La fuerza del Imperio
Capitulo 21
Meg acababa de deslizar la túnica escarlata por su cuerpo y la dejó tendida en el suelo. La sirvienta le pasó por la cabeza la prenda corta que utilizaba para dormir en el momento exacto que Hércules hacía su entrada en la estancia.
Meg se giró velozmente y, al percatarse de la presencia masculina, enrojeció hasta la raíz del cabello.
– Déjanos a solas.– le dijo a la sirvienta que se encontraba con Meg en los aposentos.
– Hé…Hércules– balbució completamente asombrada de verlo en sus aposentos– ¿ Pasa algo?
Él le mostró una sonrisa astuta.
– No hemos terminado nuestra conversación posterior a la cena.
– Crees que es el momento…
Pero Hércules la interrumpió– Me hiciste una pregunta, ¿recuerdas?– le dijo– Ahora me corresponde a mí hacértela.
Los ojos de Meg se entrecerraron de forma especulativa.
– No es necesario– le respondió queda– Evítame el desaliento que suscitará la pregunta que pretendes hacerme, por favor.
Hércules se acercaba muy lentamente hacia ella, que no retrocedía, mostrando así un valor semejante al de muchos hombres que él admiraba.
– Si te lo pidiera, ¿me dejarías que te hiciera de nuevo el amor?– inquirió él.
Meg lo miraba sin responder.
– Me ofreces un silencio muy sospechoso– le recriminó él–, que podría interpretar como una negativa.
– ¿Te importaría que me negara?– le preguntó ella a su vez con un hilo de voz.
– Te deseo, Meg, aunque ignoro qué hechizo me has lanzado para que no pueda pensar nada más que en poseerte.
– Me pregunto cada noche por qué motivo no vienes a mi lecho después de haberme amado la primera vez– la declaración de Meg relajó los hombros de Hércules.
– ¿Quieres saberlo?– Meg negó de forma apresurada. Sin embargo, Hércules continuó implacable– Por que soy un idiota.
Meg le permitió que la sujetara y la atrajera hacia él. Hércules la beso, un beso dulce, tierno y , a la vez, salvajemente apasionado. Hércules la sostuvo en brazos y la llevó hasta el lecho para tumbarla con mucha suavidad.
De forma rápida se colocó sobre ella apoyando en los brazos para no aplastarla con su peso. En los brazos de Hércules, y arrebatada por su propia tempestad de pasión, comenzó a empujar sus caderas hacia él, y al hacerlo encontró el ritmo que los envolvió en una danza salvaje y erótica a la que se entregaron sin restricciones.
Meg se encontraba deliciosamente agotada.
– Despierta– la zarandeó Hércules con suavidad aunque con insistencia– Ha llegado la hora de renovar tu entrenamiento.
– ¿Mi entrenamiento?– preguntó sorprendida.
– Es bueno para ti que sepas defenderte, y quién mejor que yo para enseñarte a hacerlo. Será una labor dura, si bien aprenderás rápido.
– ¿Y también quieres despertar a Adriano ya Arrion, que no tienen su deber la obligación de levantarse antes de tiempo?– protestó Meg vacilante.
Hércules le mostró una sonrisa franca que ella se temó como un mal presagio.
Meg siguió a Hércules a los jardines traseros de la villa.
– Aquí podremos practicar sin despertar a tus protectores– le indicó sin que ella preguntara nada.
Hércules le tendió una espada que Meg tomó sin saber qué hacer con ella a continuación. Un golpe dado con la hoja a su trasero la despertó de golpe.
– Levántala sobre la cabeza en posición de guardia y no golpees a menos que veas la acción de ataque clara.
Varios momentos después, Meg tenía los glúteos rojos por los diversos avisos que le había dado Hércules.
– ¡Mantén la guardia!–le ordenó con voz firme – ahora, ¡ataca!
Pero ella no se molestó en alzar el arma para defenderse del nuevo golpe dado a su trasero. Se masajeó con una mano mientras lo miraba con enojo.
– No estoy preparada para responder a ningún ataque.
Hércules soltó la espada, que cayó al suelo con estrépito. Ella lo imitó igual de valiente.
– ¿Piensas que el peligro vendrá cuando estés preparada y que te dará un aviso?
Meg apretó los labios porque le había molestado que la despertara para realizar lo que ella creía un capricho.
– ¿Es una forma de castigo por inducirte a que me hagas el amor? ¿ oh … he despertado con mi pasión la bestia legionaria que vive en ti?
Hércules entrecerró los ojos para mirarla con atención.
– ¿Deseas regresar al lecho?
Meg hizo un gesto afirmativo vehemente.– No estaría nada mal, son las tres de la madrugada.
Hércules pasó a otro tipo de acción. La sujetó por los hombros e inclinó la cabeza al encuentro de la boca femenina.
El beso intenso y voraz la dejó sin fuerzas.
– ¿Preparada?
Meg no podía responder porque estaba invadida por decenas de sensaciones, cada una más placentera.
Hércules recogió las espadas del suelo y le tendió de nuevo la suya.
El rostro de Meg resultó un desconcierto absoluto. No tenía fuerzas ni para seguir de pie. ¿ Cómo podía sostener el arma son caer al suelo agotada.
– ¡No puede ser cierto!– exclamó estupefacta.
– Ya no estás dormida, ¿verdad? Ahora, posición de guardia– le indico con voz marcial.
Al cabo de unas horas, el sol asomaba por el horizonte.
Meg evadir los golpes defendiéndose, sentía el cuerpo a magullado, e imaginó que no podría sentarse en una semana.
...
Finalmente Hércules no la llevó consigo. La decepción había sido tan grande que su espíritu se había tornado triste y melancólico.
Esa noche, Meg se encontró con la inesperada visita de centurión Cayo, que le traía un pliego urgente desde Roma. Iba dirigido a ella. Se lo enviaba Galena, al tomarlo entre sus dedos, le temblaron ligeramente. Si eran informes de Roma, no podían ser buenos. El centurión se despidió de Adriano y de ella.
Cuando Meg leyó en silencio el pergamino que le enviaba la tía de Hércules, creyó que iba a morir de la pena. Nadie le había explicado realmente qué había sucedido con su hermana. Le habían ocultado la verdad, y mientras trataba de encontrar la serenidad para sosegar su espíritu, maldijo una y otra vez hasta que se quedó sin fuerzas.
Todos en la villa la contemplaron turnados porque no sabían cómo actuar ante la desdicha de Meg. Adriano tomó el control y se ocupó de que cada uno cumpliera con sus obligaciones sin la menor dilación.
Finalmente Meg los reunió a los tres en el tablinum, a Publio, Adriano y Arrion, y les informó de la decisión que había tomado.
– Necesito mantener una reunión con el gobernador Justiniano Carisio– les dijo, la miraron de manera cauta. – Regreso a Roma…
Continuara….
