21 – Matemáticas
Watson
Holmes escuchaba con creciente agitación el relato de Porlock sobre lo acontecido durante los últimos días. Me taladró con una mirada encendida al escuchar cómo había hecho guardia ante la tienda para acabar descubierto por los hombres de Porlock y mi intencionada captura por parte de Moran. Conocía muy bien esa mirada y sabía lo que me diría más tarde.
Pero ahora mi amigo desplegaba la energía contenida durante tres días de encierro y estaba ansioso por ponerse al día, con la esperanza de salvar los restos de su naufragado plan para detener a Moriarty y a su organización.
—¿Se ha puesto en contacto con mi hermano, o con Patterson? —preguntó en cuanto Porlock hubo acabado su sucinta narración.
—Hemos tomado medidas —dijo Porlock, y percibí cierta reserva en su voz. No estaba acostumbrado a recibir órdenes, especialmente de alguien que era, obviamente, más competente que él—. Hemos descubierto que su chico llegó hasta su hermano sin problemas, pero ya lo supusimos al descubrir que Moran iba a deshacerse de usted.
—Bien, no tenemos tiempo que perder. Watson…
Se volvió hacia mí y se detuvo al reparar en la expresión de mi rostro.
Algo… algo increíblemente importante acababa de ocurrírseme. Había estado demasiado absorbido por los acontecimientos de la última noche y mi inquietud por la pierna de Holmes para pensar en ello, y luego, simplemente, me había encontrado demasiado exhausto para pensar en nada.
—¿Qué pasa, Watson? —preguntó mi amigo, abandonando su brusco tono autoritario al ver la urgencia en mi rostro.
—Hoy es lunes —dije con voz queda.
Lunes, el día que Holmes y Patterson habían escogido para caer sobre Moriarty. Me lo había dicho la primera noche. La redada estaba prevista para las diez de la mañana, cuando su organización estuviera en plena faena.
Pero Moriarty ya estaba enterado de todo, y sin duda habría tomado medidas. Sólo pensar en lo que Patterson y sus hombres podían encontrar me atormentaba. ¿Cómo podía haberlo olvidado?
El rostro de Holmes se endureció al instante.
—¿Qué hora es?
Saqué torpemente mi reloj del bolsillo, presa de la ansiedad.
—Más de las ocho.
Mi amigo soltó una maldición y se sentó instantáneamente en el sofá, apoyando primero la pierna sana en el suelo. Luego movió la otra con cuidado, poniéndola a prueba, apretando los dientes mientras aspiraba el aire bruscamente.
—Cuidado, Holmes —dije, ya medio inclinado sobre él en cuanto lo vi moverse.
Me apartó con un gesto de impaciencia y al fin logró poner el otro pie en el suelo. El lino teñido de rojo que envolvía su pierna destacaba crudamente bajo los pantalones desgarrados que aún llevaba.
—Debemos ir con Mycroft. Patterson debe enviar a sus hombres a interceptarlos.
—¿A interceptar a quién? —pregunté, atrapado entre la contagiosa urgencia del detective y el instinto médico que me impulsaba a evitar que mi amigo se deslizara hasta el borde del sofá y apoyara las manos para levantarse.
—¿De veras cree que Moriarty dejaría que las autoridades atrapasen a sus lugartenientes, Watson? La mayoría de ellos ya va de camino al continente.
Se impulsó hacia arriba y se incorporó de golpe, tambaleándose ligeramente. Hizo una mueca de dolor al apoyar su peso sobre la pierna herida.
Contuve el impulso de correr a su lado a ayudarle. En cierto modo me alivió ver que podía soportar el esfuerzo, pero aun así me habría gustado que hubiera tenido más tiempo para descansar. Siempre que estuviera dispuesto a hacerlo, claro.
Se apoyó en el borde del sofá por un momento y luego se volvió hacia nuestro anfitrión, que nos observaba.
—Porlock, ¿ha recibido alguna noticia de Moriarty… o de Moran? ¿Alguna instrucción para hoy?
Porlock negó con la cabeza.
—Nada fuera de lo normal.
Holmes lanzó otra maldición, se giró bruscamente y se acercó cojeando con esfuerzo a la ventana cubierta por gruesas cortinas con una mueca de tenso malestar en su rostro.
Apartó el terciopelo lo justo para observar el exterior bañado por la luz de la mañana. Le oí aspirar otra brusca bocanada de aire. Luego nos hizo señas.
