CAPÍTULO 21.
El verano había ido pasando y, casi sin darse cuenta, ya estaban en la recta final de las vacaciones. Había vuelto hacía varias semanas de Nottingham y desde entonces no había visto a Clarke de nuevo, y estaba otra vez echándola de menos como una loca. Mentiría si dijese que lo que había presenciado en la casa de su chica no le había afectado: aquella mujer que tan solo su presencia daba miedo matando a un pobre elfo doméstico había sido demasiado; pero su chica la había sacado de allí, y haber pasado la noche entre sus brazos le había relajado bastante, y al día siguiente ya estaba mucho mejor, la verdad.
Ay, Clarke. Se habían ido mandando cartas, aunque cada vez con menos asiduidad, no sabía si a la chica le pasaba algo, porque seguía siendo igual de cariñosa en cada carta que le escribía; pero tenía ese mal presentimiento de que algo le preocupaba a la rubia. Joder, es que ojalá pudiese adelantar el tiempo en ese mismo instante, porque se moría por volver a Hogwarts y estar cada día con ella, de verdad. Se había acostumbrado a eso durante los últimos meses en la escuela, y pasar tanto tiempo alejada de su lado se hacía cada vez más insoportable.
En esos momentos salía en dirección hacia su casa de una librería del centro de Dartford. Le encantaba comprar libros nuevos de vez en cuando para estar entretenida cuando no iba a trabajar con su padre. Era lo que más le gustaba hacer, una forma de desconectar del mundo exterior y sumergirse en diferentes universos tan mágicos como en el que ella vivía. Había aprovechado su mañana de compras y también había podido comprar algo de papel para escribirle más cartas a su chica, porque, a lo tonto, apenas le quedaba ya. Llegó a su casa relativamente rápido, ya que, aunque no viviese en el centro, Dartford era un pueblo bastante pequeño y en el que podías llegar a cualquier sitio en cuestión de minutos.
Cuando entró, se quedó paralizada unos segundos al escuchar a su padre hablar con alguien, y su corazón comenzó a bombear con el doble de fuerza al percatarse de quién era aquella voz. Dejó las bolsas en el suelo y siguió el sonido de las voces hasta que los encontró en el salón.
-¿Clarke? -dijo, emocionada de verla allí junto a su padre, y la chica no tardó ni medio segundo en acercarse a ella y abrazarla con fuerza-. ¿Qué haces aquí? -preguntó, aún perdiéndose en el olor que emanaba de su novia.
-Te ha venido a dar una sorpresa de última hora antes de que volváis a Hogwarts -su padre habló por ella y se separó levemente para observar el sonriente rostro de la chica.
-¿Hace mucho que has llegado? -quiso saber.
-Hará como media hora o así.
-Vamos a llevar tus cosas a mi habitación, ¿vale? -la rubia asintió y miró a su padre una última vez, que le dedicó una suave sonrisa, antes de emprender escaleras arriba el camino hasta su habitación, cargando con la maleta de Clarke-. Dios, no me puedo creer que estés aquí, Clarke -dijo una vez que estuvieron en su cuarto, y sonrió cuando la chica se acercó a ella, rodeando su cintura.
-Tenía que verte una última vez -confesó, conectando sus miradas, y el azul de sus ojos le mandó escalofríos por todo el cuerpo.
Cerró el hueco que había entre ellas, besando sus labios suavemente, aferrándose a su cuello con ambas manos y disfrutando de la forma en que Clarke la pegaba más contra su cuerpo. Su chica había cogido el control del beso y era pasional, y parecía que la rubia estaba intentando decirle algo con esa forma de besarla, esa forma de reclamar su boca como si no quisiera separarse en los mil milenios siguientes. Sintió que el labio inferior de su novia comenzaba a temblar, y se separó levemente con preocupación.
-¿Estás bien? -preguntó, acariciando con suavidad sus mejillas.
-Ahora que estoy contigo, sí -dijo la rubia, y ella volvió a unir sus labios en un beso breve y suave.
-Vamos -la instó, cogiendo su mano y dirigiéndose hacia la puerta.
-¿Adónde? -quiso saber la chica.
-A pasarlo bien -contestó sin más, y es que tenía un lugar ideal para ella y Clarke ese día.
