Ese mayordomo, retando la sensatez
Algo que Ciel Phantomhive había a prendido a apreciar más que nada en la vida, era el silencio.
Al principio, era algo que le parecía insoportable, el silencio era igual al vacío, a la soledad del encierro, y resultaba más intolerable cuando había silencio y obscuridad, volviéndolo incapaz de definir si había alguna amenaza aguardando por él, y ese desconocimiento, a su vez, le hacía sentir vulnerable.
Con el paso del tiempo, a medida que crecía y sus tareas le obligaron a convertirse en un ser taciturno, el silencio dejó de ser un incómodo acompañante para volverse un mentor, a través del cual catalizaba sus emociones, llevándolas del ardor irascible que comúnmente conducía a incendios descontrolados, a una fría tranquilidad que le permitía analizar toda la situación y ejecutar reacciones que producían mejores resultados.
De ese modo, dejó de comportarse como un chiquillo malcriado, para convertirse en un verdadero noble oscuro.
No obstante. En los últimos días, el silencio se había ensañado con el proceso sistemático de análisis y reflexión, poniendo frente a él un problema que no tenía respuesta correcta, ni acción que realmente valiera para algo.
Retrocediendo sobre sus palabras, encontró aquellas que lo condujeron a esa encrucijada.
Dejó escapar un suspiro, sin dejar de pasar el dedo pulgar por sobre el diamante talla cushion del anillo. Lo levantó, poniéndolo a contraluz, viéndolo brillar. Sus destellos rosados, nada más que una curiosidad geológica que nadie sabía explicar, le recordaban infinitamente a Elizabeth desde la primera vez que vio la piedra aún sin tallar, envuelta en un paño de terciopelo en el taller de un joyero español.
No estaba seguro si se debía al color, probablemente sí.
A él no le interesaban los temas de mujeres, aunque a razón de los comentarios con sus conocidos, comprendía que los caballeros preferían que sus esposas no fueran más que un elegante complemento de la casa, hermosa y refinada, sin opiniones que le llevaran la contraria a su marido, o que en general no tuviese opiniones, solo una sonrisa envidiable, que fueran propensas a los desmayos y se escandalizaran a la menor insinuación de algo ligeramente inmoral.
Así desentonaba Elizabeth con las demás mujeres, aunque trataba de imitarlas, destacaba de entre los diamantes blancos, con sus reflejos rosas que no mermaban su claridad.
Su tía Frances había sugerido, durante alguna de sus muchas conversaciones en las que ignoraban su petición de romper el compromiso, que el anillo tuviese un zafiro, en honor a la casa Phantomhive, o bien, una esmeralda, para que fuese a juego con sus ojos.
Pero a él le pareció que ese diamante rosado era justo lo que ella representaba, una piedra de infinita belleza que, pese a pertenecer a cierta clase de gemas bastante genérica, era única en su tipo.
En todo caso, y mientras continuaba viendo el anillo reflejando la luz mortecina del atardecer, la pregunta que realmente se estaba haciendo era ¿Por qué había comprado esa piedra hacía dos años, cuando lo que más quería era romper el compromiso?
Luego de conseguir que el joyero se la vendiera a él y no a otro cliente que la había pedido anticipadamente, había considerado hacer un broche, algo que no resultase comprometedor, pero no decidía qué quería hacer, así que estuvo guardada en su mismo paño hasta que la Marquesa había conseguido influenciar a la Reina misma para que pusiera presión sobre él para casarse y dejar descendencia.
Al recibir tal encomienda, había considerado tomar por esposa a una mujer como la que idealizaban en el club de caballeros. Una que no hiciera preguntas, que se quedara en la casa a recibir a los invitados, si es que había, y charlara de tonterías sin sentido. Que no fuese curiosa ni testaruda, que no resintiera su carácter parco, sufriendo por el recuerdo de días mejores, y la felicidad de su vida se resumiera a costosos regalos, porque de esos le podía proveer lo que quisiera.
Entonces, por casualidad, revisando una de las cajas fuertes de la casa para poner en orden las cosas, encontró el paño con el diamante en bruto dentro.
