CAPÍTULO 18. EXODUS —

Era increíble cómo podía comprarse la honradez de las personas con una «modesta» cantidad de dinero. Leonardo Hamato había aprendido durante sus años en el Clan del Pie que las tapaderas de la sociedad estaban más regidas por la moneda de lo que uno llegaba a pensar. O esa era la explicación lógica que encontraba al hecho de que la sede de Nueva York estuviera a vista de todos. Un flamante edificio parcialmente acristalado, en mitad de Brooklyn. Al menos era refrescante encontrar azul en vez de rojo. Pero el negro permanecía.

Aun sin llegar a sentirse como en casa, había llegado a acostumbrado a la sede de Japón. Conocía casi todo el complejo, así como sus entresijos más escondidos. También trabó algo parecido a una relación cordial con algunos de los miembros de rangos más bajos. Casi todos provenían de las calles; chicos sin padres, adultos sin futuro. Muchos de ellos se abnegaban de tratar con «algo» de cuestionable igualdad moral, pero unos pocos consiguieron ver más allá. Cuando Shredder anunció su partida junto a la de Karai los localizó con la mirada una última vez. Sabían que la vida era un permanente cambio, que sus vínculos no eran más que algo temporal. Si la asignación a otras sedes no los separaba, sí lo haría una misión fallida o una herida mortal.

«No me gusta nada».

—¿Cómo estás?

No se volvió hacia Karai, aunque esta sabía que le había escuchado perfectamente. Conociéndola, seguro que estaría sentada sobre la puerta de la azotea, con una pierna doblada y la otra colgando. Incluso podía visualizar su sonrisa torcida.

—Solo quería tomar un poco de aire fresco.

Lo que no le gustaba era la falta de pertenencia. Desde que su vida fue truncada por Shredder una sensación de inestabilidad lo acompañaba. Cada segundo de su vida era puesto a prueba. En cualquier momento todo podría acabar. Era en aquellos momentos cuando preguntas que juró no formularse aparecían en su mente. Pronto aprendió a guardarlas en lo más recóndito de su subconsciente.

Pero allí, donde todo comenzó y acabó, donde todo había cambiado… se sentía de nuevo en una jaula llena de lobos. Con Bradford encima de ellos podía pasar cualquier cosa. Leonardo sabía que consideraba aquel puñetazo que le habría matado como un asunto pendiente. El viento agitó su bandana negra.

Negra, como el ánimo que le acompañaba ahora.

¿Qué sentido tiene seguir viviendo?

Notó un tacto frío en su mejilla. Karai estaba a su lado, agitando suavemente una lata de refresco.

—Pensé que querrías tomar algo —alegó, ladeando la cabeza. Leonardo la aceptó. Karai lo observó mientras tomaba un sorbo y asintió satisfecha—. ¿Sabes? Yo tampoco estoy de humor. Ha sido un día demasiado largo, de aquí para allá.

Habían transcurrido solo unos de días, pero para el quelonio parecieron meses. Llegaron de madrugada, y aun así Bradford solo los dejó dormir un par de horas. Tras un desayuno bastante parco el ninja comenzó a explicar cómo funcionaba la sede de Nueva York. A diferencia de la mayoría de instituciones, su modo de obtener miembros para el Clan era menos evidente.

—Dispongo de muchos dojos a lo largo y ancho de la Gran Manzana —explicó mientras recorrían la sala de entrenamiento principal—. A vista de todos son lugares donde se instruyen a aquellos que lo desean en artes marciales. Sin embargo… —continuó en un tono más lúgubre—, cuando vemos que alguien sabe bastante, tiene talento, o su moral nos favorece lo tanteamos un poco…

Leonardo permanecía detrás de ellos, escuchando atentamente. En Brooklyn la situación estaba bastante controlada, en ausencia de otras esferas delictivas aparte de ellos. Don Vizioso, de la mafia italiana, facilitaba mucho margen de acción en Manhattan gracias a unas muy buenas relaciones. Al parecer, el objetivo actual del clan era tomar el control del Bronx.

—Gracias a nuestros aliados italianos podemos establecer una ruta desde Brooklyn —Sentados en una de las salas de reuniones presenciaron cómo Bradford señalaba de una punta a otra del mapa proyectado en la pantalla delante de ellos—. El Bronx es como una jungla de cristal: peligrosa; pero llena de recursos. Además, el hecho de ser el más alejado de Staten Island nos garantiza que la intervención de la policía será mínima —Miró al pasillo—. Veo que has llegado ya, Xever. ¿Has averiguado algo?

El macarra estaba con la espalda apoyado en la pared, al lado de la puerta. Terminaba de liarse un cigarrillo.

—El lugar está que arde. En sentido figurativo, claro —aclaró como quien no quiere la cosa. Hizo una pausa mientras cogía el mechero. Leonardo vio como Bradford arrugaba la nariz—. No hay ningún líder que domine a esa masa caótica. Todo es una continua pelea entre Latin King, el Cártel y otras bandas menores.

—¿Te has enterado de algo que no supiéramos ya? —replicó Bradford de una manera nada hospitalaria.

Xever hizo caso omiso del comentario. De hecho, se tomó su tiempo en tomar una calada que dirigió descaradamente a los chicos. Leonardo contuvo las ganas de toser. Detestaba el tabaco.

—Una banda y un nombre —Dejó de apoyarse en la pared y se acercó al mapa. Señaló con la mano un círculo alejado del Bronx—. Hacía tiempo que no volvía a escuchar de los Dragones Púrpura. No es una banda joven, pero desde sus inicios siempre habían estado en el último escalón. Sin embargo…

—¿Sin embargo?

—Últimamente han tomado más fuerza. Incluso tienen su parte en el tráfico de drogas. Todo desde que un tal Hunter Mason tomó las riendas de la situación.

—Hunter Mason… —Bradford quedó pensativo un momento—. No me suena ese nombre. ¿Qué sabes sobre él?

