En la palma de la mano. En un discurso poco preparado y de apenas quince minutos, conseguí no sólo reafirmar la confianza que ya tenían en mi, sino fortalecerla. Una Ministra mujer y joven tiene un panorama complicado a la hora de asumir un departamento como el de Comercio. Aquellos a los que se les presta servicio, los empresarios, son personas demasiado tradicionales. Ganármelos era difícil, pero necesario. Se necesita confianza entre el Ministerio y las empresas. Y aquí me tenéis, siendo completamente valorada por aquellos a que controlan gran parte de la economía del Imperio Kou. Misión cumplida.

El resto del día se siguió desarrollando como estaba planeado. Mejor, incluso. En la comida con la dirección de los Ministerios de Economía y Asuntos Exteriores, diría que Tinfalo incluso se mostró algo abierta conmigo. Tienfa me comentó que Naki Shozone tenía interés en hablar conmigo. No una reunión como tal, sólo compartir unas palabras. Shozone era, ni más ni menos, la empresaria más importante del este del país. Transporte marítimo, ese era su negocio. Lo dominaba a la perfección, nadie podía hacerle sombra en ese campo. Prácticamente el noventa por ciento de los navíos mercantiles con bandera del Imperio Kou tenían como armadora a Naki Shozone. Mantenía relaciones con todas las Naciones con acceso al mar. Sus relaciones con la Familia Imperial eran sobresalientes, y sus conexiones con el Gobierno no eran menos desdeñables. Shozone era una mujer mayor, rondaría los sesenta años, a lo mejor un poco más. Matriarca indiscutible de la familia Shozone, su poder e influencia estaban a la par que la de un ministro. Puede que más incluso. Amiga personal del Emperador, su poder y riqueza igualaban su inteligencia. De aspecto dulce, ponerte en su camino significaría tu fin. ¿Muerte? No, ella era más sutil. Te destruiría económica y mentalmente, sin sangre. Era una mujer peligrosa… con la que, sí o sí, tenía que reunirme. A la que tenía que complacer. Gajes del oficio.

Tienfa me comentó que Shozone estaría en los jardines del Palacio por la tarde, sobre las seis. Fue una forma velada de decir dónde y a qué hora debía encontrarme con la empresaria. Así, una vez terminada la comida a las tres y media de la tarde, decidí pasearme por las estancias de la FECOA para realizar una inspección/evaluación inicial. Había diez comedores situados en el ala oeste del Palacio Imperial de Rakushou. Todos ocupados, si bien no todos los empresarios que participaban en el evento estaban comiendo en el Palacio Imperial. Algunos estaban comiendo en sus respectivos hoteles, o en casas de amigos en Rakushou. Un grupo comía con el Emperador. A mi eso me tocaba el jueves. Sí, el jueves era mi día grande.

Y todo iba bien. Todo estaba saliendo bien. Tanta paranoia, tanto miedo, tanto estrés… Para nada. Para que todo saliera mucho mejor de lo esperado. Hay veces que la vida te sonríe… Y Kouha. Tenía que disculparme. El sábado, una vez todo acabe, volveré al Palacio y le pediré perdón. Era él el que se había equivocado, pero mi reacción no fue adulta para nada. A veces hay que ceder. Kouha era listo, sí, pero en algunas facetas… era como un niño. Y yo tenía que ser madura. Ayudarle a madurar.

A las cinco en punto accedí a uno de los jardines, el principal. Donde Tienfa me había dicho que estaría. Se me había ido el Santo al cielo, y casi llego tarde. Pero siendo un encuentro informal (''sobre las cinco'', ''en el jardín principal'') no habría problema si se me iba un poco la hora… lo cual no pasó, al final. Justo al salir al jardín sonaron las campanas. Eché un primer vistazo, confiando en que yo era la primera en llegar. No era así. Naki Shozone me esperaba ya, copa de vino en mano. Vestida con un sencillo vestido naranja apagado, su presencia se hacía notar. De altura y complexión media, la señora Shozone destacaba. No tenía nada especial. Era una especie de aura de distinción y elegancia la que le rodeaba. Según me fui acercando, sus rasgos se acentuaron. Una vez más, rasgos nada destacables. Pelo corto, más que el mío. No caía el pelo hacia abajo, era un pelo castaño rizado y algo abombado. Sus ojos y cejas tenían el mismo color marrón claro. Prácticamente ninguna arruga, bastante llamativo teniendo en cuenta su edad. Al verme acercándome, sonrió. Una fila de pequeños dientes blancos se dejó entrever. Cuando estaba a unos pocos pasos, ella también dio alguno hacia mi.

