This ones for you
Emma
Necesitaba despejar mi mente.
Todo lo sucedido se había acumulado en mi cabeza, y esta parecía que iba a estallar.
Le dejé una nota a Ruby, y también dejé mi móvil. No quería que me encontraran, quería pasar tiempo sola, sin nadie señalándome o juzgándome.
Este sitio era mi refugio, a veces venía a ayudar a la Madre Superiora responsable del orfanato, y modestia aparte, los niños me adoraban. Las otras hermanas me decían que tenía un don para lidiar con ellos.
Era gracioso ser bien tratada por las monjas, en especial por la Madre Superiora, su religión repudiaba cualquier insinuación homosexual, pero ellas nunca me trataron así a mí, sino como a una hija. Incluso llegué a preguntarles si no estarían pecando al aceptar ayuda de alguien como yo, ¿y saben lo que me respondieron?
«¿Quién somos nosotras para juzgar a nadie?» «En la Biblia dice que nos amémonos los unos a los otros, y es lo que hacemos»
Aquellos niños estaban en buenas manos, jamás había conocido a alguien como ellas, que amaban lo que hacían, y dedicaban su vida a ello.
Ayudé a todos con los deberes de casa, después nos divertimos con algunas actividades, y los auxilié uno a uno en la hora del baño, y después en la cena.
Aquello era una terapia.
Una terapia que me hacía olvidar todos los problemas, solo importaba cuidar de ellos.
Me sentía libre para hablar con ellas sobre lo ocurrido con mis padres, y cómo actuó mi padre cuando finalmente reaccioné y les conté lo que sentía, que dio como resultado acabar más herida de lo que había imaginado.
La Madre Superiora decía que mi padre se enfrentaría a la realidad y se daría cuenta del destrozo que había causado, y quedaría en mis manos decidir darle una oportunidad o no.
Creo que entre él y yo nunca volverá a ser lo mismo. Siempre lo miraré y recordaré sus palabras, cómo había dicho que yo estaba muerta para él. No sabía si sería lo bastante fuerte como para darle una segunda oportunidad.
Felizmente tenía a Regina, aunque a veces era muy celosa, e incluso después del ataque de celos de nuestro almuerzo, era, sin sombra de dudas, mi puerto seguro. Ya había planeado en mi mente que en cuanto pasara el día de mañana, hablaría con ella, le contaría todo, sin más secretos, y espero desde el fondo de mi corazón, que entienda.
Por la mañana temprano, las hermanas me despertaron para ayudarlas con el desayuno y sacar a los niños de la cama.
Todo ocurrió con normalidad, el bus escolar pasó, se llevó a los niños a la escuela, y después fui a ayudarlas con la pila de loza acumulada.
El timbre sonó, y la Madre Superiora pidió que fuera yo a abrir.
Mis ojos no daban crédito a lo que estaban viendo.
Ella estaba ahí.
Deslumbrante como siempre con su abrigo negro.
—Regina— dije sorprendida
—Emma— dijo ella sonriendo
—¿Cómo me has encontrado? Nadie lo sabe
—Tengo mis contactos, Swan. ¿Podemos conversar?
Dije que sí con la cabeza.
—Podemos. Vamos a mi apartamento, tenemos mucho de lo que hablar. Voy a despedirme, y ya nos vamos
—Te sigo— dijo Regina caminando hacia su coche.
Les agradecí la hospitalidad a las hermanas antes de marcharme.
Y que regresaría cualquier día de estos para pasar un rato con los niños.
Así como había dicho, Regina conducía detrás de mí.
Era irónico, un coche tan lujoso como el de Regina detrás de un escarabajo y a aquella velocidad.
Me tuve que tragar las ganas locas que tenía de abrazarla y besarla, tenía que demostrar control y que aún estaba enfadada por lo que había sucedido.
Cogimos el ascensor en silencio, aunque yo quería preguntar por qué había bajado de su coche con dos bolsas.
Ruby ya se había ido a trabajar y tendríamos la privacidad necesaria.
Nos sentamos en el mismo sofá, de lado y mirándonos la una a la otra.
Decidí comenzar.
—Tengo una cosa que contarte sobre el día de ayer.
—Si no te sientes cómoda, Emma, no es necesario. Ruby me dijo lo de tu hermano y tus padres.
—Lengua larga
Regina contuvo la risa
—Ella estaba nerviosa por el modo en cómo te traté, no la culpes. Perdóname por no escucharte, Emma. Tenías toda la razón cuando me dijiste que los celos me transforman.
—Mi padre me dijo que estaba muerta para él al igual que mi hermano— dije sorprendiéndola —Estaba un poco herida, ¿sabes? Por eso no quise hablar ayer. Eso dolió, dolió mucho. Y después tú hablando de aquella manera, parecía que todo empeoraría.
