Disclaimer: Estos personajes no me pertenecen y por lo tanto no gano dinero haciendo esto, solo la satisfacción de recibir sus comentarios, quejas o sugerencias…

Avisos: Esta historia contiene Slash, yaoi, m/m, está basada en El Lienzo Perdido y en el inframundo de Saint Seiya Saga de Hades. Contiene las parejas Minos/Albafica, Thanatos/Manigoldo, Manigoldo/Albafica. Tendrá escenas de violación, sadomasoquismo y relaciones entre dos hombres.

Resumen: Hades se ha llevado la victoria y es el momento de recompensar a sus leales espectros. Minos y Thanatos desean al guerrero que los humillo como su esclavo y de ahora en adelante, Manigoldo y Albafica atravesaran un calvario que no parece tener fin. Minos/Albafica Thanatos/Manigoldo Manigoldo/Albafica

Inframundo.

Capítulo 21

Reunión…

— Lo soy, soy tuyo…

Aquella respuesta no hizo más que aumentar su temor de perderle, por el momento sabía que no era sincero, pero pronto, cuando lograra olvidar el fantasma de cáncer, lo sería por siempre, está rosa si lo amaría.

— Repítelo…

Pronuncio besando los labios de Albafica, quien respondió a su beso, para después mirarle directamente a los ojos.

— Soy tuyo…

Sí, lo era, pero por cuánto tiempo se pregunto el juez en silencio, sus ojos fijos en los de su rosa, quien parecía corresponder a su deseo, pero solo porque pensaba en alguien más, por el momento.

Minos se recostó a un lado de Albafica, quien cerró los ojos, recostándose de lado, recargando su frente contra su hombro, buscando un poco más de contacto, aun en sus sueños.

Permitiendo que sus brazos lo rodearan, aunque se sentía demasiado lejano a él, como si nada de lo que hiciera en realidad valiera la pena, preguntándose si acaso Hypnos actuó de aquella manera misericordiosa en su beneficio, o el de su hermano, o solo como una muestra de su poder.

Creyendo que ese temor, esa insignificante duda se haría con su cordura, suponiendo que su éxito en parte, aunque no le gustara admitirlo, estaba ligado con el del dios de la muerte.

Sí Thanatos lograba seducir al cangrejo, su rosa jamás recordaría nada de su pasado, dejándolo a él cómo su único dueño, pero si no lo hacía, en ese caso ese santo sería un peligro para su futuro, dándose cuenta que debía encontrar la forma de librarse de él, para siempre.

Aunque eso significara enfrentarse con el propio dios de la muerte en persona, quien estaba seguro, después de sus acciones tarde o temprano terminaría siendo castigado por ellas.

Su premura y su falta de paciencia, serían aquello que terminarían condenándolo el tiempo suficiente para que no pudiera proteger al cangrejo, al que suponía deseaba tanto como él deseaba a su rosa.

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— Quiero un cigarro.

Fueron las palabras que Manigoldo pronuncio cuando se cruzo de brazos enfrente suyo, mirándolo de pies a cabeza con las manos en la cintura, con esa actitud que le encantaba, como si esperara que con esa orden velada simplemente le permitiera dañar su cuerpo con ese desagradable habito.

— No, no me gusta el tabaco.

Respondió, moviendo una de las piezas de ajedrez sin prestarle demasiada atención, esperando la respuesta de su hermano, quien después de varios días para desagrado de Manigoldo, decidió presentarse para mantener su rutina intacta, aparentemente todos los días jugaban ajedrez en esa mesa.

— ¿Qué demonios?

Esa respuesta le pareció absurda a Manigoldo, quien estuvo a punto de arremeter contra su juego, tratando de tirar las piezas para que al menos los dioses no se rieran de su precaria situación, notando la sonrisa burlona de Hypnos, la que era dirigida a su persona.

— ¡No te lo vas a fumar tu!

Pronuncio siendo sostenido por la muñeca, sintiendo como torcían su brazo obligándolo a hincarse delante de él, escuchando la risa velada de Hypnos, quien se limito a observarles, esperando que por fin ese petulante humano sufriera su castigo.

— No me gusto probarlo en tus labios, Manigoldo, además, sí crees que dejare que destruyas tu cuerpo con ese desagradable habito estas en un error.

Hypnos al ver la mirada de odio del cangrejo, la que estaba dedicada a su persona y la de diversión de Thanatos, quien acariciaba el cabello azul con delicadeza, un acto que nunca había presenciado, sintió nauseas, una molestia tan grande que casi no pudo ignorarla.

— Sí eres un buen chico y nos dejas terminar nuestro juego de ajedrez, te recompensare por ello con lo que desees.

