~N/A: ¡Hola! ¿Qué capítulos más intensos, verdad? Ahora toca un poquito de calma, porque este cap es de transición, pero sin él no sería posible todo lo que vendrá después, y creedme cuando digo que será muy bueno ;) ¡A leer! N/A~
DIARIO DE UN ROMANCE ACCIDENTADO
XXI. Derrota y capitulación
Hermione volvió a casa el domingo. Al principio seguía alterada por lo sucedido, pero a medida que marzo avanzaba y entraron en abril, se le fue pasando el efecto de las palabras de Draco, la discusión, la carta y la decepción con Ron. Con este último había intentado contactar su prima sin éxito, y después del sexto mensaje directo al buzón de voz, Ginny había desistido; mientras no intentara volver, por lo que a ella respectaba no tenía primo.
Tuvo el blog bastante abandonado, porque entre que estaba en la recta final del curso y que su vida se había vuelto bastante monótona, no tenía mucho que contar. La verdad era que aunque Draco y compañía le habían dado bastantes dolores de cabeza, también le habían proporcionado mucho material para escribir. Eran sus musas, por decirlo de alguna manera.
Lo único por lo que estaba emocionada era porque en el mes de mayo realizaría prácticas en una empresa. La selección había sido la última semana de marzo y le habían adjudicado su primera opción: The L.A. Times. Había pensado en solicitar uno de los puestos que ofertaban para trabajar en una de las cadenas de televisión, pero le habían dicho que lo único que hacías era servir cafés y soportar los gritos de los demás, así que había decidido no arriesgarse. Por mucho que quisiera ser reportera, llevando cafés no llegaría a ninguna parte.
Cuando faltaban dos semanas, la vida decidió que era un buen momento para darle material para su blog en forma de disgustos. Todo empezó un viernes a la hora de la cena.
—Mamá —Lavender se giró hacia su madre. Por su actitud comedida, Hermione sabía que su hermana pequeña estaba a punto de pedir algo—, como dentro de poco es mi cumpleaños, había pensado…
—Ay, sí, cariño, ¿qué quieres que te regalemos? —se le adelantó la mujer.
Padma y Hermione pusieron los ojos en blanco al unísono. Margaret tenía una hija predilecta y casi nunca intentaba disimularlo, aunque estuvieran el resto de sus hijas delante.
—Resulta que las chicas del curso están organizando un viaje a Las Vegas y me han suplicado que vaya con ellas. —En ese punto Lavender batió sus pestañas rubias y puso cara de no haberse metido nunca en un lío.
—Te recuerdo que todavía eres menor de edad —señaló Hermione con una ceja enarcada.
Su hermana pequeña se giró hacia ella y la miró con expresión indignada. «Nadie te ha preguntado» gritaban sus ojos. En vez de eso, sonrió dulcemente.
—El viaje sería una semana después de terminar el curso, y el curso acaba dos días antes de mi cumpleaños. No habría ningún problema respecto a mi edad porque ya habría cumplido los veintiuno —explicó como si estuviera dando una clase sobre la teoría de cuerdas.
—Lo que tú quieras, cariño —aseguró su madre. Lavender entonces lanzó una mirada triunfal a Hermione, aunque esta sonrió con malicia: todavía faltaba salvar el escollo más importante.
—¿Papá? —La menor de las Granger lanzó una mirada tanteadora a su padre, quien solía ser el que infundía sentido común en su esposa y, por tanto, terminaba dándole permiso a su hija o negándoselo.
Hermione miró a su padre con confianza. Dejar ir a Lavender a Las Vegas con unas amigas era una desfachatez, y la mitad de los sentados en esa la mesa lo sabía.
—Querrás dinero, supongo —dijo Adam; parecía muy poco impresionado por sus esfuerzos de aparentar ser una niña buena.
