—Zoro —dijo ella secamente rompiendo el abrazo y mirándolo fijamente a los ojos—, debemos separarnos. Si queremos encontrarla, lo mejor que podemos hacer es buscar por diferentes sitios. Solo prométeme una cosa.
—Dime —dijo el más seguro de sí mismo contagiándose de la fuerza de la pelirroja.
—Prométeme que pondrás tus seis sentidos en esta misión.
—¿Seis?
—Sí, el de la orientación también cuenta aunque no lo uses muy a menudo —respondió guiñando un ojo y sacando la lengua.
—Serás bruja —rio él.
Unas cuantas indicaciones de la navegante, una última mirada de ánimo y ambos comenzaron la búsqueda para traer de vuelta a alguien a quien no dejarían marchar tan fácilmente de sus vidas.
El lugar parecía deshabitado y abandonado. Sería perfecto para lo que tenía en mente. De repente se oyeron un par de golpes lejanos que pronto se detuvieron, no sería extraño que muchos de aquellos edificios en ruinas se derrumbaran solos. Aun así, logró encontrar un pequeño cubículo que todavía se mantenía en pie. Abrió la puerta que crujió al moverse y entró en la sala húmeda y polvorienta donde una pequeña ventana dejaba entrar tímidamente los dulces rayos del sol. Era un lugar apartado, oscuro y tranquilo, necesitaba pensar detenidamente sobre todo lo que había pasado en las últimas horas y ese era, desde luego, el lugar idóneo para hacerlo sin que nadie diese con su paradero.
De pronto sintió que el mullido suelo de tierra sobre el que hasta ahora había estado pisando se convertía en un camino artificial, donde las hojas ya no eran un suave manto agradable al tacto sino una trampa mortal sobre los adoquines irregulares y desgastados sobre los que taconeaban sus pezuñas.
Puesto que acababa de salir de la espesura vegetal en la que hasta ahora había estado corriendo, miles de olores nuevos penetraron en su nariz azul como lanzas intentando desviarle de su objetivo. Pero él no era un reno cualquiera, al comer la Fruta del Diablo con los poderes humanos, había heredado también, aparte de una inmensa capacidad de aprendizaje y habla, la capacidad de concentración. Así pues, aunque muchos aromas le abordaron al mismo tiempo, fue capaz de seguir el rastro olfativo que Robin había dejado unos momentos atrás.
No obstante, se sorprendió en gran medida cuando reconoció un par de olores más.
—Zoro y... —alzó un poco más el morro para olfatear el aire— Nami. ¡Los dos están aquí! Pero no huelo a Luffy...
Aun así, él intentó concentrarse en el olor a flores y lo siguió sin dudar. Si Zoro y Nami estaban juntos, se las apañarían bien, pero lo que él debía hacer era encontrar a Robin y llevarla con sus compañeros cuanto antes pues solo él era capaz de identificarla entre mil personas más sin necesidad de tenerla en su campo de visión.
—¡Esta es sin duda una misión para Chopper Ma...!
Perdido en sus pensamientos como iba, el pequeño doctor peludo no se dio cuenta de que de una de las casas abandonadas había salido alguien y se iba a interponer en su trayectoria. Sin poder evitarlo, se chocó con ella y acabaron los dos rodando por el suelo.
—¡Ay, qué daño! —se lastimaba el bulto debajo de él.
Cuando reconoció a la persona que tenía debajo, instintivamente volvió a su Brain Point.
—¡Nami! —exclamó sorprendido.
—¡Chopper! ¿Pero de dónde sales? Menudo golpe me has dado, menos mal que no eres muy grande —dijo ella un poco aturdida todavía en el suelo.
—Vaya, me he equivocado —musitó él al darse cuenta de su error—. He seguido las flores equivocadas, en vez de cerezo he seguido al azahar...
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Una pequeña patada, un empujón o un puñetazo, poco más era necesario para que las puertas cerradas se vinieran abajo como por arte de magia, aunque más bien era por arte de la humedad del lugar, de las termitas y del abandono. Ni tan solo se molestó en utilizar sus katanas.