Manigoldo guardo silencio, sabía que Hypnos quería matarlo, por culpa de los celos que sentía sobre su propio hermano, eso estaba claro por la clase de mirada que le dedicaba y al verlo con sus propios ojos en el inframundo, de lo cual estaba consiente su autoproclamado dios, quien movió su pieza negra sin soltar su muñeca ni un instante, acercándolo mucho más a él.

— Ahora siéntate a mi lado, se que tú me traerás suerte.

Pronuncio, dejándolo ir de pronto, liberando su muñeca con delicadeza para permitirle tomar una decisión, logrando que casi cayera de espaldas cuando toda la fuerza que trataba de utilizar para liberarse actuó en su contra, la que era en realidad irrelevante, podía sentarse en el suelo junto a sus pies, en el brazo de su silla o en el barandal a sus espaldas, el que era la opción obvia.

— Es tu turno Hypnos.

Manigoldo se sentó cerca de Thanatos, tratando de ignorar el juego de los dioses que se realizaba frente a él, notando que Hypnos parecía distraído, todo ese tiempo mirándole de reojo, un odio atroz manando de su cosmos, al mismo tiempo que Thanatos, si fuera un gato estaría ronroneando moviendo plácidamente su cola, una imagen que le causo gracia de momento, burlándose del dios del sueño con esa actitud.

— Piensa bien lo que estás haciendo, hermano.

Thanatos no escucho sus palabras, pero el santo de cáncer si, ese dios estaba hablando de él, como si ni siquiera estuviera presente, haciendo que su humillación fuera mucho mayor.

— Sí tu pequeña diversión momentánea vale la pena tanto esfuerzo.

Seguramente no era más que basura indigna de su hermano, otro más que admiraba a la muerte, pero parecía que esta no compartía el deseo de sus adeptos, enfocándose solo en él.

— Tú te aburres rápido de tus premios, después de todo.

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Minos tuvo que alejarse de su rosa, después de todo ellos tenían un deber que cumplir desde la época remota y como era su costumbre, camino con lentitud en dirección de los salones del juicio, extrañándose al no ver a Radamnthys, pero si a otro espectro.

Una de las estrellas negras que comandaba Thanatos junto a Verónica, y algunos otros, quien tenía un deseo suicida o algún mensaje del dios de la muerte, si se atrevía a buscarlo en los salones del juicio.

Un sitio prohibido para cualquiera que no fueran los jueces, aunque suponía, que este santo en particular merecía su misericordia, recordando su vínculo con su rosa, a quien trato de asesinar antes de que pudiera conocerle.

Luco se arrodillo al ver al juez Minos, el espectro que tenía al que suponía debía ser su sobrino en sus manos, esperando que fuera misericordioso, que complaciera un último deseo entre padre e hijo, no había nada de malo en ello.

— Misericordioso juez del inframundo Minos de grifo

El hombre de cabello casi blanco le observo detenidamente, lo juzgaba y sabía que había cometido muchos actos en contra de la naturaleza, de sus dioses, así como de sus creencias, pero aun así, su estrella lo protegía de su furia, agradeciéndola por segunda vez desde que la guerra termino.

La primera ocasión fue cuando su hermano pudo salvarse del tormento, la segunda, esta, cuando pudo escapar de Minos de Grifo, el juez inmisericorde, el que siguió avanzando sin escucharlo siquiera, deteniéndose a la mitad del salón de las almas, en donde los desdichados ya esperaban por su condena.

Sus hilos de pronto se elevaron cual serpientes invisibles, atrapando docenas de aquellas almas, las que apenas veía antes de lanzarlas al portal, pronunciando su pecado sin piedad, sin escuchar lo que los pobres infelices tenían que decir.

Luco no se atrevió a moverse ni a decir cualquier palabra durante mucho tiempo, enfocando su mirada en los hilos, en las almas y en los portales, el juez parecía absorto, realizando su deber a una velocidad que apenas le permitía ver algo de lo que ocurría.

Pero no se marcharía hasta haberle expuesto su caso, siendo el amo de Albafica, era quien podía permitirle verlo, a él y a su hermano, quien sufría una terrible angustia por no saber nada de su destino.

— Habla ya.

Luco se sobresalto al ver que le hablaba a él, continuando con su juicio de las almas, notando por primera vez que sus ojos estaban cerrados, parecía no verlos, sino mas bien sentirlos, tal vez olerlos y lo que fuera que encontrara en ellos, era lo que le hacía mandarlos a los círculos donde se realizaría su tortura.

— Es mi hermano, juez Minos.

El juez detuvo sus tareas, girando su rostro para mirarle con detenimiento, seguramente sabía que Lugonis era el padre de Albafica, que él murió para que su hijo tuviera la armadura dorada, y que su esclavo podría creer que fue el culpable de su muerte, todo a causa de su sangre envenenada.