—Aparte de que saca dinero de la chistera y es en parte chino, poco más. El tío sabe ocultarse bien —Dudó un instante—. Bueno, sí, tiene unos gustos en la cama bastante…peculiares.

—Ahórrate los detalles —cortó Bradford. Leonardo no sabía decir quién le caía peor de los dos. O mejor, teniendo en cuenta que sentía oleadas de simpatía momentáneas por el que cabreaba al otro—. ¿Es el hombre que buscamos?

—Si ha conseguido hacerse un nombre con una banda de pacotilla podemos empezar a tejer nuestras redes por ahí.

—Veré si puedo concertar una reunión.

El quelonio miraba de vez en cuando a Karai. La chica parecía prestar atención, pero la conocía lo suficiente para saber que tenía la cabeza en otra parte. Fue al entrenar juntos en la tarde cuando volvió ese brillo en sus ojos.

—No estoy hecha para esto —soltó Karai de repente. Escrutaba el horizonte, cortado por los rascacielos—. Leo, ¿en serio me ves capaz de tomar las riendas de algo?

—¿Karai?

El tono con el que había hablado era distinto. ¿Estaba escuchando lo que estaba escuchando?

La chica le miró un instante, pero desvió la cabeza al segundo siguiente. Suspiró y siguió hablando.

—¿No te parece una ironía? —Bajó la cabeza— Detesto que me manden, pero también tener una panda de tarugos que me sigan adonde vaya. Al parecer hay varios modos de encadenar a alguien. En esto mi padre se me ha adelantado.

—Te acostumbrarás —habló Leonardo en tono conciliador—. A fin de cuentas llevas cinco años con un tarugo a cuestas.

La chica abrió los ojos, sorprendida.

—¡No me refería a ti!

—¿En serio? —La tortuga sonrió mientras se ponía a su lado— Siempre aprovechas la ocasión para mofarte de mí. ¿No estarás enferma o algo?

—Volvamos al tema —zanjó con brusquedad. Aun así, permaneció un rato en silencio, durante el cual su expresión volvió a suavizarse—. De hecho, ojalá pudiera ser al revés.

—¿Qué?

Karai tomó aire. A medida que proseguía lo hacía más bajo.

—Tú eres el líder innato. Tú eres el que es capaz de tenerlo todo en cuenta. Eres mejor que yo en esto. La de veces que quería estrangular a alguien cuando hablaba mal de ti… —Se mordió el labio y lo miró con sus ojos verdes—. No me hagas volver a decirlo.

No sería sincero consigo mismo si dijera que no le habían sorprendido esas palabras. De alguna manera la Karai que se mostraba ante él no sonaba como la misma. Y a la vez lo era. «El viaje debe haberla estresado», razonó antes de preocuparse por ello. Por eso en vez de pincharla, como normalmente habría hecho, decidió mostrarse comprensivo:

—Tranquila —respondió lo más amable que pudo—. Te daré todos los consejos que necesites.

La chica parpadeó repetidamente. Un segundo después su risa socarrona rompió el silencio de la azotea, tanto que el quelonio dio un par de pasos atrás. Se llevó las manos al abdomen y se inclinó, aún sin controlar la risa. ¿Había soltado un chiste sin darse cuenta?

—Mira que eres incorregible —comentó, parando por fin. De repente había vuelto la Karai de siempre—. Tengo una idea para liberar toda esta tensión. ¿Qué tal si damos una vuelta por ahí?

—¿Estás tensa?

—Un poco —respondió, y durante una milésima de segundo la pregunta pareció pillarla con la guardia baja. Fuera cierto o no siguió en tono meloso—. Venga, Leito. Mucha teoría con Bradford, pero poca acción. Debe haber sitios para divertirse en Brooklyn hasta reventar. Te pones algo en la cabeza y listo. Hace frío, así que nadie se preocupará de ver a un tío cubierto de ropa hasta arriba.

La voz racional de Leonardo iba a soltar un NO rotundo cuando se detuvo. Obviamente saldrían sin avisar a nadie y volverían a las tantas. Era una insensatez, pero eran barbaridades como aquellas las que realmente animaban a la kunoichi. Siempre y cuando fueran discretos no debería haber problema. Él se aseguraría de eso.

—De acuerdo —accedió—. Nada de locuras, ¿eh? Solo vamos a conocer los alrededores.

—Intentaré controlarme —prometió, guiñándole el ojo—. Bueno, voy a arreglarme. A la salida en veinte minutos, ¿vale?

Sin esperar respuesta la chica volvió a entrar en el edificio. Leonardo quedó en el sitio un poco más, pensativo.

Sentía que algo en esa conversación se le había escapado. ¿Pero qué?


Una vez en Japón vio a Karai vestida así. Desde luego parecía una motorista con aquella chaqueta de cuero, con pequeños pinchos en los hombros. Si la hubiera visto en la calle la habría confundido con un chico. «Bueno. Siempre parece serlo», pensó con nostalgia, recordando el primer encuentro que tuvieron.

—¡Vaya! —exclamó la kunoichi—. Te pusiste la sudadera que te regalé. Pegan con esos pantalones anchos.

—Difícilmente tendré ocasión de utilizarla. ¿Por qué desaprovechar la oportunidad?

Los ojos de Karai brillaron alegres. Dio un pequeño tirón de la capucha negra.

—Vamos entonces. La noche es joven.

—¡Qué malotes sois! Saliendo sin permiso como adolescentes, ¿eh?escuchó unos pasos a sus espaldas a tiempo que veía cómo la chica tensaba los hombros.

—¡Xever!

El susodicho apareció entre las sombras, jugueteando con su navaja mariposa. Les miraba con esa sonrisa blanca nacarada que contrastaba con su piel oscura.

—Tranquilos. Estáis muy equivocados si creéis que voy a avisar al jefe. Me cae peor que vosotros.

