y húmedos de Hermione eran como un faro canelo, que brillaban con vulnerabilidad. Ella parecía una cría con la cara sin maquillar y manchada de lágrimas. Maldición, se había esforzado en tratarla con suavidad, como si se fuera a romper en mil pedazos. Había llegado el momento de ayudarla a recomponerse, de que confiara en él.

Hermione le tomó la mano y entrelazó sus dedos con los de él. Cuando él extendió la otra mano para acariciarle la mejilla, Draco vio algo nuevo en su cara. Vio determinación.

En ese momento, se permitió esbozar la sonrisa que había contenido antes.

—Vuelve a ponerte esto, junto con las medias negras. Ven a mi cuarto de juegos dentro de diez minutos. Te estaré esperando.

Cuadrando los hombros, Hermione alzó la mano ante la puerta negra y llamó. El sonido resonó en el pasillo oscuro. No iba a pensar en si estaba haciendo o no lo correcto. No iba a pensar más ni en Viktor ni en su madre. Lo que ellos opinaran no tenía importancia. No dejaría que la tuviera.

Draco le había abierto los ojos.

Su madre se convirtió en una mujer marchita y amargada, en el momento en que James Potter le rompió el corazón. Y en cuanto a Viktor, se dio cuenta de que era un ser frustrado. Viktor había convertido la angustia en una forma de arte. No quería ser feliz, y lo cumplía a rajatabla. Su relación con él siempre había sido una montaña rusa emocional, con escaladas y bajadas en un solo día... en una hora, si de Viktor dependía. La gente del plato de Provócame le había puesto el mote de «El rey del drama». Se había sentido amenazado ante cualquier alarde de fuerza por parte de Hermione, ante cualquier opinión que ella expresara. Negar la latente sexualidad de Hermione había sido su manera de conseguir que se sintiera tan frustrada como él.

Sí, todavía podía oír sus voces, sus calumnias, en la cabeza. Pero no iba a dejar que eso la convirtiera en una desgraciada. Aunque Hermione aún no estaba completamente a gusto con su sexualidad, sospechaba que con el paso del tiempo y otro hombre como Draco —él no era de los que mantenían relaciones a largo plazo— superaría su reticencia.

Intentó ignorar la punzada que sintió al pensar en no tener a Draco para siempre.

Así que se concentró en su cuerpo. El aire fresco le rozaba los pezones expuestos, el sujetador elevaba sus pechos invitadores. Bajó la mirada al tanga de encaje que ni siquiera le cubría el trasero ni le absorbía los jugos húmedos que resbalaban de su vagina, extendiéndose por el interior de los muslos. Sintió las ligas de las medias que se ajustaba a sus muslos, y enfatizaba el trozo de tela que le cubría los rizos húmedos.

Estaba nerviosa, sí, pero mucho más excitada. Y decidida a no examinar ni a juzgar lo que Draco y ella hicieran en esa habitación. Si la excitaba y le gustaba, simplemente lo haría.

Todo eso sonaba muy bien, pero no tenía ni idea de lo que Draco podía querer o exigir de ella, y eso la hacía consciente del dolor erótico y la necesidad que se estaba originando en su interior.

Draco abrió la puerta vestido con unos pantalones de cuero negro, y nada más.

La miró de arriba abajo, empezando por la boca hinchada que Hermione llevaba mordisqueándose los últimos diez minutos, bajando luego por la pálida curva de sus pechos y la piel desnuda de la barriga para centrarse en su entrepierna cubierta por encaje de seda.

Hermimone observó su cara. Sus ojos desprendían calor. Las firmes líneas de su mandíbula estaban tensas. La mirada femenina descendió por los dorados músculos de sus hombros y por el ancho pecho, y siguió bajando hasta la gruesa erección que crecía a una velocidad sin precedentes.

A pesar de lo nerviosa que estaba, Hermione sonrió.

—No cantes victoria tan pronto. Esta noche tendrás que ganarte mi polla y tus orgasmos.

Su sonrisa vaciló. Si Draco lo notó, no dijo nada.

—Entra y siéntate sobre la mesa.

—Pero...

—No hables a no ser que te dé permiso. ¿Está claro? Niega o asiente con la cabeza.