XXX
Se había acordado de que justo esa semana había una feria en Dartford y pensó que era perfecto para poder pasar el día con Clarke, y no se había equivocado. Pasear junto a su chica viendo los distintos puestos y luego montándose en algunas de las atracciones había sido increíble, sobre todo porque la rubia nunca había estado en ninguna y era adorable la cara de adrenalina, emoción y algo de miedo que tenía cuando se habían montado en las atracciones más fuertes, como una de las montañas rusas.
Su chica estaba igual que siempre, atenta, y besándola a cada segundo que podía, pero había algo en el brillo de sus ojos que le resultaba distinto, y, no estaba segura de que fuese algo bueno, pero estaba disfrutando de un día genial a su lado y no quería estropearlo, así que intentó ignorarlo en la medida de lo posible. Volvieron a su casa cuando el sol ya se estaba poniendo, y se encontraron con su padre, preparando la cena para los tres, pues Clarke se quedaría hasta el día siguiente, y, Dios, se estaba muriendo por poder estar a solas en su habitación con ella. Era increíble la necesidad física que sentía hacia la rubia, y había sido así desde que habían comenzado a tener encuentros más fogosos. Pensaba que, en algún momento se pasaría, pero ahí estaban constantemente esas ganas de tocarla y de que la tocase, como si fuera la primera vez.
Tras la cena que tuvieron los tres juntos, su padre se fue al salón a ver la televisión como solía hacer, y fue Clarke la que agarró su mano para ir escaleras arriba hacia su habitación. Se dejó guiar por ella, y en cuanto entraron, su chica no tardó ni medio segundo en reclamar su boca al mismo tiempo que la acorralaba contra la puerta una vez cerrada. Gimió al sentir su lengua pidiendo permiso, y se lo concedió, entrelazando sus manos tras su cuello y sintiendo las suyas afianzarse en su cintura.
-Necesito hacerte mía, preciosa -murmuró la rubia contra sus labios, y se estremeció por completo por la desesperación que podía sentir en sus palabras.
Inclinó la cabeza hacia atrás cuando sintió los labios de la chica deslizarse por su piel hasta llegar a su cuello, y se aferró a su nuca con más fuerza, gimiendo por la sensación, disfrutando de los besos lentos y suaves que su novia iba dejando sobre ella. Las manos de Clarke se introdujeron bajo su camiseta, acariciando su abdomen con lentitud, y ella cogió su rostro entre las manos para poder capturar sus labios de nuevo, besándola profundamente, y fue empujándola poco a poco hasta su cama, pero antes de poder tumbarla, la rubia la giró para ser ella quien quedase sobre su cuerpo cuando cayeron sobre el colchón.
-Déjame que te haga el amor, por favor -suplicó, conectando sus miradas, y se asustó por lo cristalinos que estaban sus ojos azules en ese preciso instante.
Asintió ante la clara necesidad de su novia, y, tras un suspiro por parte de la rubia, volvió a juntar sus labios, abrazándola por la espalda, porque ella misma podía sentir lo mismo que Clarke, esa ansia por tenerla cerca a cada segundo. Dejó que le quitase la camiseta de manga corta que llevaba, y suspiró al sentir sus manos por toda la extensión de su torso, acariciándola con mucho cuidado, y es que Clarke casi siempre la tocaba con toda la delicadeza del mundo, como si se fuese a romper. Llevó sus manos a los botones de la camisa de su chica y comenzó a quitarlos mientras investigaba con la lengua el interior de su boca, deslizando la prenda por sus brazos hasta sacarla una vez que estuvo totalmente desabrocharla.
Enredó las manos en los cabellos rubios de Clarke cuando comenzó a bajar por su cuerpo, besando con dedicación cada milímetro de piel que estuviese al alcance de su boca, al mismo tiempo que acariciaba sus costados suavemente. Un escalofrío recorrió cada una de sus terminaciones nerviosas cuando su chica metió las manos entre su espalda y el colchón para retirar su sujetador y llevar su boca a uno de sus pezones seguidamente, y se sorprendió del tiempo que se pasó estimulándola. No se iba a quejar, en absoluto, le encantaba sentir su boca haciendo maravillas sobre su cuerpo, pero es que las ganas que estaba poniendo en aquella ocasión en especial eran inéditas, como si quisiera memorizar cada rincón de su cuerpo al dedillo. Pasó al otro pezón tras un buen rato, y gimió sin poder evitarlo cuando sintió sus manos acariciar su abdomen antes de desabrochar el botón de los shorts que llevaba ese día. Los labios de Clarke volvieron a estar junto a los suyos, besándola con firmeza, y le devolvió el gesto de igual manera.
