Chapter 21
HERMIONE
Los días pasaron un poco más fácilmente después de eso —las dudas y los celos son cosas terribles y venenosas, y uno nunca se da cuenta de cuánto te están arrastrando hasta que te sientes un poco aliviado por ello. Había escrito en mi diario los pasajes que Draco había subrayado, por lo que cada noche antes de irme a dormir, los leía y los dejaba correr por mi mente antes de caer dormida. Mientras los tuviera, sabía que podía continuar por varias semanas sin oír su voz.
Si tan solo eso hubiera durado lo suficiente.
Empezó como una de esas tardes típicas— recientemente típicas — Yo, Padma, Parvati y Ginny estábamos sentadas en una habitación trasera de la biblioteca con Madam Pince, mientras discutíamos el cuarto capítulo de Orgullo y Prejuicio, y la etiqueta del baile en el siglo diecinueve. Mientras me sentaba en medio de una pila de libros y pequeños escritorios, sobre una silla acolchada, con mi copia prestada de O&P en ambas manos, suprimí una sonrisa. Madam Pince escuchaba atentamente mientras una Ginny de ojos brillantes especulaba sobre el personaje del sr Darcy, intercalado con las preguntas de Padma sobre la diferencia de clases. Madam Pince era cuidadosa en guiar la discusión en vez de dictar respuestas, lucía una expresión menos arrugada, menos severa que lo usual —y me encontré a mí misma deseando que tuviéramos una clase de literatura, y que fuera ella la que la dictara.
— ¿Les parece que discutamos hasta el capítulo diez para la próxima? —sugirió Madam Pince al tiempo que nos parábamos y ubicábamos las sillas de vuelta a sus lugares. Todas asentimos y dijimos que sí, y luego las otras tres chicas abandonaron la estancia, parloteando sobre lo enamoradas que estaban ya del sr Darcy, solo porque era engreído, alto y silencioso, nada parecido a los otros hombres en la historia. Vislumbré lo que parecía como una sonrisa en el rostro de Madam Pince, pero como siempre, no podía tener certeza.
—Gracias, Madam Pince —dije a la vez que me encaminaba a la puerta— Eso fue… muy educativo.
—Me alegro mucho que pensara eso, señorita Granger —acotó Pince, ordenando su ya perfecta pila de libros— Nos vemos la semana entrante.
—Adiós —respondí y salí. Pero solo acababa de pasar los Grandes Brujos de la sección de Historia cuando ella me alcanzó.
— ¿Señorita Granger? Señorita Granger, perdóneme.
Me detuve y me giré para ver a Madam Pince corriendo hacia a mí a través del duro piso, su larga túnica ondeándose mientras sostenía un libro negro en mi dirección. Fruncí el ceño.
— ¿Sí?
—Se suponía que debía entregarle este libro hoy —hoy y no más tarde— y casi se me olvida —dijo ella— Perdóneme. Fue reservado para usted por el profesor Snape.
Tragué duro, sintiendo mi rostro enfriarse, pero asentí y lo tomé de sus manos.
—Muchas gracias.
—De nada —respondió ella, se giró y volvió a su escritorio. Instantáneamente me colé en una sección oscura entre los estantes, cerca de una parte solitaria de la Sección Restringida. Me incliné contra una repisa y, con manos temblorosas, bajé O&P y saqué mi varita.
Este era un nuevo mensaje —no había contestado el último de Draco por miedo a ser descubiertos— pero éste no era Persuasión. Era un libro diferente —y no podía esperar por recorrer todo el camino hasta mi cuarto. Toqué la cubierta con mi varita.
Aparecium.
Luego guardé mi varita de vuelta en mi bolsillo y abrí la cubierta. Mi ceño se frunció a la vez que mis ojos se posaban en la página de título.
Cartas de Guerra: Una Colección de Misivas enviadas desde los Grandes Campos de Batallas.
Era un libro mucho más nuevo, así que no tenía que ser tan cuidadosa como antes, pero aun así me tomé mi tiempo mientras pasaba las páginas, esperando no pasar de largo los subrayados invisibles.
Bajé la velocidad de mi mano conforme me acercaba a la página treinta. Dejé salir el aire y no volví a coger más.
Nada estaba subrayado. En vez de eso, un cuadro completo estaba delineado indicando que debía leer una carta completa. Y por ello, con mi respiración atorada en mi pecho, y mis manos comenzando a temblar, empecé.
