CAPITULO XXI.-

Hyoga entro en el salón, una mañana pocos días después de la llegada de Shun. Esperaba hallar vacía la habitación, porque Ikki se había levantado al despuntar el día y salido a caballo a una de las lejanas expediciones ahora tan frecuentes y pensaba que su amigo le habría acompañado; pero cuando pasaba por una de las puertas, vio al peliverde sentado frente al escritorio rodeado de papeles y escribiendo con rapidez. Varios manuscritos se veían esparcidos por el suelo, a su alrededor. Era la primera vez que tenían ocasión de hallarse solos y Hyoga titubeo con súbita timidez. Pero Shun había oído sus pasos y se puso de pie con una cortes inclinación.

-Perdóneme, Hyoga ¿Le molesto? Dígame si le estorbo. Le parecerá a usted que soy un hombre muy desordenado-añadió riendo y mirando el montón de hojas escritas esparcidas.

Hyoga le vio sonrojándose un poco.

-Creí que había salido con su amigo.

-Tenia un poco de trabajo que hacer, algunas notas que deseaba poner en limpio antes de que yo mismo no supiera lo que quería decir; tengo pésima letra. Me he cansado mucho esta semana, también, por lo que deseaba un día de descanso ¿Puedo estar aquí? ¿No le molesto?

Sus simpáticos ojos y la sumisión de su voz anudaron la garganta de Hyoga. Le hizo señas de que prosiguiera su labor y se sentó en el diván viendo interesado o que hacia.

-¿Es otra novela?-pregunto tímidamente, indicando el montón de manuscritos, que iba aumentando sin cesar.

Shun se volvió en su silla con un bolígrafo entre los dedos y sonrió mientras el rubio se acomodaba mejor en el diván.

-No, Hyoga. Algo mas serio esta vez. Es una historia de esta curiosa tribu de Ikki. Son distintos en muchas cosas de las personas corrientes. Ha sido una raza aparte durante generaciones. Tiene creencias y costumbres peculiarmente propias. Por ejemplo esta tribu adora en primer lugar a su jefe, después a sus famosos caballos y luego, en tercer lugar a los dioses.

-¿Ikki también?

Shun encogió los hombros.

-Cree en los dioses-dijo evasivo, volviendo a su labor.

Hyoga le estudio curiosamente mientras se inclinaba sobre el trabajo. Sonrió cuando pensó en el retrato mental que se había forjado del Vizconde Shun de Andrómeda antes de su llegada, que contrastaba con el hombre real que estaba ante su vista. Durante la semana que Shun estuvo en el campamento había captado su simpatía y su confianza por el suave encanto de sus modales. Supo cambiar una situación difícil con una delicadeza y encanto que atraían su gratitud. Le había evitado miles de humillaciones con una táctica tan natural como disimulada. Entre ellos existía el lazo del amor común que sentían ambos por este jefe misterioso de una tribu extraña, y se pregunto ¿Como se había originado una amistad tan extraña? Esta pregunta le intrigaba y medito sobre ello, extendido sobre el diván.

El Vizconde escribió rápidamente un rato y luego tiro el bolígrafo con una exclamación de alivio, recogió las hojas esparcidas por el suelo y las coloco en un montón ordenado sobre la mesa. Cuando volvió a la silla, contemplo la esbelta figura descansando en actitud graciosa e inconsciente de niño sobre los almohadones, y sintió que le embargaba una emoción rara. La rápida simpatía que le produjo el verlo desde el primer momento, había dado lugar a un sentimiento mas hondo que le emocionaba profundamente, y con el un deseo de protegerle, un anhelo de mediar entre el y el desastre irremediable que vendría inevitablemente.

Hyoga sintió su mirada sobre si y le miro a su vez.

-¿Acabo su trabajo?-dijo con una dulce sonrisa.

-Hice cuanto pude hacer de momento. Seiya debe descifrar el resto; tiene afición a los jeroglíficos- Y se echo a reír.