-Eres lo mejor que me ha pasado nunca, Lex -le aseguró, llevando las manos a su rostro y acariciándolo suavemente-. Quererte es lo mejor que he hecho en mi vida, preciosa -sus ojos estaban casi llenos de lágrimas, y ella frunció el ceño, porque pocas veces, por no decir ninguna, había visto a Clarke tan emocionada.
-Clarke, ¿qué ocurre? -inquirió bastante preocupada.
-Nada -aseguró, negando con la cabeza-. Solo que aún no me creo que estemos juntas.
-Vamos a estar juntas para siempre, Clarke -besó sus labios varias veces, entrelazando una de sus manos con la suya.
-Siempre voy a estar a tu lado, preciosa -la rubia posó sus labios sobre su frente, quedándose varios segundos en aquella posición-. No importa lo que pase, siempre voy a estar contigo, de una forma u otra.
Volvió a bajar por su cuerpo, y esta vez la despojó de los shorts y la ropa interior, quedándose totalmente desnuda bajo el peso del cuerpo de su novia. Sintió cómo besaba la parte interior de sus muslos y se mordió el labio inferior con fuerza por la anticipación. Abrió las piernas como reflejo cuando sintió cómo se acercaba y pudo notar su aliento contra su zona más íntima. Miró hacia abajo y se encontró con sus ojos azules fijos en ella, al mismo tiempo que deslizaba brevemente sus dedos por sus pliegues antes de pegar la boca a su entrepierna, haciendo que Lexa echase la cabeza para atrás mientras gemía sin poder evitarlo. Sintió la mano de su chica buscando la suya y volvieron a entrelazar los dedos, mientras el otro brazo de la chica rodeaba uno de sus muslos. Su lengua comenzó a realizar movimientos circulares alrededor de su clítoris, de esa forma que la volvía completamente loca, y no pudo evitar mover sus caderas contra su boca, buscando más contacto, no podía tener suficiente de Clarke.
Estaba a punto de correrse, y su chica se separó de ella, trepando de forma veloz por su cuerpo, besando sus labios y llevando sus dedos a su intimidad, penetrándola con dos dedos sin dudar ni un segundo. Jadeó contra su boca al notar su sabor, y apenas podía devolverle el beso, porque el orgasmo llegó demasiado rápido, tensándola completamente.
-Te quiero preciosa -escuchó que Clarke decía mientras ella se arqueaba bajo su peso, dejando que el placer se expandiese por todo su cuerpo-. Te quiero como no voy a querer nunca a nadie, Lexa.
Se fue relajando poco a poco, mientras la chica apartaba algunos mechones de su frente y repartía besos por cada parte de su rostro. Se abrazó a ella, dejando que escondiese su cara en el hueco de su cuello, sintiendo suaves besos en esa parte de su anatomía. Es que le encantaba Clarke, y cada una de sus increíbles facetas. Le encantaba cuando estaba en ese modo tan sexual que hacía salir a su propia parte más salvaje, y también le volvía loca cuando le decía esas cosas tan preciosas que hacían que su corazón bombease el triple de rápido. Clarke Griffin, contra todo pronóstico, era el amor de su vida, y estaba dispuesta a demostrárselo.
Tras unos segundos en esa posición, giró sus cuerpos, dejando a la chica debajo, y tras besar sus labios una vez más, quitó su sujetador rápidamente, llevando una de sus manos a su pecho derecho para estimularlo, pellizcando el pezón suavemente. Besó su cuello, aspirando el increíble aroma que desprendía, bajando poco a poco hasta poder tener entre sus labios el pezón que quedaba libre. Le encantó la forma en que los brazos de Clarke la pegaron más a su cuerpo, y miró hacia arriba, buscando su mirada azul que en ese momento tenía un tono más oscuro que de normal, pero igual de fascinante.
