El caldero rebotó contra la piedra. Su contenido se desparramó por el suelo, engullendo una alfombra. La poción humeó durante unos momentos, antes de desvanecerse, pero se llevó la alfombra consigo. Y Maleficent, que se había situado en un rincón bien alejado de la trayectoria del caldero, observaba su obra pletórica de satisfacción.

Su mirada recorrió el suelo, que se había quedado seco pero abombado, como si la piedra se retorciera al contacto de la poción. La alfombra se había desvanecido, como Ceridwen, y su silueta había quedado grabada en las baldosas. Pero de Ceridwen no quedaba nada; ni una sombra, ni una huella. Nada.

Maleficent se quedó un largo rato inmóvil, saboreando cada segundo. Se dijo un par de veces que, en esos tiempos modernos, toda la magia de los dioses antiguos tenía tanta importancia como una capa de polvo sobre un libro viejo.

Sin embargo, las palabras de la vieja resonaban dentro de su cabeza. Un susurro al principio, casi inaudible, que fue creciendo en potencia conforme disminuía la euforia. Ceridwen había muerto, pero no por su mano. Cuando fue consciente de ese detalle, no pudo menos que tragar saliva.

Pero las profecías no eran más que palabras huecas. Y el que fuera capaz de tirarse a un caldero lleno de veneno por ellas, sin duda era un necio. Esas fueron las palabras que se repitió conforme atravesaba la estancia, hasta plantarse delante de la cesta de costura. Sacó los patucos y dejó la túnica que Diablo le había llevado. Las prendas debían formar parte de un mismo juego, porque compartían color y adornos. Rebuscando en el fondo descubrió más ropa de bebé: tres inmaculadas túnicas, pañales, y unas botitas. En ellos distinguió la particular firma de la reina Maël, que parecía estar segura, a juzgar por su labor, que su hija pariría a un varón.

La bruja congestionó el gesto, dándose cuenta de que aquel niño no era sólo el heredero de un reino, sino también su sobrino, quizá el único que tuviera. Y pensó en la reina, atada a una tierra que no era suya, dejando el gobierno de su herencia, o al menos una gran parte, en manos de un hombre que ella no había escogido.

Y, para colmo, estaba el crío. Maleficent siempre había detestado a los niños pequeños. De niñas, cuando las arrimaban a la cuna de un recién nacido, mientras que Fleur emitía un particular suspiro que indicaba que estaba encantada, ella reprimía un sonoro y claro gesto de asco. A sus ojos, bebés no eran más que muñecos a los que hubieran dotado de las capacidades más molestas. No podían jugar con ellos, lloraban, se lo hacían encima y lo acaparaban todo de los adultos. Pasarían muchos años antes de que aquellos sacos de lloros y babas tuvieran cierta utilidad, y ella era impaciente con los inútiles.

Todos esos pensamientos la llevaron a descubrir una realidad que se le quedó clavada como una espina en la garganta. De haber mantenido la patochada de princesita sumisa, habría compartido el destino de Fleur. Casada con a saber quién, en una tierra lejana, recluida en el castillo de él. Lejos de todo lo que alguna vez hubiera amado, obligada a parir hijos como una yegua de cría para no perder su estatus. De no haberse encontrado a un joven enroscado al cuerpo de una muchacha, habría sido una más en aquel mundo de hipócritas.

Una vez hubo llegado a esa conclusión, Maleficent se deshizo de la prenda y regresó a la Montaña Prohibida. Estaba furiosa consigo misma. Haber llegado a la conclusión de que su libertad era, en parte, gracias a las dos personas que más odiaba… ¡Qué desfachatez! ¿Tan poca confianza tenía en sí misma?

Diablo salió volando hacia alguna oquedad del techo, temeroso. Pero Maleficent no explotó, ni se permitió seguir exteriorizando su rabia. Puso todos sus esfuerzos para pensar en otra cosa, pero, de todo el torrente de reflexiones, solo el crío se resistía a marcharse.

Para ella, el niño era algo abstracto, una palabra, pero tenía tanto peso como un ser corpóreo. Entonces, después de acomodarse en su trono, trató de dar forma a la palabra. Conocía a su padre y a su madre, pero no conseguía mezclarlos. Sólo conseguía imaginar una versión reducida de uno de ellos, portando una corona en la cabeza…

-…Una corona…en la cabeza…-repitió, ensimismada. Acababa de darse cuenta de lo importante que era ese crío. No sólo para sus padres, sino también para una dinastía. Si le ocurriera algo a ese niño tan importante todo el reino sangraría.

