Vuelvo después de siglos, jaja.
De paso, comunico a las que preguntaron y me mandaron ánimos: ¡Quedé en la universidad! Derecho en la Universidad de Chile, ni más ni menos, ¿qué tal? Dejar tirado este proyecto dio sus frutos y luego de meses de no saber cómo seguir, valió la pena. Me bajó la inspiración y las ganas de seguir con esto.
BTW, estoy trabajando en un crossover de KnB, con Free! ni más ni menos, y se llama "Entre Llaves". Está en la sección de Free! si quisieran leerlo.
Chicas (y chicos, si los hubiera), los quiero muchísimo. No tienen idea de lo lindo que es que gente a la que no conoces, pero a la que has podido entregarle amor haciendo algo que te gusta y que ellos aprecian, te apoye y te diga "¡Tú puedes!" y se preocupen por ti aunque seas una verdadera vaga retrasa fics.
Muchísimos créditos a la beta igual, que es la mina más bacán que conozco (y hace un glaseado de puta madre, weón, hay que tratar de hacer los cupcakes de nuevo, acá en mi casa haciendo el crack) y me apoya en mis mierdas y me aguanta mis gritos, mis dudas y mis mañas. Besos para vos, Akasha querida. Andá comerte los postres (?) (Te quiero, loca)
Flores para Kise
Nuevo Enfoque
Siguió tecleando, buscando información a tientas en la oscuridad de la salita. Tenía una pestaña con el nombre de "muérdago" abierta, no la había cerrado incluso cuando ya la había leído. Le costaba mucho concentrarse. La luz de la computadora iluminaba el espacio, no había abierto las cortinas y la luz de afuera no pasaba.
Lo lamento mucho...
Tenía mucho sueño a pesar de que el reloj marcaba las tres de la tarde, o sentía cansancio acumulado. Sin embargo no podía parar de leer cada cosa que encontraba por mucho que no la entendiera. Tal vez debería preguntarle a Midorima, que tenía varios familiares médicos, algo debía saber. O Akashi, él también habría de tener una mejor idea.
...pero él no despertó.
El teléfono a su lado comenzó a sonar.
Lo ignoró deliberadamente.
No tenía ganas de hablar con nadie. La buena noticia era que al menos no se había comportado como un imbécil con los chicos y no le tocaba turno por ser viernes. Las palabras horrendas del doctor le retumbaron en la cabeza.
Entró en estado de limbo.
—"El limbo… —susurró, abriendo otra pestaña en el navegador del viejo computador—: condición transitoria entre el estado de coma y la vida o la muerte" —leyó entre dientes—. ¡Esto es pura mierda! —Gritó, empujó la mesa y se levantó, indignado.
Todo lo que pillaba decía lo mismo. Entre la vida y la muerte. El último paso. Según había leído —y odiaba leer, no le gustaba—, la persona en coma puede entrar en algo que se llama "limbo", esto consiste en un estado... es como un stand by más allá del propio estado vegetativo. Es el límite entre dos lados de una moneda y uno de ellos acababa en dos posibles finales: salir del coma o morirse en ello. Como los casos no eran los suficientes, y la situación era demasiado relativa, no era posible establecer una estadística al respecto.
Según muchas declaraciones de pacientes que habían sobrevivido, leyó, este límite suele estar representado por un peligro al cual ellos debieron enfrentarse para salir. Una cascada o un risco eran los más comunes, también puentes levadizos, agujeros negros, ascensores que caían en picada al entrar en ellos. Dadas las palabras del propio Kise, el riesgo al que se anteponía era una puerta, o eso asumía Daiki, aunque no sabía qué tan riesgosa podía ser una puerta. Eso estaba sujeto a cómo la imaginara o describiera Ryota.
Esa era otra cosa que tendría que soportar. Los pacientes en el limbo podían vocalizar partes de su monólogo interno, partes de sus propias reflexiones o discusiones consigo mismos mientras decidían si cruzar o no la puerta. Sonaba como un trabajo de ficción, aunque horriblemente real.
Podría estar meses así, les había dicho el médico y Daiki se enteraría por Akashi en el único mensaje que se había dignado a leer sólo porque como título tenía escrito "respecto a Kise".
Después de recibir la bomba, Akemi se había echado a llorar mientras Momoi intentaba calmarla, entre sollozos. Kuroko se había puesto lívido y Taiga habría tenido que tirarse al suelo para evitar que se diera de bruces contra este si Murasakibara no hubiera estado tras él. Seijuuro se limitaba a apretar los dientes y estaba en un estado similar al de Yuuki, estático; él, lo más probable, pensando algo como "debí saberlo". Midorima, como era de esperarse, había sacado el celular para llamar a quizás quién para hacerse con toda la información que pudiera. Himuro se había echado en una silla al lado de su "cuñado" y le había tomado la mano, sin otro gesto que uno muy, muy inexpresivo. Furihata parecía no encajar, y se había puesto muy nervioso.
Kazunari no lo soltó en ningún momento. De hecho, lo empujó para llevarlo al pasillo.
—Qué me ibas a decir —inquirió cuando estuvieron a solas, inusualmente serio—. Dime, Dai, qué era.
—No es nada.
—Mentiroso. Se ve en tu cara.
—Perfecto. Sí, te estoy mintiendo. ¿Quieres que te cuente algo que sea verdad? Quiero irme a mi casa justo en este momento antes de que te suelte alguna cojudez.
Y se había dado la vuelta para caminar en dirección de las escaleras de emergencia, dispuesto a volver a su hogar y echarse a dormir. Cosa graciosa, no había logrado pegar el ojo. Se había dado vueltas y vueltas en su cama y luego de hartarse de esa incómoda blandura giró una sola vez sobre sí mismo y se dio contra el piso de madera. Exclamó de todo, en todos los idiomas en que podía insultar y se levantó sobándose la nariz y el lado derecho de la cara. Movió los hombros y salió de su cuarto sin antes abrir las cortinas.