- Ministra Tsum. Estaba deseando encontrarme con usted. Lamento no haberlo podido hacer en el tiempo que lleva como Ministra. Son unas fechas algo convulsas- dijo, con una voz tranquila pero firme.

- Entiendo. Es un placer y todo un honor tenerla aquí, señora Shozone. ¿Está todo a su gusto?- le dije educadamente.

- Todo está perfectamente organizado. Felicidades, a usted y a todo el equipo del Ministerio de Comercio. Asistí a su charla esta mañana. Es usted una gran oradora.

- Muchas gracias. Tengo entendido que se reunió recientemente con el Ministro de Comercio de Isefreria.

- Así es. Le transmití mi preocupación por las altas aduanas de sus puertos. Y bueno, afirmó que tenía intención de revisar el sistema de aduanas por completo. Pero no es algo que de por seguro. Isefreria está teniendo éxito con el transporte de mercancías por vía terrestre. Están descuidando el sector marítimo.

- Grave error, coincidirá.

- Cierto, Ministra. Es por mar por donde entran telas, especias y material de producción. Esos mercados en Isefreria son deficientes. Espero que se den cuenta antes de que haya consecuencias en su economía. Isefreria es una Nación en vías de desarrollo, que caerá si no es bien administrada. Intenté explicárselo al Ministro, pero en mi opinión, no me hizo mucho caso.

- Estoy segura de que recapacitarán.

- Eso espero, señorita Tsum. Le quería comentar que me gustaría solicitar un nuevo permiso para el transporte fluvial. En concreto para el transporte a través del rio Soco-Fueral.

- ¿Podría explicarme la motivación?

- Mayormente para el transporte de la sal, que se explota en la zona. Más rápido, más barato y más seguro. Podríamos transportarla hasta el puerto de Sisua. A partir de ahí, el transporte a las demás ciudades de la zona se haría por vía terrestre.

- Entiendo. Hablaré con Fomento y Recursos Naturales, pero delo por hecho. Señora Shozone, ya sabe que el Gobierno aprecia los servicios que presta al Imperio en el ámbito comercial.

- Claro, señorita Tsum. Precisamente hoy me lo ha comentado el Emperador durante la comida.

- Ah, ¿ha comido usted con la Familia Imperial?

- Sí, con el Emperador y señora. También con algunos de los Príncipes y la Princesa Kougyoku. He visto… muy callado al Tercer Príncipe.

- Ah- dije tontamente. Vuelta de la parálisis.

- Es horrible… ¿no cree?

- ¿Qué es horrible?- le seguí el juego.

- Todo lo que se cuenta. Despedazamientos, torturas… Reconozco que estaba algo asustada. Hoy parecía enfadado.

- Bueno.

- Se dice que en cierta ocasión un pueblo de la frontera norte se rebeló y mandó sustancias envenenadas a los mercados de la zona. Se decidió mandar al Tercer Príncipe a solucionar el problema. Y… Bueno.

- Bueno.

- Empezó con animales. Y una vez se le sacó de entre las sombras del Palacio… continuó con las personas.

- Bueno, yo…

- Uno de sus asesores principales es el General Toxidio. Ya sabe. Inició una revuelta en el este. Casi tuvo éxito. Unos días antes de su ejecución, se le concedió un indulto inesperado y sospechoso. Y fue entonces cuando entró en la Seiden del Tercer Príncipe.

- Ya, bueno…

- Tanta maldad, tanto sadismo… no se de dónde lo puede haber sacado.

- Él no es malo- estallé.

- ¿Cómo?

- Es un niño y punto. ¿Qué opina del nuevo sistema monetario?

