Atención: El mundo de este fanfic no es de mi propiedad ni gano un duro, todos los derechos reservados para J.K. Rowling y asociados.
Notas de la autora:Queridos amigos, me alegra tanto que os haya gustado este personaje... supongo que tengo que darle las gracias a la aparición de Blaise por los 30 reviews recibidos.
Espero que os guste el resto. Seguimos en Londres.
Este capítulo quiero dedicarlo a james lunatico, que aunque está muy liado sé que sigue al otro lado. Besos.
Resumen:Tras la derrota de Voldemort, Snape escondió a Draco en la taberna Cabeza de Puerco. Encapuchado, sin poder mostrarse y con su marca oscura, no puede hacer magia para no ser detectado y además debe trabajar como un muggle. Hermione Granger ofrece ayuda a Draco a través de La Orden del Fénix para ponerlo a salvo, usando el cuerpo de Potter. Al rechazarlo y volver a la taberna, el rubio encuentra que alguien la ha incendiado, haciéndole imposible regresar. Los aurores lo encuentran y lo llevan a Grimmauld Place, donde ha de vivir con Harry Potter, Hermione Granger, Remus Lupin y Nymphadora Tonks, que parecen tener interés en protegerlo. Harry Potter le ha devuelto su antigua varita, pero Draco no puede conjurar magia. Los aurores lo han puesto a salvo en una cabaña en el campo al enterarse de que el mismo Ministerio registrará todas las casas buscando mortífagos. Mientras Draco trata de recuperar su magia, Harry Potter se aparece frente al Refugio, inconsciente y moribundo, con hechizos de magia oscura. Draco le salva la vida con sus conocimientos en pociones, y Harry decide quedarse allí, porque sus amigos aún no han vuelto de la peligrosa misión en la que él resultó herido y cuyo objetivo era salvar a Severus Snape. Al fin, Hermione aparece y todos vuelven a Grimmauld, pero la misión ha fallado. Ahora, los mortífagos persiguen a magos de renombre para cambiarlos por presos de Azkabán. Draco recupera su magia y se encuentra en Londres con su antiguo camarada Blaise Zabini.
POR AMOR A UN MORTÍFAGO
Fanfiker_Fanfinal
PARTE IV: EL LONDRES MUGGLE.
CAPÍTULO 21: QUE VENGA POTTER
Draco y Blaise, sentados, en una cafetería "Pret à manger" de la zona, observaban al moreno vestido con unos vaqueros gastados y su mugriento abrigo gris frente a ellos. A su lado, un gorro completaba su atuendo. Su pelo estaba más desordenado que nunca. Tomaban un batido, esperando una explicación.
Ninguno había hablado durante el camino, entonces Harry hizo alarde de su caballerosidad preguntándole a Zabini qué tal estaba, como si luciera preocupado por él. Draco vio cómo Blaise se quedaba de piedra, sin saber qué responder.
—¡No es Blaise quien tiene que explicarse, sino tú! ¿Qué hacías siguiéndonos, crees que no nos habíamos dado cuenta?
Harry reparó entonces en Draco y bajó la cabeza.
—Lo siento. No soy buen rastreador, pero estaba preocupado. Siento haberos asustado.
Draco quiso gritar y estuvo a punto de perder los papeles, pero la mano de Blaise le paró.
—Está bien, Draco. Se ha disculpado —y a continuación, esbozó una sonrisa enorme—. Yo me alegro de que sea él...
Draco lo miró, furioso. Harry se sonrojó.
—Eres patético.
—Sólo quería que estuvieras a salvo, Malfoy —se defendió el chico, y entonces Blaise supo que se le escapaba algo.
—Estupendo, ahora lo estropeas todo —dijo Draco cruzándose de brazos.
—¿No se lo has dicho? —inquirió Harry, asombrado.
—¿Decirme qué? —intervino Blaise, más que confundido—. ¿Qué pasa? Explicaos los dos ahora.
Draco tomó un sorbo de su batido de vainilla.
—Se me dieron instrucciones muy precisas sobre no revelar nada a nadie, así que si ahora la cagas, hazlo tú, Potter. Que te despellejen a ti cuando se enteren.