—Bueno… tengo ahorros de las prácticas en la peluquería, pero si me dierais algo…
—Lo que tú quieras, Lav. Es su cumpleaños, querido. No se cumplen veintiuno todos los días —adujo Margaret, mirando a su marido.
—Ninguna edad se cumple todos los días —señaló Padma tranquilamente, pese a las miradas de ira de su hermana pequeña y de su madre. Hermione no pudo reprimir una risa; menos mal que al menos una de las hermanas que quedaban en casa tenía sentido común.
Adam lanzó una larga mirada a Lavender antes de suspirar y encogerse de hombros.
—Supongo que tu madre tiene razón. Puedes ir.
—¡Bien! —exclamó Lav. Le sacó la lengua a Hermione antes de levantarse para abrazar a su padre—. ¡Te quiero, papi!
—No dices lo mismo cuando no te dejo hacer cosas —masculló el hombre, impasible.
—¿En serio? —preguntó Hermione con incredulidad. No esperaba tal traición de su progenitor.
—Ya basta, Hermione. No dejaré que le arruines el cumpleaños a tu hermana —la regañó su madre con dureza—. ¿No puedes alegrarte por ella y ya está?
La chica apretó los labios con fuerza para no discutir con la mujer y siguió cenando en silencio. Cuando terminaron y Lavender se hubo ido arriba, Hermione buscó a su padre, que estaba en el salón leyendo, para intentar insuflarle un poco de sentido común.
—Papá… —empezó.
Adam cerró el libro y la miró con una sonrisa.
—Vienes a intentar convencerme de que le retire el permiso a Lavender, ¿verdad? —dijo, adivinando las intenciones de su segunda hija.
Hermione se sentó en el sofá, con la cabeza apoyada sobre sus rodillas.
—Vengo a que me expliques qué te ha hecho pensar que dejarla ir es una buena idea.
—Bueno… —su padre se quedó pensando durante unos segundos— prefiero decir ahora que sí a negarme y que tu madre y ella estén dándome la brasa durante semanas. Al final terminaría haciendo lo que ellas quieren, así que mejor quitarme el dolor de cabeza de encima cuanto antes —bromeó, pero su hija no le siguió la corriente.
—Ya sabes cómo es: a saber qué locuras hace por allí sola. Nunca, ni una sola vez, ha sabido controlar sus impulsos. ¿Por qué esta vez ha de ser diferente? Y no estamos hablando de que se emborrache en el mismo bar de siempre: Las Vegas es la capital de los vicios y el despilfarro. Podría arruinarse en una sola noche o algo mucho peor —razonó Hermione.
—Precisamente por eso —replicó su padre—: necesita aprender que sus acciones tienen consecuencias y no se me ocurre una mejor manera que dejarla perder todo su dinero jugando al Black Jack la primera noche.
Hermione no podía creer lo que estaba oyendo.
—¿Su dinero? Querrás decir el vuestro. —Empezaba a enfadarse—. Me parece increíble que vayáis a darle dinero para que se lo gaste como quiera. Vale que es su cumpleaños, yo no digo que no le hagáis un regalo un poco más especial, pero ¿tanto? Parvati lleva un año suplicándoos que le compréis un coche y no lo habéis hecho todavía. Vale que sea igual de alocada que Lavender, pero ella trabaja y no ha descuidado sus responsabilidades ningún día: ni cuando sale la noche anterior y tiene resaca falta al trabajo. ¿Puedes decir eso de tu hija pequeña? —La mirada que tenía posada en su padre se endurecía a medida que hablaba—. ¿Y qué me dices de Padma? Quiere irse un semestre a estudiar a Inglaterra: ella también necesitará dinero.
Su padre se quedó callado, sin saber bien qué decir. Hermione lo conocía y sabía que, aunque estuviera de acuerdo con ella, nunca lo admitiría porque ya había tomado una decisión y era un cabezota.
—No somos pobres, Hermione.