— ¿Qué con eso?

Pregunto, ignorándolo de nuevo, acto por el cual estaba agradecido Luco, sin comprender la razón, los ojos de Minos, su poder, lo aterraba como ni siquiera la muerte lo hizo, tal vez, porque este juez era quien decidía lo que pasaba después de la vida, cuando la muerte solo era un instante pasajero.

— Tu hermano ha sido perdonado, pasea en los campos elíseos a pesar de que sus pecados fueron muchos.

Su hermano era una buena persona, leal y valiente, un guerrero poderoso que enseño todo cuanto sabía a su hijo, un bebe que encontró en su jardín de rosas, el cual estaba seguro era un regalo de Athena, un pequeño regalo como recompensa a su lealtad y clemencia por su soledad.

— Todo porque nuestro misericordioso señor ha decidido premiarte por ello, cuando los dos sabemos que Lugonis de Piscis debería sufrir un castigo por su alianza con esa débil diosa.

Luco no supo que decir en un principio, todas esas palabras eran ciertas, pero al mismo tiempo, el espectro pelirrojo quería creer que solo para ganarse a su alumno o por alguna clase de milagro, como el propio nacimiento de Albafica, los dejaría reunirse, al menos una última vez.

— Es el padre de Albafica, murió por culpa de su sangre envenenada…

Uno de los espectros casi fue a dar contra su cuerpo, cuando el hilo que lo sostenía trato de azotarlo cual si fuera un látigo, dejándole ver la desesperación de aquella alma, que intento aferrarse a su cuerpo con unas manos que parecían garras, sus ojos vacios y su boca abierta, dándole una expresión casi estúpida al mismo tiempo que muy malvada.

— ¿El que lo condeno a la soledad como ofrenda a su diosa?

Luco retrocedió unos pasos, alejándose de aquella alma que fue a dar contra el portal, desapareciendo en un instante, seguida de varias más, todas ellas con las marcas de la muerte frescas en su cuerpo incorpóreo.

— Albafica lo idolatraba, sí lo dejaras verlo, tal vez te lo agradecería, esa sería una muestra de tu misericordia.

Minos de nueva cuenta se detuvo, meditando aquellas palabras pronunciadas por el hermano del padre de su rosa, las que eran ciertas, adoraba a su padre y se sentía sumamente culpable por su muerte, creyendo que debió ser él quien no soportara el veneno, aun así, dejar que lo visitara era arriesgarse a que sus memorias regresaran.

— Y Lugonis tendría algo de paz, al saber que su hijo está a salvo en tus manos, porque estoy seguro, que un juez como tú lo eres, no actuaria en base a su lujuria, sino, a un sentimiento más alto cuando solicito que le otorgaran la vida de mi hermoso sobrino.

Luco se sentía enfermo al decir aquellas palabras, las que no creía en lo absoluto, las que Minos tampoco creería, después de todo, el era un maestro cuando leía los pensamientos, los deseos y los motivos detrás de las acciones de los mortales o los espectros.

— ¿Actúas por el bien de tu sobrino entonces o por el de tu hermano?

Lo hacía por el bien de ambos, pero temía que al responder aquellas palabras, Minos de Grifo no las tomara con gentileza, sino por el contrario, que creyera que trataba de ignorar las ordenes de hades o robarle a su premio, a quien no pudo salvar por mucho que lo deseara.

— Habla con sinceridad, es la única forma en que podrás convencerme.

Sí eso quería, pensó Luco, esperando que aun tuviera la protección del dios de la muerte o que fueran ciertas las palabras de muchos espectros, que decían que Hades no permitía traidores entre sus filas, mucho menos, peleas entre sus soldados.

— Yo quería salvar a mi sobrino, darle descanso en los campos elíseos junto a su padre, pero tú te adelantaste a mi petición, por lo que no pude hacer nada para que tú, el juez inmisericorde, no le hiciera daño.

Minos prefería que hablaran con la verdad, aunque esta fuera tan molesta e innecesaria como aquella pronunciada por los labios de Luco de Dríade, el que tenía suficiente valor para visitarlo en los salones del juicio sin tratar de evitar que cumpliera con su deber al juzgar las almas de los mortales.

— No tienes porque cumplir esta petición, ni siquiera creo que yo pueda convencerte de actuar en contra de tus designios, nadie pudo convencerte de actuar en contra de ellos cuando aun estabas con vida, nadie lo hará ahora que posees tanto poder sobre las almas.

Las almas de pronto comenzaron a susurrar, al mismo tiempo que Minos cesaba su tarea milenaria, guardando silencio, sin recordar más que unos cuantos fragmentos de aquellas épocas, admirando al mismo tiempo el valor de Luco, quien se atrevía a enfrentarse a él por el bien de su amada rosa.

