Si algún día decides volver
.
Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia. Contiene escenas sexuales +18 y lenguaje subido de tono. No apto para personas sensibles.
Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos. La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.
Recomiendo Bullet Proof… I Wish I Was de Radiohead y Not Like The Movies de Katy Perry.
Nota del autor: También recomiendo escuchar las canciones que salen en el capítulo, para que así entren en el ambiente de la fiesta y los sucesos que hay en él.
¡A disfrutar!
.
XX
.
Isabella POV
Se ha quedado mudo, incapaz de pronunciar siquiera una vocal ininteligible.
—¿Así que de esto se trata todo? —inquiero, dando una sonrisa medio ácida, mirándolo de repente con los ojos escrutados.
Él ahora no me mira, solo se fija en el suelo. Odio que no sea capaz de mirarme cuando le hablo, sobre todo ahora que estoy siendo totalmente seria.
De pronto mis ojos han acumulado lágrimas, no me doy cuenta cuando, sin querer, pestañeo y una de ellas cae por mi mejilla. Me la quito con el dorso de mi mano, sorbiendo por mi nariz lo más rápido posible.
—¡No, no me toques! —le grito cuando él intenta ayudarme a quitarme las lágrimas—. ¡Respóndeme! —gimo—. ¿Así será siempre?
—Bella, yo…
—¿Me tocarás solo cuando ella no esté mirándonos? ¿Evitarás llamarme cuando ella, tan jodidamente inteligente, te persiga día y noche? —gruño, con los dientes tan apretados.
Edward tensa la mandíbula, estrechando sus ojos ante mi mirada demandante.
—Bien —susurro, mirando hasta mis tacones negros—. Vete al diablo.
Las últimas frases salen gruesas de mi garganta, cargadas de amargura y desolación. No puedo evitarlo, un sollozo agrio sale de mi boca cuando menos me lo espero. Me desespero y doy la vuelta para introducirme a la masa que baila alegremente al ritmo de Abba. Sin embargo, es Jessica quien se ha puesto delante de mí, mirándome con curiosidad.
No soy capaz de quedarme, menos con su insistente persecución adonde quiera que vaya su novio. Me cruzo, sin pedir permiso y me meto entre el gentío. Antes de que pueda ir más allá, alguien me agarra del brazo, girándome para mirarme.
—Jasper —exclamo, asustada.
—¿Qué te ha sucedido? —me pregunta, pasando una mano por mi rostro, quitando las lágrimas.
Niego, incapaz de hablar. No sé qué decirle sin sacar a Edward a la conversación.
—¿Quieres ir a sentarte? No es bueno que te mezcles en el bucle humano —me dice, pasando su brazo por mis hombros.
Me siento bien con el leve cariño de Jasper, algo apoyada, supongo.
Nos acercamos a la mesa, donde Alice bebe una copa de champan. Se ve tan radiante con el bob cut y su característica pluma en la cabeza. Está distraída mirando hacia los demás, pero cuando se gira para mirarme a mí, abre los ojos y se levanta para venir hasta mí. Pero no hace falta, Jasper me ayuda a sentarme en la silla más próxima, da unas palmaditas en mi espalda y se va.
—Oh no, Bella, tranquila —me dice, acercándose a mí.
Me está viendo llorar, muda, sin hacer ruido. Es increíble cómo caen las lágrimas sin siquiera hacer el menor gesto. Estoy vacía.
—Es un patán —gruño.
—Dale un respiro, sabes que no es fácil con la novia al lado —me susurra, tocándome el cabello.
—¿Darle un respiro? ¡Alice! Es ella quien no le da un respiro —exclamo entre lagrimones—. No fue capaz de darme una sola explicación de por qué es así conmigo. —Me abrumo y me dejo caer en el mesa, con mis manos entre mis cabellos—. Ni siquiera me dejó beber del Martini.
Suspira y acerca su silla hasta mi lado para enredar sus brazos conmigo. Aunque de nada sirve, simplemente no puedo evitar la cólera.
—¿No será mejor que le digas lo que sientes? Estás celosa, Bella, ¡es natural! Lo amas, ¿cómo es posible ocultar algo que deberías gritar a los cuatro vientos?
Me encojo de hombros, pues no sé qué decirle.
—Nena, los celos hacen mucho daño —susurra, pasando su mano por mi cabello.
—Soy cobarde, Alice —digo—. Esa es la única razón por la cual no soy capaz de decirle lo que siento por él.
Oímos un carraspeo proveniente de Jasper, que nos hace darnos cuenta de que se acercan los demás. El rubio, un claro confidente de mis sucesos, me hace un gesto con los dedos: que me quite las lágrimas de las mejillas. Lo hago, muy rápido, aunque sé que se notará.