Harry se incorporó y dijo, muy serio:
—No me importa, confío en Zabini —y se dirigió al aludido, bajando la cabeza—. Protejo a varias personas del mundo mágico y Malfoy es una de ellas.
Blaise miró al rubio con cierta envidia. Él había pasado muchos malos ratos durante meses y nadie había estado ahí para él. La vida era injusta.
—Bien, en ese caso no hay prisa por volver a casa, ahora que tu guardaespaldas lo sabe.
Harry se sintió dolido, pero ignoró ese sentimiento.
—Malfoy llevaba varios días saliendo solo y no quería decirnos a dónde iba. Yo... quise saber y os seguí.
—¿Nos has seguido todo el día? —dijo Draco, impactado—. ¿Desde que nos hemos encontrado?
—Sí. Pero os seguí de lejos y no reconocía al chico que iba contigo. Os metisteis en varios sitios y yo esperé abajo, y cuando anocheció por fin pude acercarme más. Y... —miró a Blaise un tanto cohibido—, no sabía qué pensaríais si me acercaba a saludaros como si nada.
—Y si proteges a otras personas, Potter, ¿por qué siguen desapareciendo magos?
Harry percibió el desdén en la voz de Blaise.
—Esos magos se ponen en peligro a veces —dijo el chico, echándole una mirada a Draco, que lo ignoró.
—¿Cómo anda todo en el Ministerio? ¿Es cierto que apresaron a Theodore Nott?
Harry negó con la cabeza.
—Lo publicaron en El Profeta, pero no lo apresaron a él, cogieron a otro mortífago. No sé mucho más, sólo que se le relaciona con ellos.
—Él es uno de ellos —dijo Draco, convencido—. Está con los mortífagos, yo lo vi en Hogsmeade.
—¿Y por eso crees que debemos encerrarlo en Azkabán? Tiene nuestra edad, Malfoy, ha sido manipulado —lo defendió Harry—. Ahora mismo, tú podrías ocupar su lugar, lo sabes.
—Querido Potter, Nott no es como tu amigo Slytherin, no lo defiendas.
—Mi madre nunca se asoció con mortífagos, por eso quizá yo tuve más suerte —añadió Blaise.
—¿Te han perseguido? —dijo Potter con un deje de culpa en la voz.
—Varias veces, pero tampoco les vi la cara, llevaban máscaras. Y ahora mismo no están interesados en captarnos a nosotros, sino a hijos de magos que trabajen en el Ministerio. Para canjearlos por presos. Me sorprende pues que tú te hagas ver, Potter. A ti podrían cambiarte por todo Azkabán.
Harry bajó la cabeza, incómodo ante la preocupación de Blaise.
—El imbécil de Potter sólo ve a los demás, nunca se ve a sí mismo, ¿ves como ni siquiera se peina? —interrumpió Draco, molesto, pero Blaise sonrió y le puso la mano sobre el hombro.
—Creo que tienes mucha más suerte que yo, Draco. Protegido por el héroe del mundo mágico, que como puedo ver, daría la vida gustosamente por ti.
Ambos chicos se removieron, incómodos.
—¿Os veis a menudo? —preguntó Blaise, pero aquella pregunta se la hizo a Harry y no al rubio.
—Ejem... sí.
Draco no respondió, bastante humillante era detallarle a su amigo cómo se levantaba y desayunaba con Potter, cuántas veces comía con él y cuántas otras lo veía en las plantas de Grimmauld. Blaise los miró a uno y a otro sin creerlo.
—¡Vivís juntos!
Harry se ruborizó y Draco repuso, ofendido:
—No estamos solos, para tu información. Hay más gente. Tampoco compartimos habitación.
Draco no quería ser el hazmerreír de Blaise. Él, que tanto había renegado de Potter, ahora le decía que vivía con él; perdía credibilidad y no era bueno para su reputación.
—Ya veo...
Blaise estudiaba a Potter con los ojos entrecerrados, mientras este se sentía terriblemente desnudo, vulnerable.
—Escucha, Potter —dijo Draco plantando una mano en la mesa—. Voy a seguir viéndome con Blaise.