"Una carta enviada de Sullivan Ballou, un soldado en la Guerra Civil Americana, a su esposa Sarah el 14 de Julio de 1861:
Mi muy querida Sarah:
Las indicaciones son muy estrictas y dictan que nos deberemos movilizar en unos pocos días —quizá mañana. Si no puedo ser capaz de escribir de nuevo, me siento impelido a escribir unas cuantas líneas que leerán tus ojos cuando yo ya no pueda hacerlo más…"
Cubrí mi boca con mi mano y, al tiempo que mis rodillas se debilitaban, me hundí en el suelo. Pero no pude apartar mi mirada de las palabras —me mantuvieron presa, cada una llenándome tanto de un dulce como un amargo dolor.
"No tengo dudas, ni tampoco falta de fe en la causa en la me encuentro comprometido, y mi coraje no falla o se debilita. Sé la gran fiereza con la que la Civilización Americana tiene su esperanza en el triunfo del Gobierno y cuán grande es la deuda que le debemos a esos antes de nosotros que derramaron sangre y sufrieron en la Revolución. Y estoy dispuesto —perfectamente dispuesto— a sacrificar todas las alegrías en esta vida, para ayudar a mantener este Gobierno, y para pagar esa deuda…
Sarah mi amor por ti es eterno, parece que me amarrara con poderosos cables que nada excepto la Omnipotencia podría romper; y aún con todo, mi amor por la Patria se impone sobre mí como un fuerte viento y me ata sin resistencia con cadenas al campo de batalla.
Los recuerdos de los momentos felices que he pasado contigo vienen a mí, y me siento tan agradecido con Dios y contigo de que los he disfrutado por todo este tiempo. Duro es para mí dejarlos ir y quemar hasta hacer cenizas las esperanzas de años futuros, cuando, si Dios hubiera permitido, pudiéramos haber seguido viviendo juntos y amándonos, y ver a nuestros hijos crecer hasta la adultez, junto a nosotros. Sé que tengo poca fe en la Divina Providencia, pero algo me susurra —quizá es la oración elevada por mi pequeño Edgar, que he de volver a mis seres queridos a salvo.
Si no lo hago, mi querida Sarah, nunca olvides cuánto te quiero, y que cuando mi último aliento se escape de mí en el campo de batalla, será un susurro de tu nombre. Perdona todas mis culpas y todos los dolores que te he causado. ¡Cuán insensible y tonto he sido la mayoría de las veces! Cuán alegremente lavaría con mis lágrimas cada pequeño punto que obstaculice tu felicidad y pelearía con toda la mala fortuna de este mundo, para protegerte a ti y a mis niños de cualquier peligro. Pero no puedo. Debo contemplarte desde la tierra de los espíritus y velar por ti, mientras combates las tormentas con tus preciosas cargas pequeñas, y yo espere con triste paciencia hasta que nos encontremos para no separarnos nunca más.
Pero, ¡oh, Sarah! Si los muertos pueden regresar a esta tierra y merodear alrededor de aquellos a los que aman, he de estar siempre junto a ti; en los días más felices y en las noches más oscuras —en medio de tus escenas más alegres y las horas más desasosegadoras— siempre, siempre; y si una suave brisa acaricia tu mejilla, ha de ser mi aliento, si el aire frío sopla tu sien latente, ha de ser mi espíritu pasando. Sarah, no llores mi muerte; piensa que me fui y estoy esperando por ti; porque nos vamos a reunir de nuevo."
Me senté en el mismo lugar por el resto del día. No me moví, no hice un solo sonido. Los estudiantes pasaban por mi lado, voces se cruzaban detrás de mí, pasos marcaban el suelo y hacían eco. Me quedé mirando la pared opuesta, el libro yaciendo laxo en mi regazo. Y aunque el sol entraba por una ventana cercana, y antorchas iluminaban los pasillos, todo lo que yo veía era oscuridad.
.
DRACO
— ¡Legilimens!
La palabra reverberó dentro de mí mientras miraba de vuelta la punta de la varita del profesor Snape, luego pasando mi mirada a sus ojos negros y entrecerrados. Mi postura se tensó un poco, luego respiré adentro y afuera. El hechizo se sacudía por alrededor como un grito en una habitación vacía. Al momento siguiente, una nube de mentiras, como veneno negro, creció dentro de mí. Llenaron mi mente completamente, atraparon el hechizo mientras éste se ejecutaba, y lo silenciaron.