William frunce el ceño cuando me observa, pero se calla; sé que pronto me preguntará qué me ha sucedido. Sin embargo, Jessica no puede ocultar la curiosidad de mi profunda tristeza, mira a Edward y le susurra algo al oído.
—Me gustaría que nos sentemos, para así esperar a que nos sirvan nuestros platos —nos dice William, palpando sus manos a un ritmo constante.
Se siente una tensión horrible en el ambiente y yo no puedo sentirme más fuera de lugar. Sé que no soy la única que piensa lo mismo, ya que todos parecen mirarse los dedos, incómodos, sin saber qué decir.
Pero Alice es tan brillante que no tarda en alegrar…los. No soy capaz de sonreír a menudo, menos ahora que no tengo con qué. Acaban hablando de la fama, del cine y de Hollywood en general. Jasper se muestra curioso por su vida, por lo que hace y cómo logró entrar a ese mundillo.
—Fue gracias a Bella —dice, mirándome. Me obligo a sonreír para que los demás piensen que estoy igualmente feliz de compartir anécdotas con ellos—. Ella fue generosa en invitarme a esta aventura.
Frunzo los labios, recordando aquellos momentos. No podía dejarla en su mísero mundo, yo le inculqué una ambición que no había dentro de mí. No quería que acabara en un lugar tan pestilente como ese burdel.
—¿Y cómo le hiciste tú, Bella? Está claro que diste en el clavo. Ahora eres una talentosa actriz de cine —dice Jessica, dirigiendo la atención hasta ella.
—Bueno… —murmuro—. Las oportunidades se van dando una vez que buscas la forma de cumplir tus sueños. —Me encojo de hombros—. Debo decir que no es fácil, sobre todo cuando el estereotipo de mujer perfecta es buscado constantemente para proporcionarlo en la gran pantalla. Y bueno, no tengo lo que tantas tienen. Me falta mucho carisma, mucha sensualidad.
—Pero, Bella, ¡tú estás perfecta! —exclama William, tomando una mis manos para besar el dorso de ésta.
Le sonrío por el cumplido.
Al cabo de unos minutos ya casi todos se han comido la mitad de la entrada de verduras que nos han servido. Yo apenas he tocado la zanahoria; la verdad es que no tengo hambre. Y no soy la única, Edward se lleva uno que otro bocado a la boca sin disfrutar del suculento plato.
—¿Qué les sucede a ambos? —inquiere Jessica con un dejo de buen humor—. ¡Ya veo por qué son tan amigos! Hasta para no tener apetito se parecen.
Hago un mohín por su comentario, ignorando por completo la frase.
—¿Te sientes bien? —me pregunta William, sobando mi espalda.
—Solo estoy un poco cansada, ya sabes, muy pronto tengo que soportar a James con sus indicaciones. —Suspiro—. No es nada importante.
—¿Quién es James? —Jasper salta con una inquisición inocente muy propia de él.
Me saca una sonrisa.
—Mi representante —digo—. Y bueno, también el de Alice, pero ella tiende a ser un poco rebelde ante sus indicaciones —profiero, dándole una mirada a mi amiga. Ella levanta las cejas.
Deja los cubiertos sobre el plato y cruza ambos brazos, apoyándose en la mesa.
—Es un tonto —exclama—. No me gusta que lleven el control sobre mi vida. Bella tiende a ser un poco más paciente con sus palabras.
—Debo agradecerle el que haya confiado en mí —susurro—. A pesar de todo él me ayudó a entrar a ese teatro.
Edward está callado mirándome detenidamente. Yo le sigo, pero al rato no puedo seguir, sus ojos tienden a intimidarme de una forma que no es correcta, sobre todo en la mesa, junto a su novia.
Retiran mi plato casi exactamente de la misma forma en la que llegó: intacto. Ponen delante de mí un plato tan elaborado que da pena siquiera tocarlo. Carne de res rebosado en especias, salsa de almendras y… algo que no sé qué es.
—Caviar —me susurra William al oído—. Te gustará.
—Oh.
No parece suculento. ¿Cómo puede gustarme un puñado de huevecillos negros?
—Vamos, Bella, no has comido nada —gime Alice, dándome un codazo tan notorio, que todos se giran a observarnos—. ¡Por eso estás tan flaca!
—De verdad no tengo hambre —digo, encogiéndome en mi asiento.
Doy un intento por llevarme un pedazo de carne a la boca, mastico un poco y trago. Bebo algo de vino y así me quedo por otros minutos, oyendo las conversaciones que se van tornando más y más personales. ¿Soy la única que no se siente cómoda? No, claro. Edward está peor que yo.
No sé si es por lo que sucedió hace una hora o simplemente porque tampoco es muy sociable.