Bajó con besos por su abdomen hasta llegar a sus pantalones, los cuales retiró junto a su ropa interior, como la rubia había hecho minutos antes. Se tomó unos segundos para observar el increíble cuerpo desnudo de su novia, y es que todavía podía sentir escalofríos cuando la observaba así. De verdad, Clarke era absolutamente preciosa, en todos los sentidos de la palabra.
Se volvió a colocar sobre ella, a la altura de su rostro, y le sonrió a la chica cuando sintió sus manos acariciar despacio su cara, antes de tirar suavemente de ella para besarla. Clarke ahogó un gemido grave contra su boca cuando llevó sus dedos a su intimidad, sintiéndola completamente mojada para ella. Mordió el labio inferior de la rubia al mismo tiempo que comenzaba a estimular su clítoris, y le encantaba cómo a Clarke se le cerraban los ojos solos por el placer que estaba sintiendo. Le gustaba pensar que esa chica tan preciosa había sido la primera en compartir esos momentos con ella, y quería con todo su corazón que fuese la última.
Llevó dos de sus dedos a la entrada de su intimidad, y la penetró con cuidado, sin dejar de tocar su clítoris, y escondió la cara en su cuello cuando echó la cabeza para atrás, besándolo lentamente. Sintió las uñas de Clarke clavarse con suavidad en su espalda, y gruñó por la sensación. Levantó el rostro cuando sintió que su novia se tensaba alrededor de sus dedos, porque no quería perderse su cara dejándose llevar por el placer. Sacó los dedos de su interior poco a poco, y se dejó caer sobre su cuerpo, abrazándose ambas de nuevo, acariciándose y dejando besos en el cuello y hombro de la otra.
-Te quiero, Clarke -susurró contra su oído, sintiendo sus manos enredándose en su cabello.
-Y yo a ti, preciosa -contestó la rubia, aferrándose a ella con más fuerza antes de colocarse a su lado para mirarla, y sonrió al ver su rostro relajado observándola de vuelta-. Nunca lo olvides, Lex.
-Clarke, ¿por qué lo iba a olvidar? -frunció el ceño ligeramente.
-Por nada… Pero no lo olvides, ¿vale? -repitió, y no pudo evitar pensar que, por aquella forma que había tenido de dedicarse a ella esa noche, y la forma en que sus ojos la miraban, parecía que la chica, de una forma u otra, se estaba despidiendo.
Intentó no pensarlo mucho, y simplemente asintió antes de acercarse a su cuerpo, escondiéndose en su cuello, y sintiendo cómo la abrazaba mientras, poco a poco se iba relajando más y más, dejándose arrastrar al mundo de los sueños. No había nada mejor que quedarse dormida en los brazos de Clarke tras haberle hecho el amor, y lo único que pedía en el mundo era poder hacerlo por el resto de su vida. Porque no estaba segura de muchas cosas, pero lo que único que sabía con certeza es que no quería nada más que estar al lado de aquella chica que había cambiado su mundo por completo.
XXX
Nunca había sentido esa tensión en todo el cuerpo, pensaba que incluso iba a partirse la mandíbula de tanto apretarla. Miró por última vez su escritorio, habiéndolo guardado todo en la caja que iba a llevarse para prepararlo todo, para el después.
Porque sabía que después no había nada, e iba a ser valiente para enfrentarse a sus fantasmas porque quería dejar de ser una mortífaga. ¿Qué era lo que iba a suceder? Lo tenía claro: allí si entrabas, no se podía salir. Ya había escuchado muchos casos de personas que intentaron huir o que directamente fueron a enfrentarse a su señor, todos acabaron muertos. ¿Ese iba a ser su destino? Pero, a decir verdad, ¿cuántas veces pensó en dejarlo todo y simplemente morir? Muchas, siempre se había sentido miserable, sobre todo cada vez que veía esa marca en su piel.
Observó su antebrazo con la camisa arremangada, y miró aquella marca que hizo que todo empeorase, que su vida fuese cruel y dura por tener que hacer cosas que ella no quería… Y todo por culpa de sus padres, de sus estúpidos padres. ¿Tan difícil habría sido haber nacido con una familia honrada? Una familia que se preocupase por ella y que luchasen por no tener ese destino. Una familia que no tuviese miedo porque su hija pensase en suicidarse una y otra vez porque nada merecía la pena.