Lentamente, Snape bajó su varita.
—Muy bien —musitó él, cuidadosamente examinando mi cara— Muy alentador.
No me molesté en contestarle. Solo tomé un respiro corto y me sacudí a mí mismo para disipar esa nube oscura. Pero hilos de ella aún colgaban a mi alrededor, incluso aunque me parara junto a un brillante candelabro en la oficina llena de sombras de Snape.
Mientras Snape se giraba a un estante y empezaba a meter pequeños libros y piezas de pergamino dentro de los bolsillos de su túnica, miré por alrededor a los estantes repletos que se alzaban con titilantes botellas de pociones —una vista que se había vuelto tan familiar para mí últimamente como mi sala Común. Probablemente más ya que, pasaba poco tiempo durmiendo y casi todo mi tiempo libre aquí, con el profesor Snape, perfeccionando el arte de la Oclumancia.
Antes había aprendido bastante, por mi tía Bellatrix, inicialmente por el bien de mantener en secreto a todos mi misión de asesinato. Pero ahora, usando lo que ya había estudiado —tanto como lo que ya tenía por mi talento natural, aparentemente— el profesor Snape había mejorado mis habilidades tan finamente que incluso un día remarcó que era el Oclumen más dotado que había conocido desde él mismo.
En fin que si eso era suficiente, estaba a punto de ser visto.
Me retorcí sobre mí mismo, tragando, intentando respirar tan uniforme y profundamente mientras esperaba. Cada músculo se sentía pesado —cada respiro tomaba esfuerzo. El miedo se había instalado en mi estómago, donde había construido una casa. Pero esta noche… esta noche, no podía alejar mis pensamientos de él.
Estaba parado al borde de un precipicio —uno hacia el que había estado caminando firmemente desde el momento en que nací. Siempre había tenido la sensación como de esa oscuridad completa, ese abismo, esperando a que me atrapara. Pero ahora —ahora, miraba sobre el borde, abajo al abismo, y un viento helado parecía azotar mi cara. Y la inmensa grieta dominaba mi mente. Tomé un respiro mucho más profundo, empujando lejos esa lenta y asfixiante sensación. Y casi funcionó. Porque tenía una sola vela, una sola luz en medio de todo este silencioso negro.
No iba a ir solo.
Observé a mi profesor mientras se volteaba a su escritorio cubierto de botellas y empezaba a organizarlo —las botellas tintineando a la vez que las movía. Levanté una fría mano para tratar de masajear la tensión de mi nuca, y lo estudié por lo que sería probablemente la centésima vez.
Había conocido a Severus desde que era muy pequeño. De hecho no podía recordar la primera vez que lo vi. Pero él siempre había parecido oscuro, hermético —incluso más que algunas de las otras compañías que a mis padres les gustaba mantener. Siendo niño, me había asustado. Cuando había empezado la escuela, había comenzado a admirarlo, y querer ser como él —podía fácilmente espantar a la gente a la que miraba. Quería ser así de amenazador, así de poderoso, así de frío.
Fue solo durante los días pasados que me di cuenta que lo había estado mirando desde un enfoque errado.
— ¿Quién fue ella, profesor? —pregunté en el silencio.
La espalda de Snape se paralizó y sus manos se detuvieron en su escritorio. Pero estaba demasiado cansado como para ser cuidadoso, y muy tenso por la pesadumbre como para tener miedo. Además, ahora lo conocía más.
Sabía que tenía un agrio y seco sentido del humor —uno que con frecuencia me sorprendía. Sabía que no era justo con los estudiantes solo para mantener la máscara. Y que era frío para poder mantener su distancia.
Y sabía que estaba triste. Triste por las cicatrices y sombras de su pasado. Triste por los errores, decisiones mal tomadas, palabras mal dichas.
Triste por la horrible cosa que estábamos a punto de hacer.
— ¿De qué estás hablando? —preguntó Snape, su tono como el gruñido de advertencia de un oso. Dejé caer ambas manos a mis costados y hablé en voz baja.
—La dama en tu cabeza —respondí— La del pelo rojo, la que tienes en tus pensamientos. Me parece familiar.
Snape no se giró. No se movió. Fruncí el ceño, distraídamente frotando el interior de mi brazo izquierdo.
