Antes que nada, quiero ofrecerles una disculpa por esta pequeña interrupción a su lectura. Littlegirlmadeof me ha pedido la relación de los nombres de los Caballeros con sus nombres "humanos". Esperando que les facilite la lectura, aquí está:

Jedite (Kazuma "verdadera armonía")

Nefrite (Kenji "segundo hijo inteligente y fuerte")

Kunzite (Akinori "jefe brillante")

Zoisite (Ayari "pureza y valentía")

Ahora sí, les dejo seguir:

Act. III

Amy llegó a la cafetería que Minako le había indicado y la vio sentada hasta el fondo, justo evitando las ventanas del lugar. Su amiga no se veía tan preocupada como debería siendo que la había llamado por el comunicador de reloj. Minako estaba concentrada en una plática con otra persona que estaba escondida por una esquina del local. Caminó hacia ella mientras recorría el lugar con la mirada. Había poca gente, cosa que no era extraña a esas horas. El lugar parecía estar impoluto y tanto la cajera como la mesera del lugar platicaban animadamente en la esquina más alejada de la mesa que ocupaba Minako.

Cuando llegó a la mesa de Minako, volteó a ver a la persona que acompañaba a su amiga. Se quedó de piedra.

—O las dos perdimos la razón, o ninguna en absoluto —"saludó" a Minako.

Minako y Kunzite la voltearon a ver de inmediato.

—Mercury —saludó él en cuanto la notó.

—Llámame Amy mientras no esté en el traje de batalla por favor, Kunzite —respondió ella con cortesía.

—Entonces es Akinori para mí —devolvió él—, Amy. Y tengo un regalo para ti.

—Yo también quiero un regalo —se quejó Minako de inmediato—. ¿Por qué le regalas algo a ella y no a mí? —dijo en medio berrinche.

Kunzite… No. Akinori volteó a ver a Minako con una ceja arqueada y una sonrisa torcida que le recordaron días pasados y alianzas diferentes.

—Ya me tienes a mí. No necesitas nada más —terminó él con una sonrisa provocadora dirigida a su amiga.

Amy sonrió divertida en cuanto vio la reacción de Minako. Se había puesto completamente roja, balbuceó un par de sílabas y se quedó callada mientras se hundía en su asiento y cruzaba los brazos al frente. Ella se sentía confundida, ligeramente en shock por la sorpresa y… sinceramente perturbada.

No comprendía qué quería lograr Minako llamándola por el comunicador de guardianas que compartían… y sólo para qué, ¿presumir el haberlo encontrado? Eso le dolía casi tanto como lo había hecho el gesto de Mamoru; cuando le entregó la piedra que había sido Zoisite.

Al pronunciar ese nombre en su mente algo allí se acomodó de una forma diferente. Vio a Kunzite sentado frente a Minako y lo vio con ojos completamente diferentes.

¿Podía ser?

Si Kunzite estaba allí, frente a ellas… ¿podría ser que los otros tres Reyes Celestiales estuvieran también vivos? ¿Zoisite también había vuelto?

¿Podía creer eso? ¿Se atrevería a creerlo?

—¡Akinori! —sonó una voz acercándose rápidamente desde la puerta de entrada. Jamás podría confundirla.

Amy tragó con fuerza. No podía moverse. No podría hacerlo ni aunque estuviera bajo un ataque enemigo.

El recién llegado pasó a su lado y clavó las manos en la mesa. Parecía que había corrido hasta ahí.

—Zoisite —susurró ella al sentirlo pasar a su lado.

Él no había siquiera recuperado el aliento de su carrera cuando miró a Kun… a Akinori y volvió a gritar.

—¿¡Qué emergencia!? —gruñó Zoisite furioso—. Llegué a la galería sólo para que tu asistente me dijera que estabas aquí. Esto es demasiado, ¡incluso para ti!

—Ayari —comenzó Akinori sonando cansado—. Deja de gritar, estamos en público.

Zoisite… o Ayari —al parecer—, miró en derredor rápidamente y se detuvo un segundo más en ella. Amy abrió los labios para decir lo que fuera, pero él volvió su atención a Akinori, demostrando que su presencia no era —para él— tan importante como para ella había sido la de él.

—¿Tu emergencia es una cita a ciegas? —preguntó el recién llegado con un sarcasmo despectivo.

—El ciego eres tú —soltó Akinori indignado.