—¿Qué quieres entonces? —Karai respondió muy a la defensiva.

—¿No os lo imagináis? —Guardó la navaja y anduvo hasta quedar al lado de Leonardo. El modo que tenía de arrastrar las palabras no le gustaba nada— Me uno a vuestra expedición por Brooklyn. A fin de cuentas solo se trata de los alrededores. O eso dijisteis allá arriba.

—¿Nos estabas escuchando? —Intentó no elevar demasiado la voz, pero el rubor de sus mejillas recordó a Leo el bajón extraño que tuvo.

—Suelo prestar atención a todo lo que arme ruido. Nunca sabes cuándo te puede ser útil cierta información —Comenzó a bajar las escaleras. Cuando vio que ninguno de los dos les seguía giró la cabeza—. ¿Os habéis acobardado? ¿Dónde han ido esas ganas de marcha?

Leonardo y Karai se miraron. Compartía gran parte de la frustración de la chica. «Pero no tenemos otra alternativa», le transmitió sin palabras. La kunoichi resopló y bajó los escalones con las manos en los bolsillos.

No por nada llamaban a Nueva York «la ciudad que nunca duerme». Japón también era un espectáculo de luz nocturno, aunque desde luego no tan frenético como aquel. La música de los pubs era capaz de atravesar la pared de los locales. Leonardo sentía cómo su corazón vibraba con los retumbos de la batería. Por otro lado, un tema techno sintonizaba su cerebro a una frecuencia distinta. Casi sentía ganas de ponerse a…

—¿Leo?

—¿Qué?

—¿Estabas bailando?

—¡Por supuesto que no! —Tosió, azorado—. Solo me estaba estirando un poco.

—Lo que tú digas —concedió entre risas.

También estaba la gente. Le sorprendió ver cómo podía mezclarse en la multitud sin mayor problema. Para los demás ellos tres no eran más que transeúntes cualquiera. Una pequeña multitud se había congregado en torno a dos hombres borrachos. Estaban en el suelo, enzarzados en una pelea bastante descoordinada por el alcohol. Por un momento Leo pensó en detenerlos, pero una mano en el hombro lo detuvo.

—Ni se te ocurra —ordenó Xever.

«Sólo se me había pasado por la cabeza», pensó sorprendido.

—Alguien debe pararlos…

—Ya lo harán solitos —justificó mientras lo empujaba sutilmente—. Debes buscar peleas que puedas ganar, pero que también sean necesarias. Una paliza nunca hará de alguien un hombre bueno —Su expresión se ensombreció en esa última frase.

Xever fue mucho menos pesado de lo que el quelonio supuso que sería, aunque las miradas que le dirigía Karai invitaban a pensar lo contrario. De vez en cuando hacía alguna observación de lo que presenciaban.

—¿Veis las zapatillas colgando del cable? Significa que en este barrio alguien vende droga. Claro, hablo del dueño de las zapatillas —señaló la ventana más cercana—. Básico de lo básico.

—Nos estamos desviando, ¿no? —Leonardo miró de un lado a otro de la calle en la que se encontraban. Mucho menos concurrida. Y más sucia.

—¿No queríais un sitio para divertiros? Resulta que conozco el lugar perfecto. Incluso un friki como tú podría quitarse esa capucha, que nadie va a decirte nada.

Se detuvieron frente a una puerta sucia por el óxido. Sobre ella, una bombilla parpadeaba de manera precaria. El mutante leyó el letrero de caligrafía cursiva que había justo al lado. Ésta brillaba con un fuerte azul neón.

—"Exodus".

—Buen nombre, ¿eh? —comentó sin darle mayor importancia. Giró la manilla, que dejó salir una música estridente, y entró dentro. Leonardo se volvió hacia Karai, quien se encogió de hombros y le siguió. Aún inseguro sobre la decisión no tardó en unírseles.

Tuvo que cerrar los ojos y llevarse las manos a los oídos. El cambio de luminosidad y sonido era demasiado brusca. Una neblina sinuosa decoraba el suelo del lugar, haciéndolo invisible y metiéndose en las zapatillas de Leonardo. Justo después se habría perdido en la multitud apabullante de no ser por Karai, que le cogió de la muñeca. Casi le llegó a sacar los guantes negros que llevaba. La chica le quiso decir algo, pero el ruido era demasiado molesto para escuchar alguna palabra.

Nunca antes había ido a una discoteca, aunque lo que sospechaba estaba confirmado. Odiaba esos ambientes.

Xever estaba un poco más allá. Hizo un gesto hacia delante y prosiguió el camino.

—¡No te separes! —gritó Karai mientras tiraba de él. ¿Cómo iba a hacerlo si no se soltaba incluso cuando tenía que doblar el brazo de manera peligrosa?

Finalmente llegaron a un sitio con asientos. La barra iluminada de varios colores presentaba tras ella una estantería repleta de todo tipo de bebidas alcohólicas. Entre otras cosas.

—Unas bebidas y nos volvemos. Podéis estarme agradecidos. Hemos visto un poco de Brooklyn y encima sabéis de un sitio donde poder bailar bien apretados la próxima vez —Enarcó una ceja mientras se sentaba en uno de los taburetes—. ¿Qué te parece la idea, Karai?

—¡Desde luego no contigo!

—Buena respuesta, aunque puedes hacerlo mejor.

La kunoichi pareció darse cuenta de algo. Leonardo conocía esa mirada suya. Una advertencia sin palabras. Mientras tanto, Xever seguía sonriendo como si se tratara de una conversación trivial. Leonardo no podía evitar preguntarse qué se estaba perdiendo. Abrió la boca para salvar la situación cuando la chica se adelantó:

—Voy al servicio.

—Pero si no sabes dónde queda —señaló en tono vacilón. Esa mueca de complicidad unilateral no se le iba ni con la más agria de las respuestas.