—Me recuerda a Potter —confesé, incapaz de encontrar una manera de decirlo con indiferencia.
Snape se quedó callado por tanto tiempo, que pensé que no iba a contestar. Pero entonces, respiró hondo.
—Él tiene sus ojos.
Me lo quedé mirando. Pero no dije nada.
—Su nombre era Lily Potter —me dijo finalmente Snape, su voz baja y llana. Pero cuando se volteó, lo que vi escrito en sus ojos negros me atravesó el pecho. Snape alzó la barbilla, lentamente, y habló con tranquila calma.
—Ella es la razón para todo —pausó—. Al menos, para mí.
Dejé salí un largo y tembloroso respiro, y tragué.
—Lo entiendo —susurré. Por solo un instante, la rígida mirada de Snape se suavizó.
—Yo lo sé.
Intenté tragar —lo intenté, pero un dolor repentino atacó el centro de mi pecho, comprimiéndolo. Mis puños se cerraron.
—Dumbledore… —empecé, luego me detuve para controlar mi voz. —Dumbledore es su amigo, ¿verdad?
La mirada de Snape relampagueó y alzó sus cejas.
—Depende en lo que te refieras a "amigo" —dijo llanamente.
—Confías en él —clarifiqué—, y él confía en ti. Ha arriesgado su reputación y su posición defendiéndote ante todos.
—Algunas veces, chico —farfulló Snape, mirando abajo para arreglar los puños de su camisa— Pienso que tratas de hacer mi vida más difícil.
No dije nada. Pero no me giré lejos de él —me lo quedé mirando, esperando. Snape dejó salir un corto suspiro.
—Sí —dijo en voz baja—. Supongo… puede ser llamado un amigo.
Ambos nos quedamos allí en silencio por un largo momento. Me sentía enfermo, desequilibrado —como si el suelo debajo de mí estuviera quebrándose.
—Cómo…. —comencé a decir, intentando articular lo que quería decir— ¿Cómo lograrás hacerlo?
La postura completa de Snape se irguió.
—Recordando que al final, estaba siguiendo sus órdenes —afirmó—. No las de Voldemort.
Mi mente se aclaró. Mis pies descansaron en terreno sólido. Mi ceño se frunció, pero la fortaleza había ingresado a mi pecho. Entonces, Snape alzó su mano y la puso a un costado de mi cabeza —un gesto más amable que cualquiera que mi padre me haya dado jamás. La descansó ahí por un momento, después la bajó y niveló sus hombros.
—Venga, sr Malfoy —dijo él—. A trabajar.
DRACO
Nos deslizábamos a través de los lóbregos pasillos sin luz, perfectamente en sintonía, como dos fantasmas sin descanso. Los corredores se sentían gélidos. Los retratos, silenciosos y oscuros, pasaban a cada lado de nosotros. Snape y yo doblamos en una esquina, luego otra —y nos detuvimos ante la pared que se alzaba y nos llevaba a mi vieja amiga, la Sala de los Menesteres.
Mi corazón se paralizó. Mi mente se vació. Me giré para ver a Snape. Encontró mis ojos.
Luego, sin una sola palabra, se volteó y continuó por el siguiente corredor —se encargaría de comandar a todos los estudiantes que vayan a sus casas. Nadie quedaría atrapado en medio del fuego cruzado.
En el gran Salón, en algún lugar detrás de mí, oí al coro practicar para su año —la presentación de fin de año escolar. Mientras escuchaba la hechizante melodía, cerré mis ojos y pensé solo en lo que requería.
"Lleva mi alma a la noche,
Que las estrellas iluminen mi camino,
Me glorifico con la visión
Mientras la oscuridad se toma el día…"
La puerta apareció. Colgó abierta, opuesta a mí. Ingresé, en la fría luz azul, en el polvo, en las sombras.
"Ferte in noctem animan meam,
Illustrent stellae viam meam
Aspectu illo glorior
Dum capit nox diem…"
Me detuve en medio de las cajas y todo tipo de baratijas, ante el alto armario evanescente. Ajusté mis pies, y esperé.
"Canta una canción, una canción de vida,
Viví sin remordimientos,
Diles a aquellos, a aquellos a los que quise,
Que nunca olvidaré…"
La bisagra de la puerta chirrió. Un hueco se abrió en el armario. Niebla negra se deslizó por el suelo, expandiéndose como tinta, sus dendritas moviéndose entre la roca. La puerta se abrió más. Una mano blanca emergió. Tomé un hondo respiro, me giré, y marché hasta la puerta de la Sala.