—No estoy tan ciego como para pasar por alto a estas niñas de preparatoria. ¿Desde cuándo persigues niñas indefensas, hermano? —se burló con rabia.

Minako golpeó la mesa con las palmas mientras se ponía de pie.

—De indefensas no tenemos ni un poco —espetó con acero en la voz.

—Basta, Minako —interrumpió ella la escena que se desarrollaba y cuando su amiga la miró, ella miró a Akinori—. Gracias por el regalo —dijo con un tono plano de voz y devolvió su atención a Minako—. Tengo que volver a mi seminario y tratar de arreglar el problema que me gané al abandonar la cátedra del doctor.

Sin decir más, dio media vuelta para marcharse. Chocó contra alguien y sintió agua fría derramándose en el frente de su vestido justo antes de escuchar un golpe duro y vidrio rompiéndose en el piso. Cerró los ojos para tranquilizarse un poco. No necesitaba ser el genio que era para saber que había chocado contra la mesera y que se le había caído una charola con un vaso con agua.

—¿A caso no sabes hacer tu trabajo? —rugió Zois… Ayari a su espalda.

Amy abrió los ojos en cuanto sintió que algo le tocaba el hombro. Vio a Ayari frente a ella, aún gritándole a la mesera y usando un par de servilletas de papel para secar la mancha de agua provocada en su vestido. Frunció el ceño apenas. Todo lo que había pasado después de ser bañada con agua fría le había exasperado. A pesar que la mesera se disculpó, consternada por el accidente, él no parecía querer detener su regaño.

—Fue un accidente —cortó ella el regaño del hombre y se dirigió a la mesera—. Discúlpame tú a mí, no me di cuenta que estabas atrás.

—No —dijo la mesera casi al borde de las lágrimas—. Fue mi culpa. Yo debí haber sido más cuidadosa.

—¡Por supuesto que sí! —gruñó Ayari—. Si no puedes hacer bien tu trabajo, búscate otro.

Amy perdió la compostura.

—Su trabajo no es anticiparse a las variables externas imprevistas —espetó al hombre para callar su injustificado regaño—. Un accidente puede pasarle a cualquiera y el que ella tenga que recibir los gritos de alguien que no entiende siquiera eso; es una humillación. Y humillarla, te hace un patán.

Dicho ese tanto, Amy le dio la espalda al patán y marchó —furiosa—, fuera del lugar.

Ayari se quedó congelado en su lugar. Apretó los dientes con fuerza por el insulto recibido y cerró los puños con fuerza. Eso se ganaba por haber tratado de ayudar a una niña de preparatoria.

—Ve tras ella —mandó Akinori.

—Salí de la universidad por venir a tu emergencia, hermano —atacó él con sarcasmo—. Tengo cosas que hacer.

—Ve —ordenó su hermano mirándolo duramente.

Ayari tronó la boca enojado pero obedeció a su hermano mayor —como siempre—. Salió de la cafetería y volteó a todos lados en busca de la niña de pelo azul y carácter contenido. A pesar de ser tímida en un principio, su carácter rivalizaba con el de una princesa guerrera. No una guerrera… una guardiana que usaba la batalla para proteger lo que amaba.

Ayari frunció el ceño a sus pensamientos. ¿Cómo sabía aquello de esa niña?

Sin saber el camino que ella había tomado, cerró los ojos deseando desobedecer a su hermano. Cuando abrió los ojos para deshacerse de ese pensamiento de rebeldía, percibió un destello azul en movimiento. Corrió hasta él como si alcanzarla hubiera sido un deseo propio.

Una cuadra después, alcanzó a la chica y se puso a su lado. Aún cuando ella no hizo un gesto para indicarle que lo había notado a su lado, él sabía que así había sido. Caminando al lado de ella y, en su mente, la vio sonriendo mientras se inclinaba ligeramente hacia el frente y cubría su sonrisa con una mano; en una pose decorosa.

Ayari entrecerró los ojos para deshacerse de esa imagen totalmente alejada de lo que en verdad sucedía. Esa niña no era refinada, sólo fría y neurótica.

La niña esa seguía caminando con zancadas furiosas que parecían buscar dejarlo atrás. La niña no tenía capacidad de comprender que la simple física del largo de sus piernas le haría imposible escapar de él con esa diferencia en la apertura del compás de sus pasos.