Los ojos del chico se alzaron y de repente parecieron tristes.
—Y yo no voy a impedírtelo. ¿Podemos volver ya?
Los tres chicos salieron del local tras pagar con dinero muggle y Potter los llevó a un callejón oscuro.
—¿Cuáles son tus intenciones, Niño Dorado? —indicó Blaise con retintín.
—¿Puedes desaparecerte?
—¿Para volver a casa? Claro.
—Estupendo, así no tendré que llevarte como si fuera tu mamá.
—Mi mamá no se parece a ti, por suerte —dijo Blaise con desdén—. ¿Te encargas de llevar a Draco? Creo que ha olvidado cómo desaparecerse.
El rubio miró a uno y a otro y se preguntó en qué momento de la conversación lo habían abandonado.
Al poco rato, Blaise desapareció ante su vista y Potter le agarró del brazo.
—Sujétate, Malfoy.
Draco obedeció, lo bueno de aquel día fue no volver en el asqueroso metro muggle. Casi se vio dando las gracias a Potter por el viaje de vuelta, pues él no podía hacerlo debido a la marca oscura. Potter, que ahora lo miraba, divertido.
—Espero que lo hayas disfrutado, Potter —dijo Draco mientras caminaban hacia Grimmauld.
El moreno lo miró un rato y luego dijo:
—No le hables de los demás. No le hables de Remus, Tonks y Dikki. No le hables de Grimmauld.
—Yo no había dicho nada de donde vivía, imbécil, todo lo has soltado tú. Pues tú no le cuentes que me salvaste la vida.
Harry se giró, y preguntó, travieso:
—¿En cual de las dos ocasiones?
—¡En ninguna!
—¿Puedo contarle que tú sí has salvado la mía? —Harry hizo esta pregunta sabiendo su respuesta de antemano.
—¡Claro que sí!
Harry rió, dirigiendo su mirada hacia la luna llena y girando hacia la calle que los conduciría a casa. Había pura nostalgia reflejada en su cara.
Harry pestañeó, distraído.
—¿Dices que se ve con Blaise Zabini?
—Ajá.
—¿Los seguiste, Harry?
—Tuve que hacerlo. Ese maldito Malfoy hace lo que le da la gana.
Hermione se levantó, mientras miraba a su amigo encorvado, sentado sobre la cama gemela de la habitación, la que ella no usaba.
—Estabas preocupado.
—Ahora lo estoy aún más —murmuró el chico.
—¿Perdona?
—Nada, Hermione, no es nada...
La chica se acercó a su amigo para sentarse a su lado.
—Si no es nada, ¿por qué estás tan triste?
—No lo estoy —dijo Harry esbozando una sonrisa—. Sólo estoy cansado. ¿Para cuándo otra misión?
—No hay más datos y sin Moody está siendo más complicado. Remus habla con los otros aurores para intentar sonsacarles algo, pero no parecen tener pistas. Es una pena haberlo perdido, era un gran rastreador. También está el tema de Cabeza de Puerco, aún no se sabe quién pudo provocar el incendio. Thompson, Mason y Gale tienen asignada la investigación junto a Tonks y no me extrañaría que nos tocase a nosotros colaborar.
—Pero Tonks dijo que habían imperiado a un mesero.
—Sí, pero no saben nada más. Quizá fuese algún carroñero, ellos no llevan la marca y no pueden ser detectados.
—Creo que todo fue un ajuste de cuentas. Algún mago no estaba contento con el servicio de Aberforth de esconder mortífagos convictos y se tomó la justicia por su mano —opinó Harry.
—Yo no lo creo. Sospecho que ese día iban a por Draco. Estoy casi convencida.
—Pero Hermione, no lo hizo nadie con la marca...
—Eso me asusta todavía más... ¿estarán utilizando muggles, civiles? Pudieron usar un imperio contra cualquiera, Harry. Contra cualquiera, pudiste haberlo hecho tú y no lo sabrías.
Harry suspiró. ¿Cuándo terminaría todo eso? ¿Y por qué tenían que hacerse cargo ellos de los magos desaparecidos y de proteger a Draco? No es que le molestase, pero no entendía por qué Severus Snape lo había dejado tirado. Harry no acababa de fiarse de ese hombre.