Diablo, acurrucado en su escondite, sacó el pico y ojeó. Al ver una sonrisa esbozada en el rostro de su ama salió y revoloteó, presto a encontrarse con ella. Se posó en uno de los brazos del trono, bajó la cabeza y se preparó para una sesión de caricias.

-¿Sabes, Fiel Amigo? –le preguntó la bruja, arrullándolo. Miraba al frente, hacia un enorme boquete del muro- Tendría que preocuparme más de mi pequeño sobrino. Al fin y al cabo, es el único que tengo. Sería una pena –añadió, melosa-, que al pobre le ocurriera algo.

Todavía no sabía que haría con él, pero hasta que lo descubriera estaría sobre él como una sombra. Todavía le quedaba tiempo; se le ocurriría algo. Estaba segura.

Los meses siguientes los pasó infiltrándose en el castillo, poseyendo a fregonas y pajes, a caballeros y guardias, para llegar a lugares donde, hasta entonces, no había podido llegar. Gracias a ellos descubrió habitaciones y pasadizos secretos, detalles y cotilleos. Hacía mucho que no husmeaba de aquella forma, y concluyó que apenas había perdido facultades.

Las gentes del castillo estaban demasiado revueltas para notar su presencia. Las hadas habían desaparecido, aunque nada de lo que escuchó le sirvió para averiguar su paradero. Así que, cuando una criada se metía por un corredor que no le tocaba limpiar o un caballero abandonaba un baile después de haberse mostrado extremadamente torpe con su última pareja, todo el mundo lo achacaba a la expectación. Incluso cuando algún ojo avizor vislumbraba los bajos de un vestido negro, parpadeaba dos veces y se convencía a sí mismo que necesitaba descansar la vista. Se respiraba un aire de indulgencia como nunca antes se había visto, y Maleficent lo aprovechó bien.

En una ocasión, a principios de abril, se encontraba en la alcoba real, invisible. Una doncella aireaba prendas de ropa y juguetes de unos arcones apelotonados. Stefan los inspeccionaba lleno de interés, sentado sobre un baúl. A su mujer la atendía otra doncella. Se había puesto tan gorda que parecía que el crío la estuviera devorando las entrañas. A diferencia de su marido, no parecía ni la mitad de dichosa que él.

-¡Oh, vaya! –Exclamó él, cogiendo un caballo de madera bastante gastado- Esto lo recuerdo. Mi padre lo hizo para una de mis hermanas. No recuerdo para cuál de las tres, pero…

Tanto Maleficent como la reina esbozaron una mueca. A la primera le pareció gracioso, porque no recordaba aquella costumbre hasta que la imagen del por aquel entonces príncipe llevando una espada que había pertenecido a su hermano mayor le hizo recordar. A la reina, por su parte, no parecía hacerle ninguna gracia que su hijo fuera a heredar juguetes de niños muertos, por mucha tradición que fuera.

-En fin –suspiró, tratando de llevarle a su terreno-. Creo que podría dejar pasar algunas cosas…

La bruja sonrió. Sabía que "algunas cosas" significaba tener un fondo de armario más abultado, aunque ni muerta le pondría nada de eso a su hijo. Cuánto debía alegrarse de no tener delante a una suegra que reafirmara todas cada una sus estúpidas costumbres familiares, ni a un suegro que prestara más atención a las jovencitas que a la ropa vieja.

-Pero Stefan, todo esto ha pasado por demasiadas manos y, bueno –añadió, echando un vistazo a uno de los cofres-, es ropa de niño.

"Oh, ¿acaso quieres una niña?"

Stefan apretó los labios. A él tampoco debía hacerle demasiada gracia una costumbre heredada de tiempos más asuetos. Pero la nostalgia era la nostalgia.

-Si te soy sincero, me parece bien que nos quedemos con algunos juguetes. Yo me divertí mucho con ellos –dicho esto se levantó y empezó a pasearse por la habitación, tan ilusionado que habría podido echar a volar-. Aunque podríamos comprarle un caballo, un caballo balancín. Eso le gustará.

Su mujer le dejó hacer, y se puso en pie como buenamente pudo. A medida que se acercaba la fecha prevista para el nacimiento se mostraba más taciturna y temerosa. En parte era por la ausencia de Ceridwen, Maleficent lo sabía, pero apenas se había pronunciado por la ausencia de la bruja. Stefan también notó su frustración, y fue directo a ella.

-¿Qué te ocurre, amor? –Inquirió, con una mano sobre su hijo, quien de un tiempo a esa parte había desarrollado una afición desmesurada por las patadas- Dime qué te inquieta.