Porlock y yo nos acercamos y se apartó para que nos asomáramos, señalando algo.
—¿Uno de sus hombres, Porlock?
Evidentemente, ya sabía la respuesta, como indicaba su voz cargada de resignación.
Me asomé y al cabo de un momento vi un destello en una de las ventanas del edificio de enfrente.
—No —dijo Porlock. La evidencia hizo que su confianza se tambaleara dramáticamente.
Holmes volvió a cerrar la cortina y me volví hacia él, sintiendo que mi corazón comenzaba a acelerarse de nuevo.
—¿Sabe que estamos aquí? Holmes, ¿cómo es posible?
Acabábamos de reunirnos, después de lo que nos había costado conseguir la liberación de Holmes, ¡y ahora estábamos a punto de ser capturados de nuevo! Hacía sólo un momento me parecía que estábamos seguros ocultos en el interior de esta casa, y al fin había empezado a bajar ligeramente la guardia.
Ahora, mis nervios volvieron a crisparse, y sentí que el pesado manto del miedo, que la presencia de Holmes había aligerado durante aquel breve tiempo, volvía a caer sobre mis hombros.
—Es posible, Watson —dijo Holmes con voz sombría—. Es bastante posible. Él lleva meses sospechando de usted, Porlock, desde el asesinato de Birlstone.
—Pero… —Ahora Porlock parecía genuinamente preocupado—. Me aseguré. No ha mostrado ningún comportamiento irregular.
—¿Cree que dejaría que usted conociera sus sospechas? —le espetó Holmes, volviéndose bruscamente hacia el joven con el ceño fruncido—. No es estúpido, Porlock. Desde el momento en que empezó a sospechar de usted, lo consideró un peligro, un déficit. Nunca volvió a fiarse de usted. ¿Responde por todos sus hombres?
—Yo… Sí, Samuelson está abajo, con Jeb… y…
—No importa —dijo Holmes—. La presencia de ese pistolero ahí fuera es evidencia suficiente. Uno de sus hombres no es quien usted cree, Porlock. Ha estado informando a Moriarty de todos sus movimientos. No hay duda de que la casa está rodeada. ¿Tiene alguna vía de escape, una que sólo usted conozca?
—No.
—Entonces estamos completamente atrapados —declaró Holmes con amargura—. ¿A qué demonios esperan?
—Iré a comprobar si los otros siguen abajo —dijo Porlock, volviéndose hacia la puerta.
—No —dijo Holmes, alzando una mano. Porlock se detuvo—. No me cabe duda de que está… Ah.
Mi amigo volvió a apartar la cortina y observó la calle… y entonces yo también lo oí: el sonido de las ruedas y los cascos de un caballo. Había un coche fuera.
—No puede estar aquí —susurré, acercándome a mi amigo, rezando para que no fuera así; no podía estar allí.
Pero lo estaba. El vehículo, tirado por un elegante caballito, se detuvo ante la puerta y el mozo aguardó silenciosa y pacientemente a que saliera de él una encorvada y familiar figura.
Querido lector, ha habido muchos momentos en mi vida que parecían poseer una cualidad casi surrealista y perturbadora, entre los que cabe destacar mis experiencias en Afganistán. Al ver a Moriarty salir del coche y alzar el rostro hacia la casa con su retorcida expresión y sus ojos oscuros sentí que estaba sufriendo otra pesadilla y que en cualquier momento despertaría y descubriría que no era real.
En cualquier momento…
Pero si era una pesadilla no tenía fin. El momento se alargaba, y la huesuda mano de Holmes aferrando mi hombro en un gesto de silencioso consuelo me convenció de su realidad.
Fue un duro golpe, sentirme tan seguro durante un momento, tan convencido de haber salvado a mi amigo… para luego ver cómo todo se desmoronaba en un instante.
—Es culpa mía —musitó Holmes con amargura—. Anoche no pensaba claramente, ni tampoco esta mañana…, aunque para entonces ya podría haber sido demasiado tarde. Probablemente nos ha tenido encerrados aquí desde que se enteró de nuestro paradero, y no me cabe duda de que uno de los pistoleros que hay ahí fuera es el propio Moran. Nos ha mantenido aquí mientras hacía sus preparativos.
—¿Por qué? —susurré.
Holmes me miró.
—¿Por qué mantenernos aquí? —concreté.
—Para tener la seguridad de poder ajustarnos las cuentas en persona, Watson. Hasta ahora, Moran no ha hecho más que meter la pata en este asunto. Primero, al permitir que usted se le escapara tantas veces, y luego al dejar que ambos nos escurriéramos entre sus manos. No permitirá que vuelva a ocurrir.