Refunfuñó algo que, hasta para él, fue ininteligible y notó a la niña tensarse de hombros. Inhaló profundamente para calmarse sabiendo que se estaba comportando mal con ella; y que lo había hecho también con la mesera. Exhaló lentamente y, en tres pasos más, había logrado contener la furia que le había hecho ganarse un insulto.

—Lamento haberme desquitado contigo… y con la mesera. Cuando mi hermano dijo que era una emergencia, pensé lo peor. Me asusté por él y me enojé cuando supe que no era algo grave —explicó.

Aunque ella no respondió a su disculpa, de alguna forma, él sabía que habían dejado el asunto arreglado. Ninguno dijo nada más y, a pesar de que la chica tenía nula conversación, el camino hasta la estación le pareció hecho en agradable compañía.

—¿A dónde te diriges? Te acompaño hasta el seminario que abandonaste por capricho de mi hermano.

—A la universidad —respondió ella en un hilo de voz.

A pesar que su voz le había llegado como un susurro, Ayari no pudo evitar sorprenderse.

—¿Universidad? ¿Qué edad tienes? Te ves chica para estar en la universidad.

—Cursos avanzados —respondió ella con más voz y cierto orgullo.

—Con que así de inteligente, ¿eh? —provocó él, ya de mejor humor.

Ella sólo asintió al comentario.

.

Kazuma llegó a la oficina con plena intención de pedir algunos días de incapacidad. El descanso en casa y haber dejado de trabajar horas extras le había servido sólo para una cosa: sentirse peor; bueno, dos: también le había dado demasiado tiempo libre a su cerebro. Incluso ahora se sentía febril, le pesaban los brazos y las piernas y sentía que las palmas de sus manos le quemaban. Si le iba a dar gripa, sería una que lo dejaría en cama por una semana. Había ido a la oficina pensando que solo necesitaba salir de su apartamento, pero se había equivocado.

Cuando llegó a su cubículo de trabajo, se sentó en su silla para tomar un respiro. Sólo haber llegado hasta allí le había quitado toda la fuerza. Descansó la cabeza en las manos y los brazos en el escritorio.

—No estás bien —sonó la voz de una mujer a su lado.

—No lo estoy —respondió sin verla.

—No soy tu niñera, así que no me hagas cuidarte —espetó la voz sonando molesta. Algo en esa voz le decía que sólo fingía su molestia.

Kazuma levantó apenas la cabeza de su posición descansada y sólo para ver a la mujer. Un reflejo del sol lo cegó antes que pudiera verle el rostro.

—No te pedí que me cuidaras —devolvió molesto. Él no fingía.

—¿A quién le hablas, Kazuma? —preguntó su vecino de cubículo.

—A la mujer a mi lado, quien quiera que sea —respondió con un dejo de desprecio a esa que lo provocaba sin razón.

—¿Kazuma? —dudó su vecino de cubículo—… no hay una mujer a tu lado.

Sorprendido, Kazuma levantó la vista para descubrir su lado izquierdo sin persona alguna. Tronó la boca.

—Genial —farfulló con sarcasmo—. Estoy alucinando.

—Kazuma —volvió a llamar su vecino—. No te ves nada bien.

—Ya lo sé, ya lo sé —rezongó débilmente.

Dejando a su vecino diciendo lo que fuera, Kazuma se dirigió a su jefe y pidió sus días de incapacidad. Pidió la semana completa y, así de mal debería verse: su jefe se los otorgó sin problema. Claro que le dijo algo sobre las líneas de cuán mal se veía, que fuera al hospital o cualquier otra cosa… él, apenas había recibido el sí para volver a su apartamento, había dejado de escuchar.

No esperó más en la oficina. Iba recargándose en postes y bardas para poder caminar sin caerse. Se detenía cada cinco pasos para recobrar el aliento. Sabía que tenía que pasar por el hospital para que le dieran medicina.

—Recárgate en mi hombro —le ofreció una mujer de cabello largo.

El quería tomarle la palabra y hacer justo eso pero su orgullo se lo impedía. Por más fuerte que fuera la mujer, o precisamente por que ella era fuerte, no podía mostrar debilidad ante ella.

—Puedo solo —respondió.

—Vamos —alentó ella con un tono de reto y picardía en la voz—. Te estoy ofreciendo una excusa para que me toques.

Él se quedó impresionado por las palabras, tal vez se sonrojó. No sabría decirlo con la fiebre. Lo que sí supo es que se acercó a la mujer y recargó su peso en ella. Lo siguiente fue saberse en el piso, con un dolor lacerante en el costado… y que la mujer ya no estaba.