—Qué sentido tiene ahora que las desenvaine cuando no he podido usarlas para salvar a una compañera —murmuraba el peliverde para sí mismo.
Por mucho que Nami intentase convencerle de lo contrario, él sentía que lo que le había sucedido a la morena era en parte culpa suya. No tenía muchas responsabilidades en el barco, pero una de las que venían implícitas con el hecho de ser el segundo al mando de la banda de Sombrero de paja era ser capaz y estar dispuesto a proteger a tus compañeros a toda costa y dar tu vida a cambio de la suya si se llegaba a dar el caso. Luffy nunca le habría pedido que prometiera algo así, pero era un acuerdo que se habían autoimpuesto inconscientemente en algún momento de pertenecer a la banda.
"No importa si a ellos les pasó lo mismo, yo estaba fuera con ella en cubierta. Yo tendría que haber sido capaz de ver que algo iba mal. ¡Mierda!"
Cuanto más pensaba en lo que había sucedido el día anterior, más se enfurecía consigo mismo.
Escenas de la noche pasada resurgían en su mente como flashes de una cámara fotográfica: repentinos, intensos y dolorosos. Imágenes de la cubierta desierta, de sus compañeros aturdidos, de las heridas sangrantes de Luffy, del estado de Robin y de los sentimientos de desesperación e impotencia que habían inundado su corazón.
"Yo tendría que haber sido el que recibiera las heridas por ella. Porque debería dar mi vida por ella. Porque yo...yo amo a Nico Robin. ¡Viva, ya sueno como el cejitas!"
Un poco sonrojado por los pensamientos que nacían ahora en su cabeza con respecto a Robin, pero seguro de que lo que le movía a encontrarla era su amor por ella, Zoro siguió echando puertas abajo una tras otra.
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—Todo esto es muy extraño —murmuraba para sí misma al tiempo que apretaba sus brazos con las manos.
Los ruidos del exterior eran cada vez más frecuentes y sonoros, pero no fueron suficientes para cortar el hilo de pensamiento que se estaba empezando a desenredar en su cabeza.
Bajo los únicos y tenues rayos de sol que entraban por el ventanuco de aquel zulo húmedo y polvoriento, la arqueóloga examinaba asombrada su cuerpo. Estaba totalmente segura de que había sido sometida a una fuerte exposición de kairoseki con las esposas de sus muñecas, los grilletes de sus tobillos y la inyección en sus venas. Estaba segura de que aquello había sido real porque así lo había sentido, el daño que le provocaba el mineral había sido un poco más intenso que todas las otras veces, pero con los mismos síntomas: mareos, debilidad, dolor punzante en las zonas afectadas y una leve parálisis.
Al tocar sus muñecas y tobillos sentía ligeros pinchazos, aunque podía seguir moviéndolos, pero lo que más le extrañaba era que en esas zonas tuviera marcas circulares parecidas a quemaduras y que bajo ningún concepto podían ser obra del kairoseki. Pero ella no recordaba otro elemento en la tortura... Salvo el puñetazo. El puñetazo de Zoro.
Su rostro desencajado le vino a la mente de inmediato al recordar el dolor del golpe y la sangre en su boca.
Tocó su cara, que hormigueaba condolida al tacto, pero ni rastro de sangre seca o heridas abiertas como ella creía recordar. También se palpó los labios cortados y secos y una sensación diferente llegó a su memoria. El recuerdo del contacto intenso con los labios del espadachín y de sus caricias, de sus brazos rodeándola y de... del mordisco que le dio él en el cuello. Pasó su mano por la zona pero no notó nada, ni tan solo un leve hormigueo. Con ayuda de sus Ojos Fleur percibió que tampoco tenía marca alguna en el cuello ni de los dientes del peliverde ni de la aguja que supuestamente le habían clavado en la discoteca.