—Harry, me gustaría visitar la tumba de Alastor —dijo Hermione conmovida—. ¿Me acompañas?
—Claro.
Los jóvenes salieron del cuarto para encontrarse en la escalera con el rubio aristócrata, que iba a encontrarse con Blaise otra vez.
—No me sigas, Potter, te lo advierto —dijo el chico poniéndose a la defensiva.
—No te creas tan importante —dijo el moreno, y su voz sonó totalmente despechada.
—¿Cómo está... ya sabes, Potty? —le preguntó Blaise a Draco mientras los dos paseaban por Green Park.
—Es autista. Se encierra en su habitación y escucha una música depresiva. Creo que no está bien.
Blaise rió a carcajadas.
—¿Una música depresiva? ¿Te refieres a algún artista muggle?
—¿Artista? Mira, Blaise, si seguimos por esos términos muggles vamos a tener que interrumpir nuestras reuniones —dijo Draco muy serio.
Blaise le pasó el brazo por los hombros.
—¿Qué dices, qué harías tú sin mí?
Draco le quitó el brazo, incómodo.
—Eres un pegajoso. ¿Cuándo vas a dejar de acosarme?
—Y tú eres un creído. Yo no te acoso. Si quiero algo de ti, te beso y punto.
Draco lo miró con horror.
—Tranquilo, no eres mi tipo.
—Sí, sí, eso dijiste de la chica Ravenclaw y no te importó hacer lo que fuera con ella.
Blaise rió y al rato dijo:
—Draco, tienes que ser horrible como pareja. Te imagino celoso y posesivo, y muy, muy tradicional. Eres un rollo.
—Que te den, Blaise, nadie pidió tu opinión.
—No te enfades, Narcissus —Blaise acarició el pelo de su amigo. Draco se apresuró a ponerlo en su sitio. ¿Por qué Blaise tenía tanta manía de toquetear?—. Realmente estoy muy, muy aburrido. ¿Por qué no traes a Potter?
La mirada de Draco no tuvo precio.
—Si somos más, será más divertido, podemos ir a la bolera, o ir al cine. ¿Has ido al cine? Yo creo que te gustaría.
—He ido una vez, no me ha gustado nada.
Blaise se volvió, interesado.
—¿En serio? Pero fuiste solo. Si vas solo no es divertido. Tienes que ir con más gente.
—No fui solo, fui con una chica. Y no me gustó.
Blaise se sorprendió, pero enseguida indicó:
—Bueno, quizá elegiste mal tu acompañante. A lo mejor no le gustabas mucho o quizá no supiste encandilarla lo suficiente.
Draco se guardó las ganas de dar un puñetazo a su amigo. Realmente, había ido con 3 personas, mentalmente con Granger, físicamente con Potter. Tres son multitud, dicen, ¿no es así? No fue una grata experiencia, además de tener en el cuerpo una poción que le hacía desear a su rival.
Finalmente, los chicos se despidieron, pero en la siguiente cita, de nuevo Blaise sugirió que trajera a los magos de su casa para formar un grupo. Realmente, él no tenía ganas de salir con ninguno de ellos, se sentía a gusto en compañía de Blaise y de nadie más porque tenía toda su atención. Así pues, cuando aquella tarde se dirigió hacia la tercera planta, tocó la puerta del cuarto de Harry para descubrir que estaba abierta. El chico estaba de espaldas, sentado, escuchando otra vez esa canción.
—Eh, Potter —dijo Draco a punto de echarse él mismo una maldición.
El otro se volvió, curioso. Draco observó que tenía ojeras y sus ojos estaban brillosos. Apagó el aparato muggle. Draco carraspeó al sentir la atención del chico sobre él y dijo:
—¿Qué haces el jueves?
Harry miró a uno y otro lado, confuso.
—¿Hablas conmigo?
—Claro, idiota. Blaise me ha dicho que quiere que vengas la próxima vez.
Harry abrió los ojos como platos, tratando de buscar un segundo sentido a aquella invitación. Él con dos Slytherins... algo se cocía, seguro.