Lo descubrió sin recordar exactamente qué era, al verlo, un sentimiento extraño se apoderó de él, uno que no había creído capaz de concebir, y con eso, el pensamiento fugaz de que esa era la piedra adecuada para el anillo de compromiso de Elizabeth.
La sacó de la caja fuerte para ponerla en un cajón de su escritorio, luchando por apartar ese pensamiento de su cabeza, no se suponía que tomara la iniciativa en ese asunto del compromiso, pero apenas se le informó que el joyero real, Joseph Kitching, saldría de su retiro a petición de la reina, por el pedido expreso de atender el asunto del anillo de compromiso, tomó la decisión de que esa sería la piedra principal.
El anciano insistía en que podía conseguirle un diamante blanco, exquisito, importado de Sudáfrica y sin impurezas. No obstante, él se aferró a su diamante rosa, que le pusiera los diamantes blancos que quisiera, pero el anillo de compromiso de Elizabeth sería rosa.
Su mensajero había recogido la pieza terminada el mismo día de la fiesta de la fiesta de compromiso, y había permanecido en su bolsillo desde entonces. Sacándolo de vez en cuando, pensando qué era lo mejor, cómo salir del problema en el que sin querer había metido a la única persona en todo el mundo a la que realmente deseaba cuidar.
Guardó rápidamente el anillo justo cuando Sebastian se anunció al otro lado de la puerta.
—El Marqués pide una disculpa, viene demorado—dijo.
El Conde asintió. Estaba por pedirle que le dejara, que aún tenía asuntos que resolver, pero antes de darse cuenta, ya estaba a su lado.
—¿Debo avisar a Sir William que se pospondrá la reunión?—preguntó manteniendo las manos enlazadas en la espalda.
Ciel suspiró. No recordaba esa reunión.
—Cancélala. Lo veré el sábado a las seis.
El mayordomo se inclinó levemente antes de marcharse, dejando tras de sí un sutil aroma a lirios y rosas. El Conde cerró los ojos, de nuevo sentía esa devastación apoderarse de su ser.
—Sebastian—llamó, haciendo que se detuviera—¿Qué es lo que quieres ganar con esto?—preguntó.
El mayordomo no se giró para quedar de frente, sino que apenas miró por sobre su hombro. No hubo respuesta, solo un silencio que pareció tan largo como si fuese la antesala de la culminación de su contrato. Hizo un movimiento casi imperceptible con los labios, como si estuviese a punto de decir algo que al final no dijo.
—Dímelo.
El rostro del demonio permaneció impávido.
—Es una orden.
Le vio halar aire, un burdo intento de suspiro que demostraba que no era humano, no estaba familiarizado con las emociones y las manifestaciones de estas, por mucho que asegurara su simpleza.
—No lo sé.
El joven Conde vislumbró en esa respuesta, el indicio de algo que no esperaba, y resultaba por sí misma, más aterradora que la promesa de arrastrarlo a la desesperación absoluta del infierno.
—Puedes irte—dijo al fin Ciel.
Pero ni bien la puerta se había cerrado, metió la mano en el bolsillo, sintiendo el anillo entre sus dedos. Enseguida se puso el pie, abrió la puerta con cautela, notando que Sebastian no estaba a la vista.
Sin perder más tiempo, fue por el pasillo hasta el ala opuesta de la casa, acompañado únicamente por el silencio que imperaba.
Llamó a la puerta, y en el preciso instante en que le dieron permiso para pasar, perdió el control de su desbocado corazón, como si después de todo ese tiempo, le hiciera saber que seguía ahí, que no era el agujero negro que creía.
—¿Ciel?—preguntó Elizabeth al verlo cruzar la puerta apresuradamente, cerrando a su espalda.
Se quedó sin aliento al verla. El vestido color marfil le quedaba perfecto, como si lo hubieran hecho directamente sobre su cuerpo. Se llevó la mano derecha a la boca. Su comprensión se había extendido a nuevos límites al recordar la insistencia con la que Sebastian había dado las indicaciones para su confección, y saber que todo había girado en torno a los deseos del demonio le oprimía el pecho.