No sabía qué creer. No sabía qué era real y qué no. Dónde no había habido cicatriz, ahora tenía marcas enrojecidas y dónde había tenido heridas abiertas, ya no quedaba nada. Pero lo más intrigante era el supuesto kairoseki que corría por sus venas y que a esas alturas ya debería de haberla matado, o al menos haberla paralizado o impedido para usar sus habilidades, pero allí estaba ella, sentada en la oscuridad, preguntándose qué debía hacer a continuación y sin señales de que su muerte fuera inminente. De lo único de lo que estaba casi segura era de que, de algún modo, seguía viva, o al menos eso le había asegurado cierto reno de nariz azul.
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—¿Qué?
—Perdona, Nami, no te enfades conmigo —se disculpó el reno levantándose de un salto.
Nami lo miraba desde el suelo confundida por el hecho de que hubiera aparecido tan de repente allí y solo, cuando se suponía que había ido tras Robin.
—¿Estás bien, Nami? ¿Y Luffy dónde está? —se preocupaba él mientras comenzaba a examinarla.
—No, a mí lo que me gustaría saber es dónde te habías metido tú —apuntó ella de rodillas acusadoramente—, dijiste que ibas donde estaba Robin y ya no te encontramos. Es que ni siquiera llegaste al lugar en que estábamos nosotros y ahora no la traes contigo.
—¡Pero sí estuve con ella! Hasta que la perdí de vista...
El reno bajó la mirada con culpabilidad sin saber que realmente aquello era una buena noticia. Sin esperárselo, Chopper notó las manos de Nami oprimiendo sus hombros y estrujándolo como para zarandearlo, de hecho, él pensaba que eso era lo que iba a suceder, hasta que alzó la vista hacia su compañera y la vio mirándolo boquiabierta y con los ojos brillantes abiertos de par en par.
—¿Has visto a Robin? ¿La has encontrado?
—Sí, y estuve hablando con ella, pero parecía un poco nerviosa.
—¿Te dijo dónde iba? ¿Viste adónde se dirigía? —Nami cada vez se impacientaba más.
—No —respondió apenado—, no dijo nada y me ha costado mucho seguir su verdadero rastro, pero creo que debe de estar cerca.
—¿La hueles desde aquí? Pues vamos a por ella, ¡corre, Chopper! ¡Debemos encontrarla rápido!
La pelirroja se incorporó de un salto y arrastró al doctor con ella para que le indicara la ruta y aunque él no entendía demasiado bien por qué debía apresurarse tanto, volvió a su Walk Point para dar con el paradero de su escurridiza compañera.
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Tras un pequeño crujido, la puerta se vino abajo y cayó con un ruido sordo haciéndose pedazos en el impacto. Otra habitación vacía, igual que las otras diez que había inspeccionado en los últimos cincuenta minutos.
Resopló sonoramente y elevó su vista al cielo despejado que lo cubría. Ya había amanecido en su totalidad y el calor comenzaba a hacerse más que evidente y molesto. Se pasó el dorso de la mano por la frente para eliminar el sudor que ya perlaba su piel. Cerró los ojos con fuerza antes de cubrirse el rostro con las manos e inspirar profundamente.
No se iba a rendir con ella. A pesar de que la falta de sueño y el cansancio físico comenzaban a hacer mella en su energía, decidió que no se iba a detener por nada en el mundo. Iba a seguir buscándola aunque ello significase caer exhausto en el intento.
—Debo luchar por ella. No me iré de aquí sin Robin.
Abrió de nuevo los ojos y caminó hacia la siguiente puerta. Esta parecía ligeramente más resistente que las anteriores, pero eso no le impidió retirarla de su camino con facilidad.
Al hacerlo, una nube de polvo cubrió su nariz haciéndole estornudar. La sala estaba oscura pues el pequeño agujero que había en una de las paredes no permitía distinguir nada de la estancia. Dio un paso al frente y entonces lo sintió claro e inconfundible entre un millón: el olor a cerezo en flor.
Al instante supo que no se encontraba solo.
—No des un paso más —rugió una voz desde el interior.