- Está… bien. Está muy bien pensado. Ya se lo comenté al Ministro Tienfa. Me ofrezco a ayudar en la gestión de Balbadd en aquello que sea necesario. Cuenten conmigo.

- Gracias, señora Shozone. Si me disculpa, tengo una reunión. Ganaderos del este.

- Claro. Hasta la próxima, señorita Tsum.

- Adiós, señora Shozone.

Pocas veces había sentido tantas ganas de pegar a alguien. Yo misma estaba sorprendida por la forma en la que me controlé. Lo peor es… que no se ha inventado nada. Pero no era malo. No era malo. No. El Kouha que yo conocía… no era malo. Era travieso y descuidado. Pero malo no.

Según me alejaba, tuve que cerrar los ojos con fuerza. No era una lágrima de tristeza la que quería contener. Era más bien de impotencia. Por no poder defenderle. Por no ser más valiente.

No tenía ninguna reunión. No tenía nada que hacer. Mi intención era estar por la FECOA hasta las nueve. Hablando en corrillos, controlando la situación. Pero me fui. Mañana sería otro día. Un día lleno de reuniones, las de mañana oficiales, en salas acondicionadas para tal fin. Por se había acabado.

Martes y miércoles fueron dos días sin incidentes ni tensiones. Demasiadas reuniones para tales preocupaciones. El jueves fue un poco distinto. De hecho, el jueves fue el día en el cual toda mi vida dio el más dramático de los vuelcos.

Al igual que el lunes, el martes y el miércoles, el día empezó a las ocho de la mañana. La primera hora está libre de reuniones. En la galería principal y los jardines, grupos de personas hablaban mientras desayunaban de pie. Desde grupos de dos hasta concentraciones de más de diez personas, era el lugar idóneo para sentar las bases de futuros negocios, acuerdos…

Claro que los había más sociables que otros. Algunos sólo iban a las reuniones, mientras que otros se pasaban en el Palacio desde las ocho de la mañana hasta las nueve de la noche.

Pese a ser diciembre, la temperatura era agradable. Las primeras horas, de ocho a diez, solíamos estar a un par de grados sobre cero, pero a partir de esa hora la temperatura subía gradualmente. Así, las primeras dos horas solían ser menos activas.

Mi charla estaba programada para las once. Antes de eso, a las diez tenía una reunión con un grupo de comerciantes de aceite en una de las salas acondicionadas para tal fin. Sector poco competitivo y que no producía mucho dinero, era mi labor asegurarles que tenían el apoyo del Ministerio. Aunque no fuera así del todo…

Tras más de media hora de unos señores diciéndome que necesitan más ayuda y de lo muy apenados que están por el desentendimiento del Ministerio del sector del aceite, había llegado la hora. En veinticinco minutos sería mi gran momento. Me dirigí a la sala de conferencias para concienciarme y tranquilizarme. A pesar de que aún faltaban veinticinco minutos para la exposición, ya había bastante gente. Bajé hasta abajo y me senté en la primera fila. En el centro de la primera fila había unos cojines muy llamativos, para el Emperador, supongo. Todo era tan intimidante… Pero tenía que hacerse. Y hacerse bien.

Veinte minutos faltaban para las once cuando mi hermano rompió mi concentración.

- Alana. Se te ve muy determinada. Todo indica que será una gran charla.

- ¿Defensa necesita nuevos juguetes?- le dije levantándome.

- De momento vamos bien, gracias. Puede que cambiamos a los contratistas para la adquisición de acero. Ya veremos.

- Bueno. ¿Qué te parece la FECOA?

- Muy bien organizada, desde luego. Felicidades.

- Gracias. Mira que nos ha costado…

- El esfuerzo ha dado sus frutos… había unos señores hablando de un acuerdo para el desarrollo de nuevas viviendas en Tustukidao.

- Ah, sí. Es una idea inteligente. Tustukidao es una de las ciudades más prominentes del sur. Se está desarrollando a una velocidad nunca antes vista. El sector maderero tira mucho, y los árboles de la zona son bastante buenos.

- Creía que los mejores árboles para madera eran los del este.

- Los del extremo este, Shuko. A través de montañas y terreno inestable. El transporte lo hace un negocio nada rentable. Tustukidao es mucho más acessible.