Severo, intenso, hermoso. Hermione debería sentirse furiosa por su actitud arrogante. Pero sólo sentía curiosidad, humedad y deseo. Y una emoción electrizante.

Asintió con la cabeza.

Draco abrió la puerta un poco más para dejarla pasar, y ese gesto le pareció simbólico. El de una puerta que se abría hacia algo nuevo. Ella iba a abrazar esa parte de sí misma sin juzgarse, sin pensar en lo que dirían los demás.

—Siéntate —ordenó él—. No volveré a repetirlo.

Hermione se obligó a prestar atención. Ya tendría tiempo después para pensar. Ahora era el momento de obedecer. Con rapidez, atravesó la estancia y deslizó el trasero sobre la mesa, hasta quedar sentada. Cruzó las piernas, apretando los muslos con fuerza para aliviar el dolor, y esperó.

Con una mirada desafiante en sus ojos ardientes, Draco le colocó una mano en cada rodilla y le separó los muslos.

—No cruces las piernas delante de mí. Cuando estemos solos, quiero que estén bien abiertas, indicando que estás disponible y enseñándome esa dulce rajita mojada. ¿Entendido?

Quería sentirse enfadada por decirle cómo debía sentarse de ahora en adelante. Era demasiado exigente. Autoritario. Pero era excitante ver cómo la mirada de Draco observaba la carne mojada que acababa de exponer, y que acariciaba con los ojos. Una nueva y dolorida sensación latió en su clítoris, y pulsó suavemente al ritmo de cada latido de su corazón.

Y ella entendió. Por eso la excitaba tanto someterse a Draco. Él estaba pendiente de ella, concentrado en captar cada una de las sensaciones de Hermione. Llenaba de tal manera su mente con aquella experiencia sexual que era imposible que ella pudiera pensar en cualquier otra cosa.

Pronto, Hermione sentiría todo el poder masculino, toda la testosterona y el control enfocados en darle placer. Ante ese pensamiento, se ruborizó y casi se desmayó.

Y Draco ni siquiera la había tocado.

—¿Lo has entendido? —preguntó Draco, apretando los dientes.

Hermione asintió en silencio.

Él se dio la vuelta para abrir algunas cajas del mostrador que tenía detrás. Se metió algo, que ella no pudo ver, en el bolsillo del pantalón, luego se volvió hacia ella con algo brillante y dorado en las manos. Cuando lo sostuvo en alto, vio que era una gruesa cadena de oro con un rubí en forma de corazón. Era hermoso. Impresionante. Y demasiado grande para ser una pulsera. Aunque demasiado corto para colocárselo en el cuello y que el colgante reposara entre sus pechos. ¿Qué iba a hacer Draco con eso?

—Si aceptas ponerte esto, es que aceptas ser mía. Sólo mía. En el sexo, sólo harás lo que yo te diga, cuando yo lo diga, cómo yo lo diga y dónde yo lo diga. Si te pones esto, la palabra «no» desaparece de tu vocabulario. Me responderás siempre con un educado «sí, señor».

Él le acarició con el rubí un pezón desnudo y luego el otro. La fría gema le provocó una oleada de sensaciones que la obligó a inspirar entrecortadamente.

—Puedes hablar. Pregúntame lo que quieras antes de contestar.

¿Ser de Draco? ¿Esa noche? ¿Eso era lo que estaba diciendo? No era posible que ese hombre se estuviera refiriendo a algo duradero.

Hermione se humedeció los labios resecos. Estaba excitada y muy necesitada.

—No tengo preguntas, señor. Quiero ser tuya.

El pulso se disparó en la base del cuello de Draco. El tragó saliva. La nuez osciló de arriba abajo. Eso significaba algo para él, y el hecho de que no lo pudiera ocultar le llegó al corazón. Pero la mirada de Hermione no se detuvo ahí, sino que se deslizó por los poderosos antebrazos, que se hincharon cuando cerró los puños y por el tenso abdomen plano, que parecía estar conteniéndose para no pasar a la acción, hasta llegar a su miembro. Jamás lo hubiera creído posible, pero le pareció todavía más largo.

—Yo también lo quiero, cher. —La mirada seductora de Draco parecía adorarla.

A Hermione le sudaban las palmas de las manos. Deseó apretar los muslos para aliviar el nuevo latido que él había provocado. Pero no se atrevió.

