Queridas chicas,

Las dejo con un nuevo capítulo y agradezco muchísimo su paciencia por esperar a que actualice.

Ah! También les cuento que he abierto un nuevo fic que se llama "Apuestas: ¡Es mío, no mío!". Y se trata de tres amigas inseparables desde la cuna (Bella, Rosalie y Alice) que apuestan por hombres una y otra vez, como un perverso juego. Por supuesto, el protagonista es Edward, quien esconde un secretillo junto a Bella. Ella lo ignora y lo encuentra un azote ¿De qué modo terminará todo esto?

Bueno espero verlas por allá también y obvio, espero con ansias sus comentarios!

Besos y gracias por todo,

Karen

Capítulo XXI

Amor comprometido

No lo dudé. Di el último sorbo al enésimo segundo vaso de whisky, cogí mi chaqueta y caminé hacia la recepción del hotel. La gente andaba de arriba hacia abajo, de un lado para otro. Nadie lo notaría. Esbocé una risita torcida involuntaria y caminé hacia las escaleras centrales, quería evitar encontrarme con alguien más en el ascensor, así que opté por tomar la ruta más difícil. ¿Sería tan mal hombre si me distraía tan sólo un poquito? "Mmmm… no lo creo" –me respondí a mi mismo–, después de todo la rubia me importaba un huevo, era sólo ese cuerpecito curvilíneo sensual y terso el que llamaba como si yo fuera un alcohólico tras la última botella del planeta.

En cuanto me acercaba hacia el pasillo, con las manos en los bolsillos, intenté recordar si acaso había conocido a aquella chica en algún lugar. Después de todo era algo que me pasaba habitualmente antes de conocer a Bella. Tenía sexo con una y otra sin importarme mucho más, mi objetivo: saciar mis instintos animales.

Una pareja pasó por mi lado, de seguro venían de un intensa sesión de sexo potente, de esas que yo no tenía hace un tiempo. Envidié al chico que sonreía de oreja a oreja, con la piel brillante de tanto gozar… ¡Uy, uy, uy! ¡Cuánto extrañaba no preocuparme por nada!

Antes de que desaparecieran por completo de mi vista, la sensual morena elevó la mirada hacia mí y me guiñó uno de esos ojos almendrados, negros e intensos. ¡Qué gracioso! Después de todo no debía haber sido tan buena la maratón de sexo, de lo contrario, jamás la muchacha me hubiese mirado con tanto deseo y con el mensaje de "¡hazme tuya!". De pronto, reflexioné un momento… ¿alguna vez una mujer había quedado insatisfecha conmigo? Creía que no, pero de inmediato recordé que tras nuestro viaje a Brasil, Bella, en su primera oportunidad había partido a los brazos de Carlisle ¡Arg! Una ola de rabia me embargó por completo… ¿podía ser que lo deseara a él más que a mí? ¡Aaaarg! ¡Qué rabia! Cerré los ojos, intentando opacar mi frustración y recordé que ella, ahora, estaba conmigo. Sentí una ola de alivio intenso, pero no lo suficiente como para apagar mi resentimiento por aquel episodio.

Me envaré en tierra directa hacia la habitación. Miré hacia a derecha y luego a la izquierda en busca del número veintiuno. De repente, un impulso me había hecho desear más a la rubia desconocida. Cuando llegaba al veintitrés, pared impar, vibró mi móvil en el bolsillo del pantalón, muy cerca de mi pelvis. Di un respingo de incomodidad y miré la hora: un cuarto para las cinco. Metí de inmediato mi mano al pantalón en busca del Black Berry, para mi sorpresa, era Bella.

Quedé paralizado, no sabía si contestar o no y como si fuera poco, la rubia se asomó en el umbral de la puerta, sonrió deliciosamente, mientras me hacia un guiño con el dedo. Levanté la mano para decirle "un-momento". La chica sonrió y desapareció tras la puerta. Busqué un poco de privacidad y retrocedí un par de pasos para devolverme a un baño de hombres. No había nadie. Contesté.