- También he oído que se está gestando un importante acuerdo para la producción de vino.

- ¡Sí! En los valles del noreste. La mejor zona, al parecer. No tengo conocimientos elevados en viticultura…

- Estoy deseando conocer el resultado.

- ¿Defensa os deja acercaros al alcohol?

- Alana, no es una secta… no hay problemas mientras no vayas borracho al trabajo…

- Confío en que no lo harás.

- Confías bien. Alana, te quería comentar que he conocido a una chica.

- ¡Vaya! Ya iba siendo hora, ¿no crees?

- Lo mismo te digo. Se llama Akima. Sus padres comercian medicamentos. Mayormente en el norte.

- ¿La familia Tachae?

- Exacto.

- Bueno, es una buena pretendiente. Estarás muy contento.

- Lo estamos, Alana. ¿Qué hay de ti?

- Pues igual que siempre. Ya aparecerá alguien.

- Ahora eres Ministra. Puedes apuntar muy alto.

- Yo siempre apunto alto, Shuko.

- No esperaría menos de ti.

- ¿Qué tal van tus estudios de geología?

- Me gustaría poder dedicarle más tiempo a la geología, realmente. De momento sólo leo lo que descubren otros…

- Te irá bien. En estos meses has cosechado bastantes éxitos.

- Casi todos sobre la base del Ministro anterior.

- Alana, llevas muy poco en el cargo. No te presiones. Todo esto de la FECOA es un éxito tuyo.

- Lo hemos organizado entre todo el Ministerio, Shuko.

- ¿Y qué hay de la charla de ahora?

- Me ha ayudado la Ministra Argula.

- Pero el trabajo como tal es tuyo.

- Sí…

- Pues debes estar orgullosa de eso. Es algo tuyo. El propio Emperador va a venir a verlo.

- Gracias, Shuko. De verdad.

- Te estaré viendo. Padre y mamá también estarán aquí.

- Bueno, ya me diréis qué tal lo he hecho al salir.

- Lo harás perfectamente, Alana. No lo dudes. Te dejo concentrarte estos últimos quince minutos. Nos vemos luego.

- Gracias, Shuko.

Y así, tras un breve abrazo, Shuko subió las escaleras. Era increíble lo bueno que era a la hora de hacerme sentir mejor. Incluso cuando no lo necesitaba. Incluso cuando no lo parecía. El simplemente era experto en eso. Mi mejor amigo, sin duda, a lo largo de mi vida. Cosa no demasiado difícil, ya que yo nunca he sido una persona muy amigable. Mi madre, Ekoe y Daffa siempre han sido buenos conmigo. Más que buenos. Pero era Shuko quien me conseguía los libros que no encontraba. Quien me llevaba minerales, piedras, instrumentos y demás cuando no podía conseguirlos por mi cuenta. Incluso no le importaba aguantar que de vez en cuando le soltara una pequeña (o no tan pequeña) charla sobre geología. Le daba igual. Él siempre me dijo que si la geografía era lo que me hacía feliz, podía contar con él si necesitaba ayuda. El hermano ejemplar.

Para mi ''momento'' me había puesto más guapa que nunca. Vestido sencillo, azul oscuro y con detalles en dorado. El pelo estaba cuidadosamente peinado, con los mechones realizando mayormente semicírculos. Algo de maquillaje natural remataba la imagen. Quedaban cinco minutos para las once, y la sala estaba prácticamente llena. Solo estaba libre la primera fila. Emperador e invitados especiales de éste.

Cuando faltaban cuatro minutos, a lo alto de la sala, en la puerta, empezó a haber movimiento. Se despejó la escalera izquierda y, al tiempo que yo me subía a la tribuna, un grupo de personas empezó a bajar por ésta. Los primeros cuatro debían ser miembros de las Autoridad Imperiales. El siguiente era el Emperador. Su gran figura bajaba las escaleras con una extraña agilidad. Tras él, en fila, iban su esposa, Gyokuen, el Príncipe Kouen, el Príncipe Koumei, el Príncipe Kouha y la Princesa Kougyoku.

