Los primeros acordes de una de las composiciones del virtuoso Mozart comenzaron a llegar a mis oídos. Observé a la hermosa pianista como se quedaba absorta mirando las teclas sin percatarse de lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Parecía que se había ensimismado en un mundo aparte y que nadie podría sacarla de él.

Los cabellos de la joven se movían delicadamente contra sus mejillas mientras que sus ojos fijos en las teclas estaban viendo sin ver. Su mirada vacía me cautivaba y aquel rostro en el que se notaba la fragilidad hecha persona.

Tuve que contener el impulso de rodear su cintura en un abrazo protector hasta que la sacase de allí. No sabía la razón que me llevaba a pensar de esa manera pero si alguien me arrebataba en ese instante de aquella maravillosa vista sería yo mismo quien lo matase.

Los labios de Helen permanecían entreabiertos mientras la luz del sol los rozaba hasta el extremo de sentirme celoso por no ser poseedor de semejante privilegio.

Caminé lentamente hacia el objeto de mi admiración mientras que el rey aún buscaba determinada documentación y mantenía un monólogo pues no le prestaba ni la más mínima atención. Si por mi fuese en ese mismo instante congelaría el tiempo para deleitarme cada segundo de mi existencia con semejante belleza.

La piel porcelana de la muchacha competía en belleza por centímetro cuadrado con su vecina. Era más que obvio que podía enamorar a cualquier joven con tan solo dedicarle una de sus miradas cautivadoras. El mero hecho de imaginarla yacer en la cama de otro hombre hizo que un pinchazo de indignación arremetiese contra mi frío corazón.

La puerta se abrió en ese instante y pude escuchar una voz particularmente peculiar mientras la mirada celeste de la pianista se alzaba y sonreía como no me había sonreído aún a mí.

Apreté mis puños y supe sin dudarlo un instante que se trataba del joven Norton que había decidido llegar para una nueva vez más convertirse en mi desgracia.

- Buenos días, alteza -dijo con aquella voz que conseguía que mi cólera creciese por segundos.

- Buenos días, Christopher -respondió el rey con un tono jovial.

Por lo que parecía le encantaba ese hombre pero en absoluto para su hija mayor. Pretendía casarlo con su hija Leonor pues ya había decidido otro candidato para la señorita Susan. Bufé internamente al ver por el hielo de sus pensamientos que yo era el hombre que quería para su descendiente.

- Venía a visitar a su alteza la hermosísima Helen -continuó el conde.

La sonrisa de satisfacción de ella porque su salvador hubiese llegado era tal que no podía contenerla ni un ápice. Sus ojos centellearon y mis uñas se clavaron en mis palmas pues ni tan siquiera la dulce pianista me había dedicado una mirada más de la necesaria.

- Por supuesto.. -susurró su majestad con un tono de desdén.

La belleza rubia se levantó del instrumento y caminó hacia el hombre que la amaba fervientemente. No me dí la vuelta, no deseaba ver a aquel hombre porque sabía que si lo hacía no habría nada que me parase para arrancarle de un solo golpe la vida.

Sentí como el perfume del objeto de mis deseos se iba desvaneciendo mientras sus pasos se alejaban junto a los de aquel hombre con suerte. Relajé mi expresión e intenté dejar de estar tenso mientras caminaba hacia los enormes ventanales que dejaban que la luz del sol entrase en la estancia y observé el jardín con lentitud mientras el dueño de la corona comenzaba a carraspear.

- Le seré franco, mi joven invitado, me alegra infinitamente que nos hayan salvado de permanecer durante más tiempo el horrible sonido que salía de las teclas del piano. ¿Verdad que hasta un gato tocaría mejor el teclado que Helen? Parecerá de rasgos afables pero su manera de tocar es igual que su alma y su corazón. Desagradablemente hiriente -bramó.

Giré mi rostro completamente sorprendido. ¿Cómo un padre podría hablar así de su propia hija? Parecía que la detestase pero eso sería quedarse corto. El sentimiento de odio que tenía en su mirada era tan intenso que me hizo estremecer un instante. ¿Qué podía haber causado aquella horrible sensación que poseía el rey sobre ella?

- ¿Ocurre algo? -preguntó mientras fruncía su ceño hasta que sus cejas se tocaron.

- En absoluto -negué.

El entrecejo del dueño del palacio se relajó y comenzó a caminar hacia la mesa sentándose tranquilamente en el carísimo sofá con orejas que había tras el escritorio. El color marrón oscuro hizo que destacasen más las ropas marfil que llevaba su alteza. Alzó su mirada hasta mí y con un movimiento elegante de su mano me invitó a sentarme. No le hice esperar mucho, caminé hacia una de las butacas, más bajas y menos lujosas que había en el otro lado del escritorio y tomé asiento.

El rey comenzó a mover los papeles y sonrió con cierto aire de superioridad.

- Tengo un negocio que proponerle… -comenzó.

- Soy todo oídos -respondí fingiendo curiosidad.

- Me gustaría hablar sobre una posibilidad de unir nuestras fortunas..

Reí ante su ocurrencia. ¿Pensaba que iba a caer en la soberana estupidez de compartir mi riqueza con él? Entonces pensé en la única manera en la que consentiría a semejante locura.

- ¿Me está ofreciendo esposa? -pregunté alzando una ceja.

- Por supuesto -sonrió malévolo.

Aquella idea me agradaba. Podría arrebatar delante de las narices de su eterno enamorado a Helen. Sonreí ampliamente mientras imaginaba la cara de aquel hombre.

Me levanté y caminé hasta la ventana. Miré como Christopher contemplaba a la joven princesa con completa adoración. Sonreí mientras mi sangre hervía por no ser el responsable de aquella sonrisa.

- Lo aceptaría gustoso -respondí mientras mi mirada seguía fija en la joven rubia que caminaba alegremente del brazo del conde.

- Entonces espero que corteje lo antes posible a mi adorada hija Susan.

¿Susan? ¿Había dicho Susan? ¡Maldición!