Las piezas de un tablero de ajedrez


François Chatelet sostenía el Gorro Frigio(*), que lo identificaba como uno de los alumnos destacados del Lycée Impérial, sin decidirse a usarlo. Llevaba más de media hora con la prenda entre sus manos.

-¿Por qué no te lo colocas?- le preguntó Quentin, luciendo su propio gorro de forma muy pintoresca.

Ambos muchachos estaban, junto a otros jóvenes de distintas edades, aunque todos de educación superior, esperando a entrar al salón en donde se llevaba a cabo una de las típicas reuniones populares que buscaban como único fin captar adeptos y garantizar seguidores del régimen Napoleónico(*).

Al ver que el de ojos azules no le contestaba Quentin se quedó de pie a su lado con las manos enlazadas en la espalda, acompañándolo en su mutismo. Desde que François había regresado de sus extensas vacaciones, se limitaba a estudiar sin descanso y su ánimo se había vuelto completamente taciturno. Ese exasperante estado anímico, había gatillado en el siempre chispeante Quentin Tinville, la autoimpuesta obligación de permanecer a su lado pese a que su compañía no fuera requerida, o bienvenida. -Mira… el perro del emperador- murmuró después de un rato al ver pasar a un elegante uniformado.

-No hables así- contestó François –Si nos escuchan, seremos sancionados y se nos quitaran créditos- se removió incómodo y tratando de disimular comenzó a examinar de forma minuciosa el accesorio que mantenía en sus manos.

-Colócate el gorro de una buena vez, ya estamos por entrar- lo animó Quentin dándole un codazo en las costillas -¿Quieres conocerlo?- sus ojos, prácticamente negros, brillaron contentos –Si me presento y menciono de quien soy hijo…

-Él fue participe de la caída de Robespierre… No me interesa conocer a uno de los asesinos de mi padre- François lo cortó antes de que terminara de hablar.

-¿Aún estás molesto conmigo?- preguntó Quentin –Sabes que no tuve nada que ver en lo que hizo el desquiciado de mi progenitor…

-Lo sé- dijo François dejando salir el aire de sus pulmones en un cansado suspiro –Lo sé Quentin… pero Fouché(1) es diferente.

Antes de que el hijo de Antoine Fouquier pudiera contestar, Monsieur Ferrec, el profesor de filosofía, los hizo pasar al salón. François miró una vez más el gorro que mantenía en sus manos.

-¿Por qué no quieres usarlo?- insistió Quentin.

-Siento que estoy traicionando a mi madre- contestó en apenas un murmullo –Sé que no le gustaría que estuviera aquí.

-No lo podemos evitar- apuntó con simpleza el muchacho de cabello negro. Después de dudar unos segundos tomó el Gorro Frigio de François y se lo colocó tirándolo hasta que los bordes le tocaron las orejas –A la mía tampoco le gusta la idea, pero es parte de estudiar en tan prestigioso liceo… y a mí sí que me interesa conocer de cerca al perro Fouché… quiero saber cómo es el hombre que censurará mi trabajo y que seguramente me mandará a presidio en más de una ocasión.

François se acomodó el sombrero y miró sonriendo a su amigo. Sin duda él joven tenía razón, su carácter contestatario le iba a ocasionar más de un problema con las autoridades en cuanto comenzara a ejercer de periodista. Ambos entraron al salón.

-Mira… es muy extraño que esos dos estén conversando tan amigablemente, todo el mundo sabe que apenas se toleran- murmuró Quentin apuntando con el mentón al elegante hombre que acompañaba a Joseph Fouché (3).

-Talleyrand(2)- susurró François –Ambos sabemos por experiencia que la política es corrupta… y este es solo otro ejemplo- encogió los hombros en un gesto resignado.

-Quizás ahora que Fouché es uno de los hombres más ricos de Francia, Talleyrand lo mire como algo más que un bruto espía…

-Cállate… nos van a oír y terminaremos con los pies en la calle junto una seria reprimenda de Monsieur Ferrec- François hizo un gesto disimulado hacia el profesor que no dejaba de mirarlos con el ceño fruncido. Quentin asintió en silencio y se concentró en la reunión.

Después de un par de discursos los alumnos fueron presentados a variadas personalidades. Mientras François estrechaba la mano de distintos políticos y autoridades, su mente no dejaba de pensar en que hace tres semanas Isabelle había estado de cumpleaños y desde esa fecha no tenía noticias de ella. Cada día esperaba con ansias alguna misiva de su parte, y cada vez que confirmaba no recibir correspondencia, el peso en su pecho se hacía más grande.

Después de la actividad, los días transcurrieron en tranquilidad. El hijo de Rosalie y Bernard concentraba todos sus esfuerzos en sus estudios, hasta que una noche su sueño fue interrumpido.

-Chatelet- murmuró Quentin tratando de despertarlo.

-¿Qué pasa?...

-Levántate… te tengo una invitación- lo zamarreó de un brazo hasta que consiguió que se sentara en el catre –Vístete, vamos con los de la escuela de leyes a Saint Antoine, levántate y confraterniza con tus futuros colegas, estamos de licencia...

-Déjame dormir- se acomodó nuevamente en la cama y gruñó –No necesito una chaperona que me esté animando, tengo muy claros mis objetivos… debo graduarme lo antes posible.

-François, estás haciéndote mala fama- Quentin se sentó en la cama –Todos opinan que eres un petulante… ahora además te tratan de soberbio e incluso se habla de que eres un realista encubierto… eso es malo, muy malo- lo miró serio –Nadie te conoce porque no hablas, sólo yo sé que te esfuerzas por regresar a Arras lo antes posible a los brazos de tu adorada Isabelle antes de que ella te olvide.

-¿De qué estás hablando?- el hijo de Rosalie se sentó y lo miró nervioso. No le había dicho a nadie de su relación con su amiga de infancia.

-Sabes que soy brillante- Quentin sonrió –No hay que ser un genio para saber que ya son novios y que ella no te ha escrito desde hace semanas, te he visto ir a diario a la oficina a buscar correo… y cada vez vuelves con un humor de los mil demonios y las manos vacías.

-Ella no es feliz… Sé que no es feliz y no sé qué hacer para solucionarlo- François suspiró cansado.

-¿Le has escrito?

-Para su cumpleaños, pero no recibí respuesta… y a ella no le gusta que la abrumen.

-Debe ser muy hermosa para que le aguantes ese temperamento- Quentin sonrió y tomó su chaqueta.

-Es la más hermosa… y la más inteligente también…

Quentin lo miró en silencio y movió la cabeza apesadumbrado, su amigo era un romántico, decidido a no aceptar una negativa de su parte insistió -Si quieres avanzar en leyes aprovecha esta oportunidad y no dejes que la gente siga pensando mal de ti. No basta ser buen estudiante, también debes hacer buenas conexiones y confraternizar- comenzó a caminar hacia la puerta del dormitorio –Te espero abajo, le diré a los demás que se adelanten.

-Yo…

-Tienes dos opciones, quedarte a llorar en la cama o levantarte y demuestra que no eres un petulante- lo miró serio y dando media vuelta lo dejó solo.

El rubio se levantó y comenzó a vestirse rápidamente. Después de recorrer un par de tabernas el alegre grupo de estudiantes caminó hasta la puerta de un conocido burdel. Cuando François reconoció el lugar al cual Alain lo había llevado hace un par de meses su espalda se tensó de inmediato, se había prometido a sí mismo no volver a poner un pie en ese sitio -Creo que mi velada llegó hasta aquí compañeros- habló sin dejar de sonreír.

-Ya ven… sabía que era un fatuo- murmuró uno de los estudiantes de cuarto año de leyes –Seguramente este lugar no es tan bueno como a los que acostumbra a ir- lo desafió.

Antes de contestar François miró a su mejor amigo, su alto sentido de camaradería le impedía dejarlo mal con los demás estudiantes. A lo largo de la velada, se había dado cuenta que el futuro periodista insistió en que lo incluyeran en el grupo sólo para que dejaran de encasillarlo como realista. Quentin lo miró y movió la cabeza en forma negativa animándolo a no desertar -No es eso- contestó –Es sólo que estoy cansado- sonrió de la forma más cordial que pudo.