—¿Qué sucede?—insistió ella con el gesto preocupado.
No recibió respuesta, solo le vio acercarse con la misma premura de su llegada, y aunque ella temió una mala noticia, Ciel no dijo nada, solo se quedó quieta mientras la rodeaba con sus brazos, aspirando el olor a lirios y rosas de su perfume.
Era la primera vez, en toda su vida, que la tocaba así, que el gesto había nacido de él y no se limitaba a corresponder obligadamente luego de una agobiante insistencia. Era la primera vez que estaban a solas, tan cerca, y el Conde se sintió verdaderamente estúpido por haberla rechazado hacía años, cuando torpemente decidió convertir su primer beso en un recuerdo doloroso, dejándola a merced de su demonio.
Cerró los ojos, dejándose llevar por la inusitada calma que lo envolvía.
—¿Y si nos casamos ahora mismo?
Creyó que había sido un pensamiento, pero al darse cuenta de que Elizabeth se separaba para mirarlo, supo que lo había expresado.
—¿Ahora mismo?
Ciel se inclinó levemente, sin tener una idea real de lo que debía hacer, y consciente de la posibilidad de que le devolviera el favor rechazándolo. En ese momento, toda idea congruente, cualquier plan que hubiese considerado en las largas horas de reflexión a las que se había dedicado en los últimos días, se desvanecieron en una neblina tibia con olor a lirios y rosas que embotaba su sentido de la sensatez.
Llegó a sus labios sin que opusiera resistencia, y al hacerlo un ardor recorrió su piel sin clemencia, encendiendo una llama en su pecho que estremeció todo su cuerpo.
—Estas temblando... —susurró Elizabeth.
Para Ciel, la voz de su prometida, aun en el tono bajo que había usado, había adquirido un estremecedor poder que acabó de hundirlo en ese mar de sensaciones nuevas que, pese a la incertidumbre, no estaba realmente seguro de querer mantener alejado con los muros que había aprendido a construir, por el contrario, crecía la necesidad de abandonarse en ellas.
¿Así se escuchaba cuando no pretendía ser una niña?
Volvió a besarla, solo para confirmar que era real, que estaban los dos en el mismo tiempo y espacio, ajenos a cualquier cosa que hubiera sucedido, antes o después, en nombre del bien o del mal.
¿Un condenado podía amar?
La pregunta llegó a su mente acompañada de un dolor punzante que partió desde el ojo que guardaba su contrato hasta la garganta, arrancándole un débil quejido. Una parte de él, la que se mantenía racional y fría le ordenó que se alejara, que no colmara la paciencia del demonio porque seguramente él no se contendría como hizo la última vez que creyó que no estaba dispuesto a cumplir su contrato, pero ni el dolor ni el sentido común bastaban para convencerlo de claudicar, no cuando finalmente dejaba de rechazar aquello que sabía ahora, era lo único que verdaderamente anhelaba.
Tomó su distancia, sintiendo el frío que dejaba el separarse del cuerpo de Elizabeth.
Acarició su cabello, atado según lo requerido en los códigos de etiqueta, y mientras sostenía su mirada, antes de que pudiese arrepentirse, tomó su mano.
—Se supone que te prometa dicha y felicidad, pero la realidad es a mi lado solo hay muerte, nuestra vida juntos será breve, oscura la mayor parte del tiempo, y te mentiré tanto, que llegará el momento en que estés convencida de que te has casado con un desconocido. Quizás llegues a sentirte sola, y mi incompetencia para expresar lo que significas para mí, te haga creer que solo atiendo a una cuestión de honor. Elizabeth, soy con toda seguridad, el esposo más inadecuado para cualquier mujer, pero, aun así, solo te pido que me aceptes de nuevo.
Los ojos verdes de la joven pusieron toda su atención en el anillo que acababa de colocarle, y con la otra mano acarició la piedra, hechizada por su brillo y la exquisitez de su diseño.
—Desde que tengo memoria—dijo quedamente—, lo único que he deseado verdaderamente, es que el día de mi boda fuera perfecto, ser una buena esposa, tener una familia a la que dedicarme ¿no es eso extraño?