Espera, ¡¿qué?! ¡¿Qué hace Kouha aquí?! ¡¿Y así?! ¿Desde cuándo su pelo es del mismo color que el de sus hermanos? Pero si sus ojos también son rojos… ¿Se tiñe el pelo? Pero, ¿y qué hay de los ojos?

Vestido con unas botas azules, hakama gris, un kimono rojo oscuro con dragones amarillos estampados y una capa azul oscura desabrochada que le llegaba hasta un poco más abajo de la cintura, que sujeta sobre sus hombros, Kouha parecía, como de costumbre, la persona más despreocupada del mundo.

Tras darme cuenta de que le estaba mirando fijamente, retiré la vista, centrándola en el punto opuesto de la sala. Una sala en la que no sólo estaba la Familia Imperial. Ministros, empresarios, jueces y todo tipo de personas influyentes se juntaban para escucharme.

Había que seguir. Una vez todo el mundo estaba sentado, sonaron las campanas. Eran las once de la mañana, y mi charla debía empezar.

Antes de que terminaran de sonar las campanas, me desplacé hasta el centro del escalón del orador. Y una vez cesó ese agradable sonido, sólo quedó el silencio. Cientos de ojos mirándome, con sus orejas preparadas para escucharme, empecé:

- Buenos días. Señores y señoras. Majestad, altezas. Queridos empresarios y distinguidos invitados. Me gustaría empezar agradeciendo su presencia en esta charla y su interés por nuestras regiones deprimidas. Deprimidas no por su escaso potencial, sino por la falta de interés que se tiene en éste. Estamos hablando de las regiones Sesilia y Traise, en el oeste, Exlado en sur, Nachi en el norte y Tumyo, Claes y Lorikia en el este. ¿Por dónde empezamos? Por el caso más urgente, el este. La región menos desarrollada del país es Lorikia, al sureste. Es una región muy árida. Mayormente rocosa. Así que tengo una palabra que decirles: minería. Esas minas están llenas y sobre todo: están sin explotar. Y varios estudios de reconocidos geólogos señalan el rio Sincrofía, que atraviesa la zona, como un yacimiento natural de oro. No se pierde nada por examinar, ¿no? El transporte hasta las ciudades sería caro, pero el negocio en general sería más que rentable en caso de que allí haya algo. Para empezar, debemos preguntarnos…

Y así una hora y media. Sin que nadie se levantase y se fuese. Hasta el Emperador parecía interesado a intervalos. La charla acabó con una gran ovación. He de reconocer que fue emocionante. La gente de pie, aplaudiéndome. Cientos de personas reconociendo mi trabajo. Hasta el inexpresivo Taushe esbozaba una sonrisa. Todo estaba saliendo tan bien…

Tras la charla, unas cincuenta personas se me acercaron para felicitarme. Las felicitaciones siguieron al salir de la sala. Era la una menos cuarto, y en una hora y quince minutos empezaba la comida con el Emperador. Mientras paseaba por los puestos de exposición, justo frente al perteneciente a los productores de vino nacionales, un hombre se me acercó. Era alto y delgado, vestido de verde azulado y con unos pequeños ojos marrones.

Chisodamie Takro, el empresario más importante, rico y poderoso del norte. Precisamente la viticultura era su fuente de ingresos principal, aunque también era propietario de varios terrenos, que explotaba o arrendaba.

- Ministra Tsum. Quería decirle que me ha encantado su charla. Estoy pensando tomar esa oportunidad en los campos del oeste de la que habló. La búsqueda de oro al este suena apasionante, pero ya no estoy en condiciones de tomar aventuras, jaja- dijo animadamente.

- Gracias, señor Takro. Es usted muy amable. La idea del oeste sería una gran oportunidad para usted. Dejaremos que los buscadores de oro se encarguen de ese negocio al este… ¿Y cómo le va todo?

- Bastante bien, Ministra. Precisamente, la Universidad Lakranna me ha ofrecido recientemente un puesto como profesor en su departamento de enología.

- Eso es fantástico. La Universidad Lakranna es posiblemente la mejor universidad existente. Debe ser todo un honor.