Hubo un momento de silencio durante el cual Hyoga estuvo meditando si decirle o no lo que pensaba en ese momento.

-He leído sus libros, Shun...todos los que Ikki tiene aquí-dijo por fin mirándole gravemente- Su novela me intereso-añadió sin dejar de mirarlo-Generalmente las novelas me aburren, los asuntos de que tratan no me interesan, pero esta me impresiono. Es extraordinaria, es maravilloso, pero... ¿Puede ser real?

Había hablado tranquilamente, con el candor que le era característico, sin pensar que felicitaba al autor por su obra maestra, sino explicando sus sensaciones, tal como las experimentaba.

Shun, se echo en el respaldo de su silla.

-¿En que puede ser...real?-pregunto

Hyoga le miro con fijeza

-¿Usted cree que existe realmente un hombre como el que ha descrito..., un hombre que fuera tan abnegado, tan poco egoísta, tan fiel, como su protagonista?

Shun miro a lo lejos y recogiendo el bolígrafo golpeo lentamente la carpeta, dibujando inconcientemente círculos y puntos. La duda en la voz de Hyoga y la pena que leía en sus ojos le dolían hondamente.

-¿Conoce usted a un hombre semejante, Shun, o es un ser imaginario?-persistió

El peliverde se tardo en contestar mientras seguía rayando la hoja.

-Conozco a un hombre que en ciertas circunstancias tiene ese carácter-dijo en voz baja.

Hyoga sonrió con amargura

-Entonces usted es más afortunado que yo. No soy muy viejo, pero en los últimos años he conocido muchas personas de todas las nacionalidades, y nunca he visto uno que, en cualquier grado, se parezca al protagonista de su libro. Usted ha sido más afortunado en sus amistades.

Shun se sonrojo y continúo mirando el bolígrafo entre sus dedos.

-Las personas hermosas, Hyoga-dijo con lentitud-Desgraciadamente provocan en algunos hombres todo lo que hay mas bajo y vil en su naturaleza. Ningún hombre sabe a que profundidad de infamia puede caer bajo la fuerza de una súbita tentación.

-Y la persona hermosa lo paga-exclamo Hyoga con vehemencia-Paga por la belleza con la que los dioses le maldijeron..., la belleza que esa misma persona odia, y paga hasta que la belleza se marchita.

Se interrumpió mordiéndose los labios. Movido por el sentimiento de simpatía que inconcientemente le influencio durante la pasada semana y que hizo desaparecer la propia reclusión que se impuso, su lengua se había desatado. Tenia miedo de la confianza que aquella amabilidad casi le pedía. Su orgullo le impedía aceptar la compasión que su soledad hacia nacer.

-Perdóneme-dijo fríamente-Mis ideas seguramente no le interesan

-Por el contrario usted me interesa profundamente-corrigió Shun rápidamente.

Hyoga noto el ligero tono en sus palabras y rió mas amargamente que antes.

-¡Por supuesto, que mejor que mi situación para darle material a sus novelas!

-¡Hyoga!-protesto Shun levantándose.

Hyoga fijo sus tristes ojos en él y extendió la mano con un gesto sincero de constricción.

-¡Oh perdóneme! No debí haber dicho eso. Usted no lo merece. Usted ha sido...amable y cariñoso conmigo. Debo estarle agradecido. Perdóneme, perdone mi rudeza. Debe ser el calor, que me pone muy irritable ¿No lo cree usted así?

Shun no quiso advertir la amargura que había en sus palabras y tomo esa delicada mano en la suya tan temblorosa

-Si usted me hace el honor de su amistad-dijo con una caballerosidad tan natural en él-Mi vida, toda mi vida, esta a su servicio.

Pero mientras le hablaba su voz cambio. El contacto de sus fríos dedos le produjo un estremecimiento que le domino por un instante.

Hyoga dejo que su mano descansara en la suya, y por un momento evito sus ojos, fijando los suyos con absoluta franqueza.