— Pero sí lo que tú quieres no es una marioneta y con Hades como testigo, rezo por que eso no sea así, primero tendrás que ganarte su confianza, un acto muy difícil si le mientes o dañas su orgullo.

Minos se daba cuenta que había cometido dos errores terribles, no necesitaba que ese espectro le dijera lo que ya sabía, aun así, lo dejo terminar, después de todo, realizo un gran esfuerzo para poder verle.

— Pero si lo que tu deseas es seducirlo, podrías empezar con permitirle despedirse de su padre, un acto que no pudo realizar cuando aún estaba vivo, porque Lugonis murió delante de sus ojos, cuando aún era demasiado pequeño para comprenderlo, porque su sangre lo mato.

Minos sabía que Luco era sincero, quería el bien de ambos y temía por el daño que recibiría su rosa en sus manos, un daño que ya estaba hecho, que no importaba porque su amante ya estaba enamorado de él.

— Lo pensare…

Fue la respuesta de Minos, quien siguió con su tarea meditando si debía o no permitirle ver a su padre, si acaso no corría peligro de recordar su pasado de tan solo verlo, saber que nunca se vieron hasta que pelearon esa primera vez.

Pero al mismo tiempo, si lograba concederle ese pequeño detalle a su rosa, esta no podría negar que había hecho todo por ganarse su confianza, aun permitirle despedirse de su padre que moraba en los campos elíseos, a pesar del esfuerzo que implicaba y de romper algunas cuantas reglas para complacerlo.

El único problema radicaba en que sólo un dios podría mover las almas de los campos elíseos a los otros círculos del inframundo, aun el propio castillo de su dios, porque no estaba permitido que un alma ya juzgada escapara de su prisión o de su recompensa.

Sí acudía con Hades con ese dilema rechazaría su petición, de eso estaba seguro, por lo que solo le quedaba acudir a los dioses gemelos y el único que se atrevería a actuar a las espaldas de su señor era Thanatos, el dios de la muerte.

Porque tampoco podría permitirse perder a su rosa y si esta recordaba su pasado apenas hubiera visto a su padre, trataría escapar si no estaba en sus habitaciones, donde podría contenerlo con sus hilos.

Luco se dio cuenta que Minos estaba absorto en sus pensamientos, tanto que no se dio cuenta de su retirada, abandonando de nueva cuenta sus deberes, tratando de encontrar la forma de mantener a su rosa consigo, ya fuera si no recuperaba su memoria o sí lo hacía.

Seguro de que llegaría el día en que eso pasara, cuando su rosa se diera cuenta de que le mintió, convenciéndolo de que lo amaba, esperando haberse ganado su confianza para cuando eso pasara.

Que de alguna forma pudiera olvidar el daño que le hizo si acaso era lo suficiente gentil con él, seguro de que ese no sería el caso, el orgullo de su rosa era demasiado grande y sus ofensas eran mucho peores aun.

Por lo que se daba cuenta que estaba destinado a deberle favores a los dioses gemelos, si acaso aceptaban brindarle ayuda cuando él dejaba claro que los despreciaba, que esperaba que las acciones de Thanatos fueran castigadas.

Aun así, debía recordarse que la muerte no violenta se encontraba en el mismo dilema, si su rosa no recordaba al cangrejo, este terminaría obedeciendo al dios de la muerte, tarde o temprano, igual que su rosa, se quedarían sin opciones, solo les tendrían a ellos.

No habría otro lugar a donde ir más que sus brazos, aceptando su protección y su amor, guardando absoluto silencio cuando las acciones de cada uno de ellos eran condenables, dignas de un castigo.

Porque se daba cuenta que con forme pasaba el tiempo, la belleza de su rosa lo tenía preso, que su amor y lealtad por hades comenzaban a menguar, debido a su deseo casi absoluto por el otrora santo de piscis, cuya hermosura eclipso todos sus sentidos.

Y parecía que su cordura también, porque no le importaba en lo absoluto que tuviera que hacer con tal de tenerle durante toda la eternidad, ansioso como estaba de crear nuevos recuerdos a su lado, los que borrarían los anteriores, dejándolo solo a él.

No podría descansar si era de otra forma, jurándose en ese momento que su rosa jamás abandonaría su jardín, porque su belleza le pertenecía.

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— Parece que sigues perdiendo Persephone, los santos de Athena no son tan fuertes para negarse a mis espectros y su amor, tampoco debe serlo.

Hades besaba la espalda de su esposa, quien portaba una majestuosa túnica negra, que tenía los hombros descubiertos, con un amplio escote, su cabello pelirrojo ondulaba a causa del viento y las joyas, las que eran de oro incrustadas de piedras preciosas tenían motivos alegóricos del inframundo, como las espinas o las almas torturadas, cuyos rostros de ojos de diamante gritaban de agonía.