Tan solo necesitó un par de segundos para recuperarse del haz de luz que la había cegado con la repentina entrada de aquella figura a "su" refugio. Había estado oyendo golpes desde hacía un buen rato, pero no pensaba que se tratasen de él, de hecho ni siquiera les había estado prestando demasiada atención ya que, absorta en sus dudas y teorías como estaba, no se había planteado que irían tras ella y mucho menos que lograrían sobrepasar la maraña de manos con que había reforzado la puerta que la escondía.
Tan bella como el canto de un petirrojo, tan intensa como la mirada de un búho y tan peligrosa como el rugido de una pantera, la voz de Nico Robin atravesó la oscuridad hasta llegar a sus oídos.
—¡Robin! —exclamó el peliverde sorprendido y aliviado al mismo tiempo.
Habiendo ubicado la fuente de la voz y del olor, Zoro caminó hacia una de las esquinas más alejadas. Sin embargo, la voz le hizo detenerse al instante.
—No te acerques a mí, te lo advertí antes y ya has visto de qué puedo ser capaz. Deja de perseguirme o esta vez no tendré miramientos contigo.
—Sé muy bien de qué eres capaz. Si mal no recuerdo, tú fuiste mi enemiga una vez. Seguro que lograrías hacerme desaparecer de la faz de la Tierra en un abrir y cerrar de ojos, y que nadie lograse encontrarme nunca —el joven rió ante esta poco descabellada idea—. Pero yo no pienso permitir que me mates tan fácilmente. También sabes de qué soy capaz y si mi objetivo es encontrarte, sabes que te encontraré y que no cederé hasta que lo consiga.
Ninguno de los dos podía ver nítidamente mucho más allá de medio metro, pero de algún modo estaban clavándose la mirada para reafirmarse en sus posiciones.
—Entonces será interesante ver cómo intentas atraparme —le retó ella—. Además, sigo preguntándome cómo te has deshecho de las cadenas sin tus espadas. Seguro que te ayudaron Luffy o Nami. Y no sé por qué debieron hacerlo.
—Lo han hecho porque somos compañeros y nos ayudamos los unos a los otros cuando estamos en problemas. Nos preocupamos los unos por los otros y es por eso por lo que estamos buscándote Nami y yo. Estamos todos muy preocupados por ti y yo sé que no soportarían que una amiga dejara la tripulación.
—No uses a la tripulación como tapadera para intentar darme caza. Ya no hay modo alguno en que puedas ocultarme tu verdadero yo.
Con la rabia consumiéndola por dentro y su lado más sangriento clamando venganza, la arqueóloga cruzó sus brazos y entreabrió los labios para anunciar uno de sus temibles ataques, que se vio interrumpido cuando las katanas de Zoro cayeron de repente al suelo cuarteado, haciendo que ella reaccionase agachándose por instinto.
Los ojos ya se les habían habituado a la oscuridad de la habitación y podían verse sin problema. Robin, agazapada todavía con los brazos cruzados y el ceño fruncido ante la caída de las espadas, elevó su vista, antes fija dónde yacían las armas, y dejó escapar un grito ahogado. De pie ante ella, el espadachín le estaba clavando sus profundos ojos, con su rostro serio pero seguro, sin temor a demostrar que se hallaba desarmado y con los brazos en cruz sin oponer resistencia al ataque inacabado de la morena.
—No tienes razón para atacarme porque yo no soy el enemigo que te quiere aniquilar, solo soy el amigo que intenta ayudarte —afirmó él con la seguridad que le caracterizaba.
Dos sentimientos enfrentados disputaban en el interior de la arqueóloga. Al mirarle a los ojos sintió que podía confiar en él, que sus palabras eran sinceras y que pretendía cumplirlas sin dudar un ápice. Al mirarle a los ojos, Robin sintió que se encontraba con el Zoro que conoció al entrar a la tripulación y con el que trabó aquella complicada y estrecha relación que la había estado consumiendo desde los últimos meses. Por unos escasos segundos, sintió que frente a ella se hallaba el espadachín del que se había enamorado. Pero no duró mucho.
Rio, le miró de arriba a abajo, sacudió un poco la cabeza y volvió a echar a reír.