—No me mires así, yo tampoco entiendo por qué te estoy pidiendo esto, pero Blaise se puso muy pesadito. El jueves a las cuatro pásame a buscar.
Dicho aquello, se fue. Harry se quedó mirando a la entrada, tratando de procesar lo que había oído. Finalmente, rió a carcajadas. Pásame a buscar. ¿Harry estaba una planta más arriba que Draco y le decía "pásame a buscar"? Hilarante.
—Hermione, pero de verdad necesito tu ayuda —dijo Harry, nervioso.
—Ya te he dicho que no tengo ni idea. Pregúntame algo que esté en los libros, pero no sobre ropa.
—Remus y Tonks no pueden saber nada, por favor, y Ron es nulo para esas cosas. Y no puedo pasear con Dikki por el Londres muggle.
Hermione respiró y sus hombros se relajaron.
—Sabes quién te puede ayudar en eso, Harry. Nadie mejor que él.
Harry hizo una mueca de fastidio. No, eso no. Pero al día siguiente se tragó el orgullo y a la hora del desayuno, aprovechó y abordó a Draco en la cocina, cuando ambos terminaban de desayunar.
—Eh, Malfoy.
—¿Qué quieres?
Harry observó. Aunque se llevaban mejor que antes, el rubio no podía tratarlo de diferente forma. Harry tampoco se imaginaba un Draco amable, así que para él no era un problema; pero pedirle algo que sabía, después se iba a arrepentir, sí lo era.
—Tengo que pedirte un favor.
—Espero que no se te ocurra pedirme la varita otra vez —dijo, jocoso.
—Necesito que me acompañes a una tienda de ropa.
Draco se atragantó con el zumo de limón.
—¿Qué?
—No me mires así, yo tampoco quiero pedirte esto, pero eres la única persona en la casa con clase suficiente para poderme aconsejar —vaya bola le he metido, pero mira cómo se le ha inflado el ego—. Necesito que me lleves a una tienda decente y me ayudes a elegir unas ropas. ¿Podrás hacerlo?
—Búscate un elfo doméstico —dijo Draco, pensando que le estaba tomando el pelo.
Harry respiró. Aquello iba a ser muy difícil.
Draco no podía creer que Potter le hubiera pedido ayuda para cambiar su armario. Si bien era cierto que llevaba varios días un poco raro, escuchando música y pasando bastante tiempo solo, cuando no salía con su amiguita Granger, que el moreno se hubiera dado cuenta de que su modo de vestir fuese patético significaba algo, escondía algo, no podía ser casualidad. Y Draco sonrió pensando en llevar a Potter a una tienda muggle cualquiera y ayudarle a elegir prendas horrendas, pero lo pensó mejor: le daría a Potter el gusto de ver cómo él, Draco Malfoy era el rey del vestir. Nadie en Hogwarts y nadie en su círculo de amigos le arrebataron el título. Incluso en los días pasados en las más lúgubres mazmorras -véase Cabeza de Puerco y similares-, Draco nunca había dejado de lucir bien.
"¿A quién querrá impresionar cara-rajada?" Porque, evidentemente, era eso lo que buscaba. No sabía respecto a qué o quién, pero ya lo averiguaría; Potter era un libro abierto.
"Se quedará tan impresionado que se morirá del susto" rió el rubio, y el martes se puso una camiseta de manga larga de doble capa azul marino con botones desde la mitad del hombro derecho hasta donde termina la prenda, en forma de ola, con cuello redondo y semitransparente, combinados con unos pantalones negros chinos, muy sencillos. Cuando Harry vio el modelito se preguntó si realmente los muggles vendían ropa tal o bien era una adquisición del mundo mágico. Contempló sus vaqueros gastados y su camiseta roja llena de letras y bufó. Jodido Malfoy, siempre tan elegante.
—Potter, ¿qué haces ahí parado? —dijo Draco abotonándose su levita—. No voy a ir en el metro muggle, te necesito para que me desaparezcas.
El moreno agarró el hombro de Draco y se aparecieron en una zona muy cercana a Hyde Park.