Daiki se había ido del departamento de Kagami al mismo tiempo que llegara Takeshi. El hombre era simpático, le gustaba molestar a su hijo, igual que él, pero había una cosa que Aomine tenía demasiado clara: cuánto habían Taiga y su padre estado separados. Tal vez su ahora autoproclamado mejor amigo/rival (pero que constase, que no eran amigos en realidad) sí había extrañado mucho a su progenitor aunque estuviera aclimatado a su ausencia, como decía Tatsuya. Por una cuestión de respeto había preferido volver a la casa de sus propios padres, a pesar de que ambos Kagami le habían dicho: "Te puedes quedar".
Lo más terrible de todo el asunto era la incertidumbre, no estar seguro de lo que ocurriría al final ni cuándo sucedería. Otra cosa no tan terrible, pero que si requería de atención inmediata era el revoltijo que tenía en la cabeza.
Y en el corazón.
Tocaron el timbre de la casa, ese que no todo el mundo sabía que estaba ahí, en una vueltecita de la pandereta. Sería uno de los chicos. Dejó todo tal cual y corrió a la puerta cuando miró su teléfono y vio que las cuatro más recientes de las muchas llamadas perdidas eran nada más ni nada menos que de Seijuuro.
Akashi estaba parado frente al portón. Kouki se había quedado en la clínica, acompañando a Kazunari.
—Vengo a decirte que ya no es necesario que sigas trabajando para Nanase —le dijo cuando pasó y Aomine entendió en seguida y asintió para sí mismo. Le señaló el suelo junto a la mesa sin temperar y se sentaron. En el ir y volver se había perdido todo rastro de su calor corporal en la madera y esta estaba helada como piedra. Pleno invierno y él sin calefacción.
—Paso.
—¿Seguro? —Preguntó el pelirrojo, levantando una ceja—. Te estoy eximiendo de ayudarme con el pago de la estancia y tratamiento paliativo —continuó, sacando de su chaqueta una serie de boletas con el sello de la clínica, las cuales dejó sobre la mesa—. Estuve considerando todo lo que ha pasado y creo que has hecho suficiente; además, ya logré lo que quería. No me digas que me ablandé, aunque bien puede que sea verdad, pero pienso que te ha tocado bastante y mi padre está de acuerdo en hacernos cargo de la totalidad del asunto.
—Otra vez, Akashi, paso. El Estado me ayuda con lo que necesito, dinero no me falta, y ya estoy acostumbrado al trabajo. Voy a seguir haciéndote llegar todo. Cada yen. No estoy… queriendo rechazarte porque sí —se apuró. Era verdad que era diferente en muchos aspectos, pero estaba tratando con una persona que no solía aceptar un no por respuesta, a nada—, pero es que…
—Lo sé —interrumpió, con una sonrisa enigmática—. Sabía qué era lo que dirías: "ya lo estoy haciendo, me acostumbré, no necesito dinero de sobra". Ya lo sé. Por mucho que intente convencerte de que ya no tienes responsabilidad del asunto, te la has acabado adjudicando tú mismo por algo bastante simple y que llega hasta esa clínica con cada girasol que le llevas. Como dije, ya logré lo que quería.
Aomine apretó los dientes, sin saber si debía o no sorprenderse, esta vez enfocándose en las últimas palabras de Seijuuro. Pero Akashi no había vocalizado nada concreto, así que en realidad...
—No me pongas esa cara de "podría salvarme de esta". Si no lo dices tú, yo lo haré por ti. Asi que será mejor que no me rodees ni quieras hacerte el tonto conmigo.
—¿Quién más? ¿Tanto se nota?
Soltó al fin. No valía la pena rehuir a Seijuuro, sin importar si hablaban de lo mismo o no.
—No. Yo soy perceptivo como siempre. Tú te ves tan normal como se vería un adolescente de diecisiete años que no lo ha pasado bien y, además, se ha visto ligado emocionalmente a un grupo de más adolescentes rondando esa misma edad, alrededor de una situación y varias otras situaciones especialmente abrumadoras. Me atrevería a decir que soy el único que lo ha notado por sí mismo y es capaz de decirlo a ciencia cierta; si los demás especulan, no lo sé. Sigues siendo cerrado como una ostra a pesar de todo, Daiki.
Daiki logró notar que Akashi tragaba saliva al decir lo último, al llamarlo por su nombre. Se preguntó si sería un acto consciente o una reacción por defecto por los meses de mentiras y de haber estado jugando a las escondidas.
—Si te incomoda llamarme por mi nombre, no lo hagas.
—No me incomoda —contestó—. No te hagas el listo. En fin, no hablamos de mí, sino de ti y… ay, Dios. Te dije que no me pusieras esa cara.
—¿Cómo lo notaste?
Estaba demasiado interesando en saber todo lo que el capitán de Rakuzan tuviera que contar. Seijuuro esbozó otra sonrisa, pero esta vez fue una fraternal, de esas mismas sonrisas que Kuroko tenía para con él, como si fueran amigos desde siempre y lo conociera mejor que nadie. Le dio un escalofrío de puro acondicionamiento.
—Daiki…
—Vale, lo pillo. Seijuuro Akashi.
—Por supuesto —contestó, guardándose las boletas—. Sigo siendo Seijuuro Akashi.
Seguiría trabajando con Nanase. Asunto cerrado. No se hablaría más del tema hasta que Misaki lo echara de la cafetería o el mismo Daiki renunciase.
—¿Te molesto con una taza de café? Lamento decir que tu casa se siente bastante sombría, podría dormirme aquí —preguntó Seijuuro de repente. Aomine lo miró de arriba abajo y soltó una media sonrisa antes de asentir, levantarse, abrir las cortinas e ir a la cocina a hervir agua. Cuando volvió a la salita a preguntarle si quería algo de leche, Seijuuro ya no estaba, en cambio, le había dejado un cupón para una heladería con una notita que decía: "Invito yo esta vez, por estar jugando al detective a tu costa".