—¿Has entendido con claridad que, en cuanto te ponga esto, serás mía para que juegue contigo, te castigue, te atormente o te posea a voluntad?

«Sí. Maravilloso. Date prisa». La espera la estaba matando. Con rapidez, ella asintió con la cabeza.

—¿Entiendes que tu cuerpo me pertenecerá?

Ella asintió de nuevo.

—¿Que en el momento en que te indique que quiero usar tu boca, tu sexo, tu culo tienes que asumir la posición que te pida, cueste lo que cueste?

Hermione vaciló un momento, luego asintió con la cabeza. Lo desconocido, el sexo anal, y cualquier otra cosa que él pudiera imaginar, no la preocupaban. Tenía que confiar en que Draco se ocuparía de todo. Dios sabía que esas palabras evocaban las fantasías más profundas de Hermione, y apartaban a un lado sus reticencias pasadas y sus inhibiciones.

Le dirigió una mirada sumisa con los pezones duros como diamantes.

—Sí, señor.

—Yo me ocuparé de ti. Tienes que confiar en que sabré cuándo y cómo necesitarás mi pene. En que comprenderé cada una de tus fantasías y las haré realidad. Tienes que confiar en que sabré cuándo necesitas una buena zurra y cuándo que te tome entre mis brazos.

¿Tomarla entre sus brazos? ¿Para qué? ¿Para apoyarla? ¿Para amarla? Hablaba como si para él hubiera algo más aparte de esa noche. Como si todo eso fuera a ser para siempre...

—¿Entendido? —su voz fue suave, pero no por ello menos exigente.

No realmente. Pero estaba demasiado impaciente para preguntar.

—Sí, señor.

Sin decir ni una palabra más, él se colocó detrás de ella y le abrochó el colgante al cuello. Se ajustaba como una gargantilla, cómoda y no restrictiva. El rubí reposaba justo en el hueco de la base de la garganta, y se calentó con rapidez ante el contacto con su piel. Draco rodeó la mesa para mirarla.

—Te queda perfecta. —Con suavidad, le rozó el colgante con un dedo.

Su mirada jamás abandonó la suya. Nunca vaciló. Había un mundo de promesas y pecaminoso dominio acumulado en sus ojos. Hermione había visto a Draco de muchas maneras esos días: enfadado, dormido, protector, excitado. Pero jamás así: tan posesivo y completamente decidido.

Hermione exhaló un entrecortado suspiro de excitación.

—Perfecto —murmuró él—. Túmbate y mantén abiertas las piernas para que pueda ver esa dulce rajita tuya.

Hermione sólo vaciló el tiempo suficiente para recordarse a sí misma que había ido allí para estar con Draco, para experimentar todo lo que él podía hacerla sentir. Para aceptar su sexualidad.

La mirada oscura y hambrienta vagó sobre Hermione, calentándola por todos lados. Se le veía enorme desde esa posición. Se cernía sobre ella con los duros y firmes músculos de su torso ondeando con cada respiración. A Hermione se le secó la boca de repente.

Ahora, todo lo que ella tenía que hacer era confiarle a él su placer.

Lentamente, Hermione hizo lo que él le ordenaba y apoyó la espalda en la mesa con las piernas abiertas. Quería preguntarle lo que había planeado para ella, para ellos, pero sabía que no estaba permitido. Tenía que confiar en él. Hasta ahora le había confiado su vida, y todavía estaba viva.

Quizá por primera vez, completamente viva.

Durante un largo momento, él no hizo nada más que contemplarla, con su oscura mirada penetrando en su cuerpo y en su mente. Hermione no podría haber apartado la mirada de él ni aunque le fuera la vida en ello. Pero romper el vínculo entre ellos era lo último que deseaba. Esa certeza la aturdió y le estremeció el corazón. La dejó jadeante, en suspenso. Atormentada por la anticipación. Esperando.

—Cierra los ojos.

Oh, ¿qué tenía planeado hacer? Si no podía ver lo que tenía pensando hacer... Hermione no estaba segura de poder manejarlo. Pero el peso de la gargantilla que rodeaba su cuello le recordó todo lo que había aceptado. Draco arqueó las cejas rubias, advirtiéndola de que no aceptaría ni una vacilación más.