En respuesta al comentario hizo un corte de manga. Un segundo más tarde volvía a perderse entre la muchedumbre. Leo se sintió tenso cuando quedó a solas con el hombre de color, quién estaba sacudiendo la cabeza.

— Me recuerda demasiado a mí. No sabría decir si la detesto mucho o poco...

«Te equivocas si piensas que os parecéis», quiso haber dicho pero se calló. En su lugar se preguntó otras cosas. Tenía tratos con Bradford. ¿Y si, por muy paranoico que fuera…?

—Puedes estar tranquilo, monstruito. Sé de los asuntos que te traes con Bradford, pero no voy a hacerte nada. Tampoco te confundas. Puedes estar desangrándote aquí mismo que no pienso mover un dedo por ti. ¡Dos Jack Daniels! —llamó al barman, un joven de pelo rojo y largo que tenía la mitad de la cara quemada.

—¿Cómo puedes…? —se quedó a media frase. ¿Qué podía decirle a un tío con ese talante? Sacudió la cabeza, dando el tema por cerrado y cambió la pregunta— ¿Y por qué te vienes con vosotros si nos detestas tanto?

—La razón oficial es porque no voy a permitir que la hija de Shredder la diñe, y menos en una zona que podría considerarse «bajo mi control». Aunque este parezca un antro cualquiera tengo mis contactos para confirmar que es un sitio seguro —Apoyó los codos en la barra y volvió la cabeza hacia él. Su voz tomó un toque de gracia—. La razón real es que me parecéis interesantes

—¿Te parecemos interesantes? —remarcó con el ceño fruncido.

Las dos bebidas llegaron. Xever tomó un buen trago. Leonardo ni tocó el vaso.

—Ya lo dije, os estuve escuchando allá arriba. Tú eres obvio, pero Karai también es un libro abierto. Al menos para gente que es como ella.

—Si te refieres a ese momento inseguro que tuvo, no suele ser así —No quería hablar de eso con un desconocido, aunque la necesidad de defender a su amiga era mayor.

El macarra soltó una carcajada y tomó otro trago.

—Es evidente que ella no es así; pero realmente se sentía vulnerable en ese momento.

—¡No es vulnerable! —Golpeó la barra con el puño. El barman le dirigió una mirada alarmada, pero Xever hizo un gesto de calma mientras terminaba el vaso de alcohol.

—Yo solo te estoy intentando aclarar el tema. Hay varios tipos de vulnerabilidad. Karai es fuerte, pero no dura. Si en todo este tiempo no te has coscado de nada es que es un imposible, punto y final —Se encogió de hombros y comenzó a murmurar para sí mismo— Me pregunto cuánto tardará en darse cuenta. Y luego en aceptarlo…

«Está balbuceando cosas sin sentido», pensó para no desesperarse ante tal desconcierto. De hecho, un sutil rubor recorría sus mejillas. Sí, era eso. Él conocía a Karai. Si tuviera algún problema sabía de sobra que podía contar con él para lo que fuera. Aun sin compartir lazos de sangre casi la consideraba de su familia. Como una hermana perdida.

—¿Y tú qué? Naciste como adulto directamente, ¿no? —contraatacó. Normalmente no sería tan indiscreto con esos temas, pero le había alterado mucho con la charla.

—Interesante pregunta —habló con naturalidad. Pidió otro Jack Daniels al barman y agitó suavemente la bebida—. Las calles de Brasil no dan segundas oportunidades. Desde que tienes uso de razón tienes dos opciones, preocuparte por ti mismo o pudrirte en el primer callejón que encuentras. La lección básica: no confíes en nadie. Tu mayor aliado puede pasar a ser tu peor enemigo a la más mínima de cambio. Asegúrate de encadenarlos para que no te pongan las manos encima —Paró un momento para calmar su sed y prosiguió—. Hasta ahora mis cadenas me han salvado el cuello. Tan solo hay que saber escuchar, qué decir y cuándo mostrar los grilletes…

—Información —concluyó el mutante. Sin darse cuenta había prestado atención a cada una de sus palabras.

—Para esto sí que eres espabilado —aprobó Xever con una sonrisa. Le sorprendió ver que, a diferencia de las anteriores, esta parecía más ¿sincera?—. Métete esto en la cabeza, Leonardo: siempre podría ser peor. Al menos has sabido lo que es tener una familia. Incluso tienes una amiga. No todos tienen esa suerte —No habló más. Y algo en su silencio le indicaba al mutante que no contaría nada más.

El hielo de su vaso casi se había derretido. Quedó observándolo, perdido en cavilaciones. ¿Qué sabía realmente de Xever? Prácticamente nada. Seguía sin caerle bien, aunque tampoco podía enjuiciarlo sin conocer realmente cómo había llegado a ser así. En un impulso decidió probar algo de la bebida. El toque fuerte del alcohol quemaba su garganta, pero aguantó el trago sin hacer ninguna mueca.

—Ya estoy —Karai volvió un segundo después.

—Has tardado mucho. ¿Cómo te encuentras? —preguntó Leonardo, poniéndole la mano en el hombro.

—Salí un momento a tomar el aire, no te preocup…

Xever se movió bruscamente hacia Karai, tanto que Leonardo no tuvo tiempo de actuar. De la nada había sacado su navaja mariposa y la clavó fuertemente en su hombro. El quelonio sintió que su corazón se detenía cuando escuchó un grito que no provenía de la kunoichi.

Un hombre rapado al cero estaba detrás de ella. Desde su perspectiva no lo había visto, pero fue visible cuando se llevó la mano al hombro herido. Dio unos pasos atrás mientras la sudadera vieja que llevaba se iba manchando de rojo. Era bastante característica, de piel atigrada. El brazo herido le temblaba.

—¡¿Qué estás haciendo?! —gritó Leonardo.