Nada, excepto Lexa.
Es que eso era lo que le mantenía a flote. Sus ojos verdes entre clases y clases, sus pensamientos tan inocentes, tan puros, su sonrisa, su lealtad con sus amigos, lo aplicada que era, tan ratita de biblioteca… Sonrió, secándose una lágrima que había caído. Diría que iba a echarla de menos, porque sería muy cierto, pero tras la muerte, no iba a quedar nada. Y si hubiese algo detrás, tenía muy claro que Lexa iba a ser en lo único que iba a pensar.
Se enamoró. Sí. Mucho. Y nunca había experimentado el amor, así que no podía compararlo con nada ni con nadie, pero acabó año tras años suspirando por esa Gryffindor. Una Gryffindor hija de muggles, menuda vergüenza para los suyos, pero menudo orgullo para ella, porque no había nada mejor que "esa sangre sucia".
-Lo siento -acarició la bola de nieve que Lexa le regaló.
Era pedirle perdón por los años molestándola, atacándola, o sin defenderla de gente tan miserable como ella misma… de los cuales se arrepentía, al igual que de su vida entera. Se arrepentía de todo, menos de haber sido valiente por primera vez en su vida para hablar con ella en Navidades. Al menos, su último año de vida, había sido el mejor de todo los tiempos.
Sonríe, Clarke, estate orgullosa de lo que has hecho y de lo feliz que Lexa ha sido gracias a ti. O al menos, contigo.
Suspiró, antes de sujetar aquella caja, color verde, con fuerza, centrarse en donde quería ir y notar ese aire casi absorbiéndola, apretando todo su cuerpo y comprimiéndole los pulmones, casi sin dejar que respirase… hasta que al fin llegó a su destino.
Tuvo que apoyar la mano en el escritorio por la sensación de mareo, porque aún no se había acostumbrado del todo a aparecerse, a pesar de que lo había hecho bastantes veces, sobre todo por distintos ataques a los que había tenido que acudir. A los mortífagos no les servían los justificantes de la escuela.
Dejó la caja en el escritorio y se giró justo en el momento en el que entraban a la habitación, viendo cómo cerraba la puerta y lanzaba la toalla que envolvía su cuerpo desnudo a la cama que había a su lado. Se quedó en shock mirándola, sin querer hacerlo de forma consciente, pero no pudo evitar que sus ojos la recorriesen completamente. Empezó a toser porque el aire que había perdido con el traslado no había vuelto de la mejor forma a sus pulmones, y la castaña levantó la cabeza, soltando un grito cuando la vio y corriendo para alcanzar la toalla de la que se había deshecho.
-Lo siento, lo siento, Raven -se disculpó mientras se giraba para darle intimidad. Oh, Dios…
-¿Qué haces aquí? ¿Por qué estás aquí? ¿Qué haces aquí? -la escuchó nerviosa, y probablemente estaría tan roja como ella misma.
-Necesito hablar de algo en serio contigo -su voz ya sonó firme-. Vístete, por favor.
-¿Vienes a mi casa a darme órdenes, Griffin? -escuchó que se movía, y tuvo que sonreír con su tono, notando que se relajaba algo mientras oía que se movía por la habitación- No mires más, suficiente has visto.
-Tranquila, no lo haré.
Apoyó las manos en la superficie del escritorio, y se dio cuenta de lo parecidas que eran Raven y Lexa, tan ordenadas, con sus apuntes en el escritorio… Seguro que la Ravenclaw también estudiaba en verano. Le salió una mueca de disgusto sola, porque… ¿a quién se le ocurre? En fin, a ellas dos solas en el mundo, seguro.
-Vale, ahora dime por qué estás aquí.
-¿Puedo girarme ya?
-Sí -lo hizo, y se la encontró en la cama sentada, con sus piernas cruzadas y vestida con ropa cómoda. Cogió aire, cerrando incluso los ojos para controlar sus emociones, y cuando la volvió a enfocar, vio que el gesto de la castaña no era tan amigable como antes, probablemente se olía que algo pasaba.