-Su ofrecimiento es demasiado precioso para desecharlo. Si usted fuese mi amigo, como lo es de Ikki...-dijo con vacilante acento, volviendo la cabeza al otro lado.

Al oír esas palabras, Shun apretó inconcientemente la mano que tenia en la suya. ¡El amigo de Ikki! Se dio cuenta que en aquellos momentos que había olvidado al peliazul, lo había olvidado todo, dominado por una intensa emoción que le hacia temblar, pues solo había atendido a la hermosura y el desamparo del rubio que estaba a su lado. Su cabeza vacilaba, su calma, su lealtad, sus primeros sentimientos de compasión desinteresada, habían producido una extrema agitación que conmovía todo su ser y amenazaba dominarle por completo. Su corazón latía furiosamente y apretaba los dientes, luchando por recuperar su habitual sangre fría. El temperamento emocional que Hyoga adivino en él al leer su novela, apareció claramente, derrumbando la rígida represión de muchos años. La sangre latía desordenadamente en sus sienes mientras se esforzaba en dominarse para aquietar la locura que se había apoderado de él.

Cerró los ojos ante la sorpresa de la revelación del Amor y los abrió para fijarlos perplejo en Hyoga, casi temeroso, aprisionando la mano del joven con más fuerza dentro de la suya e inclinándose ante él, atraído por el veneno irresistible de su proximidad. Le vio a través de una neblina que iba aclarándose gradualmente: vio que Hyoga ignoraba la emoción que le había producido, y conciente solo de su simpatía había abandonado su mano en la suya como lo hubiera hecho con un hermano.

Mientras tanto Hyoga miraba otro lado, pero Shun pudo ver claramente como una brillante lágrima caía. Hyoga lo había olvidado, había olvidado que no estaba solo, preso del pensamiento predominante que llenaba su mente.

Shun con un intenso esfuerzo, pudo al fin dominarse. De cualquier modo debía reprimir su momentánea locura de amor. Su lealtad, que estuvo dudando por un momento, volvió a su lugar y un asco de si mismo se apodero de él. Estuvo a punto de traicionar al hombre que durante tantos años ocupo en su afecto el lugar de un hermano mayor. Hyoga pertenecía a su amigo, y ahora no tenía siquiera el derecho de preguntar respecto a la posesión de Hyoga por Ikki. La herida se curaría, aunque quedase abierta, pero era bastante fuerte para ocultar su existencia, hasta a los celosos ojos que le vigilaron sin cesar desde su pasada demostración la noche de su llegada. Diariamente se daba cuenta de ello. Aquella misma mañana Ikki hizo esfuerzos para inducirle a acompañarle en la expedición que le obligaba a salir tan temprano. Seguro ahora de si mismo llevo a sus labios la mano de Hyoga, pero le beso con tal reverencia que se demostró palpablemente a si mismo que había renunciado a sus deseos. Le soltó con gentileza, se volvió exhalando un suspiro y sintiendo pesar por la tentación irresistible que de Hyoga se desprendía, se aparto del rubio al mismo tiempo que Seiya entraba rápidamente.

-¡Señor vizconde! ¡Ha ocurrido un accidente!

Lanzando un grito que Shun nunca olvidaría, Hyoga se levanto, con el rostro pálido, mientras sus labios murmuraban la palabra "Ikki". Todo él temblaba y el peliverde le rodeo instintivamente con su brazo. Hyoga se agarro de él, aunque Shun se dio cuenta con amarga certeza que le hubiera servido lo mismo una silla o una mesa.

-¿Que sucedió Seiya?-pregunto rudamente, con un ligero movimiento, interponiéndose entre Hyoga el castaño.

-Uno de los hombres, señor vizconde. Su escopeta se disparo hiriéndole la mano.

Shun le señalo la puerta con un ademán y presto de nuevo toda su atención al estado de Hyoga. Este se echo en el diván apoyando su brazo encima de su rostro.

