Capítulo Veintiuno
Bajó bostezando por las escaleras hasta la cocina. Estiró todo los músculos de su cuerpo, desperezándose, mientras hacía un poco de café. Abrió la ventana, disfrutando del aire fresco que hacía a esa hora de la mañana, sabiendo que más tarde el sol calentaría demasiado y ya no podría disfrutar del frescor. Suspiró, tranquilo y relajado, mientras bebía su café en un armonioso silencio.
Hasta que un grito lo rompió todo.
— ¡Papá, James está acaparando el baño!
Cerró los ojos, dispuesto a seguir disfrutando de su desayuno sin que nada más importase.
— ¡No estoy acaparando el baño, lo que pasa es que tengo necesidades!
— ¡Un cerebro, es lo que necesitas!
— Cariño, ya estoy en casa —canturreó una voz femenina.
Cuando se giró, vio como una mujer rubia y despampanante entraba por la cocina.
— No sé si debería decirle a Victorie que tienes un fetiche con eso de convertirte en mujer.
La chica soltó una carcajada, mientras su cabello rubio se acortaba y sus facciones se volvían más masculinas. Un momento después, tenía a Teddy frente a él.
— ¿Una mala mañana? —preguntó el chico, sirviéndose también un café.
— Voy a escribirle una queja a McGonagall porque a principio de este año yo envíe dos niños a Hogwarts, y me han devuelto dos mandragoras chillonas.
Teddy soltó una sonora carcajada, que fue ahogada por un quejido de Lily.
— ¡Papá, James y Albus quieren batirse en duelo!
— ¡Chivata! —se escuchó a los dos niños.
— Y así llevan dos días —suspiró Harry.
Teddy se encogió de hombros, sentándose en la mesa.
— Están en la edad del pavo.
Se escuchó un ruido de algo rompiéndose desde el piso de arriba. Harry dejó su taza de café bruscamente sobre la encimera, y asomó la cabeza por la puerta de la cocina.
— Con tacto, Harry —le recomendó su ahijado.
— ¡Tenéis cinco minutos para desocupar el baño, vestiros y bajar a desayunar, con tranquilidad! —añadióseveramente. Ni si quiera le hizo falta de un hechizo sonorus para que su voz se escuchase en toda la casa—, o sino ya podéis olvidaros del Quidditch en lo que queda de verano. ¡Y vuestras varitas quedan requisadas desde ya!
— Eres todo tacto. Di que sí —afirmó, lleno de divertida ironía.
— No tengas hijos nunca —le aconsejó—. Les podrás querer mucho, pero a veces solo tienes ganas de ahorcarlos.
— ¿A quién vas a ahorcar? —preguntó Lily, sentándose con calma al lado de Teddy.
— A tus hermanos.
— ¿Puedo ayudar? —preguntó ella, cándidamente.
Pocos minutos después, James y Albus aparecieron en la cocina, no completamente tranquilos, pero lo suficiente como para que Harry no desatase sus instintos homicidas. Extendió una mano hacia ambos chicos, con una mirada rigurosa. Albus le tendió su varita en el acto, aunque brindándole una mueca de disgusto. James por su parte fue un poco más reacio.
— Tu varita, James —le ordenó. El aludido frunció el ceño, cruzándose de brazos y manteniendo su varita con él.
— ¡Pero no es justo!
— Que las protecciones de la casa os permitan hacer magia no significa que podáis hacerla, lo sabéis.
— Pero no la hemos hecho —replicó, obstinadamente.
— La magia está prohibida fuera de Hogwarts —añadió Lily, sabiondamente.
— Tú cállate —le espetó a su hermana.
Harry soltó un resoplido, sintiendo que su paciencia se esfumaba por la ventana.
— James, o haces esto por las buenas y me das tu varita, o lo haces por las malas, que entonces tendré que quitártela a la fuerza, o lo hacemos por las mías, que aparte de quitarte la varita, te la quemaré también.