Con el corazón acelerado, Hermione cerró los párpados, dejando de ver a Draco y cualquier cosa que él pudiera hacer.

Un momento más tarde, algo sedoso y cálido le rozó la cara. Draco se lo ajustó sobre los ojos, luego lo ató en la parte de atrás de su cabeza. Le había vendado los ojos.

Hermione tragó saliva. Dios, él quería que ella estuviera completamente a ciegas, que confiara en él plenamente.

Hermione respiró hondo para tranquilizarse. Se enfrentaría a eso con confianza y optimismo. Podía hacerlo, a pesar de los latidos acelerados de su corazón. Draco se inclinó hacia delante. Ella podía sentir su calor y el maravilloso aroma a almizcle. La tranquilizó y al mismo tiempo la hizo ser más consciente de sí misma como mujer, incluso se humedeció aún más.

Sus labios se posaron sobre los de ella como un susurro. Un roce divino, un sabor cálido, un toque prohibido de su lengua.

—Gracias por confiar en mí.

Ella se relajó en la mesa y arqueó el cuello para recibir más besos.

Pero en su lugar sintió la presa de sus dedos en torno a la muñeca derecha. Él le levantó la mano, llevándola unos centímetros más a la derecha. Hermione sintió el frío metal cerrarse en su muñeca con un chasquido. No le apretaba. Y sin embargo la inmovilizaba. No había manera de que pudiera mover ese brazo. Draco repitió el proceso con la otra muñeca. Luego le inmovilizó los tobillos de la misma manera, asegurándoselos a los lados de la mesa con las rodillas dobladas y los muslos abiertos.

—Con el tiempo —murmuró él— y, estoy seguro de que con los castigos apropiados, aprenderás a confiar en mí como deberías.

La suave nota de censura reverberó en el estómago de Hermione como una advertencia. Sin que se lo hubiera dicho, supo que se merecía ese castigo ahora.

Aun así, la repentina palmada de Draco en el montículo de su sexo conmocionó a Hermione. La sensación vibró a través de ella, bajándole por los labios inferiores. Luego el latido se centró en su clítoris, aunque no era doloroso. Sintió que el deseo reemplazaba la sorpresa y la inundaba de inmediato, con una feroz necesidad que le tensó el cuerpo y se centró entre sus piernas.

Draco repitió la acción, pero esta vez con un poco más de dureza. El feroz latido se hizo monstruoso, haciendo que se retorciera bajo su presa. Hermione se mordió los labios para contener un gemido.

De nuevo, Draco le palmeó el monte de Venus con más fuerza. La sensación la atravesó, reverberando en su vagina. Era una mezcla de dolor y placer. La necesidad apremiante la puso tan tensa que ahogó cualquier pensamiento. El gemido, que había estado conteniendo, escapó de su garganta y rompió el silencio que había entre ellos.

—Otro gemido más, y el dolor será más intenso que el placer. Me lo reservaré... a menos que vaciles otra vez. ¿Entendido? Niega o asiente con la cabeza.

El ronco sonido de la voz masculina la inundó, provocando una nueva oleada de excitación. Él ya había reducido toda su existencia a los latidos de su corazón, a la pulsación de su sexo, y al vínculo que parecía existir entre ellos.

Finalmente, se dio cuenta de que Draco estaba esperando una respuesta. Asintió con la cabeza..

—Bien. Esta noche, prefiero darte placer que castigarte.

El sonido de pasos a través del suelo de madera le indicó que él se había dado la vuelta y había cruzado la habitación. ¿Se marchaba? ¡No! Hermione había olvidado sus inhibiciones, había decidido aceptar lo que él quería compartir con ella. Una súbita desilusión la inundó, e intentó librarse de las esposas de sus muñecas y tobillos.

Luego el ruido de pasos —que tenía cierta cadencia militar— anunció su regreso.

—No vas a ninguna parte. Ni yo tampoco —le aseguró él, colocando la palma de la mano en su estómago. La piel de Draco era como hierro candente, una promesa de que la haría completamente suya.

Hermione se tranquilizó, más aliviada de lo que ella hubiera creído posible.

La lengua mojada de Draco rozó la curva de su pecho. Un dedo siguió el suave valle entre sus senos, luego, lentamente, lo introdujo bajo el borde del provocativo sujetador, acercándose a la sensible areola. Ella se arqueó en una muda invitación.