-Puedes descansar sobre el pecho de alguna de las cortesanas… ¿O eso también es demasiado mundano para ti?

Otro estudiante de cuarto año lo tomó de un hombro y lo guió hacia el interior del burdel antes de que pudiera negarse nuevamente.

En cuanto entraron, los jóvenes fueron abordados por un grupo de animadas meretrices que los arrastraron hacia el salón principal mientras uno de los ayudantes repartía oporto, o vino, según el gusto del consumidor. Después de la segunda ronda de copas, el ánimo estaba lo suficientemente distendido para que nadie reparara en la actitud taciturna de François, el rubio joven se empeñaba en permanecer prácticamente oculto en medio del grupo.

La algarabía reinante impidió que el muchacho previera lo que estaba a punto de ocurrir. Cuando finalmente se encontraba relajado y disfrutando de una animada conversación con los estudiantes que estaban a punto de egresar, percibió que una mano se posaba en su hombro, levantó la vista y sintió que su estómago se transformaba en un apretado nudo.

-Monsieur Rolland, no insista… Ya le dije que el joven aquí presente reservó las horas que siguen- Jolie habló con voz segura y mirando al estudiante.

François desvió la vista, vio a un enorme hombre afirmando bruscamente del brazo a la joven meretriz que había conocido hace un tiempo atrás.

El insistente cliente frunció el ceño haciendo patente su mal carácter y reclamó -Madame Claudette me dijo que estabas disponible.

-Se equivocó- insistió Jolie apretando el hombro de François.

Cuando el joven miró nuevamente a la cortesana, pudo notar algunos moretones desvaneciéndose en su alabastrino cuello. La miró nuevamente a los ojos y tembló al ver terror en ellos -La señorita tiene razón- se puso de pie –Madame Claudette se equivocó… yo ya había solicitado los servicios de la dama aquí presente.

-Dama… no veo ninguna dama- se carcajeó el hombre –Aquí sólo hay putas- se acercó amenazante a François y Jolie.

Quentin se puso de pie en medio, acompañado por dos estudiantes más -Monsieur… le recuerdo que en esta época todos somos ciudadanos de igual categoría- sonrió mientras se remangaba los puños de la chaqueta y camisa. Cuando el primer empellón se hizo presente los gritos comenzaron a llenar el salón.

-¡En mi casa no toleraré ningún tipo de trifulca!- la voz de Madame Claudette retumbó en el salón. De inmediato se acercaron un par de esbirros y separaron a los revoltosos -O se controlan o los pondré a todos en la calle en un segundo- miró al grupo de estudiantes y reconoció de inmediato a François, entrecerró los párpados de forma molesta cuando vio a Jolie prácticamente escondida tras el estudiante –¿Qué pasa aquí? ¿No me digas que tienes el mismo mal temperamento que tu tío y vas a provocarme problemas?- interrogó al joven.

-Madame Claudette- la saludó François –El señor aquí presente, no acepta el hecho de que ya había reservado el resto de la noche con la señorita Jolie.

La regenta del lugar miró al protegido de Alain y luego de pensar durante unos segundos se dirigió al hombretón que continuaba furioso -Monsieur Rolland, le suplico disculpe mi mala memoria- sonrió de forma encantadora –Había olvidado que el muchacho tenía reservada la velada con Jolie, pero no se preocupe, me encargaré personalmente de que otra de mis chicas lo atienda como se merece.

-Soy un cliente antiguo- insistió el hombre.

-Lo sé… y se lo agradezco- se contoneó Claudette –Pero este joven es sobrino de un gran amigo y tengo acordado con él una disponibilidad absoluta… Además, usted sabe que esto es un negocio y su familia paga muy bien- miró a François.

El joven rubio tragó fuerte al pensar en la abultada cuenta que recibiría el socio de su madre.

-Supongo que el mozuelo no estará aquí mañana…- bufó Rolland.

-No… no estará- contestó Claudette.

-Entonces mañana regresaré y reservo desde ya toda la velada con ella- miró lujurioso a Jolie.

-Mañana hablaremos de negocios- sentenció la regenta y dando por cerrado el asunto tomó del brazo al cliente insatisfecho arrastrándolo lejos del lugar.

-¡Bien guardado que te lo tenías Chatelet!

-¡Hasta cuenta personal tiene!

-¡Yo quiero un tío igual!

-¡Tiene la pura cara de santurrón!

François recibió esa, y otras bromas, de forma estoica mientras miraba a Jolie.

-Vamos- la muchacha lo tomó de un brazo.

Quentin analizó toda la situación rápidamente y aguantó una carcajada con esfuerzo. Conocía a François y sin necesidad de que él se lo dijera, intuyó de inmediato que nada era lo que parecía -Supongo que te irás más tarde…- lo empujó traviesamente animándolo a seguir con la farsa.

-Sí… supongo que sí- contestó el rubio –Te veo mañana…- hizo un gesto de despedida a sus demás compañeros de escuela y se dejó arrastrar hasta la habitación de la cortesana. -¡¿En qué estabas pensando?!- preguntó furioso en cuanto la puerta se cerró.

-Estaba pensando en que me lo debías- contestó ella con tranquilidad mientras se abrigaba con una gruesa bata –Ahora estamos a mano.

-No dejaré que times a mi tío… mañana mismo le enviaré un mensaje contándole lo que tú y Madame Claudette traman, no dejaré que le saquen dinero… son unas estafadoras.

Jolie se inclinó y removiendo una tabla del piso sacó una media de lana, vació un montón de monedas en su mano -Toma- las arrojó sobre la cama –Aquí está lo que Claudette va a cobrarle a tu tío –Devuélveselo.

François la quedó mirando durante unos segundos antes de tomar el dinero. Una vez que reunió las monedas en la palma de su mano se las entregó de regreso -¿Te pega?- preguntó moviendo con un dedo el cabello que ocultaba las marcas en su cuello -¿Por eso pediste mi ayuda?

-No soy una damisela en apuros- contestó -Sólo estabas en el lugar que me convenía en el momento indicado- movió la cabeza apartándose de la mano de François y guardó nuevamente el dinero en el escondite -Si no quieres aceptar la devolución, supongo que quieres utilizar a tu gusto el dinero que tu tío va a pagar- comenzó a levantarse el ruedo del camisón.

-No- François se alejó y se sentó en la cama -Te dije que tengo novia- la miró serio -Supongo que no puedo salir de aquí hasta el amanecer… o ese cliente puede regresar…

Jolie se sentó a su lado -Sí sólo me golpeara no sería problema… muchos lo hacen- la chica encogió los hombros -Él tiene gustos particulares…

François la miró preocupado -Mañana volverá... y yo no estaré aquí.

-Entonces mañana me ocuparé del problema… hoy puedo dormir tranquila.

-¿Y si dejas esta vida?... podrías ir a Arras… puedo hablar con mi madre y ella te daría trabajo de inmediato- se aventuró

-¿Y le dirías que le de trabajo a la puta que conociste en un burdel de Saint Antoine?- masculló la chica con amargura -Me basta verte para saber que tu madre puede tener muy buenos sentimientos, pero también debe ser muy… "tradicional".

-No creas… está saliendo con hombre que no es mi padre.

-¿Lo está engañando?

-No.

-¿Está separada?

-No… es viuda.

-Y supongo que te escandaliza que salga con un hombre que no es su marido- lo miró con reproche.

François movió la cabeza apesadumbrado -No… no es eso.

-¿Qué es entonces lo que te molesta?- Jolie lo tomó de la quijada para obligarlo a mirarla -Dime lo que te molesta sin temor a que te juzgue, yo jamás lo hago…- sonrió –No tengo moral para eso.

-No recuerdo a mi padre- sus ojos se humedecieron -Y de cierta forma siempre pensé que si ella veneraba su memoria eso lo mantendría cerca de mí… sólo ella lo recuerda… yo no tengo nada.