Los ojos marrones de James le miraron con un atisbo de alarma en ellos.
— No quemarías mi varita —aseguró, aunque había duda en su tono de voz.
La verdad era que no, nunca quemaría la varita de uno de sus hijos, pero James no tenía porqué saber eso.
— Pruébame.
Hubo un segundo de silencio, y luego se escuchó el suspiro resignado de su hijo.
— Esto es peor que una dictadura opresiva —se quejó, extendiéndole su varita.
Harry rodó los ojos ante el dramatismo.
Para su fortuna, el desayuno trascurrió dentro de la normalidad. O al menos todo lo normal que podía ser con tres niños y Teddy sentados en una misma mesa.
— ¿No deberías irte ya? —le preguntó su ahijado, mientras ayudaba a recoger.
Se removió incómodo, con su corazón acelerándose nerviosamente.
— Iré a ducharme —avisó.
Harry atribuyó a la inquietud que sentía, el hecho de que se hubiera duchado, vestido y arreglado en un tiempo récord. Cuando volvió a bajar, los niños seguían en la mesa, discutiendo con Lupin lo que iban a hacer durante esa mañana.
— Me voy —comentó, atrayendo la atención de todos—. No discutáis, portaos bien y haced caso de lo que Teddy os diga —le ordenó a sus hijos.
— ¿Por qué sólo me miras a mi? —se quejó James. Su padre le miró de soslayo.
— Nada de peleas —aseveró.
Soltó un suspiro cuando vio a los tres niños asentir, y luego le hizo una seña a su ahijado para que lo acompañase hasta la chimenea del salón.
— Envíame un patronus si hay alguna urgencia —pidió.
— Relájate, Harry —comentó con falsa fatiga—. Solo vas a irte un par de horas, ¿no?
— Eso espero.
— Puedo cuidar de ellos. No hace mucho que yo tenía su edad, así que se cómo manejarlos.
El mayor le echó una mirada cáustica.
— Eso no me consuela.
Teddy sonrió de manera centelleante.
— Todo va a estar bien —aseguró—. Soy un auror preparado, puedo hacer esto.
— Todavía no te has graduado —apuntilló. El chico rodó los ojos.
— En serio, Harry, tranquilízate. Solo vas a salir un rato y estoy seguro de que todo saldrá bien. Scorpius es un chico listo, lo entenderá, ya verás.
Exhaló temblorosamente, con algo de nerviosismo y desazón.
Draco le había dicho la semana pasada que quería hablar con Scorpius y confesarle que tenían una relación. Harry se había sorprendido, pero luego había caído en la cuenta de que Ginny volvería a casa dentro de dos semanas, y entonces él mismo le tendría que decir a sus hijos que se iban a divorciar, y además de que mantenía una relación con Draco Malfoy, así que no encontró ningún motivo para no decírselo a Scorpius a esas alturas. Además, era el hijo de Draco, y él tampoco era nadie para imponerle sus decisiones. No era que Harry no quisiese ser sincero, era que le daba algo de pavor que Scorpius reaccionase mal ante la noticia.
Harry hubiera querido quedarse en casa con su hijos, a pesar de los gritos, las peleas, y la edad del pavo, como lo llamaba Teddy, pero Draco le había pedido que estuviese con él cuando hablase con Scorpius, en calidad de apoyo moral, lo que hacía que a Harry se le crispasen los nervios ya que vería de primera mano la reacción del niño, y tal vez no estaba preparado para eso.
Era irónico pensar que había estado más dispuesto a morir ante Voldemort, que enfrentarse a un niño de trece años.
— Todo irá bien —se dijo a sí mismo.
— Claro que sí —aseguró Teddy, con una sonrisa amable. A Harry le recordó a Remus.
— Ya sabes, si hay alguna urgencia...
— Sí, sí, un patronus —cortó el chico—. Lo tengo. Ahora vete, tengo una fiesta que celebrar aquí dentro.