— Eso no estaba en duda, mi amor, tú y yo sabíamos que ellos podrían poseer a sus premios, pero, podrán obtener su lealtad o su amor, eso es lo que está por verse.

Hades se alejo de su esposa, quien recargándose en una estatua con una forma humana, la de una persona tratando de llegar a otra pero sin lograrlo, recorrió su rostro con el dedo índice, para finalmente, destruirla con un golpe de su cosmos, escuchando un alarido desvaneciéndose en el inframundo, notando como la otra estatua lloraba aun convertida en piedra.

— Y no recuerdo que hubiéramos aceptado que recibieran ayuda externa, por eso tal vez, yo podría declararme ganadora.

Nada ocurría sin que Hades lo supiera, ni siquiera los juegos privados de los dioses gemelos, cuya dualidad parecía que estaba a punto de romperse, como el dios del inframundo lo esperaba desde mucho tiempo atrás, tantos siglos que por un momento creyó que sería imposible.

— Hypnos actuó en favor de Minos, Persephone, pero no quiere decir que yo hubiera interferido en nuestra apuesta.

Eso era cierto, pero tampoco se intereso en detenerle y esa razón era debido a que Minos era su juez favorito, un humano que su esposo pudo respetar cuando estaba vivo, cuya inclemencia lo hacía único, el mejor de sus jueces.

— En todo caso, estamos a mano, porque Thanatos secuestro el alma del maestro de su amante, moviendo la balanza a su favor, pero tú lo has dicho, que los posean o no, que consuman el fruto del inframundo o no, que recuerden su pasado o no, esa no era nuestra apuesta.

Ella asintió, lo que ellos apostaron era un poco más sublime y mucho más trágico, basándose en su historia juntos, en su amor que no había podido consumarse, los dioses del inframundo quisieron saber, si ese sentimiento era verdadero, si podrían librar todos los obstáculos para poder estar con la persona que amaban, o ese sentimiento, no era más que una ilusión, un hermoso sueño del que no deseaban despegarse.

— Minos tiene que luchar contra un fantasma, un sentimiento idealizado, y tu sabes esposo mío que tan difícil es lograr vencer a una ilusión, mucho más cuando su orgullosa rosa se ama más a sí mismo de lo que es capaz de amar a cualquiera, porque debes saber… que su orgullo es su peor defecto y su mayor virtud.

Hades creía que Minos sería el victorioso, a pesar del amor que sentía su rosa por el santo de cáncer, el cual para el dios supremo del inframundo, no era más que una ilusión, un fantasma que podría ser destruido con la misma facilidad con la cual se revienta una burbuja.

— Que hay de Thanatos, Persephone, su fuego fatuo le odia, lo culpa por las acciones de su hermano, quien además de querer yacer con su hermano, sería capaz de destruir a su consorte apenas le dé la espalda.

Eso era cierto, pero ella creía que Thanatos tenía muchas más posibilidades para seducir a su premio, quien por una pequeña e insignificante parte de su vida le adoro como su único dios, quien lo protegía y él que no había cometido los terribles errores que realizo Minos de grifo con su rosa.

— Eso es verdad y en todo caso, sí Thanatos lo seduce o Hypnos logra destruirlo, tú sales ganando al separar a los dioses gemelos, obteniendo la lealtad ciega de uno de ellos, obligando al otro a seguirte.

Hades sonrió, suponiendo que su esposa le estaba dando la victoria, pero ese no era el caso y lo noto cuando ella se recargo contra su cuerpo, rodeando su cuello con ambos brazos, besando su mejilla, invitándolo a rodear su cintura, haciéndola sentir segura con su cercanía, al mismo tiempo que su mirada le decía que aun no terminaban con ese juego entre ellos, esa pequeña diversión momentánea.

— Pero olvidas que Thanatos desde que llamaste su atención con tu regalo, ha esperado el nacimiento de su consorte y no ha hecho otra cosa más que protegerle, aun de su propio hermano, cuyos sentimientos no comparte.

Tal vez eso era cierto, aun recordaba esa conversación con bastante claridad porque trataron un asunto que le importaba mucho más que su victoria, su amor por su esposa, uno que Thanatos no entendía, el que hallaba inconcebible, el cual quiso mostrarle en carne propia.

— Y tu olvidas que Minos desde los tiempos remotos, cuando aún estaba vivo, ha buscado alguien como su rosa, hermoso pero no engreído, alguien que corresponda con la misma intensidad su deseo, al que no tenga que forzar con sus hilos o su poder, que no le sea infiel, ni que acepte los designios de los dioses como muchos otros han hecho.