-Lo entiendo- murmuró la joven -Pero eso es…

-Egoísta- completó François -Sé que soy egoísta... pero no lo puedo evitar… soy un malcriado, un pedante, un egoísta…

-Pero también eres fiel, inteligente y con buenos sentimientos… además eres honesto, podrías haber aceptado mi dinero…- Jolie lo miró sonriendo -Entiendo lo que te pasa con tu madre…

-Sé que no está bien que sea egoísta- agregó el joven con tristeza.

Jolie se recostó en la cama y permaneció en silencio durante unos minutos mientras miraba la espalda de François -Había encargado unas hierbas que quitan… el ímpetu- comenzó a hablar, no pudo evitar reír cuando vio que François la miraba sorprendido -Eran para el hombre de hace un rato- explicó mientras se acomodaba en la cama cubriéndose con unas mantas -Pero no llegaron, por eso pedí tu ayuda en cuanto te vi… si no hubieras estado aquí, mañana habría sido un día muy duro para mi… cuando te vi quise cobrar la deuda que tenías conmigo, sabía que me ayudarías así como yo te ayudé cuando nos conocimos.

-¿Y mañana qué harás?- preguntó preocupado.

-Mañana…- Jolie suspiró -Se supone que mañana llega mi encargo, si eso se cumple alteraré su bebida.

-¿Y si nuevamente falla?

-Me emborracharé hasta casi perder el sentido- la joven cerró los ojos -Así todo será más rápido y no me daré cuenta.

-Reservó toda la noche…- insistió François con la voz temblando.

Jolie abrió los ojos y sonrió -Puedo emborracharme muy, muy, muy bien...

-¿Por qué no hablas con Madame Claudette?... Alain me dijo que ella era buena y cuidaba de ustedes.

-Es cierto, ella es buena. No nos golpea y nos paga de forma justa- Jolie sonrió –Pero los negocios son los negocios, y en eso ella es inflexible… Nos cuida de que no nos asesinen o golpeen muy duro, pero este oficio tiene muchas variantes de violencia.

Ambos jóvenes se quedaron en silencio. Después de un rato François se puso de pie y caminó hacia un viejo estante. Había un par de libros apilados. Tomó el primero, lo conocía, era un gastado ejemplar de "Romeo y Julieta". El segundo nunca lo había visto, cuando lo abrió los ojos casi se le salieron de las órbitas y las mejillas se le encendieron violentamente. La risa de Jolie lo obligó a mirarla, la joven se carcajeaba en la cama.

-Deberías verte la cara- lo apuntó sin dejar de reír -¿Nunca has leído "Fanny Hill"?

-No- contestó François cerrando bruscamente el compendio. Apenas había logrado despegar la vista de la explícita escena de sexo que estaba graficada. Tomó el libro de Shakespeare -Me llama mucho la atención que dos libros tan diferentes sean parte de una misma "colección"- sonrió divertido.

-Simple… el segundo es para mi trabajo, soy muy profesional- Jolie guiñó un ojo -Y el primero lo compré después de ver la obra en un mercado hace algunos años.

François se sentó en el piso y junto a la cama, apoyó la espalda contra la desvencijada mesa de noche y comenzó a ojear el libro -Jamás habría pensado que eras una romántica.

-Todos somos románticos, más o menos, pero todos lo somos- murmuró Jolie -Léeme un capítulo por favor- suplicó mientras se arrebujaba con las mantas.

-¿Cualquiera o el primero?- preguntó el estudiante sin mirarla.

-El primero.

El joven acercó una vela y comenzó a leer. Cuando terminó el primer capítulo calló al ver que Jolie mantenía los ojos cerrados. Se abrochó la chaqueta y removiéndose en el suelo buscó una posición para tratar de dormir.

-¿Por qué dejaste de leer?- preguntó ella con los ojos aún cerrados.

-Pensé que estabas durmiendo.

-Sólo estoy imaginando las escenas- abrió los ojos y sonrió -Ven, recuéstate aquí y sigue leyendo- le hizo espacio en la cama, al ver que él dudaba bromeó -Prometo que no perderás tu virtud- guiñó un ojo divertida.

-No te burles- sonrió y se recostó en la cama -¿Quieres que siga leyendo?

-Sí- Jolie se acomodó procurando no tocarlo -¿Por qué no aceptaste el dinero que te ofrecí?- preguntó antes de que el joven comenzara a leer.

-Porque sé que lo ahorras con esfuerzo… no es fácil tu trabajo.

-Tampoco es tan malo- contestó -No todos los clientes son brutos… muchas veces disfruto lo que hago- lo miró desafiante -Las mujeres también podemos disfrutar en la alcoba.

-Lo sé- la miró molesto -No soy un estúpido… no es necesario que me trates así- hizo el amague de ponerse de pie.

-Perdona… no quise reaccionar de esa forma… es sólo que no me gusta que me tengan lástima, sé muy bien lo que hago y gracias este trabajo mis hermanos comen y yo no vivo bajo un puente- lo tomó de un brazo para retenerlo en la cama -Sigue leyendo por favor- lo animó.

François asintió y comenzó a leer, cuando terminó el tercer capítulo cerró el libro y cruzando los brazos se acomodó para dormir.

-Te diste cuenta de que no sé leer…- Jolie habló en un murmullo.

-Sí- el joven había notado que no era una pregunta y por lo mismo contestó de forma tranquila.

-¿Cómo lo supiste?

-Para ser tu libro favorito las páginas están casi nuevas, sólo las cubiertas están deterioradas.

-Eres inteligente François Chatelet, eres inteligente y un buen muchacho… Isabelle es una chica muy afortunada- murmuró la cortesana entre bostezos.

-Si quieres te puedo enseñar a leer…

-Ya te dije que no soy una damisela en apuros, así que no necesitas ser mi caballero andante- la meretriz se volteó en la cama para darle la espalda.

-Pero podemos ser amigos… los amigos se ayudan entre sí- insistió.

-Los hombres y las mujeres no son amigos… eso siempre termina mal- contestó -Ahora duerme, tienes que salir de aquí antes de las siete o Claudette te cobrará media jornada de mis servicios.

François asintió en la oscuridad y cerró los ojos concentrándose en tomar en cuenta al cuerpo que estaba a su lado. Con cada respiración de Jolie se esforzaba en pensar en Isabelle mientras rogaba que ella lo extrañara tanto como él lo estaba haciendo.


-Quédate quieto por favor… ¡Y sal de ahí que pareces un chismoso!- Alain amonestó a su ahijado. El chiquillo no dejaba de asomarse por la ventana del salón que daba a la entrada de la propiedad que había comprado hace unos meses.

-¿Estás seguro de que llegan hoy? - contestó Augustin mientras se dejaba caer en un sofá junto a Anne y apoyó la cabeza en el delicado hombro de ella buscando que le acariciara el cabello. La mujer de Alain dejó el bastidor y las agujas a un lado para acceder a lo solicitado. Adoraba al muchachito.

-No sé cómo logran dominarte tus padres… eres una mezcla explosiva y fastidiosa- el hombre de cabello castaño miró a su ahijado, sin poder evitarlo sonrió enternecido al ver como su mujer le acariciaba con devoción la ondulada melena –Supongo que no llegaste a la hora del desayuno porque tu padre te mantuvo entretenido…- comenzó a hablar nuevamente tratando de distraerse, sabía que Anne lo quería como a un hijo y no podía dejar de lamentarse que su obcecación por Oscar lo cegara al punto de no permitirle rehacer su vida con la hija de Gabrielle a una edad propicia para ambos.

-Desde el cumpleaños de Belle me ha hecho trabajar todas las mañanas en los establos cada vez que no tengo clases… papá dice que es la única forma de que los deje tranquilos a ti y a Anne…- Augustin suspiró y sus labios se curvaron en una tranquila sonrisa –Además dice que de esa forma también aprenderé a cultivar mi paciencia- terminó de hablar con los ojos cerrados, cada vez que Anne le revolvía el cabello se relajaba y le daba sueño.

-Eres igual a tu madre- murmuró Alain –Impaciente e impetuoso… Debes agradecer que tienes un padre que ya sabe cómo tratar el terrible carácter que tienen tú y tu hermana… yo no tendría tanta paciencia- miró a su mujer, que continuaba consintiendo al chiquillo, y masculló –Bonita, deja de consentirlo… ya no es un niño pequeño.