Demasiado enfermo como para pensar en por qué la mujer se había burlado así de él, siguió su camino a la estación de tren. No necesitaba pensar para llegar hasta su casa: era un recorrido que había hecho tantas veces que sus piernas se lo sabían de memoria; débiles o no, sus piernas lo llevarían a casa.

Pensando únicamente en dejarse caer sobre su cama, Kazuma había logrado llegar a la estación de tren. Sudando por la fiebre y el esfuerzo alzó la mirada en busca de la tabla de horarios para los trenes, lo que vio en cambio fue una figura negra, amorfa y con una estrella de cuatro picos en la frente. Sus músculos se tensaron al tiempo que su cuerpo reaccionaba: alzó las manos como para protegerse de aquella figura demoniaca, sintió que el calor de sus palmas salía despedido por éstas y algo estalló frente a él.

La oscuridad lo reclamó de nuevo.

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Ayari le indicó el camino al andén respectivo con un gesto de mano y, antes de que alguno diera un paso, algo estalló en la estación.

Por instinto, Ayari cubrió a la chica, dándole la espalda a la explosión y acercando a la mujer a su torso. Sus brazos la rodeaban por los hombros. Algo estalló ahora, pero en su pecho. Era un dolor casi físico que podía localizar en su corazón; una necesidad de tenerla allí, en sus brazos, siempre; de protegerla de todo cuanto la amenazara y de…

Ella se separó de él con un empujón y corrió para alejarse.

Eso no se había sentido como un ataque de timidez. Ella se había alejado a propósito.

Segundos después, por donde ella había escapado, llegó una guerrera… una guardiana, en traje de marinero.

—Mercury —susurró Ayari con los ojos abiertos por la sorpresa.

¿Cómo sabía ese nombre? Miró a aquella a la que sabía una guardiana. El azul de su uniforme, las botas bajo la rodilla, el visor virtual sobre sus ojos; su mirada atenta y concentrada que le decía su mente trabajaba a una velocidad envidiable lo dejaron pasmado.

Mientras la guardiana miraba a todos lados en busca del enemigo causante de la explosión, también ponía orden en los asustados humanos. Sin una palabra a la guardiana, él se movió por fin e hizo eco al esfuerzo de ella. Con movimientos y gritos enérgicos dirigió a los asustados transeúntes a un lugar seguro.

Una vez fuera de la estación, Ayari buscó a la guardiana con la mirada. Un grupo de policías comenzaba a cerrar la entrada a la estación mientras terminaban de sacar a las personas y un pequeño caos de pánico se formó a su alrededor. Con tantas voces asustadas, Ayari se sumergió en sus propios pensamientos. La visión de la guardiana, el susurro de ese nombre que desconocía y el calor de ese cuerpo aún sintiéndose como un sello en su torso lo llevó a un lugar desconocido hasta ese momento. Entre vegetación verde y paredes blancas, había conocido a la guardiana, se había enamorado de ella como ella de él y habían muerto; él en la batalla que se libraba en la Tierra, ella en la Luna, protegiendo a la princesa, al Milenio de Plata y con ellos a todos sus seres queridos en su propio planeta.

Habiéndolo recordado todo, volvió al lugar del percance. Los destrozos ya estaban acordonados por la policía y la guardiana había desaparecido.

Tampoco veía a la chica con que ella ocultaba su verdadera identidad.

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La adrenalina del comienzo de una batalla comenzaba a desaparecer de su cuerpo. Por más que había buscado a algún enemigo dispuesto a hacer presa de los humanos, no lo había encontrado. El sistema central de la Luna, conectado a su visor, tampoco había detectado picos de energía o alteraciones de alguna índole.

Se llevó la diestra al arete y desactivó el visor que le era tan propio y natural como su pluma de transformación. La evacuación de los civiles estaba completa, las sirenas de las ambulancias ya comenzaban a sonar en la lejanía para llegar a los necesitados y no había ninguna amenaza inmediata. La policía comenzaba a acordonar el lugar de la explosión y llamaban a sus compañeros para comenzar a reunir evidencias y poder hacer su trabajo.

Ella suspiró.

—Mercury —llamó Jupiter su atención—. ¿Qué sucedió aquí?

—Hubo una explosión, no encontré una causa maligna; pero tampoco al culpable. Lamento haberte llamado por nada.

—Ey, es mejor que me llames y no pase nada a que no lo hagas y te pongas en peligro —respondió Jupiter con un tono severo.