Me estremecí ante aquella nueva prueba de la frialdad del hombre y la expresión de Holmes se oscureció.
—Dudo que lleve a cabo la hazaña él mismo, pero la supervisará para asegurarse de que se hace apropiadamente.
Porlock se había puesto muy pálido. Retrocedió tambaleándose, aturdido, chocó con el sofá y luego se dio la vuelta y corrió hacia las escaleras.
—¡Samuelson! —le oímos gritar.
Holmes quiso ir tras él.
—¡Porlock, no sea idiota!
Me apresuré a coger el revólver de Moran, que había dejado sobre la mesa la noche anterior. En la recámara aún quedaban cinco cartuchos sin usar.
De abajo nos llegaron los ruidos de un altercado que tenía lugar entre el vestíbulo y las escaleras de la primera planta. Holmes había estado en lo cierto, como siempre.
Mi amigo se detuvo y se volvió hacia mí.
—Watson.
Asentí, cerré la recámara y me situé a su lado mientras iba hacia la puerta.
La cerró y, siguiendo sus indicaciones, empujé contra ella una pesada mesa a modo de barricada improvisada.
Se oyeron más gritos y unos pasos pesados subiendo las escaleras.
—Han entrado delante de nuestras narices, Watson —murmuró el detective, con un furioso tono de obvio autoreproche.
—¿Cómo iba usted a saberlo? —pregunté, amartillando el revólver.
—Debería haberlo sabido —dijo, dirigiéndome de pronto una mirada apenada—. Lo siento, Watson. No he dejado de meter la pata todo el tiempo.
Sacudí la cabeza. No era momento para el remordimiento.
—Ya le he dicho lo que opino de este asunto, Holmes.
Mi amigo sonrió ligeramente, aunque no fue una sonrisa muy feliz.
—Buen chico —dijo suavemente, apoyando las manos sobre la mesa mientras yo amartillaba el revólver—. Al menos…
Nunca llegué a oír la última parte de aquella frase de consuelo. En ese momento nos vimos obligados a apoyar los hombros contra nuestra pequeña barricada cuando una fuerza tremenda se estrelló contra la puerta y un coro de gritos inundó nuestros oídos.
Holmes
La puerta se quebró tan repentinamente y con tal violencia que apenas pudimos prepararnos. La mesa chocó contra mi cintura y acabó con la recién recuperada estabilidad de mis piernas.
Watson conservó la suya y apoyó la cara contra la endeble madera, apretando las mandíbulas. Su mano derecha empuñaba firmemente el revólver de cañón largo de Moran.
Como buen soldado, me dedicó tan sólo un breve vistazo antes de volver a centrar su atención en la puerta.
—¿Holmes? —preguntó entre dientes.
Mi herida irradiaba dolor a través de mi pierna, pero reprimí mis gemidos y me obligué a levantarme, agarrándome a la mesa.
—Estoy bien —jadeé, apoyándome nuevamente contra ella.
—¿Debería disparar? —preguntó Watson, afirmando los pies en el suelo y el hombro contra la puerta.
Moriarty, sin duda, aún estaba tomando precauciones para poder huir inadvertidamente al continente. El sonido de los disparos atraería inmediatamente a la policía.
Si Watson disparaba primero lo delataría, y no me cabía la menor duda de que entonces ordenaría a sus hombres abrir fuego para acelerar el proceso. Una horrible imagen de balas que perforaban la puerta acudió a mi mente. Watson se encontraba exactamente en la línea de fuego.
—No —jadeé rápidamente—. No lo… haga…
Pero mientras me devanaba los sesos en busca de alguna idea milagrosa que nos sacara de tan precaria posición, sentí que mis pies se deslizaban sobre el suelo mientras la puerta se iba abriendo lentamente. Ni siquiera teníamos una llave, y la fuerza aplicada a la puerta era mucho mayor que nuestra defensa.
No tenía tiempo de pensar en ningún tipo de interferencia. Tan sólo podía seguir empujando con Watson mientras la puerta seguía abriéndose inexorablemente.
Y por una vez en mi vida experimenté una repentina resignación.
Había fracasado, total, completa, absolutamente, incluso con el inesperado esfuerzo de Watson por conseguir mi liberación. Parecía que al fin había encontrado en Moriarty un oponente no sólo digno de cruzar su acero conmigo, sino también capaz de superarme.