—En Forks ha sido bastante fácil adaptarme. Me gusta mucho ese lugar. No acostumbro a sentirme tan feliz en lugares que no conozco, si hasta hace poco mi único hogar era L.A. —dice Alice.
—Forks es precioso. ¡Tienes que conocer el lago! ¿Cierto que es hermoso, cariño? —Jessica se dirige hasta su novio, quién le da una sonrisa nerviosa—. ¿Lo conoces Bella? Te encantará ir.
Aprieto mi mandíbula discretamente, al mismo tiempo que todos los ojos se depositan en mí.
—Por supuesto que lo conozco, Jessica —musito tranquilamente en mi posición.
Ésta vez, con toda valentía, miro a Edward, quien parece envuelto en sus recuerdos, los mismos que los míos.
"Sentía el césped en mi espalda desnuda, la suavidad de la húmeda textura. Era blando, terso. Sonreí de pronto, sonreí a pesar de sus besos que me comían el alma enteramente. Él paró, me miró y se dedicó a analizar lo sucedido. Sonrió también.
Su iris estaba derretido, lo veía caliente, bajo una temperatura constantemente ardiente. La miel de sus ojos me endulzaba con tan solo mirarme, no sé por qué no me había dado cuenta de aquello.
El cabello de Edward estaba mojado contra su frente, al igual que el mío, que se pegaba a mi cuello.
—¿Te he hecho daño? —preguntó, frunciendo las cejas en un gesto lastimero.
—Claro que no —susurro, pasando mis dedos en su pecho.
—Siento mucho si te ha dolido yo…
Reí. Reí porque aquel dolor me hacía sentir tan viva, tan… inmensamente completa.
—Abrázame —le pedí—, por favor.
Edward pestañeó y no tardó en enredar sus brazos en mi cuerpo. Su calor me hizo suspirar, sobre todo porque nunca había sentido algo igual en mi vida. Giró, de tal manera que su espalda dio contra el césped y yo, mordiéndome el labio inferior, deposité mi cabeza muy cerca de su cuello.
—No sientas algo que me ha hecho tan feliz —le susurré, pasando una pierna entre las suyas, apretándome aún más a su ser entero—. ¿Estás feliz también?
Miró hacia abajo, encontrándose con mis ojos. Su mirada lo decía todo.
—Felicidad es una palabra muy pequeña.
Daba pequeñas caricias en mi cabello, mientras seguíamos mirándonos como si nada sucediera."
—Edward me lo enseñó hace más de trece años —afirmo—. Me sorprende que él te haya llevado.
Miro al cobrizo, quien escruta sus ojos, intentando ser intimidante. Jessica carraspea y cruza sus dedos entre sí. Creo que se me pasó la mano, no quería sonar tan directa.
—No te preocupes. Las cosas entre ambos están resultando mejor de lo que crees. —Me guiña un ojo con diversión—. Hace poco estábamos hablando de muchas cosas para nuestro futuro —susurra, mirándolo ésta vez con todo el amor en sus ojos.
Me limpio los labios con la servilleta de tela, color crema, a falta de otra cosa. Doy una rápida mirada hasta Alice, quien ha levantado las cejas en modo de sorpresa.
—¿Cómo qué… cosas? —inquiere sin pelos en la lengua.
—No creo que sea bueno hablar de esas cosas aquí en la mesa…
—Queremos casarnos —interfiere ella, con un júbilo sorprendentemente irritable.
Dentro de mí crece un espiral de sensaciones que nunca había sentido. Miedo, dolor, un ardiente tumulto de odio. Y lo peor: desesperación.
—Oh, bueno. Yo se lo he planteado el día de ayer y ha estado de acuerdo con que sería un buen paso.
Los ojos se humedecen, pero yo contengo las lágrimas para no quedar en ridículo.
Todos y todo a mi alrededor ha dejado de existir. Parece que cada palabra que suena en el gigante lugar no son más que susurros ininteligibles en un acopio de oscuridades profundas. En mi cabeza solo suenan las palabras de Jessica, "lo que quieren para su futuro".
Pero por una extraña razón no me duele tanto. Saber que eso es lo que quiere para su futuro me tranquiliza, porque yo soy feliz si él lo es. Duele, claro. Duele porque lo quiero para mí, es lógico.
No imagino amarlo más de lo que ya lo hago. Amarlo aún más es ilógico, porque mi corazón simplemente estallaría.
—Tengo que ir al tocador —susurro—. Con permiso.
Levanto mi vestido para no tropezar y salgo de esa mesa.
—Deja de llorar, deja de llorar —me digo, dando paso por paso en el oscuro lugar.