La atravesé, abriéndola completamente a mi paso para que no se cerrara. Entonces, rompí en una carrera rápida y sin aliento.
"Cantate vitae canticum,
Sine dolore actae
Dicite eis quos amabam
Me numquam obliturum…"
Sabía la hora, sabía el lugar. La voz del coro se desvaneció detrás de mí mientras subía las escaleras —arriba, arriba, arriba por la escalera en espiral que llevaba a la torre de astronomía. Había corrido por estas escaleras muchas noches del pasado reciente, procurando que al llegar a grandes alturas no me dejara agotado.
Giré y giré, una mano en la barandilla, la otra sosteniendo mi varita, hasta que llegué a un pasadizo de madera. Aun así seguí subiendo, hasta que sentí la brisa nocturna rozar mi rostro.
Pasé junto a una presencia invisible —no muy lejos de mí. Ni siquiera parpadeé. Lo había estado esperando.
Sabía que era Potter —escondiéndose debajo de la plataforma bajo las instrucciones de Dumbledore —acababan de regresar de una misión horrendamente compleja. Podía sentir a Potter allí casi como si pudiera verlo.
También sabía cosas sobre él. Todo sobre él. De hecho, sabía más de él que él mismo. Y, sabía que, si todo se reducía a ello, tendría que dar mi vida para protegerlo de Lord Voldemort hasta que llegara el tiempo oportuno. Si no lo hacía, todo lo que había hecho y habría hecho para proteger a Hermione y esos a los que ella amaba sería por nada. Era lo mismo para el profesor Snape, por su dama pelirroja.
Ah, como se volteaban las tablas allí donde la sabiduría encontraba al amor.
Avancé por las sombras a la vez que un gran compás cortaba una línea a través de la luz de la luna. Disminuí mis pasos.
Dumbledore estaba cerca de la baranda, su pelo blanco y barba iluminados por un halo de luz plateada. Su larga túnica se agitaba por las altas ráfagas de viento que azotaban la torre. Pero de alguna manera, todo parecía mortalmente silencioso.
Mis ojos encontraron su rostro. Lucía acabado, pálido, y muy cansado.
—Buenas noches, Draco —asintió en mi dirección. — ¿Qué te trae aquí en esta agradable noche de primavera?
Me detuve enfrente de él, mi varita solo a medio camino de apuntarle.
—Vine a verle —murmuré—, pensé que podría necesitar un poco de compañía.
Dumbledore sonrió débilmente.
—Eso es muy amable de tu parte. Gracias.
En lo más profundo de mi ser, temblé. Traté de esconderlo de mi rostro, pero el sabio mago delante de mí lo vio, y su expresión relampagueó con simpatía.
Simpatía.
Por mí.
Como si yo fuera el que estaba a punto de morir.
Mis labios se separaron para decir algo. Dumbledore miró abajo. Cerré la boca. Me estaba recordando a Potter, que se escondía debajo, escuchando todo lo que decíamos. Ajusté mi mandíbula y cerré los ojos, enfureciendo contra ese silencio maldito e infernal que había sido impuesto sobre mí.
Abrí los ojos, frunciendo el ceño mientras miraba a Dumbledore. La visión de él quemaba mis ojos —un salvaje dolor me estaba comiendo vivo. Levanté mi cabeza para examinar el techo, desesperanzado.
Él era mi amigo.
Lo había detestado, y ridiculizado desde primer año. Había imitado la mueca de mi padre cada que pronunciaba su nombre. Había criticado sus métodos de enseñanza, sus elecciones de profesores, y su tolerancia por los nacidos de muggles y por los traidores a la sangre.
Y él me había salvado. Me había extendido su mano y ofrecido fuerza y esperanza cuando estaba clavando mis garras en el borde de la oscuridad. Había gastado muchas noches de cansancio —noches donde él debería haber estado descansando— visitándome luego que me despertara por los gritos de mis pesadillas, contándome historias de grandes magos, manteniéndome cuerdo con sus dichos crípticos, pacientes sonrisas y gotas de sabiduría.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
Sí, él era mi amigo. Pero esa amistad no había tenido oportunidad de construirse. Lo había echado todo por la borda —todo— y ahora era demasiado—
Una pesada puerta se abrió —cerca de nosotros. Mis ojos volaron al rostro de Dumbledore. Su expresión se agudizó.