- Lo es, por supuesto, Ministra. No lo he aceptado, no obstante. Es una oferta tentadora, pero mis viñedos norteños nunca han perdido una competencia, y este no será el caso, claro.

- Produce usted un vino muy bueno, señor Takro. El mejor del mundo, dicen. Coincido con ese dicho.

- Gracias, gracias, Ministra. Aún así estoy teniendo algunos problemas…

- Si yo pudiese ayudar...

- Verá, señora Ministra. Estoy teniendo problemas con la gestión del agua.

- Ah.

Ah. La gestión del agua siempre ha sido uno de los temas más complejos de la historia del Imperio Kou. Los embalses son construidos de forma privada, y su gestión también corresponde a las empresas. Desde las excavaciones para drenaje hasta la manipulación de parte del curso del rio para que llegue a los campos de plantación, todo lo realizan manos privadas.

Pero claro, los permisos para obras mayores le corresponde entregarlas al Ministerio de Recursos Naturales. Para que la obra se lleve a cabo se necesita la aceptación de a veces tres partes. Siempre las partes del Ministerio de Recursos Naturales y la empresa privada. A veces una tercera parte, la propietaria de las tierras. En un mercado con muy poca competencia, las aguas del Imperio Kou eran controladas, en más de un ochenta por ciento, por una sola empresa. No sólo esta empresa controlaba las ''aguas'' y sus derechos como tal, sino también prácticamente todas las construcciones de ingeniería hidráulica del Imperio. ¿El nombre de la empresa?

Kikikí.

Sí, Kikikí. Creedme, hay nombres más raros. Este era… peculiar. No más peculiar que la familia que fundó la empresa y la dirigía. Hace cuarenta años, el hijo pequeño de una familia dedicada al comercio de esclavos decidió hacerse con la propiedad de unos terrenos pantanosos al oeste del país. En los siguientes cinco años, mediante astucia empresarial, contactos y trucos sucios, ese hombre, médico de profesión, se hizo con el control de la mitad de las aguas del Imperio. A lo largo de los últimos treinta años, su control no ha hecho más que aumentar, hasta el ochenta por ciento que se cuenta a día de hoy. Uno de los empresarios más poderosos del oeste, su poder se ha visto disminuido por el caso Dulois. Corrupción. ¿Que por qué se tanto del tema? Porque el dueño y fundador de Kikikí es mi padre.

- Señor Takro… Debería hablar con mi padre para esos asuntos.

- Su padre no se ha mostrado muy receptivo acerca de la manipulación del curso del rio Fli. Ni tampoco al aumento de la explotación de los embalses de la zona.

- Pues tiene usted derecho a utilizar agua para sus viñedos, señor Takro. Solicítelo formalmente al Ministerio de Recursos Naturales. No pueden negárselo.

- Todo se embarra cuando el Ministerio se mete en nuestras cosas… estoy seguro de que todo será mucho más amistoso si se soluciona sin intervención pública.

- Ya veo. Hablaré con mi padre, señor Takro. Claro que no puedo prometerle nada.

- Entiendo. Muchas gracias, Ministra.

De nada, señor Takro. Si me disculpa.

Y así, me retiré. Siempre me ha resultado incómodo el tema de Kikikí. Ni iba a heredar el control de la empresa ni tampoco lo quería. No me gustaba el tema del agua y sus derechos. Tampoco sus construcciones. Si los materiales geológicos de los ríos. Como dije en la charla, se puede llegar a encontrar oro en algunos cauces fluviales, sobre todo en los pequeños. Estaba segura de que había algo del rio Sincrofía. Puede que no mucho, pero ese terreno…

La hora de la comida con el Emperador se acercaba. No sólo estaríamos el Emperador y yo, claro. También estaría la Emperatriz, el Príncipe Kouen, el Príncipe Koumei, Taushe, Kiribe, los otros diez miembros del Consejo de Ministerio del Ministerio de Comercio y seguramente alguien más. Entretenida comida…

Mi charla había claramente dado sus frutos. En los corrillos se hacían planes para salir disparados a los sitios que indiqué para hacer negocio. Particularmente interesados se mostraban en dirigirse al este. Algunos me preguntaban si el Ministerio concedería alguna ayuda para estas iniciativas. ''Ya veremos'', respondía simplemente. El tema de las subvenciones siempre es problemático. ¿Y si volvían a los tres meses porque allí no había nada? A saber cuánto dinero se tiraría a lo tonto… Las subvenciones se utilizan para motivar el comercio. Y, visto el ambiente en la FECOA, motivación no faltaba. Pueden ganar mucho dinero, ¿para qué pagarles por ello?