—Desgraciado —murmuró y se rió para sus adentros. Se tomó él el café a medio hacer, sin azúcar. Ya que lo habían invitado a comer helado, se llevaría compañía con él.
Takao querría todos los pormenores de su repentina huida del hospital.
•••
Se sentía tan… tan extenuado. Himuro no se había puesto a llorar —él lo había notado— haciendo un esfuerzo supremo. Murasakibara también. Kuroko odiaba tener que ser él quien se quebrara, quien carecía de fuerzas. No le gustaba que Kagami lo viera tan débil.
No sabía si en realidad estaba tan ligado a Kise como creía, pero ahora lo confirmaba. Ahí estaba, apretando los labios, mirando el vaso con el resto del batido de Kagami, quien lo sostenía frente a él, acuclillado sobre la gravilla. Su abuela le había contado una vez que un pariente enfermo puede afectar a quien lo cuida, enfermarlo, robarle fuerzas.
—Kurochin —llamó Atsushi y Kuroko no debió hacer otra cosa más que alzar la vista hacia él— tienes que tomártelo, come algo o te nos desmayas aquí. Y si ya me rechazaste las papitas al menos tómate esto.
—El grandote tiene razón —dijo Taiga y se acomodó para reestablecer bien el peso de su cuerpo sobre las puntas de sus pies. Acercó una mano hacia él y la puso en su cintura. El tacto lo estremeció por dentro, era su punto débil, adoraba que su novio lo agarrara por la cintura—, te vez más blanco que de costumbre. Yo quiero una sonrisa, ¿vale? Vamos, sonríeme —intentó, y Tetsuya trató de curvar sus labios pero acabó dejándolos en una mueca que no entendió ni él mismo.
—Kuro… Tetsuya —Himuro apretó más su mano y encorvó un poco el tronco para quedar más cerca de su rostro—. Por favor. Sé lo que sientes. De verdad que lo sé. Así que vamos a hacer algo —le dijo y con eso logró captar parte de su atención. El resto de ella seguía en Atsushi, parado junto a Kagami, ni idea por qué—. Si tú te tomas tu batido, yo… yo me comprometo… me —le costaba, Tetsuya sabía qué le diría, era lógico, y estaba consciente de cuánto le costaba decir algo tan simple como "me comprometo a comer más seguido" o "no me saltaré las comidas"—. Me comprometo a obedecer la terapia por completo, y la dieta que me dieron para… para subir un poco mi peso, y a tomarme las pastillas que me recetaron. Todo, sin fallar nunca. Lo prometo —terminó por fin, y todo lo había dicho muy rápido.
Kuroko lo miró de arriba abajo y descubrió que en efecto se veía como si fuera a estallar. Estaba comprometiéndose a hacer voluntariamente todas esas cosas si el prometía tomarse un estúpido batido de vainilla.
—Es como si se lo dijeras a Kise. Ese no es un compromiso que tengas que hacerme a mí.
—Sí y no —soltó Murasakibara y todos se voltearon a mirarlo—. Nada.
—No, sigue.
—Que no es nada.
—Te lanzaré el batido, ¡suéltalo!
—¡Uy! ¡Kagachin eres pesado, te odio! —gruñó, haciendo un mohín que le sacó risitas y dejó a Himuro apretando el dorso de su mano contra su boca para no reírse—. Lo que pasa es que si está diciendo que lo hará, también es por Kisechin, y a lo mejor Murochin quiere que Kurochin prometa no sentirse mal a Kisechin. Porque él los quiere mucho y no quisiera que se sintieran tristes o estuvieran mal.
El silencio los embargó y Kuroko pensó que Atsushi tenía toda la razón del mundo. Ni él ni Himuro podían dejarse ganar. Él, por sus ansiedades y Himuro por su adicción. Ni siquiera por Kise, se dijo después, si no por ellos mismos. Prometérselo significaba la atadura voluntaria que los mantendría a flote. Prometérselo sí mismos, a Kagami, Atsushi, Daiki…
—Es como si se hubiese comido un libro de psicología —dijo de repente Kagami y todos lo miraron. Murasakibara parecía realmente ofendido de que Taiga cuestionara lo que sabía o se le ocurría.
—Oh, Taiga, no seas pesado —reprendió Himuro, golpeándole con el puño en el brazo, haciéndolo caer sentado al suelo.
—¡Joder, Tatsuya!
—¿Viste? Murochin me prefiere a mí y no a ti. Y te apuesto que hasta me quiere muchísimo más, toooonto —declaró, y le sacó la lengua a Kagami, se cruzó de brazos y volteó la cabeza hacia otro lado, ofendidísimo—. Y Kurochin igual, porque soy más alto y más fuerte que tú y no tengo cejas horribles, ¿verdad Kurochin? —Preguntó y Kuroko los miró a todos y se echó a reír.
Eran un plato, los tres, tratando de subirle el ánimo y hacer que se alegrara. Porque ese había sido el objetivo de la infantil discusión, ¿cierto? O no demasiado, porque tanto Kagami como Murasakibara se estaban tomando muy en serio aquella disputa por su cariño y el de Tatsuya. Ahora, ambos se miraban con odio y se mostraban la lengua cuando creían que Himuro estaba pendiente de él. Taiga de repente le hacía caras a Atsushi y él se ponía rojo de indignación.
—¿Te sientes mejor? —Le preguntó Tatsuya, chocando su frente contra su hombro en un gesto fraternal. Se sentía cómodo de esa forma, así que decidió que era la mejor de las ideas permitir que el hermano de su novio entrara definitivamente a ser parte del espectro de personas por las que se preocuparía de cuidar y de estar ahí para ellas.
—Sí —contestó y alargó su mano para quitarle el batido a Kagami, primero, porque quería beberlo y segundo, porque el pobre vasito estaba por ser Meteor Jamizado hacia la cara del más alto de los cuatro—. Gracias, a los tres —dijo y le sonrió. Entonces el par de tontos que tenían enfrente dejaron de pelear y se quedaron mirándolos con detenimiento.