—¡Cierra la boca! —Todos quedaron en silencio mientras Xever se acercaba al sospechoso. Éste hizo un movimiento torpe con el cuchillo, pero una patada del brasileño lo envió a una distancia insalvable. Puso la navaja sobre su cuello e inquirió con veneno—. Tu banda no es de esta zona. Dime, ¿qué haces aquí?

En su lugar el delincuente torció la boca.

—Tan solo queremos algo de fiesta —escupió señalando la entrada con la cabeza.

Leonardo miró hacia allí. En efecto, en torno a la salida había un pequeño grupo de hombres trajeados de la misma forma. Otro sobresalía de los demás. Llevaba un mono negro con remaches de metal que cubrían parte de su cuerpo. Sus facciones pasaban inadvertidas por un casco de motorista. No sabía desde cuándo estaban allí, pero la gente aún no se había fijado en ellos.

Era demasiado alto, demasiado grande, para tratarse de un ser humano normal y corriente.

Portaba unas pistolas duales que Leonardo no había visto nunca. Levantó una y apuntó hacia ellos.

—¡AL SUELO!

Leonardo solo tuvo tiempo de tirar de la chica hacia abajo. Una milésima de segundo después notó en su caparazón una oleada de calor tan intensa que aun sin haberle dado le hizo apretar los dientes. A su alrededor la gente empezaba a correr despavorida, pero por el efecto de la explosión los gritos sonaban amortiguados.

—¿Estás bien?

—Sí, sí —La respuesta parca de Karai alivió sus temores. Apartó su brazo de ella y se levantaron. El estallido se había comido la mitad de la barra. Por suerte no había pillado al barman, que se había unido al grupo que se apelotonaba en la salida de emergencia— Dita sea, ¿qué ha pasado?

Leonardo buscó a Xever, aunque el humo de la explosión dificultaba un poco la vista. Lo localizó un poco más adelante, de pie sobre el hombre de antes. Estaba en el suelo y no parecía moverse.

—¿Quiénes son esos? —preguntó en tono grave en cuanto estuvieron a su lado.

—No lo sé. Y eso me jode —respondió sin mirarles. Acto seguido se agachó y registró los bolsillos del cadáver. En uno encontró un cuchillo y se incorporó—. Más os vale estar preparados. Esos cabrones van a por nosotros.

Leonardo no necesitó escuchar más. Fue una suerte tomar la precaución de llevar consigo una espada corta, cuya funda estaba atada a su muslo derecho. Los pantalones anchos le permitieron sacarla rápidamente. Cruzó una mirada de determinación con la kunoichi que se desabrochó la chaqueta. Ya sospechaba que bajo ella ocultaba su preciado Tanto. Ambos gustaban de llevar armas hasta en las situaciones más cotidianas.

La estancia fue aclarándose…para percatarse de que estaban rodeados.

Los tres quedaron espalda contra espalda, atentos a la más mínima acometida. Ante Leonardo se presentaban dos de los vándalos. Uno de ellos llevaba una cadena cuyo extremo hacía girar con la inercia. Otro golpeaba el aire con un bate de metal doblado. Excluyendo el número no suponían mayor problema para ellos.

Pero no podía decir lo mismo del líder que los comandaba. Ahora que lo tenía cerca era aún más imponente. Había guardado las pistolas y mostraba los puños, con placas metálicas en el dorso y en cada falange. El mutante prefería observar y luego actuar; pero si era rápido y acababa con el alpha todos los demás huirían despavoridos. Era un todo o nada, con la velocidad como moneda de apuesta.

—Leo —Karai susurró—. Cúbreme. Voy a por el grande.

—¿Qué?

No respondió. La kunoichi se movió rápidamente a su lado y avanzó hacia el gigante.

Ese fue el detonante.

Parte de la visión de Leo se tiñó de naranja y negro. Intentó seguir los pasos de la chica, pero los dos criminales que lo flanqueaban le impidieron el paso. El bate fue directo a su cabeza, golpe que detuvo con la espada. No obstante, con ello retrocedió unos pasos. Volvió a chocar contra Xever, que con las navajas estaba desviando las arremetidas de los otros.

—¡¿Dónde está Karai?! —exclamó sin desviar la cabeza.

—Se ha adelantado a por el del casco —respondió, desplazándose ligeramente a la izquierda. Xever captó lo que pretendía hacer y siguió el movimiento. Los dos giraron en redondo, y Leonardo aprovechó el momento para dibujar un arco con la espada. Uno de los contrincantes pudo esquivarla, pero el otro no tuvo tanta suerte. Parte de la sangre le manchó la mejilla.

Aunque no eran fuertes sí destacaban por su rapidez. De vez en cuando Karai aparecía en su campo visual, desviando los golpes con firmeza. Sin embargo, por mucho que intentaba acercarse a ella los hombres aparecían ante él como una barrera infranqueable.

Xever volvió a aparecer a su lado. Esquivó un navajazo y exclamó desesperado:

—¡¿No te encargas de proteger de Karai?! ¡Ve a por ella!

—¡No puedo! ¡Nos tienen separados!

—¡Porra!*

El brasileño le estaba mirando enfadado. Por eso no se fijó en el vándalo que se dirigía raudo hacia él con el cuchillo levantado.

— ¡APARTA!

Empujó bruscamente a Xever y dirigió una estocada adelante. Con los brazos arriba su contrincante no tuvo oportunidad de defenderse. Éste cayó a sus pies con un ruido sordo. El macarra quedó sorprendido, pero el alboroto del combate les obligó a seguir con la lucha. Le dolía el hombro izquierdo por un golpe de bate, y las mangas de su sudadera estaban repletas de cortes. Pese a eso, el número de combatientes fue disminuyendo poco a poco.

Y terminó. Leonardo sintió al dar ese último golpe que no quedaba nadie en pie más que ellos. Se llevó las manos a las rodillas y jadeó. Vio sangre en sus mangas, en parte suya. Sentía que la adrenalina lo abandonaba poco a poco, y su ausencia era ocupada por el dolor de cada corte y hematoma.