Eran las dos menos diez y yo ya me encontraba en el ala norte del Palacio Imperial, donde se desarrollaría la comida, junto con ocho de los diez restantes miembros de la dirección del Ministerio. Faltaban Tzido y Reiko… otra vez. Si fuesen a llegar tarde a la comida con el Emperador, yo…

- ¡Perdón, perdón! Otra vez tarde… No volverá a pasar- entró diciendo Reiko, falta de aire.

- Ha sido culpa mía. Nos hemos entretenido con... perdón- dijo Tzido.

- Bueno. Ya sabéis, cuidamos nuestras palabras y trasmitimos con claridad nuestro mensaje. Esto tiene que salir bien. Estos días han superado todas nuestras expectativas. Sigamos así. Esta es la prueba más importante. Por Dios, que no la cague nadie- dije yo.

Todos asintieron. No se podía fallar. Dios, si alguien metía la pata lo despediría sin dudar. Taushe y Kiribe se nos unieron cuando faltaban cinco minutos para las dos. Kiribe me informó que seríamos veinte comensales. Los once miembros del Consejo de Ministerio, Kiribe, Taushe, el Emperador, la Emperatriz, el Príncipe Kouen, el Príncipe Koumei, el Príncipe Kouha, la Princesa Kougyuku y el Director de la Oficina Económica de las Autoridades Imperiales.

Oh, mierda…

Otra vez él. ¿Qué pintaba en una comida de ese tipo? Sí, era una comida, pero en muchos aspectos era una importante reunión oficial que determinaría mi futuro político. ¿Qué pretendía Kouha? No puedo pensar ahora en eso. Mi objetivo único debe ser la reunión. Taushe, acercándose a mi, me dio unas indicaciones de cómo se organizaría la mesa.

Emperador

Taushe Tsum

P. Kouen P. Koumei

Tzido Yamahiko

Reiko Shushintia

Ki Mou (RepEmp) Kiribe

P. Kouha Matatishe

Shourigato Idoio

Shahine (RepMin) P. Kougyoku

Nilsiom (RepCoMin) Cassopo (DirOEdeAI)

Emperatriz

Siendo así la distribución, no corría problema de colisionar con Kouha. Tenía entendido que el Príncipe Koumei era una persona muy interesante y agradable. El Emperador… seguramente se pasaría todo el tiempo hablando con Taushe. No le culpo. Y no es que yo me muera por hablar con él. Simplemente tenía que implantarle en la cabeza la idea de que podía hacerse mucho más rico y obtener mucho más poder si llenaba de dinero a los habitantes de la zona este del país.

A las dos se abrieron las puertas del comedor principal. Una magnifica estancia, ornamentada acorde con el resto del Palacio, pero por algún motivo este salón era más elegante. Hablamos de una sala grande, con una mesa de madera marrón brillante, a la que flanquean veinte sillas del mismo tono. Algunas mesas pegadas a las paredes contenían el aperitivo, que se tomaba de pie y antes de sentarse en la mesa. Hablamos de los primeros treinta minutos. El suelo era una gran alfombra roja, con detalles en dorado. La sala estaba muy bien iluminada. El dibujo de las paredes representaba escenas de guerra.

La primeria media hora consistió en no quedarme nunca junto a menos de dos personas, con la intención de evitar a Kouha. Los políticos son muy perceptivos, podrían darse cuenta de mi comportamiento junto a él. Kouha, por su parte, hablaba mayormente con Kougyoku, acercándose a veces a Kouen. No me crucé con el Emperador en esta primera media hora.

Todo cambió cuando nos sentamos a la mesa. Todo, todo, todo. Tras la bendición inicial, se empezó a servir la comida. Junto a ésta se sirvió el vino, un Vangois de Cralsome, lo mejor de su cosecha.