-Necesito que te levantes.
-¿Por qué?
-Por favor, Raven, me está costando mucho todo esto, no me lo compliques más -suplicó, y la chica se levantó al comprobar su gesto angustiado.
Estiró su brazo, intentando usar el menor número de palabras posible, no quería llorar delante de ella, a pesar de que ya sabía que era una moñas. Raven miró el gesto alzando una ceja, y entonces fue a darle la mano, pero la rubia adelantó un poco más su brazo para rodear su muñeca con los dedos, viendo que ella hacía lo mismo.
-¿Qué haces?
-El juramento inquebrantable.
-¿Qué? ¿Por qué? -notó que se tensaba, y se libraba de su agarre, dando un paso hacia atrás, entonces una lágrima cayó de uno de los ojos de Clarke.
-Perdóname por ser tan egoísta, Raven… De verdad que siento mucho la posición en la que te estoy poniendo, pero no puedo irme sin saber que Lexa va a estar bien -dijo en un hilo de voz mirando fijamente los ojos marrones de Raven, que la miraban sin comprender qué ocurría.
-¿Qué le va a pasar a Lexa? ¿La has puesto en peligro? -levantó la voz y la miró con el ceño fruncido.
-Jamás haría eso.
-¿Entonces?
-Raven, voy a hacer algo -la miró fijamente-. Algo que posiblemente acabe mal. No me hagas darte más detalles, por favor. Por favor, haz esto por mí… Haz esto por Lexa.
-¿Qué pretendes que jure? ¿Sabes qué pasará si no lo cumplo?
-Por eso te pido perdón por ser egoísta, pero eres en la única persona que confío ahora mismo -fue sincera-. Quiero que protejas a Lexa, tal y como has hecho hasta ahora. Que nadie ni nada le haga daño.
Raven la miró en silencio, con el rostro serio, y tras unos segundos dio un paso hacia ella y volvió a sujetar su muñeca con firmeza, apretando su mandíbula, decidida. Y es que sabía que podía confiar ciegamente en Raven Reyes.
-Necesitamos un testigo, ¿dónde está? -dijo de repente, y Clarke sonrió.
-A veces, no todo lo que está en los libros es cierto -sacó su varita, y Raven la miró sorprendida.
-No se puede hac… -intentó decir, pero antes de que pudiese pronunciar la frase completa, Clarke hizo el movimiento de varita, creando un lazo que unía sus manos, a punto de completar el juramento.
-¿Juras proteger a Lexa de cualquier mal y de cualquier daño? -preguntó rápidamente, notando que su voz temblaba, y Raven la enfocó de nuevo, porque estaba mirando sus manos.
-Lo juro -dijo, el lazo que las unía se desvaneció, y separó sus manos.
-Gracias, Raven -se sintió aliviada-. Y lo siento, de verdad -al final las lágrimas salieron sin permiso, y fue rápidamente a por la caja, sacando un colgante y guardándoselo en el bolsillo, y entregándosela a la castaña, que la cogió sin saber qué decir.
-¿Qué vas a hacer? -preguntó, y miró el contenido de la caja- Clarke, ¿a dónde vas? -preguntó con miedo, y la rubia negó.
-Por favor. Da una de estas cartas a Lexa cada mes, están ordenadas.
-Clarke… -intentó pararla de nuevo, pero dio un paso hacia atrás.
-Están ordenadas, Raven. Un cada mes -repitió, y se limpió las lágrimas antes de intentar concentrarse a través de sus emociones a aparecerse en el nuevo sitio, pero algo la cortó.
Era cálido y distinto, pero no nuevo, porque había compartido muchos de esos con Lexa, pero con nadie más. Abrió los ojos, comprobando que Raven la abrazaba con fuerza, y la abrazó de vuelta, notando que sus manos temblaban mientras rodeaba su cintura, devolviéndoselo.
-Ten cuidado, Clarke -susurró cerca de su oído, antes de que se separasen y Clarke asintiera. Una leve esperanza, porque sabía que no iba a ocurrir.
-Si te da la oportunidad de hacerla feliz, hazlo.