—¿No me digas? Conque ahora tenemos esas. Venga, va, no me hagas reír y deja este rollo del caballero andante. Sabes que no es tu estilo.
Él no se movió, su expresión tampoco cambió por el comentario. El joven peliverde permanecía de pie estoico ante la puerta, bloqueando con sus brazos el único camino que alejaría de él a la morena para siempre.
—Déjame salir —ordenó ella aproximándose al umbral.
—No.
Su voz era fuerte y segura. Como siempre. Sabía lo que quería y se aferraría a ello hasta las últimas consecuencias.
Robin lo conocía bien y sabía que no sería juego de niños hacerle cambiar de opinión o intentar pasar por encima de él. "De su cadáver si es necesario", se dijo a sí misma aunque tampoco creía que fuese nada fácil matarlo.
—Te lo diré por última vez: déjame salir.
No habría mucho más de un metro de separación entre los dos, pero la mirada que se mantenían era tan eléctrica que podría haber hecho arder el lugar.
"En realidad, temes admitirlo" una voz surgió en su mente.
Él no había bajado todavía los brazos porque tampoco había cambiado de parecer con respecto a la morena: la llevaría de vuelta al Merry a cualquier precio.
"Tienes miedo, de hecho, siempre lo has tenido", la voz comenzaba a ser un poco molesta.
Ella, por su parte, cruzó los brazos decidida a acabar de una vez por todas con esta tonta farsa que se llevaban entre los dos.
—Lo he intentado por las buenas. Diez fleurs.
Y diez manos brotaron a pares esparcidas por el torso y espalda del peliverde.
—Cl...
—Si vas a matarme, hazlo. Pero mátame con tus propias manos.
Otro ataque interrumpido. Otro ataque interrumpido por la nobleza y el honor del espadachín de Sombrero de paja. No mentía, una parte de su alma le decía que no le estaba engañando. Simplemente, no temía morir. Nunca lo había hecho, al menos desde que lo conocía. Y eso era algo que, de alguna manera, siempre había admirado de él.
"Sigues temiendo.", la voz de su interior la estaba sacando de quicio, "Sigues temiendo admitir que le amas. No puedes negar lo que sientes cuando le miras a los ojos porque el Zoro que tienes aquí delante es al que siempre has querido."
"Tonterías. Él te ha torturado y ha perseguido a tus amigos. Intenta mataros a todos. Todo a su alrededor es mentira. Solo debes ser más rápida que él y huir." Una batalla en el interior de la arqueóloga comenzaba a tomar forma.
"Solo mírale a los ojos. Ellos nunca te han mentido. Y lo sabes. Para ti, su alma no es ningún secreto. Lo que pasa es que temes descubrir que te esté diciendo la verdad. Temes ver que este Zoro de aquí haya traspasado tu muralla."
"Solo mírale a los ojos y verás que es un desquiciado y un marine que ha salido de caza. Eres su presa y estás atrapada. Redúcelo o te arrepentirás."
"Pero... ¿Y lo suyo con Nami?¿Y las noches en el puesto de vigilancia?¿Y sus brazos rodeándote hasta que caías dormida?¿Y su calor lleno de seguridad y paz?¿Puede ser todo mentira? ¿Cómo se explica eso si es un marine?"
"Es cierto, era demasiado real... Lo sentí demasiado intenso como para que fuera todo una actuación."
"Dios santo, ya has caído en su juego. El amor te ha hecho idiota, Robin. La Robin a la que yo conozco ya lo habría estampado contra un muro y habría huido hace mucho."
"Eso es porque a la Robin que tú conoces no tiene nada que perder, pero tú, Robin, tú hoy eres una persona totalmente nueva. Hoy estás luchando por intentar creer lo que él te dice aunque sea difícil confiar en él. Hoy actúas con tu corazón en vez de con tu cerebro."