-Ni pequeño ni grande… simplemente no soy un niño- murmuró Augustin sin abrir los ojos.

-No seas envidioso Alain- Anne sonrió mientras lo miraba –Si dejas de molestar a Gus, prometo hacerte lo mismo hoy en la noche- bromeó guiñándole un ojo.

-Bonita…- Alain interrumpió lo que iba a decir cuando vio que dos carruajes cruzaban la verja de la casona que compartía con la hija de Gabrielle -¡Llegaron!- se puso de pie impaciente y caminó rápido hacia la puerta para recibir a su hermana y familia.

El viaje de Dianne y Girodelle se había retrasado durante semanas debido a la persistente tristeza que aquejaba a la hermana menor de Alain.

-Quédate quieto- susurró Anne a Augustin tomándolo de un brazo e imposibilitando que el chiquillo se pusiera de pie –Deja que sólo Alain quede como ansioso- guiñó un ojo –Después lo molestaremos por ello.

Augustin sonrió y asintió con vehemencia mientras arreglaba su despeinado cabello. Sólo cuando la hija de Gabrielle se puso de pie se animó a hacer lo mismo. Ambos caminaron con tranquilidad hasta el umbral de la puerta.

Anne sintió que su corazón se le encogía en el pecho cuando vio que Alain salía del carruaje principal transportando en sus brazos a su hermana. Pese a que sabía que Dianne estaba destrozada con la pérdida de su hijo menor, jamás había imaginado que la dulce mujer estuviera devastada al punto de no ser más que un manojo de huesos y piel. Tratando de disimular, desvió la vista y pudo ver al lado del carruaje a un desolado Víctor Clemente De Girodelle. El semblante del siempre apuesto, y elegante hombre, estaba completamente abatido. El padre de la numerosa familia, sostenía con un brazo Clemente, ya de cuatro años, y con la otra mano, tomaba firmemente a su adorada Angelique, la niña acababa de cumplir diez años.

Del carruaje que los seguía descendieron Pierre, Claude y Antoine, los niños contaban con catorce, doce y siete años respectivamente, los tres estaban acompañados de sus dos niñeras.

-Dianne…- Anne comenzó a hablar en apenas un murmullo, calló repentinamente cuando Alain movió la cabeza para que no dijera nada.

La menor de los Soissons, enterró el rostro en el pecho de su hermano mayor y comenzó a llorar aferrándose a él mientras dejaba que la transportara a una de las habitaciones.

Cuando Víctor se acercó, Anne estiró los brazos y recibió a su sobrino menor. El pequeño se aferró a su cuello de forma inmediata.

-Perdona…- comenzó a disculparse Girodelle –Está afectado por el estado de Dianne, casi no quiere caminar ni hablar- miró nervioso los ojos de su parienta política.

-No hay problema- la Anne acunó al niño entre sus brazos –Aquí todo mejorará…- sonrió tratando de darle tranquilidad al patriarca. Cuando recordó que Augustin también los acompañaba lo buscó con la mirada. El hijo menor de Oscar se había escabullido silenciosamente de su lado y estaba conversando tranquilamente con sus amigos. Pierre, Claude y él eran inseparables.

-Vamos cariño.

La voz de Girodelle la hizo volver a centrar la atención en el marido de Dianne. El criador de caballos guiaba a su preciosa hija hacia el interior de la casa. Angelique, pese a su corta edad, ya era poseedora de una belleza apabullante.

-Vamos al salón, les serviré chocolate y tartas- Anne habló e hizo un seña a las nanas para que guiaran a los niños a la casa –Y para mi preciosa Angelique, sus dulces favoritos- acarició con la mano los sedosos bucles de la niña.

-Gracias tía- contestó la chiquilla soltando la mano de su padre y buscando con la mirada a Augustin, cuando por fin lo encontró, el menor de los Grandier-Jarjayes sonreía de forma resplandeciente.


Charles Von Fersen caminó con paso tranquilo por el recibidor de la casa del Embajador sueco en Londres, llevaba más de dos horas esperando a que la reunión que estaba manteniendo su Comandante con el diplomático, y otras personalidades militares, finalizara. Acostumbrado a estar en constante movimiento, y al verse completamente solo en el lugar, se atrevió a saltarse las normas protocolares y se adentró por el largo pasillo de la fastuosa mansión guiado por la música que sonaba en el salón principal.

Sin animarse entrar sin ser invitado, o anunciado, se apoyó en uno de los muros adyacentes a la puerta que estaba abierta y cerró los ojos por unos instantes mientras oía atentamente las notas de la Sonata N 14, o Claro de Luna, de Beethoven*. Alguien estaba tocando con maestría la compleja pieza musical. Sonrió con tristeza al darse cuenta que sus esfuerzos por sacar a Isabelle de su mente eran completamente infructuosos, todo se la recordaba, es mas, la primera vez que había escuchado esa pieza fue cuando ella estaba practicando en la casa de veraneo en Bélgica.

-Así que tú eres el hijo de mi buen amigo Von Fersen.

La voz del recién nombrado Embajador de Suecia en el Reino Unido, Carl Gustaf Adlerberg(5), lo sorprendió. Charles abrió los ojos e hizo una rápida reverencia -Le ruego me disculpe Embajador, no quise inmiscuirme ni ocasionar alguna molestia- se disculpó por estar en un lugar que no correspondía.

-No te preocupes- el hombretón extendió una mano –Un hombre que aprecia la buena música siempre será bienvenido en mi casa, más aún si es un militar- sonrió mientras apretaba con fuerza la diestra del joven –Debemos romper el estigma de que las artes son sólo para mujeres o los afeminados- se carcajeó –Pese a que soy un soltero empedernido, así como lo es tu padre, me gusta que mi hogar esté siempre lleno de gente que aprecia el arte- hizo una seña con la mano y lo invitó a ingresar a la habitación contigua al salón, era la biblioteca –Desde que dejé Suecia no he tenido noticias de mi buen amigo, imagino que sus labores como Riksmarskalk lo tienen bastante ocupado.

-La verdad es que sí- contestó Charles –La mayoría del tiempo está en la ciudad o en Palacio.

-¿Sabes que él se ha negado enérgicamente a apoyar cualquier tipo de guerra?- Adlerberg lo miró serio.

-Sí, estoy al tanto de eso.

Para nadie era secreto que, desde su puesto de Gran Mariscal Del Reino, Hans Axel Von Fersen se empeñaba en evitar que su nación entrara en algún conflicto bélico. Esa férrea oposición incluso le estaba ocasionando problemas con el monarca de la nación.

-Imagino que no le causó ninguna gracia el que su único hijo hubiera escogido ser militar y que además haya querido unirse a los Dragones de Nyland- el Embajador entrecerró los párpados.

-Supongo que no- contestó incómodo Charles, no le gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación.

-Tener sangre de tu sangre en el campo de batalla debe ser un aliciente poderoso para oponerse a cualquier guerra- insistió el Embajador –A todos nos ha extrañado su postura tan inflexible, incluso al mismo Rey… su actitud no tiene mucho sentido, más aun si consideramos que se unió a la causa Americana cuando tenía prácticamente tu edad… y en esa ocasión no prestó oídos a los reclamos de su padre ni a los ruegos de su madre.

-Como usted debe saber soy adoptado- Charles comenzó a hablar –Por lo tanto lo que insinúa del Riksmarskalk no es veraz, él sólo actúa como mi protector en temas educacionales y económicos- cuadró los hombros en un gesto de defensa –La razón del por qué está en contra de los conflictos bélicos es debido a que, en su condición de experimentado militar, considera que como país no estamos preparados para inmiscuirnos en conflictos que ya están diezmando a la mitad de Europa, nuestra fuerza militar no es muy numerosa y debemos preservarla para defendernos en caso de alguna invasión.

-Es cierto, no somos numerosos… pero eso no nos resta valor- retrucó el diplomático –Nuestra historia siempre ha sido de guerreros.