Él la ignoró.

—Tus pezones son de un rosa más pálido que el rubor —murmuró, exhalando su cálido aliento directamente contra uno de los botones tensos—. Se ponen de un dulce e intenso color rosado cuando estás excitada.

Mientras jugaba con su boca sobre su pecho, Draco volvió a mover el dedo, dibujando un círculo caprichoso sobre el seno.

—Tus pecas son fascinantes, me pasaría las veinticuatro horas del día buscando todas y cada una de ellas para lamerlas hasta que me supliques que te folle. Pero no ahora.

Dios, sus palabras eran como acercar una cerilla a un barril de pólvora. El latido que él había provocado entre sus muslos se transformó en un dolor insoportable, tan fuerte que el sudor comenzó a resbalar por su frente. Encogió los dedos de los pies ante la necesidad. Ahora sus pechos estaban tensos, reclamando que él hiciera algo —lo que fuera— para aliviar el inclemente placer que demandaba el cuerpo de Hermione.

Y sólo llevaba allí cinco minutos.

—Esta noche, mi misión será ver lo oscuros que puedo llegar a poner esos dulces pezones rosados.

Antes de que Hermione pudiera siquiera considerar lo que quería decir, la lengua de Draco aguijoneó la dura cima una vez, dos veces. La torturó con ligeras estocadas, haciendo que su corazón latiera a un ritmo acelerado. Daba la impresión de que tenía la intención de matarla muy lentamente. Hermione gimió.

Draco chupó el pico sin piedad, como si quisiera tragarlo entero. Sus dientes apresaron con fuerza el pezón de Hermione mientras lo succionaba con la boca. La explosiva sensación —medio placer, medio dolor— atravesó sus pechos y se extendió por todo su cuerpo hasta que, como un relámpago, estalló entre sus piernas.

Hermione jadeó. En respuesta, él la mordió con más dureza y la chupó con más fuerza. El nuevo dolor la bombardeó como si fuera alfilerazos helados, que tensó sus pezones todavía más. Hermione se quejó.

—Aguanta el dolor, cher. Aguántalo por mí. Puedes hacerlo.

Por alguna razón, decepcionarle no era una opción. Asintiendo, Hermione apretó los labios.

Draco metió el mismo pezón de nuevo en su boca, mordisqueándolo otra vez mientras lo succionaba sin piedad. El dolor volvió a atravesar el cuerpo de Hermione. Esta vez, fue seguido por un sorprendente y delicioso estremecimiento de placer. El quejido que había soltado antes se convirtió en un gemido.

Al día siguiente tendría los pezones lastimados, pero no le importó. Lo que él estaba haciendo, le dolía pero la excitaba sobremanera, la hacía temblar con un erótico dolor y una ávida sensación sexual al mismo tiempo.

Esto era todo lo que ella había soñado; sus más profundos y oscuros deseos.

Un momento después, Hermione sintió la presa de sus dedos en el otro pezón y lo atormentó sin piedad. Él retorció el duro brote, arrancándole otro gemido. El pellizco coincidió con un erótico mordisco en el pezón que tenía entre los labios.

Hermione jadeó.

—Eso es —la elogió, aliviándola suavemente—. Precioso.

Con el pulgar, jugueteó con el mojado pezón. Placer, dolor, placer otra vez. Los límites se desdibujaban. Todo lo que ella sabía era que deseaba que Draco la cubriera, la llenara, la hiciera correrse, la hiciera suya; Dios la ayudara para sobrevivir a esa noche.

Levantando las caderas, Hermione se retorció intentando atraerlo, implorando en silencio.

La risa retumbó en el pecho de Draco.

—Oh, por supuesto que me tientas, cher. Pero todavía no. Aún queda mucho por hacer.

Ella emitió un nuevo gemido de protesta, hasta que algo afilado y metálico le pellizcó el húmedo pezón. El gemido de Hermione acabó en un grito ahogado que no pudo contener.

—¡Oh, Dios mío! —jadeó ante el dolor.

—Lo sé. Respira hondo. Tengo el presentimiento de que acabarás apreciando el mordisco de las pinzas. Antes o después.