Maleficent lo sabía. Era un extraño compendio de temores: el del mero hecho de enfrentarse a lo desconocido, el miedo a depender de una extraña para ayudarla a dar a luz, pues su madre se encontraba de camino y dudaba que fuera a llegar a tiempo. Y, sobre todo, estaba la ausencia de Ceridwen.

-Estoy bien. Me estaba preguntando por Ceridwen ¿Por qué se habrá marchado? No se despegaba de mí ni un instante, y ahora…

Stefan fue corriendo a consolarla, aunque lo más que pudo hacer fue abrazarla. Pero, cuando su mujer apoyó la cabeza en su hombro confortador y él se vio libre de su mirada, su rostro endurecido le reveló a Maleficent que conocía el destino de la vieja. Y lo peor de todo, que sabía quién la había quitado de en medio.

Sus ojos parecieron buscarla. Se clavaron muy cerca de ella, acusadores, y Maleficent decidió regresar. Estuvo recluida una semana antes de decidirse a volver al castillo, para descubrir que tanto las hadas como Morvan y Maël seguían fuera. La reina, a cuyo séquito se había acoplado una partera que no la quitaba ojo, estaba más irritable que nunca.

Cuando Maleficent se introdujo en la cámara real, silenciosa como una sombra, el rey estaba comentándole a su mujer una carta de su vecino, aquel capón de navidad con corona llamado Hubert. Fleur le escuchaba en silencio, pero era un silencio incómodo. Hacía mucho tiempo que Maleficent no la veía tan furiosa.

-…Se deshace en lisonjas, el muy barril –mascullaba Stefan, más para él mismo que para su mujer-. Con tal de ampliar un par de millas ese terruño salado que llama reino emparentaría a su hijo con una sirena, si ellas tuvieran a bien mostrarle su palacio.

Tiró el pergamino sobre el lecho, después de haberlo estrujado. Entonces la reina hizo ademán de hablar, pero Stefan prosiguió, pensativo:

-¿A ti qué te parece? Acaba de pedirnos la mano de nuestra hija, si la tenemos, claro. Su chico no se lleva mucho con ella… ¡Claro que estamos hablando de una posibilidad! Y así nos cubriríamos las espaldas. Un reino con heredera es como invitar a los lobos al redil. Si tuviéramos una hija, comprometerla cuanto antes es la mejor opción, pero, ¿con el chico de Hubert?

Fleur extendió el brazo para hacerle callar, aunque Stefan no se percató hasta que sintió un tirón en la túnica cuando intentaba dar otro paso. Acto seguido le espetó, seca como un hueso:

-Estás hablando como un mercachifle. Mi hija no es ninguna mercancía a poner en venta.

El rey observó la mirada torva de su esposa y presintió el estallido, así que la cogió la mano y clavó una rodilla en tierra para ponerse a su altura.

-Estamos hablando de política, Fleur –dijo, amable pero directo al grano-. En política vale poco el amor de madre, lo sabes tan bien como yo. Pero, ¿crees que entregaría la mano de mi hija al primero que pasase por mi puerta? Sabes que jamás la entregaría a un bruto, ni a un imbécil.

El niño, como si diera a entender que escuchaba, dio una oportuna patada que sirvió como pausa dramática. Los dos la sintieron y, alejándose unos instantes de su disputa, se regocijaron en aquel sencillo gesto.

-Además, también podría ser varón. Si así fuera tendríamos años de respiro –suspiró-. Pero de ser niña…Todos los lobos se nos echarán encima. Y creo que el chico de Hubert es la mejor opción.

La reina tragó saliva. Meditó unos momentos las palabras de su marido, hasta que respondió, por fin:

-Si ha de ser así, sea, pero deja que ella pueda elegir. Que pueda anular el compromiso sin consecuencias. Prométemelo, Stefan.

Él asintió, decidido, y Maleficent deshizo la escena.

En mayo, cuando la fecha del nacimiento se tornó inmediata, la bruja envió a su cuervo de espía. Aunque ella misma se pasaba pegada a su hechizo, a la espera, tan crispada como la pareja real. El soberano saltaba nada más ver a alguien que simplemente caminara deprisa; su mujer, aunque algo más tranquila ahora que tenía a su madre cerca, se ponía tiesa cada vez que el crío se movía, y eso ocurría cada vez con mayor frecuencia.