—¿Por qué te has aparecido aquí?
—Para que no nos vean, Malfoy.
Draco miró a uno y otro lado y salieron del parque. Recorrieron el largo camino hacia la siguiente parada de metro, Knightsbridge, donde se elevaba un enorme edificio esquinado con las letras "Harvey Nichols".
—Adelante, Potter. Son ocho plantas de moda, así que tienes para elegir.
Harry miró a uno y otro lado; el sitio estaba lleno de gente y por un momento, creyó marearse; podía hiperventilarse. Se frotó la frente y reclamó:
—No quiero entretenerme, llévame adonde se supone debemos mirar.
Draco rodó los ojos y no cuestionó al otro. Realmente podrían tardar varios siglos si no ayudaba al moreno, de modo que se dirigieron a la planta de hombres. Aquello fue aún peor. Harry comenzó a sudar, nervioso. No tenía ni idea de qué podía sentarle bien, y menos de qué podía gustarle. Aterrado, se giró a su acompañante.
—Ayúdame, Malfoy, elige tú.
—¿Qué?
—No tengo ni idea de comprar ropa, elige cuáles pueden quedarme bien.
Draco lo miró de arriba abajo, estupefacto, luego rió.
—Parece como si hacer compras te asustara más que tener un duelo con el difunto Señor Oscuro.
Harry no replicó y se arrimó aún más a Draco, que en ese momento se paró para examinar una camisa.
Fue empujado.
—Eh, ¿por qué no miras por dónde vas, cuatro ojos?
Harry se ajustó las gafas. No es que no viera, sino que... se sentía fuera de lugar en aquel sitio. ¿Quién le hubiera dicho que el aristócrata Malfoy se desenvolviera mejor allí? Harry se metió en los probadores mientras Draco esperaba pacientemente a que éste se vistiera. Draco dio su aprobación a varios modelos, bastante estupefacto cuando tuvo que reconocer que el chico no se veía nada mal en ropa cara.
—Llévate ése y ese otro.
Pero cuando Harry le dio la vuelta a la etiqueta, se sintió desfallecer.
—¿Ciento diez libras? ¡Esta tela no puede costar ciento diez libras!
—¿Por qué no? Cuesta eso porque es de calidad, Potter.
Harry sudó de nuevo.
—Pero, ¿no puedes elegir algo más... normal?
Draco lo miró con profundo desprecio y echó a andar.
—¡Que te den, Potter! —gritó, muy disgustado. ¿Cómo se atrevía a insultar su buen gusto? Le llevaba a un centro comercial con las mejores marcas de la ciudad, según le había dicho Blaise y el muy cretino decía que quería vestir normal. Si vestir normal era llevar vaqueros gastados y camisetas amplias, ¡bueno, adelante! Su cita o quien fuera se reiría de él en su cara.
—¡Malfoy, espera! —Harry lo siguió con un montón de prendas en los brazos—. ¿Puedes esperar, por favor?
El rubio se giró, con la levita doblada en uno de sus brazos. Lucía asquerosamente bien.
—Me has pedido que te traiga a la mejor tienda de la ciudad. ¿Qué pasa ahora?
—Yo... tus ropas están muy bien, supongo...
—¿Supones? ¿Osas insultar mi buen gusto?
Harry elevó su mano en señal de tregua.
—Es que, Malfoy, me siento más cómodo vistiendo vaqueros y camisetas.
Silencio.
—Muy bien, te llevaré a otra zona de la tienda donde podrás probarte eso, pero los vaqueros y las camisetas no estarán mucho más baratos.
Harry suspiró. No importaba. Se gastaría el dinero, pero le agobiaba vestir tan bien, mirarse al espejo y no reconocerse. Draco estaba colaborando demasiado, se dijo. Alzó dos modelos de los que él eligió y dijo:
—Me llevaré estos. Ahora guíame a la zona de los vaqueros y te prometo tardar lo menos posible.
Harry eligió una camisa blanca a cuadros grises que parecía de granjero. Aún así, Draco se dijo que no le sentaba mal. Claro que, los vaqueros eran otra historia. El moreno se probó varios y absolutamente todos le quedaban estupendamente. Ahora dudaba entre unos u otros, así que optó por preguntar.