No. Era terriblemente doloroso, rozaba el límite de la crueldad. Hermione aspiró profundamente. No le ayudo. Aspiró de nuevo.

Draco bajó la boca al otro pezón, con el que sus dedos habían jugueteado previamente. Una suave succión, un suave roce. El contraste de las sensaciones la mantenía en vilo. El latido de su clítoris pulsó de nuevo con intensidad. Su vagina se contrajo con fuerza, dolorosamente vacía. Hermione se arqueó. Retorció las caderas con desasosiego. ¿Qué le estaba ocurriendo?
Jamás había estado tan excitada en toda su vida.

El dolor que sentía en el otro pezón comenzó a perder intensidad cuando se acostumbró a la sensación. El aguijón se acabó convirtiendo en una presión entumecida. Y la atención de Draco en la dura punta que tenía en la boca se hizo más áspera.

—¡Draco! —gritó Hermione, clavando los dedos en el cuero negro que cubría la mesa.

En un abrir y cerrar de ojos, su boca abandonó el pecho y volvió a darle una palmada en el monte de Venus. Una serie de estremecimientos recorrieron el cuerpo de Hermione como un grito. El clímax burbujeó entre sus piernas, y levantó las caderas para ofrecerse de nuevo.

—No es así como debes llamarme —gruñó él.

—Señor —jadeó ella—. Señor, por favor.

—Te tomaré, pero no antes de que esté preparado. No hasta que tú estés preparada. Ahora cállate antes de que me arrepienta y te caliente el trasero.

Sus palabras acabaron con sus esperanzas de alivio. Se mordió el labio con fuerza, intentando contener un gemido de protesta. Pero no sirvió de nada cuando Draco cerró los dientes en su pezón, lo mordió y lo chupó con dureza, arrancándole un gemido.

La voz de Draco vibró profundamente en su interior, reverberando en su clítoris. Hermione estaba siendo torturada en el potro del placer. Las asombrosas sensaciones se apilaban una sobre otra, ahogando cualquier pensamiento o disconformidad. Estaba más dolorida de lo que nunca hubiera soñado, más de lo que hubiera creído posible. Y él ni le había tocado la vagina ni la había penetrado.

En ese momento, otra pinza se le clavó en el otro pezón, hundiéndose en su piel y su cuerpo reaccionó con más violencia. Una bola ardiente de placer se estrelló directamente contra sus pechos, descendió entre sus piernas, y se unió al incendio que ya la hacía arder. Si Draco la tocaba allí, aunque sólo fuera una vez, temía que saldría disparada como un cohete, por mucho que él le exigiera que contuviera el clímax. El orgasmo sería tan descomunal y arrollador que se la tragaría por completo. Hermione luchó contra ello, negando desesperadamente con la cabeza. Comenzó a transpirar. Se agarró a la mesa con más fuerza.

El latido seguía creciendo y creciendo. ¿Cuándo llegaría al cénit?

—Y ahora estos pezones son de un rojo profundo y excitante, hermosos — murmuró él.

Hermione jadeaba y gemía cuando Draco le soltó las muñecas y los tobillos. La ayudó a poner las piernas —que parecían de goma— sobre el suelo. De nuevo, ella se preguntó qué habría planeado él, pero se dio cuenta de que no importaba. Le daría un asombroso placer. Y tarde o temprano, él haría estallar ese latido que palpitaba en su interior.

De buena gana, se abandonó a sus brazos. Él le inclinó la cabeza hacia atrás y se hundió en su boca con un beso devorador. Un beso hambriento y posesivo. Hermione respondió, saliendo a su encuentro y entrelazando su lengua con la suya.

—Desafías mi control, cher, con solo estar así, absolutamente hermosa y sometida. Nadie me ha tentado nunca tanto, ni con tanta rapidez —dijo con voz ronca contra la garganta de Hermione, luego se movió para mordisquearle el lóbulo de la oreja—. Apenas puedo esperar para hundirme en ti y mostrarte todos estos nuevos placeres.

Con desasosiego, Hermione cambió el peso de pie. Tampoco ella podía esperar a tener a Draco enterrado profundamente en su interior. Lo quería ya. En ese mismo momento.

Draco la hizo girarse y le agarró los bordes del tanga de encaje. La humedad que manaba de su interior y que empapaba la delicada tela, se extendía como un reguero por el interior de sus muslos.