Solo me di cuenta de que lloraba cuando ella se acercó más a mí, y secó mis lágrimas.
—Tu padre es un gilipollas, y yo soy una idiota. Prometo que te voy a escuchar antes de cualquier crisis de celos. Me haces tanto bien, que tengo miedo de perderte. Y confieso que estoy aterrada por no saber si me vas a perdonar.
Acaricié su rostro y sonreí.
—Regina, me puedes hacer la mayor putada del mundo, y aún así te voy a disculpar. Ya no existe un yo sin ti.
En el entusiasmo, me robó un beso corto en los labios, y su sonrisa se hizo radiante.
Ella levantó la mano, cerrando los cuatro dedos, dejando solo estirado el meñique.
—Henry dijo que jurara de meñique que no iba a ser más malvada contigo.
Reí repitiendo el gesto y enlacé su dedo al mío.
—Jurado, juradito— dijimos al mismo tiempo y nos reímos.
—Y hablando de Henry— dijo Regina y cogió una de las bolsas —Me dijo que ibais a montarla juntos, entonces la compré para que aceptes ir conmigo a buscarlo al colegio, y comenzar con esto en casa.
Ella sacó una caja de la bolsa.
Era el Lego de la Millennium Falcon
—¡Wow!— dije boquiabierta —Obvio que acepto
—Y ahora, ¿puedo darte un regalo de cumpleaños?
Dejé de babear como una niña ante el Lego y centré mi atención en Regina.
Ella agarraba una caja de terciopelo negro.
Abrió la caja, dejando ver un collar dorado con un colgante…¡Ay, Dios mío!...¡Santo Han Solo! Era un colgante, exactamente una miniatura de la Millennium Falcon, cualquier fan de Stars Wars vendería probablemente un riñón para tener un colgante tan perfecto y tan…caro. Con certeza. Los contornos y los mínimos detalles, todos, perfectamente trabajados en oro, una obra fina y delicada.
—Es hermoso— dije abobada —Regina, ¿esto costó muy caro?
Regina rió
—Como si fuera a decirte cuánto pagué por un regalo para ti, Emma. ¿Puedo ponértelo?
Hice a un lado mi cabello para que no molestara.
Me quedaba lindo.
—Gracias, Regina. No suelo recibir ningún regalo, en realidad no acepto, pero tú haces que me salté la regla.
—¿Qué te parece que de aquí en adelante lo hagamos diferente?— sugirió —Vamos a hacer que tu día todos los años sea especial. ¿Qué te parece?
—Si es contigo a mi lado, me apunto.
Sellamos el trato con la unión de nuestros labios.
¡Nos habíamos echado tantos de menos la una a la otra!
Nuestros toques parecían urgentes, reconociéndonos de nuevo mutuamente, hasta que su lengua pidió paso para profundizar nuestro momento, y rápidamente cedí.
Había echado de menos sus labios.
Su toque y su maravilloso aroma.
Interrumpí nuestro beso con un abrazo, que me fue devuelto con la misma fuerza.
—¿Regina? ¿Puedo pedirte un favor?
Deshizo el abrazo, dándome un tímida sonrisa y con su mirada centrada en mí.
—Cuantos favores quieras.
Sonreí abiertamente ante su respuesta.
—Encontré una carta que mi hermano dejó escondida. No he podido ni siquiera abrirla, Regina. Creo que no puedo leerla. ¿Puedes hacerlo por mí?
—Claro que sí, Emma
Le pedí un minuto para ir a buscarla.
Corrí hasta mi cuarto, cogí la carta y volví.
Se la di a ella, que la abrió con cuidado.
—¿Puedo empezar?— dije que sí con la cabeza —«Hermanita, espero que encuentres esta carta antes que nuestros padres, porque sé con seguridad que ellos no te la enseñarían. Me puse muy feliz cuando supe que iba a tener una hermana, aunque supiera que no viviría mucho tiempo para enseñarte cosas, como andar en bicicleta, y ayudarte con la tarea. Mi médico les ha dicho a nuestros padres que pasen la mayor parte del tiempo conmigo, así que ya sé que estoy muy enfermo. ¿Sabes que fui yo quien escogió el Swan? ¿Quedó bien, verdad? Emma Nolan Swan» — Regina hizo una pausa cuando se dio cuenta de que yo lloraba en silencio, y continuó —«Quiero que recibas todo el amor que yo he recibido, hermanita, que nuestros padres te cuiden tan bien como han cuidado de mí. Mamá dice que cuando alguien muere, va a un lugar bonito y estará al lado del Papá de los Cielos, así que puedes estar tranquila, te estaré protegiendo desde allí. Quiero que seas muy feliz, Emma. Con mucho amor, tu hermano, Neal Nolan»
Caí en el llanto y Regina me atrajo a sus brazos, consolándome mientras no dejaba de llorar.