—¿Cuáles crees que debería llevarme, Malfoy?
El rubio, asqueado porque a Potter le quedara bien una prenda tan vulgar, se levantó y le arrancó unos de la mano.
—Demonios, dame este.
Después empujó al chico fuera del probador y se los colocó él. La tela le pareció muy dura e incómoda. ¿Cómo podían vestir los muggles con algo tan apretado? Con horror, Draco vio que la prenda le quedaba grande de la cintura. Corrió la cortina del probador y allí vio a Harry, esperándolo con sus bolsas.
—Oye, Potter, dijiste que tú y yo teníamos la misma talla.
Harry sonrió, divertido, pero Draco se cubrió con la mano al notar su entrepierna siendo observada.
—¿Qué pasa, acaso te quedan pequeños? Déjame ver... —pero la mano delicada del rubio lo paró.
—No vas a entrar aquí, olvídalo. Trae a alguien que pueda ayudarme.
—Pero, Malfoy, a lo mejor tú utilizas otra talla. Si me dices si te quedan pequeños podré traerte otra talla inferior. De todos modos, creí que no te gustaban los vaqueros...
—No me gustan. Sólo quiero ver una cosa. Tráeme otra talla.
Harry meneó la cabeza, sin entender y molesto porque el rubio mandara todo el rato, como si fuera un consentido sin escrúpulos y poco después apareció con una talla superior a la que él había elegido y otra talla inferior.
—Muy listo, Potty. Ahora, espera ahí, no se te ocurra mirar o te denuncio.
Draco parecía enfadado, pero Harry se encogió de hombros y se entretuvo mirando a la gente. Draco salió del probador con una sonrisa amplia. Harry abrió mucho los ojos.
—¡Malfoy, estás... —al rato se sonrojó y decidió cambiar la frase—... te quedan muy bien!
Draco, ahora aliviado porque aún no había encontrado una prenda que le sentara mal, cogió aquellos pantalones y se los llevó. La cara de Potter mirando su figura había sido lo mejor, no tenía precio, como si tuviera que rendirse ante su perfecta y afinada esbeltez, como si babeara.
—Pero, Malfoy, ¿por qué quieres tener unos vaqueros como los míos? ¿Qué pasará si nos confundimos y nos los cambiamos?
—No tenemos la misma talla, aunque tú dijiste que sí. Es evidente que tanta comida en casa con los Weasleys te ha engordado.
—Eres tú el que come poco, yo ingiero las raciones correspondientes a mi edad.
Draco se acercó mucho a su cara y le pellizcó de repente. Aquel vocabulario no era de Potter.
—¿Seguro que no eres Granger? ¿Seguro que no habéis vuelto a usar multijugos?
—Claro que no, ¿para qué querría usar multijugos?
Harry trató de serenarse porque ahora Malfoy estaba invadiendo su espacio y olía demasiado bien.
—No lo sé, para algunos de vuestros estúpidos planes.
—Volvamos a casa —dijo Harry, cansado de tanto quitarse y ponerse ropa, pero Draco parecía tener otros pensamientos.
—Ni hablar, Potter, ahora me vas a invitar a algo, a un batido gigante de fresa —dijo el rubio cogiéndolo del brazo.
Harry se extrañó, pensando que después de acudir a la tienda Malfoy lo llevaría de vuelta a casa, pero parecía estar muy aburrido o bien muy loco para seguir disfrutando de su compañía.
Entraron a una cafetería, pero como no tenían batidos, Malfoy le hizo recorrer varias hasta que dieron con la que sí los hacía. A Harry le dolían los pies y dejó las bolsas bajo la mesa donde se sentaron. Draco se sentó y acarició sus rodillas, que de tanto andar se resentían.
—¿A qué esperas, Potter? Pídeme un batido de fresa.
—Eres un poco mandón, aunque no me sorprende. ¿Por qué no vas a pedir tú?
—Porque yo te he acompañado a comprar y ahora me debes una invitación. Yo no hago nada gratis.