—¡Hola guapo! —exclamó mi dulce ángel y su voz me acarició los oídos con su perfecta melodía. Todo lo que había pensado hace un par de minutos quedó atrás, como si fuese la vida de otro.

—¡Hola mi vida! —noté de inmediato la manera en que se me desfiguró la voz al hablar con ella… era instintivo. Podía darme cuenta como las notas del volumen al contestarle, se suavizaban hasta convertirse en terciopelo— ¿cómo estás? ¿q… qué haces llamando a esta hora? ¡Son casi las cinco!

—¿Interrumpí algo? —su pregunta se oyó suspicaz o quizá era idea mía.

—¡No, vaya! ¡Q… qué dices? —titubeé como un estúpido.

Mmmm, además… no oigo ruido, ¿dónde estás? —soltó una risita sondeadora.

—En el matrimonio ¡¿Dónde más? —casi aullé, mientras sonreía nerviosamente.

—Pensé que era una boda con baile y… gente —escupió por fin, pero continuaba siendo sarcástica.

—¡Ah, sí! Es que estoy en el baño —di la llave para que el agua corriera, metiendo el mayor ruido posible.

—Espero que no sea el de una suite —musitó con una risita falsa. No contesté, aunque por dentro me sentía un mentiroso desvergonzado ¡Y lo era! No es que sólo lo sintiera.

— ¡Te amo! —susurré impulsivamente y ¡Vaya que era cierto!

—Tú eres mi razón de vivir, Edward —sus palabras calaron hondo en mi alma y mi corazón de hinchó de emoción y nostalgia.

Ella era todo en mi vida… y justamente en este momento comprendí la tamaña estupidez que había estado a punto de cometer. Ella era mi mundo, el motivo de porqué ya era otro, era un hombre de verdad y no un estúpido jovencito que se dejaba llevar por las hormonas y el deseo. Bella era a quien debía cuidar como un tesoro sagrado. La amaba ¡Sí, la adoraba!

—¿Edward? ¡Edward! —elevó un poco el tono para que la oyera.

—Isabella —contesté de improviso, intentado aterrizar en ese momento.

—¡No me llames así! Sabes que lo detesto —remedó a una pequeña niña caprichosa.

—Mi- Isa-be-lla… —musité tiernamente. Ella soltó un bufido de satisfacción.

—Mañana me darán el alta —tragó saliva y algo nerviosa preguntó— ¿vendrás?

—Por supuesto, ¿A qué hora? —insistí. A esas alturas la imagen de la rubia majestuosa había quedado sepultada.

—A las diez —anunció feliz, incluso pude captar un poco de orgullo.

—¡En punto estaré allí! —me comprometí realmente contento.

Se quedó callada un instante.

—¡Qué lástima que sólo por un día no pude ir al matrimonio de Alice! —¡Uf! no sabía que contestarle, pensé en "era lo mejor", considerando que mi madre aún no daba ninguna pista de haberse reconciliado ni siquiera conmigo.

—¡Una pena! —exclamé para no herir sus sentimientos. Respiró profundo, tanto que la pud oír a través del móvil. Extrañaba sus suspiros deliciosos, frescos y suaves.

—¿Estará la novia por ahí para saludarla? —preguntó entusiasta, hasta podía ver el brillo en sus ojos.

—¡Claro, claro! Te llamo en cinco minutos y te la paso ¡Debo encontrarla entre la muchedumbre, los flashes y el bullicio! —me disculpé, pero era cierto, realmente me costaría trabajo hallarla.

—Estaré esperando —un silencioso incómodo se produjo a través del auricular, pero tras un aclaramiento de garganta, agregó— no me olvides —rió suavemente, pero sabía con certeza que esa frase era en doble sentido y estaba cargada de emociones.

—Jamás podría —inspiré profundo y pensé "aunque se me insinué la modelo más espectacular del mundo"— ¡Te amo! Y mantén el teléfono encendido.

—¡Claro! —cortó.