Si alguien hubiera oído todo el hilo de pensamiento que se enredaba en la mente de la morena, probablemente la habrían llamado desequilibrada mental o algo por el estilo, pero esas diferentes voces que pugnaban en su cabeza eran las que le habían permitido seguir manteniendo su cordura y su gran habilidad de decisión durante las últimas décadas de su prófuga vida.
Y a pesar de que muy pocos en el mundo eran capaces de adivinar qué pasaba por la mente de la arqueóloga, Zoro sintió de un modo inconsciente que algo no iba bien en la mujer, que estaba dudando sobre qué hacer a continuación. Y él, expuesto ante ella como nunca lo había estado ante nadie más, aprovechó el momento para jugar su mejor baza.
—Robin, vuelve al Merry, por favor. Todos están muy preocupados por ti. No puedes irte sin más.
Ella no pronunció palabra y tan apenas se movió, pero escuchaba atenta todo lo que él fuera a decirle. Este, desarmado pero sin temor alguno, avanzó unos cuantos pasos hacia ella y posó sus manos en los hombros de su compañera mientras la obligaba a mirarle a los ojos.
—Robin, no sé qué te hicieron cuando te atraparon, pero tienes que creerme: nadie de la tripulación te haría nunca nada parecido. No tenemos nada que ver con ellos.
La profundidad en la mirada del espadachín la sobrecogió, pero fue capaz de recomponerse enseguida, de una manera tan rápida que por un momento el peliverde creyó soñar que ella se había estremecido bajo sus dedos.
—Dame un motivo para que crea que no estás implicado y para que acepte compartir techo contigo —dijo ella fríamente sin romper ni el contacto físico ni visual.
—No podría soportar ver cómo te hieren ni cómo te vas de mi lado porque yo... —hubo una pequeña pausa en la que él intensificó su agarre— Yo te quiero.
Y una corriente de sensaciones se desbordó en su interior cuando los labios del espadachín peliverde acabaron tomando los suyos con decisión. Eran suaves, eran cálidos, eran húmedos y carnosos, eran eléctricos pero también salados como el mar. Tener aquellos labios dándole tantas razones para vivir libre y tanta seguridad para su alma era reconfortante, era nuevo y era maravilloso sin lugar a dudas. Igual de maravilloso que sus manos fuertes bajo su mentón y sobre su espalda y su corazón de guerrero latiéndole desbocado contra el pecho. Podía sentirlos, los latidos acelerados del joven que solo aumentaban de intensidad e incitaban al suyo a bombear igual de raudo. También sentía la calidez que tanto le había faltado durante su vida y la firmeza que nadie le había dado nunca. Pero sobre todo, lo que sentía ella era un compás extraño de sus movimientos, una comprensión perfecta, la sensación de que así era como todo debía suceder aunque la dudas persistieran en su lucha contra aquello. Sus gestos eran intensos y seguros, indicio de que no hacía aquello para probar suerte o interpretar un papel, sino porque era lo que deseaba hacer.
Y de repente sintió un vacío inmenso cuando sus labios se alejaron. Un vacío que solo había un modo de llenar. En su mente, el recuerdo de sus abrazos y sus caricias la empujó hacia adelante, un paso más cerca, un latido más cerca, a un beso de distancia el uno del otro. No dejó de observarle ni un instante, los ojos verdes de Roronoa Zoro la habían atrapado y ella se había dejado envolver sin oponer demasiada resistencia, porque lo que vio en aquella mirada la absorbió sin previo aviso y la llevó a un lugar donde quedó flotando pero donde no estaba sola. El alma del espadachín era un lugar hermoso donde quedarse y cuando quiso escaparse de ella, se percató de que aquel lugar no era su cárcel, una pequeña parte de su ser le dijo que aquel lugar era su refugio. Cuando miró al espadachín de pelo verde, sintió calor en su corazón, sintió una serenidad placentera, sintió oleadas de verdad, honestidad y confianza, sintió que todo su pasado ya no importaba y sintió la seguridad de que nadie, nunca más, le haría daño si permanecía junto a él. Por un instante, Nico Robin dejó de ser "la niña demonio" y de preocuparse sobre pasado, presente o futuro; por un instante, Nico Robin se dejó llevar. Y sus manos lo tomaron para que no escapara nunca, sus pulmones respiraron todos sus alientos y sus labios cerraron el contrato que sus almas habían firmado hacía mucho.