Visto lo visto, la bruja dejó todo el trabajo a su cuervo y se resistió a seguir mirando, hasta que, después de unas semanas agotadoras, Diablo vino a verla al anochecer. Atravesó las ruinas aleteando con todas sus fuerzas, se posó en su escritorio graznando como nunca y picoteándole los dedos a su señora. Ésta se encontraba medio dormida, su agotamiento fruto del nerviosismo, aunque reaccionó enseguida. Invocó una visión que le llevó a las puertas de la cámara real, donde dos guardias, el rey Morvan y la partera echaban a empujones al rey, con la túnica desarreglada y la corona torcida.

-¡Por todos los santos, hijo! –bramaba el viejo Morvan, empujando como el que más- No tienes nada que hacer ahí. Ven conmigo y esperemos.

Stefan no hacía otra cosa que gritar y balbucear, y se resistió hasta que retumbó una voz infinitamente más alterada que la suya:

-¡Por Dios, Stefan, lárgate de una vez! –chilló Fleur, aunque el berrido quedó ahogado por un gemido a mitad de frase. Maleficent desvió la vista y la vio doblada de dolor, apoyada una mano en uno de los postes de la inmensa cama y la otra en su madre, que la sostenía con firmeza.

La partera, por su parte, apenas aguardó a que los hombres pusieran un pie fuera para cerrarles la puerta en las narices. A Maleficent le dio tiempo a ver a la mitad de la corte apelotonada en el pasillo, e incluso distinguió al viejo Harald enganchado a una botella. Aquel gesto le dio una idea y, presintiendo la larga noche que tenía por delante, descorchó su propio vino y se sirvió una copa mientras que, en el castillo, la partera sacaba y preparaba sus instrumentos y la reina Maël hacía caminar a su hija en círculos sobre la habitación.

Las siguientes horas transcurrieron lentas y agónicas. Las dos mujeres le quitaban espacio de visión, pero no amortiguaban los gritos de dolor. La partera palpaba una y otra vez, grave y preocupada. La reina Maël estaba más pálida que su hija, y Fleur lloraba a lágrima viva. Casi al amanecer, los ojos profundamente hundidos de la vieja reina confirmaron a la bruja lo que llevaba sopesando durante horas. El crío venía mal. Si no nacía ya, tanto él como la madre corrían grave peligro.

Sin embargo, para su sorpresa, la partera soltó un grito de profunda satisfacción mientras volvía a ponerse en posición. Pocos minutos después, un diminuto bulto gimoteaba en sus brazos.

-¡Es una niña! –gritó la reina Maël, con lágrimas en los ojos.

La partera se apresuró a poner a la cría en brazos de su abuela, para tener las manos libres. Le abrió las vías respiratorias, cortó el cordón umbilical con un gesto certero y dejó que Maël se ocupara de asearla, porque todavía le quedaba trabajo.

Maleficent, por su parte, se acercó todo lo que pudo para verla, aunque poco pudo hacer dados todos los movimientos a los que era sometida la criatura. Maël la bañó, la peinó, la cortó las uñitas y la envolvió en una tela de paño de oro reservada al heredero antes de dejarla en brazos de su madre. Solo entonces pudo apreciar los rasgos de la criatura.

Había sacado los ojos azules de su padre. Por lo demás, era como si Fleur acabase de parir una copia en miniatura de sí misma. Por lo demás, Maleficent se sintió decepcionada. Había esperado algo, algo que le mostrara lo supuestamente especial que era esa niña. Pero no era sino otro recién nacido más: rojo, arrugado y ansioso. Había empezado a mamar cuando la bruja torció el gesto, y esta se encontraba a punto de marcharse cuando se abrieron las puertas y la partera dejó pasar al tembloroso padre, caminando a trompicones y con el corazón en un puño.

Stefan se acercó a su esposa y a su hija dando tumbos y tartamudeando, hasta dejarse caer junto a ellas. Entonces Fleur alzó la cabeza y abrió un poco la manta para que su marido pudiera ver a su hija, y hubo un destello en su mirada, en la mirada que intercambiaron ambos, que hizo que Maleficent se parase en seco y los observara primero embobada, luego con una sonrisa de puro triunfo.

Ahí estaba. Su oportunidad, su gran venganza, agitando los bracitos pegada al pecho de su madre ante la mirada embelesada de ambos. No hablaban, porque no tenían nada que decir. Y Maleficent, que también se había dejado embriagar, simplemente ensanchaba su sonrisa, hasta convertirla en una mueca que rivalizó con la sonrisa muerta de la calavera de su maestro.

Diablo, posado sobre su hombro, contrajo el pico en concordancia con su señora. Y afuera, aunque nadie pareció notarlo, los truenos y los rayos que envolvían la Montaña Prohibida redoblaron su intensidad antes de desaparecer.