-Perdóneme-murmuro con voz ahogada-Soy muy estupido, pero el caballo que montaba hoy es "Arles", y cuando sale con él estoy nervioso. Haga el favor de dejarme un momento solo. Es cosa de un minuto.

El vizconde salio sin decir palabra. Hyoga permaneció inmóvil hasta sobreponerse a la excitación nerviosa que se había apoderado de él. Se paso las manos por los ojos con un suspiro de alivio y salio a la brillante luz del sol.

El clamor de voces excitadas le guiaron cerca de la escena del accidente y el gentío le abrió paso. El herido estaba sentado y mantenía la mano levantada estoicamente para que Shun la examinara, con una expresión de apacible interés en su rostro.

-¡Lo siento mucho Aldebarán!-lloriqueaba Kiki, mientras veía como la mano del novio de su hermano sangraba-¡Todo es mi culpa! ¡Cuando vuelva Mu me va a odiar!

-Ya cálmate Kiki-contesto el moreno, mientras con su mano sana agitaba el cabello rojo del niño-Solo prométeme que nunca mas tocaras las armas. Son muy peligrosas, no juguetes. Y por Mu no te preocupes, cuando regrese de la expedición, entre los dos le explicaremos que fue un accidente-termino sonriendo

Kiki levanto su mojado rostro y le mostró una tímida sonrisa y sus lindos ojos agradecidos.

A Hyoga le gusto la escena tan tierna a pesar de las circunstancias. Shun al notar su presencia levanto sus ojos hasta los del rubio.

-No es un espectáculo agradable-le dijo.

-No me importa, déjeme ayudarle-contesto él mientras tranquilamente comenzaba limpiar la sangre.

Shun le dirigió otra mirada, extrañándose de su voz firme y tono natural, cuando vino a su memoria el pálido niño que tan tembloroso estaba cinco minutos antes. Fuera de la presencia de Ikki de Fénix recobraba el valor que siempre tuvo; solamente cuando algo se relacionaba con el peliazul surgía el nuevo Hyoga con la cobarde ansiedad que da el amor.

Hyoga contemplo con interés, la destreza del vizconde, había tal precisión en sus movimientos que Hyoga le pregunto:

-¿Usted es medico?

-Si-dijo el sin apartar la vista de su tarea-Estudie de joven y pase todos los exámenes necesarios. Es indispensable cuando uno viaja, como lo hago yo. Lo he reconocido como algo inapreciable.

Shun termino de arreglar los vendajes y se levanto secando el sudor de su frente.

-¿Estaré bien ahora?-pregunto Aldebarán mientras movía un poco su mano lastimada.

-Espero que si-respondió el vizconde-Por poco pierdes el pulgar, pero creo que lo salvamos. Es una suerte que estés en tan buena condición, que creo que no habrá nada que temer.

Aldebarán le sonrió agradecido al igual que Kiki, porque no quería pensar en lo que hubiera sucedido si algo tan terrible pasaba.

-Voy a dar un paseo a caballo-dijo Hyoga mirándolo-Es algo tarde, pero todavía hay tiempo ¿Quiere venir?

Era una tentación, en verdad un tentación grande, pero la prudencia venció.

-Me gustaría ir, pero tengo que hacerle algunos análisis a Aldebarán-dijo aprovechando la excusa que se le ofrecía.

Hyoga sonrió con entendimiento y se alejo para montar el caballo que ya le esperaba junto a Shyru.

-Si tardo, no me espere. Dígale a Seiya que le sirva la comida-Le dijo Hyoga después de montar a "Pegaso" que ya brincaba listo para correr.

Shun le miro alejarse, con Shyru que le seguía un poco detrás y un sequito de seis hombres, que el Fénix había insistido últimamente en que llevasen consigo.

-¿Por qué de entre todas las personas, tuviste que ser tú de quien me enamorara Hyoga?-susurro Shun con tristeza.