—Entonces, ya es hora.
Rechiné los dientes, y asentí con tensión.
La resignación se asentó tras los ojos del viejo mago.
—Creo que es mejor que lo haga fácil para ti ahora, en vez de más tarde —decidió Dumbledore— No queremos innecesarias stray luces brillantes —luego extendió su mano a un lado, a propósito creando un objetivo fácil. Levanté mi propia varita —que se sentía como si estuviera levantando la tierra entera.
—Expelliarmus —susurré.
Luz salió desde la punta de mi varita e instantáneamente la varita de Dumbledore saltó de su mano y cayó al suelo, donde se escondió entre las sombras.
—Muy bien. Muy bien —me alabó Dumbledore. Entonces, gesticuló con sus dedos la mímica como si estuviera levantando algo. Mordí el interior de mi mejilla y le obedecí, elevando mi varita en posición de ataque.
Oí pasos en las escaleras. Mi pecho se apretó.
—Draco —dijo Dumbledore en voz baja. Me encontré con sus tranquilos ojos.
—Prométeme que siempre recordarás —musitó —, que eres más valiente de lo que crees, y más fuerte de lo que pareces, y más listo de lo que piensas.
La mano en mi varita empezó a sacudirse. Tragué duro. Y luego—
Los percibí. Como los dedos de un dementor, se deslizaron en la habitación. Miré a mi izquierda, y mis ojos se posaron en mi tía Bellatrix, Fenrir Greyback y muchos otros mortífagos. Bellatrix disminuyó sus pasos y sus ojos se fijaron en Dumbledore con sorpresa y silenciosa alegría. Apreté los dientes.
— ¡Bien! —exclamó ella, arrastrando la palabra— Miren lo que tenemos aquí —se deslizó hasta al lado mío, Greyback junto a ella. La sentí descansar su barbilla en mi hombro derecho.
—Bien hecho, Draco —exhaló ella, e hizo un sonido como de un beso. Mi puño izquierdo se apretó tanto que pensé que mis huesos se romperían.
—Buenas noches, Bellatrix —la saludó Dumbledore— Creo que las presentaciones siguen ahora, ¿no crees?
—Me encantaría, Albus —ella inclinó su cabeza, luego escupió el resto— Pero me temo que tenemos una agenta apretada —le sonrió, esperando. Yo no me moví. Ella giró a mi alrededor.
— ¡Hazlo! —comandó ella, con los ojos bien abiertos.
—Él no tiene las agallas —se carcajeó Greyback, parado en algún lugar a mi derecha. Me mostró sus dientes— Justo como su padre.
Sentí los ojos de Bellatrix en mí. Le abrí la puerta de mi mente, y la llené de mentiras.
—Déjame terminar con él a mi manera —sugirió Greyback.
— ¡No! —gritó Bellatrix— El Señor Oscuro fue claro, ¡el chico tiene que hacerlo! —ella se acercó a mí, casi como desesperada, mirándome con ansiedad. No le presté atención —estaba mirando de vuelta a Dumbledore, sin titubear. Esperé. Esperé a sentir una última, alta presencia, escuchar un par de pasos más en las escaleras…
—Este es tu momento —me urgió Bellatrix. Sus palabras se volvieron un gruñido. —Hazlo. ¡Adelante, Draco! ¡Ahora!
—No —retumbó una oscura voz.
Bajé mi varita y me volteé a la vez que esa alta y oscura presencia llegaba hasta detrás de mí.
Snape me miró, su expresión cerrada. Me hice a un lado de su camino.
De nuevo, observé a Dumbledore mirar hacia abajo. Snape hizo lo mismo.
Harry estaba justo debajo de nosotros.
Los latidos de mi corazón se dispararon. Si esto no pasaba rápidamente, Potter intentaría algo y se pondría a él mismo—
—Severus —dijo Dumbledore, indicándole a su amigo que lo mirara. Snape levantó sus ojos. Mi mirada se conectó con el rostro de Dumbledore —memorizando la valiente y amable tristeza que las décadas habían escrito allí.
Bellatrix contempló a Snape con una mirada de acero. Nadie respiró.
Dumbledore dijo una palabra —directo a Severus.