—¿Por qué?—preguntó Ciel, empezando a temer que se quitara el anillo. Sin embargo, ella solo lo levantó, para mirarlo a la distancia, bajo la luz del sol que entraba por la ventana a su espalda, como si estuviera hablando con la joya y no con él.
—La idea, quiero decir, es como hacer una lista de tareas ¿Cuál es el propósito al final?
Aquella pregunta le hizo sentir la necesidad de responder, aunque tenía la impresión de que se trataba de una retórica, que ella solamente trataba de ordenar sus pensamientos ante la negativa a casarse con él. La miró en silencio, preguntándose si estaba considerando la opción de pedirle que la dejara comprometerse con Sebastian.
¿Qué haría si se lo pidiera? ¿Le contaría la verdad, aunque eso implicara que le mirara con abominación incluso a él?
Desde su perspectiva, en la que conocía los pormenores de lo que le podría esperar de entregarse plenamente a un demonio, hasta el juicio de la sociedad parecía insignificante.
La hija de un Marqués, casada con un mayordomo, el escándalo que causaría la desgracia de las familias involucradas.
¡Cuán banal parecía la vida humana!
Y cuan poco humano se sentía cada vez que lo pensaba.
—Te he mirado, desde hace tiempo—continuó diciendo Elizabeth, absorta en su anillo—, perdido en tus tinieblas ¿qué es lo que ve tu mirada perdida y que crees que nadie puede descubrir? ¿Qué es eso que guardas en tu interior? Algo que la luz no toca, y que está envuelto en orgullo, siempre con miedo de que algún día sea revelado.*
Ciel suspiró, sabía que algún día le haría esas preguntas con total franqueza, más allá de la infantil curiosidad. Aunque habían esquivado el tema por años, solo conformándose con un regreso misterioso y una recuperación aún más asombrosa. Entrecerró los ojos, ignorando las voces que le pedían que solo la dejara ir, que se olvidara del asunto y volviera a donde pertenecía realmente.
A la soledad, la oscuridad, y paulatinamente el olvido.
Al final ¿quién recodaría al joven conde Phantomhive?
Elizabeth se giró hacia él, mirándolo con sus ojos verdes empañados, pero serena y esbozando una media sonrisa, más propia de la mujer adulta que ya era, que la niña caprichosa que palpitaba en recuerdos ya lejanos.
—Guardaré tus secretos—continuó diciendo—, te ayudaré a sostenerte, y cuando la oscuridad comience a llegar, estaré cerca, esperando.
¿Cómo podía prometer que estaría en cuanto la verdad lo arrastrara a la condenación?
¿Cómo podía ella hablar de oscuridad?
No estaba seguro de que siquiera contara o fuera suficiente el enredo entre los hilos de Sebastian para considerarla un ángel caído.
Nadie en su juicio culpa a la oveja por ser devorada, y ni siquiera tiene sentido llamar al lobo asesino cuando solo atiende sus más elementales instintos. En todo caso, el único responsable es el pastor que ha fallado en su deber.
Se llevó la mano al ojo que tenía cubierto tratando de calmar los espasmos.
—Llévame contigo—pidió Elizabeth—, a donde sea que el camino que has elegido te lleve. No me importa.
—No sabes lo que dices...
—Sí lo sé—replicó—, y también sé que no es el perro de la Reina lo que has decidido.
Ciel desvió la mirada
—Creo que es la primera vez que hablamos de lo que pasó después del incendio, y lo que pretendes hacer al respecto.
—¿Para qué quieres eso? No hay nada al final, solo la vacuidad.
—Realmente no crees eso...
—Elizabeth—la interrumpió, aunque no sabía qué decirle, más allá de que se trataba únicamente de una fría obstinación derivada del orgullo en un juego de ajedrez mal entablado desde hacía tiempo, donde nunca hubo un ganador real, y todo se resumía a una batalla de voluntades, un juego de estrategias discursivas en las que, con cierta frecuencia, solían enredar a alguien más, denunciando sus pecados y ejecutando el subsecuente castigo, luchando por mantener el poder en su relación desigual, sin diferenciar entre el contratista y el contratado, el demonio y su presa, y las personas a su alrededor.