Taiga se levantó y se acercó hasta él para besar su frente y la de Himuro. Le había contado una vez que eso era lo que hacía el mayor de los dos cuando eran niños y el pelirrojo se raspaba las rodillas, o se caía, o tenía miedo. Pero para Tetsuya ese gesto había sido uno lleno de todo ese amor que le tenía sólo a él.
—Aléjate de mi novio, Kagachin, o te aplastaré.
—Es mío. Sigue siendo mi hermano, así que tengo más derechos sobre él que tú, niño titán.
—¡No soy un titán! Los titanes son feos y se comen a la gente.
—Tú comes dulces en cantidades desorbitantes sin motivo. Los pobres no tienen la culpa de que tengas el estómago tan grande, vas a engordar, y vas a parecer un elefante orejudo. Tonto.
—¡Tonto tú! ¡Kurochin, dile algo!
—Kagami también engordará como un elefante si sigue comiendo tantas hamburguesas juntas. Y robándome mis bebidas. Porque lo hace. Y mis papas también.
Taiga buscó defensa en Himuro, pero él negó con la cabeza y cliqueó la lengua en un gesto condescendiente.
—¿Qué hice mal, Taiga? Yo no te crié así.
—¡No se pongan de su parte!
•••
Le costaba un poquito respirar.
No le gustaba discutir consigo mismo, era terrible. La sensación era como estar tratando de decidir entre saltar o no saltar de un puente. Pero al menos estaba logrando un consenso, una vez más. Si dentro de todo Midorima tenía razón: era un inseguro.
—Piensa en eso, son tus… mis… Por Dios, todavía no puedo tratar esto…
¿Vas a decir algo? Hazlo, no tengo tu tiempo. Mentira, sí lo tengo, soy tú y no me voy a ningún lado.
—Por eso mismo, pero es extraño y difícil, no había tenido que hacer esto tan seguido antes. Y espero que no se vuelva una costumbre entre nosotros el tener que establecer conversaciones donde te pones a la defensiva. Conformémonos con arreglar las cosas y hacerlo lo mejor posible.
¿Te preocupa que vuelva? ¿Que me haga cargo?
—No. Eso no es importante, ya lo has hecho antes, lo que importa aquí es…
Kouki.
Interrumpió.
Es lo más importante. Y papá también lo es, y los muchachos.
—¿Ves? Tenemos que llevarnos bien, por ellos, porque nos quieren a los dos. Sé que les da lo mismo la personalidad, Seijuuro Akashi es Seijuuro Akashi, ya lo viste con Aomine pero no podemos abusar. Sé que has tratado de ir a la par con mis propios avances, pero ya he hecho bastante por ti, por mantenerme oculto.
Eso no lo puedes hacer. No seas tonto. Ya salió el pastel del horno, así que hay que repartirlo. ¿Y si llegamos a un equilibrio?
—¿Y si llegáramos a un equilibrio? —Preguntó, confundido. O sea, entendía lo que quería decir, pero necesitaba una explicación más detallada de sus propias ideas. A qué quería llegar. Por qué. Cómo—. ¿A qué te refieres?
Un punto muerto. Ciertamente, me gustaría seguir al mando, pero veo que no es posible y no soy el tirano que alguna vez fui, ya lo sabes. Kouki otra vez, lo amo demasiado… lo amamos demasiado. Por eso te propongo lo siguiente…
—Escucho.
Lleguemos a un equilibrio entre ambas personalidades. De forma permanente. Tus rasgos, los míos, sin predominio. Pero que conste que no lo estoy haciendo por ti, ni por mí mismo. Es una cuestión mucho más importante de la que he… hemos aprendido durante este año.
—Los chicos… papá, Kouki. Entonces acordamos intentarlo, lo hablaré con el especialista y si es posible no tengas duda de que se hará.
Me encanta que nos llevemos tan bien.
—Una cosa más —preguntó.
Qué.
—¿Qué hacemos con el color de ojos? —Dijo, y sintió su interior sacudirse con una risa sincera—. No es que no me guste el amarillo.
Tienes toda una gama, eso se verá después. Tampoco me desagrada el rojo.
—Me alegra saberlo. Doctor…
Oye. Cuida de Daiki mientras no estoy. Esa máscara le hará daño.
—Oh…
—¿Pasa algo, Seijuuro?
—No es nada, deme un momento. ¿Qué quieres decir? —Preguntó de nuevo, a sí mismo. Daiki se veía bien aunque sí, le daba la impresión de que era una careta suya—. Hey —No hubo respuesta—. ¿Hey?
—Creo que se ha ido por su cuenta, ¿no? —Dijo el médico, tomando más notas—. ¿Te encuentras bien?
Seijuuro parpadeó, y cuando pudo enfocar mejor se vio en la consulta de su psiquiatra, echado en el diván junto a la gran ventana. Le gustaba ese diván, era suavecito y cómodo, podría quedarse dormido ahí leyendo un libro, tomando su té inglés favorito.
—¿Seijuuro?
—Perdone, estaba ubicándome. No se preocupe, sólo me ha dado un consejo, nada grave.
—Ustedes dos se llevan mejor, y eso es un avance muy, muy grande. Espero lo sepas —dijo el hombre. Tomó su cuaderno de notas para revisarlas una vez más y cuando estuvo seguro de cómo seguir la consulta cerró la tapa y puso la pluma encima, dejando ambas cosas en su escritorio—. Tienes una voluntad muy grande, propia de tu madre. Era una muchacha muy voluntariosa cuando la conocí; una buena mujer. Siempre me pareció tierno que pudiera ablandarle el corazón a Kotaro. Tal vez no me creas, pero él no es malo, ni tan estricto como se ve. Todos solemos ponernos máscaras ante el dolor.
Máscaras…
Él le había hablado de máscaras.
Le hacía gracia que le sacara el tema de Kotaro. Perfecto, el psiquiatra recomendado por la psicóloga era nada más ni nada menos que un viejo amigo de su familia, y alguna vez asistió a la misma preparatoria que sus padres, donde ellos se habían conocido. Por tanto, había un espacio que estaba cubierto; el hombre lo había conocido de niño.