Parecía que ambos estaban en las mismas condiciones, por lo cual, esa apuesta divina seguía entreteniéndolos, no obstante, ninguno de los dos estaba seguro por primera vez acerca de quien se llevaría la victoria.

— Así que cualquiera diría que estamos en una encrucijada, Persephone, los dos podemos perder o ganar, así que, tal vez lo mejor sea esperar, confiar en nuestro momentáneo campeón.

Cabía decir que Persephone había elegido a Thanatos y Hades a Minos, apostando por ver cuál de los dos dioses lograba destruir todas las defensas de sus premios, para seducirlos, enamorarlos de tal forma que su lealtad fuera suya, convirtiéndolos en un espectro en su ejército, el que tomaría el lugar de su soldado más leal, quien se transformo en un ave de fuego al servicio de Athena.

— Eso parece…

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Manigoldo estaba sentado en la barda de aquel jardín con flores, las que eran rosas de varias tonalidades diferentes, al principio quiso ausentarse de aquel juego, ignorar que los dioses actuaban como si no estuviera presente, aunque eso no era del todo cierto, porque podía sentir la mirada de Hypnos en él, jurando que deseaba destruirlo.

Al mismo tiempo que Thanatos, el dios que se decía su dueño, movía sus piezas con lentitud, riéndose de la actitud de su gemelo, quien a pesar de ser el que siempre estaba controlado, el que era capaz de esperar pacientemente para realizar cualquier movimiento ya fuera en ese tablero o en asuntos de mucha más importancia, al ver a su fuego fatuo, no podía ocultar su enojo, ni sus celos.

— Considero que hoy no es tu día, Hypnos.

El santo de cáncer tenía una rosa en sus manos, la cual giraba con pereza tratando con muy poco éxito de no pensar en su amigo, respondiendo al dios del sueño con una mirada cargada de burla, con una sonrisa de medio lado, no se comportaría como un gatito asustado solo porque ese dios esperaba asustarlo.

— Tal vez la presencia de mi consorte te distrae, pero deberás acostumbrarte a él, estará a mi lado por mucho tiempo, toda la eternidad.

Por un momento Hypnos casi destruye la pieza de ajedrez que tenía en su mano, un caballo blanco, una de las últimas seis piezas que le quedaban, todo por culpa de ese humano que no dejaba de distraerlo con esa actitud arrogante, burlona, riéndose de su molestia y de cada uno de sus errores, sin temerle ni siquiera un poco.

— Aunque no deberías culparlo por su recelo, tú intentaste matarlo cuando tuviste la oportunidad, cuando yo te di la espalda.

Hypnos parecía a punto de intentar negar aquellas palabras, al mismo tiempo que Manigoldo se acercaba a ellos, sólo para molestar al dios del sueño que le odiaba, suponiendo que Thanatos no dejaría que le dañara, aunque pensaría que por fin estaba cediendo un poco a su desagradable acoso.

Quería probar que tan lejos esperaba llegar Thanatos por mantenerlo consigo, si en verdad estaba dispuesto a pelear con su celoso hermano, quien estaba seguro, deseaba al dios de la muerte, como este esperaba que algún día él lo deseara, quien no mostraba ninguna clase de interés por su hermano, como el no compartía los deseos de su dios.

Sí lo hiciera, no estaría en su predicamento actual, atrapado en un serrallo cuya única llave sólo la tenía Thanatos.

— No intentes mentirme Hypnos.

Manigoldo se recargo en la silla lentamente con una gran sonrisa, acercando su cuerpo solo un poco al de Thanatos, casi como si estuviera a punto de susurrar algunas palabras en su oído, riéndose por la molestia creciente de Hypnos, permitiendo que de momento, el dios de la muerte acariciara su mejilla, quien al mismo tiempo permitió que moviera una de las piezas de ajedrez, la que de pronto, puso en jaque al dios del sueño.

— Tampoco me subestimes.

Pronuncio sosteniendo esta vez la muñeca de Manigoldo, quien le observo con algo de sorpresa, preguntándose qué era lo que haría el dios de la muerte, quien beso el dorso de su mano con la misma delicadeza de costumbre, sus ojos posados en los suyos por unos instantes para después, fijarlos en su hermano, quien parecía incomodo o eso pensaba el santo de cáncer.

— Ni mi amor por él.

Hypnos no dijo nada, sólo se levanto de la mesa con lentitud y en absoluto silencio, pasando su mirada de uno al otro con seriedad, asintiendo para sí mismo, como si comprendiera algo que él no.

— Muy bien, Thanatos, pero mañana volveremos a jugar y él no tendrá tanta suerte.