Salí del cuarto de baño y en cuanto abrí la puerta, me encontré con la rubia sensualota frente a mí ¡A estas alturas se había convertido en una tentación con vida propia y decidida a hacerme caer! Pero, mi amor por Bella era más potente que nada, así que… la dejé pasar. Además, tanta insistencia me parecía sospechosa.

—¿Te vas? —exclamó alarmada, mientras jugueteaba con un mechón de su cabello platinado.

—Eso parece ¿no? —contesté un poco irritado. Ella enarcó una ceja y abrió la boca en una "o" perfecta, sí que estaba sorprendida de que alguien la rechazara.

—Ni te imaginas lo que te pierdes… —reaccioné un poco iracunda, el rubor en su piel clara la dejó en evidencia.

—¡Es una lástima! Soy gay —le guiñé un ojo y le di la espalda para irme. Oí algo parecido a un gruñido.

Cuando llegué al fondo del pasillo eché un vistazo de soslayo para comprobar qué había sido de la rubia. Hablaba por teléfono muy efusivamente, si no me equivocaba creo que daba explicaciones. Agradecí haberla rechazado, no sabía si era intuición o me estaba auto convenciendo, pero estaba seguro de que haberme metido con ella me iba a traer problemas.

Bajé las escaleras y volví al salón principal. Aún había muchísima gente, hasta que en el fondo distinguí a la estrella de la noche ¡Mi dulce hermana! La novia más linda que hubiese visto hasta ahora. Estaba de la mano de su, ahora, marido y sonreía muy contenta, a pesar de la eterna noche de ajetreo y desgaste. Podía notar unos leves surcos bajo sus ojos, en cuanto me acercaba más a ella.

—¿Me deja hablar unos minutos con la novia? —pedí permiso al novio, por supuesto en tono sarcástico. Ellos conversaban en un círculo de personas.

—¿Qué sucede, Edward? —mantenía una sonrisa, pero a estas alturas creo que era su piloto automático.

—Te quieren saludar —decreté esbozando una risita. No fue necesario decir nada más, ella entendió de inmediato de quién se trataba. Los ojos se le iluminaron y ahora, la curvatura de sus labios se encorvó más. Marqué rápidamente y Bella contestó de inmediato —¡Bella, mi amor! Aquí te dejo a Alice —extendí el brazo y le pasé el móvil a mi hermana. Ella se tapó el otro oído para poder escuchar mejor. Las dejé conversar, pero por los gestos que hacía mi hermana, noté que estaba muy emocionada de hablar con Bella.

Después de unos diez minutos, mi hermana volvió a mi lado y me entregó el teléfono. Ya había cortado.

—Edward, no vayas a equivocarte con Bella. Te ama y, aunque sea una ironía del destino para mí ya es como mi hermana —sonrió y clavó sus ojos color miel en los míos, casi hipnotizándome con sus palabras. Me acarició la mejilla y luego, la besó— ¡Volveré con mi marido! —Jasper dirigía miraditas disimuladas hacia nosotros, era evidente que extrañaba a su media mitad.

Cuando Alice llegó a su lado los observé por un rato. Irradiaban amor, unión, pasión y el deseo más intenso de estar juntos por siempre. La postal de esa ilusión eterna me estremeció por completo: yo anhelaba lo mismo junto a mi Bella.

Una sonrisa involuntaria se dibujó en mi rostro. Realmente estaba enamorado y como un bobo e idiota. No hacía otra cosa que amarla más y más cada día, pensar en ella y en cómo hacer para que se sanara para siempre de esa maldita enfermedad. Di media vuelta de camino al apartamento y una vez allí me sumergí en un sueño profundo e intenso.

A las ocho y media sonó el reloj ¡Uy! Si parece que no hubiese dormido nada, de nada. Abrí los ojos definitivamente y me arrastré hacia la ducha. Salí lo más de prisa posible para vestirme, pero de pronto eché un vistazo hacia la cama desarmada… ya no estaba en la casa de mi madre y aquí, hoy, no vendría nadie a hacerla. La miré detenidamente y luego, hice mis mayores esfuerzos posibles por acomodarla. ¡La dejé lo mejor que pude! Pero debía reconocer que no era mi especialidad.