— ¡Teddy!
— Que era broma, hombre.
— No estás haciendo que me vaya tranquilo.
— Pero tienes que irte igualmente, a no ser que quieras que mi tío te convierta en un ingrediente para sus pociones —le dijo, empujándole por los hombros hacia la chimenea.
— Las varitas de Albus y James están guardadas. No se las devuelvas bajo ningún concepto.
— Bien.
— Y no le des azúcar a Albus, a menos que quieras acabar con migraña.
— Vale.
— Y a Lily...
— ¡Por amor a Merlín, Harry, lárgate ya o te echo yo mismo!
El moreno abrió la boca, para añadir o replicar algo, pero Teddy le envió una mirada punzante que le hizo cambiar de opinión.
— Deséame suerte —dijo, en cambio.
— Oh, sí, la vas a necesitar —comentó el chico, para su desgracia.
Echó los polvos flú antes de que pudiese cambiar de opinión, y un segundo después estaba parado en el salón de la Mansión Malfoy.
Esperó pacientemente, aunque por dentro su estómago amenazaba con devolver su desayuno, a que Draco—o en su defecto un elfo doméstico—, apareciese para recibirle. Para su suerte, quien apareció por la puerta fue el rubio.
— Hola —le saludó cuando llegó hasta él—. ¿Nervioso?
— Bastante —admitió.
— Yo también lo estoy.
Harry arqueó una ceja, mirando al rubio, quien tenía un rostro neutro y apaciguado, su respiración parecía relajada y se notaba que no tenía ni un solo músculo en tensión bajo la túnica azul cielo que vestía.
— No lo parece.
— Supongo que es de las pocas cosas que puedo agradecerle a mi padre.
Soltó un resoplido. Tener a Lucius Malfoy en su mente no ayudaba a sus nervios.
— ¿Dónde está Scorpius?
— En el jardín.
— ¿Le has dicho... algo?
— Todavía no —Harry respiró profundamente, dándose serenidad—. Todo va a salir bien.
Miró la mano que Draco había entrelazado con la suya.
— ¿Tú crees?
— ¿La verdad? No. Scorpius es muy imprevisible a veces.
Soltó una carcajada sin gracias.
— Eso me tranquiliza mucho —ironizó.
— Ni si quiera deberías estar nervioso. Soy yo el que va a hablar con él, tu solo vas a estar allí de apoyo.
Asintió. Lo sabía, era consciente de que la parte difícil la iba a tener Draco porque era su hijo al fin y al cabo, pero Harry no podía evitar estar nervioso, porque Scorpius le importaba, le tenía el mismo afecto que le podía tener a sus hijos o a Teddy. Y no quería que el niño se lo tomase a mal, y que eso pusiese a Draco en una encrucijada entre él y Scorpius.
— ¿Preparado? —preguntó el rubio.
Harry tomó otra respiración profunda, antes de afirmar. Draco llamó a su elfa, diciéndole que avisase a Scorpius para que se dirigiese al salón. Ambos se sentaron en uno de los sofás, y esperaron todo lo pacientemente que la atmósfera les permitía. Cuando Scorpius llegó, el ambiente se volvió aún más tenso si cabía.
— Scorpius, tengo que hablar contigo —pronunció Draco seriamente.
El niño miró a su padre, desvió la mirada durante un segundo hacia él, y luego la volvió a centrar en su progenitor, mientras se sentaba lentamente en un sillón frente a ellos.
— No sé qué es lo que te ha dicho la directora McGonagall, pero no fue culpa mía, de verdad —se excusó, rápidamente.
Harry parpadeó, confundido.
— ¿A qué te refieres? —interrogó Draco, pareciendo casi tan desconcertado como él.