Mercury asintió un agradecimiento.

—Sailor Mercury, Salior Jupiter —dijo un policía acercándose a ellas.

—Oficial —saludó Mercury de inmediato.

—¿Esto es un ataque de la Agencia Oscura? —preguntó en confidencia.

Mercury negó con la cabeza recordando a tiempo todo lo que Venus les había comentado de su tiempo como Sailor V. En aquellos tiempos, la guardiana luchaba contra los Agentes de la Agencia Oscura —lo que después se descubrió como el Reino Oscuro y Metallia encabezándolos—. Esas primeras luchas de Sailor V habían ayudado para que, ahora, la policía y las guardianas mantuvieran una relación en pos de la justicia, una que se estrechaba cada vez más.

—No, oficial —respondió calmada—. No parece ser nada como eso. Esto fue algo hecho por un humano.

—Entonces, nosotros nos encargaremos del resto —dijo él formalmente.

—Lo dejamos en sus manos —siguió Jupiter y ambas guardianas se marcharon de la escena.

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—Aún no puedo creer que las personas sigan haciendo estas cosas —dijo Makoto, de nuevo vestida como colegiala, mientras acompañaba a Amy a la universidad.

—Esto sólo demuestra que la llegada de Tokyo de Cristal aún no está sobre nosotras —dijo cerrándole el ojo con naturalidad—. Aún tenemos tiempo antes de ser guardianas de tiempo completo.

Makoto rió sinceramente tras el comentario de Amy.

Cuando llegaron a la universidad de Amy, Makoto se detuvo en la puerta de entrada y dudó un segundo. Amy percibió la duda y la miró como si le preguntara la razón.

—¿Qué más da? —desestimó Makoto encogiéndose de hombros—. Igual no tengo nada qué hacer en la tarde.

—Makoto, ¿estás bien? —preguntó Amy.

—Estoy bien. Es sólo que esta universidad me recuerda al sempai que me rompió el corazón.

—No lo sabía —dijo Amy apesumbrada—. Si quieres, puedes dejarme aquí —ofreció.

—No pasa nada. Hace mucho tiempo de eso.

Makoto cruzó la puerta a la universidad y empujó a Amy juguetonamente con un hombro.

—Ves. No pasó nada.

Con una sonrisa, Makoto acompañó a Amy hasta el salón de clases sólo para que se enteraran que el seminario de su amiga había terminado.

Makoto se retrasó un segundo mientras Amy iba directa hasta un hombre con bata blanca. Cuando lo vio, sintió sus mejillas arder. Ese hombre le recordaba al mismo sempai que le había hecho dudar en la entrada de la escuela. Sintió de nuevo esa sensación en su estómago mientras veía los rasgos fuertes del maestro; su cabello castaño y el aire de control y seguridad que tenía aquel, la mezcla con una ternura obvia pero resguardada. Aquel dejo de irritante superioridad que le atraía. Su mirada ceñuda cuando estaba molesto o cuando pensaba algo con sumo cuidado. La cálida sonrisa que siguió a su enojo.

En ese momento le vino a la mente la imagen de un hombre presentándose con el nombre de Kenji. Él había sonreído de esa misma forma.

Makoto dio un paso atrás, como si hubiera recibido un golpe. Su sempai sonreía igual que Kenji… igual que Nefrite.

Tragó grueso entonces y comprendió algo que nunca antes: su sempai siempre le había recordado a Nefrite.

Se cubrió la boca con la mano y cerró los ojos con dolor. Toda su vida se había creído enamorada de un hombre que era una sombra de su verdadero amado. Se había enamorado de un espejismo.

Todo lo que había creído puro, había sido un error. Amy llegó a su lado justo cuando se daba cuenta de ello.

—Uff, me salvé por muy poco —comenzó Amy aliviada—. El doctor dijo que me daría la oportunidad de seguir en su seminario sólo si no volvía a desaparecer de esa forma. Makoto, estás pálida —se interrumpió.

—Necesito un poco de aire.

—Salgamos del edificio —aceptó preocupada.

Amy la llevó hasta la explanada entre facultades y tomó asiento a su lado. En silencio, esperaba a que se recuperara. Makoto le sonrió un agradecimiento y se quedó a su lado, sintiéndose reconfortada por los rayos del sol en su cara pero sin poder apartar sus pensamientos de lo que recién había descubierto.

(À suivre)