Y esperaba que lo entendiese, pero si ella no iba a estar, Raven podría acompañar toda su vida a Lexa, no había nadie mejor para ella en esas circunstancias que esa chica que secretamente estaba enamorada de su novia. Y claro que ella lo sabía.
Soltó un "cuídate" antes de desaparecer de la habitación de la castaña, apareciéndose en su nuevo destino: Hogsmeade. Empezó a caminar, era muy distinto en verano, pero ese sentimiento nuevo que la invadía cuando estaba allí tras su primer beso con Lexa, estaba igualmente. Un lento paseo, disfrutando unos minutos de aquel lugar que siempre había detestado, pero que se volvió mágico tras esas navidades.
Llegó a la casa de los gritos, y miró los árboles, que en esos instantes estaban con todas sus hojas verdes cubriendo sus copas, y sonrió casi sin querer mientras pensaba en cómo habría sido besar a Lexa en ese momento. Por supuesto que nada igual, no lo cambiaría por nada, sus mejillas y nariz rosadas por la nieve y los nervios porque iba a su primer beso con alguien, sus labios cálidos contrastando con el frío y esa timidez con la que le devolvía ese gesto…
Apoyó la mano en el árbol concreto donde la espalda de Lexa se apoyó durante ese instante, y lo recreó una y otra vez en su mente, cómo su cuerpo entero reaccionó a algo que pensó imposible, algo que creía que jamás iba a ocurrir. Lexa merecía tener una vida tranquila, sin miedo de la gente que había a su alrededor… Sí, escaparse era muy romántico, pero la encontrarían, y quizás así Lexa perdía también la vida. Y eso sí que no podía dejar que pasara.
Dejó caer unas lágrimas mientras lanzaba un hechizo al árbol que tenía delante, creando un agujero donde dejó el colgante que tenía en el bolsillo, y lo depositó ahí, colocando el pequeño mapache de pie. Lo miró y comenzó a llorar mientras deslizaba la yema de sus dedos por él, apareciendo automáticamente en su mente esos te quiero que se regalaron la última vez, quería que los viera, que pudiese saber lo mucho que la había querido y que siempre lo iba a hacer.
Su novia era inteligente, buscaría allí seguramente, y sino, se enteraría cuando leyese la última de las cartas. Y cuando tuviese ese mapache, podría ver esos recuerdos, los que quisiera, iban a estar permanente ahí para ella. Tras eso, apareció cuando pasaron toda la tarde vendiendo helados entre risas, y se quedó con esa sonrisa perfecta grabada, quería que fuese su último recuerdo.
Sonrió, porque su novia era increíble. Un mapache de patronus. Era adorable, de verdad. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y volvió a reparar el tronco antes de formar las letras que formarían un "preciosa" justo donde estaba escondido el mapache y que aparecería cuando Lexa estuviese frente a aquel tronco.
XXX
Dejó todo en su sitio, y guardó la bola de nieve que le regaló Lexa en la bolsa que llevaba colgada del hombro; la necesitaba cerca para que le diese fuerzas. Dio la primera carta a su lechuza, y vio cómo se alejaba volando cuando abrió la ventana. Una última carta para finalizar el verano antes de la vuelta al colegio Hogwarts para su chica. No quería que supiese nada aún, todo comenzaría cuando Raven mandase la primera carta en la fecha señalada.
Apretó el puño, porque sabía que iba a pasarlo mal, y ella misma lo habría hecho si algo le pasaba a Lexa. Así que mandó otra carta para Raven, pidiéndole que la consolara y la cuidara en esos momentos duros que iba a tener cuando supiese la noticia, añadiendo que confiaba en que Lexa pudiera protegerse al final ella misma.
Abandonó su habitación sin más, no iba a echarla de menos, y bajó las escaleras decidida. Iba a darse un descanso de hacer apariciones, porque su cuerpo necesitaba un respiro después de los viajes, y daría un paseo antes de verse capacitada a hacerlo de nuevo.
-Clarke, ¿a dónde vas?
La voz de su tío la frenó justo cuando tenía el pomo de la puerta en la mano, y se giró para encararlo. Sería un sanguinario, habrían hecho mil cosas horrorosas juntos, pero la había sabido cuidar mejor que sus propios padres. Eso al menos debía dárselo.