— Yo no sabía que ese puffskein era de Amanda Eversson, en serio. Me lo encontré por casualidad y pensaba que estaba perdido o algo, así que me lo quedé. Entonces vino Eversson, ya sabes, la de Hufflepuff, y hizo todo un espectáculo diciendo que algún Slytherin se lo había robado, porque no sé qué obsesión tiene con nosotros, con lo cual, yo no podía ir y devolvérselo sin más, porque me acusaría de haberlo robado, y recordemos que yo me lo encontré, no lo robé, así que pensé: voy a dejarlo cerca del sótano, que es donde está la sala común de Hufflepuff y así Eversson lo encontrará y dirá "Qué tonta, si estaba aquí", y como es verdad que es tonta, pues todo me encajaba.
El silencio rebotó en el amplio salón de la mansión, hasta que Harry estalló a carcajadas. No sabía si era por los nervios, o porque Scorpius realmente estaba hecho de otra materia, pero Harry jamás se había reído tanto en su vida.
— ¿De qué diablos estás hablando? —preguntó Draco, que parecía más aturdido que otra cosa.
— ¿No querías hablar sobre eso?
— Ni si quiera sabía que te dedicabas a robar las mascotas de la gente.
— ¡Yo no lo robé! —reafirmó contundente.
—¿A qué clase de monstruo estoy criando? ¡Potter, deja de reírte!
— Además ¿qué quieres que piense, si estás ahí, tan serio, con el Jefe de Aurores al lado?
— A veces no entiendo cómo funciona tu cerebro, de verdad.
— Jefe de Departamento de Seguridad —corrigió Harry ahogadamente por la risa—. El Jefe de los Aurores es Ron.
— Gracias por la innecesaria aclaración —espetó Draco mordazmente.
— Entonces, ¿de qué quieres hablar? —preguntó Scorpius.
La diversión que había sentido Harry se esfumó tan rápido como el polvo contra el viento. Miró al rubio, quien estaba mortalmente serio, y luego se fijó en Scorpius, quién miraba a su padre con cautela.
De repente, las ganas de desaparecer de allí se hicieron monumentalmente grandes.
— Quería decirte que Harry y yo tenemos una relación.
Su corazón se saltó un latido en cuanto terminó de pronunciar la frase. No había esperado que fuese tan directo, aunque su voz había sido sorprendentemente suave. Scorpius se quedó mirándole, sin rastro de horror o enfado, así que Harry tomó nota, porque tal vez esa era una buena táctica para decírselo a sus propios hijos.
— Sois amigos, ¿no? —cuestionó el niño, aunque había algo en su tono de voz que decía que ya sabía la respuesta.
— Lo somos —afirmó Draco—, pero también somos algo más que amigos.
El rostro de Scorpius estaba peligrosamente serio cuando le miró. Sus ojos gris-azulados le observaban con una severidad impropia de él. De repente parecía que tuviera más de trece años.
— ¿Sois novios? —la atención del niño había vuelto hacia Draco, mirándole con el ceño fruncido.
— Es una manera simplificada de decirlo.
Scorpius se echó hacia atrás en el sillón, como si la noticia le hubiera golpeado físicamente, sus manos se cerraron en puños y se notaba que le estaba costando trabajo tragar saliva.
— ¿Y mamá? —demandó, con su voz agrietándose un poco.
Escuchó cómo Draco soltaba un suspiro a su lado.
— Siempre voy a querer a tu madre —garantizó—, pero estoy enamorado de Harry.
El moreno pensó que hubiera sido una declaración bastante bonita, si su corazón no se sintiera tan acongojado de ver las dos lágrimas silenciosas que se le habían resbalado a Scorpius por las mejillas.
— Vas a olvidarte de ella —acusó el niño, soltando un sollozo.
— Claro que no.
— ¡Lo harás! ¡Te olvidarás de mamá!
— Scorpius...