- El vino está bueno- dijo una voz a mi derecha. Sin duda, me hablaba a mi. Calma y adelante.

- Coincido con usted, Majestad. Precisamente he estado hablando con el señor Takro antes de venir. Sus vinos son los mejores.

- ¿Ha probado los producidos en Estemo?

- No los he probado, pero sí he oído acerca de su reputación. A la altura de Cralsome, dicen.

- Yo diría que son mejores. Claro que hay que apoyar la producción nacional. Un amigo del sur, Sigto Meliso, me ha comentado que el transporte público de mercancías en la frontera sur es más que deficiente.

- Lo siento, Majestad. No dude que mañana mismo realizaré todas las gestiones necesarias para iniciar los trámites de renovación de efectivos.

- Contratará a la empresa Fetro para tal fin.

Es Fetra, idiota…

- No lo dude, Majestad.

- Bien.

La comida siguió con relativa calma. En este tipo de encuentros siempre hay algo de tensión. Koumei era un hombre amable y culto. Tenía la intención de hacer un gran acuerdo comercial en materia agrícola con Sindria, un plan realista y prometedor, el cual tenía bastante bien atado. Taushe entretenía al Emperador para mi y Kouen en ocasiones participaba en la conversación. Hombre estratega, me preguntaba por los costes comerciales que produciría el cierre de la frontera sureste.

Todo iba bien, hasta que…

- Ministra, ¿puedo hacerle una pregunta?

- Por supuesto, Príncipe Koumei.

- ¿Vería con buenos ojos una relación extramatrimonial entre dos miembros del Consejo de Ministerio?

- Ah.

Tzido y Reiko. No podríais haber sido más discretos. Al menos en la comida con el Emperador.

- No, Príncipe Koumei. Tomaría medidas al respecto.

A mi ignorancia, se produjo uno de esos momentos en los que prácticamente todo el mundo está en silencio, y la voz se proyecta más alta.

- Lo cierto, Ministra, es que no es una falta muy grave, a mi parecer.

- La vida es una guerra que hay que ganar, Príncipe Koumei. No hay tiempo para desviarse de las obligaciones.

- ¿Nunca hay un armisticio?- preguntó una voz al otro lado de la mesa.

El autor de esa pregunta, Kouha, me miraba fijamente, al igual que la mayoría de comensales, Tzido y Reiko incluidos.

Tenía que responder. En los ojos de Kouha había… enfado. Frialdad y tristeza. ¿Por una estúpida discusión sobre geología? No. Había algo más.

- Puede- me limité a decir.

- ¿Puede qué?- exigió él.

- Puede que haya un armisticio cuando se den las condiciones.

- ¿Y cuáles son las condiciones?- preguntó, levantando las cejas y apoyándose en la mesa.

- Kouha- intercedió Kouen con simpleza.

- Las condiciones son las condiciones. El carácter, la personalidad.

- ¿Hablamos de la personalidad?

- Kouha- dijo Kouen, un poco más alto.

- Prefiero no hablar de esto.

- ¿Porque estoy loco? ¿Porque me excita la sangre?

- ¿Crees que es sólo eso?

- ¿Qué es entonces? ¿Mi amor por los marginados?

- ¿Amor? ¿Qué sabes tú de amor?

- Puede que esté loco por amor. Puede que sepa más de amor de lo que tú piensas.

- ¿Qué quieres de mi, Kouha? ¿Qué te diga que estoy enamorada de ti?

- Quiero que me digas que ha significado nuestro tiempo juntos.

Fue entonces. Cuando ambos recordamos, a la vez, que no estábamos solos en la mesa. Que estábamos rodeados de gente. Que nos habíamos dejado llevar, y que todo se había acabado. Creo que una parte de mi quería esto. Quería acabar con el secreto. Pero no así.

Desplacé mi vista hacia la derecha de Kouha, posándola en Tzido y Reiko. Tras lo cual dije:

- Ustedes dos están despedidos. Con permiso.

Y así, destrozando en miles de pedacitos mis oportunidades de ascender políticamente, me levanté con calma y me fui. Me fui.