Soy incapaz de parar y no sé por qué. Quizá es esa amargura que tengo en el pecho, el hecho de que me siento prisionera de un sentimiento que no puedo aprovechar. No lo sé. Son lágrimas mezcladas de furia, de desesperación. Edward no fue capaz de decirme algo, solo murmullos y esa jodida forma de mirarme que me enloquece, Jessica ha dicho que quiere casarse con él, ambos se aman y yo solo estorbo en esa relación.
No puedo engañarme a mí misma; cómo me gustaría estar en su lugar.
Me quito el cabello del rostro y salgo hasta la terraza, donde no hay más que unos cuantos hombres de cuarenta y pico. El viento afuera es helado, pero por una extraña razón solo siento un calor que se propaga por cada vena de mi cuerpo.
Miro hacia el cielo, donde se ve una amplia cantidad de estrellas en diferentes posiciones. Más allá está la luna, clara y grande. Me siento en la escalera de la desolada pista de baile, ensuciando el caro vestido; no me importa. Insisto en mirar hacia las estrellas, mientras lloro en mi burbuja. De vez en cuando se me escapan sollozos y gimoteos tan fuertes, pero nadie viene hasta mí simplemente porque no tienen por qué.
Escapo entre recuerdos agradables, otros amargos, otros que simplemente no debería recordar. Son tantos, y en cada uno está implicado él, Edward. Los minutos se hacen tan largos. Voy contando cada segundo que pasa, mirando hasta el gran reloj que tengo enfrente, de espalda a la pared de ladrillos. Ya se han ido cuarenta y cinco minutos llorando, acurrucada en mi espacio, en la escalera de la pista que nadie está utilizando.
Hago un hueco entre mis brazos y ahí escondo mi rostro para evitar seguir dando lástima. Deja de llorar, deja de llorar, me repito internamente, pero no da resultado, ¡nada da resultado! Apego mi cabeza en el fierro largo de la pista de baile y ahí descanso con los ojos cerrados. Hago un mohín, nuevamente dejando caer mis lágrimas. Es increíble lo difícil que se me hace parar.
Si él es feliz tú también debes serlo, si él feliz tú también debes serlo…
Siento un dedo que acaricia mi mejilla, quitando mi llanto del rostro. Abro los ojos de inmediato, encontrándome con él. Su sola presencia no provoca más que otro nudo en mi garganta, dejándome escapar un gimoteo largo y fuerte.
Edward se agacha delante de mí, me mira, pone ambas manos en mi rostro y ahí se queda por un largo minuto, mientras yo sigo derramando la tristeza que tengo pegada a mi pecho.
Se me hace tan difícil mirarlo, quizá por vergüenza, por miedo a que me vea tan débil, pero bajo mi vista hasta mis manos, que tiritan con fuerza.
Aproxima unos dedos hasta mi barbilla para elevar mi rostro otra vez y ahí se acerca para besar mi frente. Cierro mis ojos ante el contacto de sus labios contra mi piel, que arde. Me atrevo a mirar, solo un poco, mientras siento su respiración a solo centímetros de la mía. Sus ojos de color miel están brillantes, aguados; quiere llorar, como yo. Traga, la manzana de su garganta se mueve.
—No llores —susurra—, por favor —consigue decir.
Con todo el aliento necesario, acerco mi mejilla a su pecho y me cobijo en la suavidad de su abrazo. Ya tengo los ojos cerrados, disfrutando de mi lugar favorito en el mundo entero. Él me cobija y besa mi cabello por unos segundos, para luego apretarme contra él como si la vida se le fuese en ello.
—Lamento ser un idiota —murmura—, pero todo esto me estaba matando, ya sabes, a veces simplemente no sé qué decirte.
—Creí que era importante para ti —digo, mordiendo mi labio inferior.
Me separa de su pecho, me toma de ambos hombros y me mira.
—No vuelvas a decir eso —dice tajante—. Sabes cuánto me importas.
—¿Por qué con ella eres tan diferente? No estamos haciendo nada malo, solo… —No sé cómo acabar la oración, me pierdo en su iris—. Edward, sabes que te necesito.
—Lo sé, Bella, lo sé —susurra, apenado, con la garganta apretada—. Lo que dijo Jessica no tiene sentido, solo eran conversaciones al aire, nada que fuese a suceder.
Entiende lo que más me ha dolido: la confesión de Jessica. No quiero que se sienta obligado a explicarme algo que es suyo, de nadie más. Solo soy una amiga.
—No tienes que explicármelo, Edward —exclamo, separándome completamente de él—. Si fue una conversación al aire o si es serio a mí me da igual, sabes que te apoyaré en lo que quieras. Yo…
No puedo seguir, porque simplemente estallo en un llanto que desconozco de mí. Estoy desesperada por decirle que realmente lo quiero.