—Pero tampoco ricos. No nos sobra el dinero tanto como para ir gastándolo en tonterías, no cuando tus otras hijas tienen necesidades reales —le reprochó.
—¡Basta! —Hermione se echó para atrás de la sorpresa: el hombre nunca en su vida le había alzado la voz—. Soy tu padre y sé lo que es mejor para vosotras, así que no hace falta que me des lecciones, señorita. —Ella estuvo a punto de soltar que no lo parecía, pero se mordió la lengua; seguía siendo su padre y no estaba acostumbrada a faltarles el respeto—. No creo que le pase nada malo, Hermione —dijo esta vez en tono más suave—. No te preocupes: es mayorcita y sabrá apañárselas.
Con un grito exasperado, Hermione se levantó y se marchó a su habitación. Tenía trabajo que hacer y no le valía la pena seguir desperdiciando su tiempo en su familia, porque era evidente que nadie le hacía caso.
Aunque se equivocaba, porque el día siguiente alguien sí demostró que se había dado cuenta de sus esfuerzos por impedir que Lavender fuera a Las Vegas: la mismísima Lavender.
Cuando Hermione volvió de clase, se la encontró sentada en su cama, con la espalda muy recta y expresión dolida.
—¿No tendrías que estar en la peluquería? —inquirió Hermione.
—Me han dejado salir antes, hoy no teníamos mucha clientela. —Se levantó y miró a su hermana con expresión lastimer a—. Dime, ¿tanto me odias?
Hermione frunció el ceño, pero en cuanto adivinó a qué venía ese melodrama, puso los ojos en blanco. Entró en su habitación, dejó la mochila en su sitio y se giró hacia Lavender.
—No te odio, solo pienso que tu regalo es una exageración. Si tienes dinero propio, ¿para qué quieres el de papá y mamá? Además, te conozco: no eres la persona más centrada del mundo —alegó ella. No quería ser dura, pero su hermana necesitaba una buena dosis de sinceridad.
—Quizás con lo que tengo no me llega ni para el viaje —confesó Lavender con una risita. Ni siquiera estaba avergonzada de haberles mentido a sus padres—. Además —añadió con suficiencia —, lo que te pasa es que tienes envidia.
Hermione bufó.
—¿Envidia de que te vayas a Las Vegas? Por favor.
—Ya sé que de eso no —respondió Lavender, poniendo los ojos en blanco—; eres una aburrida: no sabrías divertirte aunque te dieran un manual de instrucciones. Me refiero a que tienes celos de que papá y mamá me hayan dado lo que quiero. Es obvio que papá te quiere más a ti que al resto, pero mamá me prefiere a mí y ella siempre sabe convencer a papá. —Lo dijo como si fuera un logro saber manipular a sus padres.
Hermione frunció los labios en un mohín.
—Y después la gente se pregunta por qué estás tan malcriada.
Su hermana soltó un grito ahogado y se llevó una mano al pecho como si la hubiera atacado físicamente.
—¡Yo no soy una malcriada, lo que pasa es que tú eres una amargada y no da gusto hacerte favores! ¡Ni pasar tiempo contigo, ya que estamos! —espetó. A Hermione aquel comentario le dolió, pero no estaba dispuesta a quedarse callada.
—¡No como tú, a quien todo el mundo quiere! Por favor, Lavender, pero si la mitad de las veces que sales tus amigos se ríen de ti porque siempre haces el rídiculo —contraatacó—. No se te puede dejar a tu aire, siempre la cagas de alguna manera. Nunca eres consciente de lo que suponen tus acciones: ¿no avergüenza gastar el dinero familiar en tus caprichos?
—¡Me lo merezco! —exclamó.
—¿Por cumplir veintiún años? ¡Claro que sí! ¡Que alguien le dé un Nobel a esta chica! Nadie merece una recompensa por el simple hecho de haber nacido, Lavender.
—¡Argh! —gritó ella—. ¡Te odio! ¡Ojalá encuentres trabajo pronto y te largues de una vez, porque no soporto tenerte aquí!