Un momento.

¿Realmente todo había terminado?

No. Aún no.

Miró en derredor. Ni rastro.

El horror le sobrevino como un puñetazo.

—Karai.

Llegó a sus oídos el entrechocar de dos metales. Provenía de fuera.

El dolor desapareció. Se olvidó de comprobar el estado de Xever, o de ver cuán destrozado había quedado el local, con las sillas volcadas, restos de explosión y sangre. Saltó por encima de un cuerpo y empujó la puerta entreabierta.

Karai y el líder del grupo estaban luchando unos metros más adelante. En el callejón no había nadie más, salvo un par de secuaces en el suelo que se retorcían de dolor. La chica detenía los puñetazos cómo podía, pero estaba visiblemente agotada. Tras un golpe particularmente fuerte su Tanto salió volando y cayó al suelo con un grito de dolor. El hombre desenfundó una de sus pistolas y apuntó a la kunoichi.

—¡TÚ!

Levantó la cabeza. Fue un instante de distracción, pero le sirvió para agacharse. En sus zapatillas siempre llevaba un shuriken para emergencias. Agradeció infinitamente su precaución, apuntó a la mano y lo lanzó con todas sus fuerzas. Por acto reflejo la apartó de Karai. Sin pensar nada más corrió la distancia que los separaba, ya que volvía a bajar el brazo y apretaba el gatillo…

—¡APÁRTATE DE ELLA!

Levantó la pierna y, a la desesperada, intentó propinarle una patada.

Una brusca luz azul nubló su visión, tanto que estuvo a punto de desequilibrarse. Incluso cuando se extinguió permanecía sin ver por el flash.

Después no ocurrió nada más. Silencio. Frío.

¿Frío?

Volvió a abrir los ojos. Karai seguía en el suelo sin moverse. Pero algo le decía que estaba viva. Aliviado, pudo centrarse entonces en lo que tenía frente a él.

Hielo. Un cúmulo de hielo estaba incrustado en la pared. Parecía un erizo con esas puntas afiladas que sobresalían. Era real, tan real como el halo frío que comenzaba a calar los huesos del quelonio. Por alguna razón destilaba una belleza hipnótica. Hipnótica y letal.

Se escuchó un click, y Leonardo volvió a la realidad. El líder de los secuaces seguía ahí, recargando el arma. Por increíble que pareciera, había sido el causante de aquella anomalía. Sintiendo que la tensión volvía a él enarboló la espada de nuevo. El hombre, sin embargo, permaneció como estaba. Lo miraba atentamente. Incluso parecía sorprendido.

—Tú eres como yo —habló con una voz grave y gutural.

—¿Qué?

Instintivamente se llevó la mano a la capucha. No la tenía puesta, se le habría caído en algún momento.

Entonces…

—Leo.

Alguien le hizo a un lado. Karai se había levantado, aunque estaba en las últimas. Sus piernas temblaban, y ahora que la veía de cerca se percató de que le sangraba un ojo.

—Vete de aquí.

—No. Yo puedo…encargarme…de él.

Sus piernas temblaron. Habría vuelto a caer de no ser por su amigo, que la sostuvo por los hombros. Apretaba los dientes por el dolor. El hombre observaba alternativamente a Leonardo y a Karai. Acto seguido enfundó sus pistolas duales.

—Ya veo —murmuró en tono pensativo. Los cristales polarizados del casco impedían atisbar siquiera sus ojos—. Interesante.

—¿A qué te refieres con que eres como yo?

Dio un paso atrás. A lo lejos empezó a oírse el sonido de unas sirenas.

—Se nos agota el tiempo —otro paso—. No esperaba encontrarme a otro desgraciado. ¿También tendría que matarte?

—¡Espera!

Se movió demasiado rápido. Una milésima de segundo más tarde el callejón fue envuelto por una humareda repentina. Debería haberse fijado que había sacado de un bolsillo lateral una bomba de humo. Al acto se disipó, y junto a él el misterioso hombre.

Las preguntas comenzaron a agolparse en su cabeza. ¿Quién era? ¿De qué los conocía? ¿Por qué les había atacado?

¿Y eso de ser como él?

¿Acaso era…

…un mutante?

¡No! No estaban más que ellos y su padre. Habrían sabido de su existencia. El único que quedaba era él. No podía haber más.

¿O sí?

«¿Y cómo?»

—¡Vámonos, la poli está al caer! —Xever salió del local y los alcanzó en unas zancadas— Demonios, Karai está herida. Bradford nos va a despellejar por esto.

—Ya la llevo yo —espetó en cuanto vio el ademán del brasileño.

Entre todo el caos de su mente tan solo tenía una cosa clara: tarde o temprano sus caminos se volverían a cruzar.


— …en el lugar del altercado encontramos además un misterioso conglomerado de hielo. Se desconoce cuál es la causa de tal extrañeza. ¿Estará relacionada con esta presunta «pelea de bandas» o tendrá su origen en otra entidad anormal? ¡Todo esto y mucho más en «Grody al máximo»!

Cogió el mando y apagó la televisión. Se relajó en su silla giratoria y preguntó para sí misma cuánto tiempo llevaba ahí.

Esa grieta en el techo.

El edificio fue abandonado hace muchos años. Lo único que no estaba corroído por la humedad ni oxidado por el tiempo era el espacio que había establecido como su pequeña base. Pasó unos cuantos días limpiando y restableciendo la corriente eléctrica sin levantar sospechas en los alrededores. La calefacción era una opción que escapaba a su alcance, pero estaba acostumbrada al frío y la soledad. Además, las tablas de madera que había clavado en las ventanas la aislaban lo suficiente del exterior.

Bzzzzt.