—Bella… —suspira, llevando sus manos a mi rostro para limpiarlo—. No quería que esto acabara así. Cuando te fuiste tenía tantas cosas por decirte y hoy… justo hoy…
—No te sientas obligado a hacer algo que no quieres, el pasado es el pasado y ambos sabemos que diez años es demasiado para intentarlo —le digo, quitándole las manos de mi rostro.
Me mira, mientras deja caer las manos a los lados. Inclina las cejas, se lamenta. Yo aún intento callar los sollozos que salen de mi garganta.
Me levanto de la escalera y paso a su lado, sin detenerme a mirarlo. No puedo seguir; creo que debo irme.
Pero antes de que pueda dar otro paso más, él me dice algo que me mantiene pegada al suelo.
—Solo di algo y no te dejaré ir nunca más.
Trago.
—Cualquier cosa.
Me giro, lo veo abrirme los brazos y yo corro hasta él para cubrirme de su aroma, de su calor y de su amor.
—Te quiero, Edward —susurro—. Mientras tú seas feliz yo también lo seré. Eres mi mejor amigo.
Nunca se lo había dicho. Nunca.
Me sonríe, pasando sus dedos en mi mejilla.
—Yo también te quiero, Bella. De muchas maneras te quiero —completa—. Y sabes que suceda lo que suceda entre nosotros yo te seguiré queriendo.
Pongo mis brazos alrededor de su cuello y ahí me quedo por un largo rato. Suspiro y me relajo, al fin con su compañía.
—Deberíamos entrar. Todos están muy preocupados por ti —me dice cerca del oído.
Siento unas cosquillas en todo mi cuerpo.
—Siento ser tan efusiva contigo.
Me separo con algo de timidez. Lo miro y él me vuelve a sonreír. Acaricio su barbilla, su mejilla y parte de su quijada; está áspera, masculina, deseable. Agradezco a Dios por mantenerlo tan vivo y sano, tan adulto y gentil, como siempre.
—¿Por qué me miras así?
—Creí que nunca volvería a verte —le digo con sinceridad, frunciendo el ceño de paso.
Realmente nunca creí que podría volver a verlo.
Pone un dedo entre mis cejas para suavizar mi gesto. Besa mi mejilla con pasión y me pasa un brazo sobre los hombros. Sí, está en plan de amigos. Suspiro sin poder evitarlo, la sola idea me decepciona y no tengo por qué.
—¿A qué viene eso? —inquiere mientras pasamos hacia la zona donde bailan todos al ritmo de Queen.
—Solo… —Bufo—. Nada, Edward.
Miro el reloj por última vez. Solo cuarenta minutos más y ya es año nuevo. Edward mira a Jessica y le hace un gesto, ella se acerca a mí y me da un apretado abrazo que me descoloca.
—Sea lo que sea que te tenga así, lo siento mucho.
—No es nada —le digo.
Me pasa los pulgares por debajo de los ojos, quitándome algo.
—Maquillaje —me aclara—. Ya está.
Alice está bebiendo en la barra. Necesito beber ahora. Camino hasta ella y me siento a su lado, le pido al chico que me dé una copa, lo que sea.
—Bien, Bella, hoy no lucharé por tu adicción —me susurra muy cerca del oído para que yo pueda escuchar.
Ruedo los ojos, quitándole el peso al asunto.
—No es una adicción, Alice, es solo una copa —gimo, exasperada.
—Tienes a favor el hecho de que Edward esté con ella. No te preocupes, yo ya estaría borracha —vuelve a susurrarme—. Aunque claro, tienes a tu mejor amiga planeando la salida a tan tortuosa noche —exclama, se para y se va.
Me quedo por varios minutos pensando en lo que ha dicho. ¿Planeando qué? Oh no, no… Alice…
Me bebo la primera copa de un licor bastante suave y dulce. No sé qué es. Pongo ambas manos en mi mentón y me quedo mirando hacia la nada, repasando lo sucedido en estas horas. Ha sido francamente espeluznante y vergonzoso. Sin embargo sonrío por la plenitud que siento. Francamente, el mero hecho de estar con él me eriza los vellos del cuerpo.
—Hola —me susurra, provocando que su respiración chocase con mi cuello.
Doy un ligero salto, envuelta en el placer que solo su voz provoca en mí.
—Hola —respondo algo soberbia, emitiendo una sonrisa boba. No me giro aún.
—Eres la comidilla de todos en esta fiesta.
Levanto una ceja y doy un ligero movimiento con mi cabeza.
—¿Estás seguro de eso? —inquiero, presa del placer que siento al tenerlo detrás, respirando contra la piel de mi nuca y cuello.
Siento su risa. Mi corazón vibra.
—Estás preciosa hoy. Y eres Isabella Swan. ¿Por qué no estar seguro?