—Eso parece —concordó.
—¿Quieres contarme qué te dijo tu personalidad interna?
—Claro —dijo, sin poder quitarse de la cabeza a Daiki, ni a las máscaras. ¿Así que así se sentía lo que le hacía él a los demás dejándolos con las palabras en la boca?—. Quiero saber si es posible lograr un equilibrio entre ambas personalidades.
El psiquiatra parpadeó un par de veces antes de llevarse la mano al mentón, apretando los labios un poco. Lo pensó, bien pensado antes de responder.
—Quieren mezclar las personalidades —aseveró, consultándole—. Me estás hablando de algo cercano a una "curación" —le dijo, haciendo comillas con los dedos—. Las terapias están centradas y orientadas a paliar los efectos del cambio de personalidad periódico que se produce, ya sea por hábito o por estrés, para que el proceso sea menos radical y eventualmente, una personalidad predomine sobre la otra. Pero tenías que ser un Akashi y sorprenderme, ¿verdad? —Dijo, sonriendo para sí—. Te seré honesto: te tengo que cortar las alas. No puedes hacer de los dos, "uno".
—Lo entiendo —dijo, y miró por la ventana, y con sorpresa vio a Furi sentado en una banca jugando Candy Crush en el celular. El castaño alzó los puños contento al pasar de nivel. Seijuuro se rió—. Pero valdrá la pena intentarlo.
—Puedes lograr un equilibrio en el sentido que te dice que no habrán cambios bruscos, o grandes diferencias de comportamiento, pero eso es completamente dependiente de ustedes, de cómo se lleven y las relaciones o lazos que formen entre ustedes y con los demás. Es todo un proceso. Al final, no pueden combinarse; o uno desparece o los dos conviven.
—Lo sé —contestó, suspirando y sonriendo cuando Furi se volteó para mirarlo y sonreírle con una calidez un poco recatada—. Podría decirse que estoy en estado de limbo.
En el fondo, Akashi sabía que estaba destinado al fracaso. Pero eso no lo iba a detener. No si tenía mucho que perder de no intentarlo. Por primera vez en mucho tiempo algo dentro de él se remeció, dudó. De sí mismo, de sus relaciones, de sus amistades, de lo que sabía… Lo analizó todo desde un punto de vista diferente y eso lo retuvo. Se sintió estúpido por permitirse dar un paso atrás, pero la timidez en la sonrisa de Kouki le decía que, tal vez, ya podía estar perdiendo.
•••
Casi se gastó la batería del celular por estar matando el tiempo. Seijuuro debía haber estado poco más de una hora en consulta. Le causaba una curiosidad enorme el saber qué pasaba ahí adentro, tanto en el la sala como en la cabeza de Sei. Sobre todo en ese último lugar. Al menos sabría a qué más atenerse.
Seijuuro ya se había acostumbrado a los "no" de Furihata cada vez que le decía que no debía acompañarlo si no quería. Ya fuera porque lo estuviera poniendo a prueba, o porque honestamente Akashi no quisiera que se sintiese incómodo, Kouki se negaba. Uno, porque se trataba de Sei. Dos, porque se había prometido a sí mismo que no se acobardaría aun cuando parecía que estaba nadando en oscuridad. Akashi estaba ahí con él, incluso más hondo, más profundo, más oscuro, y se estaba esforzando tanto…
Había asumido como un deber personal hacer todo lo que estuviera en sus manos para ayudar, y si lo único que podía hacer era estar presente, eso haría.
Sei se lo seguía agradeciendo como el primer día.
Como si lo que Furihata hacía fuera el más grande de los sacrificios. ¿Qué pensaría Seijuuro de sí mismo como para creer que Kouki no estaba ahí por gusto? Nunca había visto que se sintiera tan poco seguro, tan desconfiado por más que lo ocultara tras sus besos y sus caricias. Pero con ello venían otras cosas como el mejor trato de Kotaro y su gratitud entre ellas.
Si había una cosa de la que Kouki se seguiría quejando, era de la forma que tenía su novio para demostrar afecto. Podía ser cariñoso, atento, dulce y paciente, pero le daba la sensación de que aquello no le parecía suficiente, que el regalo no estaba completo si no podía invertir algo material en ellos. Por eso mismo, ahora Kouki tenía la habitación que estaba de almacén convertida en una verdadera biblioteca multimedia: libros, discos y devedés que en algún momento se dedicaría a organizar. Sabía que Seijuuro lo hacía de buena voluntad, pero ah, no, eso no significaba que Kouki se sintiera menos incómodo.
Le daba rabia no poder responder de la misma manera, y tampoco se atrevía a decirle que no a Akashi, no en serio. No quería herirlo ni que tuviera la más mínima posibilidad de sentir el más mínimo rechazo de su parte. No ahora, mucho menos ahora que antes, que se había descubierto y se había mostrado a los demás como era.
Dentro de la rabia consigo mismo, estaba su tremendo orgullo. Ese que lo hacía sentir mejor cada vez que Akashi le sonreía y le hacía decir: "estoy haciendo algo bien. Algo que es bueno. Que es útil. Estoy siendo valiente". Era su aliciente.
Cuando sus miradas se encontraron a través de la ventana, sonrió casi sin saber si estaba bien hacerlo, como le había estado ocurriendo desde hacía, cuánto, ¿unas dos semanas?
Decidió que debía regalarle algo también, aunque no fuese mucho, así que corrió un par de cuadras antes de que la sesión terminara y compró un café expreso tal y como a Seijuuro le gustaba y para él, chocolate caliente. Lo recibiría con eso cuando bajara.
Se sintió aliviado cuando llegó a tiempo para ver salir a su pelirrojo favorito del enorme instituto. No sonrió al verlo más de cerca. Parecía pensativo y su presencia era distante y evasiva.
… ¿Acaso habría tenido el cambio durante la terapia? No, pensó, eso no era posible. Sus dos ojos estaban rojos como un rato atrás.