Al menos no estaba sumida en total silencio. Casi la reconfortaba el tenue zumbido que emitían las pantallas resplandecientes. A través de estas, Nueva York se desplegaba como un plano exclusivo para su uso. Sin levantarse pilló impulso hasta el panel de control, unos cuantos teclados de ordenadores antiguos conectados entre sí. Necesitó hacer modificaciones en algunos, aunque eso no le suponía ningún problema.

Pulsó unas teclas y desplazó el ratón hacia la pantalla que le interesaba. El botón de Enter sonó como un crujido cuando localizó el programa que requería para esa ocasión. En sus lentes apareció reflejada la lista de códigos y nombres que debía revisar. Uno de ellos parpadeaba de manera alarmante.

Por acto reflejo se llevó la mano a la cabeza. No, no, el centro neurálgico olfativo funcionaba perfectamente. Debía ser un problema propio de la unidad. Ordenaría a las más cercanas que la trajeran ante ella para hacer las revisiones adecuadas.

Se sentía orgullosa de sus pequeñas amigas. Gracias a ellas podía tener acceso a rincones de Nueva York que hasta entonces desconocía. Era consciente del poder que había creado con sus manos, y debía manejarlo con cuidado. Las cadenas de su moral era lo poco que la ataba a su humanidad. Romperlas era algo impensable.

Las ruedas de la silla giraron cuando fue al otro extremo del panel, donde estaba su portátil morado. En la tapa había un adhesivo con un mensaje sobre el fondo de una ciudad submarina: «NO GODS OR KINGS. ONLY MAN». Estiró un momento sus muñecas y maximizó la grabación que le interesaba. Su unidad favorita, REM, había entrado finalmente en el departamento.

Al fin pudo triangular la zona de actividad de los trajeados. No había encontrado ningún nexo fehaciente con la desaparición de intelectuales. Aún no lo tenía claro, pero debía existir. Tenía una fuerte sospecha de que los inquilinos de esa casa serían las siguientes víctimas, e iba a encontrar la prueba definitiva para poder inculpar a esos hombres. Previamente intentó meterse en la furgoneta que tantas veces había visto ya por ese barrio, aunque una especie de interferencia le hacía perder contacto con sus unidades. Como si emplearan una frecuencia de inactivación específica.

Se subió las gafas que iban cayendo por su nariz. REM había entrado por la ventana del salón. Sus patas finas le permitieron desplazarse en silencio por la moqueta azul. En las paredes color crema se presentaban varias fotos familiares. Ella no esperaba otra cosa, pero debía ser insistente si pretendía encontrar algo de interés.

A través del centro neurálgico iba indicando a REM por dónde debía ir. Los minutos se fueron sucediendo como horas, y por mucho que inspeccionaba cada rincón o detalle no daba con la solución a su incógnita.

En el ático se llevó una sorpresa. Alguien había hecho del lugar un taller de robótica y electrónica. Incluso vio una pequeña cámara de seguridad. «Está oscuro. Y en el caso de llevar visión nocturna implementada lo que va a ver no debe despertar ninguna sospecha». Aquella era otra de las ventajas de las pequeñas ayudantes. Incluso pillándolas habría que sudar la gota gorda para rastrearla. Era muy consciente de los riesgos cuando comenzó su cometido hará unas semanas.

«¿Quién habrá hecho esto?», se preguntó. El padre de la familia no trabajaba en el ámbito tecnológico; y aun tomando la mecánica como hobbie el nivel de conocimientos empleados en la fabricación de los artilugios era excesivamente alto. Pese a eso, dudaba mucho que esa tecnología fuera lo que atraía a los hombres trajeados. En comparación con otros científicos ese hallazgo no era nada del otro mundo.

«Aun así debo admitir que está haciendo un excelente trabajo», pensó cuando examinó de cerca el cachivache que ocupaba el medio de la mesa. Parecía un teléfono militar.

Ya tan solo quedaba la habitación del chico de la casa. Excluyendo el ático en el resto de estancias no había nada fuera de lugar. Inspiró y espiró, intentando contener la frustración que oprimía su pecho. No quedaba mucho tiempo hasta que se hiciera de día, y cuatro sesiones sin dormir le estaban pasando factura. Si normal parecía estar muerta, con aquellas ojeras sería un zombi.

—Necesito un café —En la habitación había instalado una cafetera para las noches duras. Se concedió tres minutos de distracción mientras iba a prepararse uno. Puso a REM en modo automático. El PC comenzaría a pitar si encontraba alguna curiosidad.

Fue cambiar el filtro de la máquina y la alarma se activó justo después.

Olvidando su ración de cafeína casi rompió la silla al volver a sentarse con brusquedad. Mientras ponía el portátil en su regazo se inclinó tanto como pudo, dispuesta a analizar lo que tenía delante.

La visión de REM mostraba el dormitorio desde el techo. Sentado, apoyado en la pared, había un robot pequeño. Parecía hecho con chatarra, pero construido de una manera sofisticada. Su unidad había sido bastante precavida para situarse lo más lejos posible de los sensores de movimiento que posiblemente llevaría incorporados. No había que ser un visionario para suponer que el chico que dormía apaciblemente era el responsable del autómata y el resto de artilugios del desván.

Sin embargo, el robot no era lo más sorprendente de la habitación.

A lo largo de casi diecisiete años de vida había presenciado cosas que pocos hombres llegarían a creer. El universo era un entresijo de misterios que ansiaban ser resueltos, y su alma científica luchaba cada día por avanzar un paso en el camino hacia la verdad. Eran escasas las ocasiones en las que debía detenerse un momento a pensar si esa empresa no estaría condenada a la perdición. Ese instante era uno de ellos.

Mil y una preguntas despertaron en ella el fuego de la curiosidad. Notó cómo su cuerpo liberaba una descarga de adrenalina ante aquel descubrimiento. El joven durmiente no era consciente de las sensaciones que había revivido en ella. Si antes había sentido curiosidad por sus habilidades en la tecnología, su propia existencia captó ahora toda su atención.