Cogí mi coche y fui en busca de Bella. Entré a ese inmenso lugar rodeado de jardines, similar a un spa, pero con la gran diferencia gran, que aquí curaban la mente y el espíritu. Caminé por la recepción hasta cruzar un patio interior muy lindo, hasta alcanzar el sector de los internados. Una enfermera me paró en seco. Parecía dulce, sin embargo, tenía una actitud hosca.

—¿Dónde va, señor? —me interceptó la mirada.

—Vengo a buscar a Isabella Swan —decreté un poco molesto por su actitud intrusa.

—Está con el doctor en este momento. Espérela aquí. Le avisaré que llegó. ¿Cuál es su nombre? —definitivamente no nos conocíamos.

—Edward Cullen —respondí impaciente. Giró hacia la puerta y desapareció tras una mampara de vidrio. Cerca de media hora después salió Bella.

¡Era tan hermosa! Sonreía dulcemente y se acercó a mi lado. La rodeé con mis brazos y le besé sutilmente los labios, tan deliciosos como la miel pura. Ella se colgó a mi cuello y atrapó mi rostro con sus finas manos níveas. Succionó mis labios con urgencia y al fijar nuestras vistas, me di cuenta como en ese mismo instante, nacía un profundo deseo en su interior.

—¡Gracias por venir! —sonrió y me cogió de la mano con decisión, entrelazando sus dedos en los míos. Nunca, en todo este tiempo juntos, ella había sido quien me tomara con firmeza. Me gustó su nueva actitud. Me llevó por el pasillo hasta la oficina el médico. Se paró frente a él y nos presentó— doctor Wagner, él es Edward —corroboró muy orgullosa o al menos, eso quise percibir yo. El psiquiatra extendió su brazo y nos dimos un fuerte apretón de manos.

—¡El famoso Edward Cullen! —el hombre curvó los labios en una sonrisa satisfecha y paternal— ni se imagina la cantidad de halagos con que esta niñita se ha referido a usted. Espero que sean todos ciertos —espetó suspicaz, pero sin dejar de mostrar sus blancos dientes de manera cordial.

—No soy el indicado de confirmarlos —reí incómodo. El médico lo notó y finalmente le dio unas indicaciones a Bella. Salimos de allí en busca de sus pertenencias y volvimos a "nuestro" apartamento.

Abrí la puerta para que ella pasara primero. Acomodé sus maletas, mientras ella se quedaba de pie junto a uno de los sofás. Bella me observaba, me miraba de un modo diferente…no sabría de qué modo explicarlo, pero veía un brillo especial en esos ojos chocolates. ¿Podía ser ternura?, ¿cariño?, ¿confianza?

—¿Qué haces ahí de pie? —caminé a su lado y la besé. En un principio con temor, pero enseguida ese sentimiento se transformó en deseo, fuego y pasión. Respondió con efusividad. La cogí por la espalda hasta presionarla en mi pecho. Quería sentir el latir de su corazón, mi corazón. Cerré los ojos e inspiré su aroma, dulce y salvaje. Acaricié los rizos de su cabello castaño, suave y delicado. Hasta llegar a la base de su cuello, fino y pálido, incluso podía ver las venas por debajo de la su piel.

—¡Te amo, Edward Cullen! —torció sus deliciosos labios cereza con ternura y picardía. Enredó sus manos y en mi pelo y me lamió los labios hasta lograr encenderme cada terminación nerviosa del cuerpo.

PD: ¿Les gustó? Jejeje… tierno ¿no? Síiiii, le hacía falta algo de amorsh a esta parejita sufrida.

Chicas, otra invitación para quienes quieran conocer una historia mía, pero con mis propios personajes, que está en mi blog, que a su vez está en mi perfil

Las espero!