Cuando era más joven. Estaba convencido de haber atado a Sebastian, de haber concebido un contrato ventajoso paras sus propósitos, pero solo tenía diez años y ninguna experiencia real, era obvio desde el principio que estaba bailando la sonata del diablo, únicamente por un deseo efímero de retribución por el dolor y el sufrimiento que en absoluto le devolvería lo perdido, pero quizás, le daría la oportunidad de levantar las cenizas.
La palpitación de su ojo se había extendido a todo el pómulo. Entonces, miró detrás de Elizabeth, en la ventana, la puesta de sol envolvía todo en sombras alargadas, y la silueta de Sebastian, tan solo de pie, dejando que sus ojos destellaran el infernal rojo de su condición maldita.
Estaba en silencio, con las manos a la espalda, lo estaba retando, como si esperara el momento justo para que le gritara a Elizabeth que tenía que correr, irse de ahí mientras él detenía al demonio.
Quería preguntarle de nuevo qué esperaba ganar de todo eso, por qué, de todas las medidas que podría haber tomado para cumplir con su orden, había elegido esa. Quizás solo quería demostrarle que lo había hecho porque podía, que era él quien decidía el juego que iban a jugar y quiénes participaban.
O quizás esperaba solo crear un ciclo. Que, al reclamarlo a él, tuviese un juego más a seguir, o solo deseaba un testigo, aunque sin intenciones de que hablara de hechos verdaderos y la consiguiente moraleja acostumbrada en la narrativa fantástica, solo una somera estrategia destinada a hacer visible la existencia de los demonios, colocando en su lugar la magnanimidad de los favores infernales, convertirlo a él en una reminiscencia de Niccolò Paganini o Giuseppe Tartini, hablando de los actos que cometió, movido por pasiones miserables.
Comprendió que en ese juego al que lo estaba retando, eran indiferentes los conceptos de verdadero o falso, que pedirle que no mintiera no había atado su lengua como inocentemente creyó cuando niño, lo que importaba era el resultado final, descubrir lo inconfesable, rompiendo los códigos impuestos por sociedades forjadas en creencias, reglas y prohibiciones que condenaban a los que eran como él.
Ciel Phantomhive sería recordado como el niño que vendió su alma al diablo.
Cerró ambos ojos, respirando profundamente mientras se quitaba el parche que cubría su marca maldita.
Si Elizabeth estaba determinada a estar a su lado, a conocer lo que era la verdadera oscuridad, si lo aceptaba, si era capaz de ofrecerle ya no su amor, sino su apoyo, serían dos contra el infierno.
Ese era su deseo egoísta.
—Nuestra vida juntos será muy breve—repitió—, pero la condenación demasiado larga para estar solo.
Comentarios y aclaraciones:
*Fragmentos de I'll Keep Your Secrets, del álbum Beethoven's Last Night, de Trans-Siberian Orchestra.
Es una canción muy hermosa, les recomiendo que la escuchen. No quería ponerla, pero me fue imposible pensar en algo mejor que eso, y parafrasear sería un crimen a la lírica.
No sé exactamente qué me duele más de todo lo que acontece en el manga, sufro como no tienen idea, y de hecho me sorprende que esta historia no esté siendo arrasada por una tormenta de arena con el odio que está generando Lizzy. Que bueno, nunca ha sido un personaje muy amado, pero no importa en donde lea el manga, no hay un solo sitio que sienta un poco de empatía por el golpe que acaba de recibir.
Algo que he tocado mucho en este fic, es que ella misma se considera egoísta, que es perfectamente consciente de que no conoce de nada a Ciel o sus sentimientos, pero se esfuerza en entenderlo.
Aun así, mi idea de su personalidad (la de todos) para este fic, es inamovible, de todos modos y como notarán en mi corte de escena, que ya no hay vuelta atrás, para nadie.
¡Felices fiestas!
¡Gracias por leer!