Kouki se apresuró a curvar sus labios en una sonrisa y a extender el vaso caliente hacia Seijuuro, que lo miró con detenimiento y seriedad, como si no se diera cuenta de la expresión que tenía en el rostro. Finalmente, se distendió, sonrió y se acercó para tomar la bebida que se le ofrecía y besar la mejilla de Furihata.
—Gracias —dijo antes de dar otro beso, más cerca del labio. Procedió a tomarle la mano y caminar sin dirección aparente. No dijeron nada.
Caminaron de la mano un rato. Sei sorbía de su café sin hacer ruido, como esperando a que fuese Furihata quien iniciara la conversación.
Amaba a Akashi, con todo su corazón. Y sabía que con ese amor se arrastraba una gran responsabilidad: pensar en el otro antes que en sí mismo. Eso decía su madre, y eso le había dicho a Kotaro Akashi una semana atrás, cuando el hombre se le había acercado estando Seijuuro en el despacho de su especialista. Pero en ese preciso segundo no sabía qué debía hacer.
¿Necesitaría espacio?
No quería proponerle algo que los distanciara, eso no. Kouki quería con desesperación ser parte de todo lo que Seijuuro estaba viviendo y lo que le quedara por superar. Pero no sabía qué quería él, no se lo había preguntado. ¿Tiempo para pensar? ¿Para respirar un poco? No. Era Akashi, quien podía ser más sensible y su corazón estar más abierto, pero seguía siendo él. De necesitar algo como eso se lo habría dicho en el momento que soltó la bomba sobre su condición. Si se había mantenido en silencio desde entonces era porque necesitaba de Kouki, porque el mismo Kouki había dado a entender que no planeaba irse a ninguna parte, por más que los besos en los labios fueran un poco menos y hubiera en cambio más de silencio.
Furihata quería quedarse.
Sin embargo, necesitaba saber qué era lo que en realidad pensaba Sei.
Se detuvo en la calle, soltando la mano de Seijuuro, contemplando su vaso de chocolate medio lleno.
—Creo que necesitamos hablar.
Escuchó. Sin embargo no fue él el que habló, sino Akashi. Su cobardía interior salió a flote y se imaginó los mil y un escenarios a los que podía conducir esa frase. Esa frase que iba a decir él pero a la que una vez más, Seijuuro se había adelantado. Furihata debió luchar con todas sus fuerzas para que su rostro no palideciera ni que su miedo estallara en lágrimas.
•••
—¿Entonces?
—No son muchos los datos que tengo, eso que he llamado a todos mis parientes o sus amigos, especialistas o conocedores. Es más cercano a lo que les dijo el médico que otra cosa, no es que pueda aportar mucho. Sólo testimonios de sobrevivientes y de las familias afectadas. Pero todo se resume a que Kise está a un paso de… de no lograrlo.
Takao sabía que Shintaro estaba amenizando sus palabras. Pero ambos eran, además de pareja, amigos, y se conocían mejor que a sí mismos.
—Sí, sí, eso lo sé —dijo—. El médico explicó lo del limbo, el riesgo, que nuestro rubio favorito va a usar de nuevo sus cuerdas vocales. Que hay que esperar a ver qué nos dice, y que quizás, quizás…
—Eso nos lleve a una forma de estimularlo a salir. Eso dice la teoría. Lo otro es la realidad, y siendo honesto no hay estadísticas para esto. Los casos son todos en extremo particulares e independientes, no te podría decir si sí o si no de ninguna forma coherente sin entrar a especular con datos ínfimos o sin dejarme llevar por la imaginación y no quiero siquiera tratar de dar esperanzas a nadie, sería muy, muy cruel y además…
—Shin.
—… ¿Sí?
—Para ya, bebé. Cálmate —comandó. Su voz ni suave ni autoritaria, lo suficiente para bajarlo a Tierra. Kazunari tenía claro que Shintaro había tenido que controlarse y enterrar su pena en la copiosa necesidad de tener que saber qué era lo que pasaba, cómo calcularlo, cómo arreglarlo. Cuando cosas como esa pasaban y el destino se le caía a los pies, huía y se aferraba a los datos concretos. No sabía si debía besarlo o golpearlo en cuanto lo viera—. ¿Mejor?
Shintaro tardó en responder. Lo oía respirar, agitado; luego, calmo.
—Mejor.
—Te daría un snickers, pero me saldría caro un envío desde aquí.
—Ja. Ja. Chistoso.
—Me quieres —le dijo, completamente satisfecho consigo mismo por lograr distraerlo—, y lo sabes.
Escuchó una risa algo corta y nasal del otro lado del teléfono.
—Por supuesto que lo sé —contestó. Takao cortó la llamada, guardó el celular y se estiró contra la pared del hospital sintiendo punzadas en la pierna que había soportado su peso desde que Daiki se había ido. Dos horas. Dos. Lo había llamado y mensajeado para saber si había tratado de tirarse de un puente o si se había ido a esconder a casa. Las hermanas de Kise se habían ido hacía poco, después de estar mucho rato con él en la habitación.
Kazunari se había quedado ahí. Esperando un milagro que no iba a llegar.
En vez de seguir en el mismo lugar, decidió, obraría él mismo un milagro por el que Himuro lo odiaría por cinco minutos, ya que habría querido estar ahí cuando sucediera. Pero, por su puesto, él era Kazunari Takao y de lo malo que había ocurrido ese día, sacaría algo bueno. Escarbó en su cerebro un par de ideas.
Su teléfono sonó con un mensaje. De Aomine: Vente a mi casa. Tú y yo tenemos un asunto pendiente.
Recordó que su horóscopo diario le había dicho que ayudaría a un amigo. Rió ante una nueva ocurrencia y respondió: Uy, por supuesto que lo tenemos :$. Rogó porque Midorima jamás echara mano de los mensajes que se mandaba con Daiki, aunque sería chistoso. Tendría que volver a pedirle la moto a Hikari.
