Epílogo

El sol casi se había puesto ya.

En el castillo del Rey Bueno siempre hacía frío. Tanto las piedras que conformaban las paredes como las furibundas miradas del servicio hacían de aquel lugar un témpano de hielo.

La convivencia con su "padre" no era tan dura como había imaginado. Con tal de seguirle la corriente y esquivarle en lo posible era suficiente. Pero no podía bajar la guardia, ya que tan solo llevaba allí tres días.

Recorrió los pasillos del ala Norte del palacio cabizbaja.

En su habitación estaban todas sus cosas, incluidos los diarios que ya había leído. Pero las cosas de su madre estaban en otro sitio.

Sacó la llave del bolsillo de sus pantalones vaqueros y abrió la robusta puerta de madera. En el interior de la inmensa habitación, los muebles y pertenencias de su madre estaban dispuestos tal y como Raven había imaginado que le habría gustado. Y a ella le gustaba pensar que en algún momento de su vida, la Reina había vivido allí.

Hoy dormiría en la habitación de su madre.

Cogió uno de los diarios de la estantería de ébano y empezó a leer.

Al fin vuelvo a casa. Después de tanto tiempo.

¿Cómo estará Ivory? ¿Me echará de menos o ya me habrá olvidado? Pobrecilla, era tan pequeña cuando me fui.

Seguro que en palacio estarán contentos de volver a verme. Padre organizará un banquete y bailaré toda la noche.

Y a lo mejor... volveré a verle a él...

...

Raven abrió los ojos de repente.

Juraría que había oído una voz, una profunda y gutural como el sabor del chocolate, llamándola.

Se enderezó en la cama y miró a su alrededor.

De pronto, como si una magia muy poderosa gobernara su cuerpo, quedó frente a la caja sin abrir del Espejo Mágico.

Se quedó muy quieta, esperando. Cuando no ocurrió nada, desvió la vista un segundo...

... y al siguiente sintió la energía oscura brotar de la caja con violencia.

Saltó de la cama y agarró la palanca de la esquina con la que había abierto las otra cajas. Con furia, arrancó la tapa, que se desplomó en el suelo, y tiró la manta a un lado.

Cayó de rodillas frente al espejo de la Reina Malvada.

La persona que la miraba tenía los ojos de color lavanda intenso, que refulgían a causa de la magia en ellos. La piel pálida de la mujer contrastaba con sus larguísimos cabellos del color del ébano, salpicados por cuantiosas mechas moradas. Su cara era ligeramente afilada, su boca pequeña y delgada, y sus manos parecían delicadas contra el cristal del espejo.

Espejo...

... que Raven no estaba tocando.