Poco después se marcho, dejándolo en compañía del dios de la muerte, el que reacomodo el tablero sin mucho esfuerzo, con un solo movimiento de su mano, entretenido por algo que aun estaba fijo en su memoria, una verdad que Manigoldo no creería aunque se lo dijera mil veces, a menos, que ya hubiera asumido su destino.

— Ya lo veremos.

Pronuncio levantándose de su silla, sujetando de pronto a Manigoldo por el cuello, acercándolo a él con un movimiento rápido, apoderándose de su boca, besándolo con delicadeza, para relamerse después los labios cuando lo dejo ir.

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Radamnthys no había dejado de pensar en aquel santo cuya belleza era sublime, quien no se merecía recibir el castigo que realmente significaba el amor de Minos, el que seguía ausentándose en el salón del juicio, cuyo último visitante no era otro más que Luco de Dríade, hermano del padre de Albafica de Piscis.

Aiacos obedecía las órdenes de Minos, enjuiciando a los mortales cuando el juez de cabello blanco creía que era momento de visitar a su rosa en su solitario jardín, el que pensaba que podría seducir a una criatura tan divina, destruyendo su psique y su orgullo.

Para el juez rubio Minos de grifo no se merecía el premio que le habían otorgado, ni la paciencia de su dios, no obstante, el no era quien debía juzgar sus acciones, sino Hades, el que siempre ignoraría el comportamiento de su juez favorito, cuya colección de marionetas era tan vasta, como las guerras en las cuales ellos habían asistido a su señor.

Luco deseaba que su hermano pudiera reunirse una última vez con su hijo, rompiendo una de las muchas reglas del inframundo, perdonar las almas de los mortales y liberarlas del círculo al cual fueron condenadas.

Ese acto solo un dios podía cometerlo, por lo que Minos, el juez del inframundo más cercano a Hades, el que hablaba en su representación, estaba aliándose con uno de los dioses gemelos, Hypnos en persona.

— Puedo ayudarte con eso, pero a cambio, necesito que me cumplas una petición cuando te lo haga saber.

Minos estaba reuniéndose con el dios del sueño, a las espaldas de su señor, el que parecía gustaba de transportar almas a lo ancho y largo del inframundo, sí el otro santo de cáncer era un indicio de aquello.

— ¿Dudas de la importancia de su premio acaso?

Escucho que preguntaba Minos a un muy consternado dios del sueño, el que apenas podía ocultar su molestia, muchos dirían celos, los que eran causados esta vez por ese cangrejo, cuyos fuegos fatuos se hacían presentes en la habitación del amante del principal juez del inframundo, los que había logrado ver aquella primera visita.

— ¿Cómo lo sabes?

Pregunto Hypnos, dudando que Minos hablara en serio, preguntándose si sus celos eran tan visibles para que cualquiera pudiera notarlo, pero el juez no lo leía en su cosmos ni en su temor de perder a su hermano, sino, creía que ese debía ser el caso basándose en su propio miedo de perder a su rosa.

— Porque si tu hermano anhela a ese cangrejo la mitad de lo que yo deseo a mi rosa, de todas formas lo perderás, sí lo alejas de él como si no lo haces, Hypnos.

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— Ya que fuiste un buen chico, cual quieres que sea tu premio.

Aquellas palabras lograron que Manigoldo se sintiera insultado, e inmediatamente, alejándose de Thanatos, empujándolo con fuerza, se marcho caminando en dirección de su cuarto, deteniéndose en la entrada.

— ¿Lo que yo quiera?

Pregunto aun con sus manos en la cintura, observándolo de reojo, sonriéndole con un dejo de burla.

— ¿Por qué no te pierdes en uno de esos cirulos, vas con tus ninfas o sólo te desapareces?

Manigoldo volteo con la misma actitud altanera, retándolo con la mirada, como si esperara que de un momento a otro su osadía fuera castigada y le demostrara que su gentileza no era más que una actuación.

— Pero no lo harás… no es cierto, maldito hijo de puta.

El dios por un momento sopeso la posibilidad de atacar a Manigoldo, pero eso solo le ayudaría a reforzar su rechazo, por lo que acercándose a él, atrapándolo entre sus brazos, recargo su barbilla en su hombro.

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Minos regreso a sus habitaciones encontrando a su rosa dormida con un libro entre sus brazos, de alguna forma había logrado abrir los candados de su biblioteca, entregándose a la lectura de tomos tan antiguos como la guerra de Troya o el gran laberinto.

— Albafica…

El santo de piscis despertó, aferrándose al libro que contenía historia antigua, referente a sus propios recuerdos, aquellos que aún conservaba de su vida mortal, antes de convertirse en una estrella negra al servicio de Hades.

— No sabía que te gustara leer.