Tomo mi segunda copa medio llena y me doy la vuelta, encontrándome con sus ojos de color miel. Tiene una media sonrisa en sus labios, con una comisura elevada.
—Supongo que me convidarás de eso —me dice—. ¡Hey! Lo mismo que la señorita —le pide al hombre detrás de la barra.
Edward tiene una tolerancia al alcohol impresionante, ha bebido tres copas y sigue tan fuerte como siempre. No sucede lo mismo conmigo; ya estoy mareada y voy por la segunda y media.
No veo a los demás y lo agradezco, no quiero que interrumpan mi momento junto a él.
—¿Por qué estás tan sonriente? —le pregunto, escrutando mis ojos.
—Cuando estás tan alegre provocas ese efecto en mí —dice.
El chico le entrega otra copa y Edward se la pone en los labios, pero no bebe. Me mira por un largo rato y yo, avergonzada, quito mis ojos de él.
—Sigues siendo tan hermosa —murmura—. Ven a bailar conmigo —exclama, tendiéndome su mano.
La miro, algo insegura. ¿Y Jessica…?
—Es Elvis. Sabes que será divertido.
Sí, Elvis Presley. Por Dios, es "It's Now or Never", la canción más romántica que puedes poner en un lugar como este.
—Es ahora o nunca —repite en mi oído y luego besa mi mejilla.
Ruedo los ojos y tomo su mano. No puedo negar que la sonrisa se ha enanchado. Edward está más osado y sé que es culpa del alcohol. Me ha agarrado sutilmente la cintura y yo, sin saber qué hacer, he puesto mis manos en su pecho.
—¿Por qué no me llamaste? —interrogo de pronto, envuelta en tantas preguntas como hipótesis.
Edward suspira.
—Jessica ha estado bastante efusiva y… Bella, no puedo negarle mi atención, necesita de mí y de mi compañía. No tiene a nadie y papá la adora como a su propia hija. Debes entenderme —susurra mientras damos vueltas en la pista de baile—. ¿Por qué no me llamaste tú?
Doy una pequeña risita sardónica.
—Temía que tu padre fuese a contestarme —le digo con sinceridad—. Sabes que me intimida.
Asiente, algo tenso.
—Lamento todo esto, de verdad —me dice y acerca mi cuerpo al suyo con un solo apretón de caderas.
Dios, Edward, no hagas eso. Me pongo rígida, mirando hacia el suelo a falta de otra cosa.
Damos un par de vueltas en la pista con los demás, mientras Elvis le pide a su amada que sea suya esa noche. De vez en cuando nos miramos y sonreímos, recordando la belleza de nuestro contacto.
Es ahora o nunca, mi amor no esperará más…
—¿Por qué has venido? Sé que no te gusta William, por eso es que no entiendo por qué es que aceptaste pasar toda una velada con él —le comento, rompiendo el silencio de nosotros dos.
Me hace un mohín pícaro, uno muy gracioso. No puedo evitar sonreír y dar un par de carcajadas.
—Para pasar más tiempo contigo —me susurra, masajeando mi espalda baja.
—¿Sabiendo que estaba muy enojada contigo?
Frunce el ceño con los labios elevados, pensando.
—No había estimado que estabas "tan" enojada, pero sí, sabiendo aún que estabas "muy" enojada conmigo.
Muevo mi cabeza negativamente.
—Pareces cansada —me comenta, acariciando mi mejilla.
Me ruborizo al sentir sus dedos sobre mi piel, la delicadeza con la que los pasa por mi rostro. Como a una flor… Como un pintor a su lienzo.
—No ha sido el mejor día de mi vida —susurro, avergonzada.
—Las lágrimas son la forma de liberación más hermosa que un ser humano puede tener. Sin embargo, cansa, como si hubieses corrido cinco cuadras seguidas.
Nuestro baile va en automático, balanceándonos mutuamente en el suelo y la música que ya acaba.
—Estoy acostumbrada a llorar —digo—, pero no me había percatado de lo terrible que era verte tan feliz con ella —confieso.
Sus ojos se oscurecen, sus cejas se encorvan con lástima y su agarre en mi cintura se ha hecho más fuerte, más pasional.
—¿Crees que estoy feliz? —me pregunta con suma seriedad.
—Sí —contesto fugazmente, sin plantearme en realidad lo que me acaba de preguntar.
Bufa y me abraza con un cariño tan palpable, tan mágico, que solo me provoca ganas de llorar. Lo huelo y sonrío, tan alegre de poder tocarlo, de tenerlo para mí por unos minutos. Me doy cuenta de que soy afortunada, porque está tan sano y fuerte que ni yo puedo creérmelo.