Una sola gota que ella no pareció notar, una gota que ardía sobre su mano, una gota que comenzaba a deslizarse por su piel, una gota que precedió a otras muchas que bañaron sus manos morenas. Sus ojos. Cuando él se separó, la miró y lo vio claro. Los ojos húmedos y enrojecidos de la arqueóloga se lo dijeron todo. Pero ella no pareció darse cuenta de lo que sucedía hasta que sus largas manos palparon su propio rostro y se mojaron en el acto. Ella no se había dado cuenta, pero él lo comprendía todo. Aquellas lágrimas no eran de rabia o de dolor, tampoco eran lágrimas fingidas o reprimidas, aquellas lágrimas eran las lágrimas de su subconsciente. Eran la muestra de que la morena tenía miedo, de él o de lo que significaba aquello eso el espadachín no lo podía saber, pero sí sabía que de algún modo estaban motivadas por su persona. No quería verla llorar, menos aún por su causa, y la abrazó para no romperse él también en pedazos.
La rodeó con firmeza mientras sentía que su hombro se empapaba cada vez más de los sentimientos ocultos de la morena. No intercambiaron ninguna palabra, tan solo los sollozos de ella con las caricias de él.
—Dame tiempo, por favor —susurró ella separándose un poco con los ojos cerrados y mirando al suelo con rostro dolorido.
Y él, simplemente, rompió el abrazo. Solo sus manos permanecieron entrelazadas.
—Perdóname por lo que siento, Robin —confesó él mirándola fijamente.
Abrió los ojos y lo vio armado de seguridad, apoyo y amor. Todo para ella. Sin precios, sin intereses, sin letras pequeñas, sin muros ni cadenas. Sus lágrimas cayeron más furiosas que nunca, su sonrisa estaba quebrada y algo dentro de su pecho crujió con fuerza cuando sus manos se separaron.
—Perdóname tú a mí por no poder sentir lo mismo.
"Los humanos son seres realmente frágiles, Zoro". Las palabras de su maestro retumbaban una y otra vez dentro de su cabeza mientras veía, desde la oscuridad de la casa medio derruida, cómo Robin se alejaba de su lado. "Como sus almas", se contestó a sí mismo antes de lanzar una última mirada al cielo azul de aquella mañana interminable.
¡Hola a todo el mundo!
He tardado una vida en actualizar, lo sé, pero espero que aun así hayáis podido disfrutar del capítulo igualmente. ¿Esperabais que se fuera a desarrollar así la cosa? ¿Dónde irá Robin ahora? ¿Y Nami y Chopper? ¿Y los del barco?
¡MOMENTO DE LAS ENCUESTAS!
Tengo planeado contar qué le pasó al resto de la tripulación mientras tenían a Robin secuestrada, pero no sé muy bien cómo hacerlo, así que dejo varias opciones y elegid la que más os guste.
a) Contarlo a continuación en esta historia durante algunos capítulos rompiendo la trama principal para centrarnos únicamente en esa otra historia aunque eso implique llegar al capítulo 100.
b) Contarlo a medida que avanza la historia, o sea, intercalar trama e historieta de la tripulación (si eliges esta, asume que los avances en la trama principal no serán muy rápidos y todavía hay mucho por contar).
c) Abre otro fic aparte y súbelo ahí (esto sería subir capítulos de este fic y el otro a la vez para que avancen las dos historias a buen ritmo).
d) No lo cuentes, prefiero quedarme con la duda/inventármelo yo/me importa un pepino de mar.
e) Otra idea que no se me haya ocurrido (por favor, especifica cuál).
Bueno, comentad si queréis y si no, pues pasad y leed simplemente. Muchas gracias a los maravillosos comentarios que he recibido hasta ahora y un beso enorme para todos mis lectores.
ÉrikaPeterson
27 septiembre 2014