-Es verdad, así como también es cierto que el afán de su Majestad en entablar una guerra contra Prusia es sólo basado en el interés de castigar a esa nación por no apoyar una invasión a Francia… y Suecia no necesita esos problemas, por algo no hemos entrado a ninguna de las coaliciones a las cuales se nos ha invitado. Lo más inteligente es dejar que Napoleón luche contra los enemigos que se ha creado en su codicia de conquistador.

-Tus dichos podrían tomarse como una traición a tu patria muchacho, ten cuidado.

-No soy un traidor Embajador, así como mi familia tampoco lo es. Mi padre es un hombre brillante no sólo en su vida habitual, es también un político muy inteligente, su único interés es proteger a la familia Real y a nuestra nación- tragó fuerte tratando de calmarse –Y mi lealtad también es indiscutible, pese al disgusto que le estoy ocasionando a mi familia, me uní a esta campaña porque honro la carrera militar que escogí y por lo mismo respaldaré a mi Comandante- entrecerró los ojos en un gesto molesto –Y si hablamos en confianza, como supongo lo estamos haciendo, el que necesitemos el respaldo del Reino Unido y de Portugal para la guerra contra Rusia sólo respalda la opinión de mi protector.

-La sangre Von Fersen corre por tus venas como un torrentoso caudal muchacho- el Embajador palmoteó el brazo de Charles en un gesto amistoso –Tu padre debe estar orgulloso de ti, procura darle mis más afectuosos saludos cuando lo veas.

-Embajador, agradezco sus palabras, pero como ya le dije sólo nos une un apellido.

-Muchacho, no trates de cuidar la reputación de tu progenitor, un vástago ilegitimo es tan importante como uno nacido dentro del matrimonio… y felicito a mi gran amigo por atreverse a desafiar todas las normas sociales para ponerte a la altura que mereces- rió de forma estruendosa –¡Si son como dos gotas de agua!- tomó una campanilla y la hizo sonar –Toma asiento, te invito una copa- guiñó un ojo en un gesto cómplice –Sólo quería poner a prueba tu valía y lo hiciste muy bien… uno de mis mejores atributos es saber medir a las personas.

Charles se sentó sintiéndose completamente abrumado, no se había dado cuenta cómo el diplomático lo había obligado a defender a su familia paterna sin que él siquiera se lo cuestionara.

-¿Brandy está bien?

La voz de Adlerberg lo hizo levantar la vista -Sí, muchas gracias- trató de sonreír para corresponder el esfuerzo del Embajador de aligerar el ambiente.

-En caso de que te preguntes dónde está tu Capitán- el diplomático lo miró –Le pedí que se fuera y te dejara aquí para acompañarme un rato- sonrió al ver la mirada desconcertada de Charles –Tenía ganas de conocerte, no mentí cuando te dije que con tu padre fuimos grandes amigos… es más, casi fui tu tío- sonrió.

-¿Tía Sofía?

-Así es- el hombre bebió un trago de licor –Pero nunca me aceptó… el ser algunos años menor que ella no me fue de ayuda- encogió los hombros en un gesto resignado –Sofía es una mujer admirable.

-Sí… lo es- sonrió al pensar en quien lo había criado como a un hijo.

-Antes de que comience a ponerme sentimental te invito al cenar- se puso de pie –Hoy nos acompañarán unos amigos que conocí en Marsella.

-¿Marsella?- preguntó Charles sin entender. El Embajador era un hombre muy enigmático.

-No todos los galos son enemigos muchacho… además, sé que hablas francés con fluidez, serás mi traductor… hablar sólo inglés me cansa- caminó hacia la puerta –Acompáñame al salón mientras nos avisan que está todo listo, te presentaré a quien estaba tocando el piano.

Al entrar al salón Charles pestañeó varias veces tratando de convencerse de qué la mujer que estaba frente al piano no era una alucinación. Habían transcurrido casi tres años desde la última vez que la había visto. Sin que pudiera evitarlo sus mejillas se caldearon avergonzadas, se había comportado como un patán al dejarla plantada sin ninguna explicación el día que Fersen lo había sorprendido en la caballeriza justo antes de encontrarse con ella en Bélgica.

-Madame Clary- el embajador se acercó a la dama –Le presento al hijo de un gran amigo, Charles Von Fersen.

Désirée Clary(4) se puso de pie e hizo una elegante y delicada reverencia a modo de saludo, cuando levantó la vista sus enormes ojos castaños lo miraron como si fuera la primera vez que lo veía -Teniente Von Fersen, que gusto verlo- lo saludó mirando los galones de la chaqueta de Charles.

-El gusto es mío Madame Clary- Charles la saludó esforzándose en disimular.

-¿Y nuestro amigo el "marskalkinnans poeta"?- preguntó el diplomático a Désirée.

-Estaba un poco cansado- contestó en inglés –Le dije que le avisaríamos cuando la cena estuviera lista.

-Iré a pedir que le avisen que pronto comeremos- el Embajador hizo una reverencia y salió del salón.

-¿Qué estás haciendo aquí?- preguntó Charles en Francés –¿Adlerberg sabe de tu relación con Napoleón?

-Claro que lo sabe, todo el mundo lo sabe- contestó ella en la misma lengua, se acercó a una mesita y escribió rápidamente en un papel –Encuéntrate conmigo en esta dirección mañana a la hora del té, hora británica por supuesto- le entregó la nota –Estoy alojada aquí, pero en el lugar que te indico podemos conversar y finalmente podrás explicarme que te hizo dejarme plantada- lo miró molesta –Eres el segundo hombre que me hace un desaire así y eso sólo puedo tolerárselo a un Emperador.

Charles la miró a los ojos mientras analizaba las palabras de la fina y hermosa mujer que estaba frente a él. Sonrió con sarcasmo al pensar en la ironía que había tras las palabras de Désirée. No sólo había sido defraudada por el actual Emperador de Francia, también lo había sido por el legítimo monarca de la misma nación, aunque su sangre no fuera borbona, a ojos de todo un país sí había sido el príncipe heredero y Napoleón sólo era soberano porque él había desaparecido hace quince años -Tienes razón- respiró profundo –Si sólo le perdonas ese comportamiento a un Emperador, quizás tendría que ser un Rey para recibir el mismo tratamiento- elevó la comisura de sus labios en una sensual sonrisa que dejaba entrever su perfecta dentadura –Y como no lo soy, nunca podré aspirar a tu perdón.

-Durante meses me pregunté qué había pasado contigo- Désirée se acercó y colocó una de sus delicadas manos sobre el pecho de Charles –Pese a nuestra diferencia de edad, creí que lo que estábamos sintiendo era real, tu compañía me revitalizaba… a tu lado me sentía como la misma muchacha que vivía en Marsella antes de que las intrigas políticas y las ambiciones acabaran con mi inocencia- movió sus largas pestañas mientras lo miraba con añoranza.

El Teniente Von Fersen, dejó vagar su vista por el delicado vestido de muselina que se ajustaba con perfección al delgado cuerpo de la masiliense mientras pensaba en las insospechadas vueltas del destino. Cuando levantó la vista para posarla en los voluptuosos labios de la mujer, recordó porqué le había quitado el sueño cuando tenía veinte años y aún no era consciente de sus sentimientos por Isabelle. Abrumado movió la cabeza tratando de concentrarse y habló buscando desviar el flujo de la conversación -¿Dónde está tu marido?- guardó la nota que seguía manteniendo en la mano -¿Sigues casada?

-Bernardotte…- la mujer se tomó el mentón en un gesto reflexivo –Déjame pensar… creo que ahora está en algún pueblo hanseático, es más, seguramente está planeando como dirigir su ataque contra Suecia- entornó los ojos con fastidio en cuanto terminó de hablar.

-Désirée… te podrían apresar ¿Por qué estás aquí? ¿Cómo lograste viajar?- la miró preocupado.

-¿Y dónde quieres que esté?- lo miró desafiante –El Príncipe de Pontecorvo vive para sus campañas militares y yo ya cumplí con mi parte al darle un heredero, desde ese momento nuestras vidas se separaron… en cuanto al viaje, todo es comprable, incluso los pasaportes falsos… y sabes muy bien que mi acuerdo matrimonial me garantiza el uso y manejo total de mis bienes, acepté casarme pero no subyugarme, eso te lo dejé claro cuando nos conocimos.