—La primera vez que me sentí feliz fue hace unos días, Bella, cuando te vi en ese hospital —me dice, acariciando mi cabello—. Habían pasado diez largos años donde no había todas estas sensaciones que tengo en el cuerpo. Es como volver a nacer.
Oh Dios, las mariposas.
La música cambia de pronto a Queen, una guitarra rápida y alegre: Crazy Little Things Called Love. Freddie Mercury nos invita a movernos.
—¡Vamos a divertirnos como en los viejos tiempos! —exclama Edward, tomando mi mano derecha.
Me lleva hasta la barra otra vez y le pide al chico de los tragos dos especiales para ambos. No pasan ni veinte segundos cuando ya estamos con 150 ml de licor dulce. Siento que mis piernas tienen vida propia.
—¡Hoy olvidaremos todo! —vuelve a exclamar para que lo oiga.
Nos encontramos saltando y girando en un minuto más. Edward toma ambas manos, me mueve y me atrae hasta él con una mirada tan sensual, que me provoca entera. Doy un par de gritos y risotadas cuando él me susurra algunos versos muy cerca del cuello.
Decir que lo estoy pasando bomba es quedarse corto.
Estoy sudando y él también. Se ve tan contento, como cuando éramos unos jóvenes. La batería da su pequeño solo y nosotros volvemos a saltar. Mercury nos repite una y otra vez que las pequeñas cosas se llaman "amor". Cuando todo termina, Edward ha pegado su frente a la mía, respirando con complejidad.
—Años que esto no sucedía —le digo.
Siento estasis en las mejillas, un bombeo en mi pecho. Estoy atragantada con mi propio aire. Diablos, ha sido magnífico.
Entendemos que esto debe parar, ya ha sido demasiado. Nos separamos y caminamos hasta las mesas, donde Jessica ya no parece tan feliz como antes. Alice y Jasper están riendo juntos, mientras ella le da de comer en la boca. William está bebiéndose un whisky. Cuando nos ven, su rostro pasa de la furia a la tranquilidad. Frunzo el ceño.
—¿En dónde estaban? —nos pregunta Jessica, levantándose de golpe.
Miro a Edward, quien con un leve gesto me afirma que todo estará bien.
—Bella quería tomar un poco de aire y yo la acompañé, eso es todo —dice—. ¿Algún problema con eso?
Ella se lo piensa muy bien antes de contestar.
—No.
Nos enfrascamos en un silencio incómodo, hostil y desagradable. Pero Alice se levanta también con una alegría poco normal en su rostro.
—Sería fenomenal si vamos a bailar, aún queda mucho por divertirse —exclama.
Le da un codazo a Jasper, quien da un ligero salto.
—Edward, primo, ¿me prestas a tu novia para bailar? —dice él de pronto, acercándose a nosotros.
El cobrizo me mira, sus ojos brillan. Sonríe y asiente.
—A Jessica —susurra el rubio, acongojado y avergonzado.
—Sí, claro —dice algo distraído.
Me ruborizo como un tomate. El lugar está oscuro, pero sé que se nota aunque estuviésemos en las tinieblas del demonio.
—¡Oh por Dios! ¡Es Fleetwood Mac! —grita Alice, tomando a William de la mano—. ¡Vamos a bailar!
Él me da una ligera mirada cuando se va con mi mejor amiga, mientras suena la canción "Say you love me", una de sus favoritas. Jessica tiene los ojos escrutados contra nosotros, así que me separo unos centímetros de ellos. Jasper me sujeta cuando doy un traspié, y un mareo revoluciona a mi cuerpo entero.
—¿Estás bien? —me pregunta en un susurro casi ininteligible.
—Sí, solo he bebido de más —le digo.
—¿Estás borracho, Edward? —inquiere Jessica, mirándolo con atención.
Él sonríe y abre los ojos exageradamente.
—¡Estoy bien! —exclama—. Ve a bailar con Jasper, en un rato iré contigo.
—¿Qué harán? —Ahora la pregunta va dirigida a ambos.
Me miro las manos sin saber qué decir, porque simplemente no sé qué ha hecho Alice en esta ocasión.
—He tenido un día horroroso, solo extrañaba a mi mejor amigo —le digo a ella.
Asiente, bajando la guardia.
—Siento lo que te ha sucedido. Edward —le dice—, alegra a la pobre de Bella.
Caminan hasta la multitud y ahí nos quedamos nosotros, en silencio.
—¿Estás bien? —me pregunta, pasando un brazo por mis hombros para atraerme a él.
—La verdad es que no, creo que he bebido demasiado.
—También yo —ríe.