Su rosa se extraño al escucharle pronunciar aquellas palabras, cada una de las personas que conocía sabía que al no poder acercarse a los demás, se limitaba a sumergirse en los libros, leyendo acerca de lo que no podía tener.

— Yo… es algo que disfruto y esos libros fueron los que llamaron mi atención.

Minos se dio la vuelta, notando que los candados estaban destruidos y los barrotes doblados, parecía que su rosa era muy fuerte aun, sin tener su veneno, haciéndolo sentir orgulloso de ser él quien poseyera semejante criatura.

— Te conseguiré más libros si eso es lo que deseas.

Susurro, levantando uno de los libros, el que tenía mapas y descripciones de las armaduras de los espectros, algunas de las cualidades que había observado en sus aliados, información demasiado valiosa en una guerra, haciendo que se preocupara al pensar en lo que esa información podría lograr en su contra.

— No deseo hablar de historia antigua y muerta, no vale la pena perder el sueño por eso.

Notando que estaba abierto en la descripción del dios de la muerte, de su armadura y de sus poderes, como si su sola mención hubiera causado que su rosa no deseara verle más, tal vez, hasta lanzando el libro que tenía un dibujo de Thanatos tocando su arpa, rodeado de sus ninfas, las que se veía le adoraban aun en ese boceto.

— Te tengo una sorpresa mi amor, encontré el alma de tu maestro, está en los campos elíseos y he conseguido que puedan verse al menos unos instantes, tal vez, para que puedan despedirse.

La respuesta de Albafica fue como la supuso Luco, su rosa se levanto casi de un salto, abandonando el viejo libro en su cama, con una sonrisa que ilumino sus ojos al mismo tiempo que lloraba a causa de la felicidad, de la emoción que sentía por ver a su padre al menos una vez más, sosteniendo sus manos, esperando escuchar que aquello era solo una broma.

— Lugonis… ¿Podre ver a Lugonis?

Minos limpio las lagrimas cristalinas de los ojos de Albafica, para después besar cada una de sus mejillas, tratando de reconfortarlo, felicitándose por aceptar escuchar a ese espectro de dríade, quien tenía razón, su rosa haría lo que fuera por ver de nuevo a su maestro.

— Sí, lo traeré a ti, pero antes, quería informarte de ello, Albafica, para que puedas prepararte para recibirlo.

La respuesta de Albafica no se hizo esperar y besando sus labios con ternura, se aferro a su cuerpo, sin caber en sí de la felicidad que sentía, sintiendo como Minos rodeaba su cuerpo con delicadeza, tratando de fundirse en ese abrazo, acariciando su cabello, susurrando pequeñas promesas en su oído.

— Después de todo, te prometí enseñarte cuanto te amo y lo mucho que te necesito.

Recibiendo la gratitud de su rosa, quien se alejo unos cuantos centímetros para limpiar su rostro, sintiéndose de pronto demasiado avergonzado por haber llorado de aquella forma, cuando debía estar feliz, radiante, creyendo que Minos no entendería lo mucho que le estaría agradecido si podía verlo.

— Perdona…

Trato de disculparse, siendo silenciado por Minos, el que volvió a besarlo con delicadeza, sonriéndole poco después.

— Ha pasado mucho tiempo, de eso estoy seguro Albafica, está bien que me demuestres tus sentimientos, porque así Lugonis sabrá que yo no te he hecho daño ni te tengo aquí en contra de tu voluntad.

Albafica asintió, de pronto se sentía demasiado inseguro, sin saber que decirle a su maestro de su situación actual, del porque se estaba entregando al juez del inframundo, sin embargo, lo único que le importaba en ese momento, era ver de nuevo a su padre.

— Lugonis lo entenderá, él siempre quiso que yo fuera feliz.

Susurro, no tan convencido, sintiendo como Minos lo llevaba en dirección de su lecho, haciendo que se sonrojara, parecía que su amante no tenía suficiente de sus caricias y él tampoco podía lograrlo, sus besos, sus mimos, el deseo en sus ojos, el saber que siempre habían deseado pertenecerse, que por fin se tenían el uno al otro, ese sentimiento era tan maravilloso que se dio cuenta que le daría a su amante todo aquello que le pidiera, sin importar que fuera eso.

— De eso estoy seguro, si él te ama, tendrá que aceptar nuestro amor.

Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo

Hola de nuevo.

Sigue siendo predominante el deseo de ustedes, mis queridos lectores, de que los espectros se queden con sus premios, dejando casi de lado la pareja de los dos santos dorados, los que a decir verdad no han pasado mucho tiempo juntos para decir que se aman, en fin, la pregunta sigue abierta todavía.

¿A quién le gustaría que los espectros terminen seduciendo, convenciendo, obligando, o quedándose a sus premios?

Por el momento me despido, muchas, muchas, gracias.

Bye.

Seiken.