Pareció como si el moreno sintiera una decepción dentro de sí, pero enseguida se quitó aquel pensamiento. Naturalmente, no podía imaginar a un Draco obediente y sumiso que lo ayudara con todo y después le dijera que lo había pasado muy bien con él.
Harry regresó con el batido y Draco lo miró, curioso. Harry se sentó y miró a uno y otro lado.
—Chsst. Potter. ¡Potter!
El moreno se giró, aparentemente molesto.
—¿Qué pasa ahora? ¿Me he equivocado? ¿Querías uno más pequeño? ¿Todo está mal para ti?
Draco abrió los ojos, asombrado. ¿Qué le estaba diciendo el Gryffindor? ¿Por qué parecía tan alterado?
—Deberías esperar a que te hablen para contestar, eres un insolente —dijo Draco, molesto—. Te iba a preguntar por qué no has pedido tú algo.
La crispación se disolvió permanentemente del rostro de Harry.
—Oh, sólo me alcanzaba para invitarte. Tu tienda era muy cara y yo no estaba preparado para gastarme tantas libras.
El rubio torció el gesto, pero no pudo más que asombrarse por la generosidad del chico.
—Ese dinero muggle se va enseguida si quieres comprar algo de calidad. Perdona por no llevarte a un sitio mugroso. Tu cita te lo agradecerá.
Harry apretó los puños, pero en lugar de eso, exhaló un suspiro.
—No discutamos, ¿vale?
—¿Por qué no? —dijo Draco sorbiendo su batido—. No sabemos hacer otra cosa. Hemos tratado de conversar varias veces y pasan dos cosas: o nos pegamos, o nos echamos cosas en cara...
—Me gustaría que eso cambiase... —dijo Harry, más para sí que para el otro chico.
—¿Y qué propones?
Harry miró al otro chico, muy serio. Bajó la vista y sin separarla del vaso de cristal, dijo:
—Déjame probar tu batido.
Draco se horrorizó y su mano se cerró en torno al vaso largo.
—¿Qué?
—Ya me has oído. Yo lo he traído, me debes al menos una probada.
—¡Claro que no! Me pegarás algo... —dijo el chico, asqueado, apartando el vaso de la mesa.
Harry se levantó y volvió con una pajita, sonriente.
—Ahora no hay peligro de que mezclemos nuestros fluidos.
Draco se sonrojó ante la frase de Harry, sin saber por qué. Despacio, volvió a poner su vaso ya por la mitad en la mesa y Harry alargó el brazo para hundir la pajita en el batido. Luego, la sacó, empapada y se la metió en la boca. Draco pensó que no tenía modales, pero se removió, nervioso, cuando Harry empezó a lamer la pajita de plástico. Jodido Gryffindor, ¿qué hacía? No podía ser accidental...
—¡Chsst! Oye, Potter, no hagas eso.
Harry se volvió, con la inocencia pintada en esos ojos verdes intensos.
—¿Ahora qué pasa? Tengo tu vaso lejos de mí, ¿también te molesta esto?
Draco miró a uno y otro lado y bajó la voz.
—No puedes... hacer esto en público.
—¿Hacer qué? —y entonces cayó en la cuenta de que a Malfoy le molestaba que él estuviera chupando la pajita, y volvió a metérsela en la boca—. ¿Esto?
—Sí, eso —puntualizó el rubio—. No seas vulgar, estamos en un sitio público.
—Eres un rollo, Malfoy —dijo Harry, con los ojos en blanco dirigiendo la vista hacia la entrada de la tienda y sin encontrarse otra vez con la mirada gris y fría del otro. A Draco se le antojó haber oído esa frase en algún sitio, ¿quién se la había dicho días antes? Ah, sí, Blaise. Bonito par.
—Sólo espero que no lo hagas con el propósito de seducirme —soltó Draco, jocoso—. Porque ya sabes, yo no estoy interesado.
Aquella broma no pareció serlo para el moreno, que de repente lo miró con frialdad y desprecio. Se levantó, cogió sus bolsas y su abrigo y lo miró antes de salir por la puerta.
—Que te den, Malfoy. Vuélvete a casa en metro.
CONTINUARÁ