Al parecer, él había estado en lo cierto acerca de una inevitable destrucción. Eso era exactamente a lo que ahora nos enfrentábamos, mientras seguíamos empujando vanamente la puerta.
Y aun así, Watson no cedía. Estaba empleando todas sus fuerzas en evitar que la puerta siguiera abriéndose, con el arma aún en la mano y una mirada llena de pétrea resolución pese al atisbo de miedo que pude captar en ella.
¿Hasta qué punto la vida consistía realmente en esto, un fútil forcejeo contra la inevitabilidad de la derrota, y cuántos hombres como mi amigo seguían resistiendo incluso cuando ya no había esperanza?
¿De verdad iba yo a ser menos?
Me apoyé contra la mesa y volví a empujar. Watson volvió a mirarme. Mis pies volvieron a resbalar.
Eso resultó fatal para la presión que mi amigo ejercía contra la puerta. Ésta se abrió violentamente bajo un ímpetu renovado, golpeándolo en la sien. Cayó al suelo con un gruñido.
Me vi lanzado hacia atrás cuando la mesa se abatió sobre mí. Caí de espaldas, aferrándome instintivamente la pierna.
Cuando volví a alzar la vista, había otros seis hombres en la habitación, uno de ellos con los brazos atados a la espalda: Porlock.
Cuatro de ellos eran hombres fuertes y competentes, obviamente contratados para esta misión, y el último…
Moriarty me descubrió en el suelo. Tenía la misma expresión de condescendencia que cuando había venido a verme a Baker Street.
Esbozó una sonrisa tirante y sombría que acentuó su semejanza con un reptil.
—Muy decepcionante, señor Holmes —dijo, mientras sus matones arrojaban al suelo el cuerpo inerte y obviamente inconsciente de Porlock.
Dos de ellos sujetaron a Watson y le ataron las manos a la espalda. Me lanzó una mirada desde el suelo mientras apretaban su cara contra la alfombra, forcejeando mientras le ataban los pies.
Los otros dos se situaron detrás de mí, pero mantuve los ojos clavados en Moriarty, esperando reflejar en mi mirada toda la rabia y el herido orgullo que aún me quedaba.
Él, naturalmente, podía ver a través de mí. Era perfectamente consciente de que había ganado, y ni siquiera necesitaba decirlo en voz alta. No hacía falta decir nada cuando era tan evidente para ambos.
A pesar de todo, habló, quizá por deferencia hacia Watson tanto como por propia satisfacción.
—A decir verdad, cuando oí que no estaba tan malherido, albergué cierta esperanza de que me ofreciera una interesante resistencia al final. Esto ha sido muy aburrido.
—Una lástima no tener la oportunidad de corregir eso —dije, mientras me ponían las manos a la espalda—. Tenga el decoro de decirles a sus hombres que dejen de maltratar a Watson. Está herido.
Moriarty dirigió a sus hombres una penetrante mirada y se apartaron de Watson al instante, dejándole tirado boca abajo en el suelo. Éste volvió a mirarme con una expresión más preocupada que aliviada, y yo volví a centrar mi atención en el profesor, incapaz de sostener su mirada.
¿Por qué? ¿Por qué lo había metido en esto?
—Como ya he dicho, ha sido un placer intelectual medir mi ingenio con el suyo, Holmes —dijo Moriarty—. Si le sirve de consuelo, me ha causado muchos problemas. He tenido que tomar innumerables precauciones para preservar la mejor parte de mi organización. Me llevará años reparar todo el daño que me ha hecho, aunque en cierto modo me satisface que haya colmado mis expectativas en ese sentido. Y me ha dado la oportunidad de deshacerme de unos cuantos componentes defectuosos de mi organización —concluyó, lanzando una explícita mirada a la inerte figura de Porlock.
Acababa de conocer a aquel hombre, pero aun así sentí una punzada de remordimiento ante su destino. El pobre tipo había sido superado con creces por Moriarty.
No es que yo lo hubiera hecho mucho mejor.
—Tristemente, ambos sabemos lo que debe hacerse ahora —dijo Moriarty.
Lo miré a los ojos, fríos y oscuros, y no vi en ellos ni una pizca de arrepentimiento, odio o cualquier otra emoción humana. Su mirada era la de un lógico, un matemático enfrentado a números y fracciones.
Y nosotros éramos un mero elemento desestabilizador en su fórmula, un factor que debía eliminar de la ecuación.