—¡Pues ojalá, así no tendría que soportar tus lloros y tus tonterías ni un minuto más! —replicó Hermione.
Las dos tenían la respiración agitada y el corazón acelerado. Se miraron con rabia, en silencio, hasta que Lavender dio una patada en el suelo y se giró para marcharse.
—¡Qué ganas tengo de irme a Las Vegas para perderte de vista!
—¡Ya somos dos! —respondió Hermione antes de cerrar su habitación de un portazo.
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Pues Lavender ha dejado de hablarme. Lo agradezco, la verdad, así puedo tener algo de paz. Me da igual que la rabieta le dure hasta su cuadragésimo cumpleaños, no pienso claudicar. Podéis pensar que soy muy testaruda (y no os faltaría razón), pero es que no entiendo por qué todos se han empecinado en seguirle el rollo a Lav. A estas alturas, me da igual que se vaya a ese estúpido viaje, solo quiero que admitan en voz alta que ni está preparada mentalmente para Las Vegas ni es normal que vayan a darle mil dólares para malgastar, porque eso es lo único que hará allí.
Luna ha intentado hacer que nos reconciliemos; hasta volvió a casa el fin de semana pasado y nos encerró juntas en el baño, pero después de media hora en completo silencio, desistió y nos abrió.
Pero no es eso de lo que quería hablar (que mi hermana haga lo que quiera, yo me desentiendo). Quería contaros que estoy jodida. Bien jodida.
Cuando Hermione recibió un correo de su tutora de prácticas, la profesora McGonagall, se temió lo peor. Y cuando llegó a su despacho y vio la cara larga que le ponía, sus sospechas se confirmaron.
—¿Ocurre algo malo? —preguntó, sentándose en una silla frente a la mujer.
—Sí y no, señorita Granger. Verá —su profesora se inclinó hacia delante y juntó las yemas de los dedos, apoyando los codos sobre la mesa—, hemos tenido un problema con The L.A. Times. Aunque en la página web que gestiona las prácticas ponía que en ese periódico había tres plazas disponibles, cuando he contactado con ellos para confirmar el inicio de las prácticas, me han comunicado que hubo algún tipo de error y solo aceptan a dos becarios.
Hermione tragó saliva con fuerza. Si la había llamado a ella y no a los otros dos que habían solicitado plaza en The L.A. Times, era porque ya había decidido quién se quedaba fuera.
—¿Y ahora qué, profesora? —Empezaba a tener un ataque de ansiedad—. Es la última asignatura que me falta para terminar la carrera, no puedo quedarme un año más solo por un error…
—Tranquilícese, tome aire —dijo McGonagall, levantando las manos con aire conciliador—. He dicho que ha habido un problema, pero no que sea irresoluble.
Hermione inspiró hondo, intentando hacer caso a la otra mujer.
—¿Y bien? ¿Qué solución ha encontrado? —preguntó, sin poder soportar ni un segundo más el silencio. En ese momento se preguntaba qué dios la odiaba, si había intentado siempre dar el cien por cien en los estudios.
—Ayer le conté lo que pasaba a un colega, Sirius Black. No sé si lo conoce.
—Sí, me lo presentó su sobrino. Fuimos… conocidos durante un tiempo. —Hablar de Draco como si de un amigo se tratara sonaba exagerado.
McGonagall esbozó una pequeña sonrisa.
—Algo me mencionó Sirius. Bueno, pues me dijo que no me preocupara, que él podía hablar con su sobrino para buscarle un puesto en su editorial. —Cuando Hermione pensaba que la cosa no podía empeorar, la profesora le salía con esas—. Esta mañana he recibido una llamada confirmándome que estarán encantados de que vaya.
—¿En serio? —preguntó Hermione, boquiabierta. Había supuesto que Draco se habría relamido mientras decía que no y se la imaginaba revolcándose en su propio sufrimiento.