Ambos guardaron silencio cuando escucharon que el Embajador se acercaba al salón acompañado de alguien más.

-Me alegro que este inesperado encuentro les permita ponerse al día- el Embajador irrumpió en el salón –¿Se conocieron en…?

-Bélgica mi querido Gustaf- contestó Désirée, no tenía sentido mentir, era obvio que el hombre se había dado cuenta de su cercanía, se adelantó y tomó del brazo al poeta español que acompañaba al diplomático –Cuando nos conocimos en Marsella te comenté que me gustaba viajar, es más- rió dulcemente –El habernos conocido en un puerto es una excelente demostración.

-Nuestra querida Désirée está llena de sorpresas- interrumpió el español en un perfecto inglés –Alfonso De Cabré(4) a vuestro servicio Teniente Von Fersen- se presentó extendiendo la diestra –El Embajador me ha informado que nos acompañará en la cena de hoy, será realmente un agrado, estoy ansioso por practicar mi francés- miró a la esposa de Jean-Baptiste Bernardotte(4) –Désirée es una buena maestra aunque muy blanda a la hora de corregirme.

Charles miró uno a uno a los presentes y tragó saliva. Se sentía caminando sobre un campo minado.

Al otro día, mientras admiraba como la Iglesia de San Bartolomé El Grande se imponía de forma majestuosa en la ciudad, sonrió ante el ingenio de Désirée. En cuanto llegó a la dirección que ella le había entregado, entendió el porqué de la hora y el lugar. Sus pasos resonaron en el interior del templo, haciendo evidente su presencia, mientras se acercaba a uno de los bancos que estaban frente al altar. Reconoció de inmediato la castaña cabellera de la esposa de Bernardotte cubierta por un elegante bonete -Sabías que a la hora del té este lugar estaría prácticamente vacío- murmuró mientras se sentaba al lado de la mujer –Y en una iglesia... una dama sin compañía no llama la atención- se inclinó tratando de mirarla a los ojos.

-Así es- contestó ella sonriendo –Sabes que no me atemoriza salir sola, pero Londres es tan…

-¿Puritano?- Charles la interrumpió sonriendo.

-Iba a decir tradicional… pero sí, también es puritano- la mujer se acomodó en la banqueta para mirarlo de frente mientras se quitaba el guante que cubría su diestra –Ya no pareces un jovenzuelo, eres todo un hombre- levantó la mano y acarició la mejilla de Charles.

-Cuando te conocí ya lo era…- contestó él en un murmullo.

-Sé que no fui tu primera mujer.

-No me refería solamente a eso- respiró profundo y recorrió con la vista el interior de la iglesia tratando de distraerse. Se detuvo en un elegante arreglo de rosas blancas y lavandas, movió la cabeza en un gesto cansado mientras sonreía apesadumbrado. No había caso, todo le recordaba a la hija de Oscar.

-¿Por qué no llegaste a nuestra última cita en Bélgica?... ¿Fue por qué te diste cuenta de que soy bastantes años mayor que tú?- la voz de Désirée tembló nerviosa. Durante meses se había martirizado evaluando las razones del abandono de su joven amante.

-Seis o siete años no son mucha diferencia- contestó Charles con tranquilidad.

-Entonces… ¿Cuál fue la razón?

-Mi protector me descubrió en el momento en el que salía e hizo todo lo posible para evitar que me encontrara contigo.

-¿Supo que nos veríamos?- lo miró asustada –¿Sabe que tuvimos un romance?

-No- Charles movió la cabeza –Nunca dije tu nombre.

-¿Entonces por qué se empeñó en alejarte de mí?- lo miró con los ojos húmedos.

-No es tonto… supo de inmediato que iba a encontrarme con una mujer casada… - sonrió divertido al recordar la astucia de Fersen –Y eso me lo tiene terminantemente prohibido.

-Sí que tiene personalidad para exigirte algo así- los ojos de Désirée brillaron molestos –Todo el mundo sabe que fue amante de Maria Antonieta- se llevó la mano a los labios nerviosa –Perdona, sé que no te gusta hablar de las aventuras de tu protector.

-Así es… no me gusta- el hombre frunció el ceño y se puso de pie –Acompáñame a dar un paseo por el parque, no está lloviendo y caminar nos hará bien.

Désireé se puso de pie y colocó la mano sobre el brazo que galantemente Charles le ofrecía -¿Cuándo dejas Londres?- preguntó la mujer en cuanto comenzaron a caminar.

-En dos días regreso a Suecia.

-Si te invito a mi alcoba...- Désirée se detuvo y se colocó frente a él –¿Irás?

-¿Qué harás con Cabré?

-Si no le debo explicación a mi marido, mucho menos se la debo a él- lo miró llena de seguridad.

-Parto pasado mañana al medio día- contestó Charles aún inseguro.

-Entonces te esperaré mañana en la noche en la dirección que te haré llegar con un propio al mediodía.

Charles tomó la mano que se apoyaba en su brazo y la apretó con cariño sin dejar de caminar.


El gélido clima de Suecia estaba en su punto máximo durante el mes de enero de 1808. Mientras la Berlina que transportaba a Hans Axel Von Fersen a la mansión de su familia se deslizaba lentamente debido a la nieve, el Gran Mariscal del Reino de Suecia se esforzaba en calmar el repiqueteo furioso de su corazón, sentía cada latido no sólo en su pecho, lo sentía desde la cabeza hasta la médula de sus huesos. Cuando le fue informado el movimiento de tropas Rusas hacia la frontera de Finlandia sintió que una parte de él comenzaba a agonizar, ya no había nada más que hacer, su adorado hijo se enfrentaría en combate contra una fuerza militar poderosa, experimentada y en un clima completamente agreste.

Concentrándose en respirar profundo leyó nuevamente la carta de Sofía le había hecho llegar a su oficina en el Castillo de Estocolmo. Pese a que la relación con Charles había mejorado considerablemente durante el último tiempo, el hecho de que él se uniera a la infantería de campo sin siquiera avisarle, le había roto el corazón. No lograba entender por qué su hijo arriesgaba la vida desechando todas las posibilidades de continuar una carrera militar en los altos mandos y sin necesidad de exponerse en batalla. Cuando el carruaje se detuvo frente a la entrada principal del palacete descendió rápidamente y caminó con paso firme al encuentro de su hermana.

La elegante Condesa lo esperada, como era su costumbre, de pie en el umbral -Axel- Sofía abrazó a su adorado hermano –Te agradezco tanto que te hayas hecho un tiempo para venir- lo tomó del brazo para guiarlo al interior de la mansión.

-Hermana, tenemos que hablar- se quitó la capa y caminó hacia la biblioteca.

-Me estás asustando- lo siguió –Pensé que venías a acompañarme… No me anticipaste nada- lo miró preocupada.

-Rusia está en la frontera de Finlandia, el inicio de la guerra es cuestión de días- se sirvió una copa de vino.

-¡Dios mío!- Sofía se dejó caer en el sofá frente a la chimenea y comenzó a temblar –Charles…

-Charles entrará en combate- completó Fersen.

-¿Qué haremos si algo le pasa…?- la mujer comenzó a llorar –Axel no podemos perderlo…

-Lo sé…- se sentó junto a ella y la tomó de las manos –Estoy tratando de contactar a su Comandante… incluso he pensado en unirme a sus filas.

-No puedes hacer eso… él no te lo perdonaría- sollozó Sofía –No eches a perder todo lo que han avanzado en su relación.

-¡¿Acaso él pensó en eso cuando dejó su puesto?!- Fersen se puso de pie furioso –Es mi hijo… lo único que tengo de ella… No puedo resignarme a únicamente esperar.

-Lo sé…- Sofía se puso de pie y caminó hacia una de las ventanas que daban al patio principal –Se parece tanto a ti… tanto- movió la cabeza con pesar –Cuando te fuiste a América nos hiciste pasar por lo mismo, nuestra madre casi enloqueció de desesperación, yo rezaba a diario por tu regreso y padre estaba furioso- cruzó los brazos sobre su pecho –Te prohíbo interferir en las decisiones de Charles, no tienes moral para hacerlo.