De inmediato supo qué debía hacer y se preguntó si debería llevar una cámara, tal vez. Hasta unas cadenas podrían hacerle falta.
•••
Frunció la boca en cuanto vio a dónde lo había llevado Takao. Un vertedero. Como un deshuesadero de autos. ¿Qué planeaba? ¿Matarlo y esconder el cuerpo ahí o algo parecido? Se bajó de la moto y sin decir nada, ayudó a su amigo a dejarla afuera, escondida.
—Vale, ahora es cuando se pone bueno esto —ronroneó el pelinegro, mirando hacia el lugar.
Una reja de tres metros los separaba del basurero y la única forma aparente de pasar, era haciendo un túnel o escalando. Había carteles de "no entrar, perros feroces" por todo el lugar. Si habían ido a meterse a un sitio privado, se meterían en una buena.
—No me jodas.
—Oh, no, tú tranquilo, bebito —se burló—. Hay una entrada bastante accesible metida por aquí. Además, el dependiente no está. Llega en una hora y media más o menos. Tiene horarios estrictos y yo vengo a veces.
Entre los arbustos secos, Kazunari se abrió paso hasta un surco grande en la reja y lo atravesó, quedando dentro del lugar. Aomine ni tonto ni perezoso lo siguió. El sitio era tremendo.
—Vale, ya estamos aquí. ¿Contento? ¿Qué esperamos?
Kazunari sonrió con malicia y lo hizo caminar entre la chatarra, buscando algo que no se dignó a decirle. Daiki permaneció en silencio hasta que su amigo profirió un gritito de victoria y extrajo desde una de las ventanas de uno de los muchos autos, un fierro grueso de poco menos de setenta centímetros. Lo examinó con detenimiento y se lo extendió; entendió lo que quería de inmediato.
—Desahógate —dijo, dándoselas de gran conocedor. Ah, no, por supuesto que no. Akashi ya lo había apretado un poco esa tarde y no estaba dispuesto a entregar más. Podía volver después, pero solo. Sin compañía, sabiendo más o menos qué era lo que el pelinegro esperaba lograr.
—Por favor, no jodas.
Takao se rió entre dientes.
—No lo estoy haciendo. Toma, no te contengas —instó, acercándose más a él. Daiki miró a su alrededor, convencido de lo mala que era la idea de seguir ahí. No quería líos con nadie, y si los pillaban corría un par de buenos riesgos. Ser huérfano y menor de edad tenía esa desgracia: había que portarse bien judicialmente hablando para que no te dejaran en un hogar. No quería más dramas.
—Takao, ya te dije que no me jodas.
—Y yo ya te dije no lo hago, toma, anda. ¿No estabas tan molesto? ¿No que no querías soltarme una cojudez? Te he visto desde hace meses arrastrarte a ti y a tus culpas por el suelo como una cucaracha. A veces pareciera que no quieres hacer más que quejarte y sólo cumples con lo que crees que está bien, con lo que crees que Kise aprobaría que hicieras. ¿A qué se debe, eh? Porque, ¿qué tan especial puede ser él, verdad? ¿Qué te motiva a seguir trabajando, a seguir haciendo cosas que antes no habrías hecho ni por tu madre?
Aomine se estremeció de pies a cabeza. Sintió un calor furioso atraparle las mejillas y llenarle el cuerpo de fuego. Takao lo provocaba deliberadamente y lo sabía. Lo sabía y aun así estaba pensando seriamente en dejarse llevar por la ira.
—Cállate —gruñó. Kazunari esbozó una sonrisa cruelmente burlona.
—Mira, ahí está. ¿Quieres que me calle? Es que tengo razón, ¿cierto?, y tú lo sabes. No estás haciendo nada por ti mismo y has dejado de hacerlo desde que Ryo quedó en coma. ¿Por qué pelearon, otra vez? ¿Por un hámster viejo? ¿Tienes idea de lo patético que suena? Por favor, no estás engañando a nadie. Tú sientes culpa y con razón. Ni te imaginas todo lo que se cocina debajo de la sonrisa de la gente y menos la de Kise, pero ah, claro, ¿qué podrías saber tú? ¡No sabes nada, Daiki! No sabes nada de él porque estás atemorizado por todas las estupideces que crees que hiciste y por todo por lo que te lamentas y lo que temes encontrar, ¡como un estúpido cobarde! Eres un cobarde, tienes miedo de que los demás te vean cómo eres porque no quieres que te dejen. ¡Eres incapaz de enfrentar lo que eres y lo que quieres!
Antes de poder intentar controlarse caminó hasta Takao y le arrebató el fierro, empujándolo, tirándolo contra el suelo. Buscó el primer auto que encontró y asestó un golpe contra el capó con un rugido que surgió desde lo profundo de su estómago. Siguió gruñendo y gritando incoherencias bajo su respiración descontrolada y su corazón desenfrenado. Alcanzó a mirar el rostro de su amigo y vio una pizca de miedo en ellos. Pero bueno, que se jodiera todo. Todos podían irse al infierno en ese momento y a él no le importaría.
Sólo estaban él, su rabia, el miedo y la culpa.
—¿¡Quieres saber por qué sigo adelante!? ¿¡Ah!? —Gritó, arremetiendo contra el espejo lateral—. ¿¡Por qué mierda hago todo lo que hago cuando podría echarme en las pelotas!?
Kazunari no les respondió. Se limitó a alejarse un poco y mirarlo con detenimiento.
—¡Porque tienes razón, tú, maldito cojudo! ¡Tienes…! —Dijo, y reventó un vidrio— ¡…razón! —Otro vidrio más—. ¡Tengo miedo de quedarme solo! —Abolló el techo—. No poder hacer nada me enfurece, maldita sea. No puedo hacer una maldita cosa por nadie porque no. Tengo. El. Valor —siguió. Enterró el fierro tan fuerte contra lo que quedaba del capó que lo atravesó, y al tirar del arma para sacarla cayó de espaldas con esta en las manos. Se levantó y pateó la puerta con todas sus fuerzas y esta se fue hacia adentro.