—¿Algún problema? Sé que tendría que desplazarse hasta San Francisco, pero allí le darían alojamiento y hasta un sueldo.
—Ya, pero… —La chica no se fiaba un pelo, por no decir que sería la situación más incómoda de su vida.
—Si tiene algún problema, puedo cancelar su estancia allí, pero no puedo garantizarle que le encuentre una plaza en otra empresa —señaló McGonagall.
Hermione hizo de tripas corazón y negó con la cabeza.
—No, iré a San Francisco. Muchas gracias, profesora.
A resumidas cuentas: en un par de días me mudo a San Francisco y viviré allí durante un mes. En un piso pagado por la editorial de Draco Malfoy. Draco Malfoy será mi jefe. No sé si lees esto, Draco, pero gracias.
H.G., 27 de abril
Hermione había hecho la maleta cientos de veces, porque no se decidía. Sabía que haría calor, pero no tenía claro si la dejarían ir a trabajar con su ropa habitual o tendría que arreglarse un poco más. Al fin y al cabo, su jefe sería Draco, a quien no había visto ni despeinarse una sola vez. Ni ojeras. Nada. Ese hombre era perfecto en cuanto a físico y estilismo. Y cabía la posibilidad de que la hubiera aceptado en su editorial solamente por el placer de putearla (aunque después de la carta lo dudaba seriamente), así que quería darle el número mínimo de motivos posibles para escribir un mal informe sobre ella.
La despedida de Lavender fue un día antes que la suya, porque antes de ir a Las Vegas iba a pasar unos días a casa de una compañera del curso. La chica llevaba una maleta el doble de grande que la de Hermione, y eso que se iba para la mitad de tiempo. Ninguna de las dos hermanas movió ficha para despedirse de la otra, pero Hermione rezó internamente para que a Lavender no le pasara nada.
Draco estaba en su despacho cuando su hermana entró como una tromba. Se quedó mirándolo con una enorme sonrisa en el rostro, mordiéndose el labio inferior.
—¿Es verdad? —preguntó—. ¿Hermione Granger vendrá a San Francisco?
Genial, justo cuando Draco había conseguido olvidar durante unos minutos que la chica de la que estaba enamorado trabajaría en su editorial durante todo un mes, llegaba su hermanita para recordárselo.
—¿Cómo te has enterado? —inquirió, porque él no se lo había contado. Para su hermana, Hermione no era nadie.
Lyra puso cara de circunstancias.
—Me lo ha dicho… ¿Blaise? —El tono dubitativo de su hermana hizo que él la mirada con desconfianza, pero era más que plausible que Blaise se hubiera ido de la lengua. Al menos no le había contado lo del blog o que Draco seguía colado por ella hasta las trancas.
—Tengo que hablar con ese bocazas para que cierre el pico más a menudo —masculló. Después, miró a Lyra—. ¿Por qué te emociona tanto? Si no la conoces.
—Como la has mencionado un par de veces, me hace ilusión conocerla. Apenas me contaste nada de Los Ángeles —le reprochó ella con un mohín en los labios.
—Pues sí, vendrá la semana que viene —dijo.
—¿Qué día exactamente? —preguntó Lyra en tono casual.
—El lunes. ¿Por qué?
—Por nada. ¡No te molesto más, adiós!
Draco la observó marcharse dando saltitos. Cuando quería, su hermana podía ser muy rara.
~N/A: Pues ya está, parece que el destino no quiere que Draco y Hermione estén separados. Pronto veremos cómo es su reencuentro, aunque a mí lo que más me emociona es que Hermione conozca a Lyra, porque la chiquilla es todo un personaje. ¿Y qué opináis de Lavender? ¿Cuánto tiempo creéis que tardará en meter la pata con algo? ¡Contadme lo que pensáis!
Próximo capítulo: miércoles 5 de septiembre. N/A~
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MrsDarfoy