-Soy su padre…

-Y yo lo crié como a un hijo… tengo el mismo derecho que tú- lo miró con rabia –Así que no vengas a tratar de pasar por alto mis decisiones.

Fersen caminó hasta posicionarse junto a su hermana y miró el glacial paisaje mientras trataba de clamarse. No quería discutir con ella, tenía mucho que agradecerle. Después de unos minutos habló. -No intervendré… pero pediré que me mantengan informado.

-Me parece bien- contestó Sofía en un murmullo.

El Riksmarskalk fijó la vista en un mozo de cuadra que estaba soltando los caballos de su carruaje, era primera vez que lo veía -No conozco a ese caballerango.

-Lo contraté hace un par de meses- contestó Sofía –Después del despido de Gustav y el repentino fallecimiento de su aprendiz, necesitábamos con urgencia uno nuevo, ese joven se presentó en el momento preciso. Es extranjero, apenas habla sueco y eso lo hace ideal para que no tome en cuenta posibles sobornos.

-¿Revisaste sus recomendaciones?- habló sin despegar la vista del joven de barba y cabello negro, aparentemente tenía la misma edad de Charles.

-Es belga y muy educado, su nombre es Phillip Lamorliere.

-Por favor, pide que se presente aquí cuando termine su trabajo- habló el Conde –Quiero conocer a quien trabaja en mi casa, una vez que regrese a palacio estarás sola quizás por cuanto tiempo y no quiero que estés expuesta a ningún peligro.

-No te preocupes, estaré bien- Sofía caminó hacia la puerta del despacho –Iré a pedir que le lleven tu mensaje.

-o-

Cuando Jerome Chateau recibió la orden de presentarse en el despacho del Conde Hans Axel Von Fersen, trató de controlar los nervios que le retorcieron el estómago. Era la última prueba que debía sortear, ya se había ganado la confianza de Sofía y estaba seguro de que el dueño de casa no lo reconocería, no había forma que lo relacionara a lo ocurrido en Arras. Jamás se habían visto.

Mientras lavaba sus magulladas, y frías manos, maldijo entre dientes por estar realizando un trabajo en el que no tenía prácticamente experiencia, ni habilidad. Sólo conocía lo que el anterior aprendiz le había contado el día que lo conoció en una taberna de la aldea cercana, después de que el inocente muchacho le contara donde trabajaba, lo había emborrachado hasta el punto de hacerlo perder el conocimiento. Posterior a eso todo había sido demasiado fácil. Sólo le bastó llevarlo a un bosque cercano y azotarle la cabeza contra una roca, era la clásica muerte por caer del caballo.

Respirando profundo se colocó la chaqueta, guardó sus anteojos y se amarró el cabello, que había dejado crecer durante meses. Caminó con paso seguro hacia el despacho del amante de Maria Antonieta mientras sonreía satisfecho por la desfachatez de utilizar el mismo apellido falso que le había dado Isabelle cuando la conoció, si Fersen no relacionaba su nombre, las cartas estaban listas y dispuestas para su jugada maestra.


Como notaron en éste capítulo hay muchas notas, las invito a leerlas (Y pido desde ya excusas por la lata, pero al haber tanto personaje histórico se hace muy interesante el investigar XD)

*El Gorro Frigio es una especie de capucha, de forma aproximadamente cónica pero con la punta curvada, confeccionado habitualmente con lana o fieltro. Su origen se encuentra en la región de Frigia, Asia Menor, en la actual Turquía. Durante la Independencia de Estados Unidos y la Revolución francesa el gorro frigio fue adoptado como símbolo de la libertad. Esto proviene de un error de ésa época: los revolucionarios de los siglos XVIII y XIX confundieron el gorro frigio con el gorro píleo. El gorro píleo era el símbolo de la manumisión de los esclavos en la época romana. El esclavo liberado por su amo tenía permitido llevar un gorro píleo como símbolo de su libertad. Por eso los asesinos de Julio César mostraron al pueblo un gorro píleo montado sobre un palo para afirmar que habían liberado a Roma del tirano. Los revolucionarios de América y Francia adoptaron este símbolo, pero lo confundieron con un gorro frigio que, en sus orígenes, nada tiene que ver con la esclavitud ni la libertad. En un mosaico bizantino de la iglesia de San Apolinar el Nuevo (siglo VI), en Rávena, los magos de Oriente que acuden a adorar a Jesús llevan sendos gorros frigios.

En el siglo XIX, el gorro frigio se consagra definitivamente como símbolo internacional de la libertad y el republicanismo. Lo lleva la alegoría de la Libertad que aparece guiando al pueblo en el conocido cuadro de Eugène Delacroix, de 1830. Marianne, personificación de la República Francesa, está tocada también con un gorro frigio. Durante los siglos XIX y XX ha sido utilizado como símbolo en varias repúblicas.

* Durante el periodo Napoleónico los estudiantes de educación superior que lograban destacarse académicamente eran premiados con un Gorro Frigio y una Tarjeta de Merito, ambas distinciones les permitían (y obligaban) asistir a las Reuniones de Sociedades Populares de carácter político como parte de la doctrina Napoleónica de captar letrados para los altos puestos sociales.

* Deben escuchar esta magistral pieza musical, búsquenla y traten de oírla de manos del maestro Claudio Arrau.

(1) Joseph Fouché (Le Pellerin cerca de Nantes, Francia, 21 de mayo de 1759 - Trieste en esa época, parte de Austria, actualmente en Italia, 26 de diciembre de 1820), político francés que ejerció su poder durante la Revolución francesa y el imperio napoleónico. Fue una personalidad muy poderosa y de gran influencia en Francia, durante la tormentosa era política que vivió, siendo el fundador del espionaje moderno y el responsable de la consolidación del Ministerio de Policía de Francia, posteriormente denominado Ministerio de Interior, como una de las instituciones más avanzadas de la nación. Desde su puesto de Ministro de la Policía tejió por toda Francia una eficaz red de agentes, que puso al servicio del golpe de Estado que llevó al poder a Napoleón Bonaparte; éste formó inmediatamente un gobierno provisional con Fouché al frente de la policía, ministerio que ocupó en los periodos de 1799-1802 y 1804-1811.

Entre sus iniciativas destaca la implantación de una oficina de censura de prensa (el Gabinete Negro), pretendidamente poco eficaz, si bien en realidad era manejada por Fouché , permitiendo o prohibiendo determinadas publicaciones a su conveniencia, causar alarma según le conviniera al gobierno de Napoleón: si su situación política se deterioraba, sabía hacerse valioso dejando que se publicaran panfletos legitimistas, lo que causaba gran alarma entre el resto del gobierno y de partidarios bonapartistas; entonces, intervenía Fouché destapando la trama, y volvía a ganarse la confianza del primer cónsul.

(2) Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord, más conocido como Talleyrand (París, 2 de febrero de 1754, 17 de mayo de 1838) fue un sacerdote, político, diplomático y estadista francés, de extrema relevancia e influencia en los acontecimientos de finales del siglo XVIII e inicios del XIX, logrando desempeñarse en altos cargos políticos y dentro de la jerarquía de la Iglesia católica, durante el reinado de Luis XVI, posteriormente en la Revolución francesa, luego en la era del Imperio Napoleónico y finalmente la etapa de la restauración monárquica, con el advenimiento de la Monarquía de Julio y el reinado de Luis Felipe I. Considerado uno de los diplomáticos más destacados de su época, siendo notable su ejercicio del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia, en cuatro ocasiones, durante los cuales lideró la política exterior de la Revolución francesa, así como la ambiciosa política expansionista del Consulado Francés y el Imperio Napoleónico, además de tomar una destacable participación en el Congreso de Viena.

Joseph Fouché y Charles Maurice de Talleyrand, fueron las figuras políticas más influyentes de su época en Francia.