—Estás tan jugosa como un melocotón dulce y maduro —la elogió mientras la hacía inclinarse sobre la mesa.

Ella gimió cuando las pinzas de sus pezones entraron en contacto con la superficie de la mesa y un nuevo escalofrío de dolor recorrió su espalda y empapó su canal. Se tensó, luchando consigo misma, deseando meterse la mano entre las piernas para frotarse furiosamente el clítoris hasta hacerlo explotar. Pero de manera instintiva, sabía que eso tendría como consecuencia un duro castigo. Con otro gemido, logró controlarse.

—Buena chica. Tan hermosamente sumisa, cher. ¿Quieres que te posea?

A Hermione no le importaba lo que tuviera que decir si con ello conseguía que Draco la hiciera explotar.

—Sí —dijo entre jadeos—. Sí, señor. Por favor...

Arrodillándose, Draco le quitó el tanga, deslizando la tela húmeda por su piel. Luego le esposó el tobillo a la pata de la mesa y le lamió el muslo mientras subía, más y más cerca del corazón de su latido. Ella ardió con una necesidad anhelante y gimió cuando la boca de Draco se acercó a su sexo.

Él se rió y se inclinó para esposarle el otro tobillo, luego lamió los jugos que resbalaban por sus muslos... pero no le concedió alivio a su empapada entrepierna. En su lugar, se apartó; el ruido de sus pasos la avisó de su retirada. Sintió movimientos, el suave roce del plástico contra el plástico, la apertura de un cajón. Dios, ¿por qué Draco no se daba prisa?

—Ah, sí —masculló él, aparentemente satisfecho. Luego se volvió hacia ella—. Te has ganado una recompensa.

«¡Sí!» La emoción, la necesidad y el deseo resurgieron ante sus palabras, se anudaron en su clítoris y esparcieron una nueva calidez en su corazón. Se alegró absurdamente de haberlo complacido, y se sintió muy orgullosa consigo misma por haberse sometido por completo. Por supuesto, quería con todas sus fuerzas esa recompensa.


Reviews:

Selesia: Como siempre, gracias por tu extenso comentario nena. Sin duda Draco se merece un premio por sus mil formas de actuar y controlar asi como mandar en la situación. Por fin Draco a logrado lo que tanto había deseado desde el momento en que conoció a Hermione, llevarla a su cuarto de juegos y tengo que decir que esto no termina aquí :3 Ya veremos que pasa al final en realidad con el pobre de Remus...

Sally: Yo apoyo el pensamiento de Draco en un principio, que habia gran posibilidad de que su acosador fuera alguien que ya había estado con ella y creía que Hermione era solo suya, de su propiedad y no quería que nadie más la poseyera... No se, para mi tiene algo de lógica, quizá en realidad si sean solo coincidencias lo de Remus, quizá hasta el acosador pudo contratar a alguien más para involucrarlo... uno nunca sabe $: Creeme, justo cuando menos se lo esperan, sabremos la reacción de Hermione ante lo del video, sin duda, no será nada bonito...

LylyanneBlack: ¡Super! Hechale muchas ganas a tus estudios nena. Remus es el principal sospechoso, ahora lo tienen en la mira, y la verdad no podemos negar que su situación es un tanto... peculiar. Ya veremos en que termina este asunto.

Miri: Así es, cada capitulo trae muchas más cosas, te dejan pensando en demasiado hahha, haré que las esperas valgan la pena, sin duda este capitulo los a dejado super picadas al igual que con un montón de respuestas, tanto para Draco como para nosotras.


NOTA:

Bien, ahora si seré breve, no como el capitulo anterior xD No les preguntaré si les gusto, porque sería en vano, aunque seguro y quedaron con ganas de más. ¡Por fin tenemos respuestas! Ya era hora de que Hermione se abriera y dejará salir todo eso que llevaba dentro atorado por mucho tiempo y que mejor consuelo que tener a Draco con ella y darle esa seguridad sobre su sexualidad que ella había perdido. Sin duda este hombre jamás termina de sorprendernos.

Les mando un gran saludo y un enorme beso a todas. Que tengan un buen inicio de semana y no olviden dejar sus reviews c:

Eli-Lunatica~