Nos quedamos un momento en silencio, con nuestras manos unidas. Es raro, porque no hemos sentido la necesidad de retirarnos, incómodos. Ni siquiera recuerdo cuando nos unimos. Pero es simplemente maravilloso y cálido. Él de vez en cuando besa el dorso, mirándome entre sonrisas. Mi estómago es un criadero de mariposas, que aletean sin cesar ante el cariño de Edward.
—¿Quieres salir? —me pregunta.
—Claro —respondo.
Nos escabullimos hasta la terraza, donde nos espera una pista de baile con unas pocas parejas en ella. Las luces parpadean ahora, mientras que la noche nos indica que pronto lanzarán los fuegos artificiales. Muchos nos dan saludos con la cabeza y otros simplemente nos sonríen. Cuatro parejas, dos de ancianos y dos de adultos enamorados, tan ensimismados en sus sentimientos que no pueden dejar de mirarse. Es simplemente hermoso.
Se oye claramente a The Platters con "Twilight Time". Romántico.
Edward se agacha ridículamente ante mí con un aspecto gracioso en el rostro. Me mira ligeramente.
—¿Sería tan amable de compartir un último baile conmigo, Srta. Swan?
—Con todo gusto, Sr. Cullen —susurro, mordiéndome el labio inferior.
Me toma una mano y la besa. Veo cómo sus labios se curvan, divertidos, y depositan el cariño en mi piel. Jadeo, contemplando la escena. De un fuerte movimiento me atrae a su cuerpo, provocando así que choquemos entre sí. Le sonrío y él a mí, pongo ambos brazos alrededor de su cuello tímidamente, y él, con una osadía que solo le provoca el alcohol, me envuelve tan fuerte con sus brazos, que nuestros alientos hambrientos chocan entre sí, suplicando por unirse.
Nos movemos sigilosamente otra vez, la sincronización es estupenda. Siento un poco de frío, así que me apego a su pecho y descanso mi cuerpo por un momento.
—Mi pequeña Bella —murmura, oliendo mi cabello.
—Tuya —le digo, cerrando los ojos.
Sentimos que el espacio se va llenando, pero no le damos importancia. Nada es importante cuando estamos juntos, realmente. Ni lo que nos rodea.
—Quisiera que esto no acabara nunca —digo con sinceridad—, estoy tan cómoda.
Siento su risa, por lo que me separo y lo miro. Está feliz.
—No llores —me pide, secando una de las lágrimas con su pulgar.
Oh. No me había dado cuenta de que ya estoy llorando.
—No sabes lo mucho que te he extrañado, Edward, realmente no lo sabes.
Me da una sonrisa triste, solitaria.
—Ninguno sabe lo que pasó en nuestros corazones, pero podemos remediarlo juntos —murmura, volviendo a acariciar mi mejilla.
Pasa un dedo por mis labios y yo lo beso, cerrando los ojos. Se acerca y besa mi frente, con fuerza, presionando como si la vida se le fuese en ello.
—Diez, nueve, ocho, siete… —susurra, separándose.
No entiendo…
Lo miro interrogante, pero él me gira hacia la pared, que muestra los segundos que faltan para las doce.
—Tres, dos, uno… Feliz año nuevo, Bella —me dice, colocándose detrás y susurrando en mi oído.
—Feliz año nuevo, Edward —repito automáticamente.
Mi primer año nuevo con él después de mucho tiempo.
Siento un fuerte sonido en el cielo que estalla en miles de colores. Miro, Edward me sigue, tomando mi mano. Es rojo con dorado, como millones de gotas esparcidas junto a las estrellas. Simplemente hermoso.
—Es increíblemente precioso —le susurro, abrazándolo.
—Como tú —señala.
Me sonrojo y lo observo. Sus ojos dorados están aguados, pero no menos felices. Siento nuevamente su respiración, y la mía, tan tórrida y bestial. No puedo controlarme, ¡es imposible! Acaricio su mejilla con mi nariz, sintiendo la aspereza de la pronta barba, la textura masculina. Edward parece controlar sus instintos, esos que le piden mil y un acciones bestiales.
—Creo que…
Junto mis labios con los suyos y dejo escapar la pasión y el amor que he guardado por tantos años. Sabe a miel, una dulzura infantil, suave, perfecta. Edward. Él me recibe, saboreándome con tranquilidad, como si fuese una escultura que alimenta con su talento. Mi corazón salta desbocado, las piernas me tiemblan y las manos no saben qué hacer.
—…voy a besarte —completo, separándome solo un poco para respirar.
Edward jadea y vuelve a besarme, comiéndose mis penas, succionando la depresión.
Edward está besándome, sí, lo hace. Y yo no puedo parar.
Uau. Qué magnífico el final jaja. Las he dejado en ascuas. Gracias por todos sus rr, contestaré lo más pronto posible. El próximo capítulo se viene INFERNAL, MAGNÍFICO. Un beso a todos :)