(3) En diciembre de 1808, estando Napoleón en Valladolid, recibe la inquietante noticia de que sus más hábiles ministros, Talleyrand y Fouché, que hasta entonces se habían comportado como enemigos políticos, han sido vistos en público en los términos más cordiales. Temiéndose una gran conspiración, el 17 de diciembre de 1808 sale de Valladolid, y el 23 llega a París, donde decide anular políticamente a Talleyrand: lo convoca a una audiencia pública en la que, en los términos más airados, le reprocha su ingratitud y su deslealtad. A la salida de la audiencia, Talleyrand dirá "¡Qué lástima que un hombre tan grande esté tan mal educado!". Posteriormente, cesa a Talleyrand, pero mantiene en su cargo a Fouché, con quien mantuvo una audiencia secreta en la que éste le demostró la necesidad que tenía de él. La mayor muestra de lo tormentoso de la relación de Talleyrand y Fouché, indudablemente sería su alianza para derrocar a Napoleón Bonaparte, apartando sus diferencias y poniendo manos a la obra para tratar de frenar la desmedida ambición del mismo.

(4) Bernardine Eugénie Désirée Clary: Marsella, 9 de noviembre de 1777 — Estocolmo, 17 de diciembre de 1860) fue reina consorte de Suecia y Noruega. Fue hija de un rico comerciante de seda de Marsella, François Clary y de su segunda esposa, Françoise Rose Somis. Su hermana Julia se casó, en 1794, con José I Bonaparte, hermano mayor de Napoleón y rey de España. Désirée se comprometió oficialmente con Napoleón, el 21 de abril de 1795. Sin embargo, tras el encuentro de Napoleón con Josefina de Beauharnais en París (el 15 de octubre de 1795) y por la presión de un amigo de Napoleón, Paul Barras, el primero rompió su proyecto de matrimonio con Désirée para desposar a Josefina. Désirée llevó muy mal su ruptura, sentimiento que quedó claramente plasmado en una de sus citas más reconocidas: "Has hecho mi vida miserable, pero soy bastante débil para perdonarte."

El 17 de agosto de 1798, Désirée se casó con el general Bernadotte, en Sceaux, cerca de París.1 En la ausencia de Bernadotte, albergaba en su casa de Parístertulias literarias y se convirtió en una dama muy popular. Dos años después de que su marido fuera nombrado príncipe real de Suecia, ella viaja a Estocolmo, donde permanece dos años (1810-1811), pero vuelve a París. Bernadotte sube definitivamente al trono en 1818 como Carlos XIV Juan, y Désirée se incorpora en 1823, desempeñando un modesto papel, como reina consorte, conocida como Désirée. A la muerte del rey el 8 de marzo de 1844, el hijo de ambos sube al trono de Suecia y Noruega como Óscar I.

Carlos XIV Juan (Karl XIV Johan), nacido Jean-Baptiste Bernadotte (Pau (actual Francia), 26 de enero de 1763-Estocolmo, Suecia, 8 de marzo de 1844), fue un militar del Imperio francés, Príncipe soberano de Pontecorvo (1806-1810) y desde el 5 de febrero de 1818, monarca de Suecia (Carlos XIV) y Noruega (Carlos III). Bernadotte entró en el ejército francés el 3 de septiembre de 1780, sirviendo en primer lugar en Córcega. Al estallar la Revolución francesa, sus evidentes cualidades militares le llevaron a un rápido ascenso. En 1794 ya era brigadier, asignado al ejército de Sambre y Meuse, y tras la victoria de Jourdan en Fleurus (26 de junio de 1794), ascendió a general de división. En la batalla de Theiningen (1796), Bernadotte contribuyó más que nadie a la exitosa retirada de las fuerzas francesas sobre el Rin tras la derrota frente al Archiduque Carlos de Austria. En 1797 llevó refuerzos desde el Rin hasta el ejército de Napoleón apostado en Italia, distinguiéndose durante el paso de Tagliamente, y en 1798 sirvió como embajador en Viena, aunque hubo de abandonar el cargo debido a los disturbios causados a raíz del izado de la bandera tricolor sobre la embajada. El 16 de agosto de 1798 se casó con Désirée Clary. Desde el 2 de julio al 14 de septiembre fue ministro de la guerra, responsabilidad en la que demostró grandes habilidades. En aquel tiempo se mantuvo a poca distancia de Napoleón, y aunque se negó a apoyarle en los preparativos del golpe de estado de noviembre de 1799 (18 de Brumario), posteriormente aceptó ser empleado por el consulado, y desde abril de 1800 hasta el 18 de agosto de 1801, comandó el ejército en la Vendée. Al llegar el Imperio, Bernadotte fue nombrado uno de los dieciocho mariscales de Francia, y desde junio de 1804 hasta septiembre de 1805 fue gobernador de la recientemente ocupada Hanóver. Como recompensa por sus servicios en Austerlitz (2 de diciembre de 1805) fue nombrado príncipe de Pontecorvo (5 de junio de 1806), pero durante la campaña contra Prusia, el mismo año, fue severamente reprendido por Napoleón por no participar con su cuerpo de ejército en las batallas de Jena y Auerstädt a pesar de encontrarse cerca. En 1808, como gobernador de los pueblos hanseáticos, dirigió directamente la expedición contra Suecia, a través de las islas danesas, aunque el plan no tuvo éxito debido a la necesidad de transportes y a la deserción del contingente español (ya se había desencadenado la guerra en España contra Francia). En la guerra contra Austria, Bernadotte lideró al contingente sajón en la batalla de Wagram (6 de julio de 1809). En esta ocasión publicó un orden del día atribuyendo la victoria principalmente al valor de sus sajones, orden que Napoleón rechazó. Durante el transcurso de la batalla el mariscal Bernadotte fue relevado del mando tras haberse rebelado contra las órdenes de Napoleón.

(Para no marearlas tanto dejo hasta aquí la reseña de Bernardotte, cuando lleguemos a 1810 les comento como se hizo Rey de Suecia XD)

El Poeta de Cabré, llamado también "marskalkinnans poeta", fue parte del gran grupo de amigos artistas (y posible amante) de Désirée Clary, ex prometida de Napoleón y futura Reina de Suecia en el año 1810. Debido a que hay poca información de él, me tomé la licencia de inventar su nombre, ya saben… los fics son pura imaginación XD. El matrimonio de Désirée Clary con Jean-Baptiste Bernardotte estuvo plagado de desencuentros pese al profundo amor que el Mariscal de Napoleón, y futuro Rey de Suecia, le profesaba. De hecho ella acostumbraba a viajar con pasaportes falsos, incluso siendo Reina, y su marido no podía hacer nada por detenerla debido a que parte importante de su matrimonio (orquestado por Napoleón) era el contrato prematrimonial exigido por ella en el cual se le garantizaba que mantendría el dinero de sus padres y tendría independencia económica total. Désirée fue una reina que nunca aprendió sueco y no soportaba la rígida etiqueta de la corte. Se iba de viaje sin avisar a nadie, con un pasaporte como Condesa de Gotland, pasando largas temporadas en París, donde veía continuamente a Napoleón… ¡En una ocasión pasó 12 años sin regresar a Suecia! Cuando Bonaparte había perdido su imperio y estaba preso en la isla de Santa Helena, ella regresó a Suecia, donde pasó el resto de su vida, muriendo a los 83 años.

(5)Carl Gustaf Adlerberg , nacido el 1 de enero de 1763 en Estocolmo , murió el 22 de junio de 1814 en Mariannelund , era soltero y diplomático sueco. En 1798 se convirtió en secretario de la Comisión en Madrid y fue el encargado de negocios allí en 1805 y 1806. En 1807 fue enviado a Londres hasta 1808 y de nuevo a España en 1808-1809 y el otoño 1809 , el ministro de las negociaciones de paz en Jönköping . Fue retratado como un diplomático habilidoso y en 1808 en Londres dirigió las negociaciones importantes sobre la misión de ayuda inglesa a Suecia bajo el general John Moore, en relación con la guerra danesa-sueca 1808-1809 .


Si llegaste aquí es porque te entretuviste XDDDD y aquí me quedo con mi tarrito de propinas esperando el pago por la entretención XD. Un abrazo a todas, gracias por el tiempo y nos estamos leyendo!