-Me voy -dijo firme-. Voy a hablar con nuestro señor -soltó con asco, y se giró para irse.
-¿Por qué? Si aún no te ha encomendado nada, no hasta que vuelvas a Hogwarts.
-Voy a salirme -su tío empezó a reír, pero dejó de hacerlo cuando vio que ella no lo hacía. Es más, comenzó a sentir que sus ojos le escocían.
-¿Cómo?
-Voy a irme de esta mierda de grupo. Me ponéis entre todos enferma -expresó con rabia, dejando caer algunas lágrimas, dejando sorprendido al hombre.
-¿Por qué? ¿Por qué ahora? -frunció el ceño- ¿Es esa chica?
-¿Qué? -¿sabía sobre Lexa? ¿Por qué?
-La que estuvo en tu cumpleaños, vi cómo la abrazabas por la ventana. Tienes suerte de que no te viesen, sobre todo Bellatrix. Es una Gryffindor, ¿verdad?
-¿Y todo eso cómo mierda lo sabes? -preguntó enfurecida.
No pudo evitar meterse en su mente, sabiendo que no debía, porque ni él lo sabía, pero no quería mentiras a esas alturas. Y sintió rabia cuando comprobó que había estado invadiendo la privacidad de su habitación.
-Estabas rara últimamente, no ibas a todas las reuniones y ya estaban sospechando de qué podría pasarte. Así que entraron a tu habitación cuando te fuiste a saber dónde durante dos días… -el día que fue a ver a Lexa- El amor no es la solución si trabajas aquí, Clarke. No te va a dar la satisfacción que te da hacer las cosas bien.
-¿Qué es hacer las cosas bien? ¿Matar a gente inocente? ¿Hacerles sufrir incluso haciendo que algunos lleguen a la locura? -sintió un pinchazo en el pecho.
-Gente que se opone a nuestros deseos -la miró con la firmeza digna de un padre autoritario, pero eso a ella nunca le había impuesto.
-La mayoría de vosotros sois unos inútiles, entre ellos los estúpidos de mis padres. Míralos, en Azkaban pudriéndose. Gente se ha escapado de allí, ni siquiera ellos sirven para intentarlo.
-Tus padres fallaron en su misión.
-Su misión fue hacerle daño a la madre de esta chica. Y a pesar de ello, ella muestra más serenidad que muchos de vosotros habiendo perdido a su propia madre con esas causas tan horribles -casi chilló moviendo sus brazos-. Así que me alegro de que estén allí, y ojalá duren mucho en ese sitio y que sufran por lo que han hecho. No les deseo otra cosa que una permanente tortura de por vida.
-¿Ves? ¿No te das cuenta? Lo llevas en tu sangre. El hacer daño y hacer el mal… Nuestro señor estaría orgulloso de ti al escucharte decir esas cosas -sonrió.
-"Nuestro señor" puede morirse también por mi parte.
El hombre se quedó quieto, frunciendo los labios con sus palabras, y se giró sin decir nada más, dispuesta a salir y terminar con su vida de una vez por todas.
-Quieta -escuchó su voz grave resonando en las paredes, y cuando se dio la vuelta vio que la apuntaba directamente con su varita.
-Oh, ¿vas a acabar tú con esto? ¿Te avergüenza que vaya a entregarme? -se burló de él. Ya nada importaba- ¿Serías capaz de hacerme daño con tal de que no nos humille de esa forma? ¿Qué pensarán de ti si has dejado que tu sobrina no quiera estar dentro de los malditos mortífagos? -dejó caer la bolsa que llevaba, y sintió una punzada cuando escuchó el cristal rompiéndose.
-Haría lo que sea por no manchar el apellido Griffin, Clarke -la firmeza de su voz incluso llegó a hacerle daño, así que se quedó allí plantada, sin mostrar un signo de debilidad o temor por su decisión, pero no esperó escuchar a su familiar pronunciar aquellas palabras.
Vio el destello de luz que salió de la varita, y sabía que no podía hacer nada contra eso, era imposible de esquivarlo a esa distancia, así que se dedicó a pensar en esos ojos verdes antes de sentir cómo la luz impactaba contra ella.
X X X
Fin del prólogo.
