El que duda, probablemente tiene razón
Al fin podíamos salir. Después de tantos días, que en el exterior no habían sido tantos, no había nada que nos retuviera. Inmediatamente emprendimos el camino de regreso a casa, sin saber de cuánto tiempo dispondríamos hasta que mi madre reaccionase al revés sufrido.
- ¿Qué ha pasado entre Gold y tú? - preguntó Emma a bocajarro.
Me sobresalté. Hacía unos instantes que había visto que conversaba con él, y ni siquiera había reparado en que estuviera a mi lado.
- Ya os lo hemos explicado – inicié con hastío. - Lo que ha sucedido...
- No me refiero a que se haya roto el hechizo – aclaró. - Incluso si te creyera sin reservas en ese asunto, y no digo que lo haga, no sé qué ha ocurrido antes.
- ¿Qué insinúas? No, mejor aún, ¿por qué tengo que darte explicaciones sobre nada?
- ¿Qué tal por Henry? - justificó con lógica.
Vale, era un buen argumento. Lo cual por supuesto era algo que me fastidiaba hasta límites insospechados.
- Si quieres preguntar algo, hazlo – ordené. Hacía mucho que nosotras no éramos mujeres de rodeos.
- No hablo de nada en particular - explicó. - Simplemente que después de lo sucedido, ¿no crees que podríais haber desarrollado cierta... conexión? - tuvo serios problemas en escoger la última palabra. - Ya me entiendes, algún tipo de sentimiento que...
- No – atajé firme y rotunda. Su replica fue una mueca que no pude descifrar. - ¿Qué?
- También le pregunté a Gold.
- ¿Y? ¿No me irás a decir que él te contestó algo distinto? - sonreí con ironía.
- No. De hecho fue igual de contundente que tú.
- ¿Y entonces?
- Habéis pasado días encerrados – argumentó. - Tengo mis dudas acerca de que compartir tiempo, teorías, conversaciones y quién sabe si hasta confidencias, no os haya cambiado. No digo que lo haya hecho, pero analizando ciertos detalles sí que entra dentro de lo probable.
- Pues no es así – zanjé.
- Si tú lo dices... – desistió al fin.
Miré a Gold de reojo, y tuve la sensación de que mi rostro dibujaba su misma expresión reflexiva. Parecía que yo no era la única en la que se había sembrado la duda.
Respiré hondo. No me permitía pensar mucho en ello, pero si lo hacía era inevitable vacilar. Todo lo que Emma había señalado, sumado a lo que ella ignoraba, volvía sus dudas de lo más razonables. Y eso excluyendo por completo las consecuencias de nuestro último acercamiento.
Después de sopesarlo un poco, acepté que era posible que hubiera surgido algún tipo de simpatía o incluso de atracción. Sin embargo, estaba segura de que no había nada más que buscar.