—Por favor.
Por un instante, nadie se movió.
Entonces, como el ala veloz de una gran águila, Snape lanzó.
—Avada kedavra.
Cegadora luz verde relampagueó por la torre. No me volví, o escondí mis ojos. Truenos estallaron en el cielo. El rostro de Dumbledore quedó en blanco. Trastabilló hacia atrás. Se cayó de la torre.
La imagen se marcó a sí misma dentro de mi memoria.
Mis músculos se congelaron.
Snape se giró enfrente de mí y agarró mi hombro, empujándome lejos, hacia la puerta, hacia las escaleras.
Escuché a Bellatrix chillar con deleite, escuché al aire quebrarse con el rugido de la Marca Tenebrosa lanzándose al aire.
Corrimos por las escaleras —pasando a Potter— Snape y yo manteniendo siempre la cabeza de la línea de los mortífagos. Teníamos que apurarnos —no podíamos permitir que ninguno de los estudiantes hiciera ruido o sino habría sangre en los corredores.
Mientras corríamos a través del Gran Salón, Bellatrix brincó en una de las mesas y empezó a romper las copas y patear los platos, riéndose y gritando con alegría.
Un auror apareció cerca de la puerta frontal —se volteó a nosotros, con los ojos bien abiertos.
Snape se movió más rápido que niguno de los otros —y el auror cayó de espaldas con un stupefy no verbal. Ajusté mi varita, exactamente en sintonía con Snape, barriendo mi mirada por enfrente de nosotros para así poder desmayar a cualquiera que pase antes de que fuera asesinado.
Pero luego oí a Bellatrix detenerse. Disminuí mis pasos y giré—
Para verla apuntar su varita y una mano llena de garras hacia la hermosa y gran ventana en el extremo opuesto de la pared.
No—
Ella dejó salir un inhumano grito de triunfo, luego juntó ambas manos—
Y todo el vidrio explotó de la ventana y chocó contra las paredes de la habitación, apagando y extinguiendo los candelabros flotantes, y regándose por el suelo y las mesas. Un helado y gigantesco viento ingresó, atravesando mi túnica. Bellatrix bailó en el lugar donde estaba, carcajeándose, luego saltó desde la mesa y enlazó su brazo en el mío, llevándome con ella como si fuéramos a una fiesta de té. Rechiné los dientes.
Algún día, tía…
Nos encontramos con tres personas más —todos aurores— y Snape sin esfuerzo los hizo a un lado. Una vez estuvimos afuera en los terrenos, Bellatrix me dejó ir y corrió por la colina. La negrura del bosque se levantaba sobre nosotros.
Pero yo ya no tenía miedo de bosques oscuros, o al terror que esperaba entre sus hojas.
"— ¿Cómo lograrás hacerlo?
—Recordando que al final, estaba siguiendo sus órdenes, no las de Voldemort."
Ajusté mi agarre en mi varita, levanté la cabeza y caminé directo hacia la oscuridad.
"Canta una canción, una canción de vida,
Viví sin remordimientos,
Diles a aquellos, a aquellos a los que quise,
Que nunca olvidaré
Nunca olvidaré…"
Continuará…
.
N/T hello mis hermosos y queridos lectores! En serio en serio me da pena traerles este capi después de tanto tiempo pero para ser honesta, no tenía tantas ganas de traducir :c la semana pasada fue la Semana Santa aquí en Colombia y no llevé conmigo ningún aparato electrónico, por lo que tampoco traduje nada… sin embargo, esa semana sirvió para recargar mis energías y ya ven, hoy les traigo nuevo capi ;) ¿qué les pareció? ¿les gustó? ¿no? ¿más o menos? Jaja, de nuevo gracias por todo su apoyo, WtRR no sería nada sin ustedes. Traducir la carta del capi me aguó el ojo… mientras traducía escuchaba la versión en piano de PASSION de Utada Hikaru de Kingdom Hearts, para los que quieran un poco más de emoción.
Ahora, les comento que ya tengo traducido el siguiente capi, WII! Por tanto, si les gustó este y ya quieren saber qué pasa, ¡No esperarán tanto! Jajaja y aviso que si llegara a recibir muchos muchos reviews lo publicaría mañana o quizá pasado mañana… *sonrisa maliciosa* okay no se me da bien esto jajajaja
Sin más, nos leemos!