—Parece que no basta con que la vida sea una simple putada por sí sola, ¿cierto? ¡Llevarse a toda mi familia no es suficiente ¿CIERTO?! Además, mis amigos deben estar tan jodidos como yo. Además, tengo que haber provocado una pelea estúpida que dejó a Kise en coma. ¡ADEMÁS, TENGO QUE ESTAR ENAMORADO DE UN SUJETO QUE ESTÁ EN COMA POR CULPA MÍA Y APUNTO DE MORIRSE! ¿TE PARECE JUSTO, TAKAO, AH? ¿¡TE. PARECE. JUSTO!?
No dejó de golpear el auto hasta que el fierro no se quebró en sus manos, hiriéndolas y haciéndolas sangrar. Dos feos cortes en las palmas. Entonces lo soltó y se dejó caer de espaldas contra la tierra helada. Estaba exhausto después de su rabieta, y tanto por cansancio como por temor a lo que vería, no se atrevió a buscar a Takao.
Fue su amigo el que se acercó a él, flectó las rodillas y lo miró desde arriba con una sonrisa amplia.
—Liberador —fue lo primero que dijo—. ¿Verdad?
Daiki apretó los dientes, frunció el ceño, cliqueó la lengua con rabia.
—Hijo de puta —contestó, con la respiración aún agitada—. Para la otra mejor me prendes fuego y me tiras de un acantilado. Maldito infeliz. Gusano desgraciado. Me debes una muy grande porque ni siquiera a Akashi le dije todas esas cosas.
—No te debo nada. Ya lo sabía —confesó. Daiki lo miró a los ojos, exigiéndole respuestas—. Sabía que no podías estar actuando de pura responsabilidad, pedazo de estúpido. Soy un muy, muy buen observador, y Tatsu es intuitivo. Tú nunca te has visto al espejo cada vez que alguien lo menciona. ¿Cada vez que lo miras? Fue gradual, no se nota mucho si lo analizas por encima. Se parece mucho a la forma en que Kagami y Kuroko se miran cuando el otro está dado vuelta. Casi con la adoración que Akashi demuestra hacia Kouki. Es que todo lo que haces es por él; por y para él. Amigo, si eso no es amor yo no sé qué lo es. Akashi metiera mano o no. No digo que lo hiciera, no lo sé…
A Aomine le hubiese gustado diferir, pero no tenía las energías para hacerlo…
—Oh, no —escuchó. Takao se levantó, tomó su mano y trató de pararlo—. Hay que correr, ahora.
—No quiero, no me puedo mover. Me duele todo el cuerpo.
—Pues vas a tener qué. Creo que el auto que destrozaste era suyo, estaba casi nuevo ¡Para tu culo del suelo, maldición, llegó el dueño! ¡Te demoraste mucho!
—¿¡Qué!?
—¡Mierda! ¡Que destrozaste el auto del dueño!
—¡Takao! ¡Te dije que no jodieras! —escucharon ladridos, y una camioneta aparcando cerca. Un hombre regordete, de mediana edad, se bajó del vehículo y con horror miró los restos de su auto. Dos perros enormes salieron de la parte de atrás de la camioneta y el tipo se los echó encima, tratando de abrir la puerta de la reja mientras ellos escapaban por donde habían entrado.
Daiki alcanzó a subirse a la moto antes de que uno de los perros pudiera morderlo, rogando que el tipo no recordara sus rostros.
•••
Todavía estaba extasiado por su "conversación" con Kazunari cuando llegó a la casa. Y tal como su amigo lo había descrito, había sido liberador. No era lo mismo dejar que Akashi asumiera a soltarlo él mismo.
Siendo muy honesto con sigo mismo, eso sí, había odiado cada segundo que había estado ahí, dejando que todo saliera de su boca sin filtro alguno. Había sido para mejor, por supuesto. Pero todavía no se acostumbraba a sentirse expuesto de esa manera por más que confiara en Takao y en que a pesar de todo lo que se dijera de él, mantendría el secreto para sí, y como mucho, daría a Himuro la confirmación de lo que ya le había dicho, ambos sabían.
Creía conocerlo lo bastante como para saber que algo le escondía, y que se estaba mordiendo la lengua para no contárselo. Se lo dejaría pasar, que se lo guardara.
En fin.
Había podido soltar su encabronamiento con la vida a base de cháchara y golpes al pobre auto. Se sentía mejor, lo que no significaba que la gran noticia de la tarde ya no estuviera ahí, clavada como una espina en su costado, molestándolo, burlándose de lo cerca que había creído estar. Nuevo plan: curarse las manos, ducharse, calefaccionar la casa y echarse a dormir, no necesariamente en ese orden. Suficiente por un día.
Levantó la tapa del computador, recordando que antes de salir ni siquiera se había dignado a apagarlo. Así que estaba en la misma web en que había hecho su investigación del muérdago. Aunque la página era distinta; Seijuuro había usado el computador utilizando el café que le había pedido como pantalla.
Aomine se dejó caer en el suelo de su sala y se dedicó a leer la página que su amigo le dejara abierta.
Por supuesto, dedicada completamente a el girasol.
Descripción del girasol, leyó. Sus propiedades curativas, los aceites, formas de crianza, cultivo, podado, época, etcétera. Para añadirle más dramatismo a la cosa, al final de toda esa información estaban los significados de los distintos tipos de la flor, cada uno acompañado por el sprit correspondiente.
Por descarte, buscó los girasoles amarillos. Leyó varias veces la misma línea.
Tenía mucha lógica. Kise siempre lo había admirado, hasta que dejó de hacerlo para seguir creciendo. Ahora, el papel se tornaba.
Girasol amarillo: Eres mi sol. Sólo tengo ojos para ti, y como el girasol, siempre me giraré para mírate.
Tomó la mesa con las dos manos y la lanzó contra la pared con todas sus fuerzas, abriéndose más las heridas.
•••
Beteado por Persona Decente.