Estudió su expresión relajada. La gente normal sentiría rechazo ante aquellos rasgos pseudohumanoides, mas esas mejillas suaves le suscitaban cierta…atracción. Sus hombros desnudos dejaban entrever una protuberancia característica en la espalda. Los brazos reposaban por encima de las sábanas, que terminaban en dos manos gruesas e inusuales. ¿Cómo era posible? ¿Cómo no habría sospechado algo así? ¿Cómo sería el tacto de su piel? ¿Y su anatomía? ¿Y su fisiología? Esa respiración pausada tenía algo de hipnótico…

Parpadeó. ¿En qué estaba pensando? Debía controlarse. Era peligrosa, lo sabía demasiado bien. No podía permitir volar su imaginación si no quería precipitarse de manera indebida.

No obstante se permitió disfrutar de un pequeño rasgo. Un detalle, una imperfección adorable que concordaba perfectamente con su personalidad.

Su boca entreabierta. Tenía un diastema.


Porra = En este contexto significa «Joder» en portugués (primera lengua en Brasil)

Aclaraciones: La frase que estaba en el adhesivo del portátil es característica de la saga de videojuegos Bioshock. Asimismo, el nombre de Exodus es una pequeña referencia al episodio de TMNT 2k3, si bien solo en sentido denominativo. Asimismo, la referencia a Sherlock Holmes del último capítulo es la frase del final, la que empieza por «Si eliminas lo imposible...».

Nota de autor: ¡Hola de nuevo! ¿Cómo estáis? Espero que bien. Por mi parte disfrutando de mis últimas semanas de vacaciones antes de empezar quinto de Medicina. Madre mía, cómo pasa el tiempo. Las vacaciones se me han pasado rápido, pero también las he aprovechado bien. Incluso he conseguido un nuevo PC, desde el cual he escrito este nuevo capítulo. Espero que os haya gustado, así como las señas que he ido dejando sobre la dinámica que seguirán las relaciones entre ciertos personajes. Poco a poco voy presentando las distintas subtramas de los siguientes arcos argumentales de «4», y deseo de todo corazón que os gusten.

Paso a agradecimientos:

marita: Soy consciente de que estas escenas que meto al final de los capítulos dejan más preguntas que respuestas; pero no por nada las responderé más adelante. ¡No sabía que en México se empleaba la palabra «puchero»! En España es una expresión muy pero que muy andaluza, y de ahí mi decisión de aclararlo. La referencia a Sherlock Holmes la he especificado en Aclaraciones ^^. Quizás April tenga que ver algo con el reencuentro, ¿quién sabe? Saludos desde España.

Queca: ¡Gracias una vez más por tus ánimos! Aunque sean solo unas palabras, no sabéis lo que nos alegra a los escritores que dejéis un comentario, por muy simple que parezca. En serio, gracias de nuevo :)

Jamizell Wolf Blood Amatista: *esquiva las piedras* ¡Lo siento, Jami, lo siento! Ya dije que esa escena la tenía planeada desde el principio XD. Sí, procuro que todas las cosas pasen por algo. Poco a poco los distintos pjs irán apareciendo, conociéndose... no quiero decirte nada por los spoilers, pero prometo que habrá un poco de todo. Puedes estar tranquila, el final de este arco va a impactar. O al menos tengo intención de hacerlo.

I Love Kittens Too: Me ENCANTAN ese tipo de coincidencias. Es como cuando intentas buscar la solución a un problema, tienes la solución justo delante de tus narices y no te das cuenta XD. Procuraré no ser tan exagerado en el futuro, pero no prometo nada *se ríe socarronamente*. No, en serio, espero que el capi te haya gustado tanto o más que el anterior.

Rose Black Dragon: Decidí mantener el Apritello (al principio aborrecía la pareja, aunque ahora me es indiferente), ya que quiero explorar algo el romance aun sin gustarme. Además, siempre y cuando no se abuse de él, las relaciones amorosas pueden suponer una gran oportunidad de introspección de personaje. Quizás es el que ha salido mejor parado de los hermanos, aunque en el futuro eso puede ser relativo. Ya has visto al rato que pudo ir al Instituto sin grandes problemas. Reconozco que es complicado, eso sí. Creo que soy de los pocos fickers de TMNT que se han atrevido a plantear una manera por la que uno de nuestros héroes puede hacerse pasar por humano. Enfermo, pero humano XD. No te imaginas lo zonzos que son algunos adolescentes, al menos en mi antiguo instituto. Me hizo gracia que Donatello te recordara a mi cuando estaba en clase, mas no soy tan así, ¿eh?

Me alegra que te guste mi enfoque inicial de Irma. Voy a hacerla evolucionar en una dirección algo...atípica, aunque espero que os guste lo que tengo preparado. La subtrama relacionada con los Números quizá tarde algo más en volver a salir; pero tendrán su porción en la trama principal.

P.S: Lo del pequeño paso de la tortuga no es casual. ¿Te suena algo que pasó en 1969? ;)

¡Y ya está! Espero con muuuucha ilusión vuestros comentarios. En serio, no os cortéis. Aunque creáis que no tenéis nada que decir, un simple «Me ha gustado» anima más de lo que pensáis.

No sé cuándo publicaré el siguiente capítulo. Supongo que para finales de Septiembre-principios de Octubre. Depende de lo atareado que me tenga el inicio de curso (¡por primera vez voy a piso! Siempre he estado en Residencia, así que podéis imaginar mis nervios XD), y de lo largo que me salga el capítulo. Cada vez me salen más extensos. Debo encontrar una manera de relajarme, sí, señor XD. Ahora me voy, que estamos de Feria en mi pueblo y en media hora he quedado con mis amigos *salta de emoción*

¡Un abrazo!

Os quiere.

Jomagaher