— ¡No puedes salir con él! —protestó Scorpius, lanzándose contra Draco para apretarle en un abrazo. Harry miró acongojado cómo el rubio acariciaba el cabello de su hijo—. ¿Por qué ahora? Es demasiado pronto. Y yo se lo prometí a mamá, le dije que te mantendría conmigo. ¡No puedes enamorarte de él! ¡Te alejarás de mi!
Vio a Draco abrir la boca para responder, pero lo único que salió de ella fue una exhalación agobiada. Parecía desconsolado, como si no hubiera previsto que Scorpius fuera a reaccionar de esa manera.
Con una respiración profunda, alargó la mano, y la apoyo tentativamente en el hombro del niño.
— Scorpius —llamó. El aludido se removió, deshaciéndose de su toque—. No voy a alejar a tu padre de ti, y tampoco pretendo hacer que se olvide de tu madre —aseguró, con un tono de voz más calmado de lo que realmente se sentía—. Solo quiero que me dejes quererle, y protegerle como haces tú.
Draco le miró, con sus ojos grises intensos y afectuosos. Sabía que las ganas de besarle que le entraron en ese momento no era las adecuadas para una situación así, pero no podía evitarlo.
— No me gusta compartir —dijo el menor, con la voz cargada de resentimiento.
— Scorpius, no seas egoísta —le reprendió su progenitor.
El niño se revolvió en su abrazo, solo para girar la cabeza y poder mirar a Harry. Las mejillas de Scorpius estaban sonrojadas y húmedas, sus ojos estaban enrojecidos pero al menos había parado de llorar, y su ceño estaba profundamente fruncido.
— ¿No me lo vas a quitar? —le preguntó a Harry, mirándole con desconfianza.
— No me atrevería —le dijo, permitiéndose una sonrisa.
Hubo un largo silencio, en el que Draco soltó un suspiro largo y cansado. El rostro de Scorpius se descompuso de repente, como si fuese a volver a llorar.
— ¿Podré tener un crup entonces?
— Claro que no —respondió Draco acto seguido, sin dudarlo ni un solo segundo.
Scorpius sollozó, y para su sorpresa, se alejó de los brazos de su padre, solo para abalanzarse contra Harry, y enredarlo en un abrazo.
— Harry —lloriqueó lastimosamente contra su hombro.
— Yo te compraré un crup —prometió con voz suave.
— ¡Te está manipulando! —replicó Draco, con un gesto de ridículo asombro—. Ni si quiera está llorando de verdad ahora.
— También está siendo muy dulce —objetó el moreno, mientras acariciaba la espalda del niño.
— No os aguanto. A ninguno de los dos —sentenció Malfoy, con una mirada de cansina resignación.
Sintió a Scorpius sonreír sobre su hombro, mientras le abrazaba un poco más fuerte.
Harry también sonrió, feliz.
¡Tachaaaaaaaaaaaaan!
¡Capítulo de confesiones! Si queréis confesar algo, este es el momento. Yo confieso que odio las películas de tiburones. Y a mi vecina de arriba, con sus hijos ruidosos y su maldito perro que no para de ladrar.
En fin, nuestro querido Scorpius ya sabe lo que hay entre Draco y Harry. He querido que Scorpius fuese el primero en saberlo, porque es más fácil, al ser solo un niño, y más divertido la verdad. Aunque supongo que la pregunta es si los hijos de Harry se lo tomarán así de bien también, pero eso lo descubriremos más adelanta (Continuará...)
Y, dicho esto, intentaré actualizar a principios de la semana que viene, aunque no prometo nada porque se me ha muerto el ordenador. Otra vez. Yo ya no sé si tirarlo por la ventana, o cagarme en toda la familia del técnico que en teoría lo "reparó". Así que me toca otra vez escribir por el móvil, que es desde donde estoy escribiendo esto, con Harvey haciéndome compañía y cambiándome palabras que no sé de dónde vienen. En algún momento de mi vida tengo que plantearme desactivar el auto-corrector, la verdad.
Y eso queso.
¡Buen fin de